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  Iban por el camino, subiendo a Jerusalén. Jesús se les adelantaba y ellos se asombraban. Le seguían pero tenían miedo. Y tomando consigo de nuevo a los Doce … (les anunció por tercera vez la pasión) Se le acercan entonces Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: Maestro, queremos que lo que te vamos a pedir nos lo concedas. El les dijo: ¿Y qué quieren que haga con ustedes? Ellos le dijeron: Concédenos que nos sentemos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Gloria. Jesús les dijo: No saben lo que están pidiendo. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado? Podemos – le respondieron ellos. Pero Jesús dijo: El cáliz que yo bebo, ustedes lo beberán y con el bautismo con que voy a ser bautizado, serán bautizados también ustedes, pero hacer que alguien se siente a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quienes está preparado. Los otros diez, como escucharon esto, comenzaron a indignarse con Santiago y Juan. Jesús, llamándolos junto a sí les dice: Ustedes saben que los que figuran como jefes de las naciones tratan despóticamente a la gente como si fueran sus dueños absolutos y los grandes de las naciones las oprimen, abusando de su poder y autoridad contra ellos. No es así entre ustedes: sino que el que quiera convertirse en el más grande entre ustedes, será su servidor(diakono) y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo(doulos) de todos. Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 35-45). Contemplación Hoy la contemplación va en diálogo con Javier Cámara y Florencia Barzola ya que ayer hicimos un programa juntos en Radio María meditando sobre el Evangelio de hoy. Decían ellos: En Argentina, por estos días, parecen haberse exacerbado algunas de nuestras características negativas. Por ejemplo, la del internismo, la del enfrentamiento, la del enojo y la indignación entre las personas. Por eso te proponemos que nos ayudes a reflexionar sobre estas cosas “tan” argentinas. Y nos dimos con que el Evangelio del próximo domingo, el de los hijos de Zebedeo: Santiago y Juan, que le piden a Jesús sentarse a su derecha y a su izquierda cuando esté “en la gloria”, es muy propicio porque habla un poco de todo esto; y de que, casi siempre, los conflictos, las divisiones, las “indignaciones” entre los hombres se generan por la búsqueda de poder, de honores, de prestigio, de riquezas. Y de allí surgen también las murmuraciones, los chismes y las críticas hacia los demás. 
  • Por eso la primera pregunta es, ¿por qué nos atrae tanto el “poder”,  el “prestigio”, el “tener” (había un jesuita que hablaba de “las tres P”- “plata, prestigio y poder”-, como las cosas que más buscan las personas a pesar de que Dios nos propone otras cosas totalmente distintas…
Está bueno partir del Evangelio. En el pasaje que citan del Evangelio de este domingo, se ve que Santiago y Juan vieron en Jesús una puerta abierta para entrar al Reino. Y la palabra Reino se ve que les resonó -como a nosotros- junto con otra: con la de “tener un puesto”. Pero resulta que en Jesús la única puerta abierta era y es la puertita de servicio. La puerta de atrás, no la principal! Jesús no distribuye puestos, sino tareas para hacer por los demás. Tareas, obrasde misericordia, que vienen cada una con su cruz, porque la vida de los que se meten a servir a los demás “se complica maravillosamente” (EG 270), como dice el Papa Francisco. E incluso – para colmo!- vienen con persecuciones.  Eso sí, aceptado este «cáliz», como les dice Jesús, las tareas que Él encomienda vienen  también con el ciento por uno: ciento por uno de rostros queridos, ciento por uno de personas con las que te hacés amigo para siempre en medio de esos servicios humildes que se realizan en nuestras obras de caridad, ciento por uno de alegría en esas cruces a las que le ponés el hombro. En las tareas de Jesús, al final te quedás con las manos vacías y con el corazón lleno de rostros.
  • Y lo de las tres P -plata, prestigio y poder-?
Yendo a las tres P que mencionan, aunque se entiende lo que se quiere decir, creo que no hay que simplificar. No sirve hacer discursos moralizantes, como si la plata, el prestigio y el poder fueran “malos” en sí mismos. El único Malo es el Maligno y actúa en el ámbito de la libertad humana, en el modo como usamos las cosas. San Ignacio habla de tres escalones por los que el Maligno nos tienta a “trepar”. Trepar. Anotemos esa palabra. Ignacio no habla solo de riquezas sino de “codicia de riquezas”; no habla solo de fama y honores sino de “vano honor del mundo” -la mundanidad espiritual de la que siempre habla el Papa y  que consiste en treparse a la propia gloria en vez de hacer que resplandezca la mayor gloria de Dios; y por fin, habla San Ignacio del último escalón, al que nos tienta el Demonio a subirnos, que es el de una “crecidasoberbia”. Crecida en sentido de creérsela y también de “creciente”, como cuando en las sierras decimos que se viene “la crecida”. La soberbia crecida es la que se auto-alimenta y en vez de aprovechar las humillaciones ordinarias que la vida nos ofrece cada día, usa todo para auto-justificarse, para volverse más y más soberbio. Los soberbios se comparan con otros más soberbios que ellos, nunca con la gente común. Y yo digo que se deprimirán eternamente cuando se enfrenten a la soberbia del Demonio, al lado de la cual cualquier soberbia humana queda chiquita -no pasa de desplante-. Entonces, el tercer escalón es el de la soberbia del poder, no el poder a secas, porque el poder cuando se lo usa para servir, es muy bueno.
  • ¿Hay de verdad un “poder” que sea bueno, que nos haga bien, que “merezca” ser buscado? (Guardini hablaba del “poder” como uno de los atributos del hombre que lo asemeja a Dios…). 
Claro que hay un poder bueno! Pensemos en el poder político: bien usado no solo es bueno, merece ser buscado y debe ser usado, sino que llega a ser la forma más alta de la caridad, como decía Pablo VI. Porque llega a mucha gente! La política trabaja con el Bien Común. Hay tantas cosas buenas que se hacen desde la política! Pensemos en la ley que por fin se votó en el Senado en estos días sobre la Donación de Alimentos. Estuvo trabada años. Los que en los Comedores nos hemos organizado para saber aprovechar los alimentos y las cosas que otros no usan y que están en buen estado y no vencidas, sabemos de la importancia que tiene liberar de posibles reclamos al que quiere donar. La ley supone la buena voluntad de las dos partes del que dona y del que recibe para hacer las cosas bien. Es verdad que hacen falta reformas estructurales de fondo y no es bueno institucionalizar que los pobres vivan de lo que sobra y no de lo que tienen derecho por justicia. Pero en el corto plazo, esta ley abre una posibilidad de aprovechar mejor los alimentos que se tiran. Juan Carr hacía tomar conciencia de que en la Argentina se tiran alimentos que podrían alimentar a 85 millones de personas! La política puede quitar obstáculos a las buenas prácticas de las sociedades intermedias y favorecer todo lo bueno que está activo en la sociedad. Lo mismo la justicia, cuando funciona bien, es motivo de gran esperanza, como hemos visto en el caso del juicio a los responsables de la tragedia de Once. La lucha de los familiares, que se hicieron «especialistas» en la ley, en sus tiempos, en lo que es posible probar, en aceptar las sentencias de acuerdo a lo que marca la ley y no pretender una justicia absoluta, que en esta vida no es posible, muestran que con el control y el seguimiento ciudadano, la justicia funciona. Cuesta dar la vida, porque los poderosos no te regalan nada. Pero funciona. El poder bien usado es un don maravilloso. Sobre todo en el mundo actual en que la riqueza y los recursos están. Es la primera vez en la historia de la humanidad que “hay” cosas para todos. Solo hay que dictar leyes inteligentes, que comprendan bien la complejidad de las relaciones que están en juego, aplicarlas ejecutivamente, y juzgar luego si se cumplen las cosas con equidad.
  • ¿Cuándo, en qué circunstancias la búsqueda de poder es moralmente desordenada? (No sólo la búsqueda de poder político, sino también de poder o de dominio sobre los demás, como suele darse en la vida familiar, en el trabajo, etcétera?
La riqueza se convierte en mala cuando es objeto de codicia. Es la parábola del rico necio… El problema no es la riqueza sino la necedad de codiciar lo que uno no podrá gozar. Con el poder, el problema es “la crecida soberbia”, no el poder en sí mismo. Pero discernir aquí es más complicado que con la riqueza. No se debería juzgar si uno que es poderoso es soberbio o no “mientras está ejerciendo el poder”. Mientras está mandando el que manda -en medio de la batalla, del partido, de la ceremonia…-, el que obedece debe estar concentrado en obedecer, no en juzgar si el otro es soberbio o no. San Ignacio, cuando iba a ayudar en la cocina, le decía al cocinero que lo mandara, no que le estuviera pidiendo “por favor”. Nada de “por favor, su reverencia, sería tan amable de pasarme el cucharón, si no le es molestia…». No! Si sos jefe de cocina, decís “Cucharón!!!”. Si estás operando, decís “bisturí!”. “Ese no, el otro!!!” El juicio se puede hacer después, mirando cómo el que manda revisa lo mandado, cómo corrige los errores y pide perdón…, viendo cómo consulta para seguir adelante. No en medio de la batalla. En nuestra democracia esta «evaluación» se hace cada cuatro años. Mientras, hay que tirar todos para el mismo lado, obedecer al que manda y no desautorizarlo. Por ahí, en esto, yo soy muy jesuita y no todos están de acuerdo en el bien que es la obediencia. Pero por los frutos se puede comprobar que «desautorizar al que manda a mitad del río» es siempre peor que obedecer. En todo caso, cuando se desobedece, se salva quien puede. Pero para los más pobres, siempre es peor si no hay una cabeza que mande. Entonces: la búsqueda de poder es moralmente desordenada cuando se usa el poder para beneficio propio y no se mira el bien común. El signo es la soberbia, porque el bien común, si lo buscás, te vuelve humilde. Pero lo que digo es que este juicio no se puede hacer «todo el tiempo», ni lo puede hacer cualquiera y menos sin respetar las instancias. – A veces uno trata de pensar como político, y advierte que los políticos, incluso los buenos políticos, no tienen otro camino que el de recorrer el que propone el sistema impuesto: el que “enseña” que, para ser elegido gobernante, se debe ser famoso, tener prestigio, y tener dinero… ¿Cómo salir o evitar ese camino y ese “formato” de político? Ese formato es parte de lo que Jauretche describía como «Zonceras argentinas». Vale tanto para el político como para toda la sociedad que juzga, porque las dos cosas -los políticos y la sociedad- funcionan en espejo, en paralelo. Jauretche cuenta el juicio que hacía un amigo suyo. Decía que: “El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento. Quería significar que, paralelamente, somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y zonzos cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen al país, a la nación, a todo nuestro pueblo y a largo plazo”. Lo de que para hacer política hay que tener caja, prestigio y estar matando todo el tiempo enemigos, es parte de esa “viveza de ojo que es zoncera de carácter». Viene de no creer en la gente, de pensar que la gente es zonza. Puede ser que en el momento sí, que muchas veces la gente se engañe con los más vivos. Pero a la larga no. Por eso la política tiene que apostar al corazón y a la sabiduría de nuestro pueblo, el que piensa en sus hijos y cuida a los abuelos y ayuda solidariamente a los más pobres. No digo que sea una sabiduría infalible en todo. Pero no se equivoca en lo esencial. Si no se apuesta a eso, si los políticos no apuestan a que el pueblo «entiende lo bueno para sus hijos», todos los formatos son «vivos de ojo y zonzos de temperamento».
  • ¿Cómo debe ser el servicio de un político para que sea “santo”? Hoy pareciera que es imposible que un político, alguien que ejerce el poder político en un estado pueda ser santo… (quizá en esto está el fin lamentable que Maquiavelo le depara al “príncipe” porque siempre alguien lo odiará)…
Aquí viene bien recordar el tipo de santidad de la que habla el Papa. Un político nunca será santo de estampita, eso está claro. Pero hay una manera. Gaudete et exsultatelo dice expresamente: «Tenés autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14). Un político es santo si queda en la historia, en el juicio de su pueblo, como uno que fue honrado y que luchó por el bien común. La renuncia a defender intereses personales es un signo. Muchas veces es el único posible. Es San Martín renunciando a participar en las luchas internas. Se tuvo que ir! Pero él no era político sino un militar. La santidad política, la lucha por el bien común y no por los intereses personales, debe ser de las más difíciles, creo yo. A mí me ayuda pensar esto poniendo en relación -no simétrica, pero sí en relación- la santidad del político y la santidad del pueblo que gobierna. Porque la materia con que se plasma la santidad política es el bien común y en eso avanzamos o retrocedemos juntos, político y pueblo. No puede gestionarse un bien común que no es muy amado por todos. No sé cuál sea la proporción. Quizás el pueblo tenga que ser tres veces más santo que sus políticos, para que estos se encaminen bien y no se tuerzan. Hay una escuela en Concordia, en Benito Legerén -la Escuela San Roque González-, que la empezó un jesuita y se sostiene con el trabajo voluntario que donan los padres y los mismos alumnos con muchas horas de trabajo a la semana. Hay que ver lo que es! Allí todos trabajan con mucha buena onda. Como decía el padre Nardín en el Encuentro que tuvimos de Manos Abiertas, allí nunca se dio un «curso de voluntariado» para los jóvenes, ni hay que mandarlos mucho para hacer las cosas. Bastó con que ellos se fijaran en lo que hacían los grandes. Otras veces el político tendrá que poner diez veces más amor por el bien común que el que encuentra en la sociedad que le toca en un momento dado…
  • A veces, las actitudes de los demás (en nuestra familia, en nuestras relaciones, pero también la política -lo que hacen los políticos o los dirigentes-) nos “indignan”,como se indignaron los demás apóstoles ante el pedido de Santiago y Juan. ¿Indignarse siempre es “enojarse”? ¿Qué tenemos que hacer con lo que nos “indigna” para que no se convierta en una “interna” o en un “odio” que nos haga mal?
Creo que en este momento hay que aprovechar la onda de indignación ante el robo. El primer servicio político al bien común (que santifique políticamente a los políticos y a los ciudadanos de a pie) en este momento creo que  pasa por «no robar». Pero cuando digo no robar hablo de todas las formas que tenemos de robar, que son muchas y a veces indirectas. No hay que robar efectivo con bolsos pero tampoco hay que robar a futuro con bonos que darán beneficios inicuos a los que se aprovechan y los pueden comprar hoy. No robar teniendo dólares afuera, ni siendo descuidados en compartir ese 12 % que tiramos… No robar. Trabajar. No ser «ventajita». Creo que hoy nos hace bien poner límites absolutos en esto del robo, que ha tomado mil formas en nuestra sociedad (y que no era así en la vida de nuestros abuelos o bisabuelos). Es un primer paso de santidad en común en nuestra patria, de santidad política hoy: no robarnos. Dar. Hacer algo demás por nuestra patria. Aunque parezca que se lo llevan los vivos. Hay lugares donde podemos servir y dar de más y se aprovecha bien. Son “territorio nacional”, patria. Y lo que allí se hace es Política: servicio del bien común.
  • Por último, me llama la atención cuando Jesús les dice:  “No saben lo que piden”. ¿Ante qué tipo de nuestros pedidos de hoy, te parece que el Señor puede decir lo mismo?
El Señor les dice eso porque el puesto que pedían -a su derecha y a su izquierda- no iba a ser precisamente un puesto para sentarse. Él iba a la cruz y los que iban a estar a su lado iban a ser otros crucificados. Uno de ellos fue el buen ladrón, que se animó a pedirle que se acordara de él en su reino, y él sí recibió la promesa del premio: “Esta tarde estarás en mi reino”. Pensando en nosotros hoy, pensando en mis pedidos al Señor, lo que siento es que si uno pide la gracia de dar una mano, de poder ayudar al bien común, hay que saber que uno ayuda de verdad si cambia uno, sin esperar a que cambien los demás. El Papa dice que para combatir bien por la santidad «no hay que dejar de soñar con una entrega más bella» (GE 163). Ese es el poder real, el que uno puede ejercer sobre su propia vida, orientando sus sueños a esto que solo uno puede hacer real: a entregarnos más bellamente hoy de lo que hicimos ayer.
  • Una historia,  para terminar?
Sí, para terminar una fábula, como siempre, en este caso sobre algo a lo que hay que escaparle. Es de Castellani y la titula «Huida». Una vez atraparon a un monje que venía huyendo a toda furia mirando hacia atrás. -¡Párese! ¡Párese, don! ¡Adonde va! El anacoreta estaba que no lo sujetaban ni a pial doble. -¿Qué le pasa? ¿Quién lo corre? -¿Lo persigue alguna fiera? -Peor -dijo el ermitaño. -¿Lo persigue la viuda? -Peor. -¿Lo persigue la muerte? El anacoreta dio un grito: -¡Algo peor que la demencia! -y siguió huyendo. Venía atrás al galope un necio con poder. Como San José cuando huye a Egipto, no hay que dejar que nuestro sueño “de ofrecerle al Señor una entrega más bella cada día” (GE 163) se devalúe por los delirios de los necios con poder. Siempre hay que tener a mano algún «Egipto» donde exiliarnos y refugiarnos para que nuestros sueños y nuestra entrega den fruto a pesar de lo malo de los tiempos. Las obras de misericordia siempre están abiertas, esperando gente que  quiera ejercitar su poder sirviendo. Diego Fares sj

Cristo Misericordioso -Museo de Berlín – Mosaico

      Cuando salía Jesús al camino, uno lo corrió y arrodillándose ante él le rogaba: Maestro bueno, dime: ¿qué he de hacer para tener derecho a heredar la Vida eterna? Jesús le dijo:¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Conoces los mandamientos: No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre. El, respondiendo dijo: Maestro, todas estas cosas las he practicado y guardado desde chico. Jesús mirándolo a los ojos, lo amó, y le dijo: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme.  El se quedó frunciendo el ceño a estas palabras y se marchó malhumorado, porque era una persona que tenía muchas posesiones. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los que posean riquezas entrar en el  Reino de Dios! Los discípulos se asombraban al oírle decir estas palabras. Pero Jesús, tomando de nuevo la palabra, insistió: ¡Hijos, qué difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el  Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. Los discípulos se pasmaban más  y más y se decían unos a otros: Entonces ¿quién podrá salvarse? Jesús, mirándolos a los ojos, les dice: Para los hombres, es imposible; pero no para Dios. Todas las cosas son posibles  para Dios. Pedro se puso a decirle: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros (Mc 10, 17-31).  

Contemplación         

El Señor dice que el Reino de Dios “es” de los pobres. Y de los ricos dice que les será muy difícil “entrar”. Lo dice no por nada sino a raíz de este jóven rico que lo fue a buscar y que se ve que tenía buena voluntad… hasta ahí. Porque el Señor “lo miró y lo amó”. Pero él no lo registró. No vió la mirada del Señor! Y eso que era buena gente. Había cumplido todos los mandamientos desde que era chico y tenía ganas de dar un paso más. Pero el Señor le planteó un paso definitivo, radical: Te falta una cosa, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así poseerás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme. Ante esto él “le puso cara”. Frunció el ceño. No preguntó nada más. No dijo algo así como: Señor, no se puede… Como le dijeron luego, en casa, los discípulos. No. Este se quedó mudo. Quizás porque no entendió. O porque entendió perfectamente y no estaba dispuesto a tanto. Él hablaba de la vida eterna y Jesús le decía que se viniera con él ahora. Será que le dió miedo regalar sus bienes… o habrá sido lo de “seguir a Jesús” lo que lo trabó.  La cuestión es que se fue triste, dice el evangelio. No entró. Los pobres en cambio parece que ya están dentro. El Reino es de ellos. Es importante este posesivo. Después el Señor lo explicará de modo bien explícito: los que dejen todo “recibirán” el ciento por uno. Poseeran el Reino. La palabra aparece varias veces: del jóven rico se dice que poseía muchos bienes. Y Jesús afirma que es dificil entrar en el Reino a los que poseen riquezas. En Radio María me preguntaban el viernes pasado “por qué Jesús prefería a los pobres”. Y yo decía que me parecía que ese es uno de los «defectos» de Dios. Uno de esos defectos que hacen tan amable a Jesús. El obispo Van Thuan decía que lo que más le gustaba de Jesús eran sus defectos: que no supiera matemáticas (una oveja  para él valía lo mismo que 99); que no supiera de finanzas ni de economía: su Padre contrataba gente a toda hora y les pagaba a todos lo mismo, comenzando por los últimos! Por eso decía que esto de preferir a los pobres era como el defecto básico, el que explicaba todos los demás. Yo creo que el Jesús prefiere a los pobres y pequeños, por un lado, porque lo entienden (y el Padre también: que por eso se siente cómodo revelándoles a su Hijo amado a los pobres y pequeñitos y no a los letrados). Con los pobres Jesús no tenía necesidad de muchas explicaciones. En cambio los ricos -sobre todo los ricos de espíritu, los autosuficientes- lo impacientaban: siempre pidiendo razones, que por qué curaba en sábado, que con qué autoridad perdonaba los pecados… Los pobres en cambio entendían perfectamente de qué se trataba. Por eso con los pobres el Señor puede hacer maravillas, como dice nuestra Señora en el Magnificat. Por otro lado, yo creo que Jesús, que Dios, prefiere a los pobres porque Él es uno que viene a dar. Es «don Dios». Y los pobres entienden enseguida cuando es que uno les quiere dar o cuando es que empieza a explicar muchas variables económicas porque no les va a dar nada. Los ricos en cambio siempre creen que Dios les viene a pedir. Y por eso son tan desconfiados. No entienden que Dios es puro don, que es tan Rico en misericordia que lo único que quiere es dar. Que no necesita nada de ellos. En todo caso, sí que les den sus riquezas a los pobres. Pero Él no pide nada. Aunque esto, para los ricos, es lo mismo. No les pedirá para Él pero les pide que den sus cosas a los más pobres! Y bueno, esta diferencia -entre uno que no te pide nada para sí y que te da todo y que te mira con amor, si no la pesca uno por sí mismo, no hay quién se la explique. Alguna anécdota…? me preguntó Javier Cámara. Siempre hay alguna anécdota del Hogar (mis alumnos dicen que yo doy clases para tener una excusa para contar cosas del Hogar)! Me acuerdo un año que decidí ir a agradecer personalmente a las panaderías que nos regalaban el pan y las facturas al Hogar. Todas las mañanas iban nuestros huéspedes, con una notita firmada, a pedir el pan del día anterior que nos habían guardado. Esta vez, en vez de la nota, llevaba la tarjeta de Navidad. Entro a la primera panadería, sobre la calle Entre Ríos, y la dueña que estaba en la caja, sin dejarme explicar nada, me mira la tarjeta y me dice que ya han dado. Le digo que soy el padre del Hogar y que les quiero dejar una tarjeta… pero antes de que siga me dice que No, que gracias, pero que no hace falta (!). Recién a la tercera y antes que me corte  de nuevo le digo: Hey! escúcheme. No le vengo a pedir nada. Es una tarjeta de agradecimiento. Le quiero agradecer lo que nos dan. No me tiene que dar nada! Tiene que recibir! Ahí la agarró y cuando vio el pesebrito y el Feliz Navidad, sonrió. Se dió cuenta. Los pobres, en cambio, primero agarran la moneda y después miran a ver cuánto les diste. Pero primero reciben. Saben recibir! Por eso creo que Dios los prefiere. Pero el problema no es discutir quién es rico o con cuánto comienzo uno a ser rico. El punto es mirar cómo anda mi capacidad de recibir. Porque con tanta posesión y  consumo uno va perdiendo la capacidad de recibir!  Y Dios -Jesús, el Espíritu, nuestro Padre- es solo don. Puro Don. Se nos da todos los días. Como el Padre Misericordios que se da entero en ese abrazo -cuando se le echó al cuello a su hijo, como dice Lucas-, sin reproches por que no se dejó abrazar antes y sin condiciones sobre lo que tendría que hacer después, en el futuro. Y nuestra vida, como la de Jesús, es girar en torno al Padre como nuestro centro de gravedad, que atrae el peso del amor que late en nuestro corazón. En la cercanía del abrazo, el Amor rico en Misericordia del Padre, nos atrae como a un planeta el Sol, y si entramos en su órbita ya nada nos podrá separar de él. Jesús se nos da todos los día. Él es totalmente Eucaristía, porque es Don al Padre -acción de gracias en el Gozo del Espíritu Santo-, y Don a cada uno de los que lo recibimos en nuestras manos y en nuestra boca al comulgar. El demonio es cambio es “ausencia de Eucaristía”, posesión de sí mismo siempre insatisfecha, buscando a quién tentar con posesiones vanas, que lo alejan de mendigar, cada día, el don de la Eucaristía, haciéndonos ilusionar con que somos ricos y no necesitamos comulgar tan seguido (como la cajera de la panadería, le decimos al Señor: No, muchas gracias. No me hace tanta falta). El Espíritu Santo es puro Don. El Don del Padre y de Jesús para nosotros. Es Don que se multiplica en siete dones -Sabiduría, Entendimiento, Fortaleza, Ciencia, Consejo, Piedad y Temor de Dios- y en nueve frutos, con respecto a los cuales San Pablo dice “que no hay ley”, ellos mismos son “ley interior que hace actuar bajo la guía del Espíritu”: amor (agape), gozo (jará), paz (eirene), paciencia (macrotimía), amabilidad (jrestotes), bondad (agatosyne), fidelidad (pistis), dulzura-mansedumbre (prautes), señorío de sí (enkrateia). Dios es puro don. Y con Él la cuestión central de la vida gira en torno a aprender a recibir. No cosas sino personas. Saber recibir -hospedar, acoger, hacer sentir bien, comprender, dar tiempo, escuchar…- personas.  

Diego Fares s.j.


            Y levantándose de allí (de Cafarnaún) se va a los confines de Judea, más allá del Jordán, y de nuevo se le juntan muchedumbres en el camino y de nuevo Jesús les enseñaba como solía.

Se acercaron entonces unos fariseos y le preguntaron, con ánimo de tentarlo: 

─ ¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?

Él, respondiendo, les dijo:

─ ¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: 

─ Moisés permitió dar carta de divorcio y repudiar.

Pero Jesús, les dijo:

─ Fue por la dureza del corazón de ustedes que les escribió este precepto; pero al principio de la creación, Dios los creó varón y mujer. Por esto dejará el varón a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios juntó, el hombre no lo separe.

En casa volvieron los discípulos a preguntarle sobre lo mismo, y les dijo:

─ Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Entonces le presentaron unos niños para que los bendijera, pero los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó y les dijo: 

─ Dejen a los niños venir a mí, y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía (Mc 10, 2-16).

Contemplación

            Habían vuelto a casa luego de la discusión con los fariseos en torno al tema espinoso del divorcio y los discípulos le preguntaban a Jesús sobre el tema. Como siempre, la gente se enteraba de que Jesús estaba en la zona y varias mamás le trajeron a sus hijitos para que Jesús se los bendijera. Los discípulos se impacientaron porque les pareció que no era el momento, pero cuando Jesús vió que las estaban echando a las familias, se indignó -dice Marcos-. Se ve que el Señor aprovechó para salir de una discusión abstracta, de esas interminables que siempre salen de nuevo, y comenzó una catequesis sobre recibir el reino con actitudes de niño, mientras bendecía a los pequeñitos. Es un lo que hace el Papa en cada catequesis de los miércoles: primero da vueltas a la plaza, saludando a la gente; se detiene solo para bendecir y besar a los niños pequeñitos que le presentan los papás, y luego da la catequesis “hablada”. 

            La imagen que me viene es la reino como una sala llena de juegos. Solo los niños “la poseen”. Solo los niños se maravillan al entrar e inmediatamente se apoderan de los juguetes y juegan. Los adultos quedamos afectivamente un poco “afuera”, aunque juguemos con los chicos. Ya hemos perdido esa capacidad de sumergirnos enteramente en un salón de juegos, sin conciencia del tiempo, apasionados con cada juguete y compartiendo o compitiendo con los otros chicos. 

            El contraste entre la discusión de un tema serio y el ponerse a abrazar y bendecir a los chicos tiene que ver ya que el tema era el divorcio y los que pagan las consecuencias -más allá de si es lícito o no separarse entre adultos- son los chicos. Por eso el Señor se sale de la discusión abstracta y legalista, se desprende incluso de su postura que es superadora de lo legal y bucea en el corazón de la Biblia y en los orígenes de la institución familiar, como base de la vida, para meterse de lleno en un amor concreto a los niños.

            En Amoris Laetitia (el Papa insiste siempre en que hay que leer entera. Ayer, en el Sínodo hizo reír a todos cuando dijo que los documentos que sacan “son leidos por pocos y criticados por muchos”), Francisco afirma que Jesús “conoce las ansias y tensiones de las familias” y las incorpora a su vida y a sus parábolas (AL 21). Pensemos en el mal momento de Caná, cuando en medio de la fiesta se dan cuenta de que falta el vino. Recordemos la parábola del padre misericordioso y de los hijos difíciles… Esto sin hablar de las angustias que vivió Jesús en su infancia, las ansiedades de San José al huir a Egipto y luego al regresar a Nazaret, siempre preocupado por la situación política, por Herodes… El Papa hace notar que por algo Jesús da su doctrina sobre el matrimonio en medio de una discusión sobre el divorcio. La familia – donde la alegría del amor tiene su fuente más fresca y pura- siempre está amenazada por el Maligno. A veces da fatiga predicar sobre este evangelio, porque el tema del divorcio (y hoy los temas de las familias diversas y del “poliamor!!”) hacen que el tema se vuelva farragoso. Pero si uno acepta “la belleza de la lucha espiritual”, si uno se regocija por cada “triunfo” del Señor en nuestra vida de familia, este evangelio, que empieza mal, como todos los temas que empiezan los fariseos de siempre, se vuelve un tema lindo porque Jesús lo remite, por un lado, al origen, a la creación de Dios que hizo todas las cosas buenas, remite el tema al sueño de fidelidad y amor que está en el comienzo de toda familia. Y luego de sentar doctrina sana el Señor termina el tema, o más bien da un puntapie inicial para otra manera de sentir y gustar las cosas, poniéndose a bendecir a los niños pequeños que le traían las mamás y los papás jóvenes o que venían de la mano de una abuela.

            La lección del tiempo y la alegría que el Señor dedica a estas familias que, como todas las familias, más allá de cómo anden los adultos entre sí, quieren lo mejor para sus hijos y por eso se meten entre la gente para lograr que Jesús se los bendiga, es una lección del Reino. Es una parábola en acción, de esas que se complacía en “actuar” (en “jugar” como se dice en otras lenguas) Jesús. El reino de los cielos se parece a unos hombres adultos que estaban discutiendo sobre la licitud del divorcio y la discusión no terminaba más. Aprovechando que unas madres traían a sus hijitos para que el Señor los bendijera, éste aprovechó la ocasión para hacer notar a los que querían resolver el tema con definiciones legales que la vida de la familia se alimenta de la bendición a los hijos. Y que esa bendición Dios la da abundantemente y a todos, no importa si la familia tiene todos los papeles o le falta alguno. 

Y dentro de esta actitud de bendición a “todos los que le acercan a sus niños”, el Señor aprovecha para revelar algo fundamental de su Reino. No tanto cómo es o a qué se parece, como hace en otras parábolas, sino algo más práctico: cómo se recibe. Cómo se entra en él.

Aquí es donde toma un niño, lo abraza en medio de todos, lo bendice y dice que el reino hay que recibirlo como los niños. 

            Volvemos a la imagen del salón de juegos. Al reino no “se entra” y no “se lo posee” si uno no tiene actitudes de niño. Si uno no es capaz de dejarse fascinar y atrapa apasionadamente por el juego, un salón de juegos no le dice casi nada. Al reino de Jesús hay que recibirlo así, como los niños reciben los juguetes, para desempaquetarlos inmediatamente y ponerse a jugar. Sin miedo a que se rompan y sin demasiadas instrucciones. El reino hay que jugarlo, hay que meterse en él y posesionarse de todos sus dones y ponerlos en práctica. 

            En la familia (y en la Iglesia y en las obras de misericordia, que son las obras del reino) “hay que mantenerse como niños, delante de Dios y de los demás. Esto vuelve posible una comprensión y benevolencia recíprocas entre los esposos, entre los fieles y la jerarquía, entre los voluntarios y colaboradores de una obra de caridad, que superan la inevitables tensiones de la existencia. 

            Esta es la lección del Señor: las tensiones de la familia y de la Iglesia no se resuelven con discusiones abstractas sino poniendo en práctica actitudes de infancia espiritual. Cuáles serían?

            No hay que inventarlas. Cada pareja las practica cuando atiende a sus hijitos, cuando les enseña, cuando juega con ellos, cuando los cuida y planifica su futuro, lo que les hará bien. 

Basta que los padres abracen juntos a sus hijitos pequeños, los bendigan y los besen y, estando así, con sus hijos en medio de ellos, se miren a los ojos y dejen que salgan palabras de su corazón, para que tomen conciencia de qué distintas son las palabras que dicen estando así de las que dicen cuando se “enfrentan” en una discusión. 

            Lo mismo sucede en las instituciones: cuando ponemos en medio a las personas para las cuales hemos fundado nuestra obra -los comensales o los niños del Hogar, los enfermos de la Casa de la Bondad, las personas presas o solas a las que visitamos…- se dulcifican los tonos, se serenan los sentimientos y se aclaran las ideas. Poner en medio y bendecir a los pequeños, los convierte en nuestros “patroncitos” y eso hace que salgamos de nuestras posiciones de poder, que son las que crean tensiones, y entremos -como niños- en el Reino del Señor, que es de paz y de alegríservicio.

Diego Fares sj


            Le dice Juan: Maestro, vimos a uno que no anda con nosotros, expulsando  demonios en tu Nombre, y se lo prohibimos.

            Pero Jesús dijo: No se lo prohiban, porque no habrá nadie que obre un milagro en mi Nombre y pueda enseguida hablar mal de mí.

            Porque el que no está contra nosotros está con nosotros.

            El que les dé de beber un vaso de agua en Nombre de que son de Cristo, en verdad les digo que no quedará sin recompensa. 

            Y al que escandalice a uno de estos pequeñitos que creen en mi Nombre, sería mejor para él que le colgaran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

            Si tu mano te es motivo de escándalo, córtala; más te vale entrar manco en la vida que no con las dos manos irte a la gehena, al fuego inextinguible.

            Y si tu pie te hace tropezar, córtalo; más te vale entrar rengo en la vida que no con los dos pies ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue.

            Y si tu ojo te escandaliza, sácalo; más te vale con un ojo entrar en el reino de Dios que no con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y su fuego no se extingue(Mc 9, 38-48).

Contemplación

            En torno a la cuestión del Nombre de Jesús, que Juan siente que algunos están utilizando sin derecho porque “no son de los nuestros”, dice, resulta conmovedor ver cómo el Señor no tiene miedo a ser mal utilizado. Al contrario, expresa que “si uno hace un milagro usando su Nombre, después no podrá “hablar mal de Él”. Es decir que Jesús confía en el poder sanador de su Nombre cuando uno lo usa para hacer el bien: predicar en su Nombre, expulsar un mal espíritu, hacer una obra de misericordia -dar un vaso de agua a un pobre en Nombre de Jesús-. 

            Jesús es “nombrable”. Podemos ponerle nombre a sus sentimientos, a sus pensamientos, a las acciones que realiza… Podemos poner Nombre a todas sus cosas en el sentido de que se pueden concretizar y comunicar claramente. No hay nada encriptado en la vida del Señor, nada que no se pueda narrar para compartir. El es “imagen del Dios invisible”, rostro humano de Dios, revelación del Padre. 

            Me gusta expresarlo diciendo que todo lo de Jesús es “evangelio”: se puede anunciar y es buena noticia que ilumina los ojos y hace bien al corazón (todo lo contrario de los discursos que en vez de ser evangelio son escándalo, piedra de tropiezo, que enturbian la mirada y amargan el corazón).

            Cuando alguien como San Alberto Hurtado se pregunta “Qué haría Cristo en mi lugar”, las respuestas que obtiene esta pregunta, sea cual sea la situación en que se formula, son claras y precisas, están todas en el evangelio:  cada parábola del Señor, cada paso de su vida, son respuestas concretas para cada situación actual que nos toca vivir a cada uno. 

            Hacer las cosas en Nombre de Jesús comienza siempre siendo un buen deseo, que luego se convierte, en medio de la acción, en criterio para ir rectificando y mejorando lo que hacemos. Eso es lo que quiere decir que “después no podemos hablar mal de Él”. Cuando ponemos en práctica el mandato evangélico de dar de beber al sediento, cuando, en algún momento de nuestra acción, ponemos la intención deliberada y voluntaria de hacerlo en Nombre de Jesús, haciendo sentir al otro que hay Alguien más que nos ama, a él y a nosotros, el “sello” que imprime invocar a Jesús en algo que hacemos, perfecciona, nuestra acción, la completa, en el sentido de que, aún con imperfecciones, es una acción abierta a una bendición especial. Las obras hechas en Nombre de Jesús son perfectas porque el Señor se hace cargo de ellas.

            Ahora bien, hay algo más grande aún que esta bendición sobre las acciones hechas en su Nombre y es el hecho de que el Señor nos permita, más aún, nos aliente, a hacer cosas en su Nombre. Nos invita a que nos juntemos a rezar -dos o más- en su Nombre, nos anima a perdonar en su Nombre, nos manda a realizar obras de Misericordia en su Nombre. Este es el punto. Digamos que Jesús no es celoso de su marca, no elige gente especial para que obre en su Nombre sino más bien lo contrario, elige a los pequeños de este mundo. Y además de elegir a los que no contamos socialmente, no prohibe que otros que ni siquiera conoce, usen su Nombre. 

            Es la práctica misma la que justifica que se utilice su Nombre. Y justifica a posteriori, por los frutos. Comercialmente sería algo así como lo que hacen los que fabrican programas de computación con codigo abierto e incorporan las mejoras que hacen los mismos usuarios, cosa que tiene su lógica comercial. Pero el Señor comparte también los beneficios! No utiliza su marca como una aspiradora de mejoras para provecho propio, sino que todo lo que se hace en su Nombre fructifica para los demás, tiende a convertirse en puro don, en un don que llega siempre a más personas. 

            En esto debemos ser cuidadosos los cristianos. No somos los “controladores de aduana” ni los “dueños de la patente”. 

            Más bien la actitud es la contraria: debemos aprender de todos los que, por inspiración del Espíritu Santo, hacen mejor que nosotros “obras cristianas”.          El discernimiento no consiste solo en “optar” nosotros, sino también en “canonizar” lo que otros han optado y lleva el sello de lo enseñado por Jesús. 

            En ese sentido “no prohibir” hacer cosas buenas en Nombre de Jesús es la cara opuesta de “hacer tropezar o paralizar (escandalizar) a los más pequeños”. Hoy estamos llenos de noticias sobre escándalos sexuales y viene bien el evangelio de hoy acerca de que sería mejor para él el castigo humano más severo -el atarle al abusador una piedra de molino y tirarlo al mar-. Sería mejor que lo que le espera ante la justicia de Dios. 

            Es fuerte esto que dice Jesús! Está hablando de que nuestro Padre misericordioso y Él mismo, que es capaz de dar la vida por los pecadores, van a ser más severos que la justicia humana más dura! Dice que cuando nuestro pecado escandaliza a los más pequeños, la misericordia consiste en que nosotros mismos no seamos misericordiosos con aquello nuestro que daña a los demás y que lo mejor que nos puede pasar es que nos condene nuestra comunidad y la justicia, aunque sea un castigo terrible como el de la piedra de molino, y no que nos lo dejen pasar, porque será peor para nosotros caer en las manos del Dios vivo. 

            Actualmente interpreto esto como un poner las cosas en manos de la justicia civil -además de la eclesiástica-. Esto contra una idea que se fue apoderando del imaginario (no solo cristiano, sino en muchas culturas) de que como “la policía y la justicia civil tienen sus propias fallas, es mejor no hacerlas intervenir”. El evangelio de hoy iría por el lado contrario: mejor que te agarre la policía!

            La imagen de la justicia humana como despreciable suele ir junta con una mala idealización de la misericordia divina: tiene como trasfondo también la idea de una misericordia divina “individualista” y “puntual”, una imagen que no tiene en cuenta las incidencias sociales y temporales de la miseria y de la misericordia.

            Contra esto que está tan instalado, el evangelio nos orienta para otro lado. Queda clara la imagen de que el bien no tiene dueño humano: el Nombre de Jesús “recapitula” todo bien que se hace en esta tierra, no importa quién lo haga, no importa qué títulos tenga ni si tiene todos los papeles en regla. 

            La otra imagen es la del mal que escandaliza a los pequeños, el mal con efecto de rebote, que afecta la fe y la vida de los más sencillos: este mal escandaloso es digno del infierno si no se castiga en esta vida. 

            En el mismo pasaje San Mateo agrega una frase del Señor que invita a la reflexión: es inevitable que haya escándalos. Pero hoy en día no solo hay hechos escandalosos sino que los escándalos han subido de nivel y nos encontramos sumergidos en algo análogo a lo que sucede con el dinero en el mundo de las finanzas. Así como la especulación financiera gana dinero haciendo trabajar el dinero que otros ganaron con su trabajo, así también hay algunos que mediatizan los escándalos y hacen escándalo con los escándalos. Utilizan de manera escandalosa los escándalos. 

            En un primer momento, puede parecer que el destapar ollas es un servicio a la verdad, pero luego de un tiempo (a veces no necesariamente corto) se ve que una cosa es destapar una olla y otra volcar ollas hirvientes de escándalos y prender el ventilador para enmierdarlo todo. Esto es otra manera de “tapar escándalos reales” y de no querer solucionarlos. 

            Cómo discernir? No se puede discernir “en abstracto”, comparando noticias con noticias. 

            Sigue siendo el criterio “el Nombre”.

            Jesús acepta con gusto que se use su Nombre para obras de misericordia concretas, para sanar heridas concretas) y rechaza a los que usan su Nombre para otras cosas. Rechaza a los que lo usan para llenarse la boca diciendo Señor Señor sin amarlo de corazón y con obras. Rechaza más duramente a los que usan su Nombre para hablar mal del prójimo y rechaza mucho más a los que, con el uso que dan a su Nombre, escandalizan al pueblo fiel de Dios. Arrancarse una mano, dice Jesús. Morderse la lengua, dice el Papa… Cerrar los oídos a lo que te envenena el corazón, dice la gente sencilla. Si uno gusta el Nombre de Jesús y comulga con Él y lo invoca cotidianamente, el Espíritu le hará sentir inmediatamente y si lugar a dudas, si una acción o una palabra o un sentimiento es digno de llevar ese Nombre bendito o, por el contrario, lo rechaza.

Diego Fares sj

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Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos y les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará. Pero los discípulos no comprendían tales palabras y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntó: ¿Qué discutían por el camino? Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diakono) de todos’. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado’ (Mc 9, 30-37). Contemplación Toda la escena se concentra en la Palabra “recibir”. Jesús despliega una verdadera liturgia de gestos para hacernos entender lo que nos quiere enseñar. La suya es una Escuela de afectos, no de conceptos abstractos. Escuela en la que el Maestro nos enseña qué sentimientos tiene el que creó nuestros corazones. Recibir a un niño, recibir el Reino, recibirlo como la tierra buena recibe con gozo la semilla de la Palabra,  recibir a los discípulos que Jesús nos envía, recibir su paz. Recibirlo a Él y en Él al Padre que lo envió a nuestra vida. Recibir al Espíritu Santo, que los Dos nos envían cada día, cuando discernimos algo que quieren, algo que les agrada que llevemos a cabo. (El Papa dijo a los jesuitas de Irlanda que así como Jesús está en la Eucaristía, cuando hacemos un discernimiento, el Espíritu Santo está allí, presente, actuando). Recibir al Niño Jesús como lo recibió el anciano Simeón,  tomándolo en sus brazos lleno de la alegría, bendiciendo a Dios que le había cumplido sus promesas. Recibir… Recibir es una de las palabras preferidas de Jesús. Hace juego con “tomen” -tomen y reciban- que es suPalabra Eucarística, la que usa para dársenos como Pan, para darnos su Cuerpo y su Sangre. Recibir no es recibir así nomás. Recibir es recibir evangélicamente: Es abrir la puerta y dar al huésped una cálida bienvenida. Es mostrarse favorable, receptivo, acogedor, hospitalario. Es recibir como el Padre Misericordioso a su hijo pródigo: Es abrazar al que regresa mal, darle una acogida entrañable, llena de cariño y alegría. Una acogida paternal. A Jesús le gustaba ser recibido así por sus amigos, cuando iba a casa de Lázaro, de Marta y de María. Así lo recibió Mateo, el publicano, en su casa. Y Zaqueo. Y el pueblo de la Samaritana, donde se quedó unos días. Recibir es no rehusar el contacto, no rechazar, no dejar al otro afuera ni tenerlo a distancia. Recibir es tomar consigo, hacerse cargo, como San José, cada vez que el evangelio nos dice que tomó al Niño y a su Madre, para ponerse en camino. En síntesis: recibir es la actitud afectiva que da un sentido personal al servicio. Cuando el Señor dice que el que quiera ser el más grande sea el último y se haga el servidor de todos no está hablando en términos funcionalistas. Ese ir al último lugar y ponerse a servir no es como el de un mozo contratado, que se mantiene en su rol, atento y distante a la vez. Es el servicio que brinda el amigo que te recibe haciendo el asado y atiende el fuego y la carne de manera tal que se puede compartir un vaso de buen vino y conversar amigablemente, todo al mismo tiempo. El servicio del que habla el Señor, incluso el servicio humilde de lavar los pies, tiene que ver con este espíritu del que invita a un asado. Cuando el Señor usa la imagen de que Él está como el que sirve, la imagen no es la de un empleado, sino la del Dueño de casa que sienta a la mesa a sus amigos y los sirve mientras conversan. Esta mezcla tan especial de servicio y amistad, de diálogo en medio de un trabajo que no es “trabajo para ganarse el pan” sino trabajo de compartir el pan, es la expresión más alta del amor de Amistad. El Papa Francisco lo expresa cuando hace ver que: “Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer y de dominar, ciertamente no será santificadora”. Y agrega que: “Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor” (GE 29-31). Para enseñar esto, el Señor “se sentó” como un Maestro de escuela y solemnizó la lección: “llamando a los Doce”, acercó a uno de los niños de la casa, lo puso en medio de ellos y abrazándolo les dijo: Quien recibaa uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado. Así como antes los había llamado para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, ahora los llama al servicio. Pero a un tipo especial de servicio: el que realiza uno que invita a sus amigos a un asado, no al servicio que hace un empleado o un funcionario. Tampoco se trata de un  servicio con distinción de clases sociales: de esos que consideran que servir desde un sillón te hace más que el que sirve caminando. De hecho la palabra diácono significa “levantar polvo por salir corriendo a servir”. Pensaba que cuando la misa dejó de ser un asado en el que se juntaban las familias a compartir y a conversar -y la Palabra de Dios era motivo de charla apasionada entre amigos), el cristianismo empezó a perder algo muy suyo. Los que estudian la relación entre la arquitectura y la religión, afirman que los grandes templos que los emperadores romanos dieron o construyeron para la Iglesia, la fueron domesticando. Esos grandes espacios hicieron que el Dueño de casa entrara en procesión y se sentara en lo alto de la cátedra. Eso hizo que en vez de los abuelos y los chicos, se sentaran a su lado “los de la corte”. No voy contra los templos en cuanto productos culturales, lo que digo es que cuando lo que la costumbre crea te diluye el espíritu, hay que sacudir el polvo de los pies e inventar otras estructuras. El papa lo dice en Evangelii gaudium: “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin « fidelidad de la Iglesia a la propia vocación », cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG 26). Y por eso propone: “Una impostergable renovación eclesial: Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto preservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (GE 27). Si la imagen final de Jesús es, en esta tierra, la del que lava los pies, y en el cielo, la del que sirve el asado, la imagen del Papa, del Obispo y del cura no puede ser la del Rey, el Príncipe y el patrón de estancia. Si el Señor enseñaba confrontando su Palabra con la vida cotidiana de la gente -enseñaba en el camino, subido a la barca, en la montaña y entrando en la casa de la gente y en la sinagoga del pueblo- la imagen del que se dedica al Evangelio no puede ser la de uno que abstrae (separa) la Palabra de la vida para conservarla en su pureza conceptual. La Palabra se hizo Carne (y volvemos a la imagen del asado) y no se contamina por que uno “charle con todos”, con los que piensan igual y con los que piensan totalmente distinto. Por supuesto que “una palabra trae la otra” y cuando uno charla, por ahí se pierde “precisión dogmática”, como pasa cuando el Papa charla con los periodistas y nunca falta un buey corneta que salga titulando “miren lo que dijo el Papa!” y alguno se escandalice. Le pasaba a Jesús cuando tenía que salir al frente a explicar que por qué sus discípulos no se lavaban las manos o cómo es que había ido a comer a la casa de Zaqueo o se había dejado tocar los pies por la prostituta del pueblo. La historia sigue siendo la misma. Jesús, con su enseñar por el camino, dando testimonio de que Él venía a servir y no a ser servido, y con su enseñar sentado en casa, mostrando que la cuestión es servir no como empleado sino como Dueño de casa y mejor amigo- poniendo en el centro a los más pequeños, dividió, queriendo o sin querer, a la humanidad en dos grandes movimientos. Los del movimiento de “Discutidores sobre quien es el más grande” y los del movimiento “Alegres servidores de los más pobres y pequeños”. Si en la Iglesia hemos terminado “no viendo” que algunos cubrían a los abusadores, a los que, en vez de poner en el centro de atención a los más pequeños para servirlos -recibiendo en su persona a Jesús y al mismo Padre del Cielo-, los apartaban de la comunidad para abusar de su inocencia, es que en algún punto de estos dos mil años de cristianismo, cambió totalmente de dirección nuestro movimiento. El elitismo de los Discutidores acerca de quién es el más grande se apoderó de nuestras estructuras físicas y mentales y terminó arrastrando todo hacia el abismo al que lleva tomar la dirección contraria a la que lleva Señor. Como pueblo de Dios debemos agarrar para el otro lado, para el de los Alegres servidores de los más pobres y pequeños. No importa si para ese lado en vez de Templos hay hospederías. No importa si no podemos llevar muchos libros y por ahí se nos pierden algunas definiciones. La cuestión es que no se nos pierdan las palabras esenciales, como “recibir dando la bienvenida al Padre y a Jesús en la persona de los más pobres”. Lo importante es que no perdamos los ritos esenciales, como el de ir al último puesto y ponernos a servir, como hace todo aquel que invita a sus amigos a un asado. Diego Fares sj

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino los interrogaba preguntándoles:

« ¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron:

«Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió:

«Tú eres el Mesías.»

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.

Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo:

« ¡Sal! ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres.»

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo:

«El que quiera venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Mc 8, 27-35).

 

Contemplación

Cuando se arma confusión en el corazón de Simón, escandalizado porque Jesús les enseñaba que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, el Señor llama a todos, al pueblo junto con los discípulos, y aclara bien que su lógica es la lógica de la Cruz.

El Papa Francisco nos lo recuerda cuando afirma que la lógica del discernimiento es la lógica de la Cruz. Como dice San Buenaventura refiriéndose a la Cruz: “Esta es nuestra lógica” (GE 174)”.

La aclaración del Señor a todos viene justo para este momento en el que muchos se sienten confundidos al ver las descalificaciones que sufre el Papa de parte de gente “seria” -de “ancianos, sumos sacerdotes y escribas” que es como decir de obispos, cardenales, teólogos y vaticanistas. No hay que equivocarse, la fidelidad a Jesús se la juega cada uno personalmente en la opción entre cargar la propia cruz o cargársela a otros, buscando chivos emisarios. Más que a las palabras que dicen los distintos grupos ideológicos y personajes, a lo que hay que estar atentos es a la cruz, a la lógica de la Cruz.

Qué significa esta frase? Qué quiere decir el Papa con esta expresión “lógica de la cruz”?

Lógica quiere decir una sucesión coherente de pasos, en los que una cosa lleva a otra. Las cosas tienen su lógica, decimos. Si no fuera así, no solo no discutiríamos sino que ni siquiera pensaríamos.

Hoy en día es común decir que hay que aceptar que haya distintas lógicas. Pero si le pensamos a fondo, lo que queremos decir con esto es que hay que respetar a las personas más allá de la lógica que sigan sus razonamientos. Es decir: hay muchas lógicas de ideas, pero una sola lógica profunda: la de las personas. La realidad de cada persona concreta es superior a las ideas.

La lógica de la Cruz de la que habla Jesús es una lógica que mira a su Persona: “el que quiera seguirme, dice Jesús, que se niegue a sí mismo, cargue su cruz y me siga”. Es la lógica de ponerlo a Él como Persona por encima de todo, incluso de nuestras cruces. Por eso dice que la cruz hay que cargarla, no hay que quedarse aplastado por ella (ni mucho menos encajársela a otro), sino que hay que cargarla -abrazarla- y seguirlo a Él. Esto es lo importante. Esto es lo lógico ya que Él es el que más nos ama, el que nos viene a buscar si andamos perdidos, el que nos carga sobre sus hombros si estamos cansados, el que nos lava los pies y nos venda las heridas, el que nos perdona los pecados y nos enseña la voluntad del Padre. El es, en definitiva, nuestro Salvador. Cómo no va a ser lógico seguirlo, dejarlo todo por andar en su compañía!

La lógica de la cruz es la lógica del que sabe perder: del que saber perder lo menos importante para ganar lo más valioso. Es la lógica del comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos que hacen falta para hacerse cargo de las cosas. Es la lógica del padre y la madre que cargan con el peso que no pueden cargar los hijos porque pesa en ellos más el amor que las cosas.

La lógica de la cruz es la lógica del que da siempre un pasito más: no del más cuantitativo sino del más de la entrega más bella: con sonrisa más linda, con el ánimo más limpio, con la armonía y la paz en cada gesto. No hay que dejar de soñar con una entrega de sí más bella, dice el Papa Francisco.

La lógica de la cruz es la lógica del que encuentra siempre el paso justo  para permanecer -clavado- en su lugar misión. Del que se deja contener por el encargo que le fue encomendado y lo lleva adelante con fidelidad, sin mirar a los demás.

La lógica de la cruz es la lógica del que da los pasos necesarios para repartir y compartir. De la persona generosa y solidaria que sabe que cuando reparte el Señor lo multiplica.

Hoy en día, en que los discursos lógicos parten de supuestos distintos y te terminan llevando a donde no querrías, no basta con mirar a las personas (y no solo a las ideas abstractas). No basta con mirar la película y no quedarse con la foto. No basta mirar! Para pensar bien cada uno tiene que armarse cargando su cruz. El peso de la propia cruz será el que le de la clave para ver bien la realidad. No hay otra. Si uno se sienta como espectador terminará confundido, por más que recabe toda la información y escudriñe los ojos de los demás y trate de estar bien atento a su tono de voz. Solo el peso de la propia cruz activa el sentido del discernimiento.

La lógica de la cruz, el primer paso que nos invita a dar, es el de cargar la propia cruz. Y si por ahí uno no tiene clara cuál sea, se puede muy bien comenzar por darle la mano a alguien más pequeñito que tengamos al lado y ayudarlo a llevar su cruz. Estos dos pasos se equilibran mutuamente y a ellos se suma sin pensarlo dos veces el mismo Jesús, que a todo el que empieza a caminar cargando su cruz y ayudando a otro, le pone el hombro. Con estos paso, se aclara el panorama y uno empieza a distinguir -existencialmente- quiénes son los demás que llevan su propia cruz y quiénes los que disimulan, quiénes son los que están abocados a “sacarle provecho a esta vida” y quiénes los que intentan aprender cómo pueden cumplir mejor la misión que se les ha confiado en el bautismo, como dice el Papa.

Diego Fares sj

 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.

Él, apartándolo de la multitud, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:

«Effetá» (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

Y en el colmo del asombro decían:

«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Ese sordo que apenas podía hablar somos nosotros. No tanto cuando hablamos en familia, con nuestros amigos más cercanos o de las cosas de trabajo de todos los días, sino cuando intentamos escucharnos y hablar como sociedad, de los temas que nos afectan a todos: la política, la religión, las leyes, la economía, las costumbres…: somos sordos que apenas podemos hablar. Y el único remedio verdadero, el único tratamiento para la sordera y el hablar mal, lo tiene Jesús.

Como el sordomudo, necesitamos que nos lleve aparte, a solas, que nos ponga los dedos en los oídos y nos toque la lengua con su saliva. Necesitamos que Jesús nos suspire y, mirando al Cielo, nos diga “Effetá” “ábrete!”, para que se nos abra la dimensión social del oído y se nos suelte la lengua y podamos hablarnos correctamente: como hermanos, como ciudadanos de un mismo pueblo, como seres humanos y no como bestias que se gruñen y como enemigos que se gritan y amenazan.

La gente decía admirada, en el colmo del asombro: Jesús todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Fijémonos que este milagro es El milagro. El milagro de oír y hablar bien es el milagro evangélico por excelencia. Cuando dialogamos entre nosotros, cuando nos escuchamos y nos hablamos bien, todos los problemas se encaminan: la vida se armoniza, el amor encuentra senderos, puede actuar. Por el contrario, cuando no sabemos dialogar, todo se empantana. Hasta las mejores intenciones fracasan cuando no “comunicamos” bien, como se dice hoy.

Cuáles son los pasos que sigue Jesús para curar al sordomudo? Podemos identificarlos y consolidarlos cómo un verdadero protocolo de comportamientos evangélicos a seguir, rigurosamente, para hacer frente a esta verdadera “tragedia humanitaria de sordera y hablar mal”, de gente que se grita, se insulta y se maltrata por los medios de comunicación, para hacer frente a esta guerra mediática de calumnias y difamaciones que inundan nuestros medios y nos hacen vivir en un clima de confrontación permanente, cada día por un motivo distinto.

Porque estamos en una guerra cultural. Una guerra que no se libra ahora con ejércitos de ocupación, con bombardeos y armas químicas sino con algo peor, con armas más letales. Se envenena a los pueblos y a las familias de modo tal que nos dividimos y atacamos entre nosotros. ¿No resulta extraño que se pelee en la misma familia por “temas” que “no se pueden hablar bien” porque cada uno siente que el otro no escucha?

Apartándolo de la multitud, a solas

Lo primero que hace el Señor es llevar al sordomudo aparte. Lo sacó de la multitud y se lo llevó a solas. Un ratito a solas con el Señor es el primer paso para escuchar bien y así poder hablar bien. No se puede si estamos todo el tiempo en medio del griterío y de las expectativas que fomentan los medios. Un ejemplo: En los encuentros del Papa con los periodistas, si uno está atento, siempre hay un momento en que Francisco le hace sentir al periodista que “están a solas”. Que le responde a él, como persona, no como representante anónimo de “lo que se dice”. Me recuerda al Señor cuando les pregunta a los discípulos “qué dice la gente de mí”. Y luego: Y uds. qué opinan? Lo mismo en su diálogo con Pilato: Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? Este momento a solas con Jesús, en el que uno pregunta por sí mismo con intención de hacerse cargo de lo que salga del diálogo, es esencial para escuchar y hablar bien: define quiénes son los que están hablando, define a los interlocutores. Porque la primera tentación del padre de la mentira, del Maligno, consiste en convertirnos en loros, en portavoces de ideologías y frases hechas que discuten entre sí a través nuestro. Irse aparte, mirarse a los ojos, hablar de a dos, privadamente, con el Señor y con un prójimo, es el primer paso para romper la sordera y la incomunicación.

Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua

Estos dos gestos del Señor son los de un médico, los de una madre que le limpia los oídos a su hijito y le lame una lastimadura con su saliva. Son gestos terapéuticos, íntimos, que van a la carne de la persona antes que a sus ideas. Es como cuando en una discusión en la que un hijo se encapricha y no puede salir de su enojo, el padre lo abrazo y lo besa hasta que se disuelve afectivamente la idea que lo ciega y encapricha.

Este paso afectivo, de tocar al otro, de curar con la propia carne, da testimonio de que no bastan las palabras sino que en la escucha y en el diálogo uno tiene que ponerse en juego como persona. El mismo Jesús que es La Palabra, el Logos, no convence ni enseña sólo con ideas sino que se hace Carne y habla con sus dedos y con su saliva!

Aquí cada uno puede detenerse a contemplar y a reflexionar acerca de lo que significa hablar con gestos de cercanía y de humanidad. Comparto solo dos indicaciones acerca de por donde podría ir la cosa, porque lo que se puede hacer materialmente con un hijo pequeñito, como meterle los dedos en los oídos y lamerle una herida, uno debe encontrar la forma de hacerlo de modo no invasivo con los interlocutores adultos.

Me ayuda pensar que “meter los dedos en los oídos” metafóricamente sería “remover un obstáculo” para que el otro escuche por sí mismo. Es indicar, no imponer. Es consensuar que el problema está en algo que obstruye y cierra el oído y no en la capacidad de razonar del otro. Tocar la lengua con la saliva, metafóricamente es como decir que el problema para hablar, además de no haber identificado bien las palabras por la sordera, está también en tener la lengua seca. La saliva del Señor es el Agua viva que refresca la lengua y le permite hablar fluidamente. Y uno debe encontrar alguna palabra, algún recuerdo que “refresque” la memoria y permita a que el diálogo fluya.

Yo tomo pie en estas dos imágenes, para pensar en una acción conjunta de Jesús -por la carnalidad de los dedos y la saliva- y del Espíritu Santo, que es el Dedo del Padre y el Agua viva.

Y mirando al cielo, suspiró…

Se suma a estos gestos el alzar el Señor sus ojos al Cielo, invocando al Padre y ese Suspiro que es Aire Santo, Espíritu que Él espira junto con el Padre para completar su acción sanadora.

Y dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»).

Todo se concentra, finalmente, en una pequeña palabra: Abrete!

Es pequeña pero cargada con todo el peso amoroso del Actuar trinitario de Jesús. Es una Palabra hecha carne: dedos, saliva, ojos que se alzan al cielo y suspiro de un Jesús que pone toda su persona en juego y actúa junto con el Padre y el Espíritu. Es la imagen de todo lo que implica un verdadero diálogo en el que se escucha y se habla bien.

Toda la intención que denotan los gestos que pone en juego el Señor antes de pronunciar eficazmente la palabra “ábrete” a una persona concreta, nos hacen vislumbrar que lo que enfrenta Jesús en esta curación es algo importante. Algo que tiene una dimensión social y no meramente individual. También nos permite mensurar la dimensión de la guerra de incomunicación en la que estamos inmersos: no es cuestión de malentendidos o de algún exabrupto. La incomunicación -la sordera y la mudez- condensa todo el fruto amargo del pecado original. Y también podemos comprender la importancia que tiene escuchar y hablar bien cada uno en su vida y no asombrarnos de que sea tan difícil. Lo que pasa es que el Maligno pone todas sus armas para evitar que nos abramos a la escucha y al diálogo.

Además, es consolador sentir que una pequeña victoria en este terreno, del brindar a la palabra del Evangelio la tierra buena de nuestro oído abierto y de una lengua que sabe bendecir y no maldecir, es una victoria muy grande. Si bien es cierto que en nuestro mundo reina la confusión de ideas, la sordera y el griterío, es también verdad que una sola palabra que cae en tierra buena da el ciento por uno.

Se trata por tanto de combatir cantidad con calidad. De buscar diálogos personales y ricos, sinceros y fecundos, que contrarresten el palabrerío banal y el griterío infernal.

Abrete, nos dice Jesús. Un rato con Él a solas, un dejarnos “encender los sentidos” por el fuego del Espíritu, que nos abre los oídos del corazón y nos suelta la lengua para anunciar a todos con alegría la buena noticia del evangelio, es nuestra misión principal.

Le pedimos a nuestra Señora, en la fiesta de su Nacimiento, que “se haga en nosotros la Palabra”, como se hizo en Ella, la que siempre está, inconmensurablemente abierta a la acción del Espíritu y a la Encarnación de su Hijo, para comunicar esta apertura a todo el pueblo fiel de Dios, siguiendo los pasos que siguió Jesús para curar al sordomudo.

Diego Fares sj

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