Sagrada Familia 2008

Corazones que buscan coincidencias para que se den Encuentros

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:
Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y teme-roso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsa-do) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo:
«Ahora dejas, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,
porque ya vieron mis ojos tu salvación,
la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminación de las naciones paganas
y gloria de tu pueblo Israel.»
Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se de-cían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre:
«Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como sig-no a quien se contradice,
y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciu-dad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación
Lucas narra magistralmente la historia de un Encuentro-coincidencia: el de cin-co corazones en un momento de la vida. Tres escenas se desarrollan simultá-neamente y coinciden en un momento de gracia (kairós).
Una escena transcurre articulada exteriormente: la introducción del Niño Jesús en el Templo en brazos de sus padres, de acuerdo a las prescripciones de la ley.
Otra escena enfoca directamente lo que acontece en el interior del corazón de Simeón. Es un acontecimiento que se viene gestando desde hace mucho tiem-po en el corazón del anciano y que se desencadena -como un dique que se rompe- con el impulso del Espíritu para que vaya al Templo en el preciso ins-tante en que José y María entraban con el Niño Jesús en brazos. Lucas nos hace ver cómo era el corazón de Simeón, nos revela su deseo más íntimo, un deseo de ver -ver al Salvador antes de ver la muerte- que lo venía acompañan-do desde hacía años.
La escena que cierra el círculo de las coincidencias es la llegada de Ana. Esta escena está armada como si Lucas buscara a Ana en medio de los aconteci-mientos de aquel día. No hace sentir algo así como: “pero ¡dónde está Ana, si ella está siempre aquí, desde hace sesenta años!”. Y Ana aparece justo “lle-gando a aquella misma hora” y se pone a hablar del Niño a todos.

Coincidencias del Espíritu que a impulsos del Padre atrae a todos hacia el Ni-ño, que es como un imancito para los corazones buenos.

Jesús ya está con nosotros y su pueblo fiel lo reconoce. En Simeón y Ana está toda esa mística del pueblo fiel –de la piedad popular- que sale al Encuentro de Jesús, que lo toca y lo besa, que lo alaba y se alegra: piedad contemplativa ejercitada con todos los sentidos espirituales. El Espíritu es el que santifica manos y ojos, palabras y cariños, el que abre el corazón en los oídos y hace que los ojos vean en la fe y toquen con la delicada ternura de la caridad.

De San José y María, Lucas enfoca sólo su admiración: estaban maravillados ante semejante despliegue de cariño y de alabanzas. El pequeño revuelo que causó el Niño aquel día en el Templo Santo de Jerusalén se les grabó en la memoria y María lo guardó cuidadosamente en su corazón.

José y María son Sagrada Familia, Iglesia doméstica, primer templo vivo que con su abrazo abre el ámbito espiritual del Encuentro entre Jesús y su Pueblo. José y María, mediadores silenciosos que propician este encuentro: en el Pe-sebre y en el Templo –y después María en la Cruz y en el Cenáculo-. Templo vivo del Dios vivo es su amor de Familia, su calor de Hogar. María y José son Iglesia santa –Sagrada Familia-, en el sentido de que son pura apertura cálida y acogedora, para el Encuentro de todos los pequeñitos con el Verbo hecho carne. Su admiración los aleja de todo protagonismo: ellos dejan que los otros hablen entre sí y guardan las palabras de los sencillos y las Palabras de Jesús en su corazón. En ellos la Iglesia es Casa de todos, Hogar de María, Hogar de san José.

Miremos unos instantes más a los dos ancianos. En Ana y en Simeón vemos cómo nuestra carne comienza a hacerse Palabra. Al ver el rostro del Niñito Je-sús, los anhelos más íntimos e inexpresados de estos corazones de carne buena –justa y llena del temor del Señor-, se manifiestan a viva voz.
El Niño comienza a hacer hablar a la gente: saca a la luz los pensamientos que están en el fondo de los corazones. Hace hablar a nuestra carne y suscita mo-vimiento de espíritus. Como bien profetiza Simeón: Jesús ya comienza a ser señal de contradicción (en poquitos días hará hablar a Herodes y a todos sus burócratas de la religión). Pero lo importante son los pequeñitos, a los que el Padre se complace en revelarles a su Hijo amado, en quien tiene puesta sus complacencias.

El Espíritu es el que conduce las historias de estos pequeñitos y crea los En-cuentros. De Simeón y de Ana bien podemos decir lo que dice Aparecida. ¿Acaso no les caen como anillo al dedo a Simeón y Ana estas palabras?:
“Aquí está el reto fundamental que afrontamos: (que los) discípulos y misioneros res-pondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo (…) para que Jesucristo sea encon-trado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias” (Aparecida 14).
Es que todos debemos “partir de nuevo del Niño, de la Palabra hecha Carne, partir de Jesús:
“A todos nos toca recomenzar desde Cristo (desde) el Encuentro con un aconteci-miento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orienta-ción decisiva” (Aparecida 12).

El Espíritu es el que obra estos “Encuentros-coincidencias” entre los que andan alegres y en paz, entre los que se dejan conducir por sus impulsos buenos. En-cuentros-coincidencias que llevan a descubrimientos tan emocionantes como este de Jesús Niño en brazos de María en medio de la multitud de peregrinos que entran y salen del Templo. El Espíritu obra esto en aquellos que están atentos a esas mociones interiores, a esos gemidos inefables Suyos, que al confrontarse con Jesús adquieren expresión, se vuelven canto de alabanza, bendición y profecía.
Es el Niño, la Palabra hecha carne, el que suscita que nuestra carne cobre Pa-labra.

¿Qué Palabra anda inexpresada en nuestra carne y desea encontrarse con Je-sús para poder articularse y darnos vida?

El hecho más significativo de esta semana en “nuestro Templo” –el de Luján y el de Nuestra Señora del Carmen- fueron las Misa de agradecimiento por el 30º aniversario de la Paz entre Argentina y Chile. Celebración de una mediación exitosa –pedida, trabajada y elegida por nuestros dirigentes de entonces y por todo nuestro pueblo-. Celebración que los medios locales ningunearon rastre-ramente al destacar sólo el vergonzoso desencuentro –lamentabilísimo en ese marco- entre nuestros dirigentes actuales. Mientras en la homilía Monseñor Casaretto invitaba a “dejar de lado todo lo que nos distancia y enfrenta» para tratar de «encontrarnos en aquello que nos acerca», un diario narraba así el desencuentro entre nuestros mandatarios: “No cruzaron una palabra, una mira-da, aunque compartieron toda la misa en la Basílica de Lujan por el 30 aniver-sario de la mediación del Vaticano en el conflicto del Beagle con Chile. Cristina Kirchner y Julio Cobos estuvieron separados por apenas unos seis metros de distancia, pero en ningún momento se cruzaron”.
Sin embargo hubo en el mismo Templo otra actitud, de la que fui por gracia confidente y que tendría que haber sido la noticia.
Un amigo que participó de la misa me decía: “Celebramos haber elegido no en-trar en una guerra y estos no son capaces de darse la mano en Luján”. Pero la vileza de la coyuntura –en la que tratan de hacernos vivir sumergidos- no le im-pidió a este amigo contarme su alegría: “Hace treinta años yo estaba en uno de los buques que ya habían zarpado, ya habían recibido la orden de iniciar las operaciones de guerra. La mediación paró la guerra verdaderamente. Se evitó algo que hubiera sido dolorosísimo para nuestros pueblos”. Y con lágrimas en los ojos me contaba su emoción y acción de gracias por haber podido ser testi-go silencioso de la angustia de aquel momento y de la alegría de esta misa. En su corazón los gestos humildes y las palabras amorosas de nuestros obispos fueron un bálsamo y un anuncio de la presencia de Dios con nosotros.

Pedimos para nuestras familias y para nuestros pueblos el corazón de Simeón y de Ana: corazones que andan buscando coincidencias para que se den Encuentros, con Jesús y, en torno a él, con todos nuestros hermanos.
Diego Fares sj

Navidad 2008-9

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En Jesús, nuestra carne se va haciendo Palabra

 

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

(…) La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único,

que es Dios y está en el seno del Padre” (Jn 1, 1 ss.).

 

 

Contemplación

            En medio de las celebraciones del Hogar –las de la mañana, con cantos y humildes regalos para nuestros comensales, junto con una rica comida, y las de la tarde, con la Eucaristía de Nochebuena, junto con nuestros huéspedes y los colaboradores y amigos- les comparto una breve reflexión de Navidad.

 

Elegí el texto de la Misa del día –el prólogo de San Juan-, ya que las contemplaciones de Adviento se han centrado en el Misterio de la Palabra que se hace carne.

Esta teología descendente, en la que destacamos -maravillados y agradecidos- cómo nuestro Padre del Cielo nos envía a su Hijo Amado para que comparta nuestra vida, tiene como contrapartida una teología ascendente.

 

Una vez que el Verbo de Dios se hizo carne también podemos decir que nuestra carne se va haciendo Palabra.

 

Que la Palabra haya tomado nuestra carne significa que es una Palabra situada, universal-concreta, una Palabra con rostro: el Rostro de Jesús.

Palabra que, al hacerse carne, no es nunca más mera idea sino, de una vez y para siempre, palabra con historia, con lengua materna, con acento galileo… Palabra que sigue encarnándose en cada pueblo y en cada cultura, haciéndose a nuestros gustos y ritos, a nuestros modos de ser y de expresar las cosas del corazón, con la belleza y el ingenio propio de cada pueblo que acoge a esta Palabra deseosa de encarnarse y de inculturarse para poder compartir.

 

Que nuestra carne se va haciendo Palabra, significa lo mismo pero partiendo desde abajo. Significa que todo aquello que nuestra carne expresa de mil maneras –con sus reclamos e ilusiones, sus hayes y sus exclamaciones de gozo, con sus lágrimas y risas, con sus expresiones más silenciosas y simples de amor y de gratitud y con sus angustias más inexplicables y mudas, con sus expresiones sencillas y cotidianas y sus discursos más elaborados y complejos-, todo aquello que es el lenguaje de nuestra carne y que hoy las ciencias y los medios intentan decir de mil maneras diversas y muchas veces inconciliables entre sí en la Babel de nuestro mundo hipercomunicado, este lenguaje de nuestra carne, digo, va descubriendo en La Palabra del Evangelio el lenguaje que le calza justo, que la expresa en su verdad más neta y clara.

 

No hay experiencia más linda que la de haber estado luchando interiormente por expresar de manera auténtica algo que nos pasa  por dentro –que nos alegra o nos quema, que nos revuelve las tripas o nos llena de amor y de esperanza- y encontrar de pronto que alguna frase de Jesús en el Evangelio –o alguna parábola, o algún gesto del Señor o de sus amigos- dice precisamente lo que nos pasa. Y no sólo lo dice sino que al decirlo con Palabra Viva, con Palabra hecha carne, con Palabra que ha dormido en un Pesebre y ha sido clavada en una Cruz, con Palabra que sabe de compartir corderitos y de lavar pies y de acompañar amigos charlando por el camino, no solo dice las cosas sino que las realza, las vuelve más claras, las explicita y las articula con todo el resto de lo que nos pasa.

Cuando nuestra carne logra balbucear sus palabras y se encuentra con las que brotan de los labios del Maestro –la Palabra hecha carne-, inmediatamente se llena de alegría con la luz de la Verdad. Y si adoptamos esas Palabras de vida nuestra carne comienza a hacerse Palabra, encuentra su lenguaje, logra dar con aquello que le permite expresarse con exactitud y llevar lo dicho a los hechos con eficacia. Al encontrarse con las Palabras de Jesús, nuestra carne comienza a hablar el lenguaje de la Palabra que es el lenguaje del amor.

 

Y es un hecho que nuestra carne entiende perfectamente (más rápido que nuestra mente) el lenguaje del Amor. Sólo que a veces el palabrerío en el que estamos inmersos nos pone a la mano miles de palabras inadecuadas, discursos prefabricados que son moldes estrechos o con algo torcido, que expresan las cosas a medias y dejan a nuestra carne insatisfecha.

 

Solo la Palabra de Jesús satisface plenamente a nuestra carne en su anhelo de volverse Palabra.

 

No hay otro deseo más hondo de la carne humana que el de volverse Palabra, que el de dejar de ser mera carne y pasar a tener expresión propia, rostro humano, de persona única y singular. Sólo la Palabra de Jesús puede colmar este deseo y a eso vino, para eso se hizo carne. Para salvarnos cumpliendo este deseo de nuestra carne es que se atrevió a compartir nuestra vida, a situarse y a ser una palabra entre otras muchas…

 

En la medida en que entablamos conversación con esta Palabra –tan humilde y tan Verdadera- nuestra carne se va haciendo Palabra y, lo más lindo es que cuanto más única y original es esta Palabra que encontramos –cuanto más responde a nuestros anhelos más únicos y personales- más compartible es con todos, más entendible se vuelve a los demás y resulta ser la más realizable en comunidad.

 

Que al contemplar el Rostro del Niño Jesús, Palabra hecha carne que escucha atenta la voz de su Madre y que se expresa con llantitos y sonrisas, vayamos descubriendo que todos los sonidos y todas las expresiones de nuestra carne pueden ir encontrando en esta Palabra pequeñita la Verdad más honda de nuestra existencia. Porque en esta Palabra fuimos creados y de ella lo recibimos todo: gracia sobre gracia.  Porque de muchos hemos recibido muchas cosas, pero “la Gracia y la Verdad nos han llegado por Jesucristo”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

Adviento 4 B 2008-9

La Palabra se hizo carne y “tomó el color de nuestra alma”

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
Y habiendo ingresado a ella la saludó, diciendo:
– « ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Angel le dijo:
– «No temas, María, has hallado gracia a los ojos de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»
María dijo al Angel:
– «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»
El Angel le respondió:
– «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»
María dijo entonces:
– «Yo soy la servidora del Señor,
Hágase en mí según tu palabra.»
Y el Angel se alejó (Lucas 1, 26-38).

Contemplación

¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo!
Palabras del Angel Gabriel,
Palabras para andar alegres…
Palabras que despiertan a la Fe el oído de María y con el de ella el nuestro.

“Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.
Palabras de María,
Palabras para andar alegres…
Palabras que nos ubican en el lugar justo y en la tarea exacta
para ser bendecidos: soy servidor, soy servidora;
siempre y solo esto es lo que debemos decir cuando nos preguntan “qué decimos de nosotros mismos”.
Soy servidor, soy servidora. Ahí está el secreto de la alegría cristiana.

En el Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de la Palabra, los obispos nos dicen que la Palabra tiene Rostro y que el Rostro de la Palabra es Jesucristo.
Jesucristo, el Verbo de Dios que gracias al sí de María (y al de José y al de Juan el Bautista y a todos los sí de los santos y de las santas y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad)… gracias a estos sí, se hizo carne.
Dicen los obispos:

“En el original griego son sólo tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, “el Verbo/Palabra se hizo carne”. Sin embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y teológica que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático itinerario de búsqueda: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (42, 5). (Mensaje, 4).

“Las palabras sin un rostro no son perfectas…”

Nos quedamos hoy sólo con esto, ya cerquita de la Navidad.

Porque en el tiempo de Navidad el Rostro del Niñito Jesús tiene que ir llenando e iluminando todo.

La Palabra tiene rostro gracias a que María dijo sí, amén, “hágase”.
La Palabra se hizo carne y tomó un rostro: el de Jesús, con los rasgos de su Madre, como nuestros rostros tienen los rasgos de la nuestra.
Que la Palabra tenga rostro –con esa característica de los rostros de ser siempre el mismo y de ir cambiando con el paso del tiempo y la historia vivida- quiere decir que es una Palabra dialogada, una Palabra que siendo la Misma se ha ido modificando, como se modifica el rostro al sonreír y al llorar.

El “hágase” de María no es un sí puntual. Tampoco la encarnación es un hecho puntual. La encarnación comenzó allí y va ganando rostros, ganando historias compartidas…

San Ignacio, en la contemplación de la Encarnación, nos hace hablar con “el Verbo Eterno encarnado y con la Madre y Señora nuestra, pidiendo (gracia) según lo que sienta cada uno en su circunstancia, para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” (EE 109).
Por eso los obispos dicen que en esta frase –la Palabra se hizo carne- late
“el corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana”.

Y en María tenemos la frase mágica, la palabra irresistible para Jesús, toda vez que le recuerda el sí de su Madre. Cada vez que un cristiano dice “hágase en mí según tu Palabra” Jesús se encarna nuevamente y comienza a obrar maravillas en la situación concreta que esa persona está viviendo.
Cuando el Señor dice que el que “hace su Palabra” es su hermano, su hermana y su Madre, no está hablando metafóricamente. No hay nada más real que este “encarnarse” suyo en aquel que lo acoge en la obediencia de la fe y pone en práctica sus mandamientos de amor.
Verdaderamente la Palabra se encarna en nosotros, toma nuestro rostro, un poquito del color de nuestro ojos (cómo no recordar hoy de nuevo “El anuncio hecho a María” de Paul Claudel!). Escuchemos a Descalzo que nos la cuenta con ese entusiasmo suyo que viene “de la otra orilla” y ya es eterno y siempre fresco:

¿No conocéis esa obra milagrosa? Os la cuento muy brevemente.
Es la historia de una muchacha feliz, Violeta -ojos azules, pelo rubio, voz prodigiosamente blanca-, que vive un sueño de amor con su prometido, Santiago. En la historia de Violeta hay un solo recuerdo amargo: Pedro de Craón -un constructor de catedrales, porque la obra ocurre en la Edad Media- ha querido violarla siendo niña, y aunque ella se ha resistido, el dolor ha quedado dentro de la muchacha. Y cuando está olvidándolo y a punto de casarse con Santiago, regresa, como un huido, Pedro, que ha contraído la lepra y es rehuido por todos. Y Violeta, en un arranque de caridad y como signo de perdón, le saluda con un beso en la frente. Mara, la hermana envidiosa y enamorada también ella de Santiago, correrá para contar que ha visto a Violeta «besándose» con Pedro. Y aun cuando éste no quiere creerlo, la prueba está ahí: también Violeta ha quedado contagiada por la lepra. Tendrá que dejar su amor y recluirse en una gruta en la montaña como los leprosos de la época hacían.
Han pasado los años. Violeta es ya un cadáver viviente. La lepra ha comido hasta sus preciosos ojos azules. Está ciega. Mara, mientras tanto, se ha casado con Santiago y tienen una niña, una preciosa pequeña de ojos negros a la que llaman Albana.
Y un día -ausente Santiago- Mara encuentra muerta a su hija. Es el día de Navidad. Corre entonces a la montaña para pedir, para exigir a su hermana que resucite a su hija: ¿para qué sirve toda su santidad si no es capaz de hacer un milagro?
Violeta, a la fuerza, toma el cadáver de la pequeña en sus brazos, lo cubre con su manto andrajoso. Suenan las campanas de la Navidad. De un convento cercano llega el canto de unas monjas: «Puer natus est nobis» (un niño nos ha nacido). Todo huele a Belén y a nacimiento. Y en las manos de Violeta algo se mueve, bajo el manto.
Cuando Mara recupera el cuerpo -ya vivo- de su hija, descubre que los milagros son dos: su hija ha resucitado, pero lo ha hecho con los ojos azules. Porque ahora la verdadera madre de su alma no es ya ella, sino Violeta, que ha sido, así, fecunda con su corazón”.

Hasta aquí la historia, que Descalzo aplica a la paternidad y maternidad espirituales:
“La primera ley de la existencia humana me parece esa de que nuestra vida sirva para algo o, mejor, para alguien. Ayudar a alguien, animar a alguien, amar a alguien, iluminar a alguien, engendrar a alguien. No sólo a mi mismo. Yo no puedo haber nacido para cultivar sólo mi hermosa cabecita. Y ya sé que engendrar almas es mucho más difícil que dar a luz cuerpos. Sé que, en rigor, sólo llegan a engendrarse «trocitos» de almas, porque, en definitiva, cada uno es dueño de la propia. Pero qué buen oficio dar un poco de luz, unas gotas de alegría, un ramalazo de esperanza, un respiro de fe. ¡Dios santo. qué milagro sería si, cuando resucitemos al otro lado, me encuentro con alguien que tenga el alma del color de la mía”.
“Alguien que tenga el alma del color de la mía”.
Jesús con su alma un poquito también color de la mía.
Mi alma –Madre y hermana de Jesús- un poquito color de la suya.
El alma de mis amigos con un poquito del color de la mía.
Mi alma con el color del alma de todos mis hermanos más pobres…

Esta multitud de imágenes –que en el fondo son sólo una- es la imagen que los invito a que se queden gustando para esperar la Navidad, mientras decimos nuestros “hágase” a todos los mensajes (incluso los de texto) que nos vayan llegando en estos días, en los que pareciera que a Jesús-Palabra le urge encarnarse, para que los mensajes se conviertan en Anunciaciones y las Palabras adquieran rostro y sea posible el Encuentro:
“Precisamente porque en el centro de la Revelación está la Palabra divina transformada en Rostro, el fin último del conocimiento de la Biblia no está “en una decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1)”.

Diego Fares sj

Adviento 3 B 2008-9

“Alégrense siempre en el Señor.
Les insisto: alégrense.
El Señor está cerca”
(Flp 4, 4-5)

Palabras para andar alegres

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:
– «¿Quién eres tú?»
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:
– «Yo no soy el Mesías.»
– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:
– «¿Eres Elías?»
– Juan dijo: «No.»
– «¿Eres el Profeta?»
– «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron:
– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo:
– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:
– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan respondió:
– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba
(Jn 1, 6-8. 19-28).

Contemplación
El tercer domingo de Adviento se llama domingo “gaudete” en latín, y podríamos traducirlo: “domingo para andar alegres”. Toma el nombre de la primera palabra de la liturgia Eucarística: “Alégrense siempre en el Señor”.
Pablo insiste a los filipenses mandándoles que “anden alegres en todas partes y siempre”. Alegres porque el Señor está cerca.

Domingo del regocijo, entonces, o “domingo para andar con ánimo alegre”.
Y digo “para andar” porque “estar” alegres no depende de nosotros. El estado de ánimo es como el tiempo –con sus consolaciones y sus nublados-. Pero dar pasos sí depende de nosotros, y la alegría, como “la esperanza, se activa dando el paso siguiente” (Karl Barth).
Estamos hablando de una alegría que, como dice Ignacio, es por Jesús: por la alegría de Jesús resucitado. Más allá de cómo andemos nosotros en las circunstancias que nos toca vivir, Pablo nos manda que nos alegremos en Cristo.
Se trata pues de una alegría especial.
Diría que no es una alegría que “está”, sino una alegría que viene a nosotros y hacia la que podemos ir, si queremos.
No es una alegría que podamos poseer, sino una alegría que toma posesión de aquellos que se olvidan de sí y van hacia ella. “Me olvidé de mi misma y fui feliz”, como dice Teresita que le aconteció aquel buen día en que decidió no hacer caso a una humillación que sentía en carne viva.

No se trata, como vemos, de una alegría autorreferencial, que podríamos constatar, medir y administrar en nuestro ánimo, sino de una alegría referida a Cristo, que podemos constatar, medir y contemplar evangélicamente en Él. Y contemplándola en Él, se nos participa, como se contagia la sonrisa.

Es la alegría Fuente que viene de lo hondo, la alegría Manantial que brota de lo Alto, puro Don del Espíritu, Alegría que ya nos ha sido dada y de la cual podemos beber si nos tomamos el trabajo de cavar en el pozo de nuestro corazón, atravesando superficialidades con la fe y poniéndole ganas generosamente.
Alegría “dada gratis” en la que tenemos que trabajar esforzándonos gratuitamente. Así son las paradojas de la gracia.

En los Ejercicios, Ignacio nos da modo para disponernos a orar con los misterios de la alegría. Dice que al despertarnos debemos dar los siguientes pasos:

“Poner enfrente la contemplación que tengo que hacer, queriéndome afectar y alegrar de tanto gozo y alegría de Cristo nuestro Señor”. Y luego “traer a la memoria y pensar cosas que sean motivo de placer, alegría y gozo espiritual, así como de gloria” (EE 229).

Si estos verbos activos le suenan a alguno como voluntarismo, sepa que no es esa la intención de Ignacio. Las suyas son “palabras para andar alegres”, “ejercicios de alegría y gozo espiritual”.

¿Acaso la alegría necesita ejercitación?

¿Ahora resulta que hay que trabajar también para estar alegres?

¿No es una manera sutil de echar en cara que si uno no anda alegre es porque se ha vuelto descuidado y perezoso?

Y sí. Cristianamente es así. Sin ningún ánimo de sutileza: el que no anda alegre –en este sentido de “andar dando pasos hacia la alegría evangélica”- es porque se ha quedado, ha enterrado el talento en vez de ponerlo a trabajar, y si no se pone de nuevo en camino corre el riesgo de ser llamado “servidor infiel y perezoso”.
Es que el Talento de la Alegría nos ha sido dado a todos y se derrocha abundantemente en la Iglesia cada día. Y hay que obedecer al llamamiento a cosechar la alegría trabajando en la viña, no importa si ya pasó la mitad o más de la jornada.
El “alégrense en toda ocasión” de Pablo no es una palmada animosa sino un exigente mandamiento: ¡cultivá en tu corazón la alegría por Jesús resucitado!
¡Andá alegre! Te lo repito: buscá palabras que alegren, poné gestos y caras de alegría, trabajá por encontrar tus “razones para la alegría”, como decía Martín Descalzo. Negociá el talento de la alegría que recibiste. Acordate que “el Señor ama al que da con alegría”.

Este trabajo no es voluntarismo. El voluntarismo es una caricatura de la Voluntad, que es nuestra capacidad de amar y desear el Bien en cuanto tal. Cultivar este “amar el Amor”, buscando y encontrando “razones para amar” trae alegría inmediata y verdadera.
Si amar la alegría de un hijo y regocijarse de ver alegre a aquel a quien queremos es algo espontáneo y auténtico, cuánto más lo será amar la alegría del Hijo amado, alegrarnos con él y con la alegría de María, su Madre, que le hace estallar en cantos de júbilo y magnificar a su Señor, que se complace en la pequeñez de su Servidora.

Se trata, pues de “andar” (que andando se alegra el corazón) con una alegría cultivada por medio de pasos concretos de afecto y delicada atención.
La tarea es andar con una alegría trabajada como cuando se trabaja para preparar la alegría de una fiesta.
El mandamiento es alegrarnos por la alegría de Otro: alegría al sentir que Jesús viene a nosotros alegre y gozoso, y gozarnos con Él.

Y como ejemplo y modelo mayor de esta alegría, el evangelio de este domingo para andar alegres nos hace una repetición ignaciana de la figura de Juan el Bautista, el amigo del Novio, el que sabe alegrarse con la alegría de su amigo.

Juan es el modelo –despojado de todo adorno innecesario- de la alegría en su estado más puro –casi salvaje-. Como María y San José, Juan se alegra por Jesús y sólo con Él y en Él. Esa fue su vida y su misión desde el vientre de su madre.

Y su discípulo, Juan evangelista, ha meditado en esta alegría y ha construido el largo pasaje evangélico de hoy para “pintar” en nuestro corazón –por medio de contrastes de luz y sombra- las palabras claves para andar en alegría permanente, esa que Jesús promete darnos de modo tal que nada ni nadie nos la pueda ya quitar.

El pasaje se puede leer como esos cuadros del Greco en que la luz brota del Niño en pañales y se esparce hacia fuera, iluminando rostros y ahuyentando sombras.
La alegría de Juan le viene de saber y decir que él no es la Luz, sino el testigo de la luz. La Luz que alegra el corazón es Jesucristo y Juan viene a dar testimonio para que creamos que esa alegría existe y está en medio de nosotros, aunque no lo reconozcamos siempre.

Por eso la frase central del pasaje –por contraste- es la pregunta que le hacen a Juan los sacerdotes y levitas: “Qué dices de ti mismo”.

Juan ha estado diciendo a todo que no.
No soy el Mesías.
No soy Elías.
No soy el profeta…
Y cuando le preguntan qué decís de vos mismo, en vez de callar se explaya largamente, pero hablando de sí mismo en referencia a Jesús.

Juan es el que reorienta una y otra vez la mirada –la suya y la nuestra- hacia Jesús.
Es ese movimiento “hacia fuera” el que le hace “andar en alegría”.
La suya es una alegría que dice sí sólo a Jesús y no a todo lo demás.

El sí de Juan a Jesús –y todos sus “no” a los que tratan de hacerlo mirarse a sí mismo- son modelo de lo que llamamos: “palabras para andar alegres”.

No se trata tanto de lo que dice sino de “hacia dónde se orienta su discurso y su mirada”.

Aquí está quizás la clave de muchas de nuestras tristezas, de muchos andares ensombrecidos de la vida religiosa actual.

Hay multitud de ofertas espirituales, para todos los gustos y sensibilidades, que nos hacen la misma pregunta que los sacerdotes y levitas le hicieron a Juan Bautista: ¿Qué decís de vos mismo?
Pregunta siempre atractiva y que hoy en día viene con sofisticadas técnicas de autoconocimiento y de gestión.
Sin embargo, antes de meter el corazón en los moldes de estas técnicas –que a veces terminan resultando vasijas agrietadas-, es bueno saciar bien la sed en Jesús que es la fuente que nos da la alegría verdadera.
Es bueno tomar las palabras de Juan y decir nuestros “yo no soy”:
Yo no soy nada.
No tengo nada.
No merezco nada.
No se nada.
No puedo nada.

Y luego decir nuestro sí a Jesús.
Sí como María, que dice: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”.
Sí como José, que sin palabras “hace como el Angel le ha dicho”.
Sí como Juan, que dice: “Yo soy el que prepara el camino al Señor”.

De estos sí de servidor obediente y de preparador que se anticipa, que nos orientan enteramente a Jesús, y de todos los no a cualquier título o alabanza que tiendan a hacer que nos miremos a nosotros mismos, brota la alegría verdadera.
Basta pronunciar estas palabras para que nuestro corazón asienta y se llene de alegría. Este amén a Jesús y estos no a todo lo autorreferencial son Palabras que dan Espíritu y vida, palabras que alegran el corazón.

Y cada vez que algo o alguien haga que escuchemos en nuestro corazón esta pregunta “¿qué decís de vos mismo?”, es bueno retrucar “personificando” y preguntar al que nos formula la pregunta: ¿Y vos, quién sos? o mejor ¿en qué dirección me lleva tu pregunta: hacia la alegría de Cristo o hacia la tristeza de querer auto-realizarme mirándome a mí mismo?
Al hacerme hablar de mí mismo ¿me llevás a profundizar en lo que soy por gracia o a romper mi referencia a Cristo para ir en pos de alegrías futuribles y engañosas?

En torno a este “qué digo de mi mismo” se juegan la tristeza y la alegría.
La alegría de María, que se define siempre de nuevo cada día como “la servidora del Señor”, contra la tristeza de los que se dicen que merecerían un ascenso por su buena gestión.
La alegría de San José, que con su actuar nos está diciendo que se ha definido a sí mismo como segundo, como la sombra del Padre, contra la tristeza de los que con su manera de actuar están diciendo que se consideran los primeros.
La alegría de Juan, que se define siempre como el precursor contra la tristeza de los que se creen “adelantados” no comprendidos.

“Qué decís de vos mismo” es como decir “de qué sos testigo”. Querés ser testigo de tu aventura privada y fugaz por esta vida o testigo de la Belleza de Jesucristo. Los testigos de la Belleza de Cristo viven de su Alegría y tienen para sí y para los demás “palabras para andar alegres” en toda circunstancia. Saben discernir entre los planteos que nos sumergen en Cristo y los que nos hacen mirarnos el ombligo. Y ayudan a otros a cumplir lo de Pablo:
“Estén siempre alegres (…)
No extingan la acción del Espíritu.
Examínelo todo y quédense con lo bueno.
Cuídense del mal en todas sus formas” (1 Tes 5, 16-24).

Diego Fares sj

Adviento 2 B 2008-9

Palabras que disminuyen para que crezca la Palabra

Principio del Evangelio de Jesús
Cristo, Hijo de Dios.
Juan el Bautista se presentó en el desierto…
predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados
como está escrito en el libro del profeta Isaías:
‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:
preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén
y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,
y se alimentaba con langostas y miel silvestre.
Y predicaba, diciendo:
‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,
Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,
la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua,
pero él los bautizará en Espíritu Santo’
(Mc 1, 1-8).
Contemplación
Es solemne el comienzo del evangelio de Marcos. Al escuchar “principio del Evangelio de Jesús, el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios, nos disponemos a leer lo que sigue en el libro. Pero “Evangelio” no es un libro, al menos un libro en sentido común. En todo caso es un Libro Viviente, compuesto de Palabras que, cuando son predicadas y escuchadas con el ardor y la sed de la fe, se convierten en Palabra Viva.
En Marcos “evangelio” significa:
la buena noticia de que ha comenzado el acercamiento del Reino de Dios;
la buena noticia de que Dios reina allí donde dos o tres nos reunimos a escuchar la Palabra con fe;
la buena noticia de que, cuando la ponemos en práctica con caridad, la Palabra da frutos abundantes de misericordia y de justicia, de alegría y de paz.
Evangelio es la buena nueva de que Jesús ha entrado en el centro de toda situación humana –alegre o dolorosa- y allí, en medio de nuestra vida, nos vuelve cercano al Padre y nos libera de todo lo que nos impide permanecer unidos en su amor.

Y “principio” no significa solo principio temporal o cuantitativo, en el sentido de que sería sólo un primer paso y habría que esperar muchos más. Principio tiene aquí un sentido fuerte, es “arjé”, en griego, y significa algo esencial, “principal”: es principio como el de la semilla en la que “el roble ya está en la bellota”.
En esas tres palabras –Jesús, Cristo, Hijo de Dios- está todo.
“Él es el Principio,
el Primogénito de entre los muertos,
para que sea Él el primero en todo,
pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,
y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz,
todo lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 15 ss.).
Marcos comienza su “buena nueva” anunciando que Jesús es el Hijo de Dios y la termina con la confesión de fe del centurión romano: “verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.

La imagen fuerte de este “buena nueva esencial” es hoy la de Juan el Bautista: el precursor.
La figura de Juan nos dice que una Palabra tan Plena de Vida como es Jesús, el Verbo encarnado, requiere, para ser bien acogida en todo su esplendor y amoroso poder de transformación, una preparación especial.
Y esta preparación ocupa la vida y la persona entera de Juan el Bautista: consagrado con alma y vida a “prepararle la entrada a la Palabra”.
Toda su vida fue para esta introducción, para esta presentación, para este indicar con el dedo “ahí está, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
La importancia de Jesús, que viene humildemente, como uno más, hubiera pasado inadvertida sin Juan. El profeta con más autoridad moral, el hombre a quien hasta el mismo Herodes lo escucha con respeto, “el más grande de entre los nacidos de mujer”, como dirá Jesús de su primo, dice con toda sencillez y claridad que él no es digno ni de desatarle la correa de las sandalias a Jesús.
El disminuir de Juan para que crezca Jesús es la imagen “principal” del Evangelio.
Recibir a Jesús implica que “ya no viva yo sino Jesús en mí”.
Recibir la Palabra implica que se silencien mis otras palabras y las suyas vayan articulando todo mi pensar y sentir.
Amar a Jesús implica que sean sus intereses, y no los míos, los que primen en mi corazón.
Juan lo tiene claro desde el seno de su madre, cuando saltó de alegría al presentir la presencia de su Amigo en el saludo de María a su madre Isabel. Pero este disminuir para que Jesús crezca le implicará muchos despojos.
La paciente espera de la aparición pública de Jesús.
La obediencia humilde de bautizarlo y dejarlo partir con sus mejores discípulos, sin poder él mismo irse con él, como quizás hubiera deseado.
El precederlo también en la muerte injusta e ignominiosa.
Juan nace y muere como Precursor. Por eso Jesús dice que –aún siendo el más grande de los hombres- el más pequeño en el nuevo Reino es más grande que él.
Así como en los Apóstoles todo será “cosechar lo que no sembraron”, “pescar pescas milagrosas y hacer cosas más grandes que las que Jesús hizo”, en Juan todo será preludio, siembra, preparación…
Jesús es tan grande que lo que importa es estar centrados en él. Sea disminuyendo para que Él sea sembrado en otros, sea cosechando lo que Él hizo fructificar más allá de toda medida.
La consagración de la vida entera de Juan a ser el Precursor ilumina un aspecto de nuestra vida que tiene carácter absoluto: todo lo que sea “preparar el camino a Jesús” merece que le dediquemos todas nuestras fuerzas y todo nuestro amor. Un amor lleno de fe y de esperanza, aunque no veamos nada de los frutos.
Es un poco la intención de estas “medio contemplaciones”: abrir brecha en el desierto del palabrerío moderno para que entre la Palabra en nuestros corazones.
Cuando envío las contemplaciones –cada envío acompañado con una bendición- me gusta esta imagen de la palabra que desaparece y disminuye, que se vuelve virtual por unos instantes al descomponerse en unos cuantos cientos de kilobytes, para volver a rearmarse en cada pantalla y luego en cada corazón. Trabajo lindo de atravesar espacios desiertos con la esperanza cierta de un fruto que uno ni siquiera tiene que conocer ni cosechar. Y cuando uno se sumerge en esta agua el Espíritu se encarga de sumergir Él mismo a cada uno en el Agua viva que es Jesús.

Ojalá que el Adviento nos encuentra a todos “preparando” venidas del Señor, con la misma garra y el mismo cuidado con que Juan le preparó la fiesta de Bodas a su Amigo, la fiesta de esa Alianza santa que hace la Palabra con nuestros corazones.

Diego Fares sj