Adviento 1 B 2008-9

Palabras que despiertan… a la Palabra

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Miren, estén despiertos,
porque no saben cuándo es el tiempo de gracia.
Es como un hombre que emprendiendo un viaje,
dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,
señalando a cada cual su tarea,
y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,
porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,
si a primera horas de la noche,
o a la medianoche,
o al canto del gallo
o a la madrugada.
No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, se lo digo a todos: ¡Velen!» (Mc 13, 33-37).

Contemplación

Comienza el Adviento con un sonido de campanilla, cuya música –como en los retiros- nos invita a despertar.

¡Estén despiertos y vigilen!
Estén atentos!,
¡Velen!, ¡Cuiden!
Miren que no saben
cuando viene El.
Por eso estén despiertos y vigilen.

Suena la campanilla y sonará todos los días del Adviento. Campana pequeña pero de timbre alegre que no deja lugar para excusas.

En el marco grande del Sínodo sobre la Palabra, nuestro Adviento será un abrirnos a la Palabra de Dios –a Jesús-Palabra-:

Palabra que despierta… a la Palabra.

La contemplación de hoy será con una pequeña ayudita de los amigos más despiertos.

El primer gran despierto –el primero resucitado de entre los muertos- es Jesús.
Como dice uno que luchó tanto por vivir despierto y despertar a otros, Martín Descalzo:
“Siempre he creído que Cristo fue precisamente eso: el ser humano que ha vivido más en plenitud, el único que realmente existió completamente «a tope», siempre vivo y despierto, siempre ardiente y quemante, el único que jamás conoció el aburrimiento, incapaz del bostezo, la misma juventud”.

Escuchamos cómo nos sacude y nos despierta su Palabra:

“Miren, ¡estén despiertos!,
porque no saben cuándo es el tiempo de gracia”.

Te lo dice a vos, nos lo dice a todos.

Las recomendaciones de Jesús nos tocan la conciencia y nos sacuden la modorra. Pero atentos, que hay varios despertares.
El primero, cuando a uno lo despiertan de golpe, es un despertar a las imágenes del propio sueño y la primera realidad que nos invade es la de las propias preocupaciones, peligros y deberes.
El Señor pone este tinte de advertencia a su llamamiento: nos habla del ladrón. Pablo nos dirá que nuestra lucha es contra enemigos poderosos –no personas de carne y hueso sino principados, potestades y dominadores de este mundo –realidades estructurales, económicas, militares, virtuales…- contra las cuales la única arma ofensiva es “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef 6, 12-20).

Sin embargo, el primer despertar evangélico no es al temor sino al amor: es el despertar a Jesús mismo que viene.
Lucas narra este despertar al Amor encarnado –en el no teman dicho a María y a los pastores- y al Amor resucitado –en el no teman dicho a los discípulos-:
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu” (Lc 24, 36 ss)

Estate atento, pues, … al Dueño de tu casa. Velá porque viene tu Jesús. Que tu Amigo y Buen Señor no te encuentre en otra.

Como dice una amiga que veló anoche y hoy me regala su oración:
Pensaba que estarías escribiendo lo que sentías sobre ésta Palabra y quise acompañarte desde lo que yo sentí al leerla. Que lindo rezar con esta secuencia del evangelio -de «atardecer, medianoche, canto del gallo o mañana-, que vuelve a decirnos que el hoy se cuenta de Jesús a Jesús. Qué paz que se siente al saber que ya está el Dueño de casa tomando posesión de las habitaciones interiores de nuestro ser, poniendo luz y señorío sobre todos los ambientes.
Los duros, como yo, ya hemos visto un atardecer sin Dios,
hemos tenido que pasar la noche oscura sin conocerlo,
y hemos sentido el canto del gallo reafirmando nuestra negación del amor en cruz como camino de salvación,
pero la misericordia de Dios nos ha permitido tener una mañana antes del mediodía de sol quemante.
Igual, es dulce ver como poco a poco esta mañana va tomando la temperatura espiritual que Dios propone para recibir el «golpe de gracia», la estocada final que será el encuentro cara a cara.
La falta de delicado cuidado en el orden interior que Dios le confió a esta «portera» hizo que estén siendo necesarias muchas horas dedicadas a restaurar algunos detalles de los que a Jesús le gustan, pero, con el gozo de saber que El ya entró a Su casa, todo será más fácil.

Y junto con el despertarnos a su Presencia hacen falta otros despertares.

El Señor nos quiere despertar a su Reino.

Nos ayuda otro despierto que, como decía De Lubac, fue uno de los hombres de Iglesia más lúcidos de nuestro siglo XX. Dice von Balthasar:

“El trabajo confiado debe ser hecho, y bien, pero no se trata de nuestros bienes e intereses sino de los bienes e intereses del Señor. Cualquier cosa que hagamos, sea espiritual o profana, no trabajamos para nosotros sino para Él; no ayudamos a construir nuestro reino sino el Suyo”.

¡Despertar a la realidad de Jesús es despertar a su Reino!

Y como se trata de un despertar de semilla, paciente y laborioso, es necesario que su Palabra encuentre la profundidad necesaria de tierra buena en nuestro corazón, para que no se quede a nivel superficial y “se duerma de nuevo”, para que despierte bien arraigada y crezca alto y de frutos de ciento por uno.

En estos días estoy releyendo uno de los libros de Leclerc sobre Francisco.
Y me viene un hermoso pasaje en el que Francisco habla de su despertar. Lo empecé a transcribir de a pedacitos y salió un parágrafo largo. Es que Leclerc es uno de los que despertó Francisco al misterio de la Piedad del Padre, que ama tiernamente a todas sus creaturas. Por eso vale la pena escuchar a estos buenos pastores, que velan por nosotros, estando atentos al Señor, al Dueño, al su Reino, a su Palabra. Estos pastores despiertos, que saben salir de sí mismos para andar cuidándonos a nosotros.
La escena se desarrolla en la nave que lleva a tierra Santa a un Francisco con el deseo ardiente de convertir a los musulmanes. Un juglar se pone a conversar con él y Francisco le pide que le cante la Canción de Roland, que le trae el recuerdo de sus sueños de ser caballero andante. Eso deja feliz a Francisco que le abre el corazón al menestral y le cuenta su despertar hacia todas las creaturas:
“Hace mucho tiempo que el Señor puso en mi el deseo de salir hacia los otros. Se cree generalmente que basta con abrir los ojos para ver que los otros están a nuestro lado. Pero nuestra mirada sigue los movimientos del corazón. Y las más de las veces no salimos de nosotros mismos, nos quedamos encadenados a nuestras ambiciones, perdidos en nuestros sueños. Y, a veces, tiemblo al pensar que hubiera podido estar soñando toda la vida, si el Señor no hubiera tenido piedad de mi y me hubiera empujado misericordiosamente fuera de mí, hacia los otros, hacia todo lo que es.
-¿Qué soñabas? –preguntó el juglar.
–Es una historia muy larga- le dice Francisco…
Y le cuenta la historia de su vida, que comienza cuando siente que el Señor “lo atrae como un hábil cazador y hace caminar su gloria ante él”. El Señor lo despierta, primero, a Él mismo:

– Francisco, ¡de quién puedes esperar más, del Señor o del subordinado?

– Del Señor – respondí sin dudar.

– ¿Por qué, pues, corres tras los subordinados en lugar de buscar al Señor?

Francisco “a pesar de todas sus revueltas interiores” se mantiene en su resolución de “querer ser de Dios”.

– Me agarraba a Él como la hiedra al árbol. Pero… “la humillación del Hijo eterno al vez que me atraía, me espantaba”.

– Mientras rezaba en la soledad, agobiado por mis temores de siempre, un día me reconfortó el Señor:

– “Lo que amas todavía de un modo carnal y vano
(autorreferencial, diríamos hoy)
ámalo ahora con el espíritu (es decir):
aprende a no tenerte en cuenta a ti mismo
y a preferir (lo que para ti es) la amargura a (lo que para ti es) la dulzura,
si quieres conocerme.
Cuanto te hayas transformado,
comprenderás la verdad de mis palabras y gustarás mí dulzura”.

Fue entonces que Francisco se animó a abrazar y besar al leproso, que era lo que más le repugnaba humanamente en esta tierra y descubrió que era el Señor, que venía a él como mendigo de sus terrores, como mendigo de sus tristezas y angustias, de sus miedos y repugnancias (como dice Teresita)

(Paréntesis de Teresita, otra amiga que vivió despierta en esta tierra desde poco después del 2 de enero de 1873 hasta el 30 de setiembre de 1897 a las 19:20 hs., en que murió, y sigue despierta “velando” por nosotros en el Cielo. En la historia de su alma, Teresita dice que
« El buen Dios me dio la gracia de abrir mi inteligencia desde muy temprano y da grabar tan profundamente en mi memoria los recuerdos de mi infancia que me parece que las cosas que voy a narrar pasaron ayer”.
Y recuerda las ternuras de su madre y de su papá desde que era un bebe de meses!, gracia que la abre al amor a María, a la que le pide que “vele” por ella -la Virgen de la Sonrisa la sanó de una enfermedad- y a San José:
“San José vela por mí. Desde mi infancia tengo con él una devoción que se confunde con mi amor por la Santa Virgen”).

Volvemos a Francisco:
Francisco, tocado por la voz del Señor, despierta al Espíritu:
“No sabía todavía qué tenía que hacer. Pero comprendía ya que la única actitud importante era permanecer abierto al Espíritu del Señor. Esto era el Reino. Sólo tenía que continuar como había empezado, permaneciendo cercano a todos los seres, sobre todo a los más humildes, a los más débiles y a los más desheredados, en gran paciencia y misericordia. Fui muchas veces a ver a los leprosos. Les servía, los cuidaba y les demostraba respeto y caridad. Sí, nada abre tanto al misterio de Dios como hacer por los otros lo que Dios hace con nosotros. Yo me despertaba a esa piedad profunda y universal que es el secreto del Padre. Ya no podía decir “Padre nuestro que estás en los cielos” sin sentir una emoción nueva y llena. Vibraba con el misterio de la paternidad divina. Dios creador no era ya solo para mi el autor pálido y lejano de todas las cosas, sino el Señor amigo de la vida que abriga todo lo que ha hecho en su piedad total, con un cuidado lleno de amor y respeto. Está cerca de los humano, infinitamente más cerca que el hombre mismo. Todo lo que existe está enraizado profundamente en él. En el origen y en el corazón de cada criatura descubría asombrado el misterio de la piedad. Y, débil y miserable, bajo el soplo del Espíritu del Señor, me abría, aunque fuera poco, a este misterio y encontraba el camino a la fuente (del Agua Viva que quien la bebe nunca se agota). Tocaba el impulso original y desde este impulso recibía fuerza para ir más allá de mí mismo hacia todos los seres, para ayudarles también a ellos a que recibieran ese ímpetu del amor primero” (E. Leclerc, Exilio y ternura, 142 ss.).

Con Ignacio, le pedimos a Jesús nuestro Rey y Señor, “no ser sordos a su llamamiento, sino prestos y diligentes para cumplir su santísima voluntad” (EE 91).
Es la Palabra de Jesús la que despierta:
la memoria ardiente de su Palabra,
que enciende el corazón como en Emaús;
el sabor dulce de gustarla y guardarla en el corazón,
como nuestra Señora cuando la Palabra era su Niño Jesús,
y trabajo alegre y fatigoso del ponerla en práctica servicialmente,
como ella misma nos recomienda, en la madurez de las Bodas de Caná.

Diego Fares sj