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Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: 

«Este es el Cordero de Dios.» 

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: 

«¿Qué quieren?» 

Ellos le respondieron: 

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» 

«Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: 

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. 

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: 

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

Maestro donde habitas.

En el mosaico de Rupnik se representan dos tiendas: una de la tierra, que cubre a Jesús y a los discípulos, y otra del cielo, hacia la que Jesús señala con su mano indicando la apertura llena de color. Él habita en el Padre, en la intimidad de la tienda del Padre, mientras camina y habita nuestra tierra. “Puso su tienda entre nosotros”, dice Juan.

La pregunta de los discípulos – “donde vives”- tiene varios sentidos. Uno de lugar y de tiempo: donde se aloja, donde reside, donde habita de modo permanente. Quieren ir a su casa para charlar con tranquilidad. 

Otro sentido -más profundo- es el de un “permanecer” espiritual: donde estás arraigado, quiere decir; donde tienes tu fuente, tu origen y tus deseos. Uno habita espiritualmente en sus afectos, en sus pensamientos, preocupaciones y anhelos que giran en torno a los que ama: a su familia, a sus amigos, a su pueblo. Amar tiene que ver con habitar en el sentido concreto de que las personas que uno ama tienen “su espacio” dentro de nosotros. Se ve claro en el hecho de que, cuando pensamos en alguien querido, dejamos que este pensamiento ocupe su espacio y se tome su tiempo. Y lo hacemos con gusto. Mientras que a los pensamientos sobre otros (que nos llegan por un WhatsApp de alguien no muy conocido, por ejemplo) los hacemos esperar o les ponemos límites. Habitar en y con los que amamos no significa estar todo el día juntos, pero sí tener la llave de la misma casa, poder entrar y salir, encontrarnos familiarmente, poder quedarnos y que el otro se quede lo que desee. 

La expresión es fuerte porque el Señor la usará para hablar de la relación que tiene con el Padre: “yo vivo en el Padre y el Padre vive en mí”. Este “vivir en otro” quiere decir que esa persona opera continuamente en nosotros por su influencia y energía, que puede hacerlo sin que sintamos que se entromete, como dejamos que uno de casa nos prepare algo rico o nos pida que hagamos algo por él como si fuéramos su misma mano (sosteneme esto un momento, pasame aquello). Pequeñas cosas que cuando hay amor se hacen con natural espontaneidad y cuando no hay amor pueden causar infinita molestia (agarralo vos!).  

El Señor también usará este término -habitar, permanecer-  para decir que el que lo ama permanece en Él, en el sentido de que está arraigado en Él, como el sarmiento en la Vid;  unido a Él, por el Espíritu Santo que nos ha dado. 

A veces tenemos la imagen de que el envío del Espíritu Santo, que Jesús y el Padre prometen y realizan no solo en Pentecostés, sino siempre que pedimos “envíennos su Espíritu”, fuera como el envío de un paquete, de alguien que luego no sabemos dónde poner.  Es verdad que el Espíritu viene a habitar entre nosotros, a estar a nuestro lado como Paráclito,  como abogado defensor y Compañero fiel. Pero esta es solo una cara de una relación dialogal. El Espíritu no se suma como uno más a nuestra vida, sino que por ser Él quien es, el Espíritu creador y dador de vida, entrando humildemente en nuestra historia nos abre un espacio absolutamente nuevo para habitar: el espacio del reino de Dios. Es así que, al recibirlo, nos incorporamos a un nuevo ámbito de vida, a una nueva casa: en el Espíritu el Padre y Jesús habitan en nosotros, pero siempre como inclinando suavemente la balanza a que seamos nosotros los que habitamos en ellos. Es como una madre que al entrar en la habitación de su hijo pequeño que ha quedado toda desordenada, poniendo cada en cosa en su lugar, hace que el niño habite en una habitación que se ha transformado y ha quedado como nueva. Toda la familia habita en la misma casa y se puede decir que unos habitan en los otros, pero la realidad es que lo que llamamos “ nuestra casa “ se ordena y organiza en el corazón y en las manos de nuestra madre. Es bien clara la diferencia entre “la que habita volviendo habitable” para todos el espacio común y los que habitamos haciendo que con nuestros descuidos de cosas tiradas por cualquier lado, el mismo espacio sea distinto: menos agradable, menos de todos. 

Rabí -Maestro- ¿dónde vives?

Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Bendita sea aquella hora décima, la hora del comienzo del tiempo de los llamados (allí tuvo su comienzo también mi vocación), la hora de los encuentros maduros, de los encuentros entre los que desean permanecer juntos para siempre, perseverar en ser el uno en el otro, gozar en ser el uno para lo que el otro necesite y quiera. 

Aquella tarde nació en la primera Iglesia, o mejor se hizo Iglesia, casa común, la casita o habitación en la que el Señor vivía. Sería seguramente la casa de alguna familia amiga, en la que le habían reservado un lugar después que él dejara su casa de Nazaret. Pero con la pregunta y el deseo de los discípulos de ver donde vivía y de pasar allí su tarde con Él, esa habitación se transformó en Casa de Dios para los hombres. 

Aquella tarde los discípulos aprendieron la dinámica cristiana que es la de primero hacer casa, la de encarnarse, inculturarse, compartir el espacio donde vive el otro, crear un espacio común donde vivir, y luego sí, allí, predicar y escuchar el evangelio que ya se empezó a vivir en este habitar en común.

Es importante caer en la cuenta de que antes de revelar que la santísima Trinidad viene a habitar en nuestro corazón Jesús inició con sus discípulos un largo camino que comenzó aquella tarde en que habitaron juntos en su pequeña casita. Notemos también que los discípulos fueron de a dos y que inmediatamente corrieron a buscar a Simón Pedro. Captaron existencialmente que vivir y habitar el mismo espacio con Jesús implica haber salido del individualismo y tender con todas nuestras fuerzas a incluir a todos los hombres, nuestros hermanos.  Para poder permanecer en Jesús y que Dios permanezca en nosotros nuestro espacio interior debe ser algo más que un mero espacio individualista tal como lo concibe mentalidad posmoderna. Si consideramos nuestro interior como ese espacio individual en el que “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, es difícil imaginar que pueda querer venir a habitar allí la Santísima Trinidad: tres Personas a las que les apasiona hacer lo que quiere el Otro, por decirlo de manera simple.

La dificultad actual de muchos de creer en Dios, de creer en un Dios que habita en nuestro interior, que nos da fuerza, nos ama y nos perdona, quizá provenga de la manera como concebimos nuestro interior. Es lógico que un individualista sea ateo, porque en su espacio exclusivo y excluyente, Dios no habita. Pero si ahondamos un poco, es obvio que solo se puede ser individualista si uno tiene detrás o una familia o una sociedad de consumo que lo sostiene (en la medida en que tiene dinero). En ese espacio individualista Dios no está, no se lo puede sentir, y es lógico ser ateos. Pero hay que avivarse: que no esté allí no significa que Dios no habite en ninguna parte. Basta salir (entrar) en los espacios comunitarios de amor de solidaridad y de servicio para que inmediatamente aparezca la estrella y se haga sentir la presencia del Espíritu que habita nuestra casa común recreándola cada día como una madre que ordena su casa y la deja como nueva. 

Diego Fares sj

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al resurgir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc 1, 7-11).

Contemplación

El mosaico de Rupnik muestra la fuerza con que se abren los cielos en el bautismo de Jesús. La apertura del cielo es algo más que un hecho físico. Se experimenta por lo que acontece: el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del Padre que como una caricia ilumina al Señor, testimoniando que es su Hijo amado. 

Está irrupción de la Trinidad en nuestra historia nos hace conscientes de que, antes, el cielo estaba cerrado y que ahora, gracias a la humildad de Jesús que asume nuestra humanidad bautizándose como uno más del pueblo fiel, está abierto. Es decir: no hay ninguna barrera que nos impida interactuar con nuestro Creador y Señor. 

El cielo cerrado es imagen de un Dios inaccesible, tan trascendente que no podemos acceder a su intimidad. Sabemos que no nos hemos creado a nosotros mismos, pero la materia de nuestro mundo hace que rebotemos al querer trascender, al buscar ese sentido más profundo e integral que tiene la vida y que no se ve a simple vista. 

El cielo abierto es imagen de un Dios accesible, cercano, familiar, que camina a nuestro lado en Jesús, que desciende en la Persona del Espíritu, que nos revela la intimidad del Padre y nos permite ascender a Él, es la imagen de un Dios que nos habla y se hace entender, y que nos escucha con el oído amoroso de un Padre.

En el bautismo de Jesús el cielo se abrió para no volverse a cerrar. Y lo lindo es que está abierto para todos. Está abierto, pero requiere ojos capaces de ver esta apertura, corazones capaces de sentir y experimentar las cosas que se dan en este reino de los cielos. 

El cielo está abierto a los ojos de la fe, de la fe activa, que se concreta en obras  y sentimientos de caridad. No se abre enteramente el cielo a los ojos del mero sentido común; tampoco basta la mirada de la ciencia. Estos ojos, cuándo no están nublados por prejuicios, algo pueden presentir y entrever del cielo abierto. Pero no bastan. Y no es algo negativo que no basten. Todo lo contrario. Gracias a que el cielo se abre de par en par a los ojos de la fe del que ama, conservamos nuestro espacio de autonomía y de libertad, que de otra manera perderíamos. 

Esto no es algo extraño a nuestra experiencia humana. También el alma de cada persona es un cielo abierto para los ojos de los que la aman y un cielo cerrado para aquel que mira con indiferencia o mero espíritu de investigación y curiosidad. 

Ahora bien, cómo podemos ayudar a nuestros ojos a que vean el cielo que nos ha abierto Jesús, cómo pueden nuestros oídos escuchar entre los ruidos del mundo la voz del padre que señala Jesús como su hijo amado, cómo podemos hacer que el espíritu se pose sobre nuestro corazón pacíficamente como una paloma y nos impulse a seguir la voluntad de Dios?

Es lindo usar aquí la imagen del desborde que tanto le gusta al papa Francisco. El cielo se abre por un desborde de la misericordia de Dios. Y el desborde lo produce una diferencia de nivel en la tierra, un abajamiento como el de Jesús que al sumergirse en las aguas del Jordán desnivela la realidad y hace que el Padre no puede resistirse a confesar su predilección y que el Espíritu tenga que descender, sí o sí, a este Jesús humilde que atrae sobre sí la misericordia y el amor de Dios.

Sucede así en otros pasajes del Evangelio.

En el preciso instante en el que la Virgen María envuelva en pañales a Jesús y lo recuesta en el pesebre, Lucas nos dice que se abrió el cielo para los pastores que habitaban en la región de Judea y la gloria de Dios los envolvió con su resplandor.

En la transfiguración cuando Jesús se pone a hablar con Moisés y Elías acerca de su éxodo y Simón Pedro, que no sabe bien lo que dice, pero se da cuenta que sería bueno hacer tres tiendas para quedarse allí escuchando este diálogo a cielo abierto, también entonces se escucha la voz del Padre diciendo que Jesús es su Hijo amado.

Junto a estas aperturas grandes del cielo hay una multitud de aperturas pequeñas, personales. Cada vez que Jesús se abaja para servir a alguien -como en el lavatorio de los pies-, para perdonar -como cuando se arrodilla anta la acusación a la adúltera- y curar -como cuando lloró ante la tumba de su amigo Lazaro- , y cada vez que alguno del pueblo de Dios se abaja para adorar al Señor o para tener una actitud de servicio con los demás -como la viuda que dio sus dos moneditas y desniveló el corazón de Jesus-, se produce una apertura del cielo, desciende el Espíritu y el Padre confirma que Jesús es su Hijo amado. Los actos de fe en Jesús y los actos de caridad desnivelan la realidad y atraen el desborde de la misericordia de Dios. 

También nosotros podemos provocar este desnivel que hace que abran las compuertas del cielo y se desborde en nuestra historia la misericordia de Dios. 

Desnivelamos la realidad con nuestros gestos, cuando nos arrodillamos y tocamos el suelo con la frente en  adoración, como Jacinta, la pastorcita de Fatima, que rezaba: Dios mío, creo en tí, te adoro, espero en tí y te amo…

Desnivelamos la realidad con nuestra acción, cuándo nos arremangamos para servir, sin necesidad de muchas explicaciones, como todos los santos y santas “de la puerta de al lado”.

Desnivelamos la realidad interiormente, sin que se vea, cuando abajamos nuestras pretensiones y nos ponemos a la altura de la gente común y si es la de los más pequeños mejor.

Desnivelamos la realidad con el pensamiento, cuándo pensamos como Madeleine Delbrêl, que hacer pequeñas cosas por Dios nos hace amarlo tanto como hacer grandes cosas. Porque sabemos que estamos muy mal informados acerca de la medida que tienen nuestros actos. Nosotros no sabemos sino dos cosas: la primera, que todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño; la segunda, que todo lo que Dios hace es grande. Esto nos vuelve muy tranquilos a la hora de actuar.

Desnivelamos la realidad con nuestra esperanza, cuando allí donde nadie espera nada somos capaces de volcar toda nuestra angustia en Dios y dejar las cosas en sus manos con la certeza de que el obrará.

Diego Fares sj

Cuadro de la capilla de La Civiltà Cattolica

Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. » 

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» 

            Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

La tradición dice que los Reyes Magos eran sabios, en el sentido de buscadores de la verdad. No de una verdad abstracta, sino buscadores del verdadero Dios: ese que se encuentra superando cada vez las imágenes idolátricas que nos inventamos; un Dios al que se lo puede adorar, porque es siempre más grande que el punto al que hemos llegado con nuestra imaginación y nuestros razonamientos: El nos creado!; un Dios al que se lo puede servir, ofreciéndole en regalo lo mejor de nosotros mismos. 

Me gusta imaginar a los reyes magos partiendo del dato concreto de lo que regalan: oro, incienso y mirra, en el caso de Jesús; en el caso mío de niño: los mejores regalos del mundo por la emoción con que los esperábamos en los zapatitos que dejábamos en la ventana de la pieza que daba al patio. Siempre me encantó el detalle de que, además del pastito y el agua para los camellos, papá ponía una botellita de champán en el congelador, para que los reyes brindarán con algo fresco en nuestros calurosos eneros.

Al que le regala oro lo imagino como una persona de generosidad pragmática, de esas que te regalan dinero -una buena suma- para que te compres lo que quieras. Ese oro le habrá venido muy bien a San José en la dura etapa del destierro, en medio de las angustias de los refugiados. 

Al que le regala incienso lo imagino como una persona de generosidad en lo que hace a la fama, en el sentido de uno que no se inciensa a si mismo (ni le pega con el turíbulo a uno que desea humillar mientras ensalza a otro). Es uno interesado por la mayor gloria de Dios y no por la gloria propia.

Y como la mirra tiene propiedades medicinales, al que se la regala lo imagino como un médico o una persona que se ocupa en sentido amplio de la salud de los demás, de los sufrimientos y problemas vitales de la gente.  

Lo importante es que estos hombres desde tres ámbitos muy distintos de la vida buscan la verdad, esa verdad que les hace trascender sus ideas y se vuelve adoración, esa verdad que se concreta en el servicio al más pequeño y les hace regalar al Niño lo mejor que tienen, lo que más valoran en la vida. 

Epifania es la celebración de la verdad de Dios que ilumina a todos los hombres que tienen estas tres actitudes reales, de búsqueda de adoración y de servicio.

Ser de los que le regalan al niño su oro quiere decir ser gente realista, que goza usando bien el dinero poniéndolo al servicio del bien común: el bien de la familia, el bien del propio pueblo el bien de la humanidad junto con todo el planeta.

Ser de los que regalan al niño su incienso quiere decir ser gente realista, que goza devolviendo la gloria al creador; actitud noble que no roba el minuto de fama ni trabaja para el aplauso, sino para el oro verdadero que es la caridad y la misericordia vividas por sí mismas, sin necesidad de buscar un premio externo a ellas.

Ser de los que regalan al niño su mirra es ser gente realista, que ofrece a Jesús sus sufrimientos y que ayuda a sobrellevar los sufrimientos a los demás. 

Si sabemos mirar con la sabiduría del Evangelio descubriremos que hay tanta gente así a nuestro lado, gente regia, gente que no es un mero “personaje”, sino gente real, que regala su oro su incienso y su mirra, gente que no se detiene, sino que sigue andando nomás, como dice la canción, siempre en búsqueda de la verdad que, como la estrella de Belén, ilumina la vida y la mente de los que cultivan en su corazón estas actitudes reales que nos enseñan los reyes magos.

Diego Fares sj

Bailarina – Joan Miró (1925)

Al principio existía la Palabra,

y  la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre

viniendo a este mundo.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:

‘Este es Aquel del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado

y hemos recibido gracia sobre gracia:

porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, 

que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

La Iglesia nos invita a comenzar el año con Jesús, la Palabra encarnada.

Con esa Palabra que no es ningún concepto abstracto, sino que tiene Madre: María. 

Con esa Palabra a la que el Espíritu le pone música. Y así, como dice el salmo 119: se convierte en “lámpara para nuestros pasos y luz en el camino”. Lámpara para el pequeño y alegre paso que puedo dar hoy en el amor y en la fe. 

Es decir: con una Palabra que no tiene nada que ver con las ideologías. Vieron que la ideología se puede ver? Yo me doy cuenta de que alguien está ideologizado cuando me transmite la emoción de un sentimiento auténtico pero un brillo opaco en su mirada revela que no me mira a mí, sino a su propia idea, que no me habla a mí, sino que discute con lo que considera otra ideología.   

La palabra qué es Jesús no es el envase descartable de las ideas de Dios. Es más bien como las palabras de esos cuentos que nos contaba nuestro papá y que aunque ya conocíamos de memoria el argumento nos encantaba escuchar de nuevo cada noche antes de dormir.  

Pero antes de seguir hablando yo me gusta escuchar al comienzo del año lo que dice sobre la palabra una querida amiga, Madeleine Delbrêl. Como presentación para los que no la conocen baste decir que era una joven atea a la que en cierto momento de su vida “le explotó el Evangelio” y la dejó para siempre “deslumbrada con Dios”. Ella dice algo sobre nuestras discusiones que puede hacernos bien en estos tiempos en qué discutimos tanto usando las verdades del Evangelio.

Madeleine dice que tenemos que dejarnos evangelizar, una y otra vez. Especialmente cuando tenemos que defender una verdad del Evangelio. Si nuestra actitud no es la de dejarnos evangelizar por esa palabra que defendemos fácilmente se nos transforma en una ideología.  

“No podemos evangelizar a otros si no nos hacemos conscientes de que nosotros mismos estamos siendo evangelizados – que hemos “recibido” la buena noticia, que “se nos ha dado”. Lo que pensamos que “naturalmente creemos” no nos sentimos en deuda de proclamar – nos parece normal que esto se sepa. Esta fe que asimilamos a una “buena mentalidad” se reduce dentro de nosotros a los límites de una mentalidad humana – ya no podemos proponérsela a los demás como personas que han recibido libremente un tesoro y quieren compartirlo. De ser indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica. 

Nuestras certezas, las de la fe y las de nuestra mentalidad, hoy están siendo cuestionadas. Visceralmente, las defendemos. Dondequiera que haya materia para la discusión humana, afirmamos absolutos. Donde hay materia para la evangelización discutimos ideas, no damos testimonio de una vida. No anunciamos las buenas noticias. Porque el Evangelio ya no es noticia para nosotros: estamos acostumbrados a él, es una noticia vieja. El Dios vivo no es una felicidad prodigiosa y abrumadora – es algo debido, el telón de fondo de nuestras vidas. No nos damos cuenta de lo que la ausencia de Dios sería para nosotros; por lo tanto no nos damos cuenta de lo que es para los demás. Discutimos una idea cuando hablamos de Él, no damos testimonio de un amor recibido y dado. Defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos. No somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar. Así que sería inútil estar lo suficientemente cerca para ser escuchado, hablar el idioma de nuestros semejantes, estar presente y existir para ellos si, cumplidas todas estas condiciones, nosotros mismos no hubiéramos encontrado el mensaje de la eterna novedad de Dios”.

Me hace bien la lucidez con que Madeleine discierne cómo una verdad que es “indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica”. Esto sucede porque, “cuando hablamos de Él, discutimos una idea, no damos testimonio de un amor recibido y dado”. 

Esto nos pasa cuando “defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos”.

Esto acontece cada vez que “no somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar”.

No es acaso esto de lo que nos acusaban en el Congreso cuando decían que defendíamos el “status quo”, que criticábamos la nueva ley pero no ofrecíamos ninguna propuesta nueva?

Más allá de que esto sea verdad o no,  si en los oídos de los otros el Evangelio que nosotros predicamos no deja que primero resuene el timbre de su novedad (la Buena Nueva) ningún contenido que transmitamos tocará su corazón.  

Cuando hablaba Jesús y luego cuando hablaban sus apóstoles si de algo se daba cuenta la gente -tanto amigos como enemigos- era de que se trataba de algo nuevo, de una palabra que antes no habían escuchado. La novedad es lo que abre el oído y hace escuchar la música del Espíritu que da sentido a nuestros pasos.

Como dice Madeleine:

“Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que habla siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un matrimonio envejecido.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.

Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.

No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa,
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, 

saber detenerse 

y deslizarse en vez de caminar.

Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor”.

Qué más decir de Madeleine? 

Qué se puede decir de alguien capaz de imaginar esta poesía del “baile de la obediencia”. Igual me gustaría agregar que fue capaz de parafrasear así el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en casa nuestra como en el cielo”. 

Y para terminar de empezar el año alegremente  ya que Madeleine nos habla de San Francisco como juglar de Dios, comparto un recuerdo no muy conocido de San Ignacio:

Se sabe que un día en París, estando enfermo un discípulo espiritual suyo, le fue a visitar. Estaba el otro muy triste por la enfermedad. 

– “¿Qué es lo que puedo hacer por vos?”, le dice Ignacio. 

–  “Nada! Esto no tiene remedio” – le contesta el enfermo, que era vasco. 

–  “Si algo hay en que te pueda ayudar, aquí estoy”.

El enfermo animado por la repetida petición, le contesta: 

– “Una cosa le pido, si usted cantare y bailare como se hace en Vizcaya, esto creo que me daría mucho contento y alegría”.

 – “¿De esto recibirías mucha alegría?”

 – “Grandísima” – le contestó el enfermo. 

El padre Ignacio que tenía buena voz, empezó a cantar y bailó un zortziko vasco. Y enseguida de terminado, le dijo al enfermo: 

– “Mira, que no me pidas esto otra vez, pues no lo haría”. 

Fue tanta la alegría que recibió el enfermo, que a los pocos días quedó curado y libre de toda tristeza y melancolía. 

Diego Fares

Los pastores fueron rápidamente 

y encontraron a María, a José, 

y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, 

y todos los que los escuchaban quedaron admirados 

de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María atesoraba estas cosas 

y las ponderaba en su corazón

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios 

por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús, 

nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción (Lucas 2, 16-21).

Contemplación

Qué cosas atesorar en el corazón del año que pasó? Es un trabajo de discernimiento elegir qué quiere el Señor que guardemos y qué se debe desechar. 

Un paso del discernimiento consiste en “ponderar” las cosas que nos han acontecido. Ponderar es pesarlas, determinar su “peso” en “medidas” de amor, que podemos concretar usando como medida el Nombre de Jesús. Recordemos la gloria de Dios es el peso de su Amor, de su mismo Ser. Y que las cosas se recapitulan en Jesús: lo que es “más” Jesús permanece, lo que no lo puede asimilar Jesús, es descarte.

Cuánto de Jesús tuvo cada cosa de nuestro año, podemos preguntarnos: cuanta paciencia de Jesús compartimos con Él para soportar los males, cuanta alegría de Jesús nos regaló el Espíritu para evangelizar, cuanta compasión de Jesús nos dio el Padre para tratar a nuestros hermanos.

Dolores Aleixandre, comentando la Contemplación para alcanzar amor de san Ignacio reflexiona acerca de este paso del discernimiento en nuestra Señora que “pondera” las cosas en su corazón:

“Es la actitud que el evangelista Lucas atribuye a María, que «guardaba todas estas cosas meditándolas y ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). Symballousa es un participio griego que expresa la acción de reunir (sym-) lo lanzado (ballo) e insinúa:

una actividad cordial de ida y venida de dentro afuera y de fuera adentro

una confrontación entre la interioridad y el acontecimiento

una labor callada de reunir lo disperso, de tejer juntas la Palabra y la vida

Dice algo sobre el trabajo de la fe que María, la creyente, realiza en su corazón para unificar lo que conocía por la Palabra y la realidad que iba a aconteciendo ante sus ojos”.

Al terminar el año es lindo espejarnos en María y dedicarle un rato a este trabajo cordial de buscar dentro del corazón los sentimientos y afectos más fuertes y confrontarlos con los acontecimientos externos, buscando aquellos recuerdos que son para atesorar y que nos mueven afectivamente a la ofrenda de nosotros mismos y al don, al agradecimiento y al pedido de perdón. 

El Papa en su mensaje a la Curia nos da un criterio de discernimiento. Es una de esas reflexiones suyas proféticas que disciernen la realidad como separando de un tajo con una espada afilada lo que parecía confusamente mezclado por el mal espíritu. Nos ayuda a ver qué atesorar y qué dejar de lado.

“La Navidad – dijo- es el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret que nos recuerda que «los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar», como observa de modo tan brillante e incisivo Hanna Arendt, la filósofa hebrea que desmonta el pensamiento de su maestro Heidegger, según el cual el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, Arendt reconoce esta verdad luminosa: «El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y “natural” es en último término el hecho de la natalidad. […] Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: “Les ha nacido hoy un Salvador”». 

El discernimiento es simple: qué peso de nacimiento y qué peso de muerte discernimos en las cosas que nos pasaron, en las cosas que vivimos este año 2020. Lo que tuvo peso y olor a muerte es para dejar: que los muertos entierren a sus muertos, como dice el Señor en el Evangelio. Lo que tuvo el dulce peso de la vida lo ha comenzado el Espíritu Santo y con nuestra colaboración lo llevará adelante: es algo para guardar,  para sembrar y a su tiempo cosechar.  

            El peso bruto de los hechos lo conocemos, está a disposición de todos en internet. Su peso neto (el peso real más la gracia del Espíritu) lo tiene que discernir cada uno, entrando y saliendo de sí, confrontando las cosas externas con los sentimientos que el Espíritu nos da en nuestro corazón. Porque las mismas cosas pesan distinto según sean queridas por Dios y vengan  envueltas por el amor y la compasión de un corazón o por la indiferencia y el odio de otro. 

La pandemia con su hambre de abrazos, sus calles desiertas, sus médicos vestidos de astronautas, sus pacientes sin rostro en respiradores artificiales, sus fosas comunes y el conteo de contagios, impredecible e implacable… 

Hay un conjunto de cosas qué hacen más anti-vida al Covid-19 en comparación con otras enfermedades y males. Dejando la palabra definitiva a los especialistas, como simple ser humano veo que se juntan muchas cosas dañinas: la velocidad del contagio, el hecho de que contagian los asintomáticos, el hecho de que haga más daño a los más frágiles, el hecho de que vuelva por oleadas sin respetar lugares ni climas, el hecho de que no alcancen las terapias intensivas, los respiradores y el personal capacitado para tratarlo y el hecho de que recién ahora están apareciendo las vacunas. Esta suma de cosas que no podemos controlar hace que se paralice y se bloquee a cada rato la vida, que se deterioren la economía y se debiliten los lazos sociales.

Rápidamente respondimos a estos males con un modo de actuar y de razonar que sigue en el fondo la lógica del “nacimiento”. El modo de actuar de médicos, enfermeras y personal sanitario ha sido y es el de una entrega total e incondicional al cuidado de la vida: se arremangaron y desde hace 10 meses que trabajan hasta quedar exhaustos ayudando a pacientes concretos en su lugar de atención. La entrega supera las quejas, la vocación de servicio supera aún los reclamos más legítimos. El modo de razonar simple e incuestionable de todos fue: hay que encontrar la vacuna. Aunque la charlatanería y los discursos ideológicos -que se reinventan para subsistir- han superado todo lo que uno pudiera haber imaginado,  no hacen mella en la convicción compartida de que la solución va por el lado de la vacuna. 

Es decir: la lógica de la vida, que se despliega eligiendo el camino largo de la prevención, supera la lógica de la muerte, con su camino corto de la reducción de daños. 

Es tan dañino el virus que la reducción de daños no alcanza. Aunque parecía una locura, de hecho y rápidamente, paramos -intentamos parar-  el mundo hasta encontrar una vacuna. Por supuesto que la lógica de la muerte todo lo discute, desde la duración de las cuarentenas hasta el color político de las vacunas. Pero a las buenas o a las malas todos nos vamos convenciendo de que no hay soluciones simples ni a corto plazo. El virus es malo en serio y no hay atajos para combatirlo fuera del antídoto que lo neutraliza, lo cual supone combatir el mal con el bien y no con males menores.  Esta lección tan evidente y radical que nos enseña este virus es la que tenemos que aprender a aplicar en los otros ámbitos de la vida. 

En el cuidado del planeta, por ejemplo, no podemos apostar a la reducción de daños. No podemos pensar que es exagerado trabajar a largo plazo en la prevención. Son para atesorar, pues, todos los pequeños pasos que nos llevan por el camino largo el cuidado del planeta. 

En el tema de la gestación de la vida, el único camino es el de cuidar, educar y acompañar a las que deberán asumir la decisión de dar vida. Es un camino largo de infinito respeto y de amor prodigado a todos los niveles personales y estructurales por toda la sociedad. Este amor es la única vacuna contra el virus del aborto. No tener a toda la sociedad buscando esta vacuna y aplicándola, es lo que hace que fracasen, en cuanto ideológicas y parciales, todas las soluciones meramente principistas o pragmáticas. 

Debemos saber que toda ley nace de algo que es más que la ley: del amor, personal y social. Nadie mejor que los cristianos deberíamos saber que no hay ley perfecta que pueda hacer que sea prescindible el amor personal y social. Digo esto para hacernos conscientes de que ninguna ley merece ser defendida absolutamente ni atacada absolutamente y de que en medio de leyes imperfectas siempre podemos apostar al amor. Son, pues, para atesorar en el corazón todos los pasos que, en el camino largo del cuidado de toda vida, han sido pasos que llevan la marca de una misericordia, de un respeto y de un amor ilimitados e incondicionales. Y todos los que han sido meros atajos o pasos formales son para dejar atrás.

Pensando una palabra qué definiera lo que ha significado el 2020 para la humanidad la única que se me ocurría es humillación. Hemos sido humillados. Por la enfermedad ciertamente.  Pero a esto se le suma el tener que aguantar a charlatanes y soberbios que no mueven un dedo para ayudar a los demás y cuya gestión desde los lugares de poder -ejecutivo, legislativo, judicial y de comunicación- ha demostrado estar muy lejos de la altura que requieren las circunstancias. Sin embargo de la humillación vivida con amor al Señor nace la humildad, qué es la madre de todos los bienes. Atesoramos por tanto en el corazón las humillaciones vividas por amor a Jesús y por querer servir a nuestros hermanos. Que el señor las tenga en cuenta y las convierta en fuente de bendición para nuestra humanidad golpeada y sacudida por la crisis actual.   

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley:  Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y temeroso de Dios; era un hombre que vivía esperando la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Y vino al Templo (impulsado) por el Espíritu Santo. Y cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones usuales de la Ley tocantes a él, Simeón lo recibió en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo: 

«Ahora deja, Señor, ir a tu siervo en paz, según tu Palabra,

porque ya vieron mis ojos tu salvación,

la que preparaste ante la faz de todos los pueblos:

luz para iluminación de las naciones paganas

y gloria de tu pueblo Israel.»

Y el padre y la madre del Niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, la madre: «Este niño está puesto para caída y resurrección de muchos en Israel; será como signo a quien se contradice, y a ti misma una espada te abrirá –traspasándote- el alma- para que salgan a la luz los pensamientos de fondo de muchos corazones.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando justo a aquella misma hora confesaba a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Charlando ayer por zoom con mis primos y hermanas salió en la conversación que los jóvenes de hoy no tienen mucho apuro por tener hijos y alguien dijo: “vamos a tener que adoptar nietos”. La frase me la guardé para meditar y hoy en la fiesta de la Sagrada Familia, al ver cómo los ancianos Simeón y Ana “adoptan” al Niño Jesús, siento que hay aquí una verdad rica para contemplar. 

El Evangelio nos dice que “el padre y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían de él” . Estos dos santos abuelos -Ana y Simeón, vigías de su pueblo, atentos a los signos del Espíritu-, sienten al Niño Jesús como su nieto y profetizan sobre él y sobre sus padres. Profetizan llenos de alegría, cubriéndolo de abrazos y besos, y hablando del Niño a todo el pueblo que acude al templo. 

Generacionalmente, las ganas de ser abuelos preceden a veces a las ganas de los jóvenes de ser papás. Hoy, en que las parejas tienen menos hijos y los padres esperan hasta después de los 30 para tenerlos, las ganas de los abuelos – de tener nietos- cobran una fuerza especial. Aunque por discreción no siempre lo digan, no pueden ocultar cuánto les encantaría tener un nieto; y cuando llega uno, muestrán a todos que les cambió la vida. La alegría existencial de ser abuelos es una de esa alegrías que brotan por todos los poros.  Cada vez que veo abuelos paseando o jugando con sus nietos me detengo a contemplarlos, porque veo allí amor puro y dicha perfecta. 

La reflexión que hago hoy va por el lado del deseo. Afirmo solo esto: que el deseo tener hijos es un deseo especial: incluyente, más grande que un deseo meramente individual. Es un deseo de dimensiones familiares y sociales: radicado en el corazón de los padres, ciertamente, pero allí donde su terreno comunica con el de los abuelos. Por eso es también -y con derecho- deseo de abuelos de tener nietos y bisnietos. Es un deseo que brota de lo más profundo de nuestro ser allí donde somos al mismo tiempo personas individuales familia pueblo y humanidad. 

Qizás es por eso que suenan tan artificialmente extraños los discursos que hablan de este  deseo y lo atribuyen de modo exclusivo a la persona gestante en su dimensión individual. (Hay quien afirma que no tiene sentido decir que somos individuos ya que más bien somos con-dividuos . El individuo aislado no es ni siquiera pensable que pueda existir). Es verdad que nadie más se puede “meter” a decidir por otro en esto de gestar. Pero respetando la decisión del que gesta, nada puede impedir que “otros” -abuelos, abuelas, hermanos, pueblo…, “deseen” que esa vida vaya adelante (por no hablar del mismo ser en gestación, que lo desea con cada latido). 

Estamos como digo ante un deseo muy particular: un deseo que sabe que coincide e incluye el de muchos otros. Al fin y al cabo, ser madre y padre expresado en términos de deseos es “desear lo que desea su hijo”: lo expresamos popularmente cuando decimos lo que deseo es que sea él mismo y que sea feliz. 

Por eso cuando se habla de hijos “no deseados” la expresión no es simple y debe asumir su propia tragicidad. Lo que no se quiere o no se puede asumir son las circunstancias -no deseado por mi, así concebido, en este momento, con estos problemas…- y por eso es que hay causales para el aborto, y se puede entenderlo y exculparlo, aunque no justificarlo. Cuando es concebido un hijo siempre hay alguien que lo desea, alguien que se quisiera hacer cargo.  

Me animo a decir que si nosotros, como personas nacidas, hubiéramos sido fruto sólo del deseo de una persona gestante, no solo que las probabilidades de haber nacido se hubieran visto muy reducidas, sino que nuestra identidad de seres humanos estaría mutilada. Me animaría a decir que estadísticamente, en la cadena generacional, cada uno de nosotros actualmente vivos podría encontrar algún ancestro cuyo nacimiento en algún momento “no fue deseado”.   

Yo no puedo no pensarme sino como deseado no sólo de mi madre y de mi padre sino de mis abuelos y bisabuelos. Deseado y aceptado tal como soy antes de que se delineara mi personalidad, como si todos hubieran intuido que sería un lindo nieto y un buen hijo. El hecho de que cuando apareció mi vida haya dependido durante algunas semanas exclusivamente de la libertad de la persona que me llevaba en su seno, no significa que el deseo que la afectaba directamente a ella haya sido un deseo reducido, como el deseo de sacarse un grano de la cara. La persona gestante identifica perfectamente que su deseo de proseguir o no un embarazo se enlaza intimamente con otros deseos, en primer lugar, con el deseo de vivir de su hijo, que lo manifiesta con los latidos de su corazón y con la fuerza con que se van organizando sus células. Identifica también perfectamente que su deseo de dar a luz a su hijo se unirá al deseo de sus padres y abuelos que la quieren a ella y lo querrán a él . Y también que si su deseo es no tenerlo tendrá que buscar ayuda: a otros que deseen asistirla y hacerse cargo del aborto. 

Trato de no hablar en términos morales,  de si esto está bien o está mal, sino en términos de un deseo qué es más que un deseo meramente individual. En filosofía se distingue entre deseo y necesidad. Aunque a menudo usemos la misma palabra, no es lo mismo “deseo comer” que “deseo tener un hijo”. Después de comer, cuando se sacia mi apetito, el asado que queda no me suscita los mismos deseos que cuando lo estaba preparando. La realidad es que no quiero el asado por sí mismo, sino saciar mi apetito: quiero el asado en cuanto es un bien para mí . Un hijo en cambio es un bien por sí mismo, y lo es en tal grado absoluto que es capaz de dilatar mi corazón, de hacerme desearlo y amarlo cada vez más. Por eso a una persona que desea abortar se le pide que espere a tenerlo para que compruebe si es verdad que no lo desea. Precisamente esto es lo que lleva a muchas a querer abortar lo antes posible ya que no quieren tener ese hijo y saben que si lo dejan crecer querrán que viva. 

Hay que profundizar más en estas reflexiones sobre el deseo pero en esta meditación pienso que estas consideraciones bastan para no hablar ligeramente de hijos deseados y no deseados. Existencialmente es imposible no desear un hijo en cuanto hijo. Por eso es que cuando el deseo de sacarse de encima un problema prevalece sobre ese bien deseable que es la vida de un hijo, ese deseo anulado vuelve bajo la forma del dolor, aunque se pueda perdonar la culpa. Por eso es que para poder legislar hay que realizar un proceso de negación de la realidad mediante reduccionismos. Hay que reducir los sujetos, hay que reducir la responsabilidad, hay que reducir un problema integralmente humano a una mera cuestión de salud pública.

Aunque reflexiones como esta no sirvan a un Congreso apurado (curiosamente solo en esta ley) creo que sí sirven a la hora de iniciar una siembra nueva de valores, entre los cuales este del deseo de los abuelos de tener nietos creo que es muy importante para un pueblo.

Hace poco me llego un videito muy tierno y el que lo mandaba decía “el mejor vídeo del año aunque no sé de qué producto hace propaganda ni me interesa”. Muestra a un viejo que se levanta una mañana y desempolva una pesa de más de 40 kg que tenía en el garaje. Al principio no la puede ni mover pero con los días la gimnasia va dando resultado. La motivación está en una foto que no vemos y que el viejo se pone en frente cada vez que inicia su ejercicio. Su empecinamiento comienza a preocupar a los vecinos. La vieja de al lado llama a la hija el día en que la pesa se le cae al abuelo, porque le da miedo de que se haga daño. El misterio se devela el día de Navidad. El viejo se afeita y se viste con su mejor traje y cuando ve bajar a su nieta mayor por la escalera comprendemos de quién era la foto. El regalo para la princesita -que al verlo se enciende en una hermosa sonrisa- es una linda estrella de Navidad, de esas que van en la punta del árbol. El abuelo alza a nieta como si fuera una pluma y ante la emoción de todos – reflejada en el cruce de miradas entre el padre y su hija- la nieta coloca la estrella en su lugar. https://twitter.com/borja_pardo/status/1340076934068396034?s=21

La publicidad es de una empresa de productos para la salud y la frase que ponen junto con la foto de la nieta es: “para que te puedas ocupar de lo que realmente importa en la vida”. Me llamó mucho la atención que una empresa que se dedica a cuestiones de salud fuera tan creativa y a la hora de vender sus productos apelará al deseo de los abuelos.  Son las paradojas de nuestra sociedad en que los que hacen publicidad muestran conocer mejor al hombre que los psicólogos y los legisladores.

Diego Fares

 

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,

salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo reclinó en un pesebre,

porque no había lugar para ellos en la posada.

En esa región acampaban unos pastores,

que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.

De pronto, se les apareció el Ángel del Señor

y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, 

una gran alegría para todo el pueblo: 

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido 

envuelto en pañales 

y acostado en un pesebre.»

Y junto con el Ángel,  apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 

paz a los hombres amados por él!» 

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido recostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados  de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

Esperando la misa de la noche buena, mientras leo el Evangelio, me vienen ganas de hablar de San José y de los pastores. De San José la Virgen y los pastores, se entiende, Porque en el Evangelio cuando se habla de alguien siempre se incluye a los demás . 

En este tiempo de andar por los hospitales me ha tocado encontrar mucha gente como San José la Virgen y los pastores, gente sencilla, quiero decir, gente que en medio de su trabajo sabe levantar la mirada y aprovechar la magia de un encuentro lindo. Cosa que no suele suceder tan a menudo en los bancos o en el supermercado… 

Nada más decir esto y se me llenan los ojos de imágenes como lágrimas recordando tantos encuentros llenos de ternura y de humanidad en medio del gris de las salas de espera y del tono neutro del lenguaje hospitalario.Porque las salas de espera especialmente cuando hay mucha gente son grises. (Aunque no todas, porque debo decir que en el hospital Regina Elena las indicaciones de los recorridos tienen colores – fucsia verde azul- y las habitaciones el reparto de ortopedia, por ej. están pintadas cada una con un motivo. A mi me tocó “el jardín”, con pinturas de árboles y flores y dos pajaritos que a mi compañero Massimiliano y a mi nos representaban simpáticamente). En realidad, lo que es gris es el tono que tenemos los que estamos esperando, los pacientes. Pero apenas alguien toca una cuerda humana a alguno de los presentes se le enciende un color. 

Así pasó en la Noche buena, en qué con el blanco de unos pañalitos cuidadosamente extendidos en los que recostaron al Niño Jesús, San José y María llenaron de luz aquel  pesebre de Belén. No sé si sea la misma la palabra en griego y no tengo tiempo ahora de mirar pero el texto del Evangelio que uso así como dice que la Virgen envolvió en pañales a Jesús también dice que la gloria del Señor envolvió a los pastores con su luz. 

Y por aquí se me encamina la reflexión de hoy que quiere ser muy sencillita, pero con lindos colores, sobre la gente como San José la Virgen y los pastores – y  también Jesusito- que son gente que se deja envolver por los colores de Dios.

Los colores de Dios tienen sus particularidades. Algunos pintores como El Greco o Rupnik hacen ver cómo la luz de Dios, que es envolvente, ilumina brotando de adentro hacia afuera. En el mosaico del nacimiento que está en la capilla de nuestra casa San Pedro Canisio es muy notable cómo el dorado que brota del niñito Jesús traspasa la oscuridad de la cueva y se sobrepone a la luz de la estrella. 

Esto es lo que me conmueve de la gente sencilla: iluminan desde adentro hacia afuera aun cuando se dejan iluminar por otro. Es gente que ya tiene su lucecita encendida, pero no trasciende, sino cuándo se cruza con otro que también tiene la mirada encendida. 

Por eso la iluminación de los pastores no es una escena en la que los Ángeles ponen un reflector sobre la oscuridad de la campaña. El fueguito y la esperanza que alentaban el corazón de los pastores fue atraída como un imán por la luz que bajó del cielo, como pasa con los relámpagos que parece que vienen de arriba y sin embargo brotan de la tierra. Que tenían luz dentro de sus corazones se ve en cómo les brotó enseguida la fe, en cómo esa fe se les convirtió en ir corriendo a ver lo que les habían anunciado los Ángeles y esa fe se convirtió en fe anunciada, lo cual se ve por cómo contaban a todos – llenándolos de admiración – lo que habían visto y oído. Lucas dice que volvieron alabando y glorificando a Dios, que es como decir que volvieron pintándolo todo con la luz de Dios.

Me gusta esta imagen del imán: tu color y una luz que te brota de adentro, atraen el color y la luz que brotan de adentro del otro. 

Decía que los colores de Dios tienen sus particularidades : una es la de envolverlo todo -incluyen mansamente-, otra es la de brotar desde adentro, lo cual, cualitativamente, nos habla de autenticidad, y esta tercera, la del imán, que es la de atraerse las luces entre sí, contagiándose alegría y creando fraternidad.

Vuelvo a la relación entre los pañalitos blancos que envolvieron a Jesús y la luz de los Ángeles que envolvió a los humildes pastores. La hermandad entre Jesús y los pobres creo que no se debe a que cuando estamos en situación de pobreza o de enfermedad (que es una forma de pobreza) seamos mejores que cuando estamos en situación de riqueza o de salud. Esto es algo que descubrí en el cottolengo de Don Orione cuando hacía el mes de hospital. Me llamaba mucho la atención la alegría contagiosa qué reinaba en los pabellones en medio del dolor, de la enfermedad y las deformidades. Me di cuenta de que allí el mal se había externalizado y había dejado limpio el ámbito interior de los corazones llenos de inocencia de los cotolenguinos. No es que la enfermedad y la pobreza nos hagan más buenos por sí mismas, pero de alguna misteriosa manera le allanan el camino a la ternura y a la luz de Dios: cuando estamos pobres y enfermos nos dejamos envolver con más facilidad por la ternura, como el Niño Jesús, y por la luz de los Ángeles, como los pastores. Nos volvemos más atentos y abiertos a los gestos amables y a las buenas noticias, que nos pintan el rostro con los colores de Dios.

 …..

La sala de espera de Oncología Médica es amplia y fría. Alguien ha abierto una gran ventana por miedo al Covid y entra un chiflete de aire helado. Me siento en el único lugar libre debajo televisor y quedo mirando al resto de la gente – unas 20 personas esparcidas respetando el distanciamiento social-. Paola y Mima (después me dijeron que se llamaba así) conversan entre ellas de lo larga que se les hace la espera. Paola se acaricia una mano hinchada mientras cuenta que ha viajado 5 horas desde el sur, qué hace 3 horas que está esperando y no sabe si podrán permanecer, ya que tiene el tren de regreso en dos horas. En cierto momento dice qué hace una semana que no duerme y yo sin saber por qué me meto en la conversación y le pregunto por qué no duerme. Ella no me mira raro ni me dice y a usted qué le importa, sino que me incluye la conversación y dice que son los pensamientos…, que no puede hablar con nadie para no preocupar a la familia y que por eso no duerme. sin pensarlo me levanto y le doy un Rosario que siempre llevo y que ella recibe con un poco de embarazo pero enseguida comienza a acariciar el lugar de hacerlo con su mano mientras Mima le muestra el suyo que lleva siempre colgado al cuello ya que es el Rosario de la patrona de su pueblo. Le digo que es la medicina cuando uno no puede dormir y que no se preocupe que la llamaran pronto seguramente, ya que tienen en cuenta a los que vienen de lejos. Salgo un momento a tomar un café y cuando vuelvo veo que ninguna de las dos está, que ya las han llamado.

A la media hora sale Paola por otra puerta caminando apresurada. De golpe se detiene se da vuelta y me busca con la mirada: ya me llamaron me dice y le brillan los ojitos. Nos deseamos una feliz Navidad y parte a buscar su tren. Me deja a mí en una sala de espera que de repente se ha vuelto cálida y luminosa.  

En el sexto mes,
el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

Y habiendo ingresado a ella la saludó, diciendo:

– « ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– «No temas, María, has hallado gracia a los ojos de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Angel le respondió:

– «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.

También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces:

– «Yo soy la servidora del Señor,

Hágase en mí según tu palabra

Y el Angel se alejó  (Lucas 1, 26-38).

Contemplación

La imagen de Rupnik nos muestra María recibiendo la Palabra de manos del Arcángel Gabriel.

El papiro es bien grande! No se trata solamente de una palabra profética particular, sino que es Jesús mismo, el Verbo del Padre, es la Palabra que se encarna en Nuestra Señora.

Ignacio al final de la contemplación de la Encarnación, en el coloquio amoroso que propone que tengamos con las tres divinas Personas o con el Verbo encarnado o con la Madre y Señora nuestra, nos anima a hablar “de lo que sentimos” contemplando esta escena de la Anunciación, y agrega: “para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente encarnado” (EE 109).

Lo primero que nos detenemos a “sentir y gustar” es que la Encarnación de la Palabra -del Hijo Amado del Padre Creador- no es algo meramente puntual, sino algo que Jesús, desde el primer momento y “todos los días hasta el fin de la historia” quiere continuar realizando.

El Papa Francisco siempre recuerda que lo que el Espíritu Santo obra con su Gracia santificante en Nuestra Señora, la Virgen Madre, de manera personal, eso mismo lo realiza también en la Iglesia universal y en cada alma en particular. Se trata de una misma acción en distintos sujetos.

Esta es la gracia de la Navidad y al mismo tiempo el desafío: que la Palabra de Dios, Jesús, se encarne nuevamente en la Iglesia, en nuestra historia común y en la mía personal. En vos, en nosotros, en mí.

Encarnar la Palabra! Que no se quede en meras “palabras”, en ese mar de palabras con que tejemos – a menudo tan superficialmente- nuestra vida social,  sino que La Palabra, Jesucristo mismo, que se despliega en los cuatro Evangelios y en toda la Escritura, pase a nuestros gestos -que sean gestos al estilo de Jesús-, pase a la acción -se convierta cada palabra de Jesús en una Bienaventuranza y en una Obra de Misericordia, material y/o espiritual-, pase a la vida: se convierta en un carisma.

Y como se hace para encarnar la palabra en la vida? Esto es lo que hacen los santos cuando encarnan la palabra y crean una obra apostólica, una orden religiosa, un estilo de vida cristiano nuevo y particular en cada época. Ignacio, por ejemplo, encarnó la Palabra en los Ejercicios, en una estructura que, practicada con alguien que nos acompaña, siempre es fecunda y da fruto: el 30, el  60 o el ciento por uno.

En esto de Encarnar, Maria es la maestra. Contemplando lo que ella hace y dice y lo que le deja hacer al Señor nos orientamos en esta misión de encarnar la palabra una y otra vez siempre nuevamente.

Tres expresiones en las que podemos “sentir y gustar” cómo encarna María: “Estaba comprometida con”, “Ella quedó desconcertada y se preguntaba”, “María dijo: hágase en mi”. Tres actitudes de Nuestra Señora que puede hacernos bien contemplar.

1 Cuando el Angel entra en su vida María “estaba comprometida con José”. Los dos se habían dado una promesa, se habían dado la palabra de ser esposos y de formar familia. A mí esto me resuena como que para encarnarse la palabra de Dios necesita de una “pre-encarnación humana”, que nosotros le hayamos dado ya la palabra a otros, que seamos gente comprometida.

Siempre me hace sonreír recordar lo que un cura amigo le decía a los que expresaban el deseo de dar una mano en el Hogar y se lamentaban de no tener mucho tiempo libre. El decía que le encantaba la gente que estaba muy ocupada, porque era gente que valoraba el tiempo que podía dar y lo daba bien, en el sentido de concentrarse en la misión que se les confiaba y de saber integrarse dentro de un trabajo de equipo. En cambio los que tenía mucho tiempo libre muchas veces solían ser más complicados.

Por el grado de compromiso que asumió María -y también José- podemos deducir el tipo de compromiso que habían asumido entre ellos. Eran de esa gente que se compromete de corazón en lo que es bueno bello y verdadero, como formar una familia y ser parte de su pueblo.

Un detalle del compromiso de Maria lo podemos gustar en ese andar suyo en la cocina que le permite ver que falta el vino en Caná. Y como una cosa trae la otra, nos vienen como agua de manantial otras escenas: la escena de la obediencia a la ley civil que los lleva a cumplir con el censo, de las dos palomitas que ofrecen en el templo cuando van a ponerle el nombre a Jesús, su capacidad de reaccionar instintivamente ante la amenaza de Herodes y de ir a refugiarse a Egipto, los tres días de agotadora búsqueda hasta encontrar a Jesús en el templo… En cada detalle de su vida María y Jose muestran que son gente comprometida.

Esto de elegir por madre a una mujer ya humanamente comprometida es algo que Jesús repetirá a la hora de llamar a los apóstoles para formar su iglesia: son pescadores, llamados en medio de su trabajo; son gente como Mateo, el recaudador de impuestos, comprometido con la plata, a quien Jesús llama mientras está sentado a la mesa de recaudación; son gente como Natanael, comprometido con su sueño, ese en el cual Jesús lo vio soñando debajo de la higuera; son gente como Saulo, comprometido con la persecución de los cristianos (imaginemos entre qué grupo de gente estaría hoy, entre que fundamentalistas de causas religiosas o sociales); son gente como los padres que le piden que cure a sus hijitos, como los pecadores que se le acercan para pedirle perdón, como la gente sencilla que se compromete con la escucha y sigue su palabra hasta lugares desiertos sin pensar en la hora, son gente como los enfermos que le piden curación.

          Es bueno aquí agradecer por mis compromisos humanos, con mi familia mi pueblo mi profesión mi fe, ya que son requisitos pre-encarnatorios de la Palabra. Si en alguna parte me va a salir al encuentro Jesús seguramente será en el ámbito de alguno de mis compromisos más humanos.

2. Ella quedó desconcertada, nos dice Lucas. María es capaz de dejarse desconcertar por la Palabra de Dios y de reaccionar haciéndose preguntas y eligiendo una para hacerle al ángel. Las palabras del Evangelio son todas en sí misma fecundas, pero interactúan con las personas, con los tiempos situaciones y lugares. Esto hace que otro requisito para que se encarne la palabra precisa -y las otras queden como de reserva para otro momento- es el discernimiento. Y el discernimiento requiere esta capacidad de “dejarse sacar de los propios esquemas” y esta capacidad de preguntarse y de preguntar.

En el evangelio es muy notable la contraposición entre gente sencilla que se deja desconcertar por el paso de Jesús y es capaz de gritar en medio de la multitud, como el ciego Bartimeo, o de arriesgarse a tocarle el manto por detrás como la hemorroisa, y gente como los escribas y fariseos que nunca se salen de su esquema, que nunca interactúan realmente con Jesús, gente presa de su ideología.

En Maria vemos que es el Angel el que tiene que decirle que no tema, que nada es imposible para Dios, luego de que ella desconcertada se ha animado a preguntarle “cómo será posible esto si yo no convivo con ningún hombre”.

Podríamos decir que la regla es que cuanto más clara es la palabra que se nos dice más desconcertante nos tiene que resultar. Si no nos desconcierta, es que no escuchamos bien, porque estamos presos de nuestro prejuicio y de nuestra pre-comprensión ideológica de las cosas. ¿No nos llama la atención que ante un mensaje tan detallado y claro como el del Ángel, María responda dejando que se expanda por un momento en ella el desconcierto y que surjan preguntas…? Bastaría comparar su reacción con la de Zacarías que en vez de dar lugar humildemente al desconcierto le pide pruebas al ángel, en vez de reconocer que no entiende cómo será posible el anuncio, reacciona como si hubiera entendido perfectamente y pidiera más pruebas. Esto es lo que lo enoja el ángel que lo deja mudo. Esta mudez es como decir que no se relacionó bien con sus propias palabras, que no eligió la pregunta correcta como María.

Dejarnos desconcertar para dar lugar a ese proceso en el que surgen preguntas y elegimos la que está esperando el Señor es un segundo pre-requisito para que la palabra se encarne. El Señor necesita que nos relacionemos bien con lo que nos pasa interiormente, con el mundo de palabras ya armado en el que vivimos y que su Palabra, al entrar desconcierta. La palabra del Señor desarmoniza nuestros paradigmas más sinceros y nuestras ideologías más retorcidas y lo hace a nivel filosófico diríamos, antes que a nivel  moral. Es solo aparente la ingenuidad de María al decir que no convive con ningún hombre. Y al elegir preguntar por el “como”, muestra su profundidad espiritual única: En un momento María es capaz de expresar que Dios la sacado totalmente de sus esquemas y de volcarse sin peros a lo nuevo que Dios le quiera  proponer.

Es increíble el discernimiento que hace María en un instante: discierne que Dios la ha desconcertado y que por tanto lo que le propone debe ser algo totalmente nuevo. Por eso pregunta por él como. Esto me hace acordar siempre a una lección que me dio un gran amigo una vez que me pidió algo y yo le dije que siendo sincero, “no sabía si iba a poder hacerlo”. El me retruco con algo de enojo diciéndome: no Diego, entre amigos primero es “sí” y después “vemos cómo hacemos”.

Esta es la reacción correcta de un desconcierto que no es auto-referencial, sino que mira al otro, pre-requisito para algo así como una Encarnación, para una fecundación que viene de afuera y que no parte del propio yo.

3 María dijo: hágase en mí según tu palabra. Así como aceptar el propio desconcierto es aceptar que se nos remueva la tierra para que pueda sembrarse una semilla, decir hágase es ponerse a disposición de un proceso en el que uno es más bien pasivo o colaborador secundario, diríamos así, del protagonista principal. La palabra se tiene que ir haciendo carne en nuestra vida: esto requiere tiempo en el que el protagonismo lo tiene Dios.           

Si nos surge la objeción de que es difícil decirle a Dios “hágase en mi según tu Palabra”, podemos reflexionar que el mundo del consumo en el que vivimos ya nos tiene entrenados a este “hágase”. Es la palabra mágica que decimos a las máquinas cada vez que damos clic a actualizar el celular o al abrir una app. Nos confiamos plenamente: decimos hágase en mi celular como dice Apple o Samsung. No debería resultarnos tan difícil decirle “hágase” a nuestro Creador y Señor, que nos quiere tanto. No debería ser difícil decirle “hágase” a ese programa siempre renovado que es el de la Misericordia incondicionada del Padre, que no se cansa de perdonar y de Jesús que no se cansa de reparar. No debería ser difícil “dejarle hacer”” a un Dios que nos recrea desde cero y nos da un corazón nuevo en vez de poner parches que no duran. No debería ser difícil decirle “hágase” a un Espíritu que se actualiza cada día en vez de estar petrificados en tradiciones humanas que fueron novedad en un tiempo y necesitan renovarse. En esta Navidad le pedimos a María Nuestra Señora del “hágase” que nos enseñe a hacer todo lo que Jesús nos diga, Para que así la Palabra se encarne nuevamente cada vez en nuestra vida.

Diego Fares sj

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

El no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

– «¿Quién eres tú?»

El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

– «Yo no soy el Mesías.»

– «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:

– «¿Eres Elías?»

– Juan dijo: «No.»

– «¿Eres el Profeta?»

– «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron:

– «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo:

– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

– «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn  1, 6-8. 19-28).

Contemplación

1 Pensaba que si la revelación fuese totalmente traducible en categorías culturales -en filosofía, en leyes…- no hubiese sido necesario que el Señor se encarnara y viniera a dar su vida -no solo a enseñarnos la verdad, sino a dar su vida- por nosotros. Hay cosas que ni el mismo Señor, el Maestro por excelencia, puede explicar de manera convincente, y por eso da testimonio del Amor del Padre y deja al Espíritu Santo la tarea de enseñarnos toda la verdad. Eso sí: el Espíritu trabaja con nuestra libertad. No se impone a nadie que no lo quiera recibir. El Espíritu Santo encuentra la manera de hacernos dar testimonio de modo tal que nuestros enemigos se queden sin argumentos, pero eso no impide que a veces dar  testimonio cueste la vida.

2 Hay épocas y culturas que aceptan que los valores del Evangelio se encarnen en su vida social y otras que no. Un ejemplo: los mismos jesuitas que se ganaron el cariño y la colaboración de los guaraníes y crearon toda una cultura en las misiones jesuíticas, no lograron penetrar de igual manera en la cultura japonesa.

3 En nuestra patria estamos viviendo un momento en que gran parte de la sociedad y la cultura se quieren independizar de los valores cristianos que fundaron nuestra nación. Esto pone en crisis muchas instituciones creadas conjuntamente: desde la escuela católica a la Constitución nacional.

4 A mi parecer, es importante discernir rápidamente la profundidad que está en la raíz de este cambio de humor cultural y social para que la evangelización no quede pegada y entrampada en discusiones que, por defender una plasmación de un valor en una estructura  (una ley), pierdan el corazón de mucha gente, especialmente los jóvenes.

5 Un criterio que da el Señor es que, cuando en un pueblo no nos reciben, tenemos que sacudir hasta el polvo de los pies e ir a predicar a otro pueblo. Podríamos parafrasear este criterio diciendo que, cuando en la discusión de una ley uno argumenta desde el derecho natural y otro no lo acepta, sino que se limita al derecho positivo, en cierto momento el diálogo se vuelve un diálogo de sordos y hay que dar testimonio de la verdad en paz, sin agredir, e “ir a predicar a otro nivel”.

6 Un buen ejemplo lo da el papa Francisco con algunas formulaciones que usa para defender la vida haciendo pensar: por ejemplo cuando dice que “no va esto de eliminar una vida para resolver un problema”; o cuando dice que “no se puede contratar un sicario para resolver un problema”.

7 “Sacudir el polvo de los pies” e ir a “predicar a otro pueblo” son imágenes que invitan a la creatividad y a encontrar un modo de sembrar verdades que darán fruto a su tiempo y que no se pueden imponer discutiendolas en el presente.

8 Los pensadores cristianos “ bautizaron“ las culturas griega y romana utilizándolas como canal de expresión de la revelación, con tanto entusiasmo que muchas cosas en si mismas relativas quedaron identificadas con nuestra fe. Sin embargo estas culturas contenían algunas semillas que siguieron otros caminos del camino cristiano y que desembocaron en la actual cultura occidental, con nuestra crisis del paradigma tecnocrático (Heidegger).

9 Encima y para complicar más la cosa, algunos valores originalmente cristianos como el valor absoluto de la libertad personal, se han independizado de su referencia a la libertad de un Dios también personal y en nombre de esta libertad se pasa por encima del bien común, cosa impensable dentro de cualquier  cultura pagana.

10 Al punto al que quiero llegar es a la actitud de Juan el Bautista en el evangelio de hoy. Juan niega rotundamente muchas cosas de sí mismo y afirma positivamente un solo absoluto: Jesucristo, el Señor, a quien él no es digno de desatarle ni siquiera la correa de sus sandalias. Esto que Juan afirma aquí de manera absoluta también lo afirma en otra parte como un proceso en el que “él tiene que ir disminuyendo para que Jesucristo crezca”.

11 Esta dinámica es propia del cristiano, y lo es tanto cuando la cultura se muestra favorable a nuestros valores como cuando los rechaza. Nuestra actitud siempre va por el lado de disminuir -incluso en cosas legítimamente ganadas- para que Cristo crezca. También deben disminuir nuestras obras realizadas en colaboración con una cultura. Siempre debemos volver a recordar que estas obras no son “la luz”, sino que dan testimonio de la Luz con mayúscula, que es Jesucristo. Aun cuidando y defendiendo nuestras mejores obras siempre debemos estar atentos a dar testimonio de que no son “la obra mesiánica” ni “la obra profética”, ni “la obra síntesis” que logró el bautismo de una cultura. Esta actitud mesiánica es la que causa rechazo cuando se identifica la fe con una cultura de manera tal que se imponen las dos cosas como si fueran una a otros pueblos.

12 Una y otra vez la actitud del cristiano que entra en diálogo con una cultura -incluso con la propia- y con otra persona, es comenzar humildemente, negando ser un mesías, un profeta o uno que tiene toda la verdad, para afirmar que solo Jesucristo es el Salvador.

13 Esto suele ser más fácil de ver hoy cuando uno va a una cultura totalmente pagana. El misionero trata de irse inculturando poco a poco y con humildad va buscando los valores más altos de esa cultura en los que ya hay semillas de la Encarnación y la crítica a valores anti-cristianos se realiza con mucha prudencia. Es más difícil cuando uno es parte de una cultura cristiana que se ha paganizado. Porque uno siente como que tiene que defender más que volver a sembrar.

14 En la discusión que estamos sosteniendo acerca del tema del aborto, frente a un proyecto que reivindica el valor de la libertad de la mujer para decidir, por más que la exagere y absolutice mal, no podemos quedar del lado de los que defienden un “status quo” que pasa por encima de esa libertad. Uno puede promover todo lo que ayude a que una mujer elija bien, pero no puede imponerle por la fuerza- y menos con la amenaza de la cárcel- que tenga un hijo contra su voluntad.

15 Y esto no es una desgracia, sino un lugar de gracia. Aquí es donde nos encontramos en uno de los puntos cruciales del drama de la existencia humana donde se ve el límite de toda ley y por qué fue que nuestro mismo Dios no pudo solucionar las cosas “técnicamente”, con un decreto, y quiso encarnarse para poder dar testimonio del amor del Padre entregando su vida en una cruz.

16 Nadie mejor que nosotros los cristianos deberíamos saber que no puede haber una ley totalmente justa para los casos en los que una mujer decide abortar. La ley termina o penalizando o permitiendo todo. No tiene la infinidad de recursos que solo el amor y la ternura pueden dar para acompañar un proceso de esta índole. Ante un hijo que no es fruto del amor de los que lo engendran, solo el amor de toda una familia, de todo un pueblo, de todas las estructuras sociales y del mismo Dios hecho hombre, pueden ayudar (hasta cierto punto) a que una madre elija libremente no deshacerse de ese hijo.

17 Si decide no hacerse cargo, ningún otro ser humano la puede culpabilizar, pero esto no significa que se la pueda o tenga que justificar, lo cual supondría tratar algo que en sí mismo no es bueno como si fuera bueno. Justificar es como invitar a repetir.

18 En definitiva, lo que alcanzo a expresar aquí es que como cristianos en este punto nos encontramos de hecho ante el límite de que no hemos podido hacer nosotros, entera, una ley concreta más justa que la que pueden hacer los que siguen el derecho positivo.

19  Creo que nuestra actitud tiene que ir por el lado de proponer y defender las mejoras que se puedan hacer a las leyes positivas que logran hacer los legisladores que tenemos (con sus límites tan evidentes de formación).

20 y debemos hacerlo con una actitud de humildad (no somos la luz) y de grandeza, en la que nuestro testimonio del amor incondicional de Jesucristo se haga palpable en nuestro  servicio al prójimo, especialmente a los más frágiles y vulnerables, y en un respeto a todos que haga experimentar que hace falta algo más que leyes para convivir como hermanos en el mundo actual. Hace falta Jesús.        

Diego Fares sj

Principio del Evangelio de Jesús

Cristo, Hijo de Dios.

Juan el Bautista se presentó en el desierto…

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados

como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:

preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

 Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’

                                                                   (Mc 1, 1-8).

Contemplación

Llevar la gente a Jesús. Juan Bautista es el icono de esta tarea apostólica. Para realizarla plenamente tiene claro que, por una parte, debe predicar la palabra de Dios y, por otra, debe disminuir para que Jesus crezca.

Esto es una gracia propia de los ejercicios espirituales de San Ignacio. Ignacio logra poner el alma en contacto con Jesús y cuando discierne que esta relación está establecida, desaparece, digamos así. A esto se deben sus recomendaciones de que “los puntos sean cortos” para que la persona le saque jugo al Evangelio por sí misma y no tanto por lo que dice el predicador; y también la indicación de dejar el alma sola con Dios cuando está consolada.

Acercar la gente a Jesús requiere de nuestra parte, como cristianos, una cierta plasticidad. Dentro de una cultura cristiana la manera de acercar a la gente a Jesús es acercarla a los sacramentos, a las ceremonias de  la Iglesia, al estudio de la doctrina… Pero cuando la cultura se ha descristianizado estas cosas, que en sí mismas son una gracia, pueden convertirse en un obstáculo. Aquí es donde entra la otra manera de acercar la gente a Jesús que es la de dar testimonio con obras de misericordia y caridad. Un testimonio mas bien callado, que trata de no discutir sobre cosas teóricas ya que están discutidas dentro de la misma sociedad cristiana. 

Pero, qué significa acercar a la gente a Jesús? Cómo se hace?

Me viene la frase de que es un Jesús al que “amamos sin haberlo visto”, como dice Pedro.

Amarlo sin haberlo visto es amarlo viéndolo en las personas con las que tratamos. Significa tratar de tal manera a las personas que sientan que vemos algo más en ellas de lo que se ve habitualmente. Hacerles sentir que las vemos con una mirada de fe. Una fe que mira su corazón, ese lugar misterioso en el que Dios habita en cada persona y que la mueve a hacer el bien.

La frase que me viene es la de Isabel cuando recibe la visita de la Virgen: “Quién soy yo para que la madre de mi Señor me venga visitar?”.

….

En estos días que pasé en el reparto de ortopedia  del hospital Regina Elena, me fui aprendiendo los nombres de todos los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza que pasaban por nuestros pieza. A los médicos no los vi a todos, porque son de los que hablan poco y trabajan mucho. Pero el equipo de enfermería, que son 12, si los conocí todos por su nombre. Les encantó también que nos sacáramos una selfie al final del internación, aunque fuera con la mitad del equipo. El suyo es un trabajo duro y anónimo, en el que ven pasar a los pacientes ejerciendo durante algunos días una tarea de compasión muy fuerte y delicada y después pasan al olvido.

Les encantó también que les dijera que mucha de la gente que reza por mi salud ha estado rezando por las personas que me cuidan. Es decir, nuestra oración cristiana es encarnada. Vemos la acción de Dios a través de las manos de la gente, de los médicos, de las enfermeras…, no se trata de un Dios que actúe solo desde arriba, sino más bien, preferiblemente, desde abajo, encarnado en personas y estructuras concretas.

Las historias con la gente del hospital fueron muchas pero hay una que me conmovió particularmente y que responde a lo que salió al comienzo de la contemplación: esto de amar a Jesús sin haberlo visto. Se puede Amar a alguien a quien uno no conoce, no ha visto nunca ni volverá a ver?

El camillero que me llevo a la sala de operación se llama a Domenico. Un napolitano que todo el camino me habló de que estaba leyendo la biblia y que no entendía bien cómo es que se pasaba del Génesis al libro siguiente.

No alcancé a hacer una explicación de los géneros literarios que ya habíamos llegado a destino. Y él, con orgullo, le dijo al compañero que estaba del otro lado de la ventana por la que nos hacen pasar sin tocar el piso, que era un napolitano trayendo un paciente que se llamaba Diego. El otro como era hincha de la Roma no le dio mucha bola.

Esta vez no fue como que la anterior, que entré directo al quirófano con el robot, sino que me metieron en un box donde tuve que esperar media hora. Gracias a Dios estaba Ana López, la enfermera que me había recibido hace un mes, que me reconoció y estuvo cariñosa como siempre.

En eso trajeron a otra paciente, de la que solo vi la cabeza pelada y la pusieron en el box de al lado.

Me conmovió una frase dicha bajito, muy bajito: “que frío”.

Y me animé a hablar: “Quién está del otro lado? Cómo te llamas?” No le entendí el nombre y le pregunté de nuevo. Me dijo que se llamaba Eugenia y que era Rumana, que por eso no hablaba bien el italiano. Le dije que yo era Argentino y que tampoco hablaba bien, así que no había problema. Llame a Ana para que le diera una frazada para taparla un poco y en esos 20 minutos tuvimos una linda conversación. Recuerdo que intempestivamente apareció mi anestesista, que era el mismo de la otra vez, me empezó hablar, me puso la vía y me empezó a llevar y solo alcancé a gritar un saludo cuando ya iba alejándome por el pasillo: “Ciao Eugenia Dio ti Benedica”. Saludo al que ella respondió con un: “Ciao padre Diego, anche a te ti benedica”.

Cuando me desperté de la anestesia, ella también estaba al lado, pero se la llevaron rápido y ya no nos vimos más. Eugenia tiene 48 años, está separada, tiene un hijo en Rumania, vino para un bautismo hacía nueve meses y quedó bloqueada por el coronavirus. Le descubrieron un cáncer, comenzó un tratamiento y ese día lo operaron de un tumor en el seno. Estaba muy sola en Italia y me dio mucha ternura poder compartir ese ratito con ella, en el que en el frío de la espera nos dimos animo y nos bendijimos mutuamente.

Digo esto es para decir que Eugenia fue la persona que menos vi -apenas una cabecita en la camilla que pasaba- y que me quedo más marcada.

Y con lágrimas se me impone una frase: claro que se puede amar sin ver! Más aún: solo vemos a los que amamos.

Y espero que cuando vea a Jesús, a quien “amo sin haberlo visto”, veré también a Eugenia, sin el biombo que separaba nuestros box y que solo dejaba pasar nuestra voz, en ese media lengua en la que nos comunicamos, y me dirá: “Soy yo, Eugenia, con la que charlaste en el hospital. Te acuerdas que nos dimos una bendición?”

Diego Fares sj

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