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Principio del Evangelio de Jesús

Cristo, Hijo de Dios.

Juan el Bautista se presentó en el desierto…

predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados

como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro para que apareje tu camino”. “(lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:

preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos’,

Y acudía a él toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén

y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan andaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero,

y se alimentaba con langostas y miel silvestre.

 Y predicaba, diciendo:

‘El que es más fuerte que yo viene detrás de mí,

Uno ante quien yo no soy digno ni de desatar, arrodillado,

la correa de sus sandalias.

Yo los he bautizado a ustedes con agua,

pero él los bautizará en Espíritu Santo’

                                                                   (Mc 1, 1-8).

Contemplación

Llevar la gente a Jesús. Juan Bautista es el icono de esta tarea apostólica. Para realizarla plenamente tiene claro que, por una parte, debe predicar la palabra de Dios y, por otra, debe disminuir para que Jesus crezca.

Esto es una gracia propia de los ejercicios espirituales de San Ignacio. Ignacio logra poner el alma en contacto con Jesús y cuando discierne que esta relación está establecida, desaparece, digamos así. A esto se deben sus recomendaciones de que “los puntos sean cortos” para que la persona le saque jugo al Evangelio por sí misma y no tanto por lo que dice el predicador; y también la indicación de dejar el alma sola con Dios cuando está consolada.

Acercar la gente a Jesús requiere de nuestra parte, como cristianos, una cierta plasticidad. Dentro de una cultura cristiana la manera de acercar a la gente a Jesús es acercarla a los sacramentos, a las ceremonias de  la Iglesia, al estudio de la doctrina… Pero cuando la cultura se ha descristianizado estas cosas, que en sí mismas son una gracia, pueden convertirse en un obstáculo. Aquí es donde entra la otra manera de acercar la gente a Jesús que es la de dar testimonio con obras de misericordia y caridad. Un testimonio mas bien callado, que trata de no discutir sobre cosas teóricas ya que están discutidas dentro de la misma sociedad cristiana. 

Pero, qué significa acercar a la gente a Jesús? Cómo se hace?

Me viene la frase de que es un Jesús al que “amamos sin haberlo visto”, como dice Pedro.

Amarlo sin haberlo visto es amarlo viéndolo en las personas con las que tratamos. Significa tratar de tal manera a las personas que sientan que vemos algo más en ellas de lo que se ve habitualmente. Hacerles sentir que las vemos con una mirada de fe. Una fe que mira su corazón, ese lugar misterioso en el que Dios habita en cada persona y que la mueve a hacer el bien.

La frase que me viene es la de Isabel cuando recibe la visita de la Virgen: “Quién soy yo para que la madre de mi Señor me venga visitar?”.

….

En estos días que pasé en el reparto de ortopedia  del hospital Regina Elena, me fui aprendiendo los nombres de todos los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza que pasaban por nuestros pieza. A los médicos no los vi a todos, porque son de los que hablan poco y trabajan mucho. Pero el equipo de enfermería, que son 12, si los conocí todos por su nombre. Les encantó también que nos sacáramos una selfie al final del internación, aunque fuera con la mitad del equipo. El suyo es un trabajo duro y anónimo, en el que ven pasar a los pacientes ejerciendo durante algunos días una tarea de compasión muy fuerte y delicada y después pasan al olvido.

Les encantó también que les dijera que mucha de la gente que reza por mi salud ha estado rezando por las personas que me cuidan. Es decir, nuestra oración cristiana es encarnada. Vemos la acción de Dios a través de las manos de la gente, de los médicos, de las enfermeras…, no se trata de un Dios que actúe solo desde arriba, sino más bien, preferiblemente, desde abajo, encarnado en personas y estructuras concretas.

Las historias con la gente del hospital fueron muchas pero hay una que me conmovió particularmente y que responde a lo que salió al comienzo de la contemplación: esto de amar a Jesús sin haberlo visto. Se puede Amar a alguien a quien uno no conoce, no ha visto nunca ni volverá a ver?

El camillero que me llevo a la sala de operación se llama a Domenico. Un napolitano que todo el camino me habló de que estaba leyendo la biblia y que no entendía bien cómo es que se pasaba del Génesis al libro siguiente.

No alcancé a hacer una explicación de los géneros literarios que ya habíamos llegado a destino. Y él, con orgullo, le dijo al compañero que estaba del otro lado de la ventana por la que nos hacen pasar sin tocar el piso, que era un napolitano trayendo un paciente que se llamaba Diego. El otro como era hincha de la Roma no le dio mucha bola.

Esta vez no fue como que la anterior que entré directo al quirófano con el robot sino que me metieron en un box donde tuve que esperar media hora. Gracias a Dios estaba Ana López, la enfermera que me había recibido hace un mes, que me reconoció y estuvo cariñosa como siempre.

En eso trajeron a otra paciente de la que solo vi la cabeza pelada y la pusieron en el box de al lado.

Me conmovió una frase dicha bajito, muy bajito: “que frío”.

Y me animé ha hablar: “Quién está del otro lado? Cómo te llamas?” No le entendí el nombre y le pregunté de nuevo. Me dijo que se llamaba Eugenia y que era Rumana, que por eso no hablaba bien el italiano. Le dije que yo era Argentino y que tampoco hablaba bien, así que no había problema. Llame a Ana para que le diera una frazada para taparla un poco y en esos 20 minutos tuvimos una linda conversación. Recuerdo que intempestivamente apareció mi anestesista, que era el mismo de la otra vez, me empezó hablar, me puso la vía y me empezó a llevar y solo alcancé a gritar un saludo cuando ya iba alejándome por el pasillo: “Ciao Eugenia Dio ti Benedica”. Saludo al que ella respondió con un: “Ciao padre Diego, anche a te ti benedica”.

Cuando me desperté de la anestesia, ella también estaba al lado, pero se la llevaron rápido y ya no nos vimos más. Eugenia tiene 48 años, está separada, tiene un hijo en Rumania, vino para un bautismo hacía nueve meses y quedó bloqueada por el coronavirus. Le descubrieron un cáncer, comenzó un tratamiento y ese día lo operaron de un tumor en el seno. Estaba muy sola en Italia y me dio mucha ternura poder compartir ese ratito con ella, en el que en el frío de la espera nos dimos animo y nos bendijimos mutuamente.

Digo esto es para decir que Eugenia fue la persona que menos vi -apenas una cabecita en la camilla que pasaba- y que me quedo más marcada.

Y con lágrimas se me impone una frase: claro que se puede amar sin ver! Más aún: solo vemos a los que amamos.

Y espero que cuando vea a Jesús, a  quien “amo sin haberlo visto”, veré también a Eugenia, sin el biombo que separaba nuestros box y que solo dejaba pasar nuestra voz, en ese media lengua en la que nos comunicamos, y me dirá “Soy yo, Eugenia, con la que charlaste en el hospital. Te acuerdas que nos dimos una bendición?”

Diego Fares sj

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén despiertos, prevenidos,

porque no saben cuándo llegará el momento oportuno.

Será como un hombre que se va de viaje,

deja su casa al cuidado de sus servidores,

asigna a cada uno su tarea,

y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si al atardecer,

a medianoche,

al canto del gallo

o por la mañana.

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén despiertos, prevenidos!» (Mc 13, 33-37).

Contemplación

Comenzamos el adviento con esta exhortación de Jesús a a velar a estar despiertos y me gusta la traducción que dice: “estar prevenidos”. Prevenidos o “pre-idos”, en el sentido de estar no solo con la valija lista, disponibles para lo que el Señor pida, sino en el sentido de “haber ido y vuelto ya en la oración”.

En este tiempo de enfermedad me ha tocado estar atento y con todo preparado para cuando me llaman del hospital. Acá en la salud pública italiana, cuando uno pregunta por alguna fecha para una operación o un tratamiento te dicen simplemente: Nosotros lo llamaremos.

Al comienzo cuesta, porque parece que no te van a llamar nunca. Pero después de varias veces en que uno constata que sí te llaman, aprendés a confiar.

Hoy por ejemplo, tuve cita con la oncóloga y con todo el equipo que me trata y  me dijeron que el tratamiento monoclonal (o algo así) podía esperar un poco y que preferían primero fijar con un clavo el brazo. Yo ya estaba preparado para esto desde hace tiempo y cuando pregunté por la fecha me dijeron que en una semana o 10 días. Le pedí al doctor si podía adelantar algo la operación y me dijo que tenía varios pacientes antes… Así que le dije: “Estoy en sus manos”.

Al volver a casa me fui a rezar a la capilla y le dije muy cortito a San José: “Ayúdame. Estoy cansado”. Por un lado estaba contento de que vamos dando pasos, pero por otro sentía que el cansancio me estaba llevando a bloquearme en vez de hablar con el Señor como al comienzo, en que cada paso, lo llevaba a un rato tranquilo de oración.

En la pieza le recé a Bernardita, la Sierva de Dios de las Pobres Bonaerenses a la que le he encomendado el brazo. Y enderecé la estampita que había quedado medio caiducha en la mesa. Comencé a llamar a mis superiores diciendo lo que me habían dicho y no alcancé a hacer dos llamadas que ya vino Paolo a decirme que había llamado el doctor preguntando por mi disponibilidad. Que si podía hacer el hisopado en casa e internarme mañana sábado me operaría el lunes. Por supuesto que ahí mismo dijimos que sí y preparamos todo.

Lo que quería testimoniar es que esto de que estar preparados y prevenidos es rezar. Rezar, como decía, en el sentido de haber ya ido y vuelto en la oración y charlado con el Señor acerca de las cosas en las que estamos embarcados.

Como yo sentía que en esta última semana me había cansado y más que rezar trataba de distraerme un poco, le dije al Señor con mucha sinceridad:  “ayudame porque no me da ni para rezar”.

No se trata de que Dios haga milagros o de que todo salga bien, como decimos hoy en día, sino de crecer en la confianza mutua con Jesús y sus santas y santos, tanto en las cosas que salen bien como en las que no salen tan bien por el momento.

Se ve que esta oración, que fue bien sincera, le gustó, porque me respondió ahí mismo mostrando su gran poder. Ha sido una constante en este tiempo la experiencia de que cuando llego a mi límite y lo charlo simplemente con el Señor, Él me hace sentir todo su poder y lo “toca” a alguno para que se despierte y me de una mano. Y esta mezcla de mi límite – de mi medida potencia, como dice Ignacio en la “Contemplación para cosechar amor” -, y de su omnipotencia, me hace crecer en la fe, que en definitiva es lo que me importa.

A mí lo que me da confianza es sentir que el Señor es el que conduce mi historia, tanto interior como exteriormente, y que Él prepara todas las cosas para bien: mi bien último y más grande que es ganar la amistad de Jesus, dejarme salvar por Él y dar un testimonio que ayude a la fe y al bien de los demás.

Diego Fares sj

      Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,

porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;

tuve sed, y me dieron de beber;

estaba de paso, y me alojaron;

desnudo, y me vistieron;

enfermo, y me visitaron;

preso, y me vinieron a ver.”

Los justos le responderán:”Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”

Y el Rey les responderá:”Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.”

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos;vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,

porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;

tuve sed, y no me dieron de beber;

estaba de paso, y no me alojaron;

desnudo, y no me vistieron;

enfermo y preso, y no me visitaron.”

Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.”

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.» (Mt 25, 35-46)

Contemplación

En la evocación del juicio final, Jesús nos hace poner la mirada en nuestras acciones. Nos revela que nos juzgará por como hemos tratado a los más pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”. Nuestros pensamientos, ideologías, sentimientos… valdrán en la medida en que nos hayan llevado a acciones que se caracterizan y definen solo por la misericordia y el amor a los más necesitados.

En su última encíclica el Papa Francisco nos invita a ampliar la misericordia y el amor de manera tal que no se queden solo en gestos particulares, sino que adquieran dimensión universal: social y política. Le pagaste un café con leche y medialunas a un pobre que viste con hambre mientras tomabas tu desayuno en el bar, pero también trabajaste en una ley para que ningún niño de nuestra patria crezca desnutrido, asegurando que las madres tendrán leche de calidad para darle a sus bebés.

Darle una frazada al que tirita de frío en el invierno es algo que brota espontáneo y que hace sentir más calentito al mismo que la dio; instrumentar entre todos los países una política que regule las migraciones y la integración cultural de los que huyen de sus países por la guerra o el hambre es algo que no brota espontáneamente, sino que requiere la colaboración inteligente y generosa de toda la humanidad. Es posible hacerlo, pero vemos cuánto cuesta: incluso ante un peligro mortal como es el COVID-19, no es fácil llevar adelante políticas comunes, no solo a nivel mundial, sino incluso dentro de una misma familia.           

No es fácil. La situación de la pandemia nos ha hecho constatar que no hay líderes capaces de conducir a todos. La autoridad, incluso de los líderes legítimamente elegidos, está contestada. Las ideas, todas las ideas, están en permanente discusión. Las actitudes, aún las más generosas, son puestas en duda. Hay gente que cree que las ambulancias que circulan por nuestra ciudades no llevan a médicos y enfermeras generosos que gastan su tiempo en jornadas agotadoras trayendo y llevando enfermos, sino que van vacías y hacen sonar la sirena con el fin de meter miedo a la gente.

En este contexto de fragmentación y desconfianza, el relato que Jesús acerca de lo esencial para la vida plena, contiene algunas semillas de sanidad mental, las cuales, si caen en tierra buena, pueden dar frutos que, al comerlos, vayan sanando esta enfermedad espiritual que afecta nuestra capacidad de discernir lo que es verdad y de poner en práctica acciones buenas y bellas.

La primera semilla de sanidad mental es la de instalar la fe en que habrá un juicio final. No cualquier juicio, sino solo uno con las características precisas y únicas que describe Jesús con la autoridad moral que solo Él tiene, respaldada por su vida muerte y resurrección.

La idea del juicio final está metida en la raíz misma de nuestra inteligencia y libertad. Y no solo en nuestra dimensión espiritual, sino incluso en la vida natural misma: la vida en sus estadios más simples  crece y se mantiene juzgando lo que le conviene y lo que no.

Puede que haya muchas ideas fantasiosas acerca de juicios finales en las que los hombres inventamos dioses autoritarios y criterios de juicio a la medida de nuestras culturas y conveniencias. Pero no es sano instalar la idea de que no habrá ningún tipo de juicio final, de que es una fantasía humana. De hecho afirmar que la idea de un juicio final es una fantasía humana es, ella misma, un juicio final. Es una afirmación que se muerde la cola, que se contradice a sí misma. Con el agravante de que paraliza la vida: sin esperanza de un juicio final no solo no lucharíamos para que sean juzgados los genocidas y los corruptos, sino que tampoco tendría valor juzgar que es lo mejor para mi familia en el día de hoy.

Pero vayamos al tipo de juicio final que describe Jesús. La primera imagen que deja sentada el Señor es la de la gloria. La existencia misma del universo es gloriosa, espléndidamente bella potente y plena de misterio. Y así como fue esplendoroso su comienzo y es esplendorosa cada primavera, cada salida del sol y el enamoramiento de cada pareja de jóvenes, también esperamos que será esplendoroso el final. Esplendoroso no solo en acontecimientos físicos apocalípticos, sino esplendoroso con el esplendor de la conciencia agradecida que ilumina lo vivido y con el esplendor de la libertad que elige amar el don recibido. Cuando en un caso de delitos contra la humanidad un juez dicta sentencia justa, sentimos que la justicia resplandece iluminando un hecho sombrío y desgarrador con una luz esplendorosa que nos devuelve a la vida. Sin esa justicia no vale la pena vivir. Lo mismo podemos decir que sucede cuando la Iglesia como pueblo de Dios jerárquicamente organizado canoniza a un santo: la luz de la gloria toma posesión de toda su vida, la santifica y permite que todo el pueblo se pueda dejar iluminar y fortalecer por esta luz gloriosa en su vida cotidiana.

La otra imagen que Jesús instala – como semilla de sanidad- es la de que el juicio será personal. El detalle de los pronombres personales -“yo” tuve hambre y “ustedes me” dieron de comer-, es causa de admiración tanto para los benditos como para los malditos. Una admiración que es el corazón de la parábola, porque está antes del agradecimiento o de la queja. Ambos grupos se admiran de que haya sido Jesús en persona ese a quien sirvieron o dejaron de ayudar.

Este es el único tipo de juicio final que no es fantasioso, sino increíblemente real: nos juzgará nuestro Creador, pero no sintiendo lo que podría sentir alguien que crea a otro desde su trascendencia, sino sintiendo el peso de nuestras acciones -de compasión o de crueldad- que afectaron la carne y la vida de sus hermanos más pequeños, con los que el Juez se identifica. Es clave aquí la categoría de hermanos que Jesus utiliza. Por que hace a la realidad de la identificación: todos podemos decir con verdad que lo que le hacen a uno de nuestros hermanos nos lo hacen a nosotros, porque somos de la misma carne y sentimos las cosas en común.

Dicen los estudiosos que aunque este texto del juicio está muy elaborado, el detalle de esa identificación de Jesús con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los que no tienen ropa, con los enfermos, los extranjeros y los presos, es algo que solo puede haber salido de la boca del maestro.

A lo que apunta la parábola es a suscitar esta admiración con respecto a quién es el que nos juzga y quiénes somos los hombres a quien es el define como sus hermanos. En lo más profundo del corazón nos tenemos que dejar conmover por este Jesús que dice: era yo, ese nuestro hermano pequeñito quien ayudaste.

Nuestro juicio juzga de acuerdo a lo que vemos. Por eso el Señor quiere enseñarnos a ver profundo. Nos ayuda el cuadro de Rupnik que representa al buen samaritano y expresa artísticamente -mediante la similitud de los rostros- esta identidad de hermandad entre el Jesús que ayuda y el Jesús ayudado.

No creo que se trate de que al ver al juez en la persona del pobre le ayudemos a este por interés de ganarnos la buena voluntad de aquel. Que no se trata de esto lo podemos ver en el detalle de que ninguno se dio cuenta de que el necesitado era Jesús. Y entre los que no se dieron cuenta estamos todos. No es que después de haber escuchado la parábola nosotros sepamos algo que nos podría dar una ventaja con respecto a otros. Lo que Jesús dice es que todos quedaremos sorprendidos al descubrir existencialmente que ese pobre, al que ayudamos o ante el cual pasamos de largo, era Jesús.

Y si es conmovedor pensar en la altísima dignidad que esta identificación de Jesús le confiere a cada persona, más conmovedor todavía es pensar la riqueza que el Creador siente que le da cada pobre ser humano a Él. Así como uno goza en carne propia cuando alguien le hace bien a un hermano o hermana suyos, así Jesús nos revela que se alegra o sufre cuando alguien ayuda o abandona a uno de sus hermanos más pequeños.

Tenemos así que el tipo de juicio final que revela Jesús en esta parábola es algo único y al mismo tiempo muy humano. Pongamos un ejemplo sencillo. Cuando un papá o una mamá se juzgan a sí mismos luego de haber tenido que premiar o castigar a un hijito pequeño, no se fijan solo en la intención con que tuvieron, sino que tratan de medir el efecto que la alabanza o el reto produjeron en el corazoncito de su hijo pequeño. El amor que sienten por su hijo les permite identificarse con los sentimientos de su hijo y evaluar si una mirada de desprecio o un chirlo, por fugaces y leves que hayan sido en sí mismos, han causado un sufrimiento hondo en la fragilidad afectiva de sus pequeños. Aunque alguien de afuera, e incluso el mismo hijo o hija, diga por ejemplo, que un reto no fue para tanto, el juicio que se hacen a sí mismos los papás que aman, se guía por un criterio interior: el del amor o no amor que imprimieron subjetivamente a su acción exterior. Saben que el hijo percibe la fuente misma de este amor, y que el día en que le toque ser padre comprenderá en profundidad cómo fue tratado.

Al identificarse con los más pequeñitos Jesús nos invita hacernos “hermanos todos”, a  entrar en la dinámica de este amor que juzga y se deja juzgar en sus acciones concretas con respecto a los más necesitados porque allí encuentras el criterio seguro para mejorar, corregirse y crecer. Solo lo más profundo y lo que toca la fibra más íntima de nuestro corazón es universalizable (juzgable); y solo lo que es válido para todos, universal, vale la pena que sea asumido (para que se nos juzgue por ello) en lo más profundo y de la manera más radical. El amor y la misericordia son los valores más íntimos profundos y universales y por eso  serán los únicos validos para el juicio final.  

Leemos ahora con fruto tres párrafos de Fratelli tutti:

“Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7) (Ft 84).

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que «con ello le confiere una dignidad infinita». A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad (Ft 85).

A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (Ft 86).

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:

“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:

“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:

“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.

Contemplación

El primer sentimiento que identifiqué que se movía en mi interior al leer hoy la parábola de los talentos fue el del miedo. Me vi reflejado en ese “tuve miedo” del tercer servidor. Como a él lo llevó a un modo de obrar equivocado, discerní rápidamente que era tentación. Con las cosas del Señor nunca hay que tener miedo. De hecho es lo primero que Jesús nos enseña a discernir. Siempre que se acerca dice “no tengan miedo”.

¿Qué es lo que me da miedo? Creo que confrontarme con todo lo que me ha dado el Señor y constatar la desproporción que hay entre sus dones y mis esfuerzos. El resultado siempre muestra una gran negligencia de mi parte. Y con el miedo viene el reproche. Me reprocho no tener esa simplicidad de tanta gente santa que es capaz de decir con sencillez: “Me diste cinco talentos, me diste dos, aquí tienes otros cinco, aquí tienes otros dos”. Siempre he soñado con practicar esa santidad que se concentra alegremente solo en dar fruto con los dones del Señor. Como decía un amigo hablando del Papa Francisco: “Es un tipo concentrado. Desde que se levanta hasta que se acuesta no piensa en otra cosa, sino en servir a la gente, en servir a la Iglesia”.

Sin embargo, haciendo memoria agradecida de los frutos que el sacerdocio ha dado en las misiones en que me ha tocado servir, aun con todos mis miedos y negligencias, creo que no soy de los que entierran los talentos. Me encuentro reflejado más bien en la imagen del que aprecia lo que valen los dones del Señor y los pone en el banco, para que den interés. No es la imagen neta del que recibe cinco y con su trabajo puede mostrar que ganó otros cinco (la meritocracia no es mi fuerte) sino quizá la de uno que recibió cinco, negoció bien dos y con los otros tres sacó interés abundante.

Este regateo que hago en mi contemplación, buscando acomodar la parábola a mi realidad, no tiene como fin justificarme, sino que me ayuda a ver dónde está el punto -lo original- de la parábola: entre dos extremos, el de los que cumplen con su deber y dan todo de sí y el del que es negligente y perezoso, lo que se destaca es la imagen del que pone los talentos a dar interés. Esta imagen sale del ingenioso razonamiento que Jesus pone en boca del patrón.

Creo que es su manera de hacernos ver que todo es don. No solo los talentos en sí mismos, sino también la capacidad de dar fruto. En esto, los talentos son como el dinero: dan interés.

La dinámica de la parábola invita, por tanto, a hacer rendir los dones del Reino, no según la lógica del servidor vago, sino según la lógica de Jesús. Esta lógica es la que quiere inculcarnos Pablo cuando nos exhorta y nos dice: “Tengan los sentimientos de Jesús”. No se trata de sentimientos meramente “sentimentales”, sino de sentimientos ligados a la puesta en práctica del amor y de la compasión, sentimientos que dan fruto para bien de los demás.

Llama la atención este ejemplo que usa el patrón, ya que rebate la lógica del servidor vago y negligente con su misma lógica, la lógica del dinero, llevada, eso sí, hasta el extremo. Puede resultar hasta un poco escandaloso, porque el Señor cuando habla del dinero, suele hacerlo para advertir acerca de su peligrosidad, ya que fácilmente se nos convierte en un ídolo. Aquí, sin embargo, usa el dinero como ejemplo concreto de cómo debemos negociar bien los talentos del reino. El ejemplo tiene la ventaja de usar un lenguaje que todos entendemos. No se trata del dinero en sí, sino de su dinámica: el dinero da interés y tiene este dinamismo de favorecer al que tiene más. ¡Lo mismo pasa con los talentos de Jesús: dan interés! ¡Y cuanto más se los trabaja, más aumentan!

En el mundo vemos cómo hay gente que no sabe qué hacer con el dinero, lo malgasta o deja que se le desvalorice; otra gente, en cambio, lo hace rendir.

Don Zatti, nuestro santo enfermero de la Patagonia, que conocía el valor del dinero, siempre decía que había que “hacerlo circular”. Tenía la famosa alcancía con el letrero: “si necesita, saque; si tiene, ponga”. En este sentido, yendo a lo macro, me animaría a decir que la crítica más fuerte al capitalismo actual sería la de estar quedando entrampado en uno de sus mecanismos, que es el del sistema financiero. Es bueno que el dinero de interés. Pero si uno se engolosina demasiado con el interés y no lo hace trabajar para que llegue a los bolsillos de la gente y produzca bienes reales, el dinero, como el agua estancada, termina por corromperse. Está bien guardar algo de dinero para los tiempos de necesidad, pero mejor que guardar demasiado es ganarse amigos con ese dinero, ya que en los tiempos de necesidad serán estas personas las que nos “tenderán una mano”. Eso es lo que nos enseña Jesús en la parábola del administrador astuto.

Con esta sola enseñanza bastaría por hoy: “Tender una mano al pobre” -lema de esta Jornada mundial de los pobres- no solo es un acto de caridad, sino que es la mejor inversión, porque nos lleva, usando un bien perecedero y de intercambio como es el dinero, a ganarnos un bien imperecedero, como es la amistad y el agradecimiento de nuestros hermanos. Este es el tesoro que adquirimos en el Cielo al dar limosna, un tesoro que no se corrompe ni se devalúa.

Pero profundicemos un poquito más en la paradoja de que el Señor use como ejemplo la lógica del dinero para hacernos comprender la lógica del reino. Nosotros tendemos a pensar que la lógica del dinero la tenemos clara. Hay cristianos que piensan que la tienen tan clara que incluso se dan el lujo de corregir al Papa cuando habla de economía. Sin embargo, siendo parte de un país que no logra salir adelante a pesar de ser rico, podríamos ser un poco más autocríticos y pensar que precisamente lo que nos sucede es que no comprendemos el verdadero valor del dinero. Y lo que Jesús nos dice es que si no comprendemos bien la lógica del dinero menos comprenderemos la lógica del reino. Si esto es así “estamos en el horno”.

¿Cuál sería el verdadero valor del dinero? Como dice agudamente Yuval Harari: “El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado. Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que dispuestas a utilizar la misma moneda”.

Si esto es verdad, los argentinos estamos entre los más desgraciados de los pueblos.

Porque tener dos monedas va contra la esencia misma de lo que es una moneda: un sistema de confianza mutua.

Aunque solucionar esto es algo que nos excede a cada uno como individuo al menos la humildad de reconocer que no sabemos manejar el dinero puede ayudarnos a bajar el tono en otros temas, en los que, socialmente, demostramos mucha soberbia.

Me detengo en un solo punto que dice así: la lección que nos permite aprender a conocer el valor real del dinero (y de los talentos del Reino) es una lección que no se aprende individualmente, sino socialmente.

De niños, en cada familia, cada uno experimenta el valor que sus padres dan el dinero y de allí saca una lección importante. Como ciudadanos, cada uno experimenta el valor que los otros conciudadanos le dan el dinero y saca también de allí otra lección importante.

Lo que quiero decir es que cada uno tiene que reflexionar sobre su propia familia y su contexto social para profundizar en sus criterios a la hora de comprender y usar el dinero.

Yo en la mía, por ejemplo, aprendí mucho de la confianza absoluta que tenía mi padre en la Providencia. De aquí me vino la confianza en Dios a la hora de llevar adelante económicamente las cosas del Hogar de San José.

En mi contexto social, administrando 20 años El Hogar de San José, una enseñanza clave me la dio uno de los miembros de la Cooperativa de trabajo padre Hurtado. Recuerdo siempre algo que dijo un día en que le pidieron que diera testimonio de lo que significaba “ser socio de una cooperativa de trabajo”. Dijo: “Ser verdaderamente socio de la cooperativa es estar dispuesto a compartir… las pérdidas”. Lo dijo medio queriendo hacer un chiste, pero ahí mismo se le iluminaron los ojos porque se dio cuenta de la gran verdad que había expresado: “Sí, reafirmó, ser parte de la Cooperativa es estar dispuesto a compartir las pérdidas”. A mí me enseñó que la clave del buen funcionamiento tanto de una empresa como de un país es que haya gente que esté dispuesta a compartir las pérdidas, no solo las ganancias. Jesús piensa lo mismo, por eso advierte a sus seguidores que el que lo siga tiene que estar dispuesto a cargar su cruz. Como decía Ignacio, a seguirlo contento en las penas y en los trabajos para después seguirlo también en la gloria. El Señor no engaña a nadie, y por eso dice sinceramente que su amistad, en algunos momentos de la vida implicará compartir penas. Y esta lección suya acerca del reino pienso que también puede servir para iluminar cuál debe ser nuestra actitud de fondo al participar en la vida económica del país.

Diego Fares sj

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola.

«Sucederá con el Reino de los Cielos como les sucedió

a diez jóvenes que, habiendo tomado sus lámparas,

salieron al encuentro del esposo.

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas,

pero sin proveerse de aceite,

mientras que las prudentes tomaron sus lámparas

y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar,

les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Pero a medianoche se oyó un grito:

“Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.”

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

Las necias dijeron a las prudentes:

“¿Podrían darnos un poco de aceite?,

porque nuestras lámparas se apagan”

Pero estas les respondieron:

“No va a alcanzar para todas.

Es mejor que vayan a comprarlo al mercado.”

Mientras tanto, llegó el esposo:

las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial

y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron:

“Señor, señor, ábrenos.”

Pero él respondió:

“Les aseguro que no las conozco.”

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25, 1-13).

Contemplación

Toda actividad humana tiene su propia prudencia y su propia necedad. No existe una prudencia en abstracto, quiero decir. En la tarea de iluminar al novio que entra en la casa de la novia el día de la boda, la prudencia de las cinco jóvenes que Jesús alaba consistió, no solo en llevar sus lámparas encendidas, sino también en llevar aceite de más. Y luego, la prudencia estuvo en no dividir su aceite con las otras, previendo que no alcanzaría para todas. Mejor cinco antorchas brillando en toda su plenitud que diez antorchas mortecinas.

Prudente es el que tiene claro el fin de su acción -el bien- y, haciendo un discernimiento en cada encrucijada que le presenta la vida (o frente a cada tentación del mal espíritu), elige los medios más adecuados para concretarlo. La tarea de las jóvenes tenía como fin iluminar la entrada del novio en la fiesta. Un momento breve pero muy especial, de esos que no se repiten y tienen que salir perfectos. Vemos así como el Señor toma un sencillo ejemplo de la vida cotidiana: una ocasión en la que uno tiene que estar atento y bien preparado para poder dar lo mejor de sí y cumplir con su parte protagónica en una fiesta.

La parábola quiere alertarnos acerca de una particular característica del Reino de Dios. Esa característica es que el reino lo da Jesús, es don. Nosotros no sabemos ni el día ni la hora en que Él vendrá a darnos ese regalo-a instaurar su Reino- pero, de nuestra parte, el don requiere que estemos preparados.

Estar preparados significa “estar en nuestro puesto de trabajo”, como el portero que espera la llegada de su señor; estar “cumpliendo nuestra tarea”, como el servidor fiel que distribuye la comida a su tiempo; estar como las muchachas prudentes que “tenían aceite de repuesto para sus antorchas”.

Esta característica del Reino, de llegar de manera sorpresiva, de hacerse esperar y de exigir todo de nosotros en el momento justo, no solo es algo que se dará en la última venida del Señor, sino que es algo que acontece en todas las situaciones donde el reino de Dios irrumpe en nuestra vida. Al Señor y al Espíritu les gusta actuar por sorpresa y tenemos que entrenarnos y estar preparados para dejar lo que estemos haciendo y obedecerles apenas sentimos que el Señor nos llama o el Espíritu nos sugiere hacer o rezar algo.

Como decíamos, en cada actividad la prudencia se rige por el fin, es decir por el bien. Tener claro el bien hace que uno discierna bien los medios. En el caso que elige Jesús resulta claro para cualquiera que la entrada del novio debe ser gloriosa. Eso es lo que motiva a las jóvenes prudentes a no compartir su aceite con sus compañeras necias. En vez de pedir, las necias tendrían que haber dicho: “Uy! Se nos acabó el aceite. Vayan ustedes que tienen más, así no arruinamos la fiesta”.

Hubiera sido una falsa solidaridad si las prudentes hubieran querido tapar el error de las necias diciendo: “Nos equivocamos todas”.

Destacamos dos características lindas que hacen a este “estar preparados” para participar en el don que Jesús nos trae.

Una es “proveernos con aceite de más”. Es decir, en lo esencial para nuestra misión, no ir “con lo justo”. Como se trata de un don que el Señor da gratuitamente es Él el que maneja los tiempos, y por eso conviene estar preparados por si se retrasa.

La otra es, que ese aceite que nos procuramos de más, “no podemos dejar que termine por ser ineficaz” por una caridad malentendida.

Se trata de dos modos de estar atentos cuando uno hace un discernimiento. Ante lo esencial, hay dos tipos de personas: los que siempre llevan de más y les sobra, y los que van con lo justo y siempre les faltan “cinco pa’l peso”.

Siempre recuerdo un momento en mi vida en que me di cuenta de que, en mi misión principal como sacerdote -cuando confesaba o celebraba-, tenía que dar mi tiempo de manera tal que el otro sintiera que sobraba (y no estar “mirando el reloj”). Esto implicaba, a veces, tener que “robarle tiempo” de hecho a otras tareas, por ejemplo administrativas o de profesor, aunque eso hiciera que no salieran tan perfectas. Me di cuenta porque constaté que por darle tiempo a “las cosas” (a mi mismo, en el fondo), se lo robaba a las personas (a los otros).

Pasa también en la familia, cuando los padres dedican tiempo extra para cumplir con un deber en el trabajo (y no recibir una queja) y se lo quitan al jugar con los chicos. Nos pasa con el Señor, con el que solemos medir el tiempo que le damos a la oración en vez de ir con la actitud de “perder un rato” gratuitamente con Él.

Lo de la caridad malentendida, que termina haciendo ineficaz el aceite que llevábamos de más, tiene que ver unas veces con las circunstancias, otras, con la gente a la que no sabemos decirle que no, o con las cosas que “no podemos evitar”…. Son tentación porque al final se nos lleven ese tiempo de más que teníamos para darle a los que amamos, a los que tienen derecho a recibir en plenitud -y con yapa- nuestro amor, aquellos que el Señor nos ha encomendado.

El mal espíritu suele tentarnos en estas cosas bajo apariencia de bien. Uno termina mintiéndose a sí mismo, diciendo que no es un sacerdote o un padre o una madre alegre -que brilla de amor en su iglesia y en su hogar-, por culpa de otros a los que ha tenido que darles parte de ese óleo de alegría que tenía para ungir su misión principal. No es verdad. Así como no hay excusa que valga para arruinar una fiesta, tampoco hay excusa que valga para no estar preparados cuando viene Jesús a regalarnos su reino.

…………..

Al leer ayer la parábola, antes de esta “meditación” de arriba, lo primero que me vino a la mente -y al corazón- fue que las cinco jóvenes prudentes seguro que eran enfermeras (aclaro que, por el aislamiento, en esta semana todo mi trato ha sido con enfermeros enfermeras médicos y personal sanitario).

Para “situar” el evangelio en la vida, fui recordando, una por una, todas las enfermeras que me han atendido en este tiempo. Ninguna necia. Unas más amables, otras más bruscas, algunas más eficientes, otras algo distraídas por el agotamiento de los sobreturnos de este tiempo de COVID-19, pero necia, ninguna.

Prudente, decíamos es la persona que tiene claro el fin de su tarea y elige los medios más adecuados para concretarlo. En ese sentido estas “enfermeras de alma”, como las llama el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, ayudan a que cada paciente se ponga en pie y sea dado de alta lo antes posible. Lo hacen todas dando como pueden lo mejor de sí, cumpliendo horarios dobles, reemplazando compañeras, brindándose de manera constante.

Pienso en Emanuela, cuyos pasos reconozco por cómo arrastra las crocs por el corredor (al que no nos podemos ni asomar, para guardar el aislamiento). Está exhausta luego de 12 horas ininterrumpidas de trabajo, solo ella y otra enfermera para todo el piso.

Primero me tenté de impaciencia con ella, porque veía que se olvidaba las cosas, que dejaba lo que estaba haciendo a medio hacer para ir a atender a otro. Después me di cuenta de que, en realidad, ella era la primera que acudía; y siempre con buena voluntad, aunque no le diera la vida. Fue la única que me dio un mismo consejo dos veces: “Cuanto antes te pares, más rápido te vas”. Curiosamente, desde su cansancio existencial, su palabra fue más eficaz que la de otros. A mí me hizo concentrarme no en lo que ella lograba hacer a medias, sino lo que yo tenía que hacer por mí mismo. Emanuela es una de esas enfermeras prudentes que tienen claro el bien del paciente. Todos te dan el mismo consejo pero ella, desde su cansancio, me lo dio de manera tal que me entró, con un aceite que te unge y te da fuerza y no solo se te impone con la luz de la evidencia abstracta.

Así fue. Me interné un viernes a las 7 de la mañana; a las 9 entré (por la ventana, porque no se puede pisar el suelo y te pasan de una camilla a otra por una ventana), a la sala de operaciones; a las 11:30 me despertó Ana, en reanimación, y el domingo a la mañanita, cuando el dr. Alfredo me vio de pie y que me había vestido solo, me dijo que si los análisis daban bien me podía ir ese mismo día. Así, siguiendo el consejo de Manuela y gracias a tantas oraciones de los amigos y amigas, salí caminando del hospital, los 100 ms que hay hasta el estacionamiento, a las 2 de la tarde del tercer día. (Salí, como Lázaro, que “anduvo bolú…” un tiempo, como dice el chiste, pero salí).

La segunda imagen de gente prudente me la dio el doctor que me operó. No solo las enfermeras, sino también los médicos me han ayudado a reflexionar acerca de la prudencia evangélica. Sin desmerecer a otras, los que ejercen estas profesiones tienen la gracia de que no te deja mentir. Quizás por eso ha progresado tanto la medicina. El bien que buscan es el bien del otro y esto los lleva a aprender de sus errores. Si algo le hizo bien al paciente, le hizo bien; si no tienes la vacuna contra el COVID, no la tienes. Y allí donde los políticos mienten por años, los profesionales de la salud se van corrigiendo minuto a minuto.

La cuestión es que la sala de operaciones me pareció bellísima, de otro mundo, algo así como la NASA. La doctora Mariaconsiglia (que luego me sostuvo con infinita delicadeza el brazo hasta que el dr. Baldi -mi ortopédico, que vino solo para eso-, me lo acomodó con un tutor rígido para fijar la posición y poder operar) me recibió del otro lado de la ventana y me llevó ella misma empujando la camilla, haciéndome saber que era una de mis cirujanos. Cuando dije “qué belleza”, debió haber pensado que había escuchado mal, porque me preguntó si me refería al quirófano. Yo le dije que sí, y ella se ve que miró con otros ojos su lugar de trabajo.

Vestida de astronauta, como todos, la dra. me llevó hasta mi lugar: una camillita despojada y mullida, en el medio de una sala que daba la impresión de ser amplísima, quizás porque estaba poderosamente iluminada. Rodeaban la camilla unos aparatos gigantescos que no sabría describir. Entre ellos, el famoso robot, con el que el dr. Simone -el capo- te extirpa un riñón casi sin hacerte daño.

El dr. Simone, a quien no conocía porque las entrevistas las hacen sus ayudantes, en su reino, me recibió con el saludo oficial: “Cómo le va, señor Fares”. Sonriente, jugó un poco con mi segundo nombre, “Yavier”, con esa “jota” que a los tantos les gusta y que no pueden pronunciar bien. Noté que, así como me había ido a buscar la cirujana ayudante, la vía de canalización me la puso Simone, en vez de dejarle esta tarea a una enfermera. ¡Aceite de más! En términos de parábola.

Se notaba que era el jefe. Los otros le dejaban la palabra y hacían sentir que él dirigía la orquesta. La cuestión es que todo parecía una escena de “Gray’s Anatomy”, pero como me viene pasando en este tiempo con las canalizaciones en el brazo izquierdo, también al capo, para sorpresa suya (no mía), en un pequeñísimo descuido, se le salió la aguja y tuvo que recolocarla y limpiar la sangre, que yo no vi pero “sentí” en su exclamación “Oh-oh!”. El dr. venía charlando con todos muy amablemente y esto como que lo hizo prestar atención y concentrarse.

Yo no dije nada porque para mí, estos errores con las vías son una señal y una especie de cábala: si eso pequeño se tranca, de alguna manera lo grande saldrá bien. Esto viene de una oración en la que le había pedido a Santa Teresita la gracia de que cuando alguna cosa saliera mal, pudiera ver, en esa pequeña cruz, la mano de Jesús, que tiene todo en Su poder.

La gracia de la oración fue, como ya conté, el mismo día en que a la primera enfermera que me sacó sangre se le escapó la aguja en un descuido. Pareció que había sido un desastre porque, al llenar mal el frasquito, no pudieron hacer a tiempo el hemograma. Eso impidió que la biopsia me la hicieran allí, en mi hospital cabecera, y tuve que ir a hacérmela a Modena. Pero lo que parecía que retardaba todo terminó siendo una gracia, porque los amigos de Módena no solo hicieron bien una biopsia que venía complicada, sino que aceleraron los resultados y al fin terminamos ahorrando tiempo.

Pero lo que quería hacer notar es lo que me pareció percibir en ese “oh- oh” del médico: su pequeño error lo hizo cambiar en el acto el tono distendido con que comenzaba la primera operación del día. Por el resultado de mi operación, veo que no se volvió a distraer.

Además, me gustó lo de “Señor Fares”. Sentí que allí trataban a todos por igual. Que sus delicadezas no eran por ser yo cura, sino una de las cien nefrectomías totales que hacen por año con profesionalidad y cariño. Fuera de esa sala, que es el reino donde ponen en práctica la misericordia curando con todo lo que saben y pueden, no te dan mucha bola. Pero allí te dan todo y más.

Como dijo el doctor Baldi: “Somos un poco brutos, pero estamos atentos y hacemos las cosas bien. Durante todo este tiempo de su tratamiento aunque no me vea yo voy a estar al tanto de todo”.

Gente prudente que tiene claro el bien que puede hacer y por eso discierne bien los medios que pone.

Diego Fares sj

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5,1-12).

Contemplación

En estos días previos a una operación al riñón, que si Dios quiere me harán este viernes a la mañana, me venía insistentemente un pensamiento acerca de cómo hacer para suspender, por un tiempo al menos, los WhatsApp y también las Contemplaciones. Yo solo me he metido en este lío, por contar las cosas que me pasan y responder a cada mensajito lo mejor que puedo. 

Pero no es culpa mía. En general, cuando uno está por operarse o convaleciente y recién operado, con los únicos con los que tiene ganas de comunicarse es con su familia y con algún amigo. Pero ahora que por culpa del Papa Francisco somos “Fratelli tutti” y “Amici tutti”, estamos sonados. Sonados en el buen sentido: con profunda emoción puedo dar testimonio de cuánto se me han hermanado y amigado tantas personas con las que me ha tocado compartir tiempos y lugares de mi vida y misión. Todas se hacen presentes en estos momentos.

El Papa, en descargo, dirá que la culpa tampoco es suya, sino de Jesús, que dijo que el que lo siga tendrá el ciento por uno en madres padres hermanos y hermanas y amigos. Así que por más que las razones para entrar en un tiempo de silencio sean muchas y muy razonables, no he mandado ningún mensajito diciendo que no me manden WhatsApp ni suspendo las contemplaciones (mientras pueda). Los mensajes los leeré y los iré respondiendo cuando pueda, como siempre he hecho.

Con la Contemplaciones del evangelio, como verán los que estén leyendo, estoy adelantando la de este domingo. Desde el 2001, creo que nunca he dejado de hacerlas y enviarlas y eso me hace pensar que es una gracia, porque en ninguna de mis otras actividades he sido tan perseverante ni mucho menos. Pensaba, eso sí, que no voy a poder enviarlas por mail, pero por ahí es un buen momento para que el que quiera leerlas las lea en el blog, al que puede entrar poniendo en google diegojavierfares.com e inscribiéndose para que le lleguen por mail. 

Siempre que empiezo contar estas cosas que me pasan me viene un sentimiento de disgusto que me recrimina diciéndome “¿y qué tiene que ver esto con el evangelio del domingo?”. Pero al final termino siempre rechazando este tipo de pensamientos como tentación. En realidad estas cosas que cuento, anécdotas e historias mías y de gente con la que me encuentro, son todas vueltas que doy para poder entrar en el Evangelio. Entrar, digo, por la puerta de alguna Palabra que el Señor me da a sentir y gustar; una de esas palabras que son para acoger y dejar caer en tierra buena y esperar a que den sus frutos la vida cotidiana. 

Haciendo esto, por ahí, uno ayuda a que otros entren también en el Evangelio y encuentren la palabra que el Espíritu les quiere recordar, haciendo que ilumine alguna situación de su vida. 

A esto apuntan, siempre han deseado apuntar, estas “contemplaciones del Evangelio”, en algún momento se me ocurrió llamar contemplacciones. Siempre se trata de alguna palabra evangélica o de algún suceso de la vida en el que se abre una brecha para que entre la misericordia de Dios. 

La palabra o los gestos que busco compartir siempre son declinaciones de la misericordia. De la Misericordia del Padre, que abraza a todos sus hijos y no excluye a ninguno. De la Misericordia de Jesús, que va a buscar a los pecadores y comparte la vida con ellos. De la Misericordia del Espíritu Santo, que perdona los pecados y recrea nuestro corazón, dejándolo como nuevo.

La misericordia es la perla preciosa que buscamos entre todas las demás perlas. 

La misericordia es el tesoro en el campo. 

Misericordia el talento que debemos hacer fructificar siendo misericordiosos.

La Misericordia es la semilla que cae en tierra buena y da el ciento por uno: siempre son fecundos los gestos de misericordia.

Hablar y contar historias donde las palabras hacen lugar para que entre la misericordia no va contra el deseo de silencio (De paso un aviso: Si Dios quiere pronto saldrá a la luz un librito con aquellas contemplaciones en las que hay alguna historia con los más pobres, especialmente con la gente con la que compartí el trabajo en El Hogar de San José).

Cómo dicen Madeleine Delbrêl, el silencio no es mutismo, sino “no quitarle la palabra a Dios”. Ella pone ejemplos de las actitudes con que a veces “le quitamos la palabra a Dios” y entre esas actitudes no sólo están la de los charlatanes, los fanfarrones, los vanidosos y los chusmas, sino también las de los que se quedan callados y no cuentan todas las buenas noticias que el Señor quiere que anuncien no sólo con palabras, sino con toda su vida. 

Madeleine dice que no es difícil, cuando hablamos, no caer en alguna de esas actitudes que “le quitan la palabra Dios”, pero también hace ver que hay personas a las que podemos sentir hablar por horas enteras sin que tengan el aire de estarle sacando la palabra Dios. Las palabras de estas personas son como un ECO de la Palabra de Dios; eco que puede ser más o menos completo, más o menos fuerte, pero es siempre un eco de la Palabra de Jesús. 

Como habrán adivinado, hoy quería rezar y hablarles de Madeleine Delbrêl y la entrada fue por el lado de mostrar una tentación bajo apariencia de bien con respecto al silencio y aprovechar las reflexiones de Madeleine sobre lo que es el verdadero silencio, ese en el que -en medio del mundo- escuchamos a Dios. Más aún, ella dice que no se trata de irse a lugares silenciosos para que Dios hable, porque eso implicaría salirnos del mundo, sino de no quitarle la palabra en medio del mundo como es, con sus ruidos y rumores. 

Esto es Madeleine Delbrêl (octubre 1904-1964): una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry, Francia, para escuchar allí ese Evangelio que según ella cuenta “le explotó” a los 20 años, convirtiéndola de atea en creyente fiel. 

Madeleine es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al subte, a los barrios más pobres…: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados. 

Madeleine es una de las Santas de la puerta al lado de las que habla el papa Francisco, y me parecía una linda imagen para compartir en esta fiesta de todos los santos.

Y ahora sí, removida un poco la tierra, traduzco libremente algunos párrafos de Madeleine sobre las bienaventuranzas del evangelio de hoy. En este último tiempo me he devorado todos sus escritos. Sus palabras sobre las bienaventuranzas no son literatura, sino evangelio vivo. Ella que tanto amaba el Papa gozaría hoy mucho con el Papa Francisco. 

“Dado que las palabras no están hechas para permanecer 

inertes en nuestros libros, 

sino para tomarnos y correr el mundo en nosotros, 

deja, oh, Señor, que de aquella lección de felicidad, 

de aquel fuego de alegría que encendiste un día sobre el monte, 

algunas llamitas nos toquen nos muerdan 

nos revistan nos invadan. 

Haz qué penetrados por ellas, cómo “chispas en los rastrojos” 

corramos por las calles de la ciudad 

acompañando la onda de las multitudes, 

contagiosos de bienaventuranza, 

contagiosos de gozo.

Porque la verdad es que ya tenemos bastante 

de todos los anunciadores de malas noticias, 

de noticias tristes: 

ellos hacen tanto ruido 

que tu palabra no resuena más. 

Haz explotar sobre su ruido 

nuestro silencio que palpita de tu mensaje.

Felices los pobres de espíritu … porque de ellos es el reino de los cielos.

Ser pobre no es interesante: todos los pobres lo saben.

Interesante es poseer el reino de los cielos, pero 

sólo los pobres lo poseen.

Por eso no piensen que nuestra alegría consiste en pasar nuestros días en vaciar 

nuestras manos nuestras mentes y nuestros corazones. 

Nuestra alegría es pasar los días cavando 

en nuestras manos en nuestras mentes y nuestros corazones 

un lugar para el reino de los cielos que pasa…

Salgan a su jornada sin ideas prefabricadas 

y sin cansancios a priori;

Sin proyectarse ustedes mismos sobre Dios, 

sin replegarse frente a él, 

sin entusiasmo, 

sin biblioteca, 

sólo a encontrarlo.

Partan sin guía a descubrirlo, sabiendo que Él 

está a lo largo del camino y no solo al final.

No traten de encontrarlo con métodos originales,

sino más bien déjense encontrar por Él en la pobreza 

de una vida como las demás. 

La monotonía es una pobreza: acéptenla. 

No busquen lindos viajes imaginarios. 

La variedad del reino de Dios les baste 

y les de alegría.

Felices los pacíficos … porque serán llamados hijos de Dios.

En cada esquina se desatan pequeñas guerras, 

así como en cada rincón del mundo hay grandes guerras. 

En todas las situaciones de nuestra vida 

podemos hacer la paz o hacer la guerra. 

Sólo los hijos de Dios son totalmente pacíficos. 

Para ellos la tierra es una casa del Padre celestial. 

Todo cuanto existe sobre la tierra le pertenece 

y también la tierra misma. 

Sí, verdaderamente la tierra es una pequeña casa del Padre.

Por eso ellos no desprecian nada: ni un continente ni una pequeña isla ni una nación ni un patio ni las plazas ni las oficinas ni los negocios ni las calles ni las estaciones… 

En todos lados ellos deben crear un clima de familia. 

Los ojos de los pacíficos son benévolos y sus compañeros de camino 

se rescaldan en ellos como junto al fuego. 

Y ellos caminan con una doble alegría: 

alegría de un adviento de paz en torno a ellos,

Quería de escuchar en su interior una voz inefable 

que dice “Padre” en el fondo de su corazón.

Felices los Misericordiosos… porque obtendrán misericordia 

Ser misericordiosos: no parece ser un oficio descansado.

Es ya mucho sufrir las propias miserias, sin tener que agregar 

la pena de aquellos a los que encontramos. 

Nuestro corazón se rehusaría ser misericordioso si hubiera otros medios 

para obtener misericordia.

No nos lamentemos, por tanto, demasiado, si tenemos a menudo 

lágrimas en los ojos 

al cruzarnos por la calle con tantos dolores. 

Es por medio de estos que sabemos qué cosa 

es la ternura de Dios.

Nuestro corazón encuentra su alegría en estar 

junto al incansable fuego de la misericordia del amor de Dios. 

Y nosotros vamos espontáneamente a buscar 

todo aquello que puede permitir a este fuego quemar: 

todo lo que es pequeño y frágil,

todo lo que siente dolor y sufre,

todo lo que peca, se tambalea y cae,

todo lo que tiene necesidad de curación. 

Y llevamos este fuego que arde en nosotros 

a todas las personas dolientes que nuestros encuentros atraen 

para que los toque y los sane.

Felices los mansos … porque poseerán la tierra.

Para cumplir tu obra sobre la tierra, 

tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, 

sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso

de un cierto grado de obediente asentimiento

de un cierto peso de ciego abandono,

situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres.

Y si en un solo corazón se encontraran juntos 

todo este peso de abandono 

este acatamiento amoroso y este asentimiento,

el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente.

Porque este solo corazón te abriría el camino, 

se convertiría en la brecha para la invasión de tu Misericordia, 

en el punto débil donde cedería la rebelión universal.

Un corazón manso tarda mucho tiempo en hacerse. 

Se va haciendo segundo a segundo, minuto a minuto, 

día a día… 

En esta conversación en la que nuestro silencio acoge la palabra de algún otro 

y nuestro pensamiento se inclina frente a otros pensamientos; 

en estas cosas inertes que parecen querérsenos escapar: 

la birome que escribe mal, el calor que nos fatiga, 

el frío que nos devora, 

en esos juicios sobre nosotros en los que no reconocemos 

nuestro rostro; 

en estos pequeños o grandes dolores, 

que nos corroen por dentro, que nos cansan los nervios, en lo profundo, 

donde dejamos que corra nuestra vida… 

con estas paciencias tú vas tejiendo tu mansedumbre en nuestro corazón.

Felices los puros de corazón … porque verán a Dios.

Señor, tú nos ha dicho que sin esta castidad implacable 

nosotros no podremos verte.

Ella es la libertad de todo impedimento, 

y el no ser poseídos por nada 

y el poder ir a Ti de un solo golpe. 

Ella es un amor urgente impaciente celoso 

que no tolera a aquellos que bloquean el camino.

Por eso, su último asalto será en la hora de nuestra muerte. 

Ella nos hará subir al tren que nos llevará 

más allá de nosotros mismos. 

A través de los vidrios, todas las cosas nos harán grandes señales 

de adiós. 

Pero ninguna se ofrecerá a subir con nosotros, 

todas tendrán miedo a tenernos por compañeros.

Todas nos parecerán efímeras, sin otro valor 

que el de una pausa. 

Nosotros lo dejaremos todo. Todo nos dejará.

Y veremos al Dios que nos espera 

una vez que nos haya conducido a Sí 

después de la castidad paciente de nuestra vida

después de la castidad elemental de nuestra muerte”.

Diego Fares sj

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «‹Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón (kardía), con toda tu alma (psiché) y con toda tu razón (dianoia). Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: ‹Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas›» (Mt 22, 34-40).

Contemplación

Ya sabíamos que la pre-hospitalización en el IFO (Istituti fisioterapici ospitalieri) llevaría toda la mañana. Pero como ya tenía hechos tantos estudios pensamos con Paolo, mi ángel custodio enfermero, que sería más breve. Así fue con los análisis de sangre, pero después se alargó la espera del turno con la anestesista y más todavía de la charla con el urólogo del equipo que me operará el riñón. Menos mal que a las 11:30 hs. le dije a Paolo que se fuera, porque al final salí a como a las cuatro de la tarde. 

Lo que quería contar era algo acerca del lindo ambiente que se creó esa mañana – por unos minutos- en la sala de espera de los análisis pre-quirúrgicos . Nos habían dicho por teléfono de estar a las ocho en el Reparto de pre-hospitalización, primer subsuelo del recorrido F (de color fucsia), «Ascensores N, N, O», y de buscar a un tal Antonio. 

Antonio, como aprendimos estando en el lugar, no solo es el que organiza los turnos de la pre-hospitalización, sino que es una especie de nombre mágico en el Reparto de urología. Allí los médicos son inalcanzables, como me dijo después Emanuella: «Primero está el papa Francisco y después el urólogo». Yo me reí y le dije que me parecía que el Papa era más accesible, a lo cual ella asintió. 

Antonio es la única persona a la que todos llaman por el nombre: «tiene que ver Antonio»; «vuelva con la carpeta y muéstresela a Antonio»; «eso se lo tiene que decir a Antonio». Yo terminé de amigarme con el hospital cuando se fue Paolo, y al quedar solo, sentí al mismo tiempo tres cosas: una fue que en medio de las sala de espera repleta de gente caí en la cuenta de que el rumor de todas las voces mezcladas, al que no le prestaba atención mientras estaba acompañado, de repente me sonaba en lengua extranjera (es notable la diferencia cuando te habla una sola persona y cuando hablan muchas al mismo tiempo); la segunda fue el desconcierto cuando la jefa de sala de admisión me dijo que me faltaba un papel y que no había pagado la visita. Ahí fue que usé la palabra mágica y dije que me había mandado Antonio, lo cual hizo que la jefa me dijera que esperara un poquito, a ver cómo hacíamos; la tercera cosa fue la experiencia de la acción del ángel de la guarda (aclaro que en la entrada del hospital hay una estatua gigantesca del Arcángel Rafael indicándole a Tobías como debe curar a su padre con la hiel del pescado, y siempre que entramos al hospital le rezo). Pasó así: mientras esperaba en la fila, vi que salía de Admisión una enfermera peticita, con cara de seria y apurada, y le pregunté si había mucha fila para el urólogo. Ella que había escuchado mi charla con la jefa de sala, me indicó de manera un poco brusca que me dirigiera ella y siguió su camino. En ese mismo momento, en que me sentí de verdad desorientado, noté con el rabillo del ojo que la enfermera pegaba la vuelta como si alguien la hubiera tocado en el hombro. Entró decididamente en la oficina y le dijo a la jefa de sala que se encargaba ella de lo mío. Me adoptó! Demoramos como 25 minutos y ella completó amablemente todos los formularios que faltaban, porque «Antonio -como siempre- los dejaba porque sabía que los llenarían ellas», me indicó dónde tenía que pagar y después me hizo amigar con Daniela, la jefa de sala, a la que, rezándole a los ojos de la Virgen, le ayude a encontrar una formularios que hacía media hora que buscaba y que habían literalmente «desaparecido».

Pero volvamos atrás. Porque la ayuda de este angelito -Emanuella- fue lo que «terminó» de amigarme con el hospital. El inicio del amigamiento se dio en la primera sala de espera.

Cuándo llegamos a las 8:15 hs., ya había unas 10 personas esperando. Como no había números ni nadie explicaba nada, todos nos amontonábamos en la puerta tratando de ver al tal «Antonio». En relación a otras enfermeras y enfermeros que cuando veían que la gente se amontonaba comenzaban a gritar y luego desaparecían, abandonando el campo, vi cómo Antonio con pocas palabras logró tener a toda la gente tranquila: «Tooodos tienen que hacer la pre-hospitalización. Aquí tengo sus nombres» – fue lo único que dijo. Y dejó que nosotros mismos nos ubicáramos y respetáramos el orden de llegada. Cómo dijo una señora -después supe que se llamaba Ana- cuando uno se le coló: «Por amor de Dios, no vamos a discutir por unos minutos más o menos».

La cuestión es que en dos lugares pequeños quedamos así: seis o siete en el espacio al lado del ascensor y cuatro personas en la salita cercana a la puerta de Antonio: una señora, que no se sentaba, porque eso le hacía doler los riñones; un señor de pelo blanco, de mi edad, qué había viajado toda la noche desde Calabria y había venido directamente: «para no molestar a sus parientes», y otro señor más joven que le dejó su asiento a un hombre mayor muy venido a menos al que acompañaba su hijo. Cinco desconocidos un poco ansiosos por entender cómo funcionaban los turnos y no perder el nuestro. Rompió el hielo el calabrés cuando vio que yo me hacía lío con el cabestrillo y la carpeta grande de los análisis al tratar de sacarme la campera. Gentilmente se ofreció a darme una mano. Ahí fue que me animé a entablar el diálogo y le pregunté a cada uno los nombres. Ana -dijo la señora-, de Roma. Mario, dijo el de Calabria. Y ahí fue que el abuelo, que parecía medio dormido, abrió un ojito y dijo Aldo, con una sonrisa linda y ganas de mostrar que estaba bien atento a todo a pesar de sus dolores. 

Mario dijo que no sabía si lo iban a atender a pesar de haber viajado toda la noche y de tener turno, porque se veía que faltaban algunos papeles. «Estamos en las manos de Dios», afirmó abriendo los brazos y mirando al cielo. y agregó: «Y de la Madonna». Ana lo confirmó sonriendo: «Ella sí. Ella hace todo». 

Como vi que la conversación había ido para el lado espiritual, dije que yo era Diego y que era sacerdote. 

La charla siguió muy naturalmente. A Mario y a Aldo apenas los volví a cruzar una vez, les di una bendición y no los vi más. Con Ana, en cambio, nos encontramos una hora después y charlamos lindo mientras esperábamos al urólogo. También a ella le tienen que sacar el riñón. Es su segunda operación, tiene dos hijos, marido y dos nietos que son su vida. Cuando se dio cuenta que había dicho “su vida”, me aclaró que los quería igual igual que a sus hijos, como si el haber confesado un amor tan grande por los nietos pudiera despertar celos en los otros, aunque no la pudieran escuchar.

A lo que quería llegar, para compartirlo, es a cómo cambió nuestra actitud después que intercambiamos algunas palabras amables con estas personas. De ser cuatro desconocidos que empujaban -tratando de que no se notara mucho- para entrar primero, pasamos a sentirnos igualados por la espera, por nuestros nombres -que Antonio «tenía» – y por la necesidad de ser atendidos en nuestra enfermedad. 

Cuando la gente me pregunta «cuándo te operan» sintiendo que “la semana que viene” demora mucho, a mí se me vienen los rostros de Ana, de Mario, de Aldo y de todos los demás que no conozco, y siento que si bien deseo que me operen rápido, que mi riñón es uno más junto con los riñones de estos nuevos amigos. Igual que en la sala de espera entraremos tranquilamente por turno, cada uno en su momento, a nuestra intervención. 

Estas cosas sencillas me hicieron caer hoy la ficha de lo que significa: «Como a ti mismo», cuando el Señor explica el mandamiento del amor al prójimo.

Cómo dijo Mario, el calabrés, haciéndome señas amablemente de que pasara yo primero: «Estamos todos en la misma barca de la sala de espera». 

Diego Fares sj

(Después de escuchar la parábola de la invitación a las bodas) Se retiraron los fariseos para consultar cómo podrían entrampar a Jesús con sus propias palabras. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas fielmente el camino de Dios, que contigo no va el respeto humano, por que no te fijas en la categoría de las personas. Dinos, pues, a nosotros, (a la luz de la Ley) ¿qué te parece? ¿Es lícito dar el tributo al César o no?

Pero Jesús, conociendo su mala intención, les dijo: ¿Por qué me tienden una trampa, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo.

Ellos le presentaron un denario. Y El les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción (“Emperador Tiberio, hijo adorable del dios adorable”)?

Le respondieron: Del César. Jesús les dijo: Devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Sorprendidos al oír aquello, lo dejaron allí y se mandaron a mudar (Mt 22, 15-22).

Contemplación 

El evangelio dice que los fariseos se retiraron después de escuchar la parábola del Señor sobre el vestido de bodas, que se juntaron con los herodianos (que eran sus enemigos) para ver cómo le podían tender una trampa y que la trampa se la armaron en torno al dinero. 

Cómo vemos no es ninguna novedad que contra Jesús y los que anuncian el Evangelio se junten los fundamentalistas de la religión con los fundamentalistas del poder y que los que en otras cosas son enemigos entre si, encuentren un lenguaje común en torno al dios dinero. Por eso -porque la historia se repite- terminó siendo tan paradigmática esta escena en que el Señor, ni lerdo ni perezoso, les respondió de rebote y pasó como en el tenis, que cuando uno hace un saque muy fuerte, si el adversario lo agarra de pleno, el rebote vuelve con el doble de velocidad. Aprendiendo de los criterios de discernimiento del Evangelio, cuando uno escucha críticas al Papa y a la Iglesia puede ser interesante, para encontrar un punto de vista independiente de las manipulaciones mediáticas, examinar no sólo el tema en discusión, sino la relación con el dinero qué tienen los que atacan.

Hoy sólo quiero detenerme en una cuestión de lenguaje. En esto de que después de escuchar una parábola, que es como decir después de escuchar una invitación linda a entrar en la dinámica del Reino del Dios, que es la dinámica del amor gratuito, los fariseos inventan una trampa. 

Las trampas tienen algo de paradoja . Uno «cae en una trampa» cuando se deja llevar por un razonamiento lógico que le resulta familiar y termina cayendo en un pozo. Sucede al revés con las parábolas de Jesús. En ellas, uno entra en una situación que le resulta familiar, como es la del rey que con gran ilusión invita las bodas de su hijo, y termina cayendo en la cuenta de que es uno el que ha sido invitado no por méritos sino por misericordia y que debe ponerse el vestido de bodas que le regalan para estar a la altura de una fiesta tan gloriosa. 

Podríamos decir que tanto las invitaciones de Jesús como las trampas del maligno nos hacen pisar el palito de alguna paradoja, pero con intenciones distintas: Jesús para hacernos caer en las manos misericordiosas del Padre y en el compromiso fraternal con los hombres; el maligno, para hacernos caer en sus engaños asesinos.

Ahora, el detalle evangélico de hoy está en que los fariseos y herodianos quisieron usar el dinero para entrampar a Jesús. El lenguaje del dinero es particularmente peligroso porque tiene la dinámica de las anti-parábolas: sus pa-radojas son malignas. Como cuando se dice que “el tiempo es dinero”. La frase parece positiva, en cuanto que impulsa a trabajar más, pero se absolutiza de modo tal que uno termina vendiendo su tiempo para ganar un dinero que luego no puede usar.

El dinero es un dios, el dios infinito cuantitativo, y tiene su liturgia y su (anti) evangelio, cuyo lenguaje es siempre la antítesis del lenguaje de las parábolas de Jesús. 

Tono de burla

Es la antítesis de las parábolas de Jesús, primero que nada, por el tono (que refleja la intención): los que hablan en lenguaje de dinero se ríen y se burlan sarcásticamente de los que hablan el lenguaje evangélico -que es poético y religioso- de las parábolas. En el pasaje evangélico de hoy, el sarcasmo se puede notar en la frase: «Maestro! tú que no haces acepción de personas…, dinos si es lícito o no pagar el tributo al César». 

La dinámica de las parábolas de Jesús es siempre de salvación: ayudan a que el que escucha descubra la verdad por sí mismo y reciba una gracia. La dinámica de las parábolas del dinero, en cambio, es de perdición: son para engañar y confundir al otro y hacer que se hunda.

Las metáforas inmanentes del dinero

El lenguaje del dinero es una antítesis peligrosa de las parábolas porque también usa metáforas que seducen, cómo esa de Manolito: «Lo bonito de los dólares es ese ‹verde-coima› tan seductor». Lo que sucede es que, en el fondo, la dinámica de las metáforas del dinero no es trascendente: el dinero no trasciende, sólo busca más dinero. 

En cambio el lenguaje del Evangelio tiene una dinámica que nos hace salir hacia el Otro -hacia Dios y hacia el prójimo -, una dinámica que trasciende, que hace crecer. 

El dinero se alimenta a sí mismo. Da la ilusión de que nos permite comprar cosas y desarrollarnos, pero la realidad es que lo que se compra con dinero son cosas que se consumen y nos consumen con ellas. 

En cambio, el lenguaje evangélico cuando te conecta con la gracia te la da entera. Y la gracia no sólo es un tesoro que no se consume, sino que hace que se dilate en el amor nuestro corazón: nos hace crecer como personas. 

El dinero aunque te da un producto es un producto marcado por el dinero mismo, de esos que apenas los compraste ya quedaron caducos, y te están como exigiendo que desees comprar el siguiente, que será más sofisticado. 

Jesús sabe que el dinero es necesario y por eso dice que se le de al dueño del dinero lo que es suyo. Pero que no se mezcle con darle a Dios lo que es suyo: nuestro corazón, nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro amor.

Al dinero hay que darle lo suyo que es su carácter de medio para relacionarnos entre nosotros. De ninguna manera hay que convertirlo en fin, pero hay que saber que como es el medio universal que aceptan los de todas la religiones e ideas políticas, es difícil no endiosarlo en la práctica. El dinero es el ídolo perfecto, el ídolo por antonomasia. A los que lo poseen en gran cantidad les hace real la ilusión de que sean ellos los dioses. Lastimosamente terminan dejándoselo íntegro a otros a quienes esa masa de dinero anónima pasará a darles la misma ilusión y se los devorará como se devoró al primero. 

…..

Meditaba en estas cosas en la clínica «Salvator mundi» mientras esperábamos las dos horas que tardaron en hacer el informe de la «TAC total Body con contraste» (que entre otras cosas reveló que ‹no tenía nada en el cerebelo›, como dijo el radiólogo. Cosa que ya sabíamos). Como los médicos que me operarán en el riñón necesitaban tenerla «ya», esta la tuvimos que pagar, porque si no había que ir a hacerla a Nápoles y demoraríamos mucho. Hay momentos, como me decía Paolo, el enfermero amigo que me gestiona y acompaña en todos los análisis, en que se justifica pagar, si uno puede. Mi tumor al riñón es de los que no dan señales. Creció muy lentamente hacia fuera del riñón que por eso seguía cumpliendo bien con su función y no daba señales, el muy traidor. Pero estos tumores en cierto momento comienzan a esparcir metástasis por todos lados y ahí es donde es vital apurarse a sacarlo. 

Yo pensaba que nosotros, jesuitas, con la organización que tenemos, estamos reasegurados. Papá siempre decía que los jesuitas teníamos la comida, la salud y los medios para trabajar asegurados, cosa que el 99,90 % de los mortales no tiene y vive «en la inseguridad». Experimentando estos privilegios de manera particular en el momento en que las papas queman, la reflexión no se me fue para el lado de la justicia, sino para el lado de la amistad. Es tan grande el abismo que nos separa de los más pobres, que no hay justicia humana que pueda salvarlo. Y aunque lográramos tener un mundo justo hoy, no llegaríamos a darle una mano a los que en este momento están siendo los más pobres, especialmente los niños que ya nacieron físicamente pobres, desnutridos. Cuando hablamos de «ser pobres» y de hacer «una opción por los pobres», a mi ese lenguaje me queda grande en la boca y siento que no puedo usarlo sin sentir vergüenza interior y tratar de que al menos el tono que uso al hablar no sea el de quien se siente muy contento de lo que debe decir. 

Pero en medio de estos razonamientos, quizá demasiado humanos, me consoló y muy mucho pensar en mis amigos más pobres tanto del Argentina como de Roma con los que en estos días me he comunicado tanto. Y se me juntó con un sentimiento de agradecimiento muy grande a la inspiración que ha tenido el Papa Francisco al hablar de la amistad social como la clave de todos los desafíos que nos presenta el mundo actual. 

Si queremos una justicia que nos vaya igualando, la igualdad básica no puede ser otra que la más alta: la de la amistad. La dinámica de la amistad es lo más igualador que existe entre los seres humanos. Siempre encuentra caminos y allí donde no los hay, los crea. Allí donde el dinero divide irremediablemente, la amistad une indisolublemente. 

Sólo siendo amigos con los pobres y con Dios es posible establecer una relación con el dinero que no caiga en sus razonamientos tramposos ni en una idolatría práctica. «Hacerse amigo de los pobres con el dinero inicuo» sigue siendo el consejo sabio del Señor.

Diego Fares sj

Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: (Lo que acontece en) el reino de los cielos es semejante a (lo que le pasó a) un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero, ¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

El vestido de bodas… La palabra «bodas» – que aparece ocho veces en la parábola que Jesús le cuenta a los que lo critican y lo quieren matar- es la clave de la invitación, del banquete y del vestido. Son las bodas del Hijo que el Padre venía preparando desde toda la eternidad: la alianza de Jesús con la humanidad, con la gente, con todos los pueblos y personas que Dios creó. A esta fiesta de bodas no hay excusa que valga para faltar o no estar a la altura.

Pensaba que, para una fiesta de casamiento, el vestido, que es algo muy personal, tiene un sentido social particular. En otras fiestas, actualmente, uno puede ponerse un vestido extravagante, si quiere. En una fiesta de bodas tiene que ser algo lindo y elegante, pero que no desentone, que no llame mucho la atención, ya que lo que importan son los novios. Quizás ese era el sentido de que en los casamientos en la época de Jesús el que invitaba le daba una túnica -un vestido de bodas- a sus invitados. En definitiva, no aceptar el vestido de fiesta es como si hoy uno se llevará su botella de vino personal y no bebiera del que le da el anfitrión: una muestra de desprecio.

Está claro que el Padre es el que hace la fiesta y la celebra, sí o sí: si los invitados no son dignos, invita a otros, a los pobres de los caminos, a buenos y malos. Y si bien la invitación es gratuita, la fiesta tiene su etiqueta rigurosa, que aquí se puede ver en la importancia del vestido de bodas. No se trata de algo difícil, porque el vestido se regala, sino que se trata de hacer la voluntad de otro, de vestirse como le agrada al Padre y no como uno quiere. Y esto no siempre resulta fácil. 

Además este hombre ni siquiera se excusó, se quedó callado, lo cual puede ser signo de uno que no tiene idea de lo que pasa, pero también de alguien muy soberbio que ni siquiera se digna a responder, acostumbrado hacer lo que quiere.

Me gusta pensar en este vestido de bodas como un hábito qué expresa nuestra igual dignidad, nuestro ser “todos hermanos”, como sueña Francisco que soñemos. 

Cuando en la Iglesia entraron en crisis los hábitos entre los consagrados, las consagradas y los sacerdotes, el deseo profundo era el de no distinguirnos de los demás, el deseo de usar el vestido común de la gente. 

No es fácil lograr esto en la práctica. Es verdad que los hábitos pasan de moda y muchos se convierten en algo estrambótico, como ciertos sombreros de monjas y de obispos. Pero también es cierto que en todas las épocas y culturas tendemos a uniformarnos y a distinguirnos. Recuerdo que en nuestra época de estudiantes terminamos inventando un «hábito» que consistía en una mezcla de camisa de cura y jeans. 

Creo que el punto está en que el hábito es dinámico, conlleva una relación entre la espiritualidad que se vive interiormente y lo que se expresa con la manera de vestir. Evangélicamente me parece que lo bueno es que el hábito tenga algo de parábola, algún elemento común que suscite la apertura a la novedad que trae Jesús. En este sentido, creo que en nuestra época es bueno tener libertad interior para usar diversos hábitos. Como aquel cura que cuando iba con los progresistas se ponía la sotana y cuando iba con los conservadores usaba jeans. Pero la dinámica no debe ser la de escandalizar o atraer la atención sobre uno mismo, sino la de ayudar a que las personas con las que uno trata acepten mejor el evangelio. 

Pensaba estas cosas en el hospital Hesperia al que fui a hacerme una biopsia. El hecho de no ir vestido de cura en una tierra donde la imagen del sacerdote está super estereotipada me ayudó a entablar relación con mis compañeros de habitación y con las enfermeras y los asistentes sanitarios de una manera muy natural. Esto hizo que cuando alguno se enteraba de que era cura, la relación cordial que ya habíamos establecido se profundizará en un diálogo más espiritual. Como el que tuvimos con Giuseppe mi compañero de pieza, con el que al segundo día terminamos celebrando la misa. No se sentía “a la altura”, pero aceptó participar cuando le dije que necesitaba un monaguillo, por el brazo. También terminamos rezando con los papás de Beatrice, una nena de Calabria que se había operado de la columna, después que Francesco -el papá-  se me acercó porque dijo que era el único que le había sonreído cuando andaba por el pasillo. Y también terminamos amigos con Carlos, del equipo de radiólogos, que resultó ser jujeño. Sin saber que era cura, al ver que era argentino cambió de idioma mientras me acomodaba en la camilla y comenzó hablarme en español, cosa que me tranquilizó un montón. 

Pero uno de los diálogos con Giuseppe – napolitano papá de cuatro hijos, camionero, que también se operaba de la espalda- no tuvo desperdicio. Charlábamos y entre cosa y cosa salió que él no creía mucho los curas. Yo le dije que yo tampoco y le conté el dicho de mi amigo Francesco, que dice que los curas «estudiamos de noche para jorobar a la gente de día». El napolitano, moviendo la cabeza, pesó la frase apenas un instante y dijo espontáneamente: «Y algunos ni siquiera estudian!» Me hizo largar la carcajada y ahí nomás le mandé un WhatsApp a Francesco, que respondió diciendo: «Un maestro! Entendió todo. Yo había entendido sólo la mitad». La charla era en camiseta y en medio del personal que entraba y salía con remedios y anotaciones varias.

Las bodas son una figura de la Alianza entre Jesús y la humanidad y el vestido de bodas tiene que ser un hábito que haga alianza, no que cause rechazo o establezca lejanías. El hábito, cómo todo lo que hace al estilo cristiano -ritos, costumbres, leyes…-, tiene que favorecer esta Alianza entre Jesús y la gente. En este sentido siempre tiene que ser objeto de un cuidadoso discernimiento. No existe un hábito o un estilo cristiano en sí mismo, que sea igual para todas las culturas y en todas las situaciones. Aquí vale lo de San Pablo de «hacerse toda todos» para ganar al menos alguno para Cristo. Éste «relativismo cultural» es el que permite predicar en su radicalidad absoluta el Evangelio. El hábito de San Francisco lleno de los remiendos que le hacía su amiga e hija espiritual Santa Clara, es una linda imagen de un evangelio que se deja remendar exteriormente por la gente sencilla para poder brillar así con toda la fuerza y el esplendor de su gloria interior.

Diego Fares sj

“Jesús dijo a los ancianos y sumos sacerdotes: Escuchen otra parábola: Había un hombre, padre de familias, que plantó una viña y la cercó, cavó en ella un lagar y edificó una torre, la alquiló a unos viñadores y emigró. Cuando se aproximaba el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los viñadores para recibir sus frutos. Y los viñadores, agarrándolos, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon. De nuevo envió otros siervos, en mayor número e hicieron con ellos otro tanto. Por último envió a su propio hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo. Pero los viñadores, viendo al Hijo se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero, matémoslo y quedémonos con su herencia’. Y agarrándolo lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos viñadores? Le respondieron: ‘A los malvados los hará perecer malamente y arrendará la viña a otros viñadores que le pagarán los frutos a su tiempo’. Les dijo Jesús: ¿No han leído en la escritura: ‘La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular. Por obra del Señor se hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos’? Por eso les digo que a ustedes les será quitado el reino de Dios y se le dará a gente que le haga dar frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, se dieron cuenta que las decía por ellos. Y buscaban el modo de detenerlo, pero tenían miedo de la gente, que lo consideraba un profeta (Mt 21, 33-46).

Contemplación

En su discusión con los ancianos y sumos sacerdotes Jesús cuenta una parábola en la que la lógica de unos viñadores que no querían pagar impuestos fue la de  matar al heredero: “Este es el heredero matémoslo y quedémonos con su herencia». El Señor concluye la parábola con la metáfora de la piedra angular: «La piedra que rechazaron los constructores he aquí que ha venido a ser la piedra angular». 

Sin embargo esto que parece terrible se convierte en algo bueno en las manos del Padre. El intento de frustrar el plan de Dios se vuelve contra los viñadores homicidas. Jesús afirma resueltamente que todo esto se hizo “por obra del Señor y es maravilloso nuestros ojos”. Y agrega que la viña que se pierden los viñadores homicidas le será dada a un pueblo que le haga dar frutos. Vemos así que la muerte del heredero, del Hijo amado, se convierte en piedra angular para la salvación de todos los que desean dar fruto.

Nos detenemos a gustar la solidez de la imagen de la piedra angular. Pablo nos dice que la piedra angular es Jesús: “Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef 2: 19-20). 

La metáfora está tomada de la edificación antigua y nos habla de una piedra clave que se coloca en diversidad ubicaciones: en el fundamento, en la parte superior y más visible o en el ángulo. Es piedra de fundamento, entre el cielo y el suelo, piedra de unión, en el ángulo donde se juntan dos paredes (esquinera; y clave de bóveda, en el centro de un arco para que las otras piedras permanezcan en su lugar.

Esta metáfora tiene dos orígenes en la Biblia. Por un lado, es la piedra sobre la que Moisés hizo brotar agua en la roca de Horeb (Ex 17, 5) y que el cristianismo identificará con la Roca espiritual que representaba a Cristo . Se trata de una roca que camina junto con su pueblo, no de una roca estática: «Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo» (1 Co 10, 4). Por otro lado, y principalmente, es la piedra rechazada por los constructores que fue elegida por Dios para convertirse en piedra angular del edificio, como dice el Salmo 118. 

Es una piedra cósmica, cimiento de la Creación, y también una piedra especial,   que Jesús “crea” en Pedro – el Papa- para construir su Iglesia, la comunidad cristiana entendida como edificio formado por piedras vivas (1 Pe 2, 4-8). 

Son muy lindas las palabras del profeta Isaías que expresa así el deseo de Dios: «Voy a poner una piedra de cimiento en Sión, una piedra sólida, angular, preciosa; quien se apoye en ella, no sucumbirá. Pondré el derecho por regla y la justicia por nivel (Is 28, 16-17).

Aplicada a Cristo la metáfora nos dice que el Señor es el que tiene que estar allí donde se unen los pueblos, allí donde se construye la vida y la cultura, y allí donde se concluyen y cierran las cosas en la vida de cada persona. Todo fue creado por Él; Él es el que recapitula todas las cosas y, en medio de la historia, Él es el lugar de encuentro y el Mediador.

Piedras angulares de hoy

Tratando de bajar esta hermosa doctrina a nuestra vida, meditaba acerca de cuál es la piedra angular en el mundo de hoy. La imagen se entiende, pero hoy los fundamentos de los edificios no se ven: muchos no tienen esquinas y los pesos se distribuyen homogéneamente en el interior de las estructuras de acero y hormigón armado. 

Sin embargo buscando en internet vi que la metáfora de la piedra angular se sigue usando. Dice uno: “Cuando hablamos de una piedra angular hacemos referencia al objeto fundamental que hace que algo se lleve a cabo. Es el elemento que permite sentar las bases para iniciar un proceso que es elemental para el crecimiento”. 

A nivel de crecimiento de un país se suele decir que la infraestructura es la piedra angular del desarrollo.

A nivel de funcionamiento de la sociedad se habla de los datos (digitalizados e interconectados) como la piedra angular de la así llamada cuarta revolución industrial.

También se habla de cuatro piedras angulares que tienen que ver con el uso de los datos: estos campos son: el acceso a la información y al conocimiento, libertad de expresión, privacidad y normas y comportamientos éticos en línea. Son claves necesarias para construir una Internet global libre y confiable que posibilite Sociedades del Conocimiento inclusivas.

Pero quizá el uso más interesante de la metáfora es el que proviene de la publicidad. Dice Daniel Heer, CEO y fundador de Zeotap: “La personalización (de los datos) es la piedra angular de todo”. Escuchemos lo que sigue: «No es raro mentir en encuestas. Según BBC News, es probable que un tercio de los encuestados no respondan con sinceridad, por lo que uno puede imaginar cómo eso puede sesgar cualquier estudio. Los encuestados quieren parecer mejores de lo que son, quieren dar respuestas socialmente más deseables o no quieren responder honestamente sobre comportamientos sensibles. Sin embargo, los datos agregados sobre los consumidores, incluidas las búsquedas en Internet, nos dan una imagen real, más completa y precisa de quiénes son estos clientes y cómo se comportan realmente en la vida real: qué contenido leen, qué compran y con qué frecuencia, qué aplicaciones usan activamente y así sucesivamente. Aquí es donde entra el poder de los datos, no de mirar las búsquedas en Internet de manera aislada, sino de la agregación y análisis de miles de millones de puntos de datos de millones de consumidores. Las marcas deben dejar de depender de datos en silos y desactualizados que solo revelan una dimensión del comportamiento del usuario. Deben comenzar a reunir diferentes puntos de datos que agreguen comportamientos holísticos y dinámicos. Solo así, las marcas podrán determinar si realmente hay una intención de compra detrás de cada una de ellas. Por eso es más importante que nunca que las marcas tengan la inteligencia superior del cliente para sobrevivir en un panorama publicitario cada vez más competitivo, donde la personalización es la piedra angular de todo». 

Es notable como los que se dedican a la publicidad conocen más del hombre que los que cultivan las ciencias. Como dice Heer la clave está en la personalización de los datos. Y personalización quiere decir libertad, que se concreta en lo que uno compra realmente, es decir en lo que desea comprar y en lo que está realmente dispuesto a gastar. Personalización de los datos para las empresas significa predecir qué es lo que uno realmente está dispuesto a salir a comprar y a pagar. Este discernimiento requiere los datos que proporcionan las máquinas y el juicio último de la persona que interpreta los datos. 

Así el dinamismo del consumo -característica principal de la vida moderna-  tiene como piedra angular el discernimiento de nuestra intención de compra.

Podemos imaginar al Señor como uno que recoge todos los datos de nuestra vida -los datos que provienen de ese motor de búsqueda interior que es nuestra oración, en la que expresamos nuestros deseos más hondos, por quienes rezamos y que pedimos-, y los datos que provienen de nuestros comportamientos prácticos, fraternales o egoístas. El señor que lee los corazones observa nuestra vida: se fija si rezamos como el fariseo o como el publicano, está atento a sí damos limosna como la viuda pobre o como los ricos, haciéndonos ver. Evalúa cómo es nuestra fe, si poca, como la de Simón sobre las aguas o grande como la de la siro-fenicia y el centurión. Nos prueba, como al joven rico, a ver si estamos dispuestos a regalar nuestros bienes por una mirada suya, llena de amor.

Podemos decir que Jesús personaliza todos nuestros datos poniendo especial atención a nuestra intención de compra: es decir en lo que estamos dispuestos a pagar. Porque su Reino, Él nos lo brinda gratuitamente, no es algo que se pueda comprar, pero una vez que entramos en su dinámica, sí depende de que estemos dispuestos a pagar su “uso”, ofreciendo cada vez como don nuestra vida entera. 

Así como la piedra angular de una empresa está en su capacidad de interactuar con nuestra intención de compra de productos o servicios, Jesús interactúa no tanto con nuestras virtudes o pecados en sí mismos, sino con lo que estamos dispuesto a pagar para que vaya adelante su Reino en bien de todos los hombres, especialmente de los más desamparados. 

Lo vemos en la parábola de los talentos; lo vemos en la parábola de hoy que se fija en los que no quieren pagar los impuestos y en los pueblos que querrán dar fruto a su tiempo. El Reino de los cielos, recibido como don gratuito, requiere que a cambio pongamos en juego y gastemos nuestra vida entera para que vaya adelante y llegue a todos. Jesús es la piedra angular porque es el que personaliza los datos y encuentra las personas que pueden hacer realidad su reino: que tanto ayer como hoy no suelen ser tanto los los meritocrátas, sino más bien los santos y santas de la puerta de al lado.

Jesús se fija en nuestra libertad y en nuestro deseo hondo: si realmente queremos recibir ese don del reino que implica dejarnos “invadir y dinamizar el corazón” por su amor absoluto que nos lleva a apasionarnos por la justicia y la fraternidad entre los hombres, como decía Madeleine Delbrel. 

Jesús se fija en nuestro deseo de compartir nuestros bienes, practicando las obras de misericordia; se fija en nuestras elecciones de vida profundas, si son en beneficio de nosotros mismos solamente o para bien de todos los hombres nuestros hermanos. 

El negocio es “a todo o nada”, aunque el Señor lo vaya planteando a lo largo de toda nuestra vida, respetando nuestros tiempos. 

Le pedimos la gracia de que sea Él esta “piedra angular“ de nuestra vida, que sea Él -y no solo google- el que recoge y junta nuestros datos y elige el momento justo para proponernos el negocio del reino, cuando sabe que nos podemos hacer cargo del precio alegremente.

Diego Fares sj

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