Adviento 2 B 2008-9

Palabras que disminuyen para que crezca la Palabra

Principio del Evangelio de Jesús
Cristo, Hijo de Dios.
Juan el Bautista se presentó en el desierto…
predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados
como está escrito en el libro del profeta Isaías:
‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:
preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén
y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,
y se alimentaba con langostas y miel silvestre.
Y predicaba, diciendo:
‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,
Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,
la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua,
pero él los bautizará en Espíritu Santo’
(Mc 1, 1-8).
Contemplación
Es solemne el comienzo del evangelio de Marcos. Al escuchar “principio del Evangelio de Jesús, el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios, nos disponemos a leer lo que sigue en el libro. Pero “Evangelio” no es un libro, al menos un libro en sentido común. En todo caso es un Libro Viviente, compuesto de Palabras que, cuando son predicadas y escuchadas con el ardor y la sed de la fe, se convierten en Palabra Viva.
En Marcos “evangelio” significa:
la buena noticia de que ha comenzado el acercamiento del Reino de Dios;
la buena noticia de que Dios reina allí donde dos o tres nos reunimos a escuchar la Palabra con fe;
la buena noticia de que, cuando la ponemos en práctica con caridad, la Palabra da frutos abundantes de misericordia y de justicia, de alegría y de paz.
Evangelio es la buena nueva de que Jesús ha entrado en el centro de toda situación humana –alegre o dolorosa- y allí, en medio de nuestra vida, nos vuelve cercano al Padre y nos libera de todo lo que nos impide permanecer unidos en su amor.

Y “principio” no significa solo principio temporal o cuantitativo, en el sentido de que sería sólo un primer paso y habría que esperar muchos más. Principio tiene aquí un sentido fuerte, es “arjé”, en griego, y significa algo esencial, “principal”: es principio como el de la semilla en la que “el roble ya está en la bellota”.
En esas tres palabras –Jesús, Cristo, Hijo de Dios- está todo.
“Él es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea Él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,
y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz,
todo lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 15 ss.).
Marcos comienza su “buena nueva” anunciando que Jesús es el Hijo de Dios y la termina con la confesión de fe del centurión romano: “verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.

La imagen fuerte de este “buena nueva esencial” es hoy la de Juan el Bautista: el precursor.
La figura de Juan nos dice que una Palabra tan Plena de Vida como es Jesús, el Verbo encarnado, requiere, para ser bien acogida en todo su esplendor y amoroso poder de transformación, una preparación especial.
Y esta preparación ocupa la vida y la persona entera de Juan el Bautista: consagrado con alma y vida a “prepararle la entrada a la Palabra”.
Toda su vida fue para esta introducción, para esta presentación, para este indicar con el dedo “ahí está, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
La importancia de Jesús, que viene humildemente, como uno más, hubiera pasado inadvertida sin Juan. El profeta con más autoridad moral, el hombre a quien hasta el mismo Herodes lo escucha con respeto, “el más grande de entre los nacidos de mujer”, como dirá Jesús de su primo, dice con toda sencillez y claridad que él no es digno ni de desatarle la correa de las sandalias a Jesús.
El disminuir de Juan para que crezca Jesús es la imagen “principal” del Evangelio.
Recibir a Jesús implica que “ya no viva yo sino Jesús en mí”.
Recibir la Palabra implica que se silencien mis otras palabras y las suyas vayan articulando todo mi pensar y sentir.
Amar a Jesús implica que sean sus intereses, y no los míos, los que primen en mi corazón.
Juan lo tiene claro desde el seno de su madre, cuando saltó de alegría al presentir la presencia de su Amigo en el saludo de María a su madre Isabel. Pero este disminuir para que Jesús crezca le implicará muchos despojos.
La paciente espera de la aparición pública de Jesús.
La obediencia humilde de bautizarlo y dejarlo partir con sus mejores discípulos, sin poder él mismo irse con él, como quizás hubiera deseado.
El precederlo también en la muerte injusta e ignominiosa.
Juan nace y muere como Precursor. Por eso Jesús dice que –aún siendo el más grande de los hombres- el más pequeño en el nuevo Reino es más grande que él.
Así como en los Apóstoles todo será “cosechar lo que no sembraron”, “pescar pescas milagrosas y hacer cosas más grandes que las que Jesús hizo”, en Juan todo será preludio, siembra, preparación…
Jesús es tan grande que lo que importa es estar centrados en él. Sea disminuyendo para que Él sea sembrado en otros, sea cosechando lo que Él hizo fructificar más allá de toda medida.
La consagración de la vida entera de Juan a ser el Precursor ilumina un aspecto de nuestra vida que tiene carácter absoluto: todo lo que sea “preparar el camino a Jesús” merece que le dediquemos todas nuestras fuerzas y todo nuestro amor. Un amor lleno de fe y de esperanza, aunque no veamos nada de los frutos.
Es un poco la intención de estas “medio contemplaciones”: abrir brecha en el desierto del palabrerío moderno para que entre la Palabra en nuestros corazones.
Cuando envío las contemplaciones –cada envío acompañado con una bendición- me gusta esta imagen de la palabra que desaparece y disminuye, que se vuelve virtual por unos instantes al descomponerse en unos cuantos cientos de kilobytes, para volver a rearmarse en cada pantalla y luego en cada corazón. Trabajo lindo de atravesar espacios desiertos con la esperanza cierta de un fruto que uno ni siquiera tiene que conocer ni cosechar. Y cuando uno se sumerge en esta agua el Espíritu se encarga de sumergir Él mismo a cada uno en el Agua viva que es Jesús.

Ojalá que el Adviento nos encuentra a todos “preparando” venidas del Señor, con la misma garra y el mismo cuidado con que Juan le preparó la fiesta de Bodas a su Amigo, la fiesta de esa Alianza santa que hace la Palabra con nuestros corazones.

Diego Fares sj