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“En aquel momento de gracia Jesús dijo: Te alabo (te confieso con agradecimiento = exomologeo), Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes se las has revelado a los niños pequeñitos (nepion). Sí, Padre porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Vengan a mí todos los que están exhaustos y agobiados, y Yo les daré un descanso. Tomen el yugo mío sobre ustedes y aprendan de mí, (habituense a ser como yo) pues soy manso (praus) y humilde (tapeinos) de corazón, y encontrarán descanso para sus almas, pues mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

Contemplación

El Evangelio de hoy es un compendio de las palabras más queridas de Jesús: Padre, alabanza, niños pequeñitos, descanso del agobio de no poder más (la cruz), corazón pacífico, dulce, pobre. Cada una de estas palabras es un tesoro y todas ellas están escondidas en el Corazón de Jesús, el Corazón abierto para todo el que quiera entrar en relación de corazón a corazón con Él. 

Aprendan de mí, dice el Señor. Aprendan en el sentido de habitúense a sentir y gustar las cosas como Yo. Acostúmbrense a soportar todo pero con la mansedumbre y la ternura con que lo soporto Yo, por amor al Padre, por amor a mis amigos. Habitúense. 

Los niños pequeñitos aprenden por mímica, imitando las poses, los tonos de voz y las actitudes de los papás y de las mamás. Por este lado va lo de «hacerse pequeñitos como niños»: por la capacidad mimética de aprender que tiene un niño, que es algo admirable. Mirando y escuchando a nuestros padres aprendemos a hablar una lengua en tres años! Imaginemos si miramos y escuchamos con esta predisposición a nuestro Padre del Cielo siguiendo las indicaciones de nuestro Maestro, de nuestro Rabbuní Jesús! 

Escuchar como niños pequeños

Dicen que a partir de los seis o siete meses de gestación el bebé escucha en el vientre de su madre lo que ella habla o canta. Por eso escuchar siempre tiene algo de niño. Cuando uno se dispone a escuchar adopta poses de niño, se «compone» -digamos- como cuando era un niño pequeñito y su mamá lo sentaba para hablarle bien de cerca, mirándolo a los ojos y gesticulando de manera tal que uno comprendía perfectamente que le estaban enseñando algo importante. Todo este mundo de la infancia tiene su base en una estructura más profunda y misteriosa todavía que son los primeros sonidos que escuchamos en el vientre materno y que fueron configurando nuestras neuronas de manera dialogal, abiertas al otro. Por eso escuchar la Palabra de nuestro Padre, escuchar a Jesús, nos hace bien. Escuchar los Salmos, repetirlos en voz alta, rezar las oraciones vocales, el Ave María, el Padre nuestro, el Gloria, nos estimulan a entrar en contacto con nuestro Dios de manera afectiva y viva. 

Aprendan de mí, dice Jesús, que rezaba así: invocando a su Abba, a su Papá, como un Niño pequeño. No se trata de una actitud que luego se «supera», sino todo lo contrario: es una actitud a la que hay que volver. Siempre es así a la hora de incorporar algo nuevo: uno debe ponerse en actitud de niño. Es así para aprender una nueva lengua. Y lo mismo sucede con cualquier arte, con cualquier ciencia. El manejo del computer va unido a la habilidad lúdica de jugar con el mouse y de tocar investigativamente la pantalla como tocábamos las cosas de chicos. Son cosas que de grandes «perdemos». Por eso los niños aprenden tan rápido a manejar los aparatos y a los grandes nos cuesta más. 

Bueno, se entiende lo que queremos decir con esto de «escuchar como niños pequeños»: Se trata deabrirnos con toda nuestra capacidad de recibir en plenitud algo totalmente nuevo, sin prejuicio alguno, como sólo podemos hacer si reeditamos nuestra niñez. Esa niñez interior que siempre está intacta y activa, aunque muchas veces tapada, en nuestro interior. Eso sí, cada uno se debe conectar con «su» niño interior. Con lo que más le gustaba jugar, con lo que mejor aprendió a hacer de niño. Para uno será bailar, para otro pintar,  para este gatear y corretear, para aquel mimar e imitar. Uno aprendía mirando: llevándose los objetos a los ojos, otros gustando su sabor con la boca; este toqueteaba todo, aquel olía, el otro hacíasonar las cosas cerca de su oído. 

Llorar como niños pequeños

El primer sonido que ejercitamos y al que nos habituamos es el llanto: los gemidos, el sollozo, el quejido, el llanto desconsolado. A esto nos tenemos que habituar mirando llorar a Jesús, mirándolo suspirar y sollozar de compasión y pena. El Espíritu Santo es Maestro interior en esto de «convertir en palabras los gemidos», como dice la oración Ven Creador. Primer se gime, como un niño pequeño, y luego el Espíritu nos enseña a ponerle palabras a ese llanto. Así rezamos con lo más nuestro, con lo más entrañable, con lo más necesario. Si no, uno puede estar rezando con palabras ajenas a su situación existencial, que no lo conectan con su interior. 

Nombrar, balbucear, arrullar, como niños pequeñitos

Nombrar, balbucear, arrullar… son los pasos siguientes del aprendizaje de los niños pequeños. Jesús nos muestra cómo Él estaba atentísimo a las expresiones que brotaban espontáneas de los labios de la gente sencilla cuando lo veía pasar. Eran nombres (de las primeras cien palabras que los niños aprenden, un gran número son los nombres de las personas queridas) y balbuceos: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Mi maestro, que yo vea! Sáname. Si tú quieres, puedes limpiarme! 

El evangelio convirtió todos estos balbuceos del pueblo sencillo en oraciones litúrgicas. Pero nosotros tenemos que recuperar el tono infantil con que nacieron! También están las palabras «arrulladas», el Ave María que rezamos como escuchamos rezar de niños, mirando los labios de nuestra madre o de nuestra abuela. El Ave María nunca pierde su carácter de arrullo y conforta en los insomnios, en las enfermedades, en los momentos en que uno no sabe qué rezar. Es la oración para cada «ahora» y para la hora de nuestra muerte.

Aprendan de mí! Habitúense a rezar como Yo! -dice el Señor. Recuperen su modo de escuchar -mimético- de niños pequeños; recuperen su llanto básico; recuperen su nombrar a los que quieren, sus balbuceos más imperativos y sus arrullos más amorosos. Así su oración crecerá como un río que se desborda, como un árbol que echó raíces y se eleva en poco tiempo, como un niño que aprende a hablar y admira a todos, porque habla como un adulto. 

Especialmente en estos tiempos tan duros, de tanto miedo, encierro e impotencia, recuperar la oración de niños es un descanso y un consuelo. Mimar – en el doble sentido, de acariciar y de imitar- a Jesús es el camino. 

Diego Fares sj

“Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama (philon) a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentra su vida la perderá. Y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de un profeta, y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber aunque sólo sea un vasito de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa” (Mt 10, 37-42).

Contemplación

El Señor habla usando imágenes. Las consideramos en conjunto, como diversos modos de comunicarnos un único mensaje, el cual se podría sintetizar así: solo si tratamos a Jesús como nuestra persona preferida, como nuestro Predilecto, nos ponemos a su altura, nos volvemos dignos de Él, de recibir lo que nos trae del Padre: su Espíritu. Nuestro Padre lo dice claramente: Jesús es su Hijo predilecto, su Hijo amado. Si para el Padre la Persona de Jesús es así, no puede serlo menos para nosotros. 

El punto es que Jesús quiere este trato de parte nuestra. No considera que Él deba ser predilecto solo de su Padre, como uno que quiere ser la persona preferida de algunos, pero no de todos. Lo que quiero decir es que es un honor y una gracia inmerecida que Jesús se fije en nosotros y le interese que le demos este lugar preferencial en nuestra vida. 

Veamos cada una de las imágenes. La primera es una comparación. Jesús toma como ejemplo el amor de un hijo para con su padre y de un padre para con su hijo. Y dice que, con respecto a Él, nuestro amor de predilección debe ser mayor. Que lo debemos preferir. 

El amor del que habla es el más entrañable, el que hace que un hijo se sienta orgulloso de su papá y un papá de su hijo. Pero no es que el Señor intente competir. Creo que más bien lo que intenta es hacernos comprender quién es Él para nosotros: es más que un padre amado, más que un hijo preferido. Toma el sentimiento más entrañable que hay en un corazón humano y entra en él. Si lo tratamos así, lo tratamos como quién es y entonces podrá responder. Si lo tratamos con una preferencia menor, no seremos dignos de Él. 

Esto es así en la vida. Hay personas que son muy dignas por sí mismas, pero si uno las ningunea o las rebaja, aunque no afecte lo que ellas valen por sí mismas, uno se las pierde. El trato es de ida y vuelta: la persona digna, cuando es dignamente tratada, dignifica al que la trata así. Puede resultar paradójico en nuestro mundo en que cualquiera desprecia o habla mal de cualquiera. Pero es claro que «cualquieriar» o «ningunear» a alguien digno y bueno vuelve indigno al que lo trata así, no al otro. 

Yo diría que Jesús con este ejemplo quiere llamar la atención a todos en este punto: si vamos a tratar con Él -acercarnos a su persona, escuchar sus palabras, preguntar acerca de Él a sus amigos/testigos, brindarle nuestra atención…- el rasgo determinante para nuestro modo de tratarlo lo expresa la palabra «especial». Jesús es Alguien especial y debe ser tratado como tal si es que queremos «hacernos dignos de Él», de su mirada, de su atención, de sus beneficios. 

«Trato especial» significa muchas cosas y puede tener infinidad de matices y de grados. “Especial”significa que, subjetivamente, usamos para con Él algún recurso no común de nuestra parte. El Evangelio está lleno de ejemplos así, de lo que este trato especial significaba para la gente pequeña, esa gente que se sentía honrada de poder siquiera merecer tratar con Jesús y se lo demostraba en algún detalle. 

La pecadora que rompe su frasco con perfume de nardo carísimo es quizás la imagen que «perfuma» todas las demás. No se puede ir a Jesús con cualquier perfume. Ni tampoco es digno de Él rociarlo solo con algunas gotas. El ejemplo que se sitúa en el polo totalmente opuesto es el de la hemorroísa, cuyo gesto de tocarle la orla del manto es aparentemente contrario al perfume, que perfuma toda la casa. El suyo es un gesto íntimo, fugaz, imperceptible…, pero «especial». Y el Señor lo nota. Como también es «especial» la limosna de la viuda, esas dos moneditas; o el treparse a la morera de un tipo importante como Zaqueo, sin importar el “qué dirán”. Es especial el modo de escuchar a Jesús -sentada a sus pies- de su amiga María y es especial el modo de querer defenderlo de Simón-Pedro, aunque Jesús le impida causar daño con la espada. 

Todo el evangelio es una sucesión de «encuentros especiales» con Jesús. Y cada uno debe encontrar «su gesto especial», ese que lo hace digno del Señor, de su trato, que es también especial. Quizás este sea el punto: como todo en el Señor es «especial», sólo lo puede comprender y recibirlo el que «existencialmente» pone de parte suya gestos también especiales.

Cuando el Espíritu nos abre los ojos y nos hace ver que «todos los gestos de Jesús para con nosotros fueron especiales» comenzamos a comprenderlos en su peculiaridad. Salimos de la nube de vulgaridad y de banalización en que vivimos inmersos, ese caldo que tiñe con su niebla la vida cotidiana haciendo que todo parezca ordinario en el sentido peyorativo de la palabra: desleído, soso, sin brillo, sin especial bondad. 

La siguiente imagen es la de la Cruz. Leída a la luz de un Jesús que ya estamos considerando como Alguien especial -como el más especial!-, lo de cargar nuestra cruz inclina el peso hacia el seguimiento. Es como si dijera: a Alguien así hay que seguirlo sí o sí y como sea. Por tanto, no se puede poner como excusa la propia cruz. No importa cuál sea: si algo que uno no puede resolver externamente o si es  algo interior. El Señor «nos da permiso» para seguirlo con nuestra Cruz! Esa es la buena noticia. 

La tercer imagen incluye la palabra «psiché». Perder o ganar la vida… psíquica, en el sentido en que se distingue de la vida espiritual -libre- y la vida física. Perder o ganar los entiendo yo en el sentido de «preocuparse por», de centrarse allí. La psichè es el alma o la vida en cuanto sede de los sentimientos, pasiones, deseos, afectos y aversiones psicológicas. En el fondo, lo que está diciendo es que cada uno puede seguir al Señor y relacionarse con Él como es, con su sicología. No es que la madurez y el autodominio psicológico sea condición determinante para relacionarse con Jesús. Al contrario, los enfermos y pecadores son los que mejor se relacionan con este Jesús tan especial. Quizás porque son los que mejor captan su «especialidad» que es redimir, sanar, dar vida, enseñar, disfrutar de la amistad sincera… 

Las últimas imágenes tienen que ver con el recibir y el dar. Miran la intención última con que uno recibe y da. Aquí «lo especial» de Jesús se muestra en toda su extensión y calidad. El Señor quiere que todo lo hagamos y recibamos en su Nombre, por Él como Persona, para Él en particular, en Él en el sentido de «con su estilo». Lo más justo, como recibir o alabar a un profeta porque es profeta, solo «equilibra» las cosas. En cambio, lo más pequeño, como un vasito de agua, hecho en Nombre de Jesús, para hacerle sentir a Él lo que significa para nosotros, adquiere un valor inusitado y se hace acreedor de una recompensa desbordante. Así de especial es Jesús! El vuelve todo especial. Fuera de Él todo es «pérdida» -basura, como dice Pablo-, rutina, poca cosa. Con Él todo adquiere su propio valor y el plus que le da el Predilecto.

Jesús conjuga y declina el amor en todas sus formas, grados y matices. Aquí usa «filein», que es amor de la predilección que uno tiene por sus amigos. Esa que lleva, como dice Borges, a engrandecer sus acciones para poder admirarlos y darle así al amor que se siente por ellos un recipiente propicio. Cuando un amigo «agranda» a su amigo, cuando cuenta con pasión lo que el otro hizo y le agrega cosas dignas de admiración, a veces hasta exagerando un poco, no es por afán de fabular o de adular. Que no es así se comprueba en que el mismo amigo que es capaz de mostrar su admiración incondicional por algo que hicimos bien, no duda en cargarnos y señalarnos alguna metida de pata o defecto. Expresar nuestra admiración por un amigo, considerarlo alguien único en el mundo y especial, nos enaltece al mismo tiempo a nosotros y, por encima de todo, enaltece nuestra  amistad. Jesús quiere ese trato especial que el zorro le enseña al Principito: “tú serás para mí único en el mundo, yo seré único en el mundo para ti”.

Diego Fares sj

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad repítanlo a la luz (en pleno día); y lo que escuchen al oído proclámenlo desde los techos. 

No teman a los que matan el cuerpo pero no tienen poder para matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. 

¿Acaso no se vende un par de gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno solo de ellos cae en tierra sin el Padre de ustedes. Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que se juega abiertamente por mí ante los hombres, Yo me jugaré por él ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo negaré ante mi Padre que está en el cielo a aquél que me niegue ante los hombres” (Mt 10, 26-33).

Contemplación

Cuatro veces aparece en el evangelio el término «miedo» (fobos), temor, y el Señor lo ahuyenta como Buen Pastor:con realismo y energía, usando ejemplos sencillos, como los de los pajaritos que están en las manos de nuestro Padre, el cual hasta los cabellos de la cabeza de sus hijos tiene contados. No teman, dice Jesús a su pequeño rebaño. No le tengan miedo a nada, fuera del Maligno, que los quiere apartar de mi amor y amistad. 

El temor es una de las cuatro pasiones principales con que «reaccionamos» ante un bien, presente o ausente: gozo/tristeza; esperanza/temor. El temor se opone a la esperanza porque -robándonos el gozo del bien presente- nos pone en actitud de fuga ante un mal futuro y arduo, difícil de evitar. 

San Juan que es quien mejor discierne los miedos y su remedio, afirma: «El amor (agape) expulsa el temor (fobos) (1 Jn 4, 18). Lo expulsa, porque el amor nos pone bajo la acción de un Bien presente, al alcance de la mano: el amor de nuestro Padre del Cielo -que habita en nuestro corazón-. El Padre nos cuida y nos protege contra todo mal, dice Jesús, poniéndose a sí mismo como ejemplo y testigo fiel. 

Este es el anuncio consolador que nos trae el Señor en el evangelio de hoy: No teman! porque ustedes están en las manos del Padre y si Él cuida hasta de los pajaritos, cuanto más los cuidará a ustedes! Confíen!

Gozar de este amor de nuestro Padre Dios despierta en nosotros la esperanza, que siempre está, pero que a veces la tenemos como de reserva. Gozar del amor de Dios despierta la esperanza de alcanzar más bienes -todos los bienes que el Señor promete: la alegría, la paz, la amistad con Él, la unidad entre nosotros, la vida eterna…-, y nos da el coraje para vencer todo tipo de temor, tanto el que nos paraliza (pereza) como el que nos llevan a huir de las situaciones difíciles (cobardía).

El Señor habla con ejemplos. Para ilustrar el primer «no teman» nos presenta situaciones que tienen que ver con la Palabra. Por un lado, con la palabra que dicen los demás. El Señor advierte que nos llamarán «endemoniados» como lo llamaron a Él que es el Maestro. Por otro lado, con la palabra que nosotros debemos anunciar y proclamar a la luz del día: la buena noticia, el evangelio, las bienaventuranzas. 

Jesús les quita a los apóstoles el miedo al «qué diran» recordando que «el discípulo no es más que su maestro»; si al Maestro lo llamaron Beelzebub, también de sus discípulos dirán lo mismo. No debemos temer ese tipo de reacciones agresivas que la predicación de la Palabra suscita en algunos y que, hoy, los medios multiplican. 

El otro ejemplo que da el Señor tiene que ver con lo oculto y lo público. En cada sociedad hay «códigos», cosas que se dicen y cosas que no se dicen o se dicen de un modo y no de otro. Pues bien, en el evangelio la única ley para administrar la verdad es la de la caridad. No hay otra. Y al final, nada habrá oculto, todo será revelado. Por tanto, no hay que temer. Solo discernir el momento en que se debe dar testimonio, teniendo en cuenta el bien de los demás. Aquí vale, por ejemplo, la regla de «no tirar perlas a los chanchos». Pero hay momentos, como cuando el Señor manifiesta ante el sanedrín que Él es verdaderamente el Hijo del Dios Bendito, en que hay que decir la verdad aunque cueste la vida (o el puesto, o una relación o lo que sea).

Para ilustrar el segundo «no teman» el Señor pone ejemplos de persecución: habla de los que tienen «poder de matar». Aquí distingue claramente dos tipos de amenazas: una física, a la que no hay que temer, y la otra espiritual, a la que sí hay que temer. Establece, sin dejar lugar a dudas, que al único que tenemos que temer es al demonio, porque tiene poder de robarnos la vida eterna y, cuando no puede lograr esto, nos trata de robar algunos de sus frutos, o disminuirlos, o al menos «escupirnos el asado», en el sentido de causar algún disgusto. El Papa insiste siempre: «no se dejen robar la alegría del evangelio; no se dejen robar la esperanza, no se dejen robar la pertenencia al pueblo fiel… 

Para ilustrar el tercer «no teman» el Señor usa ejemplos que tienen que ver con la autoestima en la fe. Los ejemplos de los gorrioncitos y de los cabellos contados son para hacernos sentir lo mucho que valemos a los ojos de nuestro Padre. Él «está» junto a cada criatura suya, en su vida y en su muerte. Y contabiliza todo, hasta nuestros cabellos. En otro momento, Jesús dirá que el Padre sabe todo lo que le queremos pedir, todo lo que necesitamos. 

La oración del Padre nuestro nos la enseñará para que cada día nos pongamos totalmente en sus manos y gozando así de su amor y de su providencia, sea expulsado de nuestra vida todo temor y todo miedo. 

Lo contrario del temor es el coraje, en cuanto virtud del corazón. La valentía de corazón  se nutre de la esperanza y sale busca del bien con audacia, metiéndole para adelante. La valentía del corazón se alimenta también de la fortaleza y resiste el mal, aguanta y persevera en el bien sin rendirse jamás, levantándose, si cae, una y otra vez.

En las parábolas y ejemplos que Jesús nos da de nuestro Padre vemos estas cualidades y, como hijos suyos, podemos sentirnos animados a vivirlas en su Nombre, es decir para gloria suya. 

Si miramos la creación, y en especial nuestro planeta, no podemos menos de pensar que es fruto de Alguien audaz y creativo,  de un apasionado por la vida en todas sus formas. Viendo la creación no podemos imaginar que sea fruto de alguien temeroso y calculador, de alguien con una mentalidad utilitaria que haya calculado costos y beneficios como quien quiere producir cosas en serie. Por el contrario, la creación en su infinita riqueza y variedad da testimonio de ser obra de Alguien que no teme derrochar recursos y que se juega entero en su obra dando todo sin reservarse nada para sí. 

Su audacia para crear se muestra también en su apuesta a la colaboración de sus creaturas. Algo de esto podemos verlo expresado en la parábola de los talentos, donde el rey distribuye generosamente sus bienes y desea que se negocie y arriesgue con ellos para que den fruto abundante. 

Se proyecta luego este coraje en el aguante y la paciencia del corazón del Padre para sostener y mantener todo lo creado sin fijarse en costos ni en sacrificios, como vemos en la parábola del dueño de la finca, en la que Jesús nos muestra a su Padre apasionado por su viña, cómo sale a todas horas a buscar cosechadores y paga generosamente a todos, comenzando por los últimos. 

En las parábolas de la fiesta de bodas de su hijo, el coraje del corazón del Padre se pone de manifiesto en su decisión inclaudicable de hacer la fiesta, sí o sí. No acepta excusas y si los primeros invitados son indignos, dignificará a los pobres, a los enfermos y pecadores con el vestido de su misericordia que los haga esta a la altura de la celebración. 

La misericordia incondicional y a toda prueba es también una forma de valentía del corazón: el Padre no teme enviar a su Hijo a buscar a los que se habían perdido. En Jesús se encarna este coraje del Padre que es el que, como Hijo, lo hace «amar hasta el extremo» y lo lleva a dar la vida por sus hermanos. 

También es valentía el animarse a hacer fiesta por su hijo pródigo que regresa y apostar al diálogo con su hijo mayor. El Padre no se deja amedrentar por nada y ningún respeto humano lo aparta de su deseo de salvar a todos. 

En el día del padre pedimos esta gracia de la valentía del corazón para todos los padres, biológicos, adoptivos y espirituales. Gracia que se muestra, perfectamente reflejada, en el Corazón del Señor, imagen del Corazón invisible del Padre eterno.

Diego Fares sj

(Después de la multiplicación de los panes) Jesús dijo a la gente (que lo seguía y había ido en su búsqueda): «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» 

“Aquéllos que rechazaban a Jesús” discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente» (Juan 6, 51-58).

Contemplación

Este tiempo de Covid-19 y de pandemia, en el que no podemos comulgar materialmente ni sacar el Corpus por las calles en multitudinaria procesión, muchos me cuentan que han tomado conciencia del valor de la comunión sacramental, con el Cuerpo y la Sangre del Señor. También han tomado conciencia de lo lindo que era poder caminar con Él por nuestras calles. (Siempre recordaré el Corpus de 1992 cuando, sin saber que se hacía la procesión desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor, salí a caminar de tarde por las callecitas de Roma y desemboqué en vía Merulana en el  momento preciso en que Juan Pablo II pasaba frente a mí a pie, llevando el Santísimo en sus manos, cantando en medio de la multitud con antorchas). 

Siguiendo todas las misas de Santa Marta que desde el 9 de marzo al 18 de mayo nos celebró al mundo como un simple sacerdote nuestro Papa Francisco, disfruté de manera especial el momento que le dedicaba a “aquellos que no pueden comulgar y hacen ahora su comunión espiritual”. De las dos o tres oraciones distintas que rezaba el Papa cada mañana, me quedaron la de san Alfonso María de Ligorio y la del Cardenal Merry del Val. La primera dice así:  

“Jesús mío, yo creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento.

Te amo sobre todas las cosas y te deseo en mi alma.

Como ahora no puede recibirte sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Como ya habiendo venido, yo te abrazo y me uno a Ti; 

no permitas que me vaya a separar jamás de Ti”.

Me hace pensar eso de “ven al menos espiritualmente”. Es un hecho notable cómo las palabras del evangelio recobran vigor en los momentos de crisis, cuando se abren brechas en el sistema de pensamiento en el que pensamos y discutimos. La Encarnación del Hijo de Dios y el hecho de que nos de a comer su Cuerpo y su Sangre, significa que cuando lo recibimos a Jesús “material y espiritualmente”, lo recibimos de una manera más plena que si lo hiciéramos “solo espiritualmente” (o “solo materialmente”, podemos agregar, para los que se han “acostumbrado a la comunión” y no le dedican un acto espiritual de adoración al hecho físico de comer). Sacramentalmente quiere decir las dos cosas juntas. Esta es la palabra que “cobra vigor” en la situación actual! Sacramentalmente! Dice un antropólogo del Amazonas peruano que los indios huitotos “relatan” sus mitos bailando. “Eso es cosa de baile”, dice un abuelo, cuando le piden que explique un mito. Hay cosas que se comprenden “bailando”, sacramentalmente!

La necesidad que nos ha llevado a poder hacer sólo la comunión espiritual nos devuelve a todos la conciencia de las dos cosas: de la fuerza que tiene el deseo de comulgar, de lo importante que es poner toda nuestra atención y libertad en ese acto de unión con Jesús, y también la conciencia de la importancia del pan, del hecho de comer, de juntarse en la Eucaristía presencialmente y no solo de manera virtual. 

Hoy en que el plasma de los que se han curado del Covid-19 es medicina para los enfermos, el lenguaje de Jesús que nos dice que su Sangre da vida eterna y nos redime y nos perdona los pecados parece que adquiere más valor real en medio de tantas palabras gastadas. 

La otra oración, la del Cardenal Rafael Merry del Val, reza así: 

“A tus pies, oh, mi Jesús!, me postro y te ofrezco 

el arrepentimiento de mi corazón contrito 

que se abisma en su nada y en Tu santa presencia. 

Te adoro en el sacramento de Tu amor, 

deseo recibirte en la pobre morada que te ofrece mi corazón. 

En la espera de la felicidad de la comunión sacramental, 

quiero poseerte en espíritu. 

Ven a mí, oh, mi Jesús!, que yo venga a Ti. 

Que tu amor pueda inflamar todo mi ser, 

para la vida y para la muerte.

Creo en Ti, espero en Ti, Te amo. Amén”. 

De esta oración me gusta lo de “la pobre morada que te ofrece mi corazón” y lo de “ven a mí, oh, mi Jesús!, que yo venga a ti”. Es fuerte este “venir” el uno al otro, en libertad, para entrar en comunión. 

Meditaba y sacaba provecho de esta reflexión: Contra un virus que “no tiene cuerpo”, que es un código genético envuelto con algunas sustancias, contra un virus  que se contagia sin que podamos evitarlo y toma la vida de nuestro cuerpo, un Dios que tiene “su propioCuerpo”, individual, uno más, pero inmune al mal y sanificante, y que nos lo comparte y participa para darnos “su plasma”, su Vida, abriéndose a que “libremente entremos en comunión con Él”, se revela simplemente un Dios real. 

Me acuerdo cómo me impactó una charla entre Moria Casán y su hija Sofía. La hija le reprochaba que la hubiera mandado a un colegio de monjas y Moria le pregunta: 

– “¿Pero vos sos atea o agnóstica?”

– “No creo en la idea de Dios y no creo en la Iglesia, nada. No puedo creer que digan que Dios es un hombre, que un ser que se parece a nosotros sea el que domina todo. ¡Me mato! Si es así, no quiero tener nada que ver.”

Me impactó porque yo pienso que sólo un Dios que no solo “se parece a nosotros” sino que “es uno de nosotros” me resulta creíble, A mí, si me dicen que Dios es una energía cósmica anónima de la que salimos nosotros con esta conciencia, ahí sí que me quiero matar. Capaz que donde se le tuerce la lógica a Sofía es en eso de que “domina todo”. En las cosas de la vida no hay “dominio de todo”. Hay predominio que se limita a sí mismo y sirve a los demás seres vivos. Si no, no habría vida (y nosotros, con nuestro predominio para beneficio exclusivo estamos suicidándonos junto con la muerte de nuestro planeta). Y parece que es lo mismo en la Trinidad, en la que el hecho de que “el Padre sea mayor” no le quita nada al Hijo, al contrario, le da todo, porque es un ser mayor para darse entero.

Otra oración “sacramental”, en el sentido que decíamos de unir lo más material y lo espiritual, es la que nos dejó grabada en los Ejercicios San Ignacio: 

“Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del Costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh! mi buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme

Y no permitas que aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti, 

para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos, Amén”.

Es una oración que crea mucha intimidad con el Señor mediante el uso de los pronombres personales y posesivos.

En este tiempo de distanciamiento social, en que el otro es anhelado y temido y uno mismo frena el movimiento espontáneo que lo lleva a acercarse a los que quiere por temor a contagiarlos, valoramos lo que significa que haya Alguien como Jesús que haya ofrecido y ofrezca una comunión total. 

A muchos de su tiempo les resultaba una “doctrina dura”. Les parecía mucho esto de “exigir” una comunión tan total (entendían perfectamente lo que Jesús quería decir con eso de “comer su carne”). Pero si uno lo piensa bien, en este tiempo en que todos nos “distanciamos”, quién quiere (y quién ofrecería) una comunión así?

Además, comprendemos que una comunión tan total solo se puede dar “sacramentalmente” -corporal y espiritualmente-. No bastan estas dimensiones si se dan separadas. No hay verdadero amor espiritual si no baja a las obras de misericordia, si no toca la carne herida de Cristo en los sufrientes. No hay verdadera unión de pareja si no se extiende a todas las dimensiones y circunstancias de la vida: al gozo y al sufrimiento, a la salud y a la enfermedad, como dice el rito del matrimonio cristiano.

La última oración que compartimos y sobre la que reflexionamos para sacar algún provecho, es la del mosaico del padre Rupnik que está en la capilla de nuestra casa de formación en Tainach (Eslovenia). En el mosaico contemplamos una Trinidad misionera, que se nos muestra en el Cuerpo de Cristo. Una Trinidad que sale de sí y se nos brinda, viene a habitar en la pobre morada de nuestro corazón, en nuestra tienda, simbolizada en ese ala del Espíritu que toca la tienda de Sara y la cubre con su sombra.

En el mosaico la figura del Hijo resalta por sus colores (azul de hombre, que mira al cielo; rojo de Dios, que es como la sangre que da vida) y centra todo en la herida de su Cuerpo, de su Corazón. 

En el Cuerpo de Cristo tenemos acceso a la Trinidad, a nuestro Padre y a nuestro Espíritu Santo común. Contemplar la Trinidad sana nuestras relaciones, porque ellos son todo “relación al Otro”. 

Contemplar la Trinidad centrando la mirada en el Cuerpo de Cristo, sana nuestras relaciones con nosotros mismos. Sana nuestra memoria, porque el Padre es más grande que nuestra conciencia y la memoria de nuestros pecados es vencida por la memoria de su Misericordia sin límites ni condiciones.

Sana nuestra inteligencia, porque Jesús es más inteligente que nosotros, es nuestro Maestro, el que tiene parábolas que tocan el corazón e iluminan los ojos con la luz del Evangelio. Un ala del Padre cubre parcialmente el ojo de Jesús, indicando que Jesús “ve con el ojo del Padre”.

Sana nuestros deseos, porque el Espíritu Santo “transforma en Palabra nuestros gemidos” y nos concentra el deseo en los bienes concretos que nos ofrece en cada momento para amar y servir. El Espíritu está vestido de blanco, el color humilde que sin brillar él es la suma de los demás. El Espíritu es la más humilde de las Personas porque no sobresale por sí mismo sino que siempre está exaltando a los demás. No solo al Padre y al Hijo, sino a nosotros, haciendo brillar sus carismas como si fueran nuestros -y lo son, pero porque nos los ha dado-.

Contemplar la Trinidad centrando la mirada en el Cuerpo de Cristo, sana nuestras relaciones familiares y comunitarias, sociales y eclesiales porque nos hace gustar la paz de estar atentos el uno al otro con la alegría que da el poder servir y no pelear. Nuestras luchas de “egos” se desinflan al comprender que nuestro yo no es “nadie” en sí mismo, si no siendo alguien “para los demás”. Los hermanos para los hermanos, los padres para los hijos, los nietos para los abuelos. Gustamos este ser servicialmente para los demás mirándolos a Ellos tres: a ese ondear y abrazarse de sus alas que los hacen cubrirse y volar como Uno solo; a ese darse de sus manos: la del Padre en la bendición, la del Hijo en el señalar siempre al Padre y la del Espíritu “santificando la ofrenda de Abraham” símbolo de la Eucaristía, del Corpus Christi.

Diego Fares sj

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes (2 Cor 13, 13).

Contemplación

Padre, Padre mío! (Mc 14, 36); Mi Maestro -Rabbuní- (Jn 20, 16) Jesús, mi querido Maestro!; Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28); Espíritu Paráclito que estás con nosotros – con cada uno y con todos juntos- para siempre! (Jn 14, 16).

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra querida Trinidad Una y Santa, Cercana e Inefable. 

Jesús, nuestro Señor, ruega a tu Padre para que nos envíe a nosotros, su Espíritu, tu Espíritu (Jn 14, 16)

Padre, en el Nombre de Jesús tu Hijo amado, envíanos -envíennos- su Espíritu.

Espíritu Santo que estás con nosotros, derrama en nuestro corazones -pobres, pequeños, inquietos- el amor con que se los ama a ustedes, divinas Personas, Trinidad Santa, único e indivisible Dios nuestro. 

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra Santísima Trinidad, así, con todos los pronombres personales que podamos agregar, como Jesús que no decía solo “Padre”, sino que inmediátamente agregaba Padre mío, mi papá. Como el ciego Bartimeo y María Magdalena, que no decían a Jesús Maestro, sino “mi Maestro”, “mi querido y amadísimo Maestro” que es lo que expresa la palabra “Rabbuní”. Como el Padre que cuando hablaba de Jesús decía “Mi Hijo predilecto”; como el padre de la parábola que le decía a su hijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo”. 

Una cosa es hablar con nuestro Dios, invocarlo, adorarlo, suplicarle, agradecerle, pedirle que nos ayude y otra hacer teología, hablar de Él en tercera persona. “El Espíritu Santo” es esto y hace esto y aquello”, decimos. Y ya se nos aleja, como la Paloma que es, que una cosa es que se pose sobre nuestras cabezas y como llamitas de fuego sobre nuestros corazones, como hizo en Pentecostés, y otra cosa es que se nos aleje con unos saltitos, como las palomitas en la plaza. 

“El Padre” -decimos-, o “Dios” (más abstracto todavía) en vez de invocarlo: Padre nuestro, Padrecito mío de mi corazón. Jesús mío. Jesucito. Mi Sagrado Corazón. 

Y al Espíritu lo tenemos que invocar diciendole: Tú eres, Espíritu, “el que está para siempre con nosotros”, eres Espíritu de todos, Espíritu de la Comunidad, Espíritu de nuestro Pueblo, Espíritu que escribes la ley de la caridad en nuestros corazones, como dice Ignacio en nuestras Constituciones. 

Si a nuestro Padre nunca hay que sacarle el “nuestro”, menos a nuestro Espíritu Santo, aunque nos hayamos acostumbrado así y hablemos de “el” Espíritu, como quien dice “esa realidad misteriosa”. Misterioso, sí, pero no “esa realidad” sino nuestro Misterioso amigo, nuestro Defensor más eficaz – el que nos defiende a todos nosotros, no a algunos en particular-. 

La fiesta de nuestra Santa Trinidad es apropiada para tratar este problema. Digo porque apenas trato de hablar “de la Trinidad”, el lenguaje se me vuelve fastidioso y se me enfría el fervor del corazón con esos números que dicen que son tres y uno y se empieza a hablar de “la” esencia y de “las” personas. En cambio, apenas digo mi Jesús, mi Maestro y escucho sus palabras en el Evangelio cuando dice “ustedes son mis amigos”, todo cambia. El lenguaje se me vuelve precioso, gracias a esos pronombres personales, gracias a esos posesivos. Apenas digo Padre nuestro, siento la presencia de todos los que rezan, de tantas religiones y creencias. Me achico hasta volverme pequeñito, uno más entre miles de millones; me igualo en nuestra común cualidad: todos hijos, solo hijos, nada menos que hijos suyos! Con nuestro Espíritu cuesta más, porque la costumbre del lenguaje teológico lo ha vuelto impersonal. Justamente a Él, que es la Persona que hace que lo común se vuelva personal: El es el que hace que el Pueblo de Dios tenga un corazón común, como dice siempre Francisco cuando habla que los pueblos tienen un corazón que late en su cultura. 

No tenemos que confundirnos: cuando uno quiere mucho a una persona y siente que de golpe esa persona creció y se le vuelve misteriosa, en el sentido de que uno se da cuenta de que el otro tiene una riqueza y una vida más grande de lo que uno estaba acostumbrado a compartir, si de verdad la quiere, no se aleja, sino que crece con ella. Eso pasa con un hijo o una hija, cuando trae a casa a la persona con la que se va a casar o cuando comparte una vocación que lo llevará lejos del hogar. Los padres “crecen” con sus hijos, incorporan lo que sus hijos aman, lo integran, lo vuelven familiar. Así con nuestro Dios: cuando Jesús comenzó a hablar de su Padre enseguida lo hizo “nuestro Padre” y sus discípulos lo incorporaron. Y cuando comenzó a hablar del Espíritu que era de su Padre y suyo y que nos lo enviarían para que estuviera siempre con nosotros, los discípulos lo fueron incorporando. Tanto que al comienzo decían: El Espíritu Santo y nosotros… hemos decidido esto y queremos hacer aquello. El Espíritu Santo y nosotros. 

No sé en qué momento comenzamos a hablar en general. Quizás fue por las discusiones que se suscitaban y para tratar de explicar mejor las cosas y corregir errores. Pero la cuestión es que creció mucho el hablar de Dios y no tanto el hablar con nuestro Dios. O quizás fue que crecieron cada cosa por su lado y se volvieron cosas distintas, como cuando se habla de teología y espiritualidad o se distinguen la dogmática de la pastoral. San Pablo le dice a Timoteo que vendrán días en que los hombre “no tolerarán la sana doctrina” y cada uno seguirá a maestros según su capricho que le hablarán de fábulas. La sana doctrina no consiste solo en el uso de sustantivos y adjetivos calificaficativos (como cuando se discutía si Jesús o el Espíritu eran “Dios” iguales al Padre, o como cuando se discute hoy sobre el alcance “doctrinal” de lo que predica el Papa), sino que la sana doctrina consiste también en los pronombres personales que hacen que nuestro hablar con nuestro Dios sea oración y no contar fábulas. Esas fábulas  que hoy se llaman “el relato político” y “el paradigma científico” pero son tan fábulas (impersonales) como las de Esopo: hacen hablar hasta a los animales pero no se animan a conversar francamente con nuestro Dios.

Toda manera de hablar puede ser buena y necesaria, pero hay que cuidar que no se enfríe nuestro lenguaje. Un poco como pasa en la mesa familiar, que se tocan todos los temas y a veces hay que explicar algún tema “más técnicamente”, como cuando se trata de una cuestión juirídica, médica o de un deporte que practica alguno y los otros no tienen ni idea de las reglas, pero cuando el que habla se pone muy profesoril, enseguida la familia le baja el discurso a la realidad de las personas que tiene delante comiendo.

Que en esta fiesta de nuestra querida Trinidad, nuestro querido Espíritu Santo nos ilumine los ojos del corazón para que nos dejemos abrazar y envolver por el Amor de nuestro querido Padre que nos quiere como a su Hijo Predilecto, su Jesús, en quien todos podemos sentirnos comprendidos, perdonados y amigados, con Ellos tres y entre nosotros, todos, todos los hombres, todos sin exclusión. 

Pd. Lo de los pronombres, como decía hace poco, me viene de una charla a distancia con dos personas con las que tengo una relación de amistad muy particular -como sucede en toda amistad, que siempre es única, pero en ésta lo “único” es más particular todavía, en cuanto tiene muy poco de “vista” y consiste más que nada en “palabras”). Una es Victoria Braquehais (Ushindi) (misionera en Camerún), con la que nos comunicamos por whatsapp y mail desde hace unos años. La amistad nació en torno al interés común por los Ejercicios Espirituales y ha crecido con el tiempo. El otro es alguien cuyos escritos  conocí a través de Ushindi. Su nombre musulmán es Abdelmumin Aya. Ellos hacen la exégesis del Evangelio partiendo de sus raíces arameas. No he tenido trato directo aún con Abdelmumin, sino a través de las palabras del evangelio que elige comentar y que me ayuda a paladear. De este gusto común pasé a buscar en internet quién era y voy descubriendo muchas cosas de su vida. Pero lo que quería compartir de esta “triangulación de mails” entre Ngovayang, Sevilla y Roma, es que puede nacer una trinidad de personas muy diversas unidas por un hilo al comienzo invisible: el del amor a palabras de Jesús tan pequeñas como esos pronombres personales que Él usa. Palabras que a medida que se tejen con las otras palabras conforman algo pleno de vida y rico de significados: Una trinidad que existe solo cuando los pronombres personales y los posesivos ponen en relación las otras palabras, como acontece cuando compartimos nuestros mails con mis dos amigos.

Diego Fares sj

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes’. Al decir esto exhaló sobre ellos diciendo: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cuando Juan dice que Jesús «Exhaló sobre ellos diciendo: «reciban el Espíritu Santo», la acción del Señor de exhalar el aire de sus pulmones y la acción de los discípulos de recibir ese Aire Santo -el Espíritu- es una y la misma cosa. La acción de Jesús nos recuerda al Génesis, cuando el Padre «insufló» en las narices de Adán su «aliento de vida» (Gn 2, 7). Se trata por tanto de un gesto único de Jesús que remite al gesto original del Padre: es el gesto que da inicio a una nueva creación.

La creación de una vida nueva en el Espíritu es nueva en cuanto participada. Adán fue creado sin haberlo elegirlo, en cambio el Espíritu que transmite Jesús es -debe ser- recibido libremente. Por eso el Señor no lo transmite sin más, sino que les dice, los exhorta (les ruega?) que lo reciban! 

Rezando con estos pasajes, hace poco recibí la gracia de «comprender como por primera vez» algo de lo que significa el hecho de que el Espíritu sea el Espíritu de Jesús y del Padre. 

Sentí más claro lo que significa que el Espíritu sea también el de Jesús. Esto me lo hace sentir como un Espíritu «encarnado», con historia, con las características humanas de Jesús. No es que Jesús se va al Cielo para enviar desde allí un Espíritu que se había quedado como guardado, no se trata de un Espíritu que viene directamente sólo del cielo, donde existe como Dios en el misterio incognoscible de la intimidad trinitaria. 

Al volver el Señor al Padre, el Espíritu de ambos que nos enviarán será un Espíritu que ha vivido también con Jesús en esta tierra. 

Es el Espíritu «por obra del cual el Hijo se encarnó en María». 

Es el Espíritu que vino «sobre Jesús y lo ungió en el Bautismo». 

Es el Espíritu «en El que el Señor se llenaba de gozo» al ver cómo el Padre revelaba sus cosas a los pequeñitos 

Es el último Aliento entrecortado que exhaló Jesús en la Cruz 

y el Soplo Santo que insufló a los discípulos una vez resucitado. 

Este Espíritu «con historia», es el que recibimos. 

No es ningún tipo de «puro Espíritu» en el sentido de desencarnado, ni ningún tipo de Espíritu «absoluto», en el sentido de desligado de todo lo material. 

Es el Espíritu de nuestro Padre, el mismo que le insufló a Adán cuando lo creó, el mismo que envió a su pueblo cada vez que quiso «hablar por los profetas». 

Es el Espíritu que acompañó a Jesús y lo condujo, inspirando todas sus acciones salvadoras realizadas siempre en unión de corazones con el Padre. 

Y es el Espíritu que nos acompaña a nosotros, a cada uno de sus pequeñitos, a cada pueblo grande o pequeño, a través de las vicisitudes de su historia. El Espíritu que se «hace todo a todos» para revelar las cosas del Padre a los pequeñitos y alegrar así a Jesús. 

El Espíritu nos comunica todo lo del Padre y todo lo de Jesús y lo realiza de una manera especial. Todo lo del Padre nos viene por Jesús, al estilo de Jesús. Y todo lo del Padre y de Jesús nos viene a través del Espíritu, que recrea y dosifica las cosas, adaptándose a cada uno en cada momento y para el bien de todos. Esto es «lo especial».

Es especial también que nos comunica «de modo nuevo» lo que nos han dado el Padre y el Hijo: el Padre nos creó, el Espíritu nos recrea, nos hace una «nueva creación»; el Hijo nos redimió en la Cruz, el Espíritu nos perdona en cada confesión nuestros pecados y nos envía a perdonárselos a los demás. Las obras de misericordia son eso: un modo de «perdonar» los pecados, de reparar los daños que el pecado provocó.

El hecho de que el Espíritu «sea enviado» por el Padre común nos conecta con toda la creación, nos abre a encontrar al Espíritu ya presente en todos los pueblos y en todas las culturas. 

El hecho de que el Espíritu «sea enviado» por Jesús nos conecta con todo lo específico cristiano. El Señor «liga» al Espíritu con tres cosas muy suyas, que en sí mismas pueden parecer «limitadas» pero que son la Fuente viva de todas las gracias: el perdón de los pecados, el anuncio del Evangelio -que el Espíritu concretiza discerniendo qué palabra (y parábola) aplicar en cada momento y cómo hacerlo de buen espíritu-, y la cercanía que nos hace prójimos, hermanos, comunidad y nos defiende del Maligno, del espíritu de división. 

La gallina

Discutíamos apasionadamente con un periodista sobre la libertad y en cierto momento me dijo: 

  • Vos le querés vender tus ideas a la gente.
  • No mis ideas -le contesté-. Mis ideas son comunes, como billetes de cinco pesos. Lo que yo quiero es, no vender, sino compartir con la gente la Fuente viva de las buenas ideas, como si dijéramos la gallina que pone huevos de oro.
  • Je! Lástima que no exista.
  • Claro que existe! Es el Espíritu Santo.
  • Un poco irreverente comparar al Espíritu con una gallina, por más que sea la que pone huevos de oro.
  • Igual de irreverente sería la imagen de la paloma. De hecho, el Espíritu no está atado a ninguna imagen particular y en la Biblia se utilizan muchas para describir su dinamismo: el viento, el fuego, el agua… La de la paloma fue quizás por la forma de descender a posarse suavemente sobre el Ungido, escena que recuerda el inicio del Génesis en que el Espíritu aletea sobre las aguas. Pero si pensamos en la unidad que el Espíritu da a los suyos, reuniéndolos en la Iglesia, ninguna imagen mejor de ese dinamismo de ternura que la de la gallina con sus pollitos. Al fin y al cabo es la imagen que el Señor usa para describir su deseo de juntar a su pueblo. Y si pensamos en los frutos y dones del Espíritu, ningún animalito nos da sus dones más acabadamente que la gallina, que uno se encuentra los huevitos ya «puestos» en el nido y no hay que ordeñarla como la vaca para sacarle la leche. El Espíritu santo nos da sus dones y sus frutos gratuitamente y ya listos para compartir y alimentarnos. 
  • Y por qué lo de los huevos «de oro»?
  • Porque cada palabra que el Espíritu nos recuerda y no enseña, cada carisma que reparte en cada persona para bien de la común humanidad, es un tesoro en sí mismo, tiene valor y consistencia propia, como el oro en comparación del valor más relativo de los billetes de papel. Cuando se trata de pensar, la Fuente viva del pensamiento son las realidades más valiosas, a partir de las cuales se ordena todo lo demás. Huevos «de oro» son los valores reales y absolutos: la vida, la vida de cada persona, la unidad y el bien común de la vida de todas las personas reunidas en familia, en comunidad, en pueblos, en la Iglesia. Desde allí se ordenan las «ideas». Valen las que dan vida, las que la promueven, la cuidan, la hacen crecer y dar más vida. Y el que «da» estos dones que producen ideas verdaderas es el Espíritu: la humilde gallina madre que pone huevos de oro.
    • Diego Fares sj

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de El; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

… Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.» Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos varones con vestiduras blancas, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hechos 1, 1-14).

Contemplación

Al contemplar las pinturas y cuadros sobre la Ascensión del Señor al Cielo siempre me pregunto si nuestro imaginario cristiano no se quedó con una imagen congelada de aquel momento en que los discípulos estaban mirando al cielo. La imagen quedó como imagen de cabecera, fijada, estática. Pero la realidad fue que esa actitud duró solo un momento: el Señor mandó inmediatamente a dos ángeles que los despertaron y los pusieron en movimiento. Y los apóstoles, después de recibir el Espíritu que les envió el Señor, salieron a predicar incansablemente. 

Quiero decir: no se quedaron en el cenáculo a pintar en el techo un hermoso cuadro de la Ascensión. Eso lo harían las generaciones posteriores, después que el Imperio nos regaló esos templos inmensos que había que decorar. 

La Iglesia no nació mirando al cielo, sino caminando hacia todos los senderos de la tierra: nació en salida, como dice Francisco, yendo a anunciar el evangelio a todos los pueblos. 

Pero en muchas épocas, en muchos lados, en liturgias e instituciones eclesiales, sucede que reeditamos aquella escena: es como si la Iglesia en vez de salir al mundo quisiera hacer entrar al mundo en una sala donde proyecta una imagen congelada sí misma mirando al cielo. 

La frase del ángel: «ese Jesús que les ha sido quitado» prevalece en muchos casos y no se tensiona bien con la otra frase del ángel: «ese Jesús vendrá de la misma manera que lo han visto partir». Si uno mira los «cuadros de la ascensión», el imaginario se focalizó en un Jesús aéreo. Hasta hay una, un tanto surrealista, en la que se le ven solo los pies, porque el resto se lo ha «tragado» por así decir un agujero redondo de cielo. Pero estas son las imágenes de una generación de artistas. El hecho evangélico es más personal: el Señor va y sube «al Padre», con el Padre nos envían «al Espíritu Santo». Además, nos dice que estará todos los días «con nosotros». 

Son realidades difíciles de pintar y podemos comprender que los pintores hayan ido por el lado más fácil, pero terminaron metiendo a Jesús en una burbuja, haciéndolo desaparecer en la luz del sol y sentándolo en un trono desde el que mira la tierra como por desde una ventana. Estas cosas «se pegan» a la imagen de la Ascensión y es necesario «desarmarla» para leer en su fondo y «rearmarla» completándola con otros cosas que nos revela el evangelio. 

El cielo antiguo

En aquella época «el cielo» era físicamente inalcanzable pero a la vez era un cielo abierto, su trascendencia estaba ahí nomás, los ángeles bajaban y subían fácilmente por la «escalera de Jacob». De ahí surgen esos cuadros en los que el Padre y Jesús se «asoman» como si en el cielo se abrieran ventanas. 

En la menta de la gente, estas imágenes de un cielo «alto, pero abierto y cercano» les hacía sentir juntas las dos realidades de las que habla el evangelio: que el Señor había «ido al Padre» y a la vez que «estaba siempre con nosotros». 

Hoy esa imagen del cielo no ayuda. Nuestro imaginario del cielo es distinto. Tenemos que asumir un fenómeno inverso: nuestro cielo está físicamente más cerca -de nuestros aviones, cohetes, sondas espaciales y simuladores que lo replican partiendo de datos que captamos- pero la trascendencia ha cambiado de lugar. No es que subiendo, uno llegue al límite del cielo y «lo trascienda». Sabemos que el espacio y el tiempo son relativos y que no podemos viajar hasta «el extremo del universo». Por un lado, porque parece que se expande con nosotros adentro. Por otro porque no podemos lograr una velocidad que nos permita hacerlo en un tiempo razonable, como para ir y volver y contar lo que vimos. Todos estos datos e hipótesis hacen que se rompa la imagen plástica que unía «cielo-subida-trascendencia». 

Pero no hay que «reírse» de la simplicidad de los antiguos. Ellos, con los datos científicos que tenían, pensaban y pintaban la trascendencia haciendo «subir» a Jesús y abriendo ventanas en el cielo o creando «burbujas de trascendencia». Nosotros, con los datos que tenemos acerca de la complejidad e inmensidad del universo, estas imágenes no nos ayudan: nos traen a la imaginación al Dios cristiano, pero revestido con los atributos de los dioses míticos. Un Dios sentado en su Trono celestial con corona y bastón de mando, contemplando el mundo como por una ventana. 

Tampoco hay que pensar que esto fue algo malo. Por el contrario: fue una «inculturación» que hicieron los creyentes para dialogar con el mundo en que vivían. Esta es la verdad honda de nuestra fe: la fe se incultura y dialoga con las culturas, usa sus imágenes en la medida en que le ayudan, pero esto no significa que quede encerrada y limitada a ellas. Me causó gracia cuando leí que algunos cristianos «cultos» de Europa se habían escandalizado al ver las imágenes de la Pacha Mama de los pueblos amazónicos en el vaticano. Han olvidado que sus antepasados incorporaron imágenes como la Zeus griego y el Júpiter romano. Se ríen de los sombreros de plumas de los indios y usan bonetes renacentistas en forma de tricornios rojos! 

Todas las «imágenes» que nos hacemos de Dios brotan de un diálogo entre evangelio y cultura. Y con el oído del corazón atento a las palabras de Jesús en el Evangelio, debemos aprender a usar y a dejar las imágenes que nos hacemos, según nos ayuden a adorar al verdadero Dios y a progresar en la fe o no. 

En el caso de la fiesta de hoy, podemos afirmar que nuestra fe no está atada a la imagen de Jesús subiendo a un cielo que arrastraba imágenes mitológicas y hoy arrastra imágenes científicas. 

Rearmar nuestra imagen acerca del tipo de presencia permanente de Jesús

Ahora bien, si no lo imaginamos a Jesús en el «cielo» (ni en el antiguo ni en el moderno), cómo lo imaginamos? Tenemos que «rearmar» nuestra imagen acerca de cómo está presente el Señor. 

Lo primero, creo yo, es «imaginar el cielo» usando el dato paulino de que es «inimaginable»: «ni ojo vio ni oído oyó, ni han entrado en la imaginación del hombre las cosas que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2, 9). En nuestra época, tan llena de imágenes, en la que se mezclan las de todos los tiempos, lo mejor es «no imaginar» el cielo, prepararnos para que nos sorprenda el Señor.

Pero «inimaginable» no significa «poner la mente en blanco» o imaginarlo a Jesús en un ámbito abstracto. Uno puede «dinamizar» la mente proporcionándole otros datos que le ayuden a sentir una presencia del Señor que sea más libre, abierta a hacerse sentir de distintas formas, sin atarse a una imagen o a un concepto solo. 

Podemos potenciar el contenido de la bienaventuranza a Tomás y «creer» en el Señor sin necesidad de «verlo», creer escuchando el testimonio de otros que lo han visto, creer sirviéndolo en los pobres con un cariño como el que pondríamos si lo viéramos a Él, podemos creer saboreando la Eucaristía con los ojos cerrados… 

Podemos tomar el final de todos los evangelios y constatar que no todos hablan de la ascensión. Más aún, las distintas formas de «terminar» los evangelios que tiene cada evangelista (y los autores que los completaron y que la Iglesia asumió como canónicos) tienen más de punto de partida que de punto final. 

Mateo, como vemos hoy, termina con un movimiento de Jesús no de irse sino de «acercarse» a los discípulos que lo adoran y sin embargo dudan. Y su última palabra es «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». 

Marcos tiene el famoso final «trunco», al que se le agregan los versículos 9-20 en los que se dice que Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Pero la última imagen es la de un Jesús que «actuaba junto con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban». 

Lucas será el que más claro describa el momento de la Ascensión, tanto en su evangelio como en los Hechos. «Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba, al cielo». 

Juan nos dejará dos finales: el de la bienaventuranza de los que creen sin ver» (Jn 20, 29) y la de Jesús que se pone en camino y le dice a Pedro: «Tú sígueme». Cada una de estas dos escenas concluye con una «consideración» de Juan acerca de las cosas que hizo Jesús que no quedaron escritas y que no bastarían todos los libros del mundo para contenerlas. Sin ser exegeta, lo que yo saco es que los evangelistas «ponen punto final a sus escritos» de modo tal que los sintamos como un punto de partida a nuevos modos de presencia y actuación del Señor. Ascender significa un «movimiento» de Jesús que nos «atrae» a una presencia suya más alta que la del puro ver, a un «creer»; un movimiento de Jesús que nos hace sentir que «estando con el Padre» son más efectivos con respecto a influir íntimamente en nuestra vida y en la historia: eso significa que nos envían de lo Alto al Espíritu Santo que se mete dentro de nuestra vida sin los límites de una presencia y actuación física, puntual.

El hecho de «no verlo» y de que «vaya al Padre», por tanto, no tienen por qué quedar atados a la imagen de un cielo que termina «teniendo una ventana». Como si la intercesión con que caracteriza su actuar Jesús la hiciera desde su trono mirando la vida a través de una ventana. 

Nada de eso. El dinamismo ascendente del Señor nos dice que: «Ser elevado al cielo» y «sentarse a la derecha de Dios» (Mc 16, 19) van juntos con «actuar junto con ellos» y con «confirmar la Palabra (que anuncian los suyos) con señales» (Mc 16, 20). «Bendecirlos mientras se separa de ellos y es llevado al cielo» (Lc 24, 53) va junto con esperar a la orilla del lago (con el pan y los peces asándose al fuego) a los discípulos y con la imagen de ponerse en pie y decir a Pedro «sígueme». La presencia del Señor en los pobres y en la Eucaristía es una presencia real, no simbólica. Tanto es así que nos manda celebrar la Eucaristía cada día y nos juzgará por nuestros actos concretos con los pobres, que son cosa de cada día. 

Lo que intento decir es que la Ascensión no pone punto final a la presencia real y concreta del Señor en nuestra historia. El Espíritu no «reemplaza» al Señor. Tiene su tarea propia, que es la de recordarnos y enseñarnos todo lo que el Señor dijo. Pero para nada significa esto que «Cristo se fue al cielo» y punto. La bienaventuranza de «felices los que creen sin ver» no significa «los que creen que «está en el Cielo» no viéndolo «en la tierra». De nuevo aquí, no ayuda la imagen «espacial del cielo» como trascendencia ya que nos juega en contra, nos separa, nos desconcierta al no saber «dónde poner a Cristo resucitado». La mentalidad antigua, al «ponerlo» en un Cielo que para ellos estaba alto pero ahí cerca, les ayudaba a sentirlo «actuando con ellos». A nosotros, nos lo manda a Jesús a un «lugar mítico» que lo aleja del mundo que nos describe hoy la ciencia. Para nosotros, creer sin verlo, en cambio, es creer que está en los pobres, mientras los servimos muy directamente. Creer sin verlo es creer comulgando cada día. Creer sin verlo es ponernos en pie y seguirlo, yendo a anunciar el evangelio a donde el Espíritu nos impulsa, como hicieron los apóstoles.

Diego Fares sj

Jesús dijo a sus discípulos: «Si Ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con Ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con Ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a Ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero Ustedes sí me verán, porque Yo vivo y Ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que Ustedes están en mí y Yo estoy en Ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre Ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación
Mi amiga misionera en Camerún, Victoria, me envía la exégesis que hacen con un amigo musulmán -Abdelmumin- partiendo de las raíces arameas del Evangelio. Hoy me resuena lo que dicen de los pronombres que usa el Señor. Son tantos en este pasaje de la Cena! Los pronombres le imprimen a cada palabra que Jesús dice y a cada gesto que Jesús realiza un sello enteramente personal.
Parto de su expresión «mis mandamientos». No son los mandamientos, sino mis mandamientos. Su lenguaje es imperativo, pero los pronombres personales le dan un tono especial. No manda en general, como cuando uno describe una situación y concluye «hay que…», «tienen que…». Tampoco ordena el Señor «ámenme», como cuando nos da el mandamiento de amarnos unos a otros. Ahí sí manda: «ámense… como Yo los he amado» (también aquí entra su modo personal de amar).
En este pasaje Jesús usa un condicional: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos». Y cuando Judas Tadeo le pregunta por qué a «nosotros» y no a todo el mundo, le responde con el mismo esquema, ahora en singular: «Si alguna persona me ama, guardará mi Palabra». Más que dar un mandamiento lo que Jesús hace es conectar el amor con la capacidad o incapacidad de cumplir con lo que nos dice y de guardar sus palabras en el corazón. Constata lo que pasa: cuando amamos nos resulta natural hacer las cosas que el que queremos nos manda; ponemos cuidado en recordar y comprender bien lo que quiere y lo cumplimos con gusto. Los imperativos del amor son distintos de los imperativos categóricos. En estos últimos empuja el super yo, el deber ser con sus ecos familiares y sociales. En los imperativos del amor resuena el bien del otro, lo que nos mueve es la alegría de ver contenta a la persona que amamos y nos ama.
También es bueno al leer este pasaje agudizar nuestro oído para escuchar bien cómo suena la otra cara, la negativa: «El que no me ama no guarda mis palabras». No guarda en el sentido de que «no podrá guardar». Las palabras de Jesús no son difíciles, son «imposibles» de cumplir sin la presencia constante de su amor, sin el trabajo conjunto que realizan en nosotros Él, nuestro Padre y el otro Paráclito, el Espíritu Santo.
Detengámonos un momento nuevamente en lo personal: no es lo mismo guardar una frase linda dicha por alguien famoso pero que no conocemos, que guardar una sentencia dicha por nuestra madre o nuestro padre en algún momento especial de nuestra vida. Como dicen mis amigos exegetas: aquí los pronombres «no dejan el menor resquicio de duda sobre Quién es el que habla, a quién y de qué. En este precioso versículo Jesús hace un ovillo con los pronombres para atarse al Padre, para atarnos a Él y atarnos al Padre».
Me gusta esto del «ovillo» y de «atarnos» en el sentido de hacer alianza. La imagen primordial que resuena en estas palabras-lazos que teje Jesús es la imagen del tipo de relación que se da cuando entre un grupo de personas hay lazos familiares y de amistad. Cuando en una mesa familiar y con amigos, los papás llevan bien la conversación, van haciendo que todos participen y puedan decir lo suyo. Vale igual la anécdota graciosa del más pequeño, los monosílabos de los adolescentes, la sentencia paterna acerca de algún comportamiento que hay que modificar en cuanto a los horarios o al orden de la casa y lo que va mechando la mamá para hacer hablar al que le cuesta más… Y si hay un invitado, se lo suma como a uno más. Las palabras valen porque en ellas cada uno se comunica como la persona que es, en medio de todos igualmente queridos y valiosos.
Por eso no es casual que Juan ponga estos discursos íntimos de Jesús en la Cena. Solo en un ámbito así se podían revelar y comunicar las cosas que Jesús compartió. Nos quedamos solo con un detalle que, como decíamos, es propio de la mesa familiar: no se si se dieron cuenta de que todos aquellos que Jesús va mencionando y las cosas que hacen tienen la misma importancia. El modo como los va metiendo en la conversación -como el papá o la mamá que van haciendo hablar a todos y ponderando lo que se dice- hace que se pase del Padre a Judas Tadeo y por él a «alguno que me ame», como dice Jesús. El Señor va mechando las cosas de manera tal que resulta tan importante que el Padre «venga a habitar (!) en nosotros» como que el Espíritu «nos vaya recordando las cosas»; que nosotros «lo amemos y guardemos sus Palabras» (basta «alguno que lo ame») para que esto redunde en revelación para «todo el mundo».
El gesto de lavar los pies a cada pondrá el «sello» a este tipo de «importancia» en el que cada uno vale porque es amado y ama.
Para fijar estas cosas, que las debemos experimentar como se experimenta la armonía de una mesa familiar y que tenemos que conservar en el corazón y rumiarlas para que de ellas salgan frutos, las formulo aunque sea provisoriamente diciendo que: Jesús cambia de una vez y para siempre la imagen de nuestra relación con Dios. Sustituye todas las imágenes de una «jerarquía exterior, estática» -el Padre en lo más alto sobre un trono, el Espíritu bajando como Paloma, Jesús en medio y nosotros abajo- integrándolas en esa jerarquía del amor que se da en torno a la mesa y que es dinámica: el protagonismo se comparte y -sin confusión ni división- el mismo amor se comunica de unos a otros, sin necesidad de que nadie haga valer su rol con signos de autoridad exteriores -posición, vestidos, tiempo para hablar…-.
Jesús «desjerarquiza» la imagen de Dios (lava los pies) para que cada uno la «rejerarquice desde adentro». Sienta en torno a la misma mesa al Padre, al Espíritu, a sus amigos, a todo el mundo y va diciendo lo que hace y hará cada uno, como en una sencilla conversación de sobremesa.
Benditos pronombres personales que en boca de Jesús -La Palabra hecha carne- valen más que todos los verbos y todos los adjetivos calificativos.
Diego Fares sj

Jesús dijo a sus discípulos: «No pierdan la paz del corazón. ¿Creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.» 

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?» 

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene a mi Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.» 

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.» 

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y toda­vía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

Contemplación

Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Quien me ve a mí, ve al Padre… Qué quiere decir el Señor con esto de estar y de ver al uno en el otro? San Agustín hace una explicación que nos puede ayudar porque es simple y se basa en la forma de hablar de Jesús y no en consideraciones ontológicas: “Así solemos hablar de dos cosas muy semejantes: ‘¿Has visto aquello? Pues también has visto esto’. En la misma forma se dice: Quien me ve a mí, ve a mi Padre. 

Agustín se fija en un detalla: que Jesús reprende a Felipe. Y se pregunta por qué lo reprende? ¿Es digno de reprensión que uno que ha escuchado hablar tanto del Padre quiera verlo junto a Jesús para gozar él mismo de la semejanza que hay entre los dos? 

Pero si el Señor lo reprende es por que ve algo errado, como cuando uno dice a otro “no estás mirando bien” y lo acerca para que mire desde su perspectiva y le da alguna coordenada, como hacemos en la terraza de La Civiltà Cattolica cuando le queremos señalar a algún amigo dónde está una Iglesia: “Ves aquella cúpula, bueno ahora mirá a la izquierda…”. 

Felipe quería ver primero a uno y luego a otro, o verlos uno al lado del otro, para comparar (Agustín dice que quizás pensaba que en el Padre tenía que haber algo “más”, algo distinto, superior a Jesús…). Pero Jesús mismo dirá que el Padre es Mayor. Entonces qué es lo que le corrige? 

Se trata solo de una cuestión de perspectiva? Como si le dijera “no nos tenés que ver uno al lado del otro, sino a uno en el otro?” Como en esas imágenes tridimensionales en las que un color distinto hace que se puedan distinguir una dentro de otra? Me parece que no es esto. Pero entonces tenemos que ir un poco más atrás y más hondo.

Si escuchamos el “tono” que usa el Señor en los Discursos de la Cena vemos que lo que corrige no es algo de los ojos, sino del corazón. Juan 14 comienza con la frase: “No se turbe vuestro corazón”; No pierdan la paz! Es el portal de entreada a la pasión y también a la resurreccion. Porque los discípulos se turbarán por la tristeza y el miedo, pero también por la alegría al ver al Señor resucitado. No se turbe vuestro corazón. 

“Tarasso” significa “enturbiar” y se dice principalmente del agua. Cuando el agua está revuelta no se puede ver lo que pasa en el fondo, y así sucede con el corazón, cuando estamos agitados -tentados-, cuando un pensamiento se nos impone y nos inquieta porque no nos deja ver las cosas en calma y con claridad. Jesús inicia los discursos de despedida enmarcándolos en la Paz del corazón. Esa es su Palabra inicial, el gran criterio de discernimiento para todo lo demás. 

Para verlo a Él, quién es, para entender las cosas que hace, para ver cómo está unido al Padre, lo primero es acoger esta Palabra que nos pacifica el corazón. “Tengan paz” es el primer anuncio, lo primero que hay que escuchar para poder luego comprender todo lo que hace y dice Jesús. 

Él es nuestra Paz, el que aquieta nuestro corazón inquieto, el que con su presencia nos quita el miedo, la culpa, la ansiedad… La paz nos saca de la prisión de la autorreferencialidad, esa cárcel mobil con la que solemos andar a cuestas.

No teman. Paz a ustedes. Esas son siempre las primeras Palabras del Señor, su primer anuncio: no tengan miedo. Soy yo. 

Caminando sobre las aguas del Lago, despertándolos de la visión de la transfiguración, entrando en el cenáculo a puertas cerradas…, siempre “No teman”, siempre “Tengan paz. Soy yo. 

El es el que nos pacifica. Sea lo que sea que vaya a decirnos luego, sea lo que sea que quiera hacer con nosotros -curarnos, perdonarnos, llamarnos, enviarnos…- antes y mientras hace y dice estas otras cosas, nos da la paz. 

Y entonces, este es el otro gran criterio de discernimiento. O el mismo, visto por lo que lo contradice: si algo -cualquier cosa- nos quita la paz, no es una palabra dicha por Jesús. Aunque sean las mismas palabras suyas, si nos quitan la paz es que las está diciendo el tentador. O nos las hemos apropiado nosotros y las hemos metido en un esquema nuestro, dejando afuera su contenido esencial, que es la paz.

Porque el Señor si dice “ven, sígueme” dice “ven en paz, sígueme en paz. Y cuando dice “levántate y camina”, dice “levántate y camina en paz”. Y si dice “Yo te perdono”, dice “queda en paz”. Y si dice: “vayan y anuncien el Evangelio”, dice “vayan en paz, de dos en dos, y anuncien la paz. Y si alguien no la quiere recibir, váynase en paz”. 

La pérdida de esta paz fundamental y continuamente recobrada será el motivo de todos los amorosos reproches a todos sus amigos: a Pedro: “hombre de poca fe, por qué dudaste”. A la Magdalena: “Mujer, por qué lloras, a quién buscas”. A Tomás: “Yo soy el camino. Cómo me preguntas por el camino?” A Felipe: “El que me ve a  mi, ve al Padre. Como me pides muestranos al Padre. No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mi?”

 Son todas frases de llegada, que tranquilizan la ansiedad que da pretender siempre “algo más”. Cuando estamos con Jesús, cuando es Él el que nos habla, estamos ante nuestro Creador: no hay nada más en el fondo;  estamos ante nuestro Redentor, no hay ya ninguna culpa que enturbie la relación; estamos ante nuestro Amigo: no hay nada que explicar… Por eso la paz “aquieta las aguas” y permite enfocar con claridad todo lo demás. 

            No se turbe su corazón. Ustedes creen en Dios, crean también en mi.

Diego Fares sj

Come presentare coloro che parlano oggi nella contemplazione del Vangelo, secondo l’indicazione di s. Ignazio: «Guardare le persone e ascoltare ciò che dicono»?Avevo iniziato a scrivere immaginando che dicessero: «Siamo le pecore di cui Gesù parla nel Vangelo di oggi». E ho pensato che ad alcuni sarebbe apparsa una cosa negativa: «Ah, ora parlano anche le pecore!? Ci mancavano loro…».

«Egli chiama le sue pecore, ciascuna per nome» (Gv 10,1-10)

Far parlare è proprio della Parola. Di Gesù che è la Parola: «Tutto è stato fatto per mezzo di lui, e senza di lui niente è stato fatto di tutto ciò che esiste» (Gv 1,3). Quando Lui parla, ascoltano il vento e le onde: «Destatosi, sgridò il vento e disse al mare: “Taci, calmati!”. Il vento cessò e vi fu grande bonaccia» (Mc 4,39). Se a qualcuno infastidisce il fatto che una qualsiasi creatura lodi il Signore, Lui stesso afferma, come fece quando entrò in Gerusalemme: «Vi dico che, se questi taceranno, grideranno le pietre» (Lc 19,40). Quando è Lui che ci chiama per nome noi, le pecore, rispondiamo ben volentieri.

Un pregiudizio contro noi pecore nasce non dal fatto che parliamo, ma da ciò che rappresentiamo nell’immaginario di alcune culture. Al tempo di Gesù eravamo qualcosa di prezioso. Nel mondo di oggi, invece, una squadra di rugby o di calcio mai ci userebbe come simbolo nello stemma.

Per capire chi davvero siamo bisogna ascoltare Gesù, ciò che Egli dice di noi. Lui si definisce come «il Pastore delle pecore» e noi siamo «le sue pecore». Pensiamo che il Signore ha voluto indicarci come esempio perché ci sono alcune cose in noi che mettono in luce le Sue migliori qualità. Quali?

Una, appunto, è quella di essere Pastore; un’altra è saperci guidare solo con la voce; una terza può essere quella di riuscire a mettere insieme molti che sono tra loro diversi. Anche l’immagine della pecora sulle sue spalle fa capire la sua grande misericordia verso i piccoli e gli indifesi come noi, e la sua grande tenerezza.

Ci sono tante cose belle che Gesù ha rivelato contemplandoci, noi pecorelle della sua terra! Ecco perché, anche se siamo come siamo, non ci facciamo scrupoli di sentirci chiamare «pecorelle di Gesù Buon Pastore». Se solo qualcuno provasse a mettersi nella nostra lana, a intrufolarsi in un piccolo gregge e a sentire il piacere di essere uno dei tanti – sconosciuto – insieme a tutti gli altri, vedrebbe che è una bella esperienza quella di sentirsi uno con tutti, piccolo come un agnellino.

Noi, le pecore del Vangelo, siamo come le altre pecore, in un piccolo gregge, che si sentono parte del grande gregge sparso in tutti i Paesi e attraverso tutti i tempi della storia. Siamo contente che Gesù ci definisca «coloro che ascoltano la sua voce». Siamo pecore come le altre e abbiamo una sola qualità: quella di tornare in gregge quando il Buon Pastore fischia per chiamarci.

Chi ha altre qualità resta molto sorpreso da questa nostra attitudine. Perché loro coltivano virtù che li differenziano, li separano, li distinguono. Non sanno quanto sia bello potersi unire in un attimo ad altre pecore molto diverse tra loro e, anche se solo per pochi giorni, formare un solo gregge sotto un solo pastore. È buffo vedere quanto alcune persone si innervosiscano quando ci vedono insieme apparentemente senza motivo, come se rispondessimo tutte insieme a un fischio inudibile per loro; e non riescono a gestirci, ad approfittarsi di noi per le loro statistiche.

Quando Qualcuno ci raduna, pensano che «quello» sicuramente sia un populista. O parlano con disprezzo di noi, ci sminuiscono dicendo che siamo sentimentaliste, delle «pecore» appunto, che per loro significa essere «senza coscienza critica»: un «gregge», che per loro è il contrario di essere persone. E invece non è cosi. Si può avere coscienza individuale e allo stesso tempo godere di essere una persona uguale ad altre. Ma noi le capiamo queste persone, non ci arrabbiamo.

Perché questa grazia di rimanere insieme e di sopportarsi a vicenda, senza richiamare un’attenzione speciale per ciascuna, non è qualcosa di spontaneo e che nasca all’improvviso.

In generale, tutte noi che ci raduniamo docilmente intorno al Buon Pastore siamo pecore «ritornate al gregge». Se ce lo chiedeste, scoprireste che quasi tutte noi abbiamo una storia di smarrimento, di ricerca e di ritrovamento. Moltissime di noi siamo state pecorelle smarrite che il Buon Pastore ha riportato a casa sulle sue spalle.

La grande maggioranza di noi non appartiene al gregge «ufficiale»: facciamo parte invece di quelle «altre pecore» che Gesù dice di avere e «che non sono di questo ovile». Afferma anche che Lui ci deve «guidare», e sa che noi ascoltiamo la sua voce; e che un giorno «diventeranno un solo gregge e un solo pastore» (Gv 10,16). Cioè, siamo quelle che nessuno ha mai riunito intorno a sé o è venuto a cercare, ma noi non abbiamo mai perso il desiderio o la nostalgia di essere insieme, e così, quando si presenta l’occasione, la cogliamo.

Conosciamo anche quei pastori che, pur non essendo affatto dei mercenari (Gv 10,12), hanno i loro piccoli interessi personali. Quando ci si avvicinano, noi non scappiamo, ma un po’ li evitiamo… Nessuno di questi pastori riesce a riunirci tutte insieme. Ed è proprio questo il segno della nostra comunione interiore: che nessuno che non sia il Buon Pastore ci può riunire tutte.

Noi sappiamo – in qualche modo lo sappiamo – che quando è Lui a fischiare, tutte riconosciamo la sua voce. Siamo le sue pecore, quelle che tremano di spavento insieme e sanno camminare insieme, al passo delle più piccole. Abbiamo un cuore solo e agiamo come un gregge, è vero. Ma Lui ci conosce e ci chiama a ciascuna per nome.

Papa Francesco ama riferirsi a noi come «il santo popolo fedele di Dio». E a noi questo piace tanto.

Diego Fares si

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