Adviento 4 B 2008-9

La Palabra se hizo carne y “tomó el color de nuestra alma”

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
Y habiendo ingresado a ella la saludó, diciendo:
– « ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Angel le dijo:
– «No temas, María, has hallado gracia a los ojos de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»
María dijo al Angel:
– «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»
El Angel le respondió:
– «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»
María dijo entonces:
– «Yo soy la servidora del Señor,
Hágase en mí según tu palabra.»
Y el Angel se alejó (Lucas 1, 26-38).

Contemplación

¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo!
Palabras del Angel Gabriel,
Palabras para andar alegres…
Palabras que despiertan a la Fe el oído de María y con el de ella el nuestro.

“Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.
Palabras de María,
Palabras para andar alegres…
Palabras que nos ubican en el lugar justo y en la tarea exacta
para ser bendecidos: soy servidor, soy servidora;
siempre y solo esto es lo que debemos decir cuando nos preguntan “qué decimos de nosotros mismos”.
Soy servidor, soy servidora. Ahí está el secreto de la alegría cristiana.

En el Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de la Palabra, los obispos nos dicen que la Palabra tiene Rostro y que el Rostro de la Palabra es Jesucristo.
Jesucristo, el Verbo de Dios que gracias al sí de María (y al de José y al de Juan el Bautista y a todos los sí de los santos y de las santas y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad)… gracias a estos sí, se hizo carne.
Dicen los obispos:

“En el original griego son sólo tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, “el Verbo/Palabra se hizo carne”. Sin embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y teológica que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (42, 5). (Mensaje, 4).

“Las palabras sin un rostro no son perfectas…”

Nos quedamos hoy sólo con esto, ya cerquita de la Navidad.

Porque en el tiempo de Navidad el Rostro del Niñito Jesús tiene que ir llenando e iluminando todo.

La Palabra tiene rostro gracias a que María dijo sí, amén, “hágase”.
La Palabra se hizo carne y tomó un rostro: el de Jesús, con los rasgos de su Madre, como nuestros rostros tienen los rasgos de la nuestra.
Que la Palabra tenga rostro –con esa característica de los rostros de ser siempre el mismo y de ir cambiando con el paso del tiempo y la historia vivida- quiere decir que es una Palabra dialogada, una Palabra que siendo la Misma se ha ido modificando, como se modifica el rostro al sonreír y al llorar.

El “hágase” de María no es un sí puntual. Tampoco la encarnación es un hecho puntual. La encarnación comenzó allí y va ganando rostros, ganando historias compartidas…

San Ignacio, en la contemplación de la Encarnación, nos hace hablar con “el Verbo Eterno encarnado y con la Madre y Señora nuestra, pidiendo (gracia) según lo que sienta cada uno en su circunstancia, para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” (EE 109).
Por eso los obispos dicen que en esta frase –la Palabra se hizo carne- late
“el corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana”.

Y en María tenemos la frase mágica, la palabra irresistible para Jesús, toda vez que le recuerda el sí de su Madre. Cada vez que un cristiano dice “hágase en mí según tu Palabra” Jesús se encarna nuevamente y comienza a obrar maravillas en la situación concreta que esa persona está viviendo.
Cuando el Señor dice que el que “hace su Palabra” es su hermano, su hermana y su Madre, no está hablando metafóricamente. No hay nada más real que este “encarnarse” suyo en aquel que lo acoge en la obediencia de la fe y pone en práctica sus mandamientos de amor.
Verdaderamente la Palabra se encarna en nosotros, toma nuestro rostro, un poquito del color de nuestro ojos (cómo no recordar hoy de nuevo “El anuncio hecho a María” de Paul Claudel!). Escuchemos a Descalzo que nos la cuenta con ese entusiasmo suyo que viene “de la otra orilla” y ya es eterno y siempre fresco:

¿No conocéis esa obra milagrosa? Os la cuento muy brevemente.
Es la historia de una muchacha feliz, Violeta -ojos azules, pelo rubio, voz prodigiosamente blanca-, que vive un sueño de amor con su prometido, Santiago. En la historia de Violeta hay un solo recuerdo amargo: Pedro de Craón -un constructor de catedrales, porque la obra ocurre en la Edad Media- ha querido violarla siendo niña, y aunque ella se ha resistido, el dolor ha quedado dentro de la muchacha. Y cuando está olvidándolo y a punto de casarse con Santiago, regresa, como un huido, Pedro, que ha contraído la lepra y es rehuido por todos. Y Violeta, en un arranque de caridad y como signo de perdón, le saluda con un beso en la frente. Mara, la hermana envidiosa y enamorada también ella de Santiago, correrá para contar que ha visto a Violeta «besándose» con Pedro. Y aun cuando éste no quiere creerlo, la prueba está ahí: también Violeta ha quedado contagiada por la lepra. Tendrá que dejar su amor y recluirse en una gruta en la montaña como los leprosos de la época hacían.
Han pasado los años. Violeta es ya un cadáver viviente. La lepra ha comido hasta sus preciosos ojos azules. Está ciega. Mara, mientras tanto, se ha casado con Santiago y tienen una niña, una preciosa pequeña de ojos negros a la que llaman Albana.
Y un día -ausente Santiago- Mara encuentra muerta a su hija. Es el día de Navidad. Corre entonces a la montaña para pedir, para exigir a su hermana que resucite a su hija: ¿para qué sirve toda su santidad si no es capaz de hacer un milagro?
Violeta, a la fuerza, toma el cadáver de la pequeña en sus brazos, lo cubre con su manto andrajoso. Suenan las campanas de la Navidad. De un convento cercano llega el canto de unas monjas: «Puer natus est nobis» (un niño nos ha nacido). Todo huele a Belén y a nacimiento. Y en las manos de Violeta algo se mueve, bajo el manto.
Cuando Mara recupera el cuerpo -ya vivo- de su hija, descubre que los milagros son dos: su hija ha resucitado, pero lo ha hecho con los ojos azules. Porque ahora la verdadera madre de su alma no es ya ella, sino Violeta, que ha sido, así, fecunda con su corazón”.

Hasta aquí la historia, que Descalzo aplica a la paternidad y maternidad espirituales:
“La primera ley de la existencia humana me parece esa de que nuestra vida sirva para algo o, mejor, para alguien. Ayudar a alguien, animar a alguien, amar a alguien, iluminar a alguien, engendrar a alguien. No sólo a mi mismo. Yo no puedo haber nacido para cultivar sólo mi hermosa cabecita. Y ya sé que engendrar almas es mucho más difícil que dar a luz cuerpos. Sé que, en rigor, sólo llegan a engendrarse «trocitos» de almas, porque, en definitiva, cada uno es dueño de la propia. Pero qué buen oficio dar un poco de luz, unas gotas de alegría, un ramalazo de esperanza, un respiro de fe. ¡Dios santo. qué milagro sería si, cuando resucitemos al otro lado, me encuentro con alguien que tenga el alma del color de la mía”.
“Alguien que tenga el alma del color de la mía”.
Jesús con su alma un poquito también color de la mía.
Mi alma –Madre y hermana de Jesús- un poquito color de la suya.
El alma de mis amigos con un poquito del color de la mía.
Mi alma con el color del alma de todos mis hermanos más pobres…

Esta multitud de imágenes –que en el fondo son sólo una- es la imagen que los invito a que se queden gustando para esperar la Navidad, mientras decimos nuestros “hágase” a todos los mensajes (incluso los de texto) que nos vayan llegando en estos días, en los que pareciera que a Jesús-Palabra le urge encarnarse, para que los mensajes se conviertan en Anunciaciones y las Palabras adquieran rostro y sea posible el Encuentro:
“Precisamente porque en el centro de la Revelación está la Palabra divina transformada en Rostro, el fin último del conocimiento de la Biblia no está “en una decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1)”.

Diego Fares sj