Adviento 3 B 2008-9

“Alégrense siempre en el Señor.
Les insisto: alégrense.
El Señor está cerca”
(Flp 4, 4-5)

Palabras para andar alegres

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:
– «¿Quién eres tú?»
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:
– «Yo no soy el Mesías.»
– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:
– «¿Eres Elías?»
– Juan dijo: «No.»
– «¿Eres el Profeta?»
– «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron:
– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo:
– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:
– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan respondió:
– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba
(Jn 1, 6-8. 19-28).

Contemplación
El tercer domingo de Adviento se llama domingo “gaudete” en latín, y podríamos traducirlo: “domingo para andar alegres”. Toma el nombre de la primera palabra de la liturgia Eucarística: “Alégrense siempre en el Señor”.
Pablo insiste a los filipenses mandándoles que “anden alegres en todas partes y siempre”. Alegres porque el Señor está cerca.

Domingo del regocijo, entonces, o “domingo para andar con ánimo alegre”.
Y digo “para andar” porque “estar” alegres no depende de nosotros. El estado de ánimo es como el tiempo –con sus consolaciones y sus nublados-. Pero dar pasos sí depende de nosotros, y la alegría, como “la esperanza, se activa dando el paso siguiente” (Karl Barth).
Estamos hablando de una alegría que, como dice Ignacio, es por Jesús: por la alegría de Jesús resucitado. Más allá de cómo andemos nosotros en las circunstancias que nos toca vivir, Pablo nos manda que nos alegremos en Cristo.
Se trata pues de una alegría especial.
Diría que no es una alegría que “está”, sino una alegría que viene a nosotros y hacia la que podemos ir, si queremos.
No es una alegría que podamos poseer, sino una alegría que toma posesión de aquellos que se olvidan de sí y van hacia ella. “Me olvidé de mi misma y fui feliz”, como dice Teresita que le aconteció aquel buen día en que decidió no hacer caso a una humillación que sentía en carne viva.

No se trata, como vemos, de una alegría autorreferencial, que podríamos constatar, medir y administrar en nuestro ánimo, sino de una alegría referida a Cristo, que podemos constatar, medir y contemplar evangélicamente en Él. Y contemplándola en Él, se nos participa, como se contagia la sonrisa.

Es la alegría Fuente que viene de lo hondo, la alegría Manantial que brota de lo Alto, puro Don del Espíritu, Alegría que ya nos ha sido dada y de la cual podemos beber si nos tomamos el trabajo de cavar en el pozo de nuestro corazón, atravesando superficialidades con la fe y poniéndole ganas generosamente.
Alegría “dada gratis” en la que tenemos que trabajar esforzándonos gratuitamente. Así son las paradojas de la gracia.

En los Ejercicios, Ignacio nos da modo para disponernos a orar con los misterios de la alegría. Dice que al despertarnos debemos dar los siguientes pasos:

“Poner enfrente la contemplación que tengo que hacer, queriéndome afectar y alegrar de tanto gozo y alegría de Cristo nuestro Señor”. Y luego “traer a la memoria y pensar cosas que sean motivo de placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Si estos verbos activos le suenan a alguno como voluntarismo, sepa que no es esa la intención de Ignacio. Las suyas son “palabras para andar alegres”, “ejercicios de alegría y gozo espiritual”.

¿Acaso la alegría necesita ejercitación?

¿Ahora resulta que hay que trabajar también para estar alegres?

¿No es una manera sutil de echar en cara que si uno no anda alegre es porque se ha vuelto descuidado y perezoso?

Y sí. Cristianamente es así. Sin ningún ánimo de sutileza: el que no anda alegre –en este sentido de “andar dando pasos hacia la alegría evangélica”- es porque se ha quedado, ha enterrado el talento en vez de ponerlo a trabajar, y si no se pone de nuevo en camino corre el riesgo de ser llamado “servidor infiel y perezoso”.
Es que el Talento de la Alegría nos ha sido dado a todos y se derrocha abundantemente en la Iglesia cada día. Y hay que obedecer al llamamiento a cosechar la alegría trabajando en la viña, no importa si ya pasó la mitad o más de la jornada.
El “alégrense en toda ocasión” de Pablo no es una palmada animosa sino un exigente mandamiento: ¡cultivá en tu corazón la alegría por Jesús resucitado!
¡Andá alegre! Te lo repito: buscá palabras que alegren, poné gestos y caras de alegría, trabajá por encontrar tus “razones para la alegría”, como decía Martín Descalzo. Negociá el talento de la alegría que recibiste. Acordate que “el Señor ama al que da con alegría”.

Este trabajo no es voluntarismo. El voluntarismo es una caricatura de la Voluntad, que es nuestra capacidad de amar y desear el Bien en cuanto tal. Cultivar este “amar el Amor”, buscando y encontrando “razones para amar” trae alegría inmediata y verdadera.
Si amar la alegría de un hijo y regocijarse de ver alegre a aquel a quien queremos es algo espontáneo y auténtico, cuánto más lo será amar la alegría del Hijo amado, alegrarnos con él y con la alegría de María, su Madre, que le hace estallar en cantos de júbilo y magnificar a su Señor, que se complace en la pequeñez de su Servidora.

Se trata, pues de “andar” (que andando se alegra el corazón) con una alegría cultivada por medio de pasos concretos de afecto y delicada atención.
La tarea es andar con una alegría trabajada como cuando se trabaja para preparar la alegría de una fiesta.
El mandamiento es alegrarnos por la alegría de Otro: alegría al sentir que Jesús viene a nosotros alegre y gozoso, y gozarnos con Él.

Y como ejemplo y modelo mayor de esta alegría, el evangelio de este domingo para andar alegres nos hace una repetición ignaciana de la figura de Juan el Bautista, el amigo del Novio, el que sabe alegrarse con la alegría de su amigo.

Juan es el modelo –despojado de todo adorno innecesario- de la alegría en su estado más puro –casi salvaje-. Como María y San José, Juan se alegra por Jesús y sólo con Él y en Él. Esa fue su vida y su misión desde el vientre de su madre.

Y su discípulo, Juan evangelista, ha meditado en esta alegría y ha construido el largo pasaje evangélico de hoy para “pintar” en nuestro corazón –por medio de contrastes de luz y sombra- las palabras claves para andar en alegría permanente, esa que Jesús promete darnos de modo tal que nada ni nadie nos la pueda ya quitar.

El pasaje se puede leer como esos cuadros del Greco en que la luz brota del Niño en pañales y se esparce hacia fuera, iluminando rostros y ahuyentando sombras.
La alegría de Juan le viene de saber y decir que él no es la Luz, sino el testigo de la luz. La Luz que alegra el corazón es Jesucristo y Juan viene a dar testimonio para que creamos que esa alegría existe y está en medio de nosotros, aunque no lo reconozcamos siempre.

Por eso la frase central del pasaje –por contraste- es la pregunta que le hacen a Juan los sacerdotes y levitas: “Qué dices de ti mismo”.

Juan ha estado diciendo a todo que no.
No soy el Mesías.
No soy Elías.
No soy el profeta…
Y cuando le preguntan qué decís de vos mismo, en vez de callar se explaya largamente, pero hablando de sí mismo en referencia a Jesús.

Juan es el que reorienta una y otra vez la mirada –la suya y la nuestra- hacia Jesús.
Es ese movimiento “hacia fuera” el que le hace “andar en alegría”.
La suya es una alegría que dice sí sólo a Jesús y no a todo lo demás.

El sí de Juan a Jesús –y todos sus “no” a los que tratan de hacerlo mirarse a sí mismo- son modelo de lo que llamamos: “palabras para andar alegres”.

No se trata tanto de lo que dice sino de “hacia dónde se orienta su discurso y su mirada”.

Aquí está quizás la clave de muchas de nuestras tristezas, de muchos andares ensombrecidos de la vida religiosa actual.

Hay multitud de ofertas espirituales, para todos los gustos y sensibilidades, que nos hacen la misma pregunta que los sacerdotes y levitas le hicieron a Juan Bautista: ¿Qué decís de vos mismo?
Pregunta siempre atractiva y que hoy en día viene con sofisticadas técnicas de autoconocimiento y de gestión.
Sin embargo, antes de meter el corazón en los moldes de estas técnicas –que a veces terminan resultando vasijas agrietadas-, es bueno saciar bien la sed en Jesús que es la fuente que nos da la alegría verdadera.
Es bueno tomar las palabras de Juan y decir nuestros “yo no soy”:
Yo no soy nada.
No tengo nada.
No merezco nada.
No se nada.
No puedo nada.

Y luego decir nuestro sí a Jesús.
Sí como María, que dice: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”.
Sí como José, que sin palabras “hace como el Angel le ha dicho”.
Sí como Juan, que dice: “Yo soy el que prepara el camino al Señor”.

De estos sí de servidor obediente y de preparador que se anticipa, que nos orientan enteramente a Jesús, y de todos los no a cualquier título o alabanza que tiendan a hacer que nos miremos a nosotros mismos, brota la alegría verdadera.
Basta pronunciar estas palabras para que nuestro corazón asienta y se llene de alegría. Este amén a Jesús y estos no a todo lo autorreferencial son Palabras que dan Espíritu y vida, palabras que alegran el corazón.

Y cada vez que algo o alguien haga que escuchemos en nuestro corazón esta pregunta “¿qué decís de vos mismo?”, es bueno retrucar “personificando” y preguntar al que nos formula la pregunta: ¿Y vos, quién sos? o mejor ¿en qué dirección me lleva tu pregunta: hacia la alegría de Cristo o hacia la tristeza de querer auto-realizarme mirándome a mí mismo?
Al hacerme hablar de mí mismo ¿me llevás a profundizar en lo que soy por gracia o a romper mi referencia a Cristo para ir en pos de alegrías futuribles y engañosas?

En torno a este “qué digo de mi mismo” se juegan la tristeza y la alegría.
La alegría de María, que se define siempre de nuevo cada día como “la servidora del Señor”, contra la tristeza de los que se dicen que merecerían un ascenso por su buena gestión.
La alegría de San José, que con su actuar nos está diciendo que se ha definido a sí mismo como segundo, como la sombra del Padre, contra la tristeza de los que con su manera de actuar están diciendo que se consideran los primeros.
La alegría de Juan, que se define siempre como el precursor contra la tristeza de los que se creen “adelantados” no comprendidos.

“Qué decís de vos mismo” es como decir “de qué sos testigo”. Querés ser testigo de tu aventura privada y fugaz por esta vida o testigo de la Belleza de Jesucristo. Los testigos de la Belleza de Cristo viven de su Alegría y tienen para sí y para los demás “palabras para andar alegres” en toda circunstancia. Saben discernir entre los planteos que nos sumergen en Cristo y los que nos hacen mirarnos el ombligo. Y ayudan a otros a cumplir lo de Pablo:
“Estén siempre alegres (…)
No extingan la acción del Espíritu.
Examínelo todo y quédense con lo bueno.
Cuídense del mal en todas sus formas” (1 Tes 5, 16-24).

Diego Fares sj