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(Inmediatamente al salir del agua, vio que los cielos se abrían, y que el Espíritu como paloma descendía sobre El y vino una voz de los cielos, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido).

inmediatamente, el Espíritu expulsó a Jesús al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, 

vino Jesús a Galilea y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

Contemplación

El evangelio de hoy comienza con la palabra inmediatamente (euthus). En pocas frases llenas de riqueza y colorido evangélico, Marcos nos hace ver a Jesús lleno del Espíritu y movido por Él a la acción y a la lucha espiritual antes de comenzar, serenamente, a predicar. 

En realidad, se trata de dos “inmediatamente”: el del Espíritu que desciende en forma de Paloma y el del mismo Espíritu que empuja a Jesús al desierto. Podemos afirmar que no se trata de acciones excepcionales, sino que toda acción del Espíritu Santo tiene este sello de la prontitud, del hacer que el que sigue su impulso actúe inmediatamente.

“Enseguida que fue bautizado el Espíritu expulsó a Jesús hacia el desierto”. Marcos no dice que el Espíritu lo llevo o lo condujo o lo acompañó, sino que lo expulsó. Es una palabra fuerte. Los evangelistas la usan para hacer ver el poder con que Jesús expulsa al mal espíritu de una persona.  

La escena del bautismo y la de las tentaciones están dominadas por la acción del Espíritu quien, por una parte, sumerge a Jesús en la predilección del Padre y, por otra parte, lo mete de lleno en su batalla espiritual interior contra el maligno, antes de salir a predicar a la gente el Evangelio del Reino. 

El Espíritu desciende y se posa como una Paloma sobre Jesús recién bautizado, en medio de la gente de su pueblo; luego lo rapta y lo compele a ir al desierto donde es tentado. El Jesús que vemos es un Jesús sumergido en la historia de su pueblo por el bautismo de Juan y sumergido en el cosmos total: vivía entre las fieras y los ángeles le servían.

Cargado con toda esta energía, que se remansa en su interior y que el Señor deja traslucir en contadas ocasiones excepcionales (los milagros), sale a predicar. Toda esta energía se concentra en sus palabras. En ellas destella el Amor y la Misericordia del Padre y todo el poder de Jesús para expulsar al maligno de su vida y de la nuestra venciendo toda tentación. 

Marcos no relata prolijamente las tentaciones, él pone más bien el acento en las personas: el Espíritu, el Padre, Juan Bautista, Jesús, el maligno, las fieras y los ángeles. 

En la escena siguiente, vemos solo a Jesús que, simplemente “viene” a Galilea y comienza a predicar el Evangelio del Reino. 

Escuchemos de nuevo la predicación de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios. Conviértanse y crean en la Buena Nueva». 

Las coordenadas de tiempo y espacio son enteramente nuevas y especiales. 

El tiempo que gira en torno a Jesús, que brota de su Persona cargada del Amor de predilección del Padre, es un “kairos”, un tiempo pleno, lleno de gracia, lleno de oportunidades. 

No es mas el tiempo que nos devora, el tiempo lineal que nos arrastra  rutinariamente, a veces, como un río en crecida, otras. 

El espacio que genera Jesús con su venir a nosotros y su paso por nuestra vida es un espacio de cercanía de Dios, un espacio habitable y caminable. 

No es el espacio indefinido, vacío y brutal de las galaxias ni el espacio cercado por alambres de púas de los que construyen muros y se apropian de la tierra. 

También son nuevas las coordenadas interiores que el Señor propone: conversión y fe. 

La actitud para vivir nuestros días en una temporalidad y espacialidad evangélicas, como tiempo y espacio de oportunidades y de gracias, es la conversión, que nos hace salir de nuestros propios criterios para abrirnos a los que nos comunican las palabras del Señor y la de adherir de corazón a su Persona, creyendo en Él, esperándolo, dejándolo acercarse -vivo- a nuestra vida, para que la influencie con su benignidad y la madure con su coherencia fiel.

Conviértanse y crean. Estas son las coordenadas interiores. 

Solemos considerarlas en su aspecto subjetivo y voluntarista: “yo me tengo que” convertir y “yo tengo que” creer. Pero tienen antes una característica objetiva que es puro don y gracia. 

Convertirse es tomar conciencia de haber sido sanados, como el leproso, y volver a Jesús antes de ir a cumplir con lo que nos manda. 

Convertirse es salir de los propios deberes y volver a la Persona de Jesús, volver glorificando al Padre para caer en adoración a los pies de Aquel a quien le debemos nuestra salud y el sentirnos misericordiados. 

Creer es dar la primacía al corazón antes que a la mente y a los sentidos y pasiones. 

Creer es adherirnos a Jesús como se adhiere uno a un amigo fiel: primero a su Persona misma, luego a lo que dice y hace. Nuestra fe subjetiva es la toma de conciencia del poder de irradiación irresistible que tiene la Persona de Jesús. ¡No se puede no confiar en Alguien como Él!

¡Otro tiempo, otro espacio, otro sentido de la dirección de la vida, otra jerarquía de valores! Todo nuevo. Esa es la invitación para vivir estos cuarenta días en los que aquello que cuenta es que el Padre y el Espíritu se nos han vuelto accesibles en Jesús. Un Jesús tan maduro que apenas uno comulga con Él, con alguna de sus palabras, como quien come uvas maduras y pan recién horneado, se llena de su Vida. 

Disponernos a recibir tanta novedad no es sencillo, pero es entusiasmante.

No es sencillo creer que el tiempo puede ser como un lago lleno peces listos para ser pescados si tiramos le red en el Nombre de Jesús. Lo que nos cabe esperar de nuestro tiempo humano es que se actualicen nuestros softwares y permanezcan viejas las acciones de nuestros políticos. En medio de los tiempos cíclicos de la inflación y de las ondas de calamidades, creer en un Dios que es totalmente nuevo no es fácil. Y sin embargo deberíamos abrirnos a pensar que “si no es nuevo -algo totalmente novedoso- no es Dios”. El Dios de Jesús es un Dios siempre nuevo, por exceso de misericordia, por amplitud de miras, por riqueza de oportunidades, por creatividad de medios. 

No es fácil creer en un Dios cercano, que puede tomarnos de la mano como un papá o una mamá y llevarnos alegre y seguramente por la calle. Lo que nos cabe esperar del espacio humano es un espacio lleno de muros, puertas cerradas, prohibiciones de entrar si uno no tiene mucha plata. Los lugares mejores del reino, sin embargo, son abiertos y gratuitos. Suelen estar llenos de pobres, pero para el que concibe su vida como un servicio agradecido, son lugares atractivos.

No es fácil creer en que uno mismo se pueda convertir. Cuantos más años tenemos, más difícil. Humanamente constatamos que la gente “no cambia”, que nosotros “no cambiamos”. Pero esto es verdad si miramos los hábitos, las pasiones, el carácter… ¡Sin embargo, los corazones sí que cambian! 

Sí que puede cambiar la imagen que uno tiene de su propio corazón y volverse más humilde, realista y deseosa del bien.

No es fácil creer en Jesús. Creer que está vivo, que sigue acompañándonos, que se puede hacer presente de muchas maneras, no aferrables pero no por eso menos reales. No es fácil creer que nos está escuchando, que se interesa por nosotros, que influye en la vida. Humanamente experimentamos el límite de las personas, incluso de las más buenas y que más nos quieren. Muchos son los que sienten que cada uno está solo en el fondo. El covid 19, que ha llevado a 2 millones y medio de personas a morir “solos”, sin poder tener a sus seres queridos al lado, sin poder ser tomados de la mano, conectados a máquinas y aparatos (los más “afortunados”), ha hecho patente esta dimensión de profunda soledad propia de nuestro ser humano. Eso mismo, sin embargo, ha hecho que se profundice más el deseo de establecer contacto profundo con los que amamos, ha hecho crecer infinitamente la fe en que los que queremos saben que los queremos y nosotros nos sabemos queridos más allá de lo que se puede demostrar con la cercanía física. La confesión sincera del propio amor, cuanto más despojada se ve la capacidad de expresión (a veces se reduce a un mensajito por celular que dice “te quiero”) más hondamente arraiga en la fe del otro. Esto no se puede ver desde afuera, pero cada uno sabe cuánto cree y cuánto recibe de los que, en su impotencia de acercarse, se hacen presentes a nuestro dolor, confiando ellos – y mendigando- que nuestra capacidad de creer en su amor supla lo que falta a sus medios para expresarse. 

Puede ayudarnos una reflexión de Mamerto Menapace:

“Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que, en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican. Tal vez lo que sucede, es que, al compartir, lo que se dilata es el corazón. Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro”. 

El distanciamiento social hace que las relaciones dependan hoy más de la profundidad y de la calidad interior con que cada uno comparte su vida. 

Saber “pescar” y cultivar la novedad real del amor y de la amistad del otro en un simple mensajito -en el mar de mensajes en que vivimos- es una cuestión en la que lo decisivo depende de la fe que uno tiene y desea que crezca. La fe dilata el corazón. Y un corazón dilatado sirve mejor de “red” para pescar el espíritu del amigo y de la persona amada en el mar rutinario y convencional de las comunicaciones actuales. 

La relación de fe es una relación especial, la más profundamente humana. Es una relación en la que la realidad viviente de lo que se comparte -el propio corazón que le ofrece al otro confiar en él fielmente- genera en el otro el deseo de responder con la misma fe. La profundidad de lo que se comparte depende en una misteriosa medida tanto del que expresa su amor como del que adhiere confiadamente a él. Por eso Jesús se maravillaba del poder que tenía la gran fe de alguna gente que, literalmente, le hacía salir -a veces antes de que se diera cuenta- una gracia eficaz de su interior: la fe de la gente le cosechaba gracias con sus propias manos, tocando la punta de su manto. Una gracia capaz de curar, de expulsar demonios y de cambiar la vida del que se relacionaba con él desde esta fe. Mientras que otras personas, por más que El transmitiera la misma bondad en sus gestos y la misma verdad en sus palabras, no recibían nada de él, su gracia no “arraigaba” en ellos, no producía efecto. 

Conviértete, mientras el tiempo es propicio y el reino se te ha acercado, a la dimensión interior de tu fe, esa fe que te dilata el corazón y te hace establecer relaciones profundas y ricas con todos los demás. 

En el distanciamiento social o te juegas por los otros en profundidad, partiendo de la pura fe, o te arriesgas a sucumbir solitariamente en relaciones a las que, dado que  les falta la cercanía bendecida de la “carne”, fácilmente derivan hacia la superficialidad y la inconsistencia, y no dejan huella en la propia vida. 

Diego Fares sj

Y viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

  • “Si quisieras puedes limpiarme”.

Y profundamente compadecido, extendiendo su mano lo tocó y le dice:

  • “Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Y adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

  • “Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

Contemplación

¿El Señor se podía contagiar? ¿O era inmune a las enfermedades físicas? 

La pregunta me surge porque en la imagen se ve cómo el leproso le toca el pie al Señor con su mano vendada y cómo Jesús, llenándose de compasión, lo toma de la otra mano y lo pone en pie, y tocar al leproso sería como acercarse estrechamente y darle la mano a una persona con Covid 19. En el mosaico, el Señor no solo toca al leproso, sino que se deja tocar: ambos están ligados con pies y manos. El movimiento con el que el pobre hombre se arrodilla y toca el pie del Señor se transforma en el movimiento con que Jesús lo toma de la mano y lo atrae hacia sí, mientras lo mira a los ojos lleno de compasión. El cuadro está en la Cripta de la Iglesia inferior de San Pio de Pietrelcina, en San Giovanni Rotondo – Italia. Allí también está otro mosaico en el que San Francisco de Asís besa al leproso. 

Hacerme la pregunta de si Jesús era inmune me escandaliza un poco. No la quiero formular, porque me parece que hay algo del mal espíritu, que mete con insidia un pensamiento que dice: “Claro, como no se podía contagiar, él tocaba a todos”. Sin embargo, enfrentando la pregunta y mirando al Señor, se me revela claramente todo lo contrario: lo que nos hace sentir el Evangelio no es que Jesús no se contagiaba virus, sino que Él “contagiaba y contagia salud y vida” con su propio cuerpo. Más que ser inmune a las enfermedades como individuo, Jesús inmuniza a los que se le acercan y entran en contacto con Él. La gente del pueblo sencillo lo intuía perfectamente y por eso querían tocarlo, le llevaban cerca los enfermos, hacían cualquier cosa por entrar en contacto con Él. El Señor es la salud y la vida y la resurrección. 

Que no era “inmune” físicamente de manera absoluta lo vemos en la pasión, en los golpes y heridas mortales que recibió y que acabaron con su vida joven. San Ignacio expresa este misterio haciéndonos contemplar cómo en la pasión “se esconde la divinidad”. El Señor se despoja de su vitalidad sanadora y queda expuesto al daño que le hacen los golpes. Se vuelve vulnerable voluntariamente. 

Además, este misterio del Señor que es fuente de salud y vida y en vez de contagiarse, sana, se profundiza más aún al ver que Jesús no era inmune al mal espiritual, a las incomprensiones, al rechazo, a las acusaciones y calumnias, al desprecio y al odio de sus enemigos. En el evangelio de hoy vemos que no lo aísla la lepra física, sino la espiritual. El que ha sido sanado lo desobedece y cuenta a todos que Jesús lo ha curado y a partir de ese momento el Señor no puede entrar en las ciudades, sino que tiene que permanecer en lugares solitarios. Queda en distanciamiento social, aislado y como en cuarentena.

Por una parte, es verdad que el Señor queda con los efectos de la lepra, queda aislado. Pero, por otra parte, llama la atención que el leproso que “viene a Él” hace que, de todas partes la gente, “venga a Él”. El Señor comienza a trabajar “por atracción”, que es lo propio suyo: “Atraeré a todos hacia mi”. 

            Venir a Él, tocarlo, dejarnos tocar por su mano llena de compasión, dejarnos mirar por sus ojos misericordiosos, dejar que nos limpie nuestras lepras y virus, y que nos ponga en pie. San Francisco de Asís intuyó que la manera de “tocar a Jesús” era “besar al leproso”. ¡No solo tocarlo, sino besarlo! El Señor es que inaugura e instala este “movimiento de atracción” como el modo de acercarse a su Persona, de ser limpiado y sanado, revitalizar, por Él. 

            Jesús no se salva, ni se preocupa por salvarse, de la discusión de palabras e interpretaciones que su Persona suscita. Pero obra de tal manera que, mientras los que no quieren creer, discuten y provocan dudas, los que quieren vida se le acercan. Y nosotros podemos acercarnos a los que se le acercan: a los pobres y leprosos, a los excluidos y marginados de hoy. Acercarnos no solo para compadecerlos y ayudarlos (esto también, pero nosotros no somos Jesús y tenemos poco para dar). Acercarnos porque en los pobres y enfermos, en los vulnerables, late más fuerte la vida y se deja sentir mejor la presencia de Jesús vivo, no de Jesús “idea” teológica. Los enfermos, los pobres, los vulnerables, son fuente de vida porque su deseo de vida es más consciente y humilde que en los sanos, los ricos y los invulnerables. En los fuertes, ricos y famosos, la vida brilla y atrae con fuerza pero, al mismo tiempo que nos atrae como espectáculo, nos aleja existencialmente. Es como si los que tienen todo se lo atesoraran para sí y no dejaran que se les caigan ni las migajas. En cambio, los que nada poseen y tienen que mendigarlo todo -ayuda, cuidado, protección- de alguna manera ponen al que se les acerca en contacto con la fuente de la vida que ellos anhelan. Generando compasión despiertan el deseo de ser nosotros compadecidos al mismo tiempo que nos compadecemos de ellos. 

Si quieres puedes limpiarme (ayudarme, darme una mano, una caricia, una limosna…) nos dice el leproso. Y ese “llenarse de compasión” que experimenta Jesús es el sentimiento vivo que nos comunica con su propio ejemplo. También nosotros nos “llenamos de compasión” y recibimos la gracia de compadecer a los demás cuando estos nos imploran. Gracias a los pobres experimentamos lo que puede “llenar” nuestro corazón como solo la compasión puede llenarlo. Todo lo contrario de los que hacen que nos llenemos de envidia o de resentimiento, con su mal uso de las riquezas y el poder. 

Como dice Francisco: “Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas”. 

“Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia». Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia». Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza». 

Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii Gaudium 198).

Esto que salió hoy en la contemplación del Evangelio es algo que venimos compartiendo a lo largo de muchos años en las Contemplaciones y que acaba de convertirse en un librito que ha editado Agape: 

CONTEMPLAR EL ROSTRO DE CRISTO EN LOS POBRES

Diego Fares

https://www.agape-libros.com.ar/web/detalle-libro/Z/contemplar-el-rostro-de-cristo-en-los-pobres-fares-diego-AGAPE-LIBROS.lib/codigo/28123/#

Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. 

La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos. 

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. 

Al amanecer, muy oscuro todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; Y allí rezaba. 

Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: 

– «Todos te andan buscando.» 

El les respondió:

– «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar (kerygma), porque para eso he salido.»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Mc 1, 29-39).

Contemplación

Siempre me conmueve la imagen de nuestro Señor Jesús rezando. “Se levantó temprano y se fue a un lugar solitario. Y allí rezaba”, dice el Evangelio de Marcos. Jesús le daba tiempo a la oración (y no era un tiempo que se lo sacara a los demás).  

Imaginar al Señor rezando al Padre y envuelto como con un poncho calentito por el Espíritu me lleva a reflexionar acerca del misterio de la oración. Qué es esta actividad que hasta Dios se ejercita en ella?

Proseúxomai” viene de “prós”, que indica dirigirse a otro, realizar un intercambio, y de “euxomai”, que significa “desear, orar”. Propiamente, orar es “intercambiar deseos”; es interactuar con el Señor, intercambiando nuestros deseos humanos (ideas- sentimientos…) por Sus deseos, mientras Él nos comunica el don de la fe, en el sentido de que este intercambio benéfico con nuestro Padre hace que aumente nuestra confianza en Él: acrecienta nuestra fe. 

Imaginar qué tipo de intercambio se daría -y se da- entre Jesús, como Hijo amado, y su Padre y Padre nuestro, hace que nos vengan ganas de rezar. 

El evangelio de Marcos nos cuenta cómo era un día en la vida de Jesús: su presencia benéfica en medio del pueblo, curando a la suegra de Simón, recibiendo con cariño y sanando a todos los enfermos que le traen a la puerta, compartiendo la cena con sus amigos, servida por la suegra de Pedro… En la oración el Señor presenta el Padre, me imagino, a toda la gente que ha visto y con la que ha pasado el día; comparte con el Padre las necesidades de sus hermanos y se llena de la misericordia infinita del Padre que se transforma luego en presencia benéfica para todos. Jesús pasó por la vida haciendo el bien y esta acción benéfica suya brota de la oración. 

Podemos pensar que el intercambio de deseos entre Jesús y el Padre es un intercambio de bien con bien infinitos, de misericordia infinita con misericordia infinita, de ternura de Hijo infinita con ternura de Padre infinita, de alegría de Hijo infinita con alegría de Padre infinita… 

 En nosotros este intercambio se da, como dice San Ignacio, entre nuestra medida virtud y la infinita de Dios. Pero no importa la cantidad, sino la calidad del intercambio. Cada uno da de lo que tiene y puede, y recibe del otro en la medida en que el otro puede dar y uno recibir. Pero lo lindo es esta imagen de la oración como intercambio, como ida y vuelta. Nos hace pensar en un Dios que le interesan nuestras pequeñas cosas, como a los papás les interesan las pequeñas cosas que les comparten sus hijos más chiquitos o las confesiones a veces un poco a cuentagotas que hacen los hijos adolescentes…

Si tenemos en cuenta este sentido de intercambio, la oración es comunión y la comunión es oración. Si uno comulga poco o siente pocos deseos de ir a misa puede que le sea de ayuda reflexionar acerca del intercambio y del paradigma desde el cual comprende. 

En un paradigma individualista orientado al consumo de bienes, la Eucaristía no parece un gran bien. Hay que participar en una ceremonia protagonizada en gran medida por el sacerdote en la que uno no siente que intercambie mucho, salvo el momentito de comulgar y de hablar en intimidad con Jesús. Pero si el paradigma no es individualista sino comunitario social familiar y no está orientado al consumo de un bien sino a compartirlo, o mejor compartirse uno mismo comiendo con otros como se hace en la mesa familiar, entonces la cosa cambia. No se intercambian cosas, sino que se intercambia la propia vida. Esto hace que el tiempo que se dedica a preparar la comida, por ejemplo, y luego comer, se alargue. Uno no invita a los amigos a comer y después le sirve todo apurado para que terminen rápido. Cada momento de la cena tiene sus ritos y sus tiempos que se disfrutan prolongándolos sabiamente. 

La liturgia nace de esta dinámica. El problema se da cuando los gestos y los tiempos nos vienen de generaciones anteriores y no los recreamos a nuestra sensibilidad y gusto actual. Digámoslo claramente: si uno reza apurado o se aburre en misa es que los medios que usa para el intercambio son de otros, no son los propios. En una cena entre amigos es importante intercambiar cosas buenas como un vino especial o un postre exquisito, pero tan importante como lo que se comparte es la preparación de la mesa, la presentación de la comida, los tiempos que lleva cada paso de la cena y la conversación fluida y participativa de todos. Hablo de lo contrario de esas cenas en las que uno acapara toda la conversación o en la que un tema lleva a discutir mal, o en la que todo se basa en lo exterior. Pero no hace falta explicar lo que significa un intercambio rico y lleno de vida tan distinto de” un intercambio formal o interesado. 

Compartir lo provisorio

Quizá una de las claves del deseo de intercambiar y compartir la propia vida radica en lo que Mamerto Menapace cuenta en el relato “Compartir lo provisorio”.

      “Allá en las chacras se vivía prácticamente a la intemperie. No nos defendíamos demasiado de las realidades ni del clima. Más bien compartíamos el ritmo de las cosas; y por supuesto de las personas. 

La noche nos encerraba a todos en los pequeños charcos de luz que creaban nuestras lámparas. Los mismo que las aves acuáticas se reúnen en sus charcos cuando las atropella la sequía. La lluvia también era compartida por todos; para todos era un tiempo de recogimiento bajo techo dejando suceder lo que era imposible conjurar. También se vivía compartiendo los mismos gestos de la primavera, y las mismas humillaciones del verano o del invierno. 

Porque cuando se vive a la intemperie uno no puede hacer provisión de clima. Se vive el clima del momento con intensidad y compartiéndolo, sin reservarse de él nada para el día siguiente. Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros. 

Y lo que sucedía con los acontecimientos, sucedía también con los alimentos. Sobre todo con aquellos más primitivos, que provenían de la caza y de la pesca. Porque en las chacras abundaban las palomas, sobre todo cuando el lino era chiquito, o luego de la desgranada del maíz, o para cuando el girasol empezaba a madurar. Casi siempre cuando se escopeteaba la bandada, solían caer más palomas de las que nosotros podíamos aprovechar. Y como no teníamos la posibilidad de conservarlas, y además era un orgullo el haber tenido buen puntería el resto se mandaba a los vecinos. Y allá íbamos los chicos, hacia distintos rumbos, llevando cada uno un par de palomas gordas, con la esperanza de recibir propina. Y volvíamos luego a nuestro territorio con el orgullo de todo embajador. 

Los lunes la embajada venía del arroyo. Sábado y domingo, Don Pablo los pasaba en la isla o en el monte. Su razón de compartir era mucho más urgente, porque el pescado de los arroyos del norte hay que comerlo fresco. A veces, en lugar del par de pescados chicos sacados a línea y anzuelo, solía venir con n trozo de pescado de los grandes, de esos que traen acollarado el relato de la hazaña. Y si la embajada no venía, todos compartíamos en silencio el fracaso vivido ese fin de semana por Don Pablo. 

Lo mismo sucedía cuando para el invierno se carneaba el chancho. En eso del dar y el recibir, todos los vecinos comíamos presas frescas de las sucesivas carneadas. Y todos participábamos del esfuerzo o de la habilidad de todos. Sentíamos como una especie de alegría de familia grande que nos hacía compartir penas, alegrías, trabajos y fracasos. 

Ahora todo aquello ha cambiado. Casi todos han comprado una heladera. En cada chacra se dispone de una pequeña geografía polar que permite conservar los alimentos perecederos. Lo que antes se compartía, ahora se conserva. Y así Don Pablo se condenó en los últimos años de vida a comer siempre pescado: fresco los lunes, semifresco los martes, y partir del miércoles, pescado conservado. (Lo que no dejaba de encerrar un peligro.) Y ya nadie supo nada de sus éxitos y de sus fracasos. Lo que hizo que para él mismo la pesca perdiera mucho de su encanto. Y también para nosotros en eso de cazar palomas. 

Desde que hemos optado por la heladera, nuestra alimentación y nuestra vida en las chacras ha perdido mucho de su variedad, de su capacidad de sorpresa, de ese sentimiento de totalidad que creaba el compartir. Nos defendemos mejor contra el clima y la intemperie, sí.  Pero nos estamos volviendo menos hombres”.

Mamerto Menapace


(Publicado en el libro La sal de la tierra, Editorial Patria Grande). 

“Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros”. En esta apreciación se esconde el deseo profundo de Jesús al instituir la Eucaristía: su pedido de que la hagamos “en memoria suya”, tiene que ver con este deseo que más que el de intercambiar una cosa o un rito es el de intercambiar la propia vida. En la oración eucarística se intercambia todo: los dones gratuitamente dados por el Padre se intercambian con la Acción de gracias que hacemos en Nombre de Jesús (para que, en su persona, el agradecimiento esté a la altura del Don), nuestros pecados los intercambiamos con la Misericordia, el pan y vino de nuestros trabajos, con el cuerpo y la sangre de Cristo… Pero para que el deseo de compartir la vida sea más fuerte que el de comerciar con cosas, es necesario que se comparta en la provisoriedad, como bien dice Menapace. Al fin y al cabo, por eso el Señor quiso quedarse en lo provisorio de cada Eucaristía “hecha de nuevo cada día”, aunque a veces lo encerremos en la heladera del sagrario y no nos urja tener que salir a compartir el pan antes que se endurezca (dicho con todo respeto y sin espíritu de desacralizar nada, pero para hacer sentir que no hay que sacralizar la Eucaristía “cosa” sino la Eucaristía “pan partido, repartido y compartido”. Entonces sí, si esta es la Eucaristía que nos quema en las manos, la oración se convierte en oración viva, en intercambio de deseos entre una humanidad hambrienta y un Dios que se hace pan, entre una humanidad sin alegría ni mucha esperanza y un Dios que se hace vino que alegra el corazón.

Diego Fares sj


Entran en Cafarnaún (Jesús con los cuatro primeros discípulos), y luego que fue sábado enseñaba en la sinagoga.
Estaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y poder y no como los escribas-letrados (gramáticos).
Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro que de pronto se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a aniquilarnos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»
Y Jesús lo conminó, diciendo: «Cállate y sal de él.»
Y sacudiéndolo violentamente el espíritu inmundo, gritando con un gran alarido, salió del hombre.
Quedaron todos pasmados, de manera que se preguntaban unos a otros:
«¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con autoridad…!
Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»
Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Marcos 1, 21-28).

Contemplación
Jesús entra en Cafarnaún y va a enseñar a la sinagoga. El papa Francisco hacía notar la semana pasada que Juan el Bautista predicaba en el desierto, como si dijéramos “a las personas que iban hacer un retiro con él”, en cambio Jesús va a los lugares donde se encuentra la gente, en este caso a la capilla del pueblo.
Suceden allí dos cosas al mismo tiempo: que la gente se da cuenta de una diferencia entre la predicación de Jesús – su doctrina nueva – y la de los “gramáticos”, la de los escribas y letrados, que explicaban la Biblia. Marcos lo expresa diciendo que la gente “estaba admirada”. De qué? De que la doctrina de Jesús tenía poder y autoridad prácticas. Es decir, era una enseñanza que tocaba el corazón y que lo movía a uno a cambiar de conducta. La de Jesús era y es una palabra que incide en la vida concreta de la gente, una palabra que da vida.
Es la diferencia que uno siente cuando escucha tanto palabrerío y de pronto se da cuenta de que alguien está hablando distinto: que le habla a uno, que es alguien coherente y sabio y que lo que dice llega el corazón.
En ese mismo momento en que el Espíritu Santo mueve los corazones de la gente a escuchar la palabra de Jesús y le da alegría y entendimiento, se despertó el mal espíritu. Lo notable es que no era un loco suelto de esos que suelen entrar en la iglesia. Era uno de la sinagoga. Uno de esos que quizá escuchaban las predicas un poco en babia, prestando atención medio distraídamente y de golpe le surgió algo que este pobre hombre no sabía que tenía en el fondo de su corazón: un mal espíritu ” religioso “, diría yo.
Jesús al comienzo mismo de su predicación, después de haber combatido el mal espíritu en su propio corazón en el desierto, viene ahora a combatirlo en el lugar religioso donde se ha metido: en la parroquia, en la iglesia.
Este mal espíritu no es, digamos así, uno que lleve a cometer pecados de ira, de lujuria, de envidia…, sino un mal espíritu que va contra la Palabra de Dios que, como una semilla sembrada en terreno bueno, da fruto.
El grito que pega este señor me da la sensación de que es una primera táctica del demonio: cuando la semilla cae en medio del camino, se la roba como un pajarito que la come apenas cae. El grito es una especie de muestra de poder que se contrapone a la mansedumbre y a la suavidad de la palabra de Jesús llamando la atención. La gente dice: si alguien grita así es que acá debe haber algo raro. Y el oído que se había abierto totalmente a recibir lo que el Señor tenía para decir, medio que se cierra.
Veamos un poco las tres expresiones de este mal espíritu religioso.

«¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno?

Sin hacer mucha exégesis, sino tratando de leer a la luz de lo que el Espíritu Santo me ver sencillamente en el corazón (esta mañana apenas me puse a rezar y, como siempre, con el cestito entre las manos, le pedí al Señor que me diera “una limosna de oración”, inmediatamente me vino esta inspiración de discernir con su ayuda esté mal espíritu contra la Palabra de Jesús que busca impedir que se encarne en nuestra vida), lo primero que me llama la atención es que es un espíritu que encierra muchos: dice “nosotros”. Son un mal espíritu que se ha vuelto “sentido común”; que se posesiona de la gente y habla como si estuviera hablando uno: como cuando uno dice ” y este que se cree ” y lleva a otros a sentir y decir: “eso, qué se cree”. Debemos estar atentos cuando la frase que dice alguno en los medios, por ejemplo, nos hace sentir que sintoniza “perfectamente” con lo que nosotros pensamos. Hay que estar atentos, digo, para no masificarnos. Uno tiene que ser dueño de su voz y expresar las cosas tomándose el trabajo de formularlas por si mismo y no dejar que otro hable por uno.
El discernimiento aquí viene de la regla de San Ignacio que dice que uno debe estar atento y discernir bien los pensamientos que se nos ocurren en el tiempo “que sigue” a una consolación, en el que a veces uno hace propósitos que no tienen que ver con la gracia inicial. A veces alguien entra con la nuestra, diciendo alguna frase que nos calza como anillo al dedo, y luego saca una conclusión que nosotros no formularíamos así, es decir: nos lleva para su bando.
La frase “que hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno” nos suena como la que Jesús le dice a su Madre en Caná. Es una expresión común en el Antiguo Testamento y no es difícil de traducir si uno entiende el fondo de lo que quiere expresar: una separación de intereses. Es como si el mal espíritu, que le habla a Jesús, en realidad hablara para la gente, que está embobada con su doctrina. Es como cuando uno dice: ” Nada que ver !”. “Esto que está diciendo Jesús no tiene nada que ver”. Notemos que al mal espíritu no le interesa Jesús en si mismo, sino la gente.
Hemos discernido que es un mal espíritu contra la Palabra. Entonces, aquí personaliza la cosa en un “nosotros” común, haciendo sentir a la gente que “nada que ver”, que no se entusiasmen tanto, porque Jesús viene con un interés sospechoso.
Veamos la misma frase dicha con buen espíritu del Señor a su Madre: le hace sentir que su hora no ha llegado todavía, que el interés de María por ayudar a los novios con el vino, y el suyo, de hacer la voluntad del Padre, pareciera que no coinciden. Sin embargo, inmediatamente Jesús se pone hacer el milagro que María le pide. Es como decirle: “lo que me pides no tiene nada que ver, está desubicado, y sin embargo me gusta que me pidas esto porque, aunque me haga adelantar la hora, tu pedido va a favor del Evangelio. Este es el buen espíritu, totalmente contrario al otro que va contra la predicación del Evangelio, que hace sentir a la gente miedo de que Jesús se meta en sus intereses; esa es la primera táctica del mal espíritu. “Que hay entre tú y nosotros, qué quieres de nosotros”. Esta tentación se manifiesta a veces en nuestro tiempo como dando por descontado que el entusiasmo por la palabra de Jesús seguramente nos llevará a tener que concederle algo, a que nos pida algo que seguramente será difícil. Es verdad que Jesús tiene la intención de “tener algo contigo” como dice la canción. El Señor siempre actúa buscando a la persona, buscando nuestro corazón, pero no para quitarnos nada, sino para darsenos entero.

¿Viniste a aniquilarnos?

Inmediatamente viene la segunda frase del mal espíritu que muestra a donde apuntaba el grito y el hacer sentir que no tenemos nada que ver con Jesús: “Vienes aniquilarnos?”. La palabra se traduce como “destruirnos, perdernos o arruinarnos”, pero en un sentido fuerte de “aniquilarnos definitivamente”.
Es una cualidad que tiene Jesús que hace que su mera presencia haga saltar al mal espíritu y que se manifieste desfachatada y exageradamente. Nosotros discernimos cuando alguien salta y pierde los estribos y nos ponemos un poco a la expectativa, porque nos damos cuenta de que hay un conflicto de intereses que estaba oculto y que alguna palabra sacó a la luz. En este caso el mal espíritu se da cuenta de que Jesús viene a aniquilarlo, a quitarle su poder, a expulsarlo de nuestra vida de manera completa y definitiva. Pero el punto es que con ese “nosotros” le hace sentir miedo a la gente -nos hace sentir miedo a nosotros- de que Jesús, junto con la aniquilación del mal espíritu, también nos afectará a nosotros. Si recordamos el caso del endemoniado geraseno, al que Jesús liberó mandando la legión de demonios a los chanchos, lo que el mal espíritu quiere es hacer que le digamos educadamente a Jesús que mejor se vaya a predicar a otra región. Nos parece muy bien que cure a un pobre endemoniado. No nos parece tan bueno tener que pagar el precio de que se nos ahoguen todo nuestro chanchos.
Así como la primera expresión traducida a nuestro lenguaje es: ” nada que ver!”, esta otra expresión es: “algo me va a pedir”. Un “algo me va a pedir” que sentimos como definitivo: “me va a pedir algo que aniquilará mis intereses, todo lo que más me gusta”. “Te va a pedir que te hagas cura o monja”, le hace sentir el mal espíritu a los jóvenes. “Te va a pedir que aflojes ese dinero que tienes guardado” le hace sentir a los adultos. San Agustín dice que cuando se convirtió, sus antiguas pasiones tocaban a la puerta de su corazón llorando y diciéndole: “Nos va a dejar para siempre?. Nunca más los placeres carnales? Nunca más la fiesta con tus amigos?”. Con la palabra “aniquilarnos” el mal espíritu expresa la verdad de fondo: Jesús aniquila el mal. Pero lo aniquila borrándolo de la memoria con su misericordia infinita, lo aniquila con una paciencia de padre que esperar todo lo que su hijo necesite para liberarse por sí mismo del mal, lo aniquila con su amor y su lealtad de amigo, lo aniquila venciendo el mal con el bien.
Vemos en el evangelio que los endemoniados, a los que el Señor les expulsó el mal espíritu que tenían adentro, quedan totalmente pacificados, se convierten, como María Magdalena de la que expulsó siete demonios, en personas alegres, activas, apostólicas, valientes, enamoradas de su Señor.

“Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.

La tercera frase con que quiere engañarnos el mal espíritu, que como hemos discernido no le habla tanto a Jesús, sino a nosotros, mirando de reojo el efecto que su frase fuerte contra Jesús produce en nuestro ánimo, es esta frase: “Te conozco, (mascarita)”. El mal espíritu adopta ese tono con que hablan algunos comunicadores haciendo sentir que lo que dice un personaje público “no tiene nada que ver”, que es evidente que el tipo se trae sus intereses escondidos y que “algo nos va a sacar”; él (el comunicador) es alguien que “conoce perfectamente” lo que el otro ambiciona.
En el ámbito religioso esta frase -te conozco- es la que está en el fondo de muchas actitudes farisaicas, actitudes de personas que se creen en posesión de la verdad absoluta y que dicen defender la integridad de la doctrina. Hablan como si tuvieran autoridad divina, y cada vez que alguien, como el papa Francisco, digamos, hace que la palabra toque la vida de la gente, alzan la voz para hacer sentir que “eso no está permitido”.
Jesús simplemente le dice “Cállate! Y sal de él”. Y la gente recupera, redoblada, la admiración y la convicción de que se trata de una doctrina nueva, que tiene poder para expulsar estos espíritus religiosos impuros que no dejan que la palabra de Dios llegue a la vida y toque el corazón de la gente.
Dejemos que Jesús le vuelva decir ” Cállate! ” a este mal espíritu que se quiere apoderar, bajo apariencia de bien, de nuestra opinión y de nuestra voz. Como dice doña Jovita: “Ni se te ocurra creerle”! “Vendrán para herirte el alma los pensamientos más crueles, los argumentos más cuerdos te harán sentir que no puedes. Deja que pasen de largo, declarate incompetente. Te harán dudar de tu nombre, de tus sueños y quehaceres. Si hay un viento de tristeza, como un bajón que te viene, te anda queriendo engañar: Ni se te ocurra creerle”.

Dejemos que Jesús le diga al que tiene este mal espíritu que salga de esa persona y que no se nos contagie a nosotros. Tomemos distancia de toda frase y de todo tono que atenta contra la alegría del Evangelio en nuestra vida, esa alegría que nos hace sentir la palabra cuando echa raíces en lo profundo de nuestro ser y da fruto en medio de la vida cotidiana. Digámosle a Jesús: Tu tienes que ver conmigo, haz venido para darme vida, a librarme de todo lo que me hace daño con tu misericordia infinita y tu bondad de amigo, y la verdad Señor es que no te conozco como quisiera, la verdad es que quisiera conocerte mucho mejor, conocerte y hacerte lugar en mi vida como la persona viva que eres, conocerte dándote espacio como el espacio que se le da a los seres vivientes y que deja que ellos mismos se vayan expresando y contando su verdad. No quiero conocerte por los libros Señor, ni por lo que me dicen los que se consideran sabios y dueños de la doctrina. Quiero conocerte vivo por los efectos que tu vida produce en la mía, y poco a poco, siguiendo tus palabras, ir descubriendo tu Rostro que un día veré cara cara.
Diego Fares sj

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo está maduro: el Reino de Dios se ha aproximado y está a la mano. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.» 

Y pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. 

Jesús les dijo: «Síganme y Yo haré que lleguen a ser pescadores de hombres.» 

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. 

Avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

Contemplación

En el mosaico de Rupnik, que está en la Capilla de la Nunciatura apostólica, en París,   contemplamos el momento en que Simón Pedro con los ojos fijos en Jesús (cuyo mosaico está en la pared de enfrente), sale de la barca y, poniendo un pie en la arena, lo deja todo en el gesto de dejar las redes y sigue a Jesús. 

Dos frases  me resuenan con fuerza en este Evangelio: una, que el tiempo está maduro, que el Reino se ha vuelto cercano; que “está a la mano”, como dice Jesús; la otra, que los discípulos lo siguieron apenas los llamó, inmediatamente. Dejaron todo y lo siguieron. 

Esta es la primera gracias a incorporar en la contemplación de hoy: cuando Jesús dice que el Reino está cerca hay que hacer como los primeros discípulos: seguirlo a Él, inmediatamente. Seguirlo como dice Nuestra Señora en Caná: haciendo cualquier cosa  que Él nos diga, aunque parezca algo muy pequeño o simple (en general el Señor pide cosas muy simples y para las que estamos maduros).  Algún ejemplo? “ Llenen las tinajas de agua “-a los servidores; “Echen la redes” – a los pescadores; “Toma tu camilla y camina” – al paralítico curado; “Basta que creas “- hay que se hace lío con su fe… son cosas sencillas que el Señor nos manda hacer en su Nombre.

Cuando Jesús sale a predicar es porque “el tiempo se ha cumplido”, en el sentido de que está maduro. Uno puede seguirlo sin dudar porque el Señor sabe adónde va y lo que comienza lo llevará a término. La prontitud de los discípulos no es valentía heroica ni inconsciencia, sino madurez. Su tiempo también estaba maduro. Habían deseado y esperado al Mesías junto a Juan el Bautista y ahora, apenas lo ven y escuchan su voz, lo reconocen y lo siguen sin vacilar.

Madeleine Delbrêl, en una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956, tiene unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los  momentos en que se nos vuelve cercano Jesús. 

La charla era sobre la oración. Porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta el problema actual de que no tenemos tiempo ni espacios adecuados para rezar. No los tenemos tal como imaginamos que deben ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con Jesús vivo y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal. Y hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da “horizontalmente”, siempre se puede dar “en profundidad”. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se “perfora” un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús es el que crea espacios de oración y encuentra momentos maduros en donde sea que uno se encuentre.

Escuchamos a Madeleine sobre los “espacios y tiempos para rezar”: 

“El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del subte al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos -y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también  los momentos en los que nos vemos obligados a esperar -ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro -, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes”. 

“Ridículos amantes!” Qué bien captado lo esencial y que bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se lo diga. 

La cercanía o lejanía del Reino en la cosmovisión de Delbrêl es cuestión de amor. El que está enamorado y profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual en el que se tiene poquísimo tiempo se aprovecha mejor y da una alegría más grande que si se hubiera planeado. Así el que está atento a la venida del reino sabe atrapar la ocasión al vuelo. Lo vemos en el anciano Simeón que espera toda la vida la venida del Mesías y cuando el Espíritu le dice que ha llegado, va con prontitud a su encuentro en el templo y lo toma en brazos. Lo vemos en los discípulos: si lo dejan todo en un instante es porque habían estado deseando la llamada del Señor; en el discipulado junto a Juan el Bautista se habían preparado para esta llamada. Lo vemos en el ciego Bartimeo, que había madurado en su interior la respuesta que le daría a Jesús cuando pasara y le preguntara qué quieres que haga por ti: “Señor haz que yo vea”.

Continúa Madeleine:

“Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta.

Entre personas que se aman el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos.

Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. 

El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo.

Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste Él mismo que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser antes de todo vida para nosotros.

Para que puedan realizar su trabajo de vida nosotros, las palabras del Evangelio que hemos leído, que hemos rezado, y que quizá hemos estudiado, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que le es propio a cada palabra, para que la luz que le es propia nos ilumine y vivifique”. 

….

Éstas son reflexiones de  tiempo de Hospital, como yo le llamo. Como dice mi amigo Paolo: al hospital se sabe cuando se entra pero no cuando te atienden. Gracias a Madeleine Delbrêl que me abrió los ojos con sus oraciones en el subte y haciendo fila mientras esperaba turno, el Señor me da la gracia de poder aprovechar los momentos en que las esperas para ser atendido se hacen largas. Por un lado aprovecho para anotar los nombres de toda la gente que encontré y para rezar un ave María por los que tengo de compañeros de sala de espera. Por otro lado, San José me da a menudo la gracia de la intercesión. El primer paso es identificar aquello que más me molesta o me hace sufrir en este momento; a partir de eso, me imagino a personas concretas que sé que experimentan lo mismo; y uniéndome a ellas de corazón y con compasión sentida en carne propia, intercedo al Señor para que nos ayude. Como en tantos años de sacerdote pocas veces había intercedido así, me doy cuenta de que es una gracia y la aprovecho. Como la gracia me vino tocando con un dedo el borde del manto de una imagen de San José que me regaló un amigo, cuando deseo interceder repito el gesto y me prendo de su vestido, que para mí viene a ser como uno de esos “lugares” donde el Reino de Dios está siempre a la mano.  

Diego Fares sj

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: 

«Este es el Cordero de Dios.» 

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: 

«¿Qué quieren?» 

Ellos le respondieron: 

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» 

«Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: 

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. 

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: 

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

Maestro donde habitas.

En el mosaico de Rupnik se representan dos tiendas: una de la tierra, que cubre a Jesús y a los discípulos, y otra del cielo, hacia la que Jesús señala con su mano indicando la apertura llena de color. Él habita en el Padre, en la intimidad de la tienda del Padre, mientras camina y habita nuestra tierra. “Puso su tienda entre nosotros”, dice Juan.

La pregunta de los discípulos – “donde vives”- tiene varios sentidos. Uno de lugar y de tiempo: donde se aloja, donde reside, donde habita de modo permanente. Quieren ir a su casa para charlar con tranquilidad. 

Otro sentido -más profundo- es el de un “permanecer” espiritual: donde estás arraigado, quiere decir; donde tienes tu fuente, tu origen y tus deseos. Uno habita espiritualmente en sus afectos, en sus pensamientos, preocupaciones y anhelos que giran en torno a los que ama: a su familia, a sus amigos, a su pueblo. Amar tiene que ver con habitar en el sentido concreto de que las personas que uno ama tienen “su espacio” dentro de nosotros. Se ve claro en el hecho de que, cuando pensamos en alguien querido, dejamos que este pensamiento ocupe su espacio y se tome su tiempo. Y lo hacemos con gusto. Mientras que a los pensamientos sobre otros (que nos llegan por un WhatsApp de alguien no muy conocido, por ejemplo) los hacemos esperar o les ponemos límites. Habitar en y con los que amamos no significa estar todo el día juntos, pero sí tener la llave de la misma casa, poder entrar y salir, encontrarnos familiarmente, poder quedarnos y que el otro se quede lo que desee. 

La expresión es fuerte porque el Señor la usará para hablar de la relación que tiene con el Padre: “yo vivo en el Padre y el Padre vive en mí”. Este “vivir en otro” quiere decir que esa persona opera continuamente en nosotros por su influencia y energía, que puede hacerlo sin que sintamos que se entromete, como dejamos que uno de casa nos prepare algo rico o nos pida que hagamos algo por él como si fuéramos su misma mano (sosteneme esto un momento, pasame aquello). Pequeñas cosas que cuando hay amor se hacen con natural espontaneidad y cuando no hay amor pueden causar infinita molestia (agarralo vos!).  

El Señor también usará este término -habitar, permanecer-  para decir que el que lo ama permanece en Él, en el sentido de que está arraigado en Él, como el sarmiento en la Vid;  unido a Él, por el Espíritu Santo que nos ha dado. 

A veces tenemos la imagen de que el envío del Espíritu Santo, que Jesús y el Padre prometen y realizan no solo en Pentecostés, sino siempre que pedimos “envíennos su Espíritu”, fuera como el envío de un paquete, de alguien que luego no sabemos dónde poner.  Es verdad que el Espíritu viene a habitar entre nosotros, a estar a nuestro lado como Paráclito,  como abogado defensor y Compañero fiel. Pero esta es solo una cara de una relación dialogal. El Espíritu no se suma como uno más a nuestra vida, sino que por ser Él quien es, el Espíritu creador y dador de vida, entrando humildemente en nuestra historia nos abre un espacio absolutamente nuevo para habitar: el espacio del reino de Dios. Es así que, al recibirlo, nos incorporamos a un nuevo ámbito de vida, a una nueva casa: en el Espíritu el Padre y Jesús habitan en nosotros, pero siempre como inclinando suavemente la balanza a que seamos nosotros los que habitamos en ellos. Es como una madre que al entrar en la habitación de su hijo pequeño que ha quedado toda desordenada, poniendo cada en cosa en su lugar, hace que el niño habite en una habitación que se ha transformado y ha quedado como nueva. Toda la familia habita en la misma casa y se puede decir que unos habitan en los otros, pero la realidad es que lo que llamamos “ nuestra casa “ se ordena y organiza en el corazón y en las manos de nuestra madre. Es bien clara la diferencia entre “la que habita volviendo habitable” para todos el espacio común y los que habitamos haciendo que con nuestros descuidos de cosas tiradas por cualquier lado, el mismo espacio sea distinto: menos agradable, menos de todos. 

Rabí -Maestro- ¿dónde vives?

Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Bendita sea aquella hora décima, la hora del comienzo del tiempo de los llamados (allí tuvo su comienzo también mi vocación), la hora de los encuentros maduros, de los encuentros entre los que desean permanecer juntos para siempre, perseverar en ser el uno en el otro, gozar en ser el uno para lo que el otro necesite y quiera. 

Aquella tarde nació en la primera Iglesia, o mejor se hizo Iglesia, casa común, la casita o habitación en la que el Señor vivía. Sería seguramente la casa de alguna familia amiga, en la que le habían reservado un lugar después que él dejara su casa de Nazaret. Pero con la pregunta y el deseo de los discípulos de ver donde vivía y de pasar allí su tarde con Él, esa habitación se transformó en Casa de Dios para los hombres. 

Aquella tarde los discípulos aprendieron la dinámica cristiana que es la de primero hacer casa, la de encarnarse, inculturarse, compartir el espacio donde vive el otro, crear un espacio común donde vivir, y luego sí, allí, predicar y escuchar el evangelio que ya se empezó a vivir en este habitar en común.

Es importante caer en la cuenta de que antes de revelar que la santísima Trinidad viene a habitar en nuestro corazón Jesús inició con sus discípulos un largo camino que comenzó aquella tarde en que habitaron juntos en su pequeña casita. Notemos también que los discípulos fueron de a dos y que inmediatamente corrieron a buscar a Simón Pedro. Captaron existencialmente que vivir y habitar el mismo espacio con Jesús implica haber salido del individualismo y tender con todas nuestras fuerzas a incluir a todos los hombres, nuestros hermanos.  Para poder permanecer en Jesús y que Dios permanezca en nosotros nuestro espacio interior debe ser algo más que un mero espacio individualista tal como lo concibe mentalidad posmoderna. Si consideramos nuestro interior como ese espacio individual en el que “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, es difícil imaginar que pueda querer venir a habitar allí la Santísima Trinidad: tres Personas a las que les apasiona hacer lo que quiere el Otro, por decirlo de manera simple.

La dificultad actual de muchos de creer en Dios, de creer en un Dios que habita en nuestro interior, que nos da fuerza, nos ama y nos perdona, quizá provenga de la manera como concebimos nuestro interior. Es lógico que un individualista sea ateo, porque en su espacio exclusivo y excluyente, Dios no habita. Pero si ahondamos un poco, es obvio que solo se puede ser individualista si uno tiene detrás o una familia o una sociedad de consumo que lo sostiene (en la medida en que tiene dinero). En ese espacio individualista Dios no está, no se lo puede sentir, y es lógico ser ateos. Pero hay que avivarse: que no esté allí no significa que Dios no habite en ninguna parte. Basta salir (entrar) en los espacios comunitarios de amor de solidaridad y de servicio para que inmediatamente aparezca la estrella y se haga sentir la presencia del Espíritu que habita nuestra casa común recreándola cada día como una madre que ordena su casa y la deja como nueva. 

Diego Fares sj

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al resurgir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc 1, 7-11).

Contemplación

El mosaico de Rupnik muestra la fuerza con que se abren los cielos en el bautismo de Jesús. La apertura del cielo es algo más que un hecho físico. Se experimenta por lo que acontece: el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del Padre que como una caricia ilumina al Señor, testimoniando que es su Hijo amado. 

Está irrupción de la Trinidad en nuestra historia nos hace conscientes de que, antes, el cielo estaba cerrado y que ahora, gracias a la humildad de Jesús que asume nuestra humanidad bautizándose como uno más del pueblo fiel, está abierto. Es decir: no hay ninguna barrera que nos impida interactuar con nuestro Creador y Señor. 

El cielo cerrado es imagen de un Dios inaccesible, tan trascendente que no podemos acceder a su intimidad. Sabemos que no nos hemos creado a nosotros mismos, pero la materia de nuestro mundo hace que rebotemos al querer trascender, al buscar ese sentido más profundo e integral que tiene la vida y que no se ve a simple vista. 

El cielo abierto es imagen de un Dios accesible, cercano, familiar, que camina a nuestro lado en Jesús, que desciende en la Persona del Espíritu, que nos revela la intimidad del Padre y nos permite ascender a Él, es la imagen de un Dios que nos habla y se hace entender, y que nos escucha con el oído amoroso de un Padre.

En el bautismo de Jesús el cielo se abrió para no volverse a cerrar. Y lo lindo es que está abierto para todos. Está abierto, pero requiere ojos capaces de ver esta apertura, corazones capaces de sentir y experimentar las cosas que se dan en este reino de los cielos. 

El cielo está abierto a los ojos de la fe, de la fe activa, que se concreta en obras  y sentimientos de caridad. No se abre enteramente el cielo a los ojos del mero sentido común; tampoco basta la mirada de la ciencia. Estos ojos, cuándo no están nublados por prejuicios, algo pueden presentir y entrever del cielo abierto. Pero no bastan. Y no es algo negativo que no basten. Todo lo contrario. Gracias a que el cielo se abre de par en par a los ojos de la fe del que ama, conservamos nuestro espacio de autonomía y de libertad, que de otra manera perderíamos. 

Esto no es algo extraño a nuestra experiencia humana. También el alma de cada persona es un cielo abierto para los ojos de los que la aman y un cielo cerrado para aquel que mira con indiferencia o mero espíritu de investigación y curiosidad. 

Ahora bien, cómo podemos ayudar a nuestros ojos a que vean el cielo que nos ha abierto Jesús, cómo pueden nuestros oídos escuchar entre los ruidos del mundo la voz del padre que señala Jesús como su hijo amado, cómo podemos hacer que el espíritu se pose sobre nuestro corazón pacíficamente como una paloma y nos impulse a seguir la voluntad de Dios?

Es lindo usar aquí la imagen del desborde que tanto le gusta al papa Francisco. El cielo se abre por un desborde de la misericordia de Dios. Y el desborde lo produce una diferencia de nivel en la tierra, un abajamiento como el de Jesús que al sumergirse en las aguas del Jordán desnivela la realidad y hace que el Padre no puede resistirse a confesar su predilección y que el Espíritu tenga que descender, sí o sí, a este Jesús humilde que atrae sobre sí la misericordia y el amor de Dios.

Sucede así en otros pasajes del Evangelio.

En el preciso instante en el que la Virgen María envuelva en pañales a Jesús y lo recuesta en el pesebre, Lucas nos dice que se abrió el cielo para los pastores que habitaban en la región de Judea y la gloria de Dios los envolvió con su resplandor.

En la transfiguración cuando Jesús se pone a hablar con Moisés y Elías acerca de su éxodo y Simón Pedro, que no sabe bien lo que dice, pero se da cuenta que sería bueno hacer tres tiendas para quedarse allí escuchando este diálogo a cielo abierto, también entonces se escucha la voz del Padre diciendo que Jesús es su Hijo amado.

Junto a estas aperturas grandes del cielo hay una multitud de aperturas pequeñas, personales. Cada vez que Jesús se abaja para servir a alguien -como en el lavatorio de los pies-, para perdonar -como cuando se arrodilla anta la acusación a la adúltera- y curar -como cuando lloró ante la tumba de su amigo Lazaro- , y cada vez que alguno del pueblo de Dios se abaja para adorar al Señor o para tener una actitud de servicio con los demás -como la viuda que dio sus dos moneditas y desniveló el corazón de Jesus-, se produce una apertura del cielo, desciende el Espíritu y el Padre confirma que Jesús es su Hijo amado. Los actos de fe en Jesús y los actos de caridad desnivelan la realidad y atraen el desborde de la misericordia de Dios. 

También nosotros podemos provocar este desnivel que hace que abran las compuertas del cielo y se desborde en nuestra historia la misericordia de Dios. 

Desnivelamos la realidad con nuestros gestos, cuando nos arrodillamos y tocamos el suelo con la frente en  adoración, como Jacinta, la pastorcita de Fatima, que rezaba: Dios mío, creo en tí, te adoro, espero en tí y te amo…

Desnivelamos la realidad con nuestra acción, cuándo nos arremangamos para servir, sin necesidad de muchas explicaciones, como todos los santos y santas “de la puerta de al lado”.

Desnivelamos la realidad interiormente, sin que se vea, cuando abajamos nuestras pretensiones y nos ponemos a la altura de la gente común y si es la de los más pequeños mejor.

Desnivelamos la realidad con el pensamiento, cuándo pensamos como Madeleine Delbrêl, que hacer pequeñas cosas por Dios nos hace amarlo tanto como hacer grandes cosas. Porque sabemos que estamos muy mal informados acerca de la medida que tienen nuestros actos. Nosotros no sabemos sino dos cosas: la primera, que todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño; la segunda, que todo lo que Dios hace es grande. Esto nos vuelve muy tranquilos a la hora de actuar.

Desnivelamos la realidad con nuestra esperanza, cuando allí donde nadie espera nada somos capaces de volcar toda nuestra angustia en Dios y dejar las cosas en sus manos con la certeza de que el obrará.

Diego Fares sj

Cuadro de la capilla de La Civiltà Cattolica

Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. » 

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» 

            Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

La tradición dice que los Reyes Magos eran sabios, en el sentido de buscadores de la verdad. No de una verdad abstracta, sino buscadores del verdadero Dios: ese que se encuentra superando cada vez las imágenes idolátricas que nos inventamos; un Dios al que se lo puede adorar, porque es siempre más grande que el punto al que hemos llegado con nuestra imaginación y nuestros razonamientos: El nos creado!; un Dios al que se lo puede servir, ofreciéndole en regalo lo mejor de nosotros mismos. 

Me gusta imaginar a los reyes magos partiendo del dato concreto de lo que regalan: oro, incienso y mirra, en el caso de Jesús; en el caso mío de niño: los mejores regalos del mundo por la emoción con que los esperábamos en los zapatitos que dejábamos en la ventana de la pieza que daba al patio. Siempre me encantó el detalle de que, además del pastito y el agua para los camellos, papá ponía una botellita de champán en el congelador, para que los reyes brindarán con algo fresco en nuestros calurosos eneros.

Al que le regala oro lo imagino como una persona de generosidad pragmática, de esas que te regalan dinero -una buena suma- para que te compres lo que quieras. Ese oro le habrá venido muy bien a San José en la dura etapa del destierro, en medio de las angustias de los refugiados. 

Al que le regala incienso lo imagino como una persona de generosidad en lo que hace a la fama, en el sentido de uno que no se inciensa a si mismo (ni le pega con el turíbulo a uno que desea humillar mientras ensalza a otro). Es uno interesado por la mayor gloria de Dios y no por la gloria propia.

Y como la mirra tiene propiedades medicinales, al que se la regala lo imagino como un médico o una persona que se ocupa en sentido amplio de la salud de los demás, de los sufrimientos y problemas vitales de la gente.  

Lo importante es que estos hombres desde tres ámbitos muy distintos de la vida buscan la verdad, esa verdad que les hace trascender sus ideas y se vuelve adoración, esa verdad que se concreta en el servicio al más pequeño y les hace regalar al Niño lo mejor que tienen, lo que más valoran en la vida. 

Epifania es la celebración de la verdad de Dios que ilumina a todos los hombres que tienen estas tres actitudes reales, de búsqueda de adoración y de servicio.

Ser de los que le regalan al niño su oro quiere decir ser gente realista, que goza usando bien el dinero poniéndolo al servicio del bien común: el bien de la familia, el bien del propio pueblo el bien de la humanidad junto con todo el planeta.

Ser de los que regalan al niño su incienso quiere decir ser gente realista, que goza devolviendo la gloria al creador; actitud noble que no roba el minuto de fama ni trabaja para el aplauso, sino para el oro verdadero que es la caridad y la misericordia vividas por sí mismas, sin necesidad de buscar un premio externo a ellas.

Ser de los que regalan al niño su mirra es ser gente realista, que ofrece a Jesús sus sufrimientos y que ayuda a sobrellevar los sufrimientos a los demás. 

Si sabemos mirar con la sabiduría del Evangelio descubriremos que hay tanta gente así a nuestro lado, gente regia, gente que no es un mero “personaje”, sino gente real, que regala su oro su incienso y su mirra, gente que no se detiene, sino que sigue andando nomás, como dice la canción, siempre en búsqueda de la verdad que, como la estrella de Belén, ilumina la vida y la mente de los que cultivan en su corazón estas actitudes reales que nos enseñan los reyes magos.

Diego Fares sj

Bailarina – Joan Miró (1925)

Al principio existía la Palabra,

y  la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre

viniendo a este mundo.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:

‘Este es Aquel del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado

y hemos recibido gracia sobre gracia:

porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, 

que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

La Iglesia nos invita a comenzar el año con Jesús, la Palabra encarnada.

Con esa Palabra que no es ningún concepto abstracto, sino que tiene Madre: María. 

Con esa Palabra a la que el Espíritu le pone música. Y así, como dice el salmo 119: se convierte en “lámpara para nuestros pasos y luz en el camino”. Lámpara para el pequeño y alegre paso que puedo dar hoy en el amor y en la fe. 

Es decir: con una Palabra que no tiene nada que ver con las ideologías. Vieron que la ideología se puede ver? Yo me doy cuenta de que alguien está ideologizado cuando me transmite la emoción de un sentimiento auténtico pero un brillo opaco en su mirada revela que no me mira a mí, sino a su propia idea, que no me habla a mí, sino que discute con lo que considera otra ideología.   

La palabra qué es Jesús no es el envase descartable de las ideas de Dios. Es más bien como las palabras de esos cuentos que nos contaba nuestro papá y que aunque ya conocíamos de memoria el argumento nos encantaba escuchar de nuevo cada noche antes de dormir.  

Pero antes de seguir hablando yo me gusta escuchar al comienzo del año lo que dice sobre la palabra una querida amiga, Madeleine Delbrêl. Como presentación para los que no la conocen baste decir que era una joven atea a la que en cierto momento de su vida “le explotó el Evangelio” y la dejó para siempre “deslumbrada con Dios”. Ella dice algo sobre nuestras discusiones que puede hacernos bien en estos tiempos en qué discutimos tanto usando las verdades del Evangelio.

Madeleine dice que tenemos que dejarnos evangelizar, una y otra vez. Especialmente cuando tenemos que defender una verdad del Evangelio. Si nuestra actitud no es la de dejarnos evangelizar por esa palabra que defendemos fácilmente se nos transforma en una ideología.  

“No podemos evangelizar a otros si no nos hacemos conscientes de que nosotros mismos estamos siendo evangelizados – que hemos “recibido” la buena noticia, que “se nos ha dado”. Lo que pensamos que “naturalmente creemos” no nos sentimos en deuda de proclamar – nos parece normal que esto se sepa. Esta fe que asimilamos a una “buena mentalidad” se reduce dentro de nosotros a los límites de una mentalidad humana – ya no podemos proponérsela a los demás como personas que han recibido libremente un tesoro y quieren compartirlo. De ser indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica. 

Nuestras certezas, las de la fe y las de nuestra mentalidad, hoy están siendo cuestionadas. Visceralmente, las defendemos. Dondequiera que haya materia para la discusión humana, afirmamos absolutos. Donde hay materia para la evangelización discutimos ideas, no damos testimonio de una vida. No anunciamos las buenas noticias. Porque el Evangelio ya no es noticia para nosotros: estamos acostumbrados a él, es una noticia vieja. El Dios vivo no es una felicidad prodigiosa y abrumadora – es algo debido, el telón de fondo de nuestras vidas. No nos damos cuenta de lo que la ausencia de Dios sería para nosotros; por lo tanto no nos damos cuenta de lo que es para los demás. Discutimos una idea cuando hablamos de Él, no damos testimonio de un amor recibido y dado. Defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos. No somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar. Así que sería inútil estar lo suficientemente cerca para ser escuchado, hablar el idioma de nuestros semejantes, estar presente y existir para ellos si, cumplidas todas estas condiciones, nosotros mismos no hubiéramos encontrado el mensaje de la eterna novedad de Dios”.

Me hace bien la lucidez con que Madeleine discierne cómo una verdad que es “indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica”. Esto sucede porque, “cuando hablamos de Él, discutimos una idea, no damos testimonio de un amor recibido y dado”. 

Esto nos pasa cuando “defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos”.

Esto acontece cada vez que “no somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar”.

No es acaso esto de lo que nos acusaban en el Congreso cuando decían que defendíamos el “status quo”, que criticábamos la nueva ley pero no ofrecíamos ninguna propuesta nueva?

Más allá de que esto sea verdad o no,  si en los oídos de los otros el Evangelio que nosotros predicamos no deja que primero resuene el timbre de su novedad (la Buena Nueva) ningún contenido que transmitamos tocará su corazón.  

Cuando hablaba Jesús y luego cuando hablaban sus apóstoles si de algo se daba cuenta la gente -tanto amigos como enemigos- era de que se trataba de algo nuevo, de una palabra que antes no habían escuchado. La novedad es lo que abre el oído y hace escuchar la música del Espíritu que da sentido a nuestros pasos.

Como dice Madeleine:

“Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que habla siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un matrimonio envejecido.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.

Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.

No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa,
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, 

saber detenerse 

y deslizarse en vez de caminar.

Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor”.

Qué más decir de Madeleine? 

Qué se puede decir de alguien capaz de imaginar esta poesía del “baile de la obediencia”. Igual me gustaría agregar que fue capaz de parafrasear así el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en casa nuestra como en el cielo”. 

Y para terminar de empezar el año alegremente  ya que Madeleine nos habla de San Francisco como juglar de Dios, comparto un recuerdo no muy conocido de San Ignacio:

Se sabe que un día en París, estando enfermo un discípulo espiritual suyo, le fue a visitar. Estaba el otro muy triste por la enfermedad. 

– “¿Qué es lo que puedo hacer por vos?”, le dice Ignacio. 

–  “Nada! Esto no tiene remedio” – le contesta el enfermo, que era vasco. 

–  “Si algo hay en que te pueda ayudar, aquí estoy”.

El enfermo animado por la repetida petición, le contesta: 

– “Una cosa le pido, si usted cantare y bailare como se hace en Vizcaya, esto creo que me daría mucho contento y alegría”.

 – “¿De esto recibirías mucha alegría?”

 – “Grandísima” – le contestó el enfermo. 

El padre Ignacio que tenía buena voz, empezó a cantar y bailó un zortziko vasco. Y enseguida de terminado, le dijo al enfermo: 

– “Mira, que no me pidas esto otra vez, pues no lo haría”. 

Fue tanta la alegría que recibió el enfermo, que a los pocos días quedó curado y libre de toda tristeza y melancolía. 

Diego Fares

Los pastores fueron rápidamente 

y encontraron a María, a José, 

y al recién nacido acostado en el pesebre. 

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, 

y todos los que los escuchaban quedaron admirados 

de lo que decían los pastores. 

Mientras tanto, María atesoraba estas cosas 

y las ponderaba en su corazón

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios 

por todo lo que habían visto y oído, 

conforme al anuncio que habían recibido. 

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño 

y se le puso el nombre de Jesús, 

nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción (Lucas 2, 16-21).

Contemplación

Qué cosas atesorar en el corazón del año que pasó? Es un trabajo de discernimiento elegir qué quiere el Señor que guardemos y qué se debe desechar. 

Un paso del discernimiento consiste en “ponderar” las cosas que nos han acontecido. Ponderar es pesarlas, determinar su “peso” en “medidas” de amor, que podemos concretar usando como medida el Nombre de Jesús. Recordemos la gloria de Dios es el peso de su Amor, de su mismo Ser. Y que las cosas se recapitulan en Jesús: lo que es “más” Jesús permanece, lo que no lo puede asimilar Jesús, es descarte.

Cuánto de Jesús tuvo cada cosa de nuestro año, podemos preguntarnos: cuanta paciencia de Jesús compartimos con Él para soportar los males, cuanta alegría de Jesús nos regaló el Espíritu para evangelizar, cuanta compasión de Jesús nos dio el Padre para tratar a nuestros hermanos.

Dolores Aleixandre, comentando la Contemplación para alcanzar amor de san Ignacio reflexiona acerca de este paso del discernimiento en nuestra Señora que “pondera” las cosas en su corazón:

“Es la actitud que el evangelista Lucas atribuye a María, que «guardaba todas estas cosas meditándolas y ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19). Symballousa es un participio griego que expresa la acción de reunir (sym-) lo lanzado (ballo) e insinúa:

una actividad cordial de ida y venida de dentro afuera y de fuera adentro

una confrontación entre la interioridad y el acontecimiento

una labor callada de reunir lo disperso, de tejer juntas la Palabra y la vida

Dice algo sobre el trabajo de la fe que María, la creyente, realiza en su corazón para unificar lo que conocía por la Palabra y la realidad que iba a aconteciendo ante sus ojos”.

Al terminar el año es lindo espejarnos en María y dedicarle un rato a este trabajo cordial de buscar dentro del corazón los sentimientos y afectos más fuertes y confrontarlos con los acontecimientos externos, buscando aquellos recuerdos que son para atesorar y que nos mueven afectivamente a la ofrenda de nosotros mismos y al don, al agradecimiento y al pedido de perdón. 

El Papa en su mensaje a la Curia nos da un criterio de discernimiento. Es una de esas reflexiones suyas proféticas que disciernen la realidad como separando de un tajo con una espada afilada lo que parecía confusamente mezclado por el mal espíritu. Nos ayuda a ver qué atesorar y qué dejar de lado.

“La Navidad – dijo- es el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret que nos recuerda que «los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar», como observa de modo tan brillante e incisivo Hanna Arendt, la filósofa hebrea que desmonta el pensamiento de su maestro Heidegger, según el cual el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, Arendt reconoce esta verdad luminosa: «El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y “natural” es en último término el hecho de la natalidad. […] Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: “Les ha nacido hoy un Salvador”». 

El discernimiento es simple: qué peso de nacimiento y qué peso de muerte discernimos en las cosas que nos pasaron, en las cosas que vivimos este año 2020. Lo que tuvo peso y olor a muerte es para dejar: que los muertos entierren a sus muertos, como dice el Señor en el Evangelio. Lo que tuvo el dulce peso de la vida lo ha comenzado el Espíritu Santo y con nuestra colaboración lo llevará adelante: es algo para guardar,  para sembrar y a su tiempo cosechar.  

            El peso bruto de los hechos lo conocemos, está a disposición de todos en internet. Su peso neto (el peso real más la gracia del Espíritu) lo tiene que discernir cada uno, entrando y saliendo de sí, confrontando las cosas externas con los sentimientos que el Espíritu nos da en nuestro corazón. Porque las mismas cosas pesan distinto según sean queridas por Dios y vengan  envueltas por el amor y la compasión de un corazón o por la indiferencia y el odio de otro. 

La pandemia con su hambre de abrazos, sus calles desiertas, sus médicos vestidos de astronautas, sus pacientes sin rostro en respiradores artificiales, sus fosas comunes y el conteo de contagios, impredecible e implacable… 

Hay un conjunto de cosas qué hacen más anti-vida al Covid-19 en comparación con otras enfermedades y males. Dejando la palabra definitiva a los especialistas, como simple ser humano veo que se juntan muchas cosas dañinas: la velocidad del contagio, el hecho de que contagian los asintomáticos, el hecho de que haga más daño a los más frágiles, el hecho de que vuelva por oleadas sin respetar lugares ni climas, el hecho de que no alcancen las terapias intensivas, los respiradores y el personal capacitado para tratarlo y el hecho de que recién ahora están apareciendo las vacunas. Esta suma de cosas que no podemos controlar hace que se paralice y se bloquee a cada rato la vida, que se deterioren la economía y se debiliten los lazos sociales.

Rápidamente respondimos a estos males con un modo de actuar y de razonar que sigue en el fondo la lógica del “nacimiento”. El modo de actuar de médicos, enfermeras y personal sanitario ha sido y es el de una entrega total e incondicional al cuidado de la vida: se arremangaron y desde hace 10 meses que trabajan hasta quedar exhaustos ayudando a pacientes concretos en su lugar de atención. La entrega supera las quejas, la vocación de servicio supera aún los reclamos más legítimos. El modo de razonar simple e incuestionable de todos fue: hay que encontrar la vacuna. Aunque la charlatanería y los discursos ideológicos -que se reinventan para subsistir- han superado todo lo que uno pudiera haber imaginado,  no hacen mella en la convicción compartida de que la solución va por el lado de la vacuna. 

Es decir: la lógica de la vida, que se despliega eligiendo el camino largo de la prevención, supera la lógica de la muerte, con su camino corto de la reducción de daños. 

Es tan dañino el virus que la reducción de daños no alcanza. Aunque parecía una locura, de hecho y rápidamente, paramos -intentamos parar-  el mundo hasta encontrar una vacuna. Por supuesto que la lógica de la muerte todo lo discute, desde la duración de las cuarentenas hasta el color político de las vacunas. Pero a las buenas o a las malas todos nos vamos convenciendo de que no hay soluciones simples ni a corto plazo. El virus es malo en serio y no hay atajos para combatirlo fuera del antídoto que lo neutraliza, lo cual supone combatir el mal con el bien y no con males menores.  Esta lección tan evidente y radical que nos enseña este virus es la que tenemos que aprender a aplicar en los otros ámbitos de la vida. 

En el cuidado del planeta, por ejemplo, no podemos apostar a la reducción de daños. No podemos pensar que es exagerado trabajar a largo plazo en la prevención. Son para atesorar, pues, todos los pequeños pasos que nos llevan por el camino largo el cuidado del planeta. 

En el tema de la gestación de la vida, el único camino es el de cuidar, educar y acompañar a las que deberán asumir la decisión de dar vida. Es un camino largo de infinito respeto y de amor prodigado a todos los niveles personales y estructurales por toda la sociedad. Este amor es la única vacuna contra el virus del aborto. No tener a toda la sociedad buscando esta vacuna y aplicándola, es lo que hace que fracasen, en cuanto ideológicas y parciales, todas las soluciones meramente principistas o pragmáticas. 

Debemos saber que toda ley nace de algo que es más que la ley: del amor, personal y social. Nadie mejor que los cristianos deberíamos saber que no hay ley perfecta que pueda hacer que sea prescindible el amor personal y social. Digo esto para hacernos conscientes de que ninguna ley merece ser defendida absolutamente ni atacada absolutamente y de que en medio de leyes imperfectas siempre podemos apostar al amor. Son, pues, para atesorar en el corazón todos los pasos que, en el camino largo del cuidado de toda vida, han sido pasos que llevan la marca de una misericordia, de un respeto y de un amor ilimitados e incondicionales. Y todos los que han sido meros atajos o pasos formales son para dejar atrás.

Pensando una palabra qué definiera lo que ha significado el 2020 para la humanidad la única que se me ocurría es humillación. Hemos sido humillados. Por la enfermedad ciertamente.  Pero a esto se le suma el tener que aguantar a charlatanes y soberbios que no mueven un dedo para ayudar a los demás y cuya gestión desde los lugares de poder -ejecutivo, legislativo, judicial y de comunicación- ha demostrado estar muy lejos de la altura que requieren las circunstancias. Sin embargo de la humillación vivida con amor al Señor nace la humildad, qué es la madre de todos los bienes. Atesoramos por tanto en el corazón las humillaciones vividas por amor a Jesús y por querer servir a nuestros hermanos. Que el señor las tenga en cuenta y las convierta en fuente de bendición para nuestra humanidad golpeada y sacudida por la crisis actual.   

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