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Bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea, de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano, y alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo:
Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados ustedes que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados ustedes, que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo por causa del Hijo del hombre. 

Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

 En cambio,
¡Desdichados ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consolación!
¡Desdichados ustedes, los que ahora están hartos, porque padecerán hambre!
¡Desdichados los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llorarán!

Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17.20-26). 

Contemplación

            Me quedaron resonando en el corazón las palabras del Papa Francisco en la audiencia del miércoles pasado, 13 de febrero. Fueron sobre el Padre nuestro y, más que decirlas, las dramatizó con preguntas, como se suele hacer en las clases de catecismo a los niños: “Hay una ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro” -así comenzó diciendo-, y agregó: “Y si yo les preguntara cuál es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro…? No les resultará fácil responder (…) Piénsenlo, qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestro tiempo (quizás siempre ha sido así) todos sienten una gran estima. Cuál es esa palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? (…) Falta la palabra «yo».

            Nunca se dice «Yo».  Jesús nos enseña a rezar teniendo en nuestros labios primero el «Tú», porque la oración cristiana es diálogo: «santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». No mi nombre, mi reino, mi voluntad. “Yo” no, no va. 

            Y luego pasa al «nosotros». Toda la segunda parte del Padre nuestro se declina en la primera persona plural: «Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal». Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”.

            Acá me detuve, al sentir que las bienaventuranzas tienen el mismo espíritu que el Padre nuestro. De hecho el Papa decía el otro día en Santa Marta: “Para rezar el Padre nuestro de corazón hace falta vivir el espíritu de las bienaventuranzas”. Es el “odre nuevo”, el “estilo” comunitario que nos enseña Jesús, para poder vivir bien el contenido del evangelio. 

            Jesús no dice “feliz de ti, que eres pobre”, sino “felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”. Jesús nos ve, felices o desdichados, juntos. 

            Nadie es pobre solo, nadie tiene hambre solo. En una mesa donde hay muchos comiendo uno solo no pasa hambre. Quizás por eso a los pobres los van juntando entre ellos, para que vivan en villas miseria, en zonas más pobres, en países y continentes enteros más pobres. Siempre recuerdo a una familia amiga que vivía en la villa del barrio Sancalal, junto a las vías del Belgrano. Un plan de viviendas ofreció casas prefabricadas a unas cien familias por el lado de Trujuy y se fueron. Las casitas estaban lindas y el barrio bien demarcado. Pero me quedó grabado lo que dijo una mamá: “Acá no hay quién pedirle una taza de azúcar”. Estaba aislado y eran todos igual de pobres. Para comprar tenían que salir caminando por la ruta como tres kilómetros.

            Continuaba Francisco: “No hay que olvidarlo, en el Padre nuestra falta la palabra «yo». Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No se olviden. Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, «nosotros».

Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: «Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo?» Y yo, ingenuo, dije: «Tú». «Este es el principio de la guerra -me dijo-. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, porque estamos todos juntos». Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura”.

            Estoy haciendo la prueba en estos días de entrar en la oración usando el nosotros, como si rezáramos en grupo. Con distintos grupos. Me di cuenta (con el estremecimiento que provoca siempre que uno da un paso de conciencia y se da cuenta de lo ciego que ha vivido!) de que siempre he rezado diciendo “yo”. Es cierto que pido por los demás y que cuando digo yo lo hago diciendo “yo soy un pecador” y también “quiero ser mejor para los demás”. Pero el “yo” está ahí, como una estatua. Empecé a tratar de rezar usando el nosotros y en el primer “nosotros” en el que me sentí identificado fue este -amplísimo- de los pobres. Acá estamos Señor, los que te pedimos limosna hoy día… Y me hacía la composición de lugar de la fila que hacen los pobres para entrar al Hogar a la mañana, al desayuno y luego al almuerzo. Acá estamos, Señor: los pobres. Los que venimos a pedirte “danos la limosna de oración de cada día”. Cuando uno no hace fila, aunque esté en medio de una multitud, por ahí no se siente “nosotros”. Y en cambio, ponerse en fila nos constituye como “nosotros”. Y ese nosotros hace que nuestra hambre se modere a su ración, que no nos pongamos avarientos con el mensaje de la sociedad de consumo, que estimula hambres innecesarios, deseos de cosas que no podemos consumir. Felices los pobres que hacen fila y siendo ese “nosotros” se les sacia el hambre con su ración común y gozan “siendo parte” del Reino de Dios, en el que ninguno es solo yo sino que cada uno se siente con un solo corazón.

            Me decía un matrimonio amigo que fue a esta audiencia del “yo” y del “nosotros”, que el Papa pasaba saludando a los que estaban adelante y que “uno veía que había tanta gente y que él tenía que pasar rápido, y entonces uno elegía bien lo que le quería decir, lo más importante”. Cuando el Señor pasa, ese “nosotros” en el que uno está nos hace discernir lo importante y no andar dando vueltas. Estar en fila con los demás nos ayuda a discernir lo esencial, a elegir las palabras que nos importa comunicar.

            Otro “nosotros” en el que me pongo a rezar es el familiar. Sintiendo nuestras penas familiares comunes. Esto es algo que sale natural. Las lágrimas son familiares. No es que uno se tenga que hacer a la situación. Si uno ve llorar a sus hermanos, a su madre, a sus primos, se conmueve inmediatamente. El nosotros está inscrito antes que el yo en nuestra carne que es familiar. 

            La familia es ese nosotros que el Señor ve cuando dice “ustedes” y que nos enseña a declinar al rezar el Padre nuestro. El es el Padre de nuestra familia, antes que nada. En esa “habitación familiar” debemos entrar para estar a solas con Él, no aislados sino como el que reza por todos. El papa lo describía así: “Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón ¿cómo está? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. «Ablanda, Señor, mi corazón». Es una oración hermosa: «Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás»”

            El nosotros familiar es el que debemos recuperar. Está tapado por el individualismo. Pero basta escarbar un poquito para que brote el agua fresca del manantial familiar. Rezar como hijo, como hijo pequeño en brazos de su madre, rezar como hermano, rezar como primo hermano, compañero de juegos. Qué extrañas posturas adoptamos a veces en la oración entendida como deber o, peor, como técnica! Jesús nos remite al “Abba” -papito- de la infancia, al hermanito y a la hermanita con quien se compartían los regalos y las tareas, al hijo mío que toca el corazón a la hora de responder a algún pedido. El nosotros familiar no permite que se convierta algo tan precioso como la oración en un bien más de consumo.

            “Podemos preguntarnos -prosigue el Papa-: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿o pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese «nosotros» que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas”.

            Por fin, la bienaventuranza de las persecuciones, los insultos y las exclusiones. Salten de gozo, dice Jesús. Así trataron a los profetas. Ser profeta -que la palabra que uno dice y el testimonio que da, deje huella, le haga algún bien concreto a otros- es la gracia propiamente evangélica. La señal de que uno fue evangelizado (por un profeta de palabra eficaz y fecunda) es que uno la comunica y la anuncia también proféticamente, de manera que incide en la vida y deja marca. En este ámbito de la profecía, del martirio (porque se es profeta por el testimonio de vida y no solo porque uno habla o escribe) el nosotros adquiere una dimensión misteriosa. Impresionan los “compañeros mártires”, esos mártires que dan la vida en grupo, sin distinguirse quién era “más santo” o tenía tal cualidad. Es el hecho duro y neto de haber dado la vida junto con los demás el que hace a nuestros mártires santos la causa de que nos haya llegado al fondo del corazón la fe. Es la multitud de testigos la que transmite la fe. Testigos anónimos, que amaron y dieron la vida, sin reclamar nada para sí. Esta entrega constituye ese nosotros al que gozosamente nos sumamos. Silenciosamente nos sumamos, cada uno cuando le llega su tiempo. No hay otro orgullo más grande que el que se siente al poder formar parte de ese nosotros: uno más, en medio de nuestro pueblo. No entramos en este nosotros dichoso por ningún reconocimiento externo. Entra el que lo vive y lo goza de adentro, el que desea ser “nosotros”, el que se esfuerza interiormente por dejar de ser “yo, me, mi, conmigo” y ama sentirse uno más de los que “aman a Jesús aún sin haberlo visto”. Uno forma parte cuando busca sólo la ayuda y la aceptación del Señor, que es el que pronuncia ese “felices ustedes” y ese “vengan ustedes, benditos de mi Padre”, que justifican la vida. 

            No hay otro pecado para pedir perdón sino este -fundamental, clarísimo, inexcusable- de no estar a la altura de este nosotros. El pecado de ser solo “yo”. 

            No hay otra gracia para agradecer más que la de ser invitado -sin mérito alguno, por pura gracia- a formar parte de los que entran a este banquete y forman parte de este reino. 

Ir aprendiendo cada vez que digo “yo” a corregirme y agregar “nosotros” es la gracia. Nosotros los hombres. Nosotros los de nuestro pueblo. Nosotros los de nuestra familia. Nosotros… 

Dichosos nosotros, si apuntamos en esa dirección, enderezando el rumbo empecinadamente hacia un nosotros abierto, al que pueden venir a habitar todos los hombres de buena voluntad. Ay! de nosotros si vamos para el otro lado: para el nosotros que se achica y se encierra. 

Diego Fares sj


            Estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la palabra de Dios. Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón:
–Navega mar adentro y echen sus redes para pescar.
Simón respondió:
–Maestro, hemos estado toda la noche trabajando sin pescar nada, pero en tu palabra, echaré las redes.
Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían, hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo:
–Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado; e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón:
–No temas, a partir de ahora serás pescador de hombres.
Y después de llevar las barcas a tierra, dejado todo, lo siguieron (Lc 5, 1-11).

Contemplación 

“En tu palabra echaré las redes”. En boca de Simón la palabra “palabra” (ῤῆμα), no es algo abstracto: es algo que dijo Jesús, un “dicho” con un significado preciso, algo que se dice en un momento concreto a viva voz e indica y manda algo que hay que hacer enseguida. Cuando Pedro responde “en tu palabra echaré las redes” está diciendo: nos ponemos en marcha mar adentro y lanzamos de nuevo las redes “porque Tú lo dices” (solo porque Tú lo dices), “ahora que lo dices” y “como Tú lo dices”. Así lo hicieron y pescaron una gran cantidad de peces. Tanto que las redes se rompían y tuvieron que pedir a ayuda a los compañeros de las otras barcas.

Rezar es pescar. Contemplar es pescar. Como quien se va mar adentro -el mar del Evangelio, el mar de la realida, el de su corazón y su mente- y echa las redes allí donde le dice Jesús, en la escena y en la frase de Jesús en la que el Espíritu le hace sentir y gustar las cosas un poco más.

La pesca tiene mucho de limosna, de aventura, de “a ver qué me dará hoy ese mar”. No es algo que se pueda planificar totalmente. Aún con los medios tecnológicos de hoy, los grandes barcos pesqueros tienen que ir detrás de los peces… Ni qué decir en aquella época. 

En tu palabra echaré las redes fue toda una confesión de fe por parte de un pescador experimentado como Simón que se fió -aunque no pudiera formular bien por qué- de la orden precisa que le dió aquel Jesús de quien sabían que era carpintero y que venía de las montañas de Nazaret. 

El diálogo podría haber terminado ahí, como tantas veces en que algún desubicado pretende enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo y le decimos sí, cómo no; ahora mismo nos embarcamos de nuevo, navegamos mar adentro y nos ponemos a pescar como si no hubiéramos estado haciendo eso toda la noche. 

Sin embargo, Simón se fió. Él mismo habrá contado tantas veces la escena… Podemos imaginar la satisfacción con que la contaría. Él, un pescador que no había pescado nada en toda la noche, haciéndole caso a un nazareno, a un Rabbí… 

Jesús le enseñó después a reconocer en esas frases suyas, que le salían espontáneamente cuando hablaba Jesús, la voz del Padre. El Maestro le enseñaría a discernir que poner en práctica inmediatamente un dicho de Jesús era una gracia del Padre, no cuestión de su carne ni de su sangre, no un esquema mental suyo o algo cultural. 

Aquella mañana, en la barca, empezó a ser Pedro, la roca firme de la fe en la que el Señor fundaría su comunidad, su Iglesia. 

Todo por una frase. Por una respuesta suya que dijo sin pensar, porque ya se había puesto a dar órdenes a los otros que lo miraban sin poder creer que le estaban haciendo caso.

Es que las cosas de Jesús, eso que Él llama “su reino”, son así: cuestión de palabra. 

Le preguntaban a un teólogo por qué la Iglesia tenía necesidad de un estado como el Vaticano y el respondió que, según su opinión, no tenía necesidad. Y entoces por qué lo tiene, le retrucaron. Y él dijo que era una herencia histórica. Pero que la Iglesia tiene “personería jurídica” reconocida internacionalmente (la santa sede) sin necesidad de tener un estado. Conserva algo mínimo, pero podría prescindir. Porque de hecho en lo que se funda es en un “codigo lingüístico común”. Es decir en una Palabra recordada en común y puesta en práctica en común. Como hizo Simón Pedro y sus compañeros cuando aquella primera vez le hicieron caso al Maestro que les había pedido permiso para subir a su barca y predicar desde allí a la gente. Allí comenzó la pesca milagrosa que es la Iglesia, institución, sí, pero pescada cada día y que pesca con la sola red de la Palabra. Palabra testimoniada con estilo y obras, se entiende.

Decía que la Palabra de Jesús, sus dichos, sus indicaciones y mandatos, no son palabras abstractas. Son como las redes de esos pescadores, con su cuerdas anudadas y fuertes, que hay que limpiar y desenredar. La palabra de Jesús pesca, recolecta realidades vivas como los peces del lago de Genesaret. 

Hoy en día hay redes más amplias, redes virtuales, que abarcan toda la realidad pero cuando la sacás no te pescaron nada concreto. Las de los amigos de Jesús son más modestas, pero pescan peces reales. Pescan hombres y cada uno que pescan se convierte en pescador. 

Hay que poner en práctica la eficacia de esta “red echada en los dichos de Jesús”. Cada mañana, hay que salir mar adentro a pescar en su Nombre, que está bendito.

Cada tanto, cuando uno siente que no pesca nada, que trabaja en vano, hay que extender las manos como una red, implorando al Señor que “en su Nombre”, lo que estamos haciendo de fruto, pidiendo ánimo y eficacia apostólica, pidiendo ayuda contra el cansancio de la esperanza.

La red echada en la palabra de Jesús supone una pesca personal y otra comunitaria. Hay que pescar solos y hay que saber pedir ayuda y pescar en red. Es así. Tirar la red -la redecita en el lago pequeño de la propia vida- y pescar la palabra concreta para el momento en que se está. Luego, con esos dos peces y esos pancitos que el mismo Señor nos cocina a las brasas de su Eucaristía cotidiana, se cobra ánimo para las pescas más grandes, las que hay que hacer en común.

Así como el Señor nos hace pescadores de hombres, la metáfora dinamiza otras y podemos decir que hay palabras-peces que se convierten en palabras-red. Palabras que pescamos como un pescadito en el lago de nuestra contemplación personal, que se convierten en palabras-red que pescan a muchos otros y ayudan a comprender la realidad.

Hay redes que ya están consolidadas para el uso. Si bien la pesca de cada día es siempre una aventura nueva, no hay que inventar redes si ya tenemos unas bien trajinadas y expertas ,que han pasado por las manos de Pedro y de sus compañeros. Son redes llenas de pescas milagrosas, curtidas por los vientos de tantas noches de pesca, redes que “pescan solas” si se puede decir así. 

Lo que quiero decir es que la Palabra de Jesús no son palabras aisladas, son palabras con historia, entretejidas con otras, que han sido pasadas y repasadas por muchos corazones. Comenzando por nuestra Señora, que las guardaba todas en su corazón, siguiendo por la gente, que se bebía las palabras de Jesús y lo escuchaba con gusto, continuando por los apóstoles, que le preguntaban luego en privado al Maestro lo que significaba cada cosa que había dicho en sus parábolas y consejos, hasta llegar a nuestra época, en la que cada palabra del Señor se ha convertido en un carisma gracias a los santos y en una obra de misericordia concreta gracias a tantos colaboradores que abrazan en sus manos-red a tantos necesitados y pobres de este mundo.

Contemplar es echar estas redes de nuevo -cada vez, muchas veces, las más que podamos- en el nombre de Jesús. Y pescar, pescar. Cada día. Personas, gente, creando cercanía, projimidad, encuentro, como dice y hace Francisco, el Pescador. Con esta manera tan especial de pedir como limosna lo que nos ganamos con nuestro trabajo. Que eso es la pesca, una limosna ganada con trabajo. Limosna, porque no está dicho que si echamos la red el mar nos dará sus peces. Trabajo, porque el Señor quiere servirse de nuestra barca y de nuestras redes para hacer sus milagros. Siempre requieren colaboración los milagros de Jesús: manos que llenen de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembren semillas buenas, manos que echen en su Nombre, una vez más, las redes. Contemplar es pescar.

Diego Fares sj

             Jesús comenzó a decirles: Hoy se ha hecho real escritura en sus oídos. Todos daban testimonio en su favor y se maravillaban de las palabras de gracia que salían de sus boca. Y dijeron: ¿Pero no es éste el hijo de José?

            Él les dijo: Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: “Médico, cúrate a ti mismo”. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria. Sin embargo añadió: – De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo  que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

            Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero Él, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación

            Con la expresión “esta escritura se ha cumplido en sus oídos”, el Señor le dice a sus paisanos: Ustedes han entendido perfectamente que esto que he leido no son simples palabras. Esto que he leído es una profecía cumplida: la profmesa que el Señor nuestro Dios hizo por labios del profeta Isaías y que al escucharla, ustedes han percibido que “el Espíritu del Señor está sobre mi” y que “me ha enviado a evangelizar a los pobres”. 

            El Señor entra en contacto con el corazón de los que lo escuchan y les dice que eso que están sintiendo, esa admiración que no pueden dejar de  testimoniar, es la confirmación de que están viviendo un momento muy especial, un acontecimiento profético, en el que la palabra de Dios incide en la historia con tal fuerza que no solo se vuelve real, sino que crea una realidad nueva. No se trata, por tanto, de que Jesús “después” vaya a comenzar a predicar. Ya en esta primera prédica está contenida toda su predicación posterior. Por eso Lucas resume en un solo acontecimiento lo que pudieron ser distintos encuentros de Jesús con sus vecinos de Nazaret. En la palabra “enviado a evangelizar” está todo su evangelio: todas las cosas que Jesús anunciará y enseñará. En esos pobres, ciegos y paralíticos, están todos los milagros del Señor; en esos prisioneros, están todas las personas que el Señor liberará del poder del maligno; el año de gracia es la vida entera de Jesús en medio de su pueblo.

            Y nosotros que leemos esta escritura casi dos mil años después – así como Jesús leyó a Isaías que había recibido de Dios y escrito esa profecía 700 años antes, con la gracia, podemos dejar que la palabra se realice en nosotros de la misma manera que se realizó en Jesús.

El modelo es María: el “hágase en mí lo que dice tu palabra” que pronunció María en la anunciación. El mismo Jesús, de quien decimos -misteriosamente y con el respeto que supone decir algo que nos excede-, que es la Palabra, entra en esta dinámica, que es la que dinamiza toda la Escritura. La dinámica de dejar que la palabra se realice, entre como la semilla en la tierra más buena de nuestro corazón, y allí arraigue y de frutos: el treinta, el sesenta, el ciento por uno. 

            El Señor se deja inspirar por la palabra sembrada por el Padre en su pueblo elegido, gracias a los profetas que la acogieron y le dieron espacio total en su vida. Eso significa la afirmación “el Espíritu está sobre mí y me ha ungido”. Significa que el Señor se deja inspirar. Él que “expirará”, entregando su Espíritu al morir en la cruz, Él, que lo insuflará a todos una vez resucitado, no teme inspirarlo de boca de Isaías, no teme hacer suya una palabra que viene creciendo misteriosamente en el alma de Israel y que ahora “se cumple” en sus labios. 

            Este movimiento de “encontrar la palabra”, como Jesús “encontró” el pasaje de Isaías, de hacerla propia -leyéndola y comprendiéndola-, es un ejercicio espiritual que viene de lejos, y llega a nosotros pasando por la vida y la práctica del mismo Jesús. Él nos enseña así a “contemplar en la acción” y a “actuar contemplativamente”, partiendo de la palabra para hacer todas las cosas, no cosas extraordinarias, sino las mismas que hacemos cada día, pero en este espíritu; también las cosas nuevas que nos propone el Señor y que el Espíritu nos mueve a realizar. Son cosas ligadas todas siempre al bien de nuestros hermanos, especialmente de los que nombra Jesús, los más pobres, los ciegos, los lisiados, los prisioneros.

            Sabemos que “hay palabras y palabras”. Aunque vivamos inmersos en este océano de palabras que nos llegan a cada instante y que pueblan nuestro espacio mental, sabemos que no todas son lo mismo. De alguna manera, lo que ha sucedido, es que las palabras se han salido de nuestra mente y han adquirido consistencia propia en eso que bien llamamos la nube. Es una especie de mente común que “guarda” las palabras en distintos dispositivos y las repite -gráfica y sonoramente- todo el tiempo, a la velocidad de los algoritmos, haciendo que “alguien anónimo” esté hablando todo el tiempo. 

            Los seres humanos, en una época eramos dueños de nuestras palabras y de nuestros silencios, hablábamos cuando queríamos y callábamos cuando no queríamos decir nada. Si deseábamos que una palabra nuestra se conservara, la poníamos por escrito, para que otro, cuando quisiera leerla, se comprara el libro y lo abriera. Hoy, que hemos puesto todas nuestras palabras en la nube, todos nuestros libros, las letras de todas nuestras canciones y las copias digitalizadas de todos nuestros films, asistimos al fenómeno cada vez más consolidado de que un algoritmo sin rostro ni pausa, pronuncia todo el tiempo todo lo que hemos dicho, escrito, cantado y filmado. Cuando hablamos, en vez de escuchar lo que dice nuestro corazón, vamos a buscar donde “está dicha” esa palabra en internet. Buscamos quién dijo lo que queremos decir.

            Realizamos, así, quizás sin saberlo, el mismo antiguo acto de “actualizar” la palabra. Solo que debemos esta atentos a que el algoritmo no reemplace al Espíritu. Porque el algoritmo repite como el loro. Solo que a gran velocidad. Es verdad que al tener todas las palabras y al poder analizarlas y compararlas a velocidades inimaginables puede parecer que está reemplazando nuestra inteligencia. Decía un jesuita experto en bioética, que en este momento, cuando se da un diagnóstico médico, parece que el médico es “asistente” del algoritmo, que es el que en realidad “da el diagnóstico” teniendo en cuenta todos los análisis. El punto es que ese sujeto anónimo que habla todo el tiempo y que, teniendo en cuenta la música que hemos escuchado nos propone una playlist que va de acuerdo con nuestros gustos, ese sujeto anónimo, digo, actúa en clave de pasado. 

            El algoritmo tiene todo lo que hemos dicho y hecho. Lo repite, lo recicla y lo proyecta y, probablemente cree cosas nuevas en base a lo que tiene. De lo humano tiene el número, digamos. Lo cual es mucho, porque todo se puede cuantificar! Hasta el misterio de Dios lo numeramos: el Dios uno y trino, la Santísima Trinidad. 

            … Y sin embargo. Escuchemos cómo reza Santa Isabel de la Trinidad: 

“Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, inmensidad donde me pierdo! yo me entrego a Ti como una presa”. 

            El algoritmo no tiene eso que expresan el signo admirativo y el pronombre posesivo: “¡Oh, mis Tres!” en quienes “me pierdo”, a quienes “me entrego”. Santa Isabel pide como limosna: “Siento mi impotencia y te pido (…) Ven a mi como Adorador, como Reparador, como Salvador”.

            La escritura que se actualiza al leer Jesús la profecía de Isaías es, antes que ninguna cosa, lo que sucede cuando el Espíritu está sobre ese “Mi” -palabra con la que Jesús revela todo lo que importa. Que el Espíritu esté sobre Él es lo que reconocemos y eso nos basta. Él se hace cargo de ese Espíritu y de la misión de hacerlo llegar a todos. 

            Alguien que se hace cargo, ese es el punto donde se diferencia lo humano de lo técnico. Nada más. Pero nada menos. 

            Por eso el Señor pesca la tentación que insidiosamente deslizó alguno con aquella frase que quedó picando en el aire (como todas las frases insidiosas que dicen algo a medias y no se hacen cargo, dejando que produzcan su efecto venenoso arraigando en la mezquindad de cada uno): “Pero no es este el hijo de José?” 

            La falacia está en desviar la atención hacia “algo que autorice externamente” lo que está diciendo Jesús. Porque lo que está diciendo es, precisamente, que Él habla con Autoridad”. Con una Autoridad que le viene de adentro, de su corazón, de su vida, del dar la vida en testimonio de su amor.

            Esto es lo que les decía el Papa a los jesuitas de Centroamérica hablando de Rutilio Grande, el jesuita martirizado en El Salvador en 1977, cuya muerte convirtió a San Oscar Romero: “Rutilio fue profeta por el testimonio“. Antes que por ninguna palabra -aunque dijo todo lo que tenía que decir sin “bandearse” nunca de la sana doctrina, su profecía fue el don de su vida. 

            Jesús está “dando su vida” proféticamente, tanto cuando lee como cuando realiza un milagro. Siempre está dando la vida. 

            Un detalle nos ayuda a ver esto. Jesús parece que “adelanta” los milagros que hará en Cafarnaún, que Lucas contará después. Es que el evangelista médico une dos visitas de Jesús a su sinagoga, una en la que fue alabado y otra en la que fue echazado. Compone así esta “escena inaugural” de todo el ministerio del Señor. 

            El evangelio entero, y esta escena en particular, se sitúan en un tiempo que es más que el tiempo cronológico: Jesús en el “ahora” suyo actualiza no solo lo que Isaías profetizó 700 años antes, sino lo que él hizo/hará en Cafarnaún y lo que hará a lo largo de toda la historia: Él está Evangelizando a los pobres cada vez que sale una palabra de gracia de su boca y cae en un oído que la acoge. Y aún cuando sea rechazada, esa Palabra se cumple, misteriosamente, y crea historia de salvación.

            Por eso asistimos en Lucas a una arremetida del Señor contra los que lo ningunean. Vemos que no dejó pasar la frase, como a veces hace uno cuando,  midiendo el grado de aprobación general, deja pasar la crítica de alguna persona. 

            “Acaso no es este el hijo de José” es una de esas frases todos  comprendemos sin necesidad de conocer lo específico del caso. Sabemos que se usó para desacreditarlo como profeta, es decir como uno que realiza la palabra. Y por eso Jesús se despacha con todo su arsenal profético contra los murmuradores. Porque están pecando contra el Espíritu Santo que está sobre Él y están pecando contra los pobrecitos que, si queda desautorizado, no recibirán su palabra sanadora!

            El Señor resitúa lo que está sucediendo -el movimiento de espíritus, diría san Ignacio, ese paso de una consolación a una desolación que experimentan sus paisanos- citando el proverbio “médico curate a tí mismo”. Remite además lo que sucede a dos hechos de la vida de los profetas anteriores: Elías y Eliseo. Son dos hechos en los que se resalta que la acogida o el rechazo de la Palabra es algo personal. Así como la frase insidiosa se la agarra con Jesús personalmente, aludiendo a que “es hijo de José”, el Señor responde mostrando que la acción profética, desde el comienzo, tuvo que ver con cuestiones personales. Dos “pequeños” de Yahve, extranjeros para colmo, una viuda y un leproso, gozaron de los beneficios vivificantes y sanadores de la palabra de los profetas mientras que Israel en su conjunto la rechazó.

            Así también hoy, la palabra del Señor nos interpela al corazón. A cada uno. La suerte de la palabra se juega, no en lo que dicen los diarios y la radio, no en lo que se mensajea por twitter, sino en lo que cada uno -prestando atención a los oídos de su corazón- decide recibir, cultivar y poner en práctica. Hoy se realiza esta escritura en tus oídos, en los oídos de tu corazón. 

            Si te sentís evangelizado, alegrado y consolado como un pobre por la buena noticia, es que la recibiste. 

            Si te sentís como un ciego al que le devolvieron la vista, es que el Espíritu de Jesús se posó también sobre tí. 

            Si sentís que volvés a caminar, que te pones de nuevo en camino hacia lo que siempre presentiste y soñaste que podías ser, es que te diste cuenta de que Jesús te está hablando a vos. 

            Si alguna puerta se abrió y te saliste de alguna situación que te tenía aprisionado -como Jesús que pasó en medio de los que querían desbarrancarlo-, y respirás el aire de la libertad, es que el contacto que Jesús busca con cada persona te tocó y rompió alguna de tus cadenas: “El lazo se rompió y escapamos, como un pájaro de la trampa del cazador” (Sal 123, 7).

Diego Fares sj


            Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros,  tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.  

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. 

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

Contemplación

            Francisco fue, como es su costumbre, a un centro de detención de jóvenes, esta vez a “Las Garzas”, en Pacora, Panamá. Es un centro modelo que ofrece procesos de resocialización a jóvenes que han delinquido. Allí es obligatorio participar en cursos de formación profesional y de desarrollo humano. Trabaja con ellos un equipo de asistentes sociales, psicólogos y educadores. Algo que siempre soñamos en El Hogar de San José para nuestros jóvenes en situación de calle. 

            El chico, cuyo rostro no se ve porque no está permitido por ley, le contó su historia al Papa: que desde pequeño siempre había sentido un vacío interior, el de una mirada cariñosa de padre, hasta el día en que encontró esa mirada en Dios. Pero después tropezó -así dijo- y ahora estaba allí cumpliendo su condena. Le contó con voz alegre que soñaba con llegar a ser un gran chef. Algo posible en un instituto como ese. 

            Francisco lo miraba con mucho cariño y unos oídos así de grandes, como mira y escucha él. En un momento el joven le dijo con toda naturalidad una frase que agarré empezada: “… Que alguien como usted se tome el tiempo para escuchar a alguien como yo, un joven privado de la libertad. No sabe la libertad que siento en este momento!”.

            Quizás haya que ser un detenido para valorar quién es el Papa y lo que hace. Quizás es así. A veces pareciera que sólo esta gente entiende lo que significa que alguien como él se tome tiempo para nosotros… El Papa Francisco es consciente. Le decía a estos chicos que “Jesús no tenía miedo de acercarse a aquellas personas que por mil razones cargaban con el peso del odio social, como en el caso de los publicanos, por su oficio, o porque habían cometido algún error en su vida, equivocaciones, culpas, y por eso eran llamados pecadores. Y mientras había personas que se limitaban a murmurar o indignarse porque Jesús se encontraba con las personas marcadas por algún error social y les cerraban la puerta a la conversión y al diálogo con Jesús, Jesús se acerca y se compromete. Jesús pone en juego su reputación e invita siempre a mirar un horizonte capaz de renovar la vida”.

            Al ver y escuchar estas cosas, mientras sigo por Vatican News el viaje del Papa gracias a mi trabajo para La Civiltà, sentía el contraste entre el modo como lo reciben y qué piensan de él personas como este chico y lo que expresan (o ni siquiera expresan) otros. La imagen me vino al imaginar a Jesús en Nazaret, con la gente que lo conocía. Cómo primero todos alababan al Señor y después la cosa cambió. 

            Es así, parece. La imagen pública de Francisco está manchada. Los mismos que al comienzo lo aplaudían, exageradamente quizás, como hace no el que te quiere bien sino el que se quiere burlar de otro con el que te contrasta, hoy se ensañan, exageradamente quizás, con él. Y no es que Francisco haya cambiado (en lo que ha cambiado ha sido para mejor!). 

            A veces me vienen ganas de discutir con los que hablan de él sin respeto. Pero no es el caso. Sin embargo hay cosas que decir. Y hoy, leyendo a  san Juan Crisóstomo en el oficio de lecturas sobre la conversión de San Pablo, encontré una reflexión sobre Pablo que describe algunas gracias que se ve que el Espíritu le da también al sucesor de Pedro. Vale la pena leerlo. 

            “Lo que es el hombre, cuan grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que veo por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Alégrense conmigo; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo muy contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas “armas de justicia”, significando con ello que le servían de gran provecho.

            Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono celebrativo de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, agradece a Dios, diciendo: Sean dadas gracias a Dios, que en todo tiempo nos lleva en el cortejo triunfal de Cristo

            Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en conseguir honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue.   La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. 

            Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios. Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los de renombre; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los detenidos y condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

            Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable. Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los santos y de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves. Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y a la gente que se enfurecía contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito. Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo”.

            Si a alguno le resulta exagerado atribuir a Francisco estas cosas de Pablo, lo comprendo. Pero también Pablo presumía un poco de sus gracias cuando hablaba con los  corintios, al ver que estaban tentados de ningunearlo. “Me disculparán si digo algún que otro desatino… pero no creo valer menos yo que esos súperapóstoles (a los que ustedes siguen). Ustedes, tan inteligentes, que soportan de buen grado a los insensatos. Aunque los tiranicen y los exploten y los despojen y los traten con arrogancia y los golpeen en el rostro, todo lo soportan”. Y agregaba: “Si actúo y seguiré actuando de este modo, es para desenmascarar a esos que presumen. En realidad, esos tales son apóstoles falsos, obreros fraudulentos disfrazados de apóstoles de Cristo. Y no hay que sorprenderse, pues si el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz, es natural que, quienes le sirven se disfracen de agentes de salvación. Pero tendrán el final que merecen sus acciones.” (2 Cor 11, 1-15).

            La verdad es que no podía dejar de decir estas cosas ya que cada vez que releo las reflexiones del Crisóstomo sobre Pablo y a Pablo mismo, más me parece que se clarifica lo que sucede con las tribulaciones en las que “se mete” Francisco. 

            El martes saldrá su libro “Las cartas de la Tribulación”, en italiano y en español. Tribulaciones de ayer y tribulaciones de hoy. Francisco en el prólogo recomienda “rezar con ellas”. Explicitan una gracia que viene de lejos y que habla de estar en mucha paz en medio de las contradicciones de la vida. Y es verdad lo que dice el Señor, que son Palabra que se cumple “hoy”. En nuestro ahora. Para los que no se dejan enturbiar la mirada que se abre cuando uno mira con su corazón.

https://www.periodistadigital.com/religion/libros/2019/01/26/religion-iglesia-libros-cartas-tribulacion-papa-francisco-spadaro-fares-hanvey-herder-abusos-desolacion-verguenza-tolerancia-cero.shtml

Diego Fares sj

            Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la Madre de Jesús estaba allí. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y faltando vino, la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» Su madre le dice a los servidores: «Lo que les diga, ustedes háganlo.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían entre 80 y 120 litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y llévenle al organizador de la fiesta.» Así lo hicieron. El organizador probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el mejor vino para este momento.» Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

            Los milagros indirectos. Esa fue la palabra que me vino al contemplar la escena en el momento en el que el weeding planner lo llama al esposo y, al mismo tiempo que alaba ese vino tan especial, al decirle que habitualmente las cosas se hacen al revés, le da a entender elegantemente que le hubiera gustado que le avisara. Pero el otro estaba menos enterado que él de este milagro que había ocurrido en su propia cocina. Juan no nos cuenta cómo siguió el diálogo y lo que queda de toda la escena es que los verdaderos protagonistas, los que saben que ese vino es fruto de un milagro hecho con agua -la Madre, Jesús, los servidores y los discípulos- permanecen anónimos.

            Por supuesto que la voz habrá corrido como corrió el vino y seguramente los esposos y su familia le habrán agradecido a María y a su Hijo este milagro con que fueron bendecidos. El sabor de ese vino, aunque no lo hayamos probado físicamente, se imprimió y quedó grabado en la escena evangélica que recordamos como las Bodas de Caná. Algo similar al perfume de nardo puro con que la hermana de Lázaro, María, ungió a Jesús, que llenó con su fragancia toda la casa (Jn 12, 3). Como pasa en las fiestas, hay cosas que se gozan después. Y hace bien agradecerlas y saborearlas recordando detalles, porque en el momento son cosas que se viven intensamente pero sin tiempo para detenerse en cada una. Las registramos, nuestros ojos fijan miradas y sonrisas, y nuestro corazón, al ir recorriendo las mesas y saludando a la gente, siente presencias, se dilata y atesora todo, pero sin poder hacer sacar provecho de todo. Y es un deber de justicia dar luego a cada detalle su justo valor. Por eso, 2000 años después, seguimos recordando gozosamente Caná. Seguimos gustando ese vino mejor en cada fiesta, en cada Eucaristía. 

            Jesús tiene esas cosas: sus gestos se nos quedan para siempre. Tienen, cada uno, la consistencia de un sacramento, signo visible de su amor, presencia suya que se toca con las manos. 

            Un amigo suele contarme cada tanto de nuevo, que en los casamientos de sus hijos y de los hijos de sus amigos, reza haciendo memoria del suyo, pidiendo para los nuevos esposos las gracias que agradece de su matrimonio. Aunque no se lo digo a él, porque ya lo sabe, como los sirvientes que sabían de dónde venía ese vino, la reflexión que hago yo para sacar provecho, como dice Ignacio, es que esa es propiamente la gracia de Caná. Es el modo de contemplar las escenas evangélicas que -todas- transforman nuestra agua en vino y hacen que nuestras experiencias humanas den frutos de fe.

            Vuelvo a los milagros indirectos, que hay que descubrir después. Recordar los detalles es parte de lo que llamamos técnicamente “oración contemplativa”. Yo digo que todos somos contemplativos, lo que sucede es que a veces no nos damos cuenta, como  el joven esposo que no tenía idea de lo que había pasado con el vino. Pero cuando uno como el wedding planner nos aviva (tampoco él se había dado cuenta de todo, pero registró algo que se ve que le picó, porque afectaba su trabajo), tenemos que aprovechar y saber sacar partido de los milagros indirectos. 

            Recordar los detalles de nuestra vida, de nuestro día, es desenterrar el tesoro escondido en el campo. 

            Recordar los detalles de los milagros que el Señor y nuestra Señora han estado realizando para nosotros, en la cocina, junto con los que nos sirven, es una de las gracias más lindas que forman parte de la oración. Es una gracia linda porque brota espontaneamente y se convierte en agradecimiento y en fe, y estimula a seguir rezando. 

            El Evangelio está sembrado de detalles así, de pequeños signos que despiertan nuestros sentidos e iluminan nuestra mente para que sepa reconocer en cada uno la acción benéfica del Señor, que llena de milagros “indirectos” nuestra vida. Se trata de gestos del Señor que nos hacen sentir “predilectos”, como esos jóvenes esposos a los que Jesús les regaló una fiesta inolvidable, no solo para ellos y su familia, sino memorable para todas las generaciones. 

            Recordar los detalles es aprender a saborear la predilección del Señor. Esa es la alegría que “falta” en el mundo actual, la alegría de sentirnos especiales, bendecidos a los ojos de quien mucho nos ama. 

            La alegría se confiar en que María anda por nuestras cocinas, notando lo que falta y supliendo todo con ese modo de interceder que tiene Ella y que pone en marcha el corazón de Jesús, siempre deseoso de sernos útil en todo lo que pueda.

            Recordar detalles es como llenar las tinajas de los recuerdos hasta el borde, sumergirse en el lago de nuestra memoria y mirar de nuevo lo que pasó, constatando que cada sorbo de imaginación sabe distinto contemplado con los ojos de la fe y pidiendo al Espíritu que nos “encienda de luz los sentidos” y que “infunda amor en nuestros corazones”. 

            Eso es Caná: transformación del agua en vino, de las ideas abstractas en fe, que convierte lo que toca en realidad; transformación de los deseos cambiantes en sólida caridad y amor de amistad que dura para siempre; transformación de los sueños fugaces en esperanza cierta y a toda vela. Agua en vino, y vino del bueno. 

Tres detalles de Caná

            Uno lo encontramos cuando María advierte a los mozos -que serían chicos y chicas jóvenes-: hagan lo que Él diga. Cualquier cosa que les diga, ustedes háganla. Les dice porque sabe que Jesús va a salir con algo inesperado, como fue lo de llenar las tinajas de agua. El detalle es que nuestra Señora no se pone a discutir con su Hijo, que con la respuesta daba pie a alguna réplica, sino que lo deja en su discurso interior, el que seguramente Jesús tenía con su Padre acerca de la hora para comenzar su misión, y se dirige directamente a los chicos que están queriendo ayudar, que son los que van y vienen sirviendo las mesas. 

            Es un detalle que hace al “modo Mariano” de hacer las cosas. El Evangelio nos dice que “María guardaba las cosas en su corazón, meditándolas”. Esta oración suya, contemplativa, que recuerda los detalles pequeños y los “engrandece” hasta que toman la altura de “las maravillas que el Señor hizo en su vida”, tiene como contrapartida su saber  “adelantarse”. 

            Es un adelantarse a lo que va a pasar, observando también los detalles. Si nos fijamos bien, recordar los detalles y prever en los detalles son partes de una única oración. Esto es algo propio del Espíritu Santo. Lo expresa la oración del Ven Creador,   cuando nos invita a expresarle nuestro deseo: “Que repelas lejos al enemigo y nos dones tu paz con prontitud, de modo tal que así, conduciendo Tú previamente, evitemos todo lo nocivo”. Ese “previamente” nos hace pensar de cuántos peligros nos habrá salvado sin que lo sepamos. La imagen linda de nuestra niñez es la del Ángel de la guarda que se adelanta a quitar un peligro de la vida del niño a cuyo cuidado ha sido consagrado por el Padre. 

            Otro detalle es que los servidores “llenaron las tinajas hasta el borde”. El “hagan lo que Él les diga” no lo usaron para medir “hasta donde debo” y “a qué no estoy obligado”. Lo de llenar hasta el borde es un detalle de esos en los que se ve a una persona: la persona que hace solo lo justo y la que se da entera. 

            Se ve que estos no eran mozos contratados, sino verdaderos diáconos -servidores de alma-, de esos que le ponen toda la honda para que la cena salga linda. Está el mozo que trabaja eficazmente y el que sabe poner -con discreción- un gesto atento en el momento justo y, sin hacerse notar de más, contribuye a que la fiesta salga perfecta. 

            Un tercer detalle es que Jesús también parece que se entusiasmó, porque el vino que produjo fue de alta calidad (en la multiplicación de los panes no dice que el pan fuera “especial” ni que los peces fueran caviar…). Sin saber mucho de milagros creo que podemos decir este tuvo dos tiempos: convertir el agua en vino y añejarlo. Los servidores pusieron su entusiasmo como podemos hacerlo los seres humanos: cuantitativamente. El Señor puso en acto el suyo como sólo puede hacerlo Dios: cualitativamente. No solo convirtió el agua en vino sino que maduró el vino y lo añejó en pocos segundos. Es una gracia linda para pedirle al Señor: que nos madure alguna gracia que ya nos ha dado. Que la termine de añejar, para que sepa mejor. Que nos madure el matrimonio y la consagración, que nos madure la paternidad y la maternidad, que nos madure la amistad… Que nos madure la oración, en especial esta, de recordar y prever los detalles en los que Él gesta sus milagros indirectos.

Diego Fares sj


      Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-, él respondió diciendo a todos: «Yo los bautizo en agua; pero viene el que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar, habiendo sido bautizado también Jesús, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: «Tú eres el Hijo mío, el Predilecto, en Ti me he complacido»   (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

     La Palabra que me afecta hoy es ese “estando Jesús en oración”. Luego de la experiencia de ser bautizado, Jesús se pone en oración. Es oración de súplica. Jesús pide, suplica, con actitud de reverencia, de adoración (todo esto significa “proseuchomai” en griego). Y en esa oración acontece lo nuevo: se abre el cielo -que la tradición dice que había estado cerrado desde que Adán y Eva fueron echados del paraíso, al que Dios bajaba todos los días desde un cielo abierto. Se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Jesús, como bajan y se posan las palomas, con cierta paz y mansedumbre de movimientos, y vino también del cielo la voz del Padre (aunque no lo dice, aunque dice “una voz” no puede ser otra que la del Padre porque habla de su Hijo amado): Tú eres el Hijo mío, el Predilecto -agapethos-. En ti me he complacido”.

Tomadas estas palabras en ese preciso momento, lo que le ha complacido al Padre es que Jesús esté rezando luego de haberse hecho bautizar, junto con toda la gente del pueblo, como uno más, insertándose en la historia al sumarse a lo que le había sido mandado a Juan el Bautista. 

Mateo dice que Juan se resistió al comienzo, pero Jesús lo frenó y le dijo que “en ese momento” lo dejara hacer las cosas así. Es que no se trataba de una cuestión personal, de quién era más digno de bautizar, sino que Jesús lo que estaba haciendo era “vivir” un momento de ruptura y de cambio total en la historia. 

Allí, en medio de la gente, siguiendo los ritos y las costumbres comunes, lo que aconteció fue que el cielo se abrió de nuevo y se restableció una corriente de comunicación y de gracia entre ese hombre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre. 

Esto es lo nuevo y acontece en el espacio de la Oración de Jesús. Es una oración de súplica, el Señor suplica: es “una limosna de oración”. 

Limosnear es una actitud en la que lo que se pide coincide con lo que el otro quiere dar. Uno no se enoja (aunque a veces pasa, si damos muy poco) al ver lo que el otro nos da. Porque precisamente pedíamos eso, una limosnita. Los mendigos eligen a veces pedir la moneda más chiquita, diez centavos, -dicen-, y achican más: cinco centavitos… Como diciendo, denme lo mínimo, lo que ni siquiera usarán, eso es valioso para nosotros, los mendigos. 

Esa es la actitud de Jesús, la de ponerse a suplicar. Luego de haber hecho la fila como todos y de haberse hecho bautizar por Juan como uno más, encima inclina la cabeza y con actitud de reverencia y de adoración, se pone a suplicar. 

Y allí se desencadena todo: en un instante sucede todo lo nuevo, que el Espíritu desciende sobre Jesús, lo unge y lo inviste con la misión, que será la de anunciar el Evangelio a los pobres y de liberar a su pueblo, y el Padre lo acaricia con su mirada de Amor como la de un Padre por su Hijo predilecto, un Padre que se siente orgulloso de su Hijo y le complace todo lo que hace, cómo comienza a actuar en medio de su pueblo, en medio de la historia que se vuelve, ahora sí, plenamente, historia de salvación para todo el que se adhiera con la fe a este Jesús que todo lo hace nuevo.

El Bautismo del Señor en el humilde río Jordán, limosneado también a Juan, que no se lo quería dar porque le parecía poco, es espejo de su Bautismo en el río del cielo, en el torrente de Agua viva del Espíritu que desciende sobre Él. 

En esta actitud del Señor tenemos que fijar la mirada y el corazón, para que se nos adhiera con todo su afecto. Contemplá la humildad de Jesús que reza y te abre una manera nueva para que puedas aprender a rezar. Suplicale a Dios que te de una limosna de oración. Suplicale una limosna de tarea. La tarea que Él desea que hagas, pero no se la pidas como si fuera “La misión entera” sino solo “diez centavitos de tu misión”. Para que luego de un tiempo -de unos días, unos años o un ratito nomás- le puedas pedir de nuevo “otros diez centavos” y así irás viviendo del pan de la misión de cada día. Pedile una limosna de alegría, de la alegría perpetua, esa que nadie te va a poder quitar ni arruinar, pero recibida en gotas homeopáticas, recibida en una jarra de agua fresca, recibida, la alegría, como el momento de festejo en medio de la partida, porque, como dice el Papa, es parte del protocolo del buen combate espiritual, que te pares un momento a festejar cada punto de victoria, cada vez que el Evangelio dio un paso adelante en tu vida. Rogale que te de una limosna de sacrificio también, por qué no. Cuando le pedís la gracia de ser más fuertes, solés arruinarla pidiendo un espíritu de sacrificio que te queda como un vestido cuatro talles más grandes, en vez de pedir cinco centavos de espíritu de mortificación que te alcance para renunciar solo en este momento a un pequeño bien para compartirlo con otro que necesita más. Suplicale una limosna de fidelidad, la que te alcance para ser fiel aquí y ahora, y te quede un vuelto para volver a pedir otra limosna de la misma fidelidad.

Esta oración de Jesús recién bautizado es “la gracia”. Fue un momento nomás, porque la respuesta tan inmediata y exuberante de las otras dos Personas de la Trinidad fue tal, que dejó atrás el gesto del Señor. Pero Lucas lo notó y lo anotó: “estando en oración”, dice, y en ese gesto cabe todo. 

Lafrance tiene una “fórmula” para hacer esta oración de súplica. Es importante pedir bien. Yo a veces, cuando escucho pedir a algunos pobres, especialmente a las mujeres con un bebé en brazos que gimen y alzan la voz lastimeramente en el subte, con un tono de voz y unos argumentos que violentan mi decisión porque me remueven todos los sentimientos más básicos, siento que desearía “enseñarles a pedir de otra manera”. Pero veo que eso que en la mayoría que ya las sintió causa rechazo, en otros turistas que recién llegan, los lleva a dar. Se ve que los mendigos tienen estudiada la cosa y hacen el promedio y este sistema les resulta. 

Bueno, lo mismo, pero al revés. Si a Jesús le resulta “ponerse en oración de súplica” al Espíritu y al Padre, no hay por qué pensar que no sea eso lo mejor y aquello en lo primero que lo tenemos que imitar. En vez de querer imitarlo en su Pasión, o en su capacidad de conmoverse con los pobres y enfermos, o en su dominio de sí y en su radicalidad para vivir las cosas sin mirar atrás ni dejarse desviar de su misión, todas cosas que nos resultan imposibles no solo de vivir, sino que hasta nos da miedo pedir, podemos comenzar por imitar al Señor en esta actitud suya de súplica y aprender de Él cómo pedir.

 Lafrance, decía, toma del evangelio esta súplica, esta “limosna de oración”:

 Padre, en nombre de Jesús, tu Hijo predilecto, danos tu Espíritu Santo. Una limosna de tu Espíritu, agrego yo, humildemente, como si se pudiera pedirlo así. Creo que el mismo Espíritu nos da señales de que podemos pedirlo de esta manera, como en cuotas, de a moneditas. Digo que nos da señales al dársenos repartido en siete dones y muchos tipos de “frutos”: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gal.5:22,23).

El Espíritu se comunica a cada uno dándole un carisma particular, para el bien común. Dar a cada uno un carisma es como decir que se da “por partecitas”, de a gotitas, haciéndose a la medida de nuestra mano, a lo que cabe en nuestros cortos deseos y en nuestras pequeñas expectativas humanas. 

Les comparto mi traducción de la oración al Paráclito -que vendría a ser “El que siempre pasa por el lugar existencial donde le estamos mendigando algo a la vida”- , hecha con este espíritu de mendigo, de uno que desde los 17 años siempre que ve a un mendigo se acerca y mientras le da una monedita e intercambia algunas palabras de respetuoso cariño, intenta aprender algo de ese que es uno de los predilectos del Padre.

Ven, Creador Espíritu Santo, visita el alma de los tuyos y llena con las gracias de lo alto el pecho de los que Tú creaste. Tú, llamado el Paráclito (el que siempre está al lado, para darnos una mano). Tú, Don del Dios Altísimo, Fuente viva, Fuego, Caridad, Unción espiritual. Tú, que te nos das de siete maneras, Dedo Índice de la Mano del Paterna, a Ti, solemnemente prometido por el Padre…, que conviertes en Palabra nuestros gemidos: enciende de Luz los sentidos, infunde Amor en los corazones y fortalece nuestra debilidad corporal con una Virtud perpetua. Lo que más deseamos es: que repelas lejos al enemigo, de modo tal que, con tu paz y tus dones, siendo Tu nuestro Conductor en adelante, podamos evitar previamente todo lo nocivo. Que por Ti sintamos al Padre y también conozcamos al Hijo y En Ti, que de uno y otro eres el Espíritu, creamos con fe en todo momento.

Pd. El cuadro del Greco capta justo el momento: el Espíritu desciende como un rayo desde el Padre y se vierte en las gotas de Agua que Juan derrama sobre la cabeza de un Jesús que reza con las manos juntas.

Diego Fares sj


            Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. » 

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: 

« Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» 

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

            Al leer que los Reyes le regalaron oro al Niño pensé que ese oro, en un primer momento, lo habrá turbado a San José, ya que seguramente no era alguien que manejara oro con sus manos. Pero luego lo habrá visto como un regalo providencial ya que debe haber sido lo que los salvó durante un buen tiempo al tener que irse intempestivamente al destierro. 

Tengo grabada en la memoria la imagen de un hombre, muy delgado y pálido, que golpeó mi puerta una mañana en mi oficinita del piso alto del Hogar. Entró con la respiración entrecortada luego de haber subido los dos pisos por escalera y sin mucha presentación (no le dio importancia a su nombre ni a quién era) mientras desenvolvía un lingote de oro de 250 gramos que traía envuelto en papel de diario, me lo entregó diciendo: “padre, ya no necesito esto. Lo guardaba para una necesidad, pero estoy en la etapa terminal de mi enfermedad y quiero donarlo al Hogar”. Le di la bendición y me di cuenta de que no era alguien practicante, pero la recibió con aceptación; nos dimos la mano y se fue, respirando con dificultad. Nunca más lo vi. 

Hoy me vino a la mente al contemplar a los magos, gente en cuyas manos el oro es un regalo y que saben encontrar a los pequeños, al Niño en el pesebre o en el hogar de tránsito en el que se habrán hospedado José y María durante su estancia en Belén. 

Digo que hay gente en cuyas manos el oro es un regalo. Es una reserva, en el sentido de un regalo que guardan para sí, para usar en alguna necesidad, pero fundamentalmente es un regalo, porque saben que no se lo llevarán consigo. Mi amigo trajo el lingotito envuelto en papeles de diario. Mientras lo desenvolvía no mostró ninguno de los efectos que produce el oro en las manos y en los ojos de los que lo tocan. Digo esto porque una vez vendí objetos de oro que me habían donado en oficinas del microcentro, llevado por un amigo orfebre que conoce, e inmediatamente me llamó la atención el modo totalmente profesional de tratar la mercancía que tienen los comerciantes, cómo les basta una ojeada para separar lo que sirve de lo que no y luego con pinzas, lupa y algunas gotas de no se que solución reactiva, determinan en pocos minutos lo que vale en dólares el oro que le traen (la compu está encendida en una página de Londres que cotiza el oro todo el tiempo confirmando el proverbio inglés). 

Mi donante enfermo utilizó otros instrumentos de precisión: las palabras necesidad, reserva, don. Tenía muy claro el tiempo -su tiempo- e hizo su discernimiento en el momento justo, mientras podía salir por sus propios medios de su casa para venir al Hogar (creo que no calculó la escalera y fue un esfuerzo extra que tuvo que realizar para hacer su donación). Un lingote de oro no se puede confiar a otro para que lo done. Yo creo que se dio cuenta que si dejaba pasar más tiempo se lo agarraría el primero que entrara a su casa cuando él no estuviera, ya que vivía solo. Un discernimiento sin afectos desordenados, eso fue lo que hizo. Porque los afectos a lo que se agarran es al tiempo y por eso guardamos cosas de reserva. Pero como él ya no tenía tiempo, ni necesidades, el oro se le convirtió -solito, como por arte de magia- en don!

En sus reglas para distribuir limosnas San Ignacio hace imaginar a un hombre “que nunca he visto ni conocido” (EE 339) y pensar qué sería lo más perfecto que yo desearía para este hombre en cuanto a dar limosnas, y luego aplicarme la regla que pienso para él a mí mismo. También hace Ignacio que uno se imagine a sí mismo en la hora de su muerte y piense cómo querría haber repartido sus limosnas y usado sus dones y nos dice que obremos ahora siguiendo estos criterios que nos vienen de nuestro yo futuro (en el único futuro cierto) (EE 340). 

Pues bien, aquel día a mí se me juntaron las dos realidades en este hombre a quien no había visto antes ni conocido y que, encontrándose en la hora de su muerte, vino a donar su posesión más preciada al Hogar. 

En aquel momento me impactó el contraste entre su precariedad -venía vestido pobremente y su desaliño hacía patente que tenía pocas fuerzas para arreglarse- y la magnitud de su donación (fue la donación individual más grande que me hizo alguien en 20 años en el Hogar). 

Hoy, al hacer oración contemplando aquel momento, lo que me impacta es la simplicidad de su discernimiento. Cómo se desprendió del oro sin que se le quedara pegada la piel. Cómo supo tan claramente lo que tenía que hacer. Cómo vino al Hogar, al que nunca había entrado – no parecía una persona de iglesia, como dije- pero delante del cual habría pasado muchas veces. Cómo sin conocerme personalmente preguntó por el que estaba a cargo de esa obra y le confió lo suyo sin dudas ni investigaciones. 

Que la gente -simplemente la gente, más allá de sus ideas y creencias religiosas, filosóficas y políticas- en los momentos importantes de su vida sepa y discierna qué tiene que hacer con lo suyo y lo haga, es algo que me confirma en la fe en el ser humano. Contra toda la tempestad exterior de superficialidad y desconfianzas, de dudas de todos acerca de todo, de acusaciones y desilusiones, la gente, cada uno de nosotros, va destilando en su corazón lo que quiere dar y a quién y cuando encuentra el momento, cada uno rompe su frasco de perfume, como la mujer así llamada pecadora y como Zaqueo que donó la mitad de su bienes, como los reyes, que estudiaban el movimiento de las estrellas y supieron encontrar el camino a Belén para hacer ofrenda de los dones que habían preparado para darle al Niño durante toda su vida. 

Mateo dice varias veces -para contrastar- que Herodes “se informaba”. Era un tipo atento a todo lo que se decía, uno que se hacía asesorar por los informados de su tiempo, uno que hábilmente sabía manejar la información y que intentó manipular también a los magos. Pero la magia de estos sabios de oriente era más poderosa y se le escaparon regresando a su tierra por otro camino. Era una magia con estrellas, con Niños, con regalos, con años de investigación paciente, largos viajes caminando, corazones que se llenan de alegría al ver detenerse la estrella y rodillas que saben doblarse y adorar al ver al Niño con María su madre. 

Corazones que adoran, que investigan poniéndose en camino, con todo su oro listo para regalar. Corazones que se informan, que usan la información como excusa para no dar. 

La verdad se juega en torno al dar. 

Disciernen perfectamente tanto los corazones que se quieren dar como los corazones que no se quiere dar. Los primeros, encuentran en todo oportunidades, momentos justos, personas especiales… Los segundos encuentran siempre excusas, razones para dilatar, personas que no lo merecen. 

Pero lo que quiero resaltar es que no es verdad que el mundo actual sea confuso y que no se pueda saber quién dice la verdad. La Epifanía es la fiesta linda de la Verdad que se manifiesta -clara y límpida- como un Niño, como una estrella y como un lingotito de oro- a todos los hombres y mujeres que saben discernir porque se quieren dar. 

Diego Fares sj

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