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            Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden cargar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

            La reflexión de hoy, sobre la Trinidad, nace del diálogo interior con un hermano musulmán. Para hablar de la Trinidad siento que para mí es mejor partir del diálogo con alguien fiel que cree en Dios y, por adorarlo como el Dios Único, tiene dificultad para aceptar nuestras fórmulas trinitarias, y no partir del diálogo de sordos con un mundo que ni siquiera se plantea que pueda existir una Trinidad, o del diálogo con gente que cree que con sus reflexiones teológicas ya lo sabe todo acerca de Ella.

            Charlamos con Sheer, un pakistaní musulmán que vive en San Saba, nuestro centro de acogida para “personas en situación de haber tenido que emigrar de su país” (cómo expresar la situación del que tiene su casa -en su país y en el de inmigración-, pero no tiene “papeles”?). A poco de escucharlo nombrar regiones y ciudades como Kashmir, Islamabad…, me doy cuenta de lo poco que sé de Pakistán. Son más de 200 millones de personas; su monte K2, el segundo más alto del mundo, domina el imaginario geográfico de mi amigo como el Aconcagua el mío… Sheer tiene hoy ganas de hablar y yo, que voy a San Saba para eso, lo sigo. Me pregunta mi edad. Cuando le digo 63 ahí nomás me pregunta cuántos hijos tengo. Yo me quedo medio cortado al ver lo raro que suena en su cultura que alguien no tenga hijos. 

            Este fue el encuentro más “fuerte” de esta semana. Y suelo partir de esas cosas significativas para confrontarme con el Evangelio del domingo. 

            En Europa, en cambio, no suena raro lo de no tener hijos. Pero por otros motivos, más raros todavía. Actualmente aquí la gente no tiene hijos o tiene uno, a lo sumo dos. Acá ni siquiera es raro no casarse. Solamente es raro no tener parej@. 

            En la siesta de este rinconcito romano multicultural que es San Saba, nuestra Basílica situada sobre el Aventino, en un barrio cuya historia se remonta al siglo VI (aquí vivió San Gregorio Magno y su madre Silvia), se da un fenómeno raro en la conversación: la inmediatez de la charla hace sentir la distancia cultural. 

            Basta ver qué está cocinando alguno de los huéspedes para caer en la cuenta de que no es fácil explicar vivencialmente lo que es un mate o comprender el tipo de fideos que come un nigeriano. Y lo mismo sucede al hablar de la familia entre un encargado del centro que es italiano y tiene una sola hermana y un senegalés que tiene más de veinte hermanos y medio hermanos de las cuatro esposas de su padre. 

            A lo que voy es a que “entrar en una cultura” no solo requiere tiempo, sino también “vivir en un lugar”. Por eso es que el hecho de estar todos “acercados” físicamente por el mundo mediático común y por la posibilidad de viajar, paradójicamente dificulta la inculturación. La dificulta porque uno cree que todos pensamos parecido, pero a poco de hablar surgen diferencias grandes, muchas veces milenarias. Manejamos los mismos aparatos, pero los afectos van por otros caminos. El celular es el mismo modelo, pero cada uno escucha la música de su tierra y habla con familiares que habitan mundos tan distintos como un campo de refugiados sirios en Turquía, un pequeño pueblo con plantaciones de plátanos en Gambia o una ciudad a cientos de kilómetros del K2, desde la que se lo ve en los días claros (la montaña sobresale más de medio km entre las de su entorno).

            Al experimentar lo difícil que es explicar por qué no tengo hijos me viene a la mente lo que supondría empezar a hablar de la Trinidad! 

            Después, en casa, investigo un poco y leo lo que dice el Corán en el Cap. 4 v 171: “Oh Gente de la Escritura, no se excedan en su religión y no digan sobre Allah otra cosa que la verdad. El Mesías Jesús, hijo de María no es otra cosa sino un mensajero de Allah, una Palabra suya que Él puso en María, un Espíritu proveniente de Él. Crean pues en Allah y en sus Mensajeros. No digan “Tres”, dejen (de decirlo). Será mejor para ustedes. La verdad es que Allah es un dios único. Tendría un hijo? Gloria a Él. A Él le pertenece todo lo que hay en los cielos y todo aquello que hay sobre la tierra. Allah es suficiente como protector“.

            Me impresionan las expresiones que usa el Corán: “no digan ‘Tres’; “dejen de decirlo”; “No se excedan en su religión”; “Allah basta como protector”. 

            Hay allí una manera de pensar, una lógica que entra en diálogo con la persona y le da indicaciones precisas sobre cómo actuar. No dice: “no existe la trinidad”, dice: “no digan “Tres”, “dejen de decirlo”, “no se excedan”, “basta Allah como protector…”. 

            Es un lenguaje que no discute usando definiciones abstractas, sino que matiza prescripciones y sugerencias de modo persuasivo. Se siente la fuerza del mandato concreto, la apelación a la fe que tiene la gente en un texto sagrado. Y esto va “moderado” por una argumentación basada en el “no se excedan” y “será mejor para ustedes”. Es un lenguaje difícil de resistir; tiene algo de fascinación quizás porque actúa directamente sobre los deseos más que sobre el intelecto.

            De lo poco que conozco del islam, una de las cosas que más me impresionan es cómo con pocas prescripciones, muy precisas, hacen sentir la misma pertenencia a todos por igual -ricos y pobres, de pueblos y culturas muy distintas-.

            Y entonces? Con respecto a la Trinidad, veo que si vamos por el camino de los conceptos metafísicos, la discusión podría ser infinita, lo cual lleva a ni siquiera querer comenzarla. Si ya partimos de que para nosotros el misterio de Dios es que es Uno y Trino y los musulmanes y hebreos piensan que sólo puede ser Uno y único, mejor ni hablar. 

            Sin embargo, nuestra fe en “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero” no es cuestión de disquisiciones metafísicas sino de riqueza de Vida. Una riqueza de vida que nos permite relacionarnos con Jesús como hermanos, siguiéndolo de manera tal que Él se convierte en nuestro Señor, en nuestro Maestro de vida, en nuestro Salvador: el que nos perdona los pecados y nos alimenta con la Eucaristía. Nuestra fe en Jesús nos abre un camino a tratar con Dios como Padre, nuestro y de todos los hombres, nos sitúa en una cercanía familiar y a la vez llena de respeto y deseo de adoración. Nuestra fe en el Espíritu Santo nos hace escucharlo y gustarlo en nuestra vida cotidiana, sintiendo que es el mismo Dios el que nos mueve, el que nos enseña todas las cosas, nos fortalece y santifica. 

            Esta fe rica y compleja no es para “discutir” ni para elaborar teorías que no nos convencen ni a nosotros mismos, sino que es una fe para ser vivida plenamente y explicada “sin excedernos” en nuestras teologías, como bien recomienda el Corán.

            La fe en el Dios Trino y Uno nos permite acercarnos a todos los hombres y comenzar a caminar con ellos sin necesidad de poner por delante una Doctrina en sí misma ya terminada y completa, como condición para comenzar a hacer algo.

            Decía el Cardenal Martini: “El Espíritu nos enseña a “observar” la Palabra, siendo Maestro de nuestra vida práctica. Lo que importa es que la “observemos” -la vivamos- y con nuestro modo de vivir enseñemos qué quiere decir observar. Aquí no se pone el acento sobre una recta doctrina en sí misma, sino sobre la capacidad de hacer vivir evangélicamente a la gente; por tanto, antes que nada se trata de empeñarnos nosotros en vivir una vida evangélica”.

            Nuestra fe en el Dios Trino y Uno, antes que algo para “razonar y explicar” es un espacio infinito para relacionarnos con los demás “entrando por cualquier puerta que tengan ellos abierta con su fe”. 

            Podemos dialogar con el que cree en que Allah es el único Dios y no ofendernos de que no acepte la formulación ya acabada de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, de su misma naturaleza. A Jesús no le molestó presentarse como uno más, como un simple hijo del hombre, y por eso mismo es capaz de acompañar a uno que cree en el Dios Único sin exigirle que crea en Él, como hizo durante su vida terrena. Incluso a aquellos a quienes se reveló en toda su gloria y esplendor, les dijo que tenía muchas cosas para decirles pero que todavía no podían “cargar con ellas”. Jesús no se hizo problemas teológicos, por decirlo así. Confió y sigue confiando en que el Espíritu Santo que envía irá enseñando todas “sus cosas”, toda la verdad, sorbo a sorbo, no de un trago. En este sentido, un cristiano es uno que cree en que Jesús es el Hijo de Dios “en la medida en que el Espíritu se lo va enseñando y le va dando las fuerzas para cargar con esta verdad, haciéndola real en su vida”. Me animo a decir que en este sentido tenemos tanto para aprender de la Trinidad como un musulmán o un judío. Puede ser que gracias a muchos santos y padres y doctores de la Iglesia tengamos una elaboración teológica refinada y muy consistente de las verdades de la fe. Pero luego, a nivel personal, es bueno que cada uno se sienta como analfabeto, como mendigo de fe y de revelación,  como niño de escuela al que el Espíritu le tiene que enseñar todo sobre el Padre y el Hijo. En este punto, creerse que porque uno sabe un poco de teología, “tiene” la verdad revelada, es muy poco cristiano (y poco realista). 

            Por eso es bueno para la fe dialogar con los que tienen otra fe. No para discutir, sino para aprovecharnos de su modo distinto de creer y de las preguntas que nos hacen y las dificultades culturales que tienen para profundizar en lo nuestro, para ser “evangelizados” nuevamente por el Espíritu y tener esto como una actitud permanente: la de ser siempre discípulos.

            El Espíritu es nuestro maestro de vida y no solo nos “recuerda” y nos “enseña” la verdad de Jesús, sino que nos ayuda a “cargar” con la Palabra como el Señor cargó con la cruz (Jn 19, 17). 

            La Palabra es algo que se abraza y se carga como la Cruz, no es una espada o un dedo en alto que usamos para discutir. 

            La Palabra es algo que se recibe con la fe, que se contempla y se gusta en la oración,  y que se pone en práctica con la caridad y la misericordia. Haciendo todo esto, al mismo tiempo, se sale a anunciarla a los demás, a todos los pueblos y culturas. La Palabra no es algo que se usa solo para escribir libros ni -mucho menos- para proyectar esquemas de pensamiento de la propia cultura. 

            La palabra de Jesús -que “es La Palabra”- no es una palabra que Él pretenda decir entera! El se encarga de vivirla y deja que sea el Espíritu el que “cuando venga, el Espíritu de la verdad, Él los encaminará a la Verdad total”

            La Palabra con que nos “encamina” el Espíritu no son “ideas suyas”, no es una palabra autorreferencial: “Porque Él Espíritu no habla desde sí mismo, sino que lo que oye (de lo que se dicen el Padre y Jesús), de eso habla”

            La Palabra que dice el Espíritu no es tanto una explicación como un anuncio: “Les anunciará lo por venir”.

            Y mucho menos es una Palabra de autoelogio, es toda de elogio de Jesús: “El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. 

            Y este elogio que le hace el Espíritu, Jesús siente que no es algo suyo sino del Padre: Es que “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

            Como vemos, Jesús no da definiciones dogmáticas combinando números uno dos y tres, sino que nos revela un modo de actuar en comunión profunda entre el Padre el Espíritu y Él que la definición “Uno y Trino” no hace sino resguardar. Pero no es ni mucho menos el final sino el comienzo del amor que Dios nos quiere revelar.

Diego Fares sj

          “El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba

—«El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».

Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Contemplación

Sed del Espíritu, sed de Agua viva. Jesús es la fuente, el que dice: “el que tenga sed que venga a mí”. Lo dice a todos, y a nosotros nos toca anunciarlo. El que tenga sed, dice. No dice el católico, sino el que tenga sed. No dice la persona que esté en regla, dice el que tenga sed. No dice el que no esté en pecado ni, mucho menos el que no esté en “situación objetiva de pecado”, como se deleitan en precisar algunos, sino el que tenga sed…

Para san Francisco de Asís era el agua “la hermana agua”, la que es siempre humilde, pura, casta.

Nuestra hermana el agua es el signo más simple del Espíritu Santo. Decimos que es humilde porque el agua siempre baja, no asciende, busca el bajo para fecundar, para dar vida, para nutrir, para regar. 

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Uno de los problemas más acuciantes del planeta en la época actual es la desertificación. Será uno de los temas del sínodo de la Amazonia.  

Este fenómeno no se limita a la superficie de la tierra sino que se extiende también a nuestra vida, que corre el riesgo de desertificarse. La desertificación de la vida humana tiene una peculiaridad: no se da por vacío de espacios verdes sino por acumulación de espacios tecnologizados. La desertificación de la tecnología es la de las pantallas, que se iluminan y se beben con los ojos pero no calman la sed!

El Espíritu, en cambio, es como una pileta de agua limpian en la que uno se zambulle, es como el agua de un mate que se bebe a sorbos y calma la sed, sacia y alimenta.

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Se trata por tanto, ahora, en este Pentecostés, de suplicar al Padre, una vez más, que nos envíe su Espíritu, de pedirle al Señor que interceda, para que el Padre nos lo envíe en su Nombre.

Jesús es la Fuente Viva del Espíritu. El Padre nos lo manda desde el Corazón de su Hijo, no desde otro “cielo” como si fuera un lugar “físico”. Pedimos al Espíritu que baje a regar lo árido, a saciar nuestra sed, la sed de vida.

Se trata, por tanto, de abrir valles y canales al Espíritu. Los áridos valles de nuestras ciudades, los canales que llevan al corazón. Hay que construir fuentes, como en Roma (es lo más hermoso de Roma: sus fuentes y chorros de agua potable por doquier). Se trata de abrir surcos a la acequia, para que el agua irrigue toda la viña; y de hacer también riego por goteo, para que el agua de la Palabra llegue a cada uno en su medida, y sumerja la ciudad entera como un aguacero, que limpia el smog y deja el aire con olor a lluvia fresca; para que la Palabra moje los labios y refresque la lengua y el paladar de cada boca.

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Tenemos sed, y es necesario ponerle nombre porque son muchos los tipos de sed: sed de agua, sed de justicia, sed de Dios…

Todas estas imágenes apuntan a beber a tragos una sola: la de la humildad del agua que siempre busca el bajo, que va a la raíz. Como dice Menapace: “Achicate, hermano/ no busqués la altura/ andá por lo bajo/ buscá el trebolar…”

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La sed que despierta el Espíritu es la sed de Cristo, la sed del amor y la amistad con el Señor Jesús, nuestro buen Amigo, el que se sienta en el brocal de nuestro pozo y -como hizo con la Samaritana- nos pide de beber. 

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Es verdad que el Espíritu es el Agua viva que dinamiza todo lo vital y sacia toda sed, pero para la sed que fue enviado es para la que desea a Cristo, esa sed tan especial. 

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Se fijaron que sed no tiene plural? Es uno de esos sustantivos llamados “de singular inherente”, sea porque “sedes” suena mal, porque es también el plural de sede, o porque “cada sed es única y solo se sacia de modo singular”. Esto último me gusta más.

Hoy en día corre una tendencia vitalista, que insiste en que el Espíritu debe revitalizar todo lo humano. Y está bien, porque el Espíritu es así: Vivificante. Es Espíritu Creador, dio vida a todo y es capaz de renovar la faz de la tierra, de insuflar vida a nuestras comunidades y reanimar nuestras liturgias. Todas las dinámicas que sirven a dar vida sean bienvenidas!

Pero en cierto punto es necesario discernir dos detalles: uno, si al saciar toda sed no pasa que nos “equilibramos” tanto que se nos aplaca la sed ardiente de salir en busca de Cristo crucificado y resucitado; la otra, si el embeleso de los dinamismos bien bailados y organizados no nos encierra en nuestros mundos a medida y se disminuye el volumen del clamor de los que están afuera. Me vienen a la mente los ojos de Zacarías, un chico del Mali, cuya selección nos ganó por penales los octavos del sub-veinte. Vino a Italia hace seis años (tiene 19 ahora) y apenas le dan algunas changas en nuestros centros de acogida. El quiere trabajar y en los ojos se ve la desesperación del joven que no ve futuro, del que siente que no le dicen nada, pero que las puertas del trabajo están muy pero muy limitadas para los extranjeros pobres. Para los extranjeros ricos el hotel De la Ville, que tengo enfrente, ofrece suites que pueden llegar a costar 13.000 euros (más IVA) por noche.

A lo que voy es que puede suceder que la sed de justicia, si uno se ocupa mucho de cultivar dinámicas, se calme; deje de quemar. No por una cuestión de calidad, sino de cantidad. 

Es necesario, sin dudas, mejorar la calidad de nuestra vida comunitaria, de nuestras relaciones interpersonales, de nuestras liturgias y celebraciones, de nuestros estudios y publicaciones…, pero hay un desequilibrio cuantitativo con el que nos tenemos que confrontar más crudamente, pienso yo. No me extiendo aquí en que hay gente que se muere de sed o que tiene que caminar kilómetros para encontrar una canilla de agua no contaminada y gente que toma agua de Evián, que cuesta 32 euros (y un agua japonesa, el agua kona nigari, que sacan del fondo del océano y venden a 380 euros la botella). De lo que quiero hablar es de la Palabra, del Agua viva del Evangelio. 

Hay un mundo al que no le llega la Palabra! Y hay tanta gente a la que le haría tanto bien escuchar las palabras de Jesús. No podemos tratar la Palabra como si fuera el agua de Evián o de kona nigari. El Papa usó la imagen para hablar de la unción del Espíritu: no somos repartidores de aceite en botella!, dijo. El agua del Espíritu es para todos o no es el Agua del Espíritu.

Comencemos por aquellas palabras del Evangelio que se pueden beber como agua fresca. Propongo tres que indican tres modos de beber. 

La primera, principal e imprescindible, es “misericordia”. Misericordia es la palabra que se bebe a canilla libre: todos podemos beber todo lo que queramos y necesitemos, a boca de jarro o por gotas, según sea la sed, la enfermedad o la cantidad de gente de la que seamos responsables y hagan que debamos estar nosotros misericordiados para poder servirlos con misericordia. 

La segunda es “fraternidad”. Fraternidad es la palabra que se puede beber con todos: con los hermanos de sangre y de cultura, con los hermanos de otras razas y religiones y, también, con los que piensan y sienten y actúan tan distinto, que lo único común es nuestro origen y en todo lo demás disentimos. 

 La tercera que propongo es “justicia”. Es la palabra que se tiene que beber por turnos y emparejando desde abajo, para que cada uno tenga lo suyo. 

La sed tiene este aspecto cuantitativo, que le quita límite y la hace ser compartible de manera igualitaria y justa. Por expresarlo con una imagen: si uno ha saciado su sed, no se enoja si ve que otro toma más agua.

Del Espíritu tenemos sed como de Agua. Necesitamos que sea ilimitado y simple: necesitamos ser bautizados en el Espíritu, que nos sumerja en sí -río de agua viva- y, a la vez, que nos de a beber, sorbo a sorbo, el evangelio entero de Jesús. Necesitamos la sencillez cristalina de una Palabra que se nos de sin discusiones ni complicaciones. Como decía Teresita: “Para almas pequeñitas, nada de métodos muy, muy complicados. Les dejo un caminito de confianza y amor”.

Por eso, la señal de que algo es del Espíritu -y no del maligno que se disfraza de ángel de luz- se puede discernir tomando el agua como clave. Si algo es del Espíritu la pueden recibir, compartir, beber y asimilar todos, como el agua. 

Si tiene que ver con la misericordia, que es la sed básica e imprescindible para la vida, toda persona la puede beber en la cantidad que necesite y desee, todos los días, sin límites, sin condiciones. Por eso, como insiste el Papa, el bautismo no se le niega a nadie. 

Si es algo que tiene que ver con la fraternidad, que es la sed compartible, uno se puede sentar a la mesa a beber con todos: toda persona es hermana. 

Si es algo que tiene que ver con la justicia, que es la sed diversa, como el Espíritu le da a cada uno lo suyo en el momento oportuno, todos debemos estar atentos a no suprimir esta diversidad, a respetarla, a respetar los tiempos y modos de cada uno. 

…..

Están los que invierten la lógica del agua, la lógica bautismal y alimenticia o sediticia: ponen tantas condiciones, que hacen que la persona al ver lo que tendrá que cumplir apenas “salga del agua bautismal”, no se anime a tirarse a la pileta. Los que exigen así es porque no confían en que el gusto del agua fresca y pura, la limpieza que brinda y la plenitud de recibir la Gracia y la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, irán haciendo que la persona misma vaya “convirtiendo” su futuro y sus aspectos más egoístas, por decirlo así. Pero para ello tiene que poder experimentar primero la dicha sobreabundante del perdón y de la gracia santificante! 

Algunos siguen la lógica de no regalar nada que el otro no pueda luego pagar, la lógica de limpiar solo a los limpios, la de alimentar solo a los puros, la lógica de “te perdono el pasado si me asegurás que no pecarás más en el futuro”. Convierten en condición previa lo que el Señor da como consejo para adelante: el “de ahora en adelante no peques más” lo convierten en condición previa. Dan vuelta todo. En definitiva: te niegan el agua! Convierten el Agua del Espíritu en agua de Evián o de kona nigari.

Una formulación que usan es decir, por ejemplo, que la Iglesia no tiene que hablar de política sino de teología. Entienden que hablar de agua común es política y cuando dicen teología están pensando en el agua de kona nigari, como si el Espíritu fuera embotellable y estuviera al alcance solo de los ricos de espíritu.

No es así: el Espíritu es Agua común, agua viva para todos los que tienen sed de Jesús y de su Evangelio. 

Diego Fares sj

Francisco Camilo – Museo de Cataluña (1651)

                                                                                                                               

Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarsea todos los pueblos la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.» Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

            Lo que debemos predicar los cristianos es el perdón de los pecados. Predicamos como testigos, porque hemos sido perdonados. Predicamos no en nombre propio, porque no somos quién, sino en Nombre de Jesús, el Único que puede hacer algo así. Y predicamos con la fuerza que da el Espíritu Santo, porque si no, uno se cansa, tanto de perdonar como de ser perdonado. Es así.

            Sabemos qué significa el perdón de los pecados. Es perdonar las malas acciones que uno realiza libre y conscientemente. Sabemos también que hay “condiciones”. Para ser perdonados tenemos que reconocer el pecado, confesarlo, pedir el perdón, reparar el mal objetivamente hecho, en la medida en que se pueda y, lo más importante, perdonar a los demás aquellos pecados que tengan que ver con nosotros, como decimos en el Padre nuestro.

            Hay que recordar que estas condiciones no son externas, no es que nadie nos obligue a confesar o a reparar, sino que forman parte del perdón mismo. Si no reconozco algo como un error, como algo que omití o algo con lo que herí a otro, no puedo ser perdonado. El poder del Señor trabaja sobre mi libertad, no tanto sobre las consecuencias del pecado (por eso luego se deben reparar sus malos efectos objetivos). Perdonar es aceptar que, así como libremente me fui en una dirección, libremente ahora la cambio. Ser perdonado significa que “puedo empezar de nuevo”. 

            Reconocer el pecado es volver a empezar, este es el punto. Volver a empezar de manera radicalmente distinta un camino que emprendí para un lado, con un estilo, y dirigirme hacia otro lado, con otro modo. 

            Perdonar los pecados de los demás, sus errores, sus faltas, sus vulneraciones, es darles también la oportunidad, el derecho, la gracia, de empezar de nuevo. Como digo, no significa olvidar ni aceptar el mal que me hicieron en cuanto resultado objetivo -esto se debe reparar en la medida de lo posible y con la ayuda de todos y principalmente de Dios-, pero sí puedo aceptar que empiece de nuevo, como se me concede a mí, con todo lo que eso implica.            

            Que se pueda comenzar de nuevo es una gracia que actúa benéficamente sobre tres ámbitos de nuestra vida: 

sobre el presente (es actual, puedo empezar hoy, ahora), 

sobre el futuro (es posible empezar de nuevo) 

y sobre la comunidad (es legal, está permitido, vale).

            El Papa es uno que insiste en todos los modos posibles que se le ocurren y que el Espíritu le inspira, en esto de “empezar de nuevo”. Es casi un punto único de su predicación, que repite siempre. Y lo repite, precisamente porque los que se molestan porque siempre dice lo mismo es que no lo entienden, aún no pueden abrir el corazón a esta verdad que es la llave de todas las demás. Si no dejás que la predicación del Papa te toque el corazón y te “absuelva” esa dureza que no te permite perdonar, no puedes ser perdonado. 

            Evangelii Gaudium dio el primer grito: “Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! (EG 3).

            En Amoris Laetitia recordó con fuerza algo que, luego, Benedicto le agradeció en el aniversario de la propia ordenación: “El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita” (AL 296). 

            La imagen que usó para ablandar a los que “prefieren una moral más rígida, que no de lugar a confusión”, fue la de la Iglesia Madre: “Una Madre que al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (AL 308).

            Luego, enGaudete et exsultate definió a los cristianos como “un ejército de perdonados” (GE 82) y habló de”No negar ni disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso».Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza” (GE 89). 

            En “Vive Cristo, esperanza nuestra” -reafirmó con convicción: “Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar” (CV 1 y 2). Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado (CV 12). Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (CV 119). Hay que perseverar en el camino de los sueños. No hay que tener miedo de apostar y de cometer errores. Sí hay que tener miedo a vivir paralizados. Aún si te equivocas siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte la esperanza” (CV 142). (Hay que crear “hogares”, ambientes adecuados y) Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias” (CV 217).

            Volver a empezar es la esencia de la vida natural, que se renueva cíclicamente de manera ya determinada. Es también la esencia de la técnica, que construye aparatos que se resetean y reinician sus procesos, limpiando lo que atasca y contamina. No puede no ser la ley de la vida espiritual! No puede ser que, precisamente la vida espiritual, se vea frenada, impedida, complicada, por la maraña de leyes que impiden volver a empezar, que impiden y condicionan el perdón. 

            El Señor nos manda “predicar la conversión para el perdón de los pecados”. Y ni Él mismo pudo hacerlo sin suscitar “escándalo”. No le aceptaban que perdonase en sábado, que comiera con los pecadores, que no se lavaran las manos para comer los granos de trigo mientras iban de camino en suma pobreza. Empezar de nuevo es como resucitar, con llagas, sí, pero volver a vivir. Nadie nos puede quitar esa gracia. El Señor pagó un duro precio por ella y no lo hizo para que venga alguno a querer ponerle condiciones a su perdón y a su ofrecimiento de un amor incondicional. Que haya siempre alguno que lo aprovecha mal, no significa que nosotros debamos cerrar la puerta, poner vallas y comenzar a pedir papeles. A nosotros nos toca predicar que Dios perdona los pecados. 

            Las condiciones las debe ir preguntando cada uno, a medida que sienta lo que este perdón implica. No debemos adelantar el formulario con todas las condiciones, porque espanta a los pecadores y esto es todo lo contrario de lo que Jesús hacía, que no solo no rechazaba a ningúan pecador, sino que los iba a buscar!

            Lo que termina abriendo o cerrando la Misericordia es muchas veces algo casi imperceptible, es una cuestión de tiempo: una dinámica es dar el perdón primero y ponerse un paso (o varios) atrás del otro, esperando que vaya preguntando “qué debemos hacer”. Siempre un paso atrás y “rebajando” la exigencia, como los apóstoles en el primer concilio de Jerusalén, que no querían “imponer cargas” a los nuevos convertidos, sino solo las indispensables, teniendo en cuenta la cultura de la época y las costumbres. 

            La otra dinámica es la de pegar en la puerta de la Iglesia el folleto con las exigencias, los horarios y el precio de lo sacramentos, antes de verle la cara a nadie. Y mientras tanto, estar todo el día discutiendo qué dijo y qué no dijo tal acerca de quién puede o no puede comulgar, para que quede escrito en un libro, cuando vivimos en un mundo en el que hay cinco mil millones de hijos de Dios que ni siquiera saben que hay un Dios con el que se puede comulgar y que, de saberlo, preguntarían primero dónde está ese dios de pan y, como hacen los pobres, después de recibirlo y de saciarse, de dar las gracias y sonreír, al ver que es gratis y abundante y que renueva las fuerzas y da vida, solitos preguntarían qué pueden hacer para ayudar a darlo a los demás y, a medida que pase el tiempo, ocupados en esta tarea, surgirá sola la pregunta de si uno puede ser más digno para recibir mejor un don tan grande. En la familia, el pedir perdón de los propios egoísmos, no se impone, sino que nace de la sobreabundancia de amor gratuito y desinteresado que uno recibe durante toda la vida. Muchas veces pasa tiempo, hasta que uno se da cuenta de que el bien que recibió, brotó de la entrega libre de sus padres, de tanta paciencia y de tantos perdones. Entonces, sin que nadie lo exija, uno se siente en el deber de pedir perdón, de reparar, de mejorar, de aceptar los límites de los otros y de perdonarlos también.

El Señor garantiza todo esto Ascendiendo al cielo y sentándose junto al Padre, que es como decir: no digo nada más. Lo cual es decir: vuelvan a escuchar bien lo que he dicho, que es lo esencial.

Diego Fares sj

Le pregunta Judas (no el Iscariote): 

Señor ¿cómo es eso de que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo? 

Respondió Jesús y le dijo: 

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; y vendremos a él y en él haremos morada. En cambio el que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les he dicho estas cosas mientras permanezco con ustedes. 

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre les enviará en mi Nombre, Él les enseñará todas las cosas y les recordará todas las cosas que les dije.

 Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean».

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes porque viene el príncipe del mundo. A mí no me hace nada, pero es necesario que el mundo conozca que amo al Padre y que hago las cosas tal como el Padre me las mandó. Levantémonos, vámonos de aquí (Jn 14, 22-31).

Contemplación

            Tres “moradas” y un “ir y volver”. Cuando Judas -el fiel, no el Iscariote- le pregunta a Jesús “Señor, cómo es (eso de) que te vas a manifestar a nosotros y no al mundo”, Jesús le responde hablando de tres moradas y de su irse y volver, de su estar yendo y viniendo, podemos decir. 

            “Vendremos a él y haremos morada en él” le dice. El Padre y Yo vendremos y haremos morada en el que sea fiel a mi Palabra, en el que conserve mi Palabra en su corazón -como María- y la ponga en práctica en su vida. Vendremos y haremos casa en su alma, nos hospedaremos en él. 

            Este venir y hospedarse del Padre y de Jesús es misterioso. No podemos explicarnos muchas cosas: cómo es que viene, cómo es que está… Pero quedémonos en que uno sabe por connaturalidad que las personas muy queridas “viven” en nosotros, habitan… Quizás una buena imagen es decir que hay personas que tienen su lugar propio en nuestro corazón. Como un huésped especial que tiene la llave de casa y su propio cuarto y puede venir cuando quiere. Es gente que puede entrar sin llamar, como dice una de las chacareras más hermosas de Carlos Carabajal, cuya letra es del poeta santiagueño Pablo Raúl Trullenque  (1936-2000): Mi pueblo es un cantor/ Que canta la chacarera/ No ha de cantar/ Lo que muy dentro no sienta/ Cuando lo quiera escuchar/ Entre a mi pago sin golpear. Esta letra expresa tan bien lo que quiere decir el Señor que da gusto: hay un pueblo (y un Dios) que está siempre cantando, lo que siente muy adentro. Y para escuchar hay que entrar a donde habita. Se entra sin golpear. Ojalá podamos decirle al Señor que entre así en nosotros. Y si uno siente que solo no es muy digno, hace bien saber que como parte de ese pueblo, sí se lo podemos decir. Porque nuestro pueblo sabe hospedar al Señor. También lo dice Trullenque: Así es como se dan/ En la amistad mis paisanos/ Sus manos son/ Pan, cacho y mate cebado/ Y la flor de la humildad/ Suele su rancho perfumar.

            Me gusta esta imagen del huésped para no entrar en disquisiciones teológicas o psicolológicas sobre la inhabitación trinitaria en el alma, que por ahí me distrae del centro. El corazón de lo que Jesús dice es que su venir a nosotros y permanecer en nuestra vida tiene que ver con la fidelidad a su Palabra. Es en torno a su Palabra que se da la realidad de su presencia. Y por eso, para que hablemos bien, para que su Palabra se abra espacio, se haga diálogo compartido, en el que uno pregunta, como lo hacían los apóstoles, como lo hace Judas hoy, el Señor inventa la Eucaristía: una mesa común en la que compartir el pan nos remansa el alma y nos permite conversar en familia. 

            Comiendo juntos es como somos fieles a su Palabra. Comiendo juntos el diálogo familiar va brotando tranquilo. Es lo que se contempla en la imagen del cuadro de los discípulos de Emaús, de Sieger Köder (1925-2015), el sacerdote y pintor alemán: la presencia del Señor se expande como luz en el espacio entre las Escrituras y el Pan y el Vino.

            En torno a la mesa, cada miembro de la familia siente que puede decir sus cosas y escuchar el corazón de los demás en lo que se va diciendo. La mesa familiar es el lugar donde la Palabra encuentra su mejor espacio para “habitar”. No es la palabra que decimos cuando llamamos a otro para charlar de “un tema”, cosa también muy buena, sino algo más amplio: la palabra primordial que es uno mismo y que se va diciendo en muchas maneras a lo largo de toda la vida: compartiendo algo que le pasó, contando un chiste, anunciando un deseo, una buena noticia, contando una pena… En la mesa familiar cada uno es él mismo y se expresa en el conjunto, no haciendo un unipersonal, sino aportando su palabra a la de los demás. Cada uno puede reflexionar acerca de la relación que tiene lo que uno es y lo que puede decir en la mesa familiar (a veces hay cosas que lleva años decir, pero uno sabe que las dirá en alguna ocasión, porque allí están los suyos, que la acogerán seguramente como amor). La cuestión es que el Señor une su venir a habitar en nuestra casa y en nuestra mesa familiar con su Palabra. Una cosa ayuda a la otra: la mesa a la palabra y la palabra a la mesa. Se necesitan y se complementan. Lo que tiene para decir, esa Palabra que es Él mismo, no la puede decir en un discurso sino a lo largo de toda la vida y entre la gente de su familia. 

            Entonces si entendemos -Judas- por qué el Señor se manifiesta a los suyos y no lo hace en público. Y los suyos, nosotros que somos honrados con esta presencia suya que es la de uno de casa, debemos seguir el mismo camino para profundizar en esa Palabra y para anunciarla al mundo: debemos perseverar en esto de hacerle casa al Padre y a Jesús, de  hospedarlos -hospedando a los pobres- para que hagan su morada entre nosotros, para que vengan cuando quieran.

            La otra morada de la que habla Jesús es la del Espíritu. El Espíritu también es alguien que viene a habitar: es el Dulce Huésped del alma, el Paráclito, El que nos está siempre al lado, como quien quiere estar a nuestra disposición, para instruirnos y defendernos, para ayudarnos a discernir y elegir lo que le agrada al Padre, lo que Jesús nos sugiere. 

            El Espíritu es -digamos así- el Huésped estable. Es como el que le organiza la venida y la presencia al Padre y a Jesús. Organiza la agenda, en el sentido de que conoce los tiempos -los de Dios y los nuestros- y va encontrando “el momentito oportuno” para cada encuentro, para cada cosa. Él hace su tarea con mucha discreción, de manera tal que uno sienta que “se va encontrando” providencialmente con Dios a lo largo de su jornada y de su vida. También es el que dosifica la Palabra de Jesús, para que “se ilumine” la Palabra justa en cada situación. 

            El Señor anuncia esta tarea que tendrá cuando dice que “El Espíritu nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Él nos dijo”. Vemos cómo también la Presencia del Espíritu tiene que ver con la Palabra. 

            El Espíritu Santo es uno que viene a enseñar y a recordar. Su habitar en nosotros, por tanto, tiene algo que ver con la escuela. Aunque quizás esta sea la imagen estándar que nos viene cuando nos dicen que alguien nos “enseñará”: la imagen de la maestra de escuela o del profesor. Sin embargo hay otras imágenes. Se me ocurre más bien la de esas personas que nos dicen, si querés que te enseñe, te me tenés que poner al lado, tenés que ver cómo voy haciendo las cosa, tenés que verme en acción, porque yo no tengo tiempo de sentarte y ponerme a darte clases teóricas. 

            Pero atención! Porque el Espíritu invierte de alguna manera lo que sería la actitud de uno que nos quiere enseñar su modo de trabajar para que colaboremos en su empresa. La invierte, digo, porque somos nosotros los que no tenemos tiempo de sentarnos a que nos enseñe, y entonces Él se nos pone al lado y nos acompaña durante nuestra jornada. Previendo que somos así, es que Jesús hizo todo para enviarnos Alguien que nos acompañara por la vida. La imporancia del trabajo que hizo el Señor fue la de hacernos desear su venida y su compañía. No era cuestión de enviarlo, nomás, y que no lo recibiéramos, como pasó con Él. 

            El Espíritu, por tanto, no tiene interés en enseñarnos en primer lugar un trabajo en particular, no tiene una misión para darnos de entrada, sino que lo que desea primero es enseñarnos a vivir y hacer lo mismo que ya hacemos, pero “con buen espíritu”, usando los criterios de Jesús, para que nuestra vida resplandezca y de testimonio de la Bondad del Padre. 

            Hay que avivarse de esta inversión de roles, porque si no uno anda siempre mirando para arriba, esperando que baje el Espíritu en forma de Paloma, y resulta que el Espíritu lo tiene al lado, lo tenemos adentro; o uno está esperando una palabra que lo ilumine de arriba y le resuelva las cosas y el Espíritu está trabajando en los afectos, para que sintamos bien, confiado en que la palabra justa, si estamos en paz, saldrá sola; o por ahí uno está esperando que venga del futuro y resulta que más bien tiene que recordar algo en lo que ya estuvo (suele ser más fácil reconocer su acción luego que hizo algo por entero, con todo el proceso que llevó). Por eso el Papa recomienda el examen del día, para ver cómo manejó el Espíritu esa Palabra de Jesús que se hizo carne en nuestra vida.  

            Con la clave de estas dos presencias o modos de habitar de las divinas Personas en nuestra vida -la del Padre y Jesús en torno a la mesa y la del Espíritu mientras vamos por la calle- podemos entrar en la tercera morada, que es a la que Jesús dice que “vuelve”, que va al Padre. 

            Releemos y meditamos la frase entera porque es central en el Evangelio: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquiete su corazón ni se acobarde! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean”.

            Leemos imaginando a Jesús sentado allí con los suyos, en torno a la mesa, compartiendo esto tan hondo, como cuando uno anuncia que se va lejos, de viaje, y que volverá, pero no pronto.

            Lo primero que hace Jesús, como siempre que viene, es darles la paz. Hace que las emociones no les nublen la mente para que puedan escuchar bien lo que les tiene que decir. El Señor usa su Palabra para indicarles cómo sentir: no tienen que inquietarse -les dice- sino alegrarse! Y para ello tienen que estar en paz. Esto es propiamente lo que llamamos un discernimiento. Jesús les enseña a discernir su Palabra, a discernir qué sentimientos abren la casa a la Palabra y le permiten hospedanrse -la paz, la alegría-, y qué sentimientos dejan afuera la Palabra -la inquietud, la tristeza-. 

            Lo que anuncia el Señor es que Él “vuelve al Padre”. Y dice que eso nos tendría que alegrar. Por qué? Si se va. La respuesta va por el lado de lo que meditamos antes. Pero cada uno le tiene que dar tiempo a relacionar este modo de “venir” a nosotros que tienen Jesús y el Padre (cuya agenda organiza el Espíritu), y el modo de “volver” de Jesús al Padre, su modo de “estar” con el Padre, que es Mayor que Él. 

            Lo que hay que pescar es la dinámica: el modo que tienen de estar entre Ellos es el mismo modo que tienen ahora de estar entre nosotros. Al decir esto, en ese clima único de la última Cena, el Señor nos ha compartido algo muy grande. Algo que solo pueden comprender los que comulgan con él y los que se dejan amaestrar en su vida diaria por el Maestro interior, por el Espíritu. Es algo que se va transmitiendo de persona a persona a lo largo de la vida y de la historia.

            Me encantó asociar la canción de Peteco Carabajal con este modo que tiene Jesús de entrar en nuestro pago sin golpear. Y más todavía descubrir que la canción era de su padre, Carlos Carabajal y la letra de don Pablo Raúl Trullenque. Un poeta desconocido para mí hasta hoy, que supo encontrar en la canción popular una tierra buena para que sus versos dieran fruto en las almas sin que se conociera mucho su persona. Es la gracia del cantor de la que habla Atahualpa en su poema “La responsabilidad del canto”, donde dice que:

            La luz que alumbra el corazón del artista/ es una lámpara milagrosa que el pueblo usa /para encontrar la belleza en el camino, /la soledad, el miedo, el amor y la muerte.

Y profetiza  a los poetas que creen en su pueblo y aman “traducirlo”: Nadie los nombrará./ Serán lo anónimo / Pero ninguna tumba guardará su canto. 

            Cuando uno descubre un alma gemela, un poeta o un pensador que expresa lo que uno siente, es como si lo sentara a su mesa, como si se convirtiera en amigo inesperadamente y pudiera hospedarse en su casa de ahora en más. Esta experiencia de descubrir un alma en un verso y ganar un nuevo amigo gracias a una palabra es de las cosas más lindas que tiene la vida. 

           Y Jesús nos dice que así lo viven Él, el Padre y el Espíritu. Que son como estos poetas, que escriben lo que sienten muy adentro y lo lanzan al viento, para que encuentren sus “yapitas” -como dice Atahualpa en “el canto del viento”- los que tienen sed de estas Palabras y siempre están atentos a lo que trae el Viento. 

            Tres moradas para la Palabra, para que venga y vaya y vuelva cuando quiera: la morada de nuestro corazón -como una mesa familiar-; la morada del camino, por el que nos acompaña el Espíritu; la Morada del Padre, de donde vienen Jesús y el Espíritu y adonde nos alegra que vuelvan y que siempre estén y un día nos lleven con ellos.

Diego Fares sj

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconoceránque ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

Contemplación

Así como Yo… les decía Jesús a sus discípulos. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. Aquí ni Tomás se hubiera animado a preguntar “Señor: y cómo nos has amado”. Porque lo sabían bien. Si por algo lo seguían, si por algo habían dejado todo, sus barcas, sus casas, sus trabajos, sus familias, era por estar cerca de ese amor. Algo habían experimentado que los hacía querer recibir ese amor en cada momento del día. El de Jesús no era un amor para llevarse a casa sino para irse tras Él y quedarse con Él. Si el Señor llevaba su amor a la casa de ellos, como cuando le dijo a Mateo que lo siguiera y fue a su casa, iban por ese amor a su propia casa. Y si el Señor se llevaba su amor a otros pueblos, que eran de esos “otros rebaños” que Él decía que también eran suyos, iban a evangelizar a esos otros pueblos. Donde fuera Jesús con su amor, ellos iban. Porque lo que habían sentido de una manera inexplicable solo con palabras, les produjo una atracción infinita, era un imán que los tenía gravitando como planetas alrededor del Amor de Jesús de Nazaret. 

Pero nosotros tenemos que preguntar. No a Jesús sino a ellos, los testigos, los apostóles de ese amor. Juan es quien mejor lo expresa. Por algo lo llamaban “el discípulo que el Señor amaba”. 

Así que podemos hacer como si le preguntáramos: Cómo era el Amor de Jesús?

Y quizás, recordando cómo lo conocieron, lo primero que nos diría es que…: 

“Era un amor fácil de seguir. Cuando el otro Juan nos señaló a Jesús, nos dijo “Ese es el Cordero”, “Ese es el Siervo de Yave” (Cordero en nuestra lengua suena como Siervo), nosotros recordamos a Isaías que hablaba del Mesías como uncordero manso, como un hombre de dolores inocente, justo, fiel, que no se opone, ni combate, ni se enfrenta con sus carniceros. Pero aquella tarde en que lo seguimos, de lo que me di cuenta es de que Jesús era una Persona fácil de seguir. Se dio vuelta y al ver que lo seguíamos nos preguntó qué buscábamos y le dijimos “donde vives” y Él: vengan y vean. Eso fue todo. Nos quedamos toda la tarde y lo que experimentamos ahí es lo que cuento en mis cartas y en mi evangelio.

 Lo segundo que digo en mi carta es que su amor era vida. Vida en el sentido de vida, vida común, cotidiana, un amor vivible, quiero decir. Porque después vinieron muchos que hicieron del amor del Señor algo invivible. Una cosa tan sublime -les parecerá a ellos-, tan perfecta -si es que eso es perfección- que terminó siendo lo contrario del amor: algo para mirar de lejos pero no para vivir todos los días. 

No era para nada así. El amor de Jesús era un amor vivible y perfectamente comprensible para todos, como es la vida que la vivimos todos, no solo los cultos ni los perfectos. La vida la vive cada uno y a su manera, porque no hay “vida en general” sino la mía y la tuya y la nuestra. Por eso digo que “La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1, 2). Eso experimentamos viviendo con Él: que su amor era vida y que se nos mostraba -vengan y vean-. La vimos, la oímos, la tocamos con nuestras manos. 

Aquí viene lo tercero que diría de su amor: El amor de Jesús era un amor que se podía tocar con las manos. Por eso no nos sorprendió cuando tomó el pan y nos dijo que era su Cuerpo. Lo mismo que cuando le dijo a Tomás que tocara sus manos y metiera su mano en la herida de su costado. El amor de Jesús era como un pan, que se puede tomar con las manos y partirlo y llevárselo a la boca; era como una herida que se lava y se tocan sus bordes y se venda para que sane. 

Un amor fácil de seguir, un amor como la vida cotidiana, que se puede ver y oír y tocar.

Estas características son bien de carne, y se pueden resumir diciendo que el amor de Jesús era un amor encarnado, era su amor a personas concretas que se cruzaban en su vida en medio de situaciones bien concretas, no era un amor de manual, como si pudiera haber algo así. 

En quinto lugar puedo decir que el amor de Jesús era un amor luminoso. Su modo de hablar, su modo de relacionarse con todos, tenía luz, iluminaba, te hacía comprender las cosas, era transparente. El amor es así, lo que el que te ama hace es lo que siente por dentro, hay armonía y eso se siente, se percibe, y en Jesús esto se daba siempre y abundantemente, por eso digo que era Luz. 

Pero la palabra que más me viene es la de “hermano”. Y esto sería lo último que diría (sabiendo que se podrían llenar todos los libros del mundo hablando del amor de Jesús, pero más que llenar libros, de lo que se trata es de que cada se contagie y escriba el suyo, contando -con su vida- cómo es el amor de Jesús para él!). 

En sexto lugar digo que el amor de Jesús era un amor de hermano. De hermano en el sentido de que “hermanaba”. Creaba como un puente directo al Padre y entre nosotros. Esa es la palabra. Lo mismo con nuestra Madre. El amor de Jesús nos regala a su Madre que -inmediatamente, con la frescura de su presencia, con su fragancia- nos hermana. Por eso si me preguntan qué elegiría de entre todo lo que puedo decir, que no tiene límite, para acercarles cómo era el amor de Jesús, digo que era un amor de hermano. Un amor que hermana con los demás y con todo. 

San Francisco fue después el que mejor comprendió esto. Y por eso la gente sentía que se les hermanaba. Y no solo la gente, sino todas las creaturas, los pájaros, las cosas, hasta los peces y el lobo. Jesús se nos hermanó, nos hizo sentir hijos del mismo Padre, nuestro Abba del Cielo y de la tierra, y hermanos entre nosotros. Por eso siempre que escribo cuento las cosas como uno se las cuenta a sus hermanos. Porque sabe que cuando un hermano vive algo lindo y lo comparte, los otros sienten un gozo completo, como digo: Les escribimos esto para que estén en comunión con nosotros y nuestro gozo sea completo. 

Amense entre ustedes como Yo los he amado. Yo los amé, diría Jesús, de muchas maneras, pero en todas ellas los amé como un hermano. En la vida familiar, la relación de “hermandad” viene al último, a partir de que nace el segundo hermanito. Primero están las otras: las relaciones de pareja, de maternidad/paternidad y de filiación. Pero cuando nace el segundo, como me dijo una mamá citando a otra (autora anónima): “El ‘segundo’ corrobora lo que ya sospechábamos (a pesar del inmenso miedo)… que es posible enamorarse de otro hijo, con la misma pasión e intensidad”. 

Nada mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que “su” Padre, el que lo llama “mi hijo amado, mi predilecto”, puede amarnos también a nosotros. Somos “el segundo y muchos más” y Él nos ama “con la misma pasión e intensidad” con que ama a Jesús. Como esa madre a su segundo hijito.

Ninguna otra expresión mejor para poner en labios de Jesús y que nos explique cómo es que pudo dejarnos a su Madre. Estaba Él en la cruz y el desgarro de Ella era inimaginable, y sin embargo, pudo amar a Juan (y en Juan a todos sus otros hijos) con el mismo amor y la misma intensidad como una madre ama a su segundo hijo. 

La relación de hermandad y de fraternidad completa las demás y las “saca afuera”, las expande, las potencia, sin que dejar que se vuelvan abstractas. Como dice el Papa Francisco: la hermandad permite que los iguales sean diversos: incluye totalmente respetando las diferencias. Dejarlo a Jesús que se me hermane, es dejarlo que sea como Él es. Esto solo lo puede hacer el Espíritu. Y cuando la hermandad nace del Espíritu, es un amor capaz de transformar todas las relaciones sociales. Por eso es que ayuda mucho rezar sintiendo y gustando el amor de Jesús como amor de Hermano.

Diego Fares sj

            En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás

y nadie las arrebataráde mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos

y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos uno»(Jn 10, 27-30).

Contemplación

            Estoy escribiendo sobre la fraternidad y me vino esta imagen de Jesús como Cordero en el sentido de “uno más del rebaño”. El Señor nos salva hermanándose. 

Si algo tienen los corderitos es ser hermanos, como todos lo somos en ese tiempo de la infancia en que los hermanitos jugamos juntos y nos dejamos apacentar. 

La fraternidad estáen el centro del Documento de Abu Dhabi. Francisco contaba que les llevó a él y al Gran Imán de Al-Azhar,Ahmad Al-Tayyeb, más de un año redactarlo y corregirlo. (Hago un paréntesis sobre mi falta de cultura para con los nombres de otras culturas -árabes, africanas, del asia…-. Cuando se juntan en una frase varisa palabras como estas ya no distingo de quién hablan ni de dónde es. “Al Azhar” significa “florida” o “la más esplendida”-por la hija preferida del profeta, Fátima-. Para entendernos: esta Mesquita Al AzharUniversidad Al Azhar, es como “El vaticano musulman”. Ahmad Al-Tayyeb no es el Papa, porque los musulmanes no tienen una autoridad máxima, pero de de este espléndido lugar en El Cairo, Al Azhar (mezquita y universidad), surgen las interpretaciones doctrinales más leídas y respetadas por los sunitas, que son entre el 80 y el 90% de los musulmanes. 

El documento comienza diciendo: 

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente estállamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

            Aquí quería llegar: Jesús es quien mejor expresala fraternidad humana y divina. Siendo Dios se quizo hacer hermano, con todo lo que esto significa. Su revelación de cómo es el Padre no la hizo con definiciones abstractas, sino existencialmente, hermanándose con todos nosotros. 

Es importante entender esto que se da a un nivel muy inmediato, a nivel de piel y de sangre, no conceptualmente. Cuando uno escucha las parábolas de Jesús quizás lo más importante y lo “no dicho”, es que las cuenta hermanándose. Son parábolas que al leerlas, además de la enseñanza específica que tiene cada una -la del sembrador, la del hijo pródigo, esta de las ovejas…-, uno se siente más hermano con el Señor. 

Se trata de una aproximación indirecta que hace Jesús, que lleva eso tan admirable que es que no lo sientan distante ni siquiera los que más atacan a la Iglesia. Es más, como que muchos se sienten alentados por algo que está en la misma imagen de Jesús a criticarnos a los cristianos cuando no somos fieles a este Jesús-hermano. Cosa que debemos agradecer, porque habrá críticas que hieren, pero si nos ayudan a no perdernos la hermandad con el Señor, bienvenidas sean.

            La parábola del Buen Pastor y de las ovejas que escuchan su voz, se puede leer como la parábola de la hermandad. Sin querer explicar conceptualmente todo, sino más bien oliendo esta verdad que surge de un Jesús con olor a oveja, como dice el Papa. El pastor cuida y conduce con autoridad el rebaño pero hermanándose, cargando en hombros a la oveja perdida, curando a las enfermas, llamando a cada una por su nombre, protegiéndolas, como un hermano mayor, para que nadie se las arrebate de su mano, como dice Jesús aquí.

            Si dejamos que esta palabra “arrebatar” nos conmueva -arrebatar es pegar un zarpazo y esta es la resonancia de la palabra griega “harpazein”-, vemos que Jesús la usa dos veces, para expresar cómo nos cuida Él y cómo nos cuida el Padre. Es esta la imagen que utiliza para afirmar que Él y el Padre son Uno! 

            La unidad de Dios no se define, se muestra en su modo unitario de protegernos para que nada ni nadie nos arrebate de sus manos. El Padre y Jesús son uno en este abrazo al corderito, en esta protección que brindan a las ovejas. Son Uno en esa actitud primitiva de abrazar y proteger a la criatura indefensa. 

            Esta es una imagen primordial de Dios que nosotros no debemos dejar que nada ni nadie nos la arrebate. Sé que mi Dios es Alguien que no deja que me arrebaten de sus manos.

            Sin embargo, la imagen del mundo es la de un mundo que ha sido arrebatado a los zarpazos de las manos de Dios. Vivimos en un mundo que yace herido y lastimado, lejos de Dios. En un mundo que se ha perdido el rebaño y la casa paterna a la que pertenece y que se ha reconstruido en el exilio como ha podido, lejos de este calor familiar. Expulsado del paraíso, vivimos en un mundo que anda en situación de calle, sin hogar. 

            Que nadie nos puede arrebatar de sus manos no significa que no lo hayan hecho, significa que el Señor nos sigue “sintiendo” en sus manos y -sabiéndonos arrebatados- nos sale a buscar. Nos está buscando, eso significa que no nos pueden arrebatar. No es que no suceda, y muy a menudo, sino que Él no se resigna. Como las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos. Y no es que los busquen solo en lugares lejanos, en fosas comunes o en bancos de ADN, sino que los buscan cada día en el interior de su corazón: ellas mantienen el calor del recuerdo con un amor que es más real que todo lo de afuera y que no dejan que se los arrebate ni siquiera el olvido. 

            Viene bien cementar aquí esta verdad fundamental con la palabra de Nuevo Testamento: “[Nada ni nadie…] será capaz de separarnos del amor que Dios nos expresa en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 39).

            A veces uno expresa cosas profundas en forma de un cuestionamiento: “existe Dios?” o “Dónde está Dios?” (cuando alguien sufre injusticia, por ejemplo). Son preguntas que uno lanza contra el muro de las ideas comunes dentro de las cuales vivimos comunmente, muros que se resquebrajan y caen y nos dejan a la intemperie, sin defensa.      Aquí puede ayudar este muro último, esta última línea de defensa: Dios es Aquel – o aquellos, Jesús y el Padre- de cuyas manos nadie me puede arrebatar. Por más que tironeen, la fuerza con que esas manos tienen aferrado amorosamente mi corazón, son más poderosas. No me pueden arrancar de ellas. 

            La de estar en manos de quien nos sostiene y no nos deja caer, de quien nos lleva consigo y no deja que otro nos arrebate, es una imagen básica, como decíamos. 

La imagen de las manos que nos reciben al nacer; 

las manos de nuestro padre o de nuesta madre cuando nos llevan por la calle, en medio de la gente, sin soltarnos; 

la imagen del que nos sostiene la mano en el lecho de la enfermedad y, aunque no pueda evitar que nos arrebate la muerte nuestro cuerpo, nos hace sentir que no nos suelta el alma, que como personas, seguimos unidos a sus manos más allá de lo que pueda pasar. 

            En la imagen física de aferrar a otro de la mano, se esconde una realidad más profunda: existir es estar de la mano. Es poder tender la mano y saber que otro la agarrará. Nos agarraron al nacer y no nos sueltan al morir. En el medio, se nos tienden y tendemos muchas manos. 

            Allí se sitúa Jesús y esa es su verdadera imagen, la que expresa su ser Uno con el Padre. 

Jesús es todas las manos que tendió en la vida, y que por eso se le llagaron y por eso no quiso curarse esas heridas. 

Jesús es también uno que se confía en nuestras manos. La Eucaristía no es solo “alimento”, sino alimento que se toma con las manos. Por eso lo reconocieron al partir el Pan, por su modo de tenerlo entre sus manos para ponerlo en las nuestras. Son los gestos básicos que hacemos al comulgar -extender las manos para que el sacerdote nos ponga en su hueco a Jesús. Así como insistimos en que se convierte en Pan para poder ser nuestro alimento, también podemos decir que se convierte en pan para que podamos tenerlo en nuestras manos (y por un momento experimentar lo que significa tenerlo y “que nadie nos lo vaya a arrebatar”, para ser Uno con Él y con el Padre).

            Comulgar supone este momento previo, de recibir y tomar en las manos y hacer nuestro al Señor, que no se nos caiga, que nadie nos lo robe. Esto es más que “comerlo”. Poder hacer este gesto de cuidado para con nuestro Creador y Señor, es una delicadeza suya para con nosotros, es un gesto de hermano, como cuando la madre le deja al hermanito mayor que tome en brazos al recién nacido. Cuidando que no se le caiga pero confiando en que no lo dejará caer. 

            En el hermano que cuida a su hermano se completa amorosamente el círculo virtuoso de la familia y el amor alcanza el número perfecto de sujetos, perfecto en el sentido que se abre a todos los demás. En el hermanito que abraza a su hermanito rodeado del abrazo de sus papás, la familia siembra el sentido social, la fraternidad que se multiplica y que va integrando a todos.

            Volvemos a Jesús Pastor-Cordero. En el abrazo del Señor a los más pequeñitos, a la oveja que nadie le puede arrebatar, en ese abrazo que aquí hemos contemplado como abrazo de hermano mayor, (que se da en el sobre-abrazo del Padre que nos incluye a todos en su Hijo) queda consagrada la fraternidad humana, como gesto fundante de la vida social y política y económica. 

            Toda política que no abraza así, como hermano mayor, al más vulnerable, no es política, no es bien común, sino anti-política. El signo de este abrazo es no dejar que “nadie” arrebate al más fragil. Que ningún mercado financiero pegue zarpazos que dejen a la intemperie a los más pobes… La imagen defensiva es clave para detectar políticos verdaderos de mercenarios. 

            En este último tiempo, en muchas partes de Italia, se suceden los ataques a familias gitanas (aquí les dicen “rom”). El argumento es que reciben casas en algún barrio o edificio de las periferias en menos tiempo del que debe esperar un italiano. La lucha por leyes más justas se traduce en violencia contra personas concretas, contra familias con niños. El Papa recibió a 500 miembros de la comunidad rom. La reflexión que hizo es que el problema no es solo social o político o de raza sino el problema de la distancia entre la mente y el corazón. Un problema de distancia. Precisamente eso es lo que el Señor sana “abrazando y estrechando contra su corazón a la ovejita y no dejando que se la arrebaten”. Es la distancia entre mente y corazón la que se sana con la hermandad. 

La hermandad encuentra la distancia justa con el hermano. No es algo que se pueda fijar desde afuera, con normas precisas. Los hermanos “sienten” cuando hay algo que los separa. Entre hermanos siempre se llena esa distancia que hace que una idea separe los corazones.

Diego Fares sj


            Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 

            Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron […] El discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!  Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. […] Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. […] Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

            Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos. Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como Amigo? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero. Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. […] Después añadió: –Sígueme” (Jn 21,1-19).

Contemplación

            Tres escenas de amistad para que queden en nuestras pupilas y les acerquemos otras nuestras, de amistad en el Señor. 

            La primera imagen es la de los apóstoles que salen juntos a pescar: “Vamos contigo”. Para mí, hoy, es la frase de Gabriel Longueville le dice a su compañero más joven, Carlos Murias, en la casa de las monjas, cuando el grupo que se identificó como de la policía dijo que lo buscaban sólo a él: “Voy con vos. No te dejo solo”.

            La segunda imagen es la de Jesús a la orilla del lago haciéndoles “de cocinero”. Esta expresión es de un gran amigo, el padre Alfonso Villalba sj. Lo conocimos en Ecuador, cuando fuimos “de misioneros” a trabajar en el Colegio Javier, como maestrillos, allá por el año 1982. Villalba había sido un hombre de gobierno en la Compañía -provincial y superior-, pero ya estaba medio jubilado, en un Ecuador con pocas vocaciones. Se ocupaba de las cuentas del Colegio y tenía algunas clases de sicología. El decía que era como que ya había “cerrado” con la vida y con la llegada de los jóvenes argentinos revivió. Estaba encantado con nuestros cuentos de la Argentina y de lo que hacía Bergoglio con la formación. Cómo se le había ocurrido mandarnos a Ecuador, a Japón… Recuerdo que las clases terminaban tipo a la una de la tarde y llegábamos a comer casi a las dos. Los otros padres ya se habían ido a dormir una siestita antes de retomar la tarea, pero él nos esperaba. Mientras comíamos, se fumaba su cigarrillo… y nos hacía charlar del día. Nos hacía “de cocinero”, como diría después en los Ejercicios que Bergoglio le invitó a dar a nuestra Provincia Argentina en 1985, (y en medio de los cuales se fue para Alemania, ya que terminaba como Rector del Máximo e iniciaba ese camino por el que el Señor lo trajo a Roma). Recordando esos tiempos veía que fue el último “gesto” de Bergoglio, traernos a Villalba a dar los Ejercicios Espirituales. Y él al darnos esta meditación al finalizar los Ejercicios, usó esa imagen, la de un Jesús que nos hace de cocineros a sus amigos cada vez que nos prepara la Eucaristía. Siempre me quedó eso a la hora de ir a Misa: la de sentir que Jesús nos espera en la orilla del día, con el fuego prendido y el pan calentito de la Eucaristía

            La tercera imagen es la del diálogo entre Jesús y Pedro. La comenta así nuestro Papa Francisco en su exhortación apostólica: “En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad”. “Lo fundamental (en nuestra vida) -dice el Papa- es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada joven (de cada persona) es ante todo su amistad. Ese es el discernimiento fundamental”.  Y agrega: “Y si fuera necesario un ejemplo contrario, recordemos el encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor. Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no pudo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” (CV 250-251).

Porque la amistad con Jesús es apostólica, inclusiva, abierta, convocante: “Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo” (CV 153). 

La amistad es “voy con vos”, “Vamos juntos”.

La amistad es “hacernos de cocineros”.

La amistad es “apacentar a los corderos del Señor”, a sus pequeñitos; cuidar los hijos de los amigos, recibir a los amigos de los amigos… 

Compañía, comunión, pastoreo. Son cosas de amistad, que Jesús vivió con los suyos y que nos invita a que las hagamos extensivas a todos. 

Sin la amistad las bienaventuranzas se convierten en otra cosa, no se entiende qué quiere decir “felices los pobres” si no son “pobres con los que somos amigos y que son amigos entre sí”. Sin la amistad pasan a ser “los pobres que están allá, a los que vamos con alguna obra de misericordia, con algún paquete de yerba o arroz y un pullover o los visitamos en el hospital. Personas a las que no terminamos de conocer bien ni su nombre ni su apellido, y con quienes no encontramos tema para charlar. En cambio, qué distinto cuando nos hacemos amigos! Entonces sí, felices ellos y felices nosotros. 

Y lo mismo con las otras bienaventuranzas. No se llora de verdad si uno no es amigo. Y si uno es amigo, es feliz cuando llora con un amigo que perdió a un ser querido. Somos felices cuando nuestros amigos lloran con nosotros, sin necesidad de hablar.

O la bienaventuranza de los perseguidos. Qué sentido tiene tiene ser perseguido por practicar la justicia o por hacer las cosas en Nombre de Jesús, si uno no tiene amigos con quien compartirlo? 

Los que discuten si los mártires son mártires o no basándose en si murieron por un accidente o por un garrotazo en la cabeza, o en si murieron o no por odio a la fe (como si fuera distinguible del odio a la caridad para con los más injustamente tratados!), no ven que el martirio no se define por el odio del enemigo sino por el amor de los amigos. El martirio es testimonio de amistad con Jesús y con los hombres. Por eso el mártir muere perdonando, como se perdona a un amigo que, si nos hiere o nos traiciona, uno piensa que “no sabe lo que hace”, y si fue verdadero amigo, uno ya está esperando el día en que se le abrirán los ojos y nos pedirá perdón, aunque sea en el interior de su corazón. 

Si no es en clave de amistad, no se entiende el cristianismo. Peor aún, si se lo vive en otra clave, termina siendo hasta contraproducente. Una especie de monstruosidad en la que algunos terminan insultando a otros cristianos por internet por “defender” la verdadera fe!!! Puede haber algo más alejado del cristianismo -del dar la vida al descampado yendo a cuidar a otros por amor- que teclear con bronca cuestionamientos abstractos frente a una pantallita de celular? Pero ya lo profetizaba el Señor:”viene la hora cuando cualquiera que los mate pensará que así rinde un servicio a Dios” (Jn 16, 2). Si uno toma en serio esas palabras del Señor debe estar muy pero muy atento cada vez que “mata a otro”, aunque sea sólo con odio virtual, sólo con pensamientos y palabras. Porque por ahí está haciendo un servicio a Dios que nadie -y menos Dios- le pide.


Sin la amistad las mismas obras de misericordia se endurecen. Qué sentido tiene “dar de comer al hambriento” si uno no se hace amigo de esa persona? Digo amigo en las mil formas y grados que asume la amistad, en cuanto actitud abierta y ofrecida al otro en el tiempo con que se cuenta y en el modo posible que da la realidad. Hay gestos de amistad que duran un instante, que son solo un gesto de saludo a lo lejos, un cruce de mirada agradecida que reconoce al otro, una sonrisa dada amablemente al pasar… Y hay amistades que duran toda la vida y se cultivan y edifican como si fueran una casa y hasta una ciudad. 

Si uno no se hace amigo, si no condimenta el gesto de misericordia con algo de amistad, puede que la misma misericordia hiera la dignidad del misericordiado.

Y ni qué decir de los que sirviendo en obras de misericordia a los pobres pelean entre sí, entre colaboradores!!! Pelean por los puestos en la organización, por las funciones y roles, por el manejo del dinero, por espacios de poder, por ideas -dicen- más sensatas o más prácticas o más ortodoxas… La realidad es que es gente que no se hizo amiga entre sí, que se metió a servir para llenar alguna carencia, por lavar alguna culpa o para sentirse bueno y útil y, al olvidarse de cultivar la amistad, termina amargada y amargando la vida a todos. 

Sin la amistad, en qué se convierte la oración? En un deber que, como nadie exige externamente, termina siendo solo objeto de una culpa interna: me siento culpable de rezar poco… Acaso dice eso uno de su relación con un amigo -me siento en culpa por hablarle poco- sin agarrar inmediatamente el teléfono y llamarlo? La amistad es lo único más rápido que la culpa. Apenas uno siente que le faltó a un amigo ya está pensando creativamente cómo subsanar la falta. 

Si falta la amistad, la oración se enreda en círculos viciosos de todo tipo -autorreferenciales culposos o deberosos-.  Y si se recupera la amistad, la oración entra en círculos virtuosos de todo tipo, y fácilmente uno encuentra siempre tiempo y modo para rezar.

Termino con una frase de Francisco, que nos habla de esta vida que nuestro Amigo nos ofrece: “Porque la vida que Jesús nos regala es una historia de amor, una historia de vida que quiere mezclarse con la nuestra y echar raíces en la tierra de cada uno. Esa vida no es una salvación colgada “en la nube” esperando ser descargada, ni una “aplicación” nueva a descubrir o un ejercicio mental fruto de técnicas de autosuperación. Tampoco la vida que Dios nos ofrece es un “tutorial” con el que aprender la última novedad. La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos. Allí viene el Señor a plantar y a plantarse» (CV 252). Dejemos que arraigue en nosotros esta su Amistad!

 Diego Fares sj

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