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Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.

Apenas surgió del agua, vio rasgarse los cielos

y al Espíritu descendiendo hacia Él en forma de paloma.

Y una voz vino de los cielos:

‘Tu eres mi Hijo amado, en ti me complazco“.

Y ahí nomás el Espíritu lo sacó al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y estaba entre los animales, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

predicando el Evangelio de Dios, y decía:

“Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en el Evangelio”  (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

Al elegir la palabra que el Padre le dirige a su Hijo recién bautizado – “En Ti me complazco”- me vino la imagen de San José.

Encontré muchas estampitas de San José con el Niño, aunque ninguna lo expresa tal cual cómo me lo imagino, tantas veces complacido en Jesús: sonriente, contemplando a su hijo recién nacido; embobado, viendo jugar a su hijo niño; orgulloso, viendo a su hijo ayudarlo en medio del trabajo, hecho todo un joven. Cuánto debió complacerse San José durante su vida viendo crecer a Jesús en estatura, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente!

Es linda esta imagen en que José mira al Niño que trabaja concentrado, con sus manitos tiernas que se irán haciendo ásperas en contacto con la madera, pasando la escofina.

Y pensaba que es actitud de padre esta de complacerse en los hijos. En cada hijo, cada uno con sus cosas. Con su habilidad particular y con su límite.

Cada hijo es distinto y los padres saben encontrar de qué complacerse en cada uno.

Se trata de una complacencia realista: que sabe ver algo -lo mejor- de cada hijo. Cosas que los mismos hijos a veces no vemos, quizás porque nos comparamos con otro hermano, pero que vamos descubriendo con el tiempo… La mirada incondicional de nuestros padre no es la única mirada desde la que uno se mira en la vida, pero es la del más amor auténtico. No porque no tenga fallas sino porque el amor de nuestros padres es capaz de ir superando sus propios límites, prejuicios y expectativas. Es verdad que los padres se proyectan en sus hijos y que a  veces se complacen de más en alguna virtud más llamativa o se lamentan demasiado al ver algo distinto, algo que no comprenden. Pero con todos los límites, la búsqueda siempre renovada de complacerse en lo más auténtico de los hijos, en lo que los hace ser, crecer y luchar por seguir su propio camino, es lo propio de los padres. Se expresa a veces en forma positiva, de aliento y de alabanza. Pero también en forma negativa, de disgusto y hasta de reproche amargo.

Es que también ellos, los padres, se tienen que ir “haciendo padres” en este diálogo.

Hacerse padre es ser capaz de ir modificando la propia complacencia, para que no sea “autocomplacencia” sino un verdadero “alegrarse en el otro”.

Es una lucha esto de complacerse en el otro, una lucha entre los propios sueños y la realidad de los hijos. Un padre, en el secreto de su corazón, nunca renuncia a sus sueños sobre sus hijos. Y tampoco renuncia nunca a aceptar a sus hijos tal como son.

…….

Estas cosas salieron pensando en San José. Porque cuando uno lee que el Padre “se complace en su Hijo amado”, piensa en una complacencia perfecta con el Hijo perfecto. Y cuando miramos a Jesús en su relación con el Padre, también es perfecta la imagen: la del Hijo que hace todo lo que le agrada al Padre, que cumple su voluntad y no la propia.

Pero mirando la paternidad de José salen otras cosas. Menos perfectas, diría, aunque no menos llenas de gozo.

Digo esto porque el ejercicio de la cuaresma puede ir por el lado fundamental de aprender a “complacernos en Jesús”. Y como la complacencia del Padre de los Cielos puede resultar demasiado perfecta, mirar atentamente la complacencia de San José puede resultarnos algo más cercano y posible de practicar.

Pensaba que nos puede hacer bien la complacencia de San José en cuanto padre adoptivo que complementa la complacencia de María, Madre de Dios. En el sentido de no ser “posesivos” con Jesús, como si sólo fuera hijo único de la madre Iglesia jerárquica romana. Los evangelios dan testimonio de cómo nuestra Señora tuvo que recorrer un exigente camino de discipulado en el que San José le habrá ayudado a moderar sus ansiedades maternas aceptando que su Hijo tenía que estar en las cosas del Padre, que son las de todos los pueblos.

El amor de José por Jesús, como rezamos en el “mes de San José”, es un amor en el que, de entrada, se da la lucha entre lo que le quiere dar a su hijo y lo que la realidad le permite. San José se tendrá que complacer en su hijito nacido en un pesebre.

Pero antes de esto, su paternidad ya comenzó con un despojo total: el de aprender a alegrarse (lo aprendió de la alegría de María) con un hijo que no era suyo.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre adoptivo. Y esto ya es el Molde para aprender cómo debemos complacernos los hombres en Jesús. Él es el Hijo del hombre, es uno de nosotros, parte de la humanidad. Pero no es nuestro. Lo tenemos que adoptar. No viene de la carne ni de la sangre, ni de ninguna cultura.

Toda cultura debe adoptar a Jesús! Lo cual significa que no es más nuestro que de los otros. No es más de los cristianos que de los judíos, ni más de Europa que de Latinoamérica ni de lo que será el Jesús de los chinos.

Ir aprendiendo a complacernos como sabe complacerse un padre adoptivo, que es más padre que nadie porque no se complace en verse a sí mismo en su hijo sino que se complace en que ese hijo sea él mismo y se enorgullece de poder darle un padre.

Hay una igualdad en la adopción -porque el hijo adoptivo también tiene que adoptar a sus padres- que es puerta abierta al misterio del amor de Dios.

San José nos enseña a complacernos en Jesús como se complace un padre pobre en su hijo. El segundo despojo de San José fue, como decíamos, el del pesebre. No le pudo dar lo mejor que tenía a su hijito.

Los padres se complacen en comprar la cuna, la ropita, los juguetes… Y me viene la imagen de toda la liturgia que la Iglesia, como buena madre, ha ido “comprando” para alabar a Jesús. Es algo muy bueno y muy de familia. Pero hoy más que nunca se nota que el apego a estas cosas tiene mucho de autocomplacencia. Aquí en Europa las Iglesias de paredes pintadas, como yo les llamo, se parecen a esos cuartos de los niños que quedan igual a como estaban una vez que los hijos ya se fueron.

San José nos enseña a complacernos con un Jesús en pañalitos, un Jesús cuya riqueza son los brazos de sus padres, sus besos y caricias… Por supuesto que enseguida nomás comenzaron a caer los pastorcitos trayendo sus regalos y luego los reyes. Cada cultura adorna a Jesús con sus cosas y sus costumbres. Pero tenemos que aprender a complacernos en Jesús puro Jesús. Con todas sus cosas y también despojado de todas ellas.

San José es maestro en conjugar la pena de la circuncisión con la alegría del Nombre de Jesús, las incomodidades y peligros del destierro con la felicidad de la casita propia en Nazaret, la aflicción profunda de perder a su hijo con la consolación suavísima al encontrarlo en el Templo…

Nuestro pueblo fiel, en su religiosidad popular, sabe mucho de esto. Se complace en vestir y adornar al Señor, a su Madre y a los santos, con sus flores, sus exvotos, sus vestidos y coronas …, con todo lo mejor que tiene. Si uno se fija bien, la gente adorna más las imágenes que el templo. Al menos en nuestros barrios del gran Buenos Aires, los templos se quedan más bien humildes, pero las imágenes salen a la procesión vestida la Virgen como una reina y llenas de flores las andas del Señor. Siempre recuerdo cuando nos robaron la Cruz del Señor de los Milagros de Mailín unos días antes de la Fiesta: aunque pusimos otra y la fiesta se hizo, la orfandad se sintió muy fuerte.

En la mística popular le complacencia puesta en las imágenes gloriosas del Señor, de la Virgen y los santos, ricamente adornados en medio de un contexto de sobriedad y más bien de pobreza en lo demás es, como decía, una puerta abierta -la puerta estrecha- a esta espiritualidad de “complacerse en Jesús gloriosamente pobre y humilde”.

Nos quedamos con estas dos imágenes: la de San José que se complace en Jesús como un padre adoptivo se complace en su hijo y la de San José que se complace en Jesús puro Jesús, como se complace un padre pobre en su hijo, sin adornos o con todos los adornos, ya que siempre se centra en su persona misma.

Pedimos al Espíritu la gracia de la cuaresma, que es gracia bautismal: gracia de “bautizarnos” y sumergirnos en la complacencia en Jesús”.

Complacencia perfecta, como la del Padre.

Complacencia perfecta-imperfecta como la de San José.

Al ejercitarnos en complacernos en Jesús, nuestro hijo adoptivo, nuestro hijo despojado y adornado, podemos sentir y gustar cómo es que se complace el Padre en nosotros.

También nosotros no somos más que hijos adoptivos. También nosotros somos hijos pobres de toda pobreza a los que nuestro Padre no nos puede dar todo lo que quisiera por las circunstancias duras de la vida. Nuestro Padre se complace en nosotros así como estamos y somos, más allá de lo que nos puede dar!

Complacernos en Jesús será nuestro Ejercicio de cuaresma.

Le sumo algunas complacencias evangélicas para adornar el sentimiento.

Complacernos quiere decir que nos caiga bien todo lo que Jesús hace, siguiendo lo que aconseja nuestra Señora en Caná. Porque para poder hacer todo lo que nos diga, primero nos tiene que caer bien Él, y así luego, nos caerá bien lo que nos manda hacer. Pablo dice que al Padre le agradó hacer habitar en Jesús toda plenitud y que fuera Él el que reconciliara a todas las cosas en sí, pacificándolas con la sangre de su Cruz (Col 1, 19-20).

Complacernos es sentirnos orgullosos de Jesús -y de sus amigos y de su iglesia y de su pueblo-: aprobar lo que son y lo que dicen y hacen y cómo lo hacen. Pablo dice que a Dios le ha agradado salvarnos por la locura de la predicación (1 Cor 1, 21).

Complacernos es sentirnos contentos con Jesús y que nos agrade todo Él y todo lo suyo: sus sacramentos, su evangelio, sus parábolas, sus mandatos y consejos, su estilo, sus opciones por los pobres, su gusto por estar con los pequeños… Lucas le dice a los pequeños, al pequeño rebaño del pueblo fiel de Dios: “no teman, porque el Padre se ha complacido en darles el Reino a ustedes” (Lc 12, 32).

Complacernos en Jesús es complacernos en lo que le complace a Él, y esto es: que conozcamos al Padre! Un Padre a quien no le agradan los sacrificios sino la misericordia (Hb 10, 6), que se complace en sus pequeñitos, a quien no le gusta que ninguno se pierda, que viste a los lirios del campo y le da de comer a los pajaritos (ninguna cae sin que Él “esté”), que está siempre esperando a los pródigos y haciendo fiestas a las que quiere que todos vayamos y se enorgullece cuando colaboramos en la cosecha de su viña.

Cómo no complacernos en gente como ellos!

Diego Fares sj

 

 

 

 

Unknown

Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

El domingo pasado veíamos a Jesús rezando de madrugada -intercambiando deseos con el Padre-. Hoy Marcos nos muestra cómo Jesús “es movido por una compasión que toca” y sana al leproso y a toda la gente.

La palabra “compasión entrañable” hace referencia a las entrañas y al hecho de que hay cosas que nos “tocan” y nos mueven a compasión. Los evangelistas señalan a menudo esto que le sucede al Señor: siente compasión por el pueblo que anda “como ovejas que no tienen pastor” y se queda enseñándoles y curándolos largamente, imponiéndoles las manos. Lo mueven a compasión los leprosos, los ciegos, los sordomudos… Jesús se conmueve y actúa con sus manos: le mete los dedos en los oídos, les toca la lengua, hace barro con su saliva y les recrea los ojos…

La “compasión que toca” es la actitud con la que Lucas describe al buen samaritano, que se compadece del herido, le limpia las heridas y lo venda con sus manos, se lo carga en hombros y lo sube a su asno. La imagen contraria es la de aquel deudor a quien el Rey, movido a compasión, le perdonó una gran deuda, pero él, al ver a uno que le debía unos pocos pesos, lo agarró por el cuello y lo ahogaba sin compasión.

Hay tanto para compadecer hoy!

Y como cambia el sentimiento cuando pasamos de mirar a tocar. Cuando le damos la mano al mendigo que nos pide una limosna o le tocamos el hombro o lo bendecimos en la frente.

Hoy no basta ver. Es más, a veces incluso es contraproducente. Vemos demasiado -tantos rostros, tantas imágenes en directo de gente que sufre…-, vemos tanto que la capacidad de sentir se sobrecarga y nos ponemos en “modo no sentir”. Para salir a la calle y llegar al trabajo uno desconecta la compasión como pone el celular en modo avión… Si no no llega.

Yo saco en conclusión que sólo se puede compadecer de verdad al que se puede tocar, aunque sea solo un poquito como cuando uno apenas estrecha la mano o acaricia la frente del enfermo que está en terapia.

La compasión se conecta y se vuelve vaso comunicante a distancia de las manos, no de la vista. No es para nada un sentimiento general, para la humanidad en su conjunto.

La mirada puede despertar la compasión, pero si uno no se acerca, la compasión se convierte en otra cosa. Si no nos conectamos con las manos, la compasión se vuela al mundo de las ideas y corre el riesgo de convertirse en impotencia abstracta con un sabor amargo muy concreto. Esos son los síntomas: impotencia y sentimiento amargo. Tan distintos de lo que uno siente cuando al darle la mano al otro se encuentra con su mirada amiga! La madre Teresa contaba de aquel hombre enfermo de lepra que vino a su encuentro unos días después de haber recibido ella el premio nobel de la paz (1980):

“Hace unos días, a las nueve de la noche, sonó el timbre. Bajé enseguida a ver qué pasaba. Me encontré un enfermo de lepra que estaba tiritando de frío. Le pregunté si necesitaba algo. Le ofrecí comida y una manta para que se protegiese de la dura noche de Calcuta. Las rehusó. Me tendió el cuenco de pedir. Me dijo en bengalí: ‘Madre, oí decir a la gente que le había sido dado un premio. Esta mañana tomé la resolución de traerle todo lo que consiguiese recaudar a lo largo del día. por eso he venido’. Vi en el cuenco 75 paise. Una pequeña cantidad (menos de 10 centavos de dólar). La conservo sobre mi mesa, porque este modesto regalo revela la grandeza del corazón humano. Y es algo de verdad muy hermoso. Nunca he visto alegría semejante en el rostro de alguien tras regalar dinero o comida como la de aquel mendigo que se sentía feliz de poder dar algo también él”.

Imagino que al recibir el dinero ella le tomó la mano y luego le agarró la cabeza como sus manos como hacía, lo besó en la frente y ahí le vio en los ojos la alegría que cuenta que este hombre sentía.

Allí me vino el recuerdo de la foto del Papa tocando a la abuela de cien años que no ve y “quería tocar su manita”. Como la hemorroísa, a la que le bastaba tocar los flecos del manto del Señor. Es que la gente sabe que la compasión se establece cuando hay contacto con las manos.

Y contra esa impotencia de los ojos, que para ver necesitan distancia, la potencia del tacto, que es el sentido de la proximidad, tenemos la comunión como el sacramento de la compasión. Jesús nos mandó comulgar, hacer la comunión en memoria suya, porque tocándonos, al recibirlo en la mano, en el sencillo gesto de tomar el pan con los dedos y llevarlo a la boca, su Pasión entra en contacto con nuestra vida. Y al tocarnos, el Señor nos equipara y nos sintoniza con sus sentimientos y nos transmite la corriente de su gracia.

Si no nos tocara, su Palabra quedaría como imagen, se nos iría al mundo de las ideas, que flotan en el paradigma de cada cultura y sólo bajan al corazón y a las manos en la medida en que los imperativos de moda se lo permiten.

Son tan distintas las cosas que mueven a actuar en cada cultura! En la India, por ejemplo, hay castas enteras de gente a la que se llama “los intocables”. Es tanta la miseria, pienso yo, que elaboraron esa autodefensa para poder vivir: no tocar a los que no van a poder ayudar. Para no sentir compasión? Eso creo yo. Y la madre Teresa cambió ese paradigma tocando a todos, ayudando a bien morir con las manos de sus monjas y colaboradores (como un grupo de 50 argentinos que están ahora allí, ayudando y aprendiendo de los pobres).

Podemos poner en práctica, cuando vamos a comulgar, esto de “compadecer tocando a Jesús, recibiéndolo en la mano”. La Eucaristía no es solo Jesús, es la carne de Jesús que es la carne de todos. En la comunión el Señor nos brinda la posibilidad de que, dejándonos tocar por Él, nuestra compasión se conecte con la suya y encontremos nuestra manera y medida humana de compadecer a todos con Él y en Él. No con “nuestra compasión” que se excede o se enfría de más o de menos. Jesús nos da la posibilidad real de compadecer con una compasión “nuestra”, de Jesús y mía, o de Jesús y nosotros, mejor. Es esta compasión común que nos da comulgar con el mismo pan la que unifica sentimientos y acciones.

Hoy no se puede “tocar” a los pobres si no es con la manos que tenemos en común. No sirven las manos individualistas que usamos para agarrar nuestra plata, no bastan las manos buenas de cada uno, que en cierto momento deben soltar para ir a hacer otra cosa, hacen falta las manos de muchos, de un cuerpo social, de una institución que se hace Manos abiertas, siempre abiertas, las de todos a través de las de cada uno sumado a los demás.

Al dejarnos tocar por la Eucaristía y al tocar a Jesús podemos tocar compasiva y sanadoramente, la carne de todos lo intocables del mundo. Es imprescindible, hoy más que nunca, comulgar. Tocar bien la carne, para hacer sentir la misericordia, el amor, la amistad, el compañerismo, la solidaridad. Tocar bien la carne para sanar, para alentar, para impulsar a vivir. Hoy más que nunca, hace falta este “sentido de la carne que solo Cristo puede dar”, ya que en nuestra carne se abren las llagas de la humanidad. En la carne se  muestran las enfermedades propias de ella y las del nuestra mente, que nos llevan a maltratar nuestra carne: que la hieren y abandonan, que la explotan, la comercian, la abusan, la anestesian, la decoran, la idolatran, se encarnizan terapéuticamente con ella, no la dejan nacer, no la alimentan ni la cuidan, no la dejan morir en paz…

Hace poco, el Papa hablaba de no usar los celulares en la Misa y decía que basta pensar en el lugar donde estamos cuando se celebra la Eucaristía -estamos en el Calvario, decía, ante el Señor que da la vida en la Cruz por nosotros- basta pensar en esto para que uno se ubique y no sienta deseos de sacar fotos.

No se sacan fotos en el calvario.             La misa no es un espectáculo, decía (esta es la reflexión de hoy). No es un espectáculo porque los espectáculos tengan algo de malo, no es un espectáculo porque es algo más profundo e intenso. Se nos invita tocar al Señor, a comulgar con su compasión dejando que al tocarnos, su Carne y su Sangre hagan vaso comunicante con nuestra carne y nuestra sangre y entremos en comunión con las de toda la humanidad. La Eucaristía es cada vez un acontecimiento único: es entrar en compasión y requiere las manos y toda la atención del corazón puesta en sentir el momento y vivirlo ahí. No es algo que se registra para vivirlo después.

Por otra parte, sólo entrando en comunión con la Pasión del Señor podemos animarnos un poco más a entrar en compasión con los que sufren. Sólo la comunión con la Carne de Cristo, muerta y resucitada, puede darnos el sentido justo de la compasión. Sólo comulgando con esa Carne, con lo que pasó (pasión) y lo que ahora es, glorificada, podemos ir aprendiendo a gustar lo que significa compadecer a los demás, lo que significa tratar bien a nuestra carne, con amor respetuoso y familiar, con sentido humano.

La Eucaristía es el momento para compadecer. Comulgar no es “gustar” la carne del Señor como cosa, como objeto de un momentito mío a solas con un Jesús particular. Comulgar es gustar la carne viva del Señor. Viva quiere decir en acción y pasión, padeciendo y muriendo y dando la vida por mí. Comulgar así, me permite comulgar también con la carne viviente de los demás, con sus alegrías y padecimientos. Puedo masticar los dolores de los que amo al masticar los dolores del Señor y comulgar con ellos en la paz que nos da la fe en que las llagas del Señor son llagas resucitadas. Revivir los dolores del Señor uniéndolos a los dolores reales de la gente concreta que conozco y que sé que sufre, uniéndolos a Él, eso me resulta más cercano y consolador que pensarlos separados.

Al comulgar podemos decir el “sí, quiero, queda limpio” que le dijo el Señor al leproso. Aunque nuestro sí no “cure” directamente, es un sí que nos permite entrar en la corriente de la compasión sanadora del Señor. Nos unimos comulgando con esa compasión que dice sí y que extiende la mano tocando a lo largo de la historia a cada ser humano que viene a este mundo. Al comulgar podemos decir “sí, quiero”, quiero que toda lágrima sea enjugada, toda enfermedad sanada y todo sufrimiento compadecido, cuando y como el Señor quiera y sea como sea que lo haga.

En la comunión experimentamos la belleza que salva al mundo: la del amor que se compadece del dolor -como dice el príncipe de Dostoievski-, tocándolo.

Así como en la consagración pedimos al Padre que “santifique los dones de pan y de vino con una efusión de Espíritu Santo, podemos pedir al Espíritu, al que invocamos como “Dedo de la mano Paterna” que nos de un simple toque, de esos que “encienden con su luz nuestros sentidos” e infunda su compasión en nuestro pecho y fortalezca con su fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo”. Es el Espíritu el que puede darnos la gracia de esta “compasión que extiende la mano y toca y limpia las lepras de nuestro tiempo”.

Diego Fares

 

 

En seguida Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. [Saliendo] Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

De madrugada, muy de noche todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; y allí rezaba.

[A media mañana] Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: – «Todos te andan buscando.»

El les respondió: – «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar porque para eso he salido (del Padre).»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

Marcos, que nos muestra la actividad febril de un día en la vida de Jesús, nos dice que ” De madrugada, muy de noche todavía, se levantó, salió y fue a un lugar desierto. Y allí rezaba.

“Proseuchomai” -rezar- significa “intercambiar deseos”. Entre la riqueza infinita del cuadro que nos pinta Marcos, como siempre, me quedé con ese sentimiento. Jesús se iba un rato -largo- a intercambiar deseos con el Padre.

Lo hacía todo el tiempo, como hacemos todos, aunque a veces no nos demos cuenta o el intercambio quede medio atorado.

Qué lindo que es poder charlar con una persona amiga. Los deseos fluyen, con un poco de apuro y desorden quizás, pero solitos se ordenan y el intercambio se establece. Charlar entre amigos es intercambiar deseos. Uno discierne intuitivamente, entre el mar de cosas que quiere compartir, lo que más desea y pesca lo que el otro le quiere decir. A veces hay charlas largas como una cena con sobremesa, en las que algo importante que llena el corazón -de alegría o de angustia- se comparte a fondo, tocando todos los registros, hasta que las dos personas sienten que han dicho todo y que han recibido todo lo del otro. Otras veces no hay tiempo para remansarse y entonces se pasa la información más gruesa, de manera que uno sepa que el otro sabe lo que se quiere compartir. Con peso y consecuencias, con los matices de cada detalle. Intercambiar deseos.

Acaso no son eso las largas charlas entre una madre y su bebé. Balbuceos, manos y manitas, miradas, sonrisas, caricias y gestos de amor: oración -intercambio de deseos-. Tan fuerte es el intercambio que de ahí se despierta en el bebé el deseo de hablar, que de tan fuerte se convierte después en toda la literatura, toda la prensa, todas los chats, los tweets y los WhatsApp, pero que en el fondo fondo es deseo de “intercambio de deseos”, es deseo de rezar.

Vendría a querer decir todo esto que rezar no es difícil, si uno le da tiempo a los amigos, si uno reza dejándose llevar como cuando de niño pequeño le contaba sus aventuras, en la mesa, a sus papás.

La oración de Jesús es una oración totalmente expuesta. Estaba tan a la vista que un día (no este, porque Simón y los otros estaban apurados porque toda la gente andaba buscando al Maestro y ellos sentían que estaban llenos de actividad. Y Jesús se ve que también porque les dice: “Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí yo pueda predicar porque para eso he salido”), estaba tan a la vista lo que le sucedía a Jesús en la oración -que literalmente se transfiguraba- que le pidieron: enséñanos a rezar”. Y Él les enseñó a intercambiar deseos con el Padre. O más bien, les dio ese “odre nuevo” que es el Padrenuestro, capaz de contener todos los deseos que, después, uno tiene que decir y beber a sorbos, gustando cada “padre nuestro” y cada “que estás en los cielos” como se gusta el pan “cada día” y se perdona cada deuda y se pide ayuda en cada tentación…

Digo que la oración de Jesús está expuesta en su vida, porque en lo que hizo aquel día, por ejemplo, se transparentan -cristalinos- sus deseos. Inmediatamente, dice Marcos y repite la palabra varias veces, Jesús interactúa con su pueblo. Sale de la sinagoga y va la casa de Simón y ahí nomás le presentan lo más urgente, la suegra que tiene fiebre, y el Señor la toma de la mano y la levanta. Los deseos son como los pájaros que vuelan en bandadas, siempre hay uno guía que quizás no se lo pueda distinguir de los otros pero se adivina en el movimiento de conjunto, en la dirección y en los cambios al unísono. Jesús despierta los deseos guías, los deseos de fondo, intercambia con los hombres a partir de nuestros deseos principales. Por eso es Maestro de oración. Y lo que enseña no es una técnica sino a vivir. Porque vivir es desear. Si uno aprende a mirar todos pueden ver el deseo que late en cada cosa y que imanta y despliega todo lo que es estructura exterior. Un joven jesuita peruano, en el encuentro que tuvieron los jesuitas con Francisco en Lima, le pedía una palabra de aliento al Papa porque -le decía- “cada vez somos menos y tenemos muchas instituciones para llevar adelante”. El Papa le tomó la palabra y le pidió permiso para hacerle una corrección: dijiste instituciones y lo que tenemos son muchas “obras”, que quizás nacieron como instituciones, pero por algún motivo a lo largo del tiempo, dejaron de serlo. Y le definió así lo que es una institución: “algo que convoca, que atrae, que da respuestas a los problemas actuales, que da fuerza y consolación”.

A mí la imagen que me viene es la de haber entrado el domingo pasado, a la nochecita, en dos grandes iglesias de Roma en las que se estaba celebrando misa, y verlas desproporcionadamente grandes y vacías. Los jóvenes que participaban de la misa, en un gesto de rezar el padrenuestro tomándose de las manos, le dieron algo de calor. Pero la impresión era de demasiada estructura sobre una llamita pequeña, que necesitaba más bien otro ámbito para “intercambiar deseos con el Padre y entre sí”. Cuando el intercambio de deseos se consolida nace una institución, pero si por eficiencia los caminos de los deseos se vuelven rutina y comodidad y la institución se puebla de burócratas, pronto queda solo una cáscara, un museo, una oficina…

La institución es oración y la oración es institución cuando ambas son “intercambio de deseos”. Intercambio que se hace con palabras, con miradas, con gestos, con procedimientos y trabajo. Pero siempre cuidando que lo que se intercambia sea el deseo, la atracción al bien, eso que se llama amor.

Jesús salió del Padre para enseñarnos este intercambio que llevamos dentro, como su sello y que es distintivo de un ser espiritual. Las estrellas y los planetas intercambian energía y materia, las plantas intercambian sales con la tierra y colores con la luz, los animales intercambian su semen y se reproducen, los seres humanos, además de todo, intercambiamos sueños. E intercambiarlos con precisión, alegría y constancia, como quien distribuye colores en un cuadro, melodías en una canción, palabras y rimas en una poesía, condimentos en una comida, pases en un juego y tareas en una organización, eso es “hacer oración”.

A enseñarnos a rezar salió Jesús del Padre y vino a nosotros. Su predicación no son exhortaciones morales que estandarizan el movimiento del deseo para que sea ordenado al fin. Eso es consecuencia natural y segunda de la exhortación de fondo que consiste en avivar el deseo, en encenderlo y hacer experimentar el gozo de compartirlo: por eso la alegría del evangelio enciende la alegría del amor, esa que se contiene en el odre nuevo y vivo del modelo de toda institución: la familia. En la familia, el intercambio de deseos es la actividad principal. Por eso, cuando una mamá o un padre me dicen que quisieran rezar más, pero que no tienen tiempo para rezar, siempre les digo que no es así, que están pensando mal, que en realidad están rezando todo el tiempo, sólo que no se dan cuenta.  Y les hago ver que ese “deseo” de rezar más que interpretan como que están rezando poco, es clara señal de otra cosa: de que el Espíritu que es el que “gime” y desea en nuestro interior, está golpeando la puerta de su corazón, pero no para entrar sino para que lo dejan salir, como dice el Papa dando vuelta la imagen del Apocalipsis del “Estoy a la puerta y llamo”. Rezar no es incorporar ideas ni sentimientos. Rezar es intercambiar deseos. Y cada uno intercambia lo que tiene y de lo que tiene y puede, como dice la Contemplación para crecer en el amor.

Lo mismo cuando un cura o una religiosa dice que no está rezando bien, que dedica mucho tiempo al trabajo o que pierde el tiempo y que no reza. No es así. El problema no es que no rece, porque eso sería como no respirar, no comer o no mirar. El problema está en que no intercambia deseos con el Señor. Porque sus deseos le parecen mezquinos o el papel con que los envuelve es demasiado ideal o tiene los deseos dispersos y centrados en sí mismo. El punto es que “deseos tenemos todos” y todo el tiempo. Basta intercambiarlos, que el Espíritu siempre nos hace ganar en el cambio. Al revés que en las casas de dinero, donde siempre, en el momento en que cambiás dólares, algo perdés, el Espíritu, hasta cuando lo que intercambiás son pecados en una buena confesión, siempre te hace ganar. Y mucho.

Con la oración sucede como con el dinero: como decía don Zatti: “el dinero, lo importante es que circule”. Y ponía ese cartel sobre la alcancía que decía: “si necesita, saque, si tiene, ponga”.

Así que, de mañanita -y en cualquier momento en que nos vengan ganas- a intercambiar deseos con el Padre y con Jesús, con la ayuda del Espíritu que es “El Deseo mismo de intercambiar”. Y si uno tiene para dar, ponga. Y si necesita, saque. Y vuelva a sacar, que por mucho que sea, si hay algo que no se agota es la Misericordia del Señor.

Diego Fares sj

(Jesús y los primeros discípulos) Entraron en Cafarnaúm y el sábado enseñaba en la sinagoga. La gente estaba asombrada de su doctrina, porque Jesús les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas-letrados.

Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo que -de pronto- se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús lo conminó, diciendo:

«Cállate y sal de él.»

Sacudiéndolo violentamente y gritando con un gran alarido, el espíritu inmundo salió del hombre.

Quedaron todos pasmados. De tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con qué autoridad…! Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»

Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Mc 1, 21-28).

Contemplación

Cállate! Es la tercera palabra de Jesús en el evangelio de Marcos.

La primera fue: Crean! Fue una palabra de Jesús para todo el pueblo fiel de Dios, para toda la gente de buena voluntad: Conviértanse y crean!

La segunda fue: Síganme. Se la dijo a los discípulos, a sus primeros amigos, a los que querían estar con Él, quedarse en su compañía: Síganme y yo haré que se conviertan en pescadores de hombres.

La tercera, se la dice al mal espíritu: Cállate! Cállate y sal de ese pobre hombre.

Los imperativos de Jesús…

Me viene al corazón aquí el “Tomen y coman! Hagan esto en memoria mía”. Ese el imperativo más cariñoso de nuestro Señor, que nos alimenta cada día con la Eucaristía.

El origen de todo está en un único imperativo del Padre: Escúchenlo! Es mi Hijo amado, escuchen a mi Hijo predilecto. Él les enseñará todo lo que hay que saber.

Este mandamiento del Padre se concreta maternalmente con el de María: Hagan todo lo que Él les diga.

En el abrazo de estas dos recomendaciones se inscriben todos los imperativos de Jesús. Hace bien sentir que cuando el Señor nos dice “Hagan la Eucaristía en memoria mía”, podemos sentir que el Padre corrobora y asiente, diciendo “Escúchenlo”, y que la Virgen nuestra Madre lo ratifica con tono materno, como una madre que dice ese simple “comé”, de tal manera que uno come con gusto.

Además de los imperativos positivos -podemos agregar “perdonen”, “no juzguen”, “den”…-, están las sugerencias del Señor. Toman la forma de las bienaventuranzas: dichoso el que cree sin ver, dichosos los que trabajan por la paz, dichosos los perseguidos por practicar la justicia… Es una manera exhortativa de decir “hagan esto”. No impulsando, como cuando se manda, sino atrayendo, como cuando uno muestra lo lindo de una acción y da el ejemplo.

Cállate! Es un mandato sin apelaciones. Cállate y sal de ese hombre es una orden en dos pasos. Primero manda al demonio que no hable, y luego, que salga del hombre. Indica que el coludo, diría Brochero, entró por etapas: primero se nos metió y una vez adentro -quizás no enseguida- se puso a hablar. El Señor le hace contra siguiendo el camino inverso: primero lo acalla y luego lo expulsa.

Aquí puede ayudar algo que dice San Pedro Fabro: “Yo por lo que a mí toca, ya que soy tan inclinado al mal y estoy cercado de tantas cosas que me pueden manchar de parte de la carne, del mundo y de todos los malos espíritus, me gozo de que mi naturaleza no sea tan simple. Porque si simple fuera, demasiado deprisa sucedería ser mi ánima toda penetrada de algún mal espíritu, y consiguientemente quedar toda infecta. Mas ahora, aunque penetre algún mal espíritu, por ejemplo, en mi carne, o en mi entendimiento, o en el apetito y lo demás, no por eso inmediatamente soy todo malo; porque podría no querer tales males y con mi voluntad resistiendo contradecirlos”.

Es decir, a cada uno le entra el mal espíritu por algún lado, el que tiene más débil, y después que se asienta, comienza a opinar mentalmente y, lo que es peor, por chat.

Las partes más vulnerables del hombre, por las que entra el mal espíritu con su “lógica de la serpiente”, son tres : el bolsillo, el espejo y el pedestal, o como dicen los doctos: la codicia de riquezas y placeres, la vanidad y la soberbia.

El asunto es que la pedagogía del Señor comienza por hacerlo callar: que no twittee y que no hable solo, primero, y luego lo echa. Aquí es donde viene lo de Fabro, porque el mal espíritu, cuando lo echan de un lado suele suceder que se va a otro, como pasó con esos que eran una legión y cuando el Señor los echó del geraseno se metieron en los chanchos suicidas, y parece que de alguna manera -más educada- volvieron, porque toda la gente se puso de acuerdo en pedirle cortésmente a Jesús que se fuera de su territorio, lo que equivale a decir que lo mandaron callar y que no predicase allí. En nosotros, por ahí se nos va del bolsillo al pedestal y, si bien tratamos de ser más generosos con los pobres por ahí nos ponemos soberbios y agresivos al atacar a los demás. Y cuando lo dominamos en estos dos sectores resulta que se nos mete en el espejo y comenzamos a creernos mejores que los otros. Menos mal, dice Fabro, que somos seres complejos. Eso nos salva de quedar a merced del acusador en todos los sectores y, aunque en alguno nos converse y nos seduzca, en otros lo podemos tener atado.

Si bien en esta vida no podemos evitar que el Mentiroso esparza sus chismes venenosos, dentro y fuera de nuestra alma, sí podemos cambiar nuestra frecuencia de radio cada vez que empieza a hablar y ponernos en la frecuencia del Espíritu. Si no podemos expulsarlo totalmente de nuestra ira y se nos sube la mostaza al escuchar algo que enciende nuestra indignación, sí podemos dejar que el Espíritu haga presión hacia abajo y no deje que la ira se nos suba a la cabeza, inundando la paz de nuestra mente e impidiéndonos pensar con claridad.

De la misma manera, si un pensamiento que vemos “totalmente justo” se apoderó de nuestra mente y no podemos sacarnos de la cabeza que la injusticia que nos hicieron, podemos dejar que el Espíritu no permita que la ira baje a la boca y a las manos: podemos dejar que Jesús diga “callate” y que detenga las ganas de golpear y lastimar. Así damos tiempo a que los pensamientos se aclaren y se amplíen los argumentos, cosa que ayuda a no obrar mal.

El Espíritu siempre nos inspira “lo que tenemos que decir”. Y así como inspira a una madre que en un momento le pega un grito a su hijo con enojo para que perciba claramente que algo está muy mal, luego la inspira para que, si ve que el pequeño se sintió herido, lo consuele y le explique serenamente las cosas, mientras lo abraza y lo contiene. En los dos modos de actuar ayuda y asiste el Espíritu para bien de los suyos.

Una gracia concreta para hacer callar al mal espíritu es tener a mano esta petición: Señor, te pido por esta persona. Dale la gracia que más necesita en este momento.

Esta petición me la enseño un amigo. Él no se dio cuenta de que me la enseñaba porque simplemente estaba compartiendo cómo es que reza por el Papa: “Yo digo: dale Señor la gracia que necesita en este momento. Vaya a saber qué estará haciendo este hombre, qué tendrá que resolver en este instante! Yo rezo así y eso me alegra y me trae paz”.

Me quedó en el corazón esta petición, tan sencilla y tan real. Sentí que había en ella una gracia muy honda, de esas que el Espíritu revela a los sencillos de corazón. La puse en práctica y me resolvió algo que no tenía discernido. Cuando me venían deseos de rezar por alguien decía: “Señor, te pido por fulano”. A veces se detenía ahí la petición. Otras veces agregaba algo concreto: Curalo, si estaba enfermo; ayudalo a ver, si estaba confundido; consolalo, si estaba desanimado… Pero era como que el deseo quedaba medio indefinido, que es lo peor que le podemos hacer a un deseo, ya que el bien es concreto o no es. Al decir “dale la gracia que más necesita en este momento”, comencé a sentir que el deseo se concretaba de una manera misteriosa. Por un lado, me hacía sentir lo que esa persona estaba sintiendo en ese momento. En algunos casos, de gente muy amiga y de situaciones concretas, puedo sintonizar perfectamente con lo que están sintiendo. En otros casos, no tengo idea de lo que sienten, pero me alegra sentir que el Espíritu sí sabe y que me permite sumarme a su acción, ponerme a su lado con mi oración mientras le da a esa persona la gracia que necesita.

Esta oración tan simple me hace poner los pies en la realidad del momento, me lleva a sentir que puedo rezar por el otro de manera muy eficaz y también que lo mío es muy pequeño. Esa misma insignificancia despierta las ganas de rezar a cada rato “por la gracia que está necesitando cada persona en el momento en que rezo”. Puedo rezar por los desconocidos: por la gracia que necesita el que ahora está muriendo, solo o en alguna casa de la bondad; puedo rezar por el niño que está naciendo y saber que todo lo que necesita se lo está dando el Espíritu por los brazos de su mamá que lo acoge; puedo rezar por el que está decidiendo ahora su vocación, como me decía una abuela a la que apenas había conocido como vecina cuando era niño y que, ya ordenado, me contó que ella, no sabía por qué, siempre había rezado por mí.

Cuando uno se embarca en esta conversación con el Señor, el Espíritu gana en amplitud de onda y en interés, y la posibilidad de participar en un “chat” tan inmediato con Él, hace que pierda interés lanzar opiniones al aire y masticar pensamientos inútiles. Lo cual es como decirle al mal espíritu sin palabras, simplemente cambiando de tema: Cállate!

Diego Fares sj

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea.

Allí anunciaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca.

Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

Caminando junto al mar de Galilea,

vio a Simón y a su hermano Andrés,

que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y haré que se conviertan en pescadores de hombres.»

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,

que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,

y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

 

Contemplación

Jesús hacía fundamentalmente dos cosas: anunciaba y llamaba. El anuncio lo hacía “por atracción”, el llamado, saliendo Él a buscar. La gente se sentía atraída por Jesús e iba hacia él. Se juntaban multitudes para escucharlo. El llamamiento lo hacía yendo a buscar y eligiendo Él personalmente a sus discípulos.

La predicación, el anuncio del evangelio, la buena noticia de que uno puede convertirse en una persona de fe, de que cualquiera es importante para el Reino y hoy mismo, donde esté, puede cambiar de mentalidad, puede salir de la anestesia con la que los medios le enchufan criterios venenosos sin que le duelan, y pasar a ser una persona libre, que piensa en la fe, que goza con la luz que le va dando el Espíritu Santo, el Espíritu que visita las mentes de los fieles y nos propone los criterios de Jesús, el Espíritu que hace arder los corazones de los discípulos desilusionados dándonos los mismos sentimientos de Cristo Jesús…, este “kerigma”, el Señor lo predicaba a toda la gente que se le acercaba, al pueblo de Dios en su conjunto. Y lo hacía al aire libre.

La otra tarea, la de llamar discípulos para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar el Evangelio, la hacía yendo Él personalmente a su encuentro.    Hoy vemos que llama a los cuatro hermanos, a Simón y a su hermano Andrés primero, y luego a Santiago y a su hermano menor, Juan.

Les dice una frase que nos hemos acostumbrado a oír hasta el punto de que nos parezcan casi normales estas palabras -pescadores de hombres- en labios de Jesús. Y sin embargo…

Jesús era un carpintero y venía de las montañas de Nazaret. Cuando los llama les está hablando a hombres del lago de Galilea. Son gente que está en medio de su trabajo. Simón y Andrés estaban echando las redes al agua; Santiago y Juan las estaban reparando. Y Jesús viene y les dice que se vayan con él, que Él hará que se conviertan en pescadores de hombres.

No solo les cambia el objeto de su trabajo -peces por hombres-, sino que este cambio de objeto los transformará a ellos mismos: pescadores de hombres es algo que tienen que “llegar a ser”, es algo que hará Jesús con ellos y para esto tienen que dejarlo todo y seguirlo.

Lo que quiero decir es que solo en apariencia les está diciendo algo fácil y entendible. En realidad los está cambiando enteros: en su mismo oficio, en lo que ya saben hacer, Jesús los cambiará radicalmente, como si los hiciera de nuevo.

Puede ayudar una consideración de lo que significa “pescar hombres”. Cuando le decimos a alguien “te pesqué”, significa que en alguna mirada o en alguna palabra que usó, le descubrimos una intención que estaba ocultando. Esto tanto para bien, como cuando alguien trata de escondernos que nos hará un regalo sorpresa, como para mal, cuando nos está mintiendo: “te pesqué”. Pescar hombres tiene que ver, con las intenciones y los criterios.

Por un lado, se trata de pescar nosotros las intenciones más hondas de los hombres, esas que están como un pez en el fondo de un lago.

Jesús es especialista en pescar los pensamientos del corazón de la gente. Pescaba los buenos deseos de la gente sencilla con que solo le tocaran el manto, como la pescó a la hemorroisa; pescó al vuelo el deseo de seguirlo de los primero discípulos, cuando se dio vuelta y les dijo “qué quieren”, aunque era obvio que ya lo sabía, que les había tirado el anzuelo o había hecho que su primo Juan el Bautista pescara la cosa y se los mandara; Jesús pescaba la mala intención de los fariseos, les leía el pensamiento torcido, sabía que estaban pensando mal y se los expresaba en la cara; sabía lo que quería hacer su Madre en Caná y lo hacía aunque protestara cariñosamente con que no era su hora… y así con todo. Podríamos reescribir el evangelio entero desde esta perspectiva de pesca. Todas las parábolas, por ejemplo, son fruto de la mirada de Jesús que “pesca” en la vida cotidiana de la gente, las semillas del reino, que sabe ver cómo el Padre le revela sus cosas a los pequeños. Jesús pesca y enseña a pescar “al vuelo” los deseos del Espíritu en el corazón de los hombres (como pescó el Papa Francisco el deseo de casarse a la pareja que casó ahí mismo, en el avión, durante el vuelo de Chile a Perú).

Hay otra expresión que usamos y es “me pescás? “pescaste lo que quería decir?”. Es cuando apelamos al conocimiento que el otro tiene de una cosa y de nuestro modo de pensar. Más allá de las palabras que usamos como podemos, cuando hablamos con alguien esperamos que “pesque” lo que queremos decir. Esta capacidad que filosóficamente se llama “analógica” y es lo propio del pensar humano. Deducimos cosas por comparación. Y comparamos no solo cosas, sino dinamismos, procesos, estilos y antes que nada, intenciones… Pensar es discernir. La inteligencia no consiste en entender las cosas una por una y luego ponerlas juntas en un razonamiento. Uno pesca primero “la cosa en su conjunto”, la “situación”, como le decía el Güero a su mujer en la novela de Pérez Reverte, La Reina del sur”: “En este negocio, había dicho el Güero, hay que saber reconocer La Situación. Eso es que alguien puede llegar y decirte buenos días. Tal vez lo conozcas y él te sonría. Suave. Con cremita. Pero notarás algo extraño: una sensación indefinida, como de que algo no está donde debe. Y un instante después estarás muerta”.

Saber pescar “la situación”, es una buena imagen de lo que es el discernimiento. Es saber pescar al demonio cuando te dice “buenos días”, porque como dice el Papa Francisco, el demonio es un señor muy educado, y te sonríe, suave y te habla como quien no quiere la cosa y un instante después, no que estás muerto, como cuando se trata de narcos, sino que te ensartó un criterio y ya estás pensando vos mismo como él, sin que te fuerce en nada. Es lo que nos pasa a todos cuando nos “enganchamos” con algo que dicen los medios: nos muestran una foto o nos repiten una frase y nosotros seguimos solitos repitiendo un discurso como si fuera el único. No les ha pasado tener como un dejavu: notar de repente, en medio de un argumento que están pensando interiormente, que se les ha metido en la cabeza un tonito y que están repitiendo una frase “tal cual” como la dice un periodista que opinó sobre un tema?

Pescar hombres para el reino tiene, pues, que ver con los criterios. Con pescar “la situación”, no un zapato aislado. Con pescar lo que siembra el Buen Espíritu y con lo que sobre siembra el malo.

Jesús compara el Reino con pescadores que disciernen: “El reino de los cielos es semejante a una red, que, echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera” (Mt 13, 47-48).

Pescar hombres es discernir y enseñar a discernir, eso es lo que quería decir hoy, reflexionando sobre este evangelio. Es la tarea más importante en la que el Papa quiere que crezca la Iglesia en la actualidad.

Y quizás no hay mejor época que la nuestra. Hoy no se puede ocultar nada, todo el pescado está a la vista. Las cosas salen a la luz. No se pueden ocultar. Pero salen a la luz, no espontáneamente, salen ya “editadas”. Y exigen discernimiento personal y comunitario.

Pescar con Jesús y para Jesús es pescar la “intención de fondo” de las personas. Jesús, como ya se lo había profetizado Simeón a María, su Madre, cuando era un recién nacido, es y será uno que hace que salgan las intenciones de fondo de los corazones. Para eso vino a este mundo. Para eso nos visita y se nos acerca. No para imponernos nada. Visita para que salgan a la luz lo que tiene cada persona y cada pueblo en su corazón.

Esta tarea de pesca es la tarea principal del Señor: nos pesca para el reino, para llevarnos al Padre. Nos pesca en este lago que se escurre por el resumidero del tiempo, a las aguas del cielo, que no se escurren sino que son para siempre.

Para pescar con Él primero hay que dejarlo que discierna nuestro corazón y saque a flote nuestro verdadero rostro y nos libre de todo lo que es máscara y sentimientos menos dignos. Así, dejando que nos pesque el buen deseo que nos constituye y dignifica como las buenas personas que querríamos ser, y que nos discierna los deseos mezclados de todos los días, podremos ayudar también a los demás.

Jesús es el Pescador invisible, el Cristo de la mano rota de la Iglesia de San Bernardo en flores, que tironea desde arriba, como dice el Adán buenosayres de Leopoldo Marechal: “¡Es absurdo! Uno está navegando en ciertas aguas oscuras, y de repente se da cuenta que ha mordido un anzuelo invisible. ¿Comprenden? Y uno se resiste, forcejea, trata de agarrarse al fondo! Es inútil: ¡el Pescador invisible tironea desde arriba!”.

Discernir…

Morder el anzuelo invisible del Pescador que tironea para arriba! Gustar este anzuelo, gustar que vaya para arriba. Interpretar las cosas “hacia arriba”, aunque uno abajo patalee…

Ayudar a discernir.

Ayudar a “pescar la situación”, no solo las cosas sueltas, los títulos editados cada día, las noticias que son pescado viejo y podrido que nos sirven refritas como si fueran frescas de hoy.

No hay mejor época que la nuestra si es que uno quiere entrenarse en el discernimiento. Cada día tenemos ante los ojos “todo el pescado: buenos y malos”. Es tarea de cada uno ver qué elige, elegir qué come.

Diego Fares sj

 

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?»

Ellos le respondieron: «Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima).

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35 2).

Contemplación

Un Maestro! Querían un Maestro.

“Jesús se dio vuelta y viendo que lo seguían les preguntó: “Qué quieren?

Y ellos le respondieron “Rabbi” -Maestro, dónde vives?”.

De chicos, nuestros maestros los eligen nuestros padres. Si todo va bien, son los maestros comunes que pone la escuela. Pero ellos eligen el colegio y si hay problemas nos cambian. Entre todos los maestros, uno siempre elige su maestra o maestro especial. Los otros, simplemente pasan.

Yo tengo muy grabada la imagen de mis maestros de primaria. El hermano Antonio que se aplicó a enseñarme a escribir… Aunque no logró mucho con mi caligrafía, sí hizo bastante por mi ortografía. El hermano Santiago y el Hermano Humberto que contaban tan bien las historias bíblicas que me las grabaron para siempre en el corazón. Allí está la fuente primera de mi amor por la Biblia, de mi gusto por el Evangelio.

Borges, hablando del Quijote, dice que el tema es la amistad entre el Quijote y Sancho. Que las aventuras son la excusa para sus diálogos de amigos. Y que el genio narrativo de Cervantes es haber logrado que nos pudiéramos sentir amigos reales de sus personajes.

Para mí, se ve que estos hermanos maristas eran buenos narradores porque hicieron que me sintiera amigo de los personajes bíblicos, y de Jesús, por supuesto. Lograban que uno se interesara por la persona misma de José, el soñador vendido por sus hermanos y que luego los salva; de Abraham, que era “amigo de Dios”; del Rey David: su lucha contra el gigante Goliat y contra los celos de Saúl y la amistad fiel de Jonatán…

Al leer luego la vida de Jesús, todos estos personajes bíblicos estaban vivos en Él. Jesús dialoga como amigo con todos ellos… Y cuando uno lee el evangelio con el alma poblada de estos amigos del Señor, pasa como con los diálogos entre Quijote y Sancho: uno siente que puede unirse a ellos, que hay espacio en su amistad, aunque sean personajes literarios.

El tema da para mucho. Borges dice que, en el fondo, todo amigo es “un personaje literario” para sus amigos. Y es verdad. Por eso uno disfruta pidiendo a sus amigos que cuenten -otra vez- lo que les pasó. Recuerdo en nuestro juniorado cómo todos esperábamos el recreo después de cena del sábado, para que Rossi nos contara alguna aventura que había tenido en el barrio. Las habíamos vivido juntos, pero él las contaba de manera especial y nos descostillábamos de risa con sus imitaciones de los personajes.

………..

Estas reflexiones vienen de contemplar cómo los discípulos buscaban un Maestro y encontraron, además, un Amigo. Uno que los invitó a quedarse con Él aquella tarde y, luego, a seguirlo toda la vida. Fue siendo amigo que pudo ser verdaderamente el Maestro.

Uno aprende de sus amigos -incluso de los más desastrosos, de los más opuestos, de los más distintos en ideas y valores… Cómo es posible, me pregunto? Creo que la amistad implica estar – y sentirse y poder ponerse- con el otro al mismo nivel ante las cosas decisivas de la vida: ante la muerte, ante la lealtad y ante el jugárselo todo cuando toca. Estar y ponerse al mismo nivel, digo, en el sentido de poder aprender cómo mide el otro estas cosas y, sintiendo que las mide igual que nosotros, aprender de su modo de medirlas, de su intensidad particular para vivirlas, de la calidad de su adhesión a las cosas buenas y de la radicalidad de su rechazo a las deshonestas.

No digo que esto sea una verdad general pero al menos en mi caso, si no puedo aprender de otro, es que nuestra relación no cayó aún del lado decisivo de la amistad o comenzó a enfriarse. El lado decisivo es ese lado hacia el que se inclina la balanza y hace que (tengo que decirlo con descripciones porque no se puede decir de manera abstracta), por ejemplo: en una reunión, me interese que esa persona esté, sí o sí, aunque no diga nada; ante algún hecho, me interesa saber lo que pensó mi amigo y no lo doy para nada por descontado, no digo “ya sé lo que este piensa”, sino que pienso: “sé que coincidimos pero me muero por compartirlo igual”; cuando hay una discusión, es esa persona que no dudo en ponerme instintivamente de su lado.

Borges dice que la diferencia entre las películas norteamericanas y las argentinas es que en los film americanos, el policía se hace amigo del delincuente para llevarlo, de última, ante la justicia del estado. En argentina, la amistad se entiende de otra manera. No sabría decir si porque la justicia estatal no nos parece tan justa o porque la amistad es una pasión más fuerte que todas las otras. Borges dice que viene de un valor hispánico y cita la frase en la que el Quijote le dice a Sancho: “No es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello”. Es decir: una cosa es no justificar a un amigo si hace algo mal y decírselo personalmente. Otra muy distinta es ser uno mismo el que alegremente lo entregue o hable mal de él en público. Tomando esto del Quijote, Borges pone como emblemática de la literatura argentina “esa desesperada noche en la que un sargento de la policía rural gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro”.

Me distraje con Borges porque en estos días lo han usado para criticar a un valiente por los amigos que tiene, diciendo que son impresentables. Lo acusan de que “con el pretexto de acoger pecadores arrepentidos, recibe a corruptos no recuperables”. Hasta aquí, aunque parezca un modo de pensar más de film norteamericano que argentino, vaya y pase. Pero que se diga que Borges “se divertiría” viendo estos personajes “que parecen prodigios surgidos del género fantástico” (queriendo decir que son amigos impresentables) ya es demasiado. En mi artículo “Ayudas para discernir los lenguajes tramposos”

(https://ejerciciosespirituales.wordpress.com/2018/01/10), trataba de hacer ver cómo hay que estar atentos a los detalles, ya que los maestros de la retórica engañosa, esos que dicen muchas verdades pero con mal espíritu, en algún punto se pasan de listos y muestran la hilacha. Este caso, de usar a Borges para reírse de alguien diciendo que tiene amigos delincuentes, es uno de esos casos en que uno dice “no puedo creer cómo mostraron la hilacha sin darse cuenta!” Por supuesto que para darse cuenta de estas falacias literarias hay que darse el gusto de leer a Borges, que es un maestro. Borges sería incapaz de burlarse de alguien usando a sus amigos!

Pido excusas si me excedo en ironías pero es que la cuestión de “robarnos a los Maestros” es una cuestión clave. En el fondo ataca el deseo de “buscar un Maestro” y de buscarlo por el lado de la amistad.

El demonio, que es padre de la mentira, se disgusta mucho cuando la gente encuentra un maestro y mucho más cuando ese maestro es alguien cercano y amigo. Por eso es por lo que los ataques son tan fuertes: el demonio sabe que si uno tiene un maestro bueno, no en el sentido de que no tenga defectos, sino en el sentido de que sea alguien de fiar y que le enseñe a discernir, sus engaños quedarán desbaratados. De ahí el intento de descreditar a los maestros reales y, más aún, de crear tal estado de escepticismo, que la gente ni se proponga encontrar un maestro de vida. No podés confiar en nadie. Todos son unos interesados. Nadie te va a ayudar a descubrir la verdad… son las frases que sugiere el mal espíritu.

Haciendo contra con toda el alma a estas tentaciones, nosotros vamos por el lado de afirmar que el deseo de encontrar a ese Maestro que sea al mismo tiempo un amigo es evangélico, y que vale la pena dedicarle la vida entera a esta tarea. No hay que separar estas dos cosas: amistad y verdad.

Digámoslo negativamente: si uno tiene por un lado sus amigos y por otro sus maestros, para mí, es que no entendió nada de la vida. Esto me lo digo para mí y no se la diría a otro, ya que son cosas muy personales. Yo tengo para mí que con los que fueron y son mis maestros, es vital cultivar la amistad, y con los que son mis amigos, es vital estar atento a qué puedo aprender de ellos.

O dicho de otra manera: cuando siento que un maestro es tan grande que resulta inaccesible para mí, por el motivo que sea, eso significa que no podré aprender mucho de él. Y si un amigo hace tiempo que no me enseña nada, es que la amistad se está apagando. Falta mantenimiento…

Estas consideraciones son propias de la hora décima. Esa que Martini dice que es la hora de las elecciones maduras, las que uno hace por experiencia propia y que son definitivas.

La hora décima es el tiempo de los llamados, es una hora que no pasó, una hora en la que uno entra porque su puerta está siempre abierta. Allí o “entonces”, las palabras maestro y amigo son como dos planetas que acercaron sus órbitas y ahora giran juntos, sin fundirse ni dispersarse. Y uno puede gozar sintiéndose discípulo de sus amigos y amigo de sus maestros.

Jesús se dio vuelta y viendo que lo seguían les preguntó: “Qué quieren?

Y ellos le respondieron “Rabbi” -Maestro, dónde vives?”. Y Él les dijo: “Vengan y lo verán”.

Diego Fares sj

 

 

Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo:

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. »

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron:

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel. »

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: « Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se volvieron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

Martín Descalzo a fines de los 80 y el Papa Francisco el año pasado toman una frase de San Juan Crisóstomo que dice que los Magos: “No se pusieron en camino porque hubieran visto una estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino”. “Eran almas ya en camino, ya a la espera -dice José Luis-. Mientras el mundo dormía, el corazón de estos magos ya caminaba… Confiaban en que sus vidas no concluirían sin que algo sucediese”.

Nosotros pedimos al Niño la gracia de ponernos en camino para buscarlo y encontrarlo. ¿Cómo nos ponemos en camino?  Dijo hoy el Papa Francisco: “Seguir a Jesús no es un educado protocolo a respetar, sino un éxodo a vivir”. Sal de ti mismo!, por tanto. Sal! Deja de pensar sólo en ti y haz oración: adora al Padre, pide al Espíritu Santo que te movilice alguna palabra de Jesús en el Evangelio. Sal del círculo de andar siempre buscando tus intereses y mira a tu alrededor. Mira a los demás. Interroga a las personas humildes, como el niño envuelto en pañales en un pesebre, junto a su madre y san José. Sal de ti mismo y presta un servicio a los más pequeños, a tus hijos, a tus ancianos, a los más pobres. “El evangelio se realiza cuando llega al don. Al don gratuito, sin nada cambio”.

Pedimos también la gracia de saber burlar a los malvados, como hicieron los reyes que “volvieron a su país por otro camino”. Pedimos la gracia de saber burlar a los que se creen sabios y poderosos, los que se ríen de los que buscan estrellas que se mueven en el cielo, los que se burlan de los que adoran a los niños pobres que están en un pesebre.

…………

Basten estas peticiones para movernos, para iniciar el año poniéndonos en camino. En camino de oración, leyendo el evangelio o adorando en silencio al Niño, espejito de la gloria del Padre del cielo. En camino de servicio, organizando algo para los niños en la fiesta de los Reyes o saliendo a buscar a algún pobrecito. “Probemos hoy -decía el Papa- a pensar en algún don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer a alguien”

………

Una reflexión partiendo de una palabra que me quedó picando: “burlar”. Burlar a los poderosos, dice Martín Descalzo. Junté burlar, no con hacer muecas o decir frases ingeniosas, sino con lo que hicieron los reyes, que simplemente “volvieron a su tierra por otro camino”.

Para ir a Jesús recibieron la ayuda de la estrella. No fue impedimento para llegar al Niño el hecho de haber pasado por la corte de Herodes con sus juegos de poder y de haber recibido información de la ciencia sin fe de los sumos sacerdotes y escribas. Pero para volver (para aplicar la gracia a la vida), tuvieron que encontrar “otro camino”.

Esto me hace pensar que Dios nos ayuda de una manera a encontrar a su Hijo y de otra a burlarnos del mal espíritu y poner en práctica su Palabra.

El Padre nos atrae a Jesús. Pone signos en el cielo, pone un imán en nuestro corazón para que la suma de todos nuestros pasos -lo sepamos o no- termine orientada a su Hijo amado.

El Espíritu ilumina los momentos, sugiere el pasito adelante que podemos dar para acercarnos a Jesús. En el evangelio, la estrella marca el rumbo a los magos: “Iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo en el lugar donde estaba el Niño”. La ayuda del Señor a los que se ponen en camino es constante y precisa.

Pero después, para burlar a Herodes y regresar a sus cosas, el camino es distinto. El evangelio nos dice que los Reyes, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, regresaron a su casa por otro camino. Este “otro camino” pareciera que no necesita de una guía especial. Será que uno lo tiene que descubri solo?

La inspiración que me viene a la mente es la formula de San Ignacio: el “agere contra” -el hacer lo totalmente contrario a lo que la tentación me sugiere-.

Herodes les había sugerido con sutileza que, luego de investigar bien todo lo referente al Niño, apenas lo encontraran se lo comunicaran. Ellos directamente “se volvieron por otro camino” sin ningún temor ni respeto humano por el poderoso.

La clave es, por tanto, que el camino sea “otro”.

Pero totalmente otro.

No basta con que sea “un poco distinto”.

La tentación de querer burlar a los malvados usando sus mismas técnicas o algo parecidas, es algo en lo que solemos caer por falta de discernimiento. Ignacio nos ayuda con esta fórmula límpida como una estrella en el cielo: “agere contra”. Lo digo en latín para que se nos grabe en el cielo de la memoria. Hacer contra pero no “cualquier contra” sino “lo totalmente contrario”.

Esto no es difícil descubrirlo, pero hace falta tomarse un momento de oración, hacer silencio y pedir ayuda al Espíritu Santo.

Debemos desconfiar de la primera acción en contra que se nos presenta como clara. En general, la primera reacción en contra de otro que nos ataca o nos quiere engañar, es mimética. Nos mimetizamos con el enemigo: si alguien alza la voz, la alzamos, si nos gritan, gritamos, si nos empujan, damos un codazo, si el otro se burla, ironizamos, si nos ningunea, buscamos rebajarlo… La pausa consiste en saber reconocer con buen humor que nuestra respuesta es mimética y que por tanto no es “contraria” sino funcional al enemigo. Por eso, hay que aprender de los Reyes a tomar otro camino. Es propio de un Rey, no rebajarse. Eso es tener señorío.

Algunos ejemplos, por si ayudan, teniendo en cuenta que cuando uno baja la Palabra a la realidad, arriesga a decir algo de más o algo que moleste…

A nivel país, en política, ¿qué sería lo totalmente contrario a la corrupción, por ejemplo, definida como uso sistemático del dinero público para provecho propio? La justicia, dirá alguno. Meterlos a todos en cana hasta que se pudran y que devuelvan todo lo que se robaron… Me pregunto si lo que logra eso, a lo sumo, no es equilibrar la balanza. Y no del todo, porque para los pobres que no recibieron ayuda o para las víctimas de las tragedias por el desvío de dinero, ya es tarde. Tampoco basta, aunque sea bueno y necesario, con ir tomando medidas estructurales para que en seis años mejore la cosa. Estas cosas son contrarias a la corrupción pero no son “lo totalmente contrario”. La corrupción siempre tiene un “ya”, que alguien se goza para él solo. Por eso la contra tiene que incluir -dentro de las medidas a largo plazo- también un “ya”, en el que se ayuda con dinero tan concreto como el de los bolsos de López, al más vulnerado y de un modo comunitario. Dando plata a Manos Abiertas o a El Hogar de San José, por ejemplo.

A nivel de los medios, ¿qué sería lo totalmente contrario a esa degradación de la información que padecemos en todos sus grados: desde la chabacanería más trivial a la difamación más refinada? La verdad está tan relativizada que apenas uno comienza a charlar, el tema se politiza. ¿Qué sería lo totalmente contrario a este “pensar de qué lado estás”? Facilmente se ve que es “pensar de qué lado estamos”. No es tan facil llevarlo a la práctica cuando se habla de política, pero es posible. Reveía en internet el discurso de don Ricardo Balbin ante la muerte del presidente Perón, en el que hablaba de honrar a nuestros grandes muertos (yo agrego: a todos nuestros muertos). No sirvió para detener la violencia que se desató en el país, cuyos ecos siguen resonando en nuestros discursos. Pero hace bien escuchar “al viejo adversario que despide a un amigo” para encontrar vivo el tono “totalmente contrario” al que escuchan nuestros oídos todo el día y que imprimimos a nuestras palabras haciéndonos eco y mimetizándonos con lo que pretendemos criticar.

A nivel religioso cuando siento que alguien critica sin cariño ni respeto al Papa Francisco, mi “agere contra” es repetir sonriendo lo que decía el anciano Padre Fernando Boasso SJ: “No hay que hacerse problema. Nosotros muy contentos con el Papa Francisco y al que no le gusta que se jorobe”. No es algo muy ortodoxo ni que recomiende a todos como un principio universal, pero a mí me cambia el humor, que es en lo que soy tentado (ponerme de mal humor con los que critican).

Como decía, hay que discernir bien dónde apunta la tentación (mi tentación que es distinta a la de los otros) para no salir disparado a hacer contra en cualquier lado y terminar siendo engañado.

Que nadie nos robe la gracia de adorar al niño y de darle nuestros regalos. Sobre todo el mejor regalo, el que más le agrada, el de nuestro corazón que, como el de los Reyes, quiere aprender a caminar por los senderos de Dios y a no perderse por el camino de los malvados.

Diego Fares sj

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