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Jesús dijo a sus discípulos: 

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra ¡qué me queda por desear, si ya está encendido? Hay sin embargo un bautismo con el que tengo que ser bautizado y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 49-53). 

Contemplación 

Las palabras del Señor en el Evangelio de hoy, el fuego, el bautismo y la división, encuentran en el corazón de María un lugar especial para ser contempladas y entendidas de manera justa.  

El fuego de Jesús!  

En ningún lugar mejor encendido y custodiado que en el corazón de María. En el corazón de nuestra señora, el fuego del Espíritu que trae Jesús a esta tierra, enciende lo que debe arder y brillar -la luz del evangelio, la fe, la esperanza y la misericordiosa caridad, y quema lo que tiene que purificar -el egoísmo-. 

Me pasó que buscando imágenes de María relacionadas con el fuego me encontré con todas las que representan su corazón: en su corazón inmaculado está encendida la llama con que el Espíritu se posó sobre ella y los apóstoles en Pentecostés. Y me pasó al revés de lo que me sucede con las imágenes del Corazón del Señor, que me cuesta encontrar una que no tenga detalles que me resultan “melosos” estéticamente hablando. Es que los símbolos a veces pierden fuerza cuando pasa de moda la imagen externa y deja de irradiar en ella la gracia interior. Con las imágenes de nuestra señora en cambio, no me pasó lo mismo, sino que encontré una gran variedad en las que se expresa bien su ternura y la paz mansa que irradia del fuego de su corazón. Es una cuestión mía, pero sé que a otros les sucede lo mismo y que hay imágenes del Señor y de sus santos que no dicen nada a nuestro gusto actual. 

El fuego es el fuego del Espíritu. Es un fuego discreto, que discierne y divide sin concesiones y sin maltrato lo que le agrada al Señor de lo que no le agrada. Es un fuego que quema el pecado, sacude la tibieza encendiendo cada carisma y cada misión en lo que tienen de único y personal.  

En María vemos que esa llama de fuego encuentra su vela perfecta, e ilumina con luz mansa, desde el candelero, toda la Iglesia, cada alma y cada casa familiar.  

En María vemos que esa llama encuentra su horno, donde se cuece el pan de nuestro corazón en el tiempo justo para quedar crocante y fuerte en su corteza y tierno en su miga, como debe ser un corazón.  

En María, el fuego que purifica y limpia el corazón, quema sin dañar, sin maltratar, más haciendo gustar el aroma del bien que insistiendo en lo feo del mal. Es fuego que sana más por la atracción que tienen la luz de la verdad y la calidez de la bondad, que por crítica o amenaza contra la maldad del mal. 

Es el fuego manso del magníficat de María, de su alabanza mañanera que se levanta a rezar y se pone en camino para ir a servir.  

Es el fuego de una mirada comprensiva de madre, sin falsas concesiones y siempre alentadora, que hace reaccionar y estimula a ir adelante.  

El fuego que arde en el corazón de María es fuego que enciende otros fuegos, como bien decía San Alberto Hurtado. Y los enciende a mano, uno a uno, artesanalmente, transmitiendo la llama de la fe de corazón a corazón.  

El bautismo de Jesús.

Es la inmersión del Señor en la pasión: en el dolor, en la angustia, el sufrimiento y el pecado. Un sumergirse que lo lleva a beber el cáliz de la cruz hasta el fondo. María se sumerge junto con su Hijo en la pasión: así como es la “llena de gracia” o “Gracia-Plena”, también es la dolorosa. María nos enseña a vivir apasionadamente, de todo corazón, todo lo que se refiere a Jesús. Primero se tira de cabeza y luego reflexiona y medita en su corazón.  

Su fe es bautismal: es sumergirse y abandonarse enteramente en Dios sin calcular. Con la simplicidad de una madre. 

La división que trae Jesús.

Es esa que el anciano Simeón profetizó a María cuando le habló de la espada que le abriría el corazón. Que se lo traspasaría. Es la única división buena, por decirlo así: la que discierne todo en términos de lo que me acerca o me aleja de Jesús. María nos enseña a ejercitarnos en esta única división. El fruto es que dividiéndonos de todo lo que nos separa del amor de Cristo, sumamos y multiplicamos bien. Incluimos a todos en este amor profundo. 

Contemplando el corazón inmaculado y encendido de caridad y ternura de María, meditamos estas cosas y dejamos que el Espíritu las haga dar fruto en nuestro corazón. 

Diego Fares sj 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre se ha complacido en darles a ustedes el Reino. 

Vendan sus bienes y denlos como limosna. Trabajen haciendo bolsas que no envejezcan y cámaras del tesoro que no fallen en el cielo, donde no se aproxima ningún ladrón ni la polilla puede corroer. 

Tengan en cuenta que allí donde uno tiene su cámara del tesoro allí está también su corazón. 

Estén preparados, ceñido el vestido y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. 

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. 

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.» 

Pedro preguntó entonces: 

«Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?» 

El Señor le dijo: 

«¿Cuál es el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Lesaseguro que lo pondrá por sobre todos sus bienes. 

Pero si este servidor piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. 

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. 

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más» (Lc 12, 32-48).

Contemplación

“Donde uno tiene su tesoro, allí está su corazón”. Lo valioso es el Reino que el Padre ha dado a su rebaño pequeño. Y el asunto es cómo cuidamos este reino. Las bolsas y el tesoro son el “receptáculo de las cosas valiosas” (eso significa literalmente “thesaurus”). Es la caja fuerte, el lugar seguro de la casa. En la época de los bienes virtuales el Señor recomendaría guardar las cosas en la nube en un servidor seguro; y de tener backups… 

si son bolsas, que no envejezcan, que no se agujeren; si es la cámara del tesoro o la caja fuerte, que no pueda ser vulnerada por los ladrones ni entre la polilla. Si es lugar de almacenamiento virtual que tenga claves anti-hackers y que sea anti-virus.

El lugar donde se guardan las cosas valiosas siempre es importante. Y el Señor une dos imágenes de “receptáculos”: el cielo y el corazón. El Reino es Reino de los cielos y se guarda en el corazón. En el Cielo, lo protege Dios. Nuestro corazón lo tenemos que cuidar conjuntamente. No dejar entrar ladrones… El Papa Francisco siempre nos advierte acerca de que no nos dejemos robar los bienes del Reino. En Evangelii gaudiumexclama:

¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! 80.
¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora! 83.
¡No nos dejemos robar la comunidad! 92.
¡No nos dejemos robar el Evangelio! 97.
¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno! 101.
¡No nos dejemos robar la fuerza misionera! 109.

Es importante clarificar bien las cosas: el Reino es regalo, es Don. El Padre ya nos lo ha dado a nosotros, su pequeño rebaño. Lo llevamos en vasijas de barro y hay quien nos lo quiere robar. Proteger estas cosas valiosas -la alegría, la esperanza, la comunidad, el amor fraterno, el celo apostólico, la fuerza misionera- es la tarea.

Dichas estas cosas sobre el receptáculo, sobre el corazón especialmente, el Señor pasa a una imagen dinámica del Reino. El Reino -la Persona de Jesús y los valores espirituales que trae- “vienen”. No son solo cosas que se nos han regalado y que hay que meter en un depósito sino dones vivos, valores que se dinamizan y actualizan con las visitad del Señor. 

La Iglesia ha cultivado la imagen del “depósito”: se habla del depósito de la fe, por ejemplo, y hay que cuidar que la verdad revelada se conserve íntegra, sin defecto, sin herejías… También la unidad de la Iglesia se cuida como un ámbito en el que se practican las mismas costumbres y se observan los mismos mandamientos. Este cuidado “estructural”, de los espacios, diríamos, es importante y hace a la integridad del tesoro. Pero también es importante el dinamismo del tesoro. Como vemos en la parábola de los talentos, no se trata de enterrarlo y devolverlo intacto sino de hacerlo crecer y producir. Y aquí entra el aspecto más personal de los valores del Reino. No se trata, por ejemplo, de una alegría que se conserva en la intimidad de la propia alma solamente, sino de una alegría efusiva, que se contagia anunciando el evangelio y saliendo a misionar. Y la primer imagen es la del Señor que viene a nuestra casa, del Señor que nos evangeliza y nos misiona para que luego salgamos nosotros con Él a llevar esa alegría a los demás.

El Reino, los valores del Reino, se cuidan estando atentos y preparados a esas venidas del Señor, a sus visitas que se dan “a cualquier hora”, en el momento menos pensado. Esta característica, que Jesús resucitado dejó impresa en el corazón de los discípulos, que aprendieron que no podían convertir a Jesús en objeto de posesión sino que tenían que estar atentos a ver cómo y de qué forma “venía” y se les “aparecía”, implica toda una conversión espiritual. No solo se trata de estar “construyendo” depósitos seguros para guardar el Reino, sino de tener puertas abiertas para que el Señor entre y también para que pueda salir, junto con nosotros, a entrar en la vida social del mundo actual, para ir a evangelizar a todos los pueblos con sus culturas.

El Reino no es solo algo valioso para guardar sino también algo que se actualiza y se renueva, un regalo que viene a nosotros, más que como “cosas” viene con lo que genera la visita y la presencia del Señor resucitado. 

Y aquí, el modo de preparar y de recibir este Reino que viene con la visita personal del Señor, es estar cuidando personas más que gestionando espacios.

El Señor responde a Pedro con el ejemplo del que reparte la ración de comida a cada uno a su tiempo y con la imagen contraria del que maltrata a los más pequeños de la casa. La imagen del “lugar seguro” y de la “bolsa que no se rompe” pasan a las imágenes del que trata bien a las personas. Es en el trato donde se juega lo más profundo del Reino. Ese es el tesoro, el lugar donde se conserva el Espíritu y donde se lleva íntegro: el buen trato.

Escuchemos de nuevo: “Si el servidor a quien se le han confiado los bienes del reino piensa en su corazón: “Se demorará la llegada de mi señor”, y se dedica a maltratar a los más chicos y a las servidoras más pequeñas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles”.

Feliz en cambio “el encargado de las cosas de la casa (oikonomos)digno de confianza y prudente, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo”, de tratar bien a todos.

Imperceptiblemente, con las situaciones que narra y describe, el Señor nos hace caer en la cuenta de que “el lugar a prueba de ladrones y polillas” donde se guardan los bienes del Reino y “las bolsas que no envejecen” donde se transportan, “y lo que hay que tener preparado para cuando Él viene” no son “cosas físicas”, no son “estructuras” ni dogmáticas ni jurídicas, sino que es “el servicio a su tiempo y con buen trato”. Nos quiere encontrar sirviendo al personal su ración a su tiempo y tratando con caridad a todos. El servicio y el buen trato es “el lugar espiritual” donde nadie nos puede robar los bienes del Reino. 

Qué lejos quedan los que piensan que el Reino se defiende solo cuidando “estructuras” formales. Al poner allí el tesoro, se les vuelve “estructura” el corazón. 

En cambio, al sentir que el mandato del Señor es a cuidar como tesoro el “ambiente espiritual” que se crea con el buen trato y el servicio, el corazón se va volviendo lugar más apto para recibir más bienes, para recibir al único Bien, que es el mismo Señor.

Decálogo del bueno trato

RESPETEMOS
Te respeto porque eres persona y mi compañero en el trabajo.

RECONOZCÁMONOS
Valoremos y visibilicemos el aporte de los demás.

EMPATICEMOS
Me pongo en tus zapatos.

SEAMOS AMABLES
Sonríe, saluda, se amable… es gratis.

ESCUCHEMOS
Escuchemos activamente a los demás y pongámonos en su lugar.

COLABOREMOS
Aporta y participa del trabajo en equipo.

SOLIDARICÉMONOS
Apoyémonos en la dificultad.

HUMANICÉMONOS
Somos personas que trabajan con personas.

TOLEREMOS
Acepto al otro como un legítimo otro en la convivencia.

COMPROMETÁMONOS 
Somos responsables de lo que hacemos, respetando al otro.

Diego Fares sj

            Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.» 

Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?» 

Después les dijo: «Miren, ¡cuidado con la avidez en cualquiera de sus formas!, porque aun cuando uno ande sobrado de cosas, su vida no depende de los bienes que posee.» 

Les dijo entonces una parábola: «Los campos de un hombre rico rindieron una cosecha abundante. Y él debatía consigo mismo: “¿Cómo voy a hacer si no tengo dónde guardar mi cosecha?”. Dijo entonces: “Voy a hacer esto: derribaré mis graneros, edificaré otros más grandes y recogeré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te demandan tu alma. Lo que preparaste ¿para quién será? 

Así sucede con el que atesora riquezas para sí, y no atesora lo que lo hace rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 13-21).

Contemplación

            Me impresiona ver cómo rechaza Jesús este pedido espontáneo que le surgió a uno de la multitud al oírlo hablar. Veamos un poco el contexto. Jesús acababa de decir: “El Espíritu Santo les enseñará en ese momento (de la persecución) lo que es necesario decir” (Lc 12, 12). Justo ahí le brota a este hacerle este pedido, no propiamente inspirado por el Espíritu. No es que haya pedido algo malo, sino que fue un pedido indiscreto. Si el Señor hubiera accedido, no sé si hubieran quedado contentos con su modo de repartir…

Pero Jesús no deja la cosa así nomás, sino que aprovecha para elevar la conversación. Primero aclara que él no es juez ni árbitro en cuestiones de herencia. Luego va a la raíz de las disputas económicas y políticas la avidez (que como dice un obispo amigo es el mal actual de la Argentina). Y por último, cuenta Jesús la parábola del que atesoró cosas para sí en vez de atesorar lo que nos hace ricos a los ojos de Dios.

Contemplamos primero la Persona de Jesús. Cómo se sitúa frente a nuestros conflictos humanos.

No es uno que “no se meta” en los conflictos. Se mete. Pero no como juez y repartidor de bienes, sino como uno que va a la raíz de las luchas y discierne que  el problema está en la avidez, y como uno que habla en parábolas, no dando definiciones sino abriendo un espacio narrativo para que uno piense por sí mismo las cosas. 

El Señor es Juez. Pero juzga nuestras obras de misericordia, en las que se muestra la intención última y libre de un corazón. Otras cosas no las juzga, más bien las perdona. 

El Señor es repartidor, pero de talentos para servir a los demás, no de puestos y menos de dinero. 

El punto por tanto es mirar bien Quién es Él, para alzarnos a la altura de lo que puede hacer por nosotros, de la Vida que nos puede comunicar y de los dones que nos puede dar para el bien común, y no para bajarlo a opinar y juzgar de las cosas que hacemos por interés propio. 

Cómo miramos a Jesús dice mucho de nosotros mismos. La tarea contemplativa es tratar de considerarlo a partir de lo que Él mismo nos revela de sí en el Evangelio. Y allí vemos cómo el Señor va mostrando quién es Él en la acción, en sus respuestas espontáneas a las cosas que le dice la gente. Cuando se trata de los enemigos, que le hacen preguntas capciosas, el Señor se muestra prudente. Pero con los que le hablan sinceramente, aunque sean indiscretos, Jesús responde también con mucha franqueza y saca una enseñanza para todos. De ahí el “hombre! quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes”. El otro le habló francamente y el Señor le respondió de igual modo. Con una frase lo ubicó, pero no es que consideró banal su problema. Por el contrario, por eso aprovecha y profundiza en la avidez y le regala al auditorio una parábola.

Por lo que juzga Jesús acerca de la avidez y por lo que dice sobre los bienes que uno “posee”, podemos profundizar un poco más y decir que Jesús lo siguiente: Jesús es uno que se ocupa de las actitudes subjetivas de las personas. Si habla de los bienes objetivos -la herencia, la cosecha- es para ayudarnos a reflexionar acerca de lo que esas cosas despiertan en nuestra alma. 

Esto es así porque el uso de los bienes va moldeando nuestro corazón. Cuando compartimos nuestros bienes con generosidad los otros nos abren su corazón y el nuestro experimenta el tipo de bien que es una persona, un bien que está infinitamente por encima de los bienes que son cosas. 

Gustar el “bien en sí  y por sí mismo” que es una persona dilata nuestro corazón, lo hace crecer, lo enriquece. Y Dios mira con asentimiento de Padre este amor entre hermanos que nos hace crecer como personas. 

Por el contrario, cuando obramos solo siguiendo nuestro propio interés, le damos a gustar a nuestro corazón bienes que son “menos” que él. Esto lo va angostando, endureciendo, insensibilizando. No se trata aquí de cosas malas contra cosas buenas, sino simplemente de la diferencia que hay entre una cosa y un corazón. 

Nuestros ojos atesoran imágenes, nuestra mente ideas…,  pero nuestro corazón puede atesorar todo, en el sentido de apegarse afectivamente. Esa es su grandeza y también su maldición. Porque el corazón se va haciendo semejante a lo que ama, y si se adhiere a cosas que son “menos” que otro corazón, se va reduciendo. No es que las cosas sean malas, sino que nuestro corazón está para más. 

Uno lo ve en la gente que ama con envidiable ternura a una mascota. Toda creatura es digna de amor. El asunto es si lo que aprende de sí el corazón amando a una creatura lo hace abrirse a amar a las demás, a cada una según su dignidad, o si, por el contrario, lo encierra en un amor tan exclusivo que termina siendo amor a sí mismo más que al otro. 

San Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión interesante: “Ponderar – dice- con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consecuentemente (cómo ) el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina” (EE 234). 

Este “en cuanto puede”, siendo Dios todopoderoso, nos debe llevar a reflexionar. El poder no se ejerce de la misma manera cuando se trata de personas que cuando se trata de cosas. Uno puede dar muchas cosas a otros y hacer muchas cosas por él, pero “darse” sólo se puede según una medida que es compartida. 

De aquí viene la unión que el Señor hace de los dos mandamientos: amando al prójimo nuestro corazón crece en este nivel interpersonal, que es con el que puede interactuar un Dios que es Amor. Si nuestro corazón ama poco a las personas y mucho a las cosas (a sí mismo en ellas) es pobre en esta dimensión de un amor que va creciendo entre dos, en comunidad, y entonces el Señor le “puede” dar poco. En este sentido dice Jesús que “al que tiene, se le dará”. 

Ser rico a los ojos de Dios es ser rico en este amor, que late en el centro de la vida compartida, lejos de los extremos de la avaricia de bienes y de la indiferencia ante las personas, especialmente las más necesitadas, que son dos de los grandes males actuales.

Diego Fares sj

            Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a rezar, como Juan enseñó a sus discípulos.» 

La letra

Les dijo «Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación, (sino líbranos del maligno).» 

Los dos modos de insistir

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

Cuando vemos a alguien que reza bien se nos despierta el deseo de rezar así. Imaginemos lo que irradiaría Jesús rezando al Padre! Los discípulos le pidieron al Maestro que les enseñara a rezar. Y nos quedó de regalo el Padre nuestro. 

Una oración hermosa y única. Pero me temo que muchas veces nos quedemos con la letra y dejemos de lado el espíritu, es decir el modo de rezar y de insistir. Este modo hace al cariño y al afecto con que hay que pronunciar sus palabras entrañables y tan queridas. 

 Primero el Señor nos dice “lo que tenemos que decir” cuando rezamos. Pero inmediatamente dice algo más: añade la parábola de los amigos y la del padre que da cosas buenas a sus hijos.

Digo de “los amigos” en plural porque el Señor menciona cuatro veces -no dos ni tres!- la palabra “amigo”. 

Se trata de pedir al Padre que venga su reino, que nos de el pan, que nos perdone y en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno… Pero estas peticiones se deben hacer con la confianza y la insistencia con la que un amigo que tiene que atender bien a un amigo que le cayó de sorpresa, se anima a pedirle ayuda a otro amigo, aunque sabe que lo tendrá que molestar un poco porque es tarde. 

 Esta familiaridad y confianza que da la amistad el Señor la usa para decir que si falla, queda aún un recurso más. Después de contar la parábola la desarma, digamos así, y añade otra. Si la primera fracasa, si la amistad no alcanza para que un amigo salga de su zona de confort, como se dice ahora, hay que seguir insistiendo. Y hay que hacerlo -y aquí está el corazón de la enseñanza del Padre nuestro-, como hacen los chicos pequeñitos, que insisten e insisten. Esta petición hecha con insistencia de niños dice Jesús, es la que toca de manera infalible la fibra más tierna del corazón del Padre, que no se puede resistir a dar “cosas buenas” y menos aún “el Espíritu” a los que se lo piden insistentemente.

 Dos modos de insistencia, por tanto: la de los amigos y, si esta no alcanzara, la de los hijos pequeñitos con su papá. Ahí tenemos completo el caminito – diría Teresita – para aprender a rezar. La letra no cambia. Son las palabras trascendentales, que incluyen todo género de oración en sí: La alabanza y adoración en el “santificado sea tu Nombre”; el deseo apostólico de que venga a nuestro mundo su reino; el discernimiento de su voluntad -de lo que le agrada más- para que se concreten sus sueños en la tierra y en la historia así como se concretan en el cielo; la petición del pan nuestro, para todos, cada día; la súplica humilde del perdón que sabe perdonar también a los demás; y el pedido de que en la tentación no nos abandone, sino que nos libre del maligno. En estos “Odres nuevos” pueden transformarse en Vino todos nuestros deseos y peticiones al Padre, palabra última esta para llamar a Dios; palabra bendita y familiar que nos hace a todos hermanos en Jesús.

 Ahora bien, aprender el tono y el modo -el espíritu- de estas palabras santas, es todo un camino y lleva la vida entera. La clave, afirma con claridad Jesús, está en insistir. Insistir como los chicos, que cuando se trata de algo bueno, saben obtenerlo del corazón de la madre y del papá.

El Señor ha puesto atención en cómo los chicos son capaces de “cambiar” el corazón de sus padres y por eso “juegan” a insistir. No es solo por conseguir caprichos, cosa que puede ocurrir en la superficie de la relación, sino por la alegría que les da poder “ganarles a sus padres”, ganarles el corazón. La sonrisa de los niños cuando logran lo que quieren hace que eche raíces en sus corazoncitos la experiencia fundamental de la bondad y de la predilección. La insistencia que enternece el corazón del padre y de la madre y los hace cambiar, conceder lo que antes no concedían o lo que va más allá de lo debido, de lo necesario y conveniente, es una prueba de amor personal. 

En ese juego de pequeños dones y permisos extras, se va forjando la conciencia de un amor incondicional en el que uno puede pedir lo que quiera, y como sabe que se lo darán, en cierto momento uno comienza a regularse por sí mismo. Invierte la orientación del insistir en pedir y le toma el gusto a la insistencia en dar, también de más, también las cosas buenas que se dan gratuitamente, por amor. 

La experiencia de haber recibido algo que parecía imposible después de insistir es una experiencia de apertura. Paradójicamente, lo que podría parecer que es fruto de la propia voluntad que no se detiene ante nada, esa admiración que causa que otro “deponga” su voluntad y ceda ante la nuestra, abre la puerta a un nuevo tipo de relación, basado en el reconocimiento y en la lealtad, en el saberse considerado como persona y poder responder también de modo personal.

Por aquí va el Señor al enseñarnos a rezar. Una letra preciosa y profunda, para dirigirnos al Padre y un doble modo de insistir: como amigos y como hijos pequeñitos. La oración hecha así, no puede fallar. Y cuanto más uno insista y si algún pedido concreto se hace esperar, en ese espacio abierto del pedir y pedir, se posa el Espíritu Santo, que el Padre siempre envía -sin medida- a los que se lo piden.

Diego Fares sj

Jesús entró en un pueblo, 

y una mujer que se llamaba Marta lo recibió como huésped en su casa. 

Tenía una hermana llamada María, 

que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. 

Marta, que andaba de aquí para allá muy ansiosa y preocupada con todos los servicios que había que hacer, dijo a Jesús: 

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga a cooperar conmigo

Pero el Señor le respondió: 

«Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas, 

y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. 

María eligió la mejor parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

Contemplación

Marta y María. Así nos ha llegado titulado este episodio en la vida de Jesús. No es Marta o María, sino Marta y María. La contemplación tiene que ser de lo que se da entre las dos. Eran hermanas, no rivales. O con esa rivalidad tan especial que solo se da entre hermanos y hermanas. En la fraternidad vivimos la experiencia de ser diferentes siendo iguales, en el sentido de tener unos mismos padres y compartir características esenciales comunes, de genética, vida familiar y educación, y poder ser cada uno distinto. Pero la fraternidad siempre es “y”, nunca “o”. Todo en la familia suma.

Jesús entró en un pueblo. En otro lado el evangelio nos hará saber que era Betania. El pueblito cercano a Jerusalén donde el Señor solía ir a visitar a sus amigos.

Una mujer llamada Marta lo recibió como invitado. Marta es la mujer que hospedó a Jesús en su casa. Lucas usa la misma palabra para describir la invitación de Zaqueo, y agrega que el petiso lo recibió con alegría en su casa. Se ve que Jesús tenía algo que hacía que lo invitaran. No era un personaje lejano, de esos que uno dice para qué lo voy a invitar si no va a venir. Jesús iba donde lo invitaban. Más, estaba siempre en camino, yendo de pueblo en pueblo, y entraba en la casa que le ofrecía hospedaje a él y a los suyos. Aquí lo vemos a él solo. Se ve que la amistad que se creó con estas dos hermanas -luego el evangelio agregará que eran tres, las dos mujeres y Lázaro, su hermano- fue algo especial.

Marta tenía una hermana que se llamaba María. En este evangelio, la protagonista es Marta. Ella es la que invita a Jesús y ella es la que tenía una hermana. Lucas centra la atención en Marta y va contando las cosas desde su perspectiva. Ella lleva el hilo de la acción, o al menos así parece. Porque María, sin decir nada, se vuelve también protagonista. Pero una protagonista aparentemente pasiva. Es “la hermana de”. Sin embargo tiene también un nombre de esos que el evangelio recuerda y que quedaron para siempre, mientras otros personajes permanecen anónimos o se nos describe lo que hicieron pero no se nos dice su nombre.

Habiéndose sentado a los pies de Jesús escuchaba su palabra. Marta había sido la primera en intuir la importancia de Jesús. Por algo lo había invitado. Pero María es la que con su gesto de sentarse y escuchar su palabra da a esa importancia su verdadero lugar. Con su gesto pone a Jesús en el centro de la escena. Cosa que Marta hace y deshace. Marta lo invita y, como suelen hacer algunas personas, lo deja en living y se pone a hacer cosas mientras le habla de lejos, yendo y viniendo. Es natural, porque hay que servir algo al invitado y alguien tiene que hacerlo. Y está bueno que haya una hermana que haga el otro papel, el del anfitriona que atiende al huésped y lo escucha. Para agasajar bien a un invitado hacen falta las dos actitudes, la de preparar algo y la de escuchar al otro, y ambas hermanas lo van haciendo bien. Por otra parte, no creo que el Señor hablara en voz baja, sólo con María. Sí es verdad que ella que estaba a sus pies podía escucharlo viéndole la cara y con todos sus sentidos, cosa que Marta, yendo y viniendo, no. Pero luego podrían compartir la experiencia como suele pasar en todo encuentro importante en el que los que participan comparten después lo que vivió cada uno. Esto es esencial con Jesús. Su persona, su presencia, sus palabras y gestos están tan llenos de vida, que se requiere una experiencia conjunta, la interacción de muchos testigos, para poder contarla luego. En la resurrección esta será la característica principal del modo de “aparecerse” que ejercita el Señor. No es Alguien del que se pueda apropiar alguno con exclusividad (no me retengas, le dice el Señor a María Magdalena). Por eso los testigos correrán siempre a anunciar lo que vivieron a los otros y se encontrarán con que también los otros tuvieron su experiencia del Señor. Así nace la Iglesia, la ecclesia, la asamblea o reunión de los que han experimentado la acción del Señor en sus vidas y creen en Él y lo comparten. Más aún, esto es la Iglesia. Esta reunión en su Nombre de los que comparten la fe, lo que vivieron con Jesús y lo que él les encargó. 

De ahí la importancia del gesto de María de sentarse a escuchar que centra la escena en Jesús. Pero lo hace gracias a que Marta lo invitó a la casa y está preparando todo. Ninguna rivalidad, por tanto. Sino colaboración. 

Dile que colabore conmigo. Colaboración. Justo es esta la palabra que le viene a la mente a Marta, que estaba distraída en muchos servicios, dice Lucas. Se para y le dice al Señor: no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que colabore conmigo. La frase es de lo más impulsiva y contiene de todo. Colaboración es una linda palabra. Pero “no te importa” es irrespetuosa. Implicar directamente a Jesús en el asunto significa reconocer que es Él con su Palabra el que está en el centro. El modo de hacerlo denota a la vez familiaridad y falta de consideración con el huésped. En síntesis, la acción de Marta es impulsiva y arrolladora. Se lleva las cosas por delante. Pero tiene mucho de bueno que debemos aprovechar. Porque si la invitación a Jesús la hubiera hecho una María que vivía sola, la cosa hubiera resultado más bien una conferencia que una invitación familiar y en cierto momento seguramente el Señor habría dicho: “no me darías un vasito de agua, María, por favor”. 

 Marta Marta! La doble apelación del Señor significa un llamado de atención a la persona. No tanto a lo que dice, si tiene razón o no, porque la tenía, sino al modo. Jesús le acepta este llamado de atención y la nombra dos veces, para hacerle sentir que la tiene en cuenta tanto como a su hermana.

 Te pones ansiosa y te alborotas por muchas cosas y una sola es necesaria. El Señor le discierne la ansiedad y el alboroto. Dos actitudes que no le permiten centrarse en lo importante y gozar de todo lo bueno que está sucediendo en su propia casa, con Jesús en ella, con su hermana a los pies y ella preparando la comida. El Señor hará de esta cuestión, la de la ansiedad y la preocupación, un componente esencial de su enseñanza: en su reino, a cada día le basta su preocupación. La confianza en la Providencia de nuestro Padre es la actitud creatural básica, que lleva a alabar y a bendecir y a poner todo en sus manos. Esta actitud se conjuga con la de estar cada uno centrado en su misión y en su tarea, sintiendo a los otros como colaboradores que hacen lo suyo.

 María eligió la mejor parte y no le será quitada. Notemos que el Señor no dice que María eligió la única cosa necesaria, sino “la mejor parte”. La parte que a ella le permite estar conectada -en paz, sin ansiedad ni alboroto- con la única cosa necesaria. Este es el discernimiento sencillo que hace el Señor y toda la escena sirve para “contemplar esto en la acción”.

Qué queremos decir? Que no se trata de resumir la enseñanza del Señor en una frase abstracta. Hay que entrar en la escena por Marta. Invitados por ella a su casa, en la que vive la silenciosa María que elige su mejor parte, participar de todas sus emociones al recibir a Jesús. Y sintiendo sus deseos de agasajar al Señor y el gozo de tenerlo en su casa, hacer nuestros sus sentimientos, todo lo que se agita en ella, hasta que nos brote del alma ese no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo… Y Jesús, en vez de “decirle a la contemplativa que nos ayude” le dice a la activa que se serene y se focalice en lo esencial. Que elija su mejor parte y desde allí, viva lo único necesario y esencial, que es escuchar la palabra de Jesús. Escucharla sentada a sus pies o desde la cocina, en medio de la preparación de la comida.

 Luego de “leer” el evangelio palabra por palabra o frase por frase, elegimos una y nos sentamos como María a los pies de Jesús o la escuchamos desde la cocina como Marta.

La frase que nos gusta es esa en la que el Señor dice: “María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

Es todo un mundo el que se nos abre con esta frase del Señor. Le agradecemos a Marta quien, como tantos otros alborotados y ansiosos del Evangelio (pienso en Magdalena, en Pedro, en Tomás, en tantos indiscretos que le preguntaban lo primero que se les venía a la cabeza a Jesús, que lo importunaban con pedidos fuera de lugar, que se le tiraban encima por el camino o le gritaban de lejos como Bartimeo, que lo iban a buscar para que fuera a su casa como Jairo o iban a verlo de noche como Nicodemo, los que se subían a higueras para verlo pasar y luego prometían que iban a devolver todo lo que habían robado, como Zaqueo..) logra que Jesús exprese su mejor frase y la ligue a una escena que la guarda en su interior para siempre y que podemos volver a revivir. Gracias al alboroto de Marta, la frase del Señor queda en medio de una escena, cotidiana pero inolvidable, y no se va al museo de las frases célebres que todos citan pero nadie come como alimento de vida.

A Jesús le interesa que María eligió. Se supone que eligió “su parte”. Porque elegir es elegir una parte, una opción. No se puede “elegir todo”. Tampoco se puede posponer la elección con el pretexto de que después veremos mejor cuál es la “mejor parte”. Elegir es siempre ahora, aquí. Y lo importante es que la parte sea la nuestra. Es decir algo concorde con lo que nosotros somos y también algo que podamos llevar y usar. Elegir es como elegir zapatos, tiene que ser el que nos calce cómodo, que no siempre es el que más nos gusta a los ojos. 

Todo esto es obvio. O debería serlo. Pero lo interesante es que a Jesús le interese que María haya elegido. El Señor estaba atento a las personas y se ve que en algo pescó que lo de María no fue impulso devoto de una de sus fans sino una elección. Que tuvo que optar entre ir a ayudar a su hermana, que por lo que se ve se las arreglaba muy bien sola, o sentarse a los pies de Jesús. Jesús se da cuenta de que ella se dio cuenta de que él tenía ganas de hablar. Y quizás haya sonreído al ver que el Señor no le decía nada secreto ni importante sino que en pícara complicidad (me imagino yo ahora) se ponía ha hablar de cualquier cosa, esperando los dos que Marta saltara, para ahí sí, decirles a las dos lo que Él quería decir en este evangelio, que elegir la mejor parte no nos será quitado. La frase tiene las dos caras, la positiva, de afirmar que elegir la mejor parte no nos será quitado, y la negativa, de que estar ansioso y alborotado por muchas cosas es perderse la única necesaria. 

La mejor parte es Jesús, la palabra de Jesús que tenemos que escuchar. Y eso es algo que hay que elegir. No es una palabra que nos entre al oído como las otras, que se imponen, que se repiten publicitariamente, que nos llegan por muchos medios. La palabra de Jesús es una Palabra a la que uno se tiene que disponer para escucharla. Y esa disposición es fruto de una elección de vida. Elijo poner la Palabra de Jesús en el centro de mi vida, en el centro de mi casa, de mi cuarto -el “tameion”, el cuartito de las escobas y de las provistas, la despensa donde nadie entra y puedo estar a solas-. Elijo poner la palabra de Jesús en el primer lugar, antes que la de los noticieros y antes que las propias mías. Primero el evangelio. Elijo a Jesús. Elijo su Palabra!

Dando vuelta la cosa. Quién soy yo para elegir su Palabra y que a Él le importe! Quién soy yo para que él se digne venir a mi casa a visitarme y me quiera hablar. Quienes somos nosotros que nuestro Dios quiso venir a hablarnos y se tomó todo el trabajo que se requiere para que una palabra pueda llegar verdaderamente a un corazón. Es decir todo el trabajo de encarnarse y de inculturarse y de participar de nuestra vida de manera tal que, cuando diga algo, sea para nosotros algo que podemos entender. Las palabras si no se encarnan se quedan en el reino de los libros, en la abstracción… Las palabras si no se inculturan se quedan en el reino de los universales sin el sabor y el matiz único que cada cultura les da. Las palabras si no han sido amasadas en el trajín de nuestra vida cotidiana y no tienen la pizquita justa de sal que les de nuestra historia personal, se quedan en el museo donde lo que se vivió a pie en el camino del tiempo queda colgado de una pared junto a cosas de otra época que no le dan contexto.

Pero entremos más hondo… Por qué le interesa a Jesús lo que elijamos? No se preocupa de lo que “sentimos”. Todos los sentimientos los toma como vienen y no les tiene miedo, como tampoco lo que uno diga o piense. Pero el Señor remite todo a la elección. No “elijas” ser incrédulo, le dice a Tomás (otro inquieto), sino fiel.

¿Se elige la fe? Sí, se elige. Porque no es un sentimiento o una idea sino que la fe es ser fiel. Uno no elige su primer sentimiento. Este brota espontáneo de la sensibilidad de cada uno, que tiene su genética y su historia de experiencias vividas (el que se quemó con leche…). Uno no elige el primer curso que siguen sus ideas. Los razonamientos dependen mucho del paradigma en el que uno vive inmerso y de discursos ya armados por los que las ideas transitan a gusto hacia un final ya preparado (esto son las ideologías, que te brindan conclusiones preconfeccionadas para que no tengas que gastar tiempo en pensar por vos mismo cuando te cuestionan). Sí puede elegir uno qué sentimientos cultivar, a veces a contramano de la sensibilidad de la propia piel. También puede uno elegir con quien ayudarse a razonar para pensar críticamente. Se puede elegir qué verdad te abre a más verdad o qué verdad te confirma en la que ya tenés. Es decir, estas cosas se pueden elegir “en un segundo tiempo”. Pero “ser fiel” se puede elegir de primera. Es la libertad básica: ser fiel al que me es fiel. Nobleza obliga.

No es que uno sea “incrédulo” por fatalidad. No es que unos tengan fe y otro no, vaya a saber por qué destino o decisión de Dios. Esto es un lugar común que usan muchos que se dicen “agnósticos” y que viene bien revisar, al menos de vez en cuando. Jesús es el que vino a plantear este tema. Y nos lo echa en cara a todos con su vida y su testimonio. El es Fiel. Aunque nosotros no lo seamos, dice Pablo, Él es fiel. Y abogado fiel. Es decir uno que nos defiende aunque seamos clientes dubitativos y desconfiados. Ser fiel al hombre es una decisión suya; una opción que lleva hasta las últimas consecuencias y que el Padre ve con buenos ojos. Jesús es el hombre fiel que valora a los que eligen serle fieles. María es la que pone en acto la primera actitud hacia una Persona que se nos muestra incondicionalmente fiel: escucharla.

Esta todo aquí. Es el único mandato del Padre: escuchen a Jesús. A una persona que se juega la vida por mí, no puedo no escucharla con excusas. Si no la escucho es mi elección. Por eso lo de “no quieras -no elijas- ser incrédulo. Por eso lo de que esta mejor parte -escuchar su palabra- no nos será quitada. 

 Y para no alargarme más, que lo que quería decir ya lo dije, una referencia a San Ignacio. Para elegir hay que disponerse. Porque estamos llenos de “pre-elecciones” que nos han dejado afecto a cosas que nos alborotan, si pretendemos dejarlas de lado para escuchar a Jesús, y que nos preocupan y angustian, si planeamos apartarlas un poco para que nos permitan estar en paz ante lo único necesario. Por eso los ejercicios espirituales son un tesoro: porque nos ayudan a encontrar nuestro lugarcito para estar a los pies de Jesús y la paz interior (en medio de la lucha espiritual) para escuchar su Palabra que tanto bien nos hace.

Diego Fares sj

  Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». El le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.» «Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida.» Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.» ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

   Comenzamos notando una frase particular de Jesús: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». La primera parte es objetiva “qué está escrito”; la segunda es postmoderna: cómo lo lees tú. Cómo lo interpretas. Lucas usa “anaginoskein” que significa “leer” de manera personal, reconociendo, interpretando, entendiendo porque uno discierne el fondo de lo que está escrito, el espíritu de la letra. 

A esto vamos, al discernimiento de espíritus. No basta con lo que está escrito, con el mandamiento, con la ley o la definición dogmática. Hay que ver con qué espíritu se leen y se proponen las cosas. Con la fórmula perfecta del amor a Dios y al prójimo se puede terminar pasando de largo frente a los dos, como les pasó a los personajes que no se compadecieron del herido y en vez de hacerse prójimos se hicieron lejanos.

Digamos que Jesús no le tiene miedo al discernimiento. No le tiene miedo a la lectura personal de la Biblia. En esto es muy “protestante”, podríamos decir. No dice: ojo! cuando lees anda y asegúrate que no se te ocurra una herejía! Sino que dice todo lo contrario: qué lees? Cómo lees tú? Cómo entiendes lo que dice ahí?

Es la pregunta que le hace Felipe al gobernador etíope de la reina Candaces que venía leyendo Isaías: “Entiendes lo que lees?”. Y el otro “entendió” que se podía bautizar ahí nomás! No fue cuestión de definiciones. Fue cuestión de vida. Recibió el Espíritu Santo en ese mismo momento y Felipe lo dejó seguir su camino, que fuera aprendiendo de a poco todo lo que el Espíritu tenía para enseñarle sobre el cristianismo al que ya pertenecía.

La misión que el Señor da a los que envía a trabajar en la mies -que es mucha- es la de anunciar el evangelio que despierta la fe y atrae al Espíritu Santo. Una vez que la persona recibe el Espíritu, es cristiana. Luego vendrá el camino de catequizar esa fe, de enseñarle a rezar y a cumplir todos los mandamientos. Pero esto segundo no es lo primero. Primero se derrama el Espíritu sin medida; luego se va enseñando la letra -de lo que hay que creer y de lo que hay que practicar- con medida, discretamente. 

De ahí la importancia de comprender quién es mi prójimo a la manera de Jesús, no con definiciones preconcebidas. Para poder aproximarnos bien a todos, de manera tal que sintamos que podemos comunicar el Espíritu del Padre y de Jesús, o, dado que el Espíritu ya habita en los corazones y en las culturas de cada pueblo, hacer que cada uno comience a interactuar personalmente con Él, mediante la fe que despierta el Evangelio, y se deje enseñar y conducir por Él.

Cuando el doctor de la ley le preguntó a Jesús “quién es mi prójimo”, Lucas dice que repreguntó para justificarse. Notemos que Jesús, que primero le había respondido con la letra de la ley y lo había invitado a interpretarla por sí mismo, ahora le responde no con una definición de prójimo sino con una narración: la parábola del buen samaritano. Y al final, le hace juzgar por sí mismo nuevamente: ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

Una cosa es el ámbito de la letra, otro el del Espíritu. Los dos requieren interpretación, pero de distinto modo. Digámoslo con dos imágenes: a nivel de definiciones, Jesús suele felicitar a los doctores de la ley. Los tipos saben. Y hablan bien. El Señor no tiene problemas con la doctrina. Es más, la cumple personalmente hasta la última coma o tilde. Y si por misericordia hace que alguno se salte un precepto para poder curarlo o para que empiece de nuevo después de haber pecado y pueda ir para adelante, el Señor lo paga de su bolsillo. Lo pagó con cada gota de su sangre en la pasión y pagará lo que falte a su vuelta.

Ahora, cuando se trata del Espíritu, los fariseos y letrados reciben muchos aplazos. Sin embargo, este respondió bien a la parábola. Se convirtió en prójimo el que tuvo compasión del herido. El que tuvo compasión! En otras parábolas, como la de los viñadores homicidas, este tipo de gente se retiraba enojada. Se daban cuenta de que el palo iba para ellos y no “leían” bien la parábola. Pero esta sobre la fraternidad la puede leer bien cualquiera que tenga buena voluntad. 

Hoy sin embargo, incluso esta parábola se ha vuelto contracultural. Al menos aquí en Europa los oídos se han endurecido. Los heridos al borde del camino, se dice, hay que distinguirlos bien. Si son verdaderos “refugiados” porque su país está en guerra, o si son “emigrantes económicos”. Y los que se les acercan con sus naves hay que ver bien quién los financia y si no son cómplices de los traficantes de personas. También están en discusión las hospederías, los puertos a los que se pueden llevar estas personas. Y si alguien predica que lo primero es salvar al herido, se le aplica, aquí sí, la parte de la parábola que dice que pagó de su bolsillo y prometió pagar a su regreso lo que se hubiera gastado de más. Al menos esta parte de la parábola la escuchan hasta los más reacios a mensajes “buonistas”. Buen samaritano suena ahora a “buonista”. A una bondad que no respeta la ley y que no es viable ni política ni económicamente.

Otra frase es “ayudémoslos ‘en su casa’”. Se ha logrado crear un clima en el que las personas sienten que si se ayuda a un emigrante se le está quitando ayuda a ella.

Lo que se percibe en conjunto es un endurecimiento de los corazones. Si no fuera así, no entrarían tan fácilmente los slogans “anti-prójimo”. Si nos situamos en el espacio de la parábola podemos decir que -socialmente- la discusión se ha desplazado. Hoy no solo no se discute a los que pasan de largo sino que estos tienen voceros que atacan duramente a los que se acercan a los heridos. Son criticados los extranjeros que hacen caridad fuera de su país y que pretenden utilizar hospederías nacionales para heridos extranjeros que no se sabe sin son heridos reales o terroristas enmascarados. Como se ve, se ha contaminado el espacio mismo de la parábola.

Lo que yo “leo” en esta situación es que no solo no hay remedio si se discute en el primer nivel, en el de las definiciones, sino que parece que tampoco basta con bajar sin más al nivel narrativo de la parábola para que toque el corazón de cada uno, porque los personajes mismos de la parábola están “ideologizados”. 

El caso de la capitana alemana de la “Sea-watch 3” -Carola Rackete- es el ejemplo más reciente. Es una “buena samaritana moderna” o es una niña bien, rica y privilegiada, que hace política con la piel de los migrantes y rompe las leyes de otros países que no son el suyo con el pretexto de hacer caridad?

Aquí surge una cuestión decisiva, y es la fe. La fe es a lo que apela siempre Jesús. Como le dice a Tomás: “no quieras ser incrédulo sino creyente, fiel”. Ese no quieras alude a que la fe es la fe que uno tiene. No importa si poca o mucha. No importa si ilustrada o menos. Jesús apela a la fe, a la gente que se juega por fe y no por cálculos, por fe en las personas y no por el propio interés. 

Hoy, hasta para leer la parte “simpática” de las parábolas, se nos exige una opción radical: de fe o no fe. Fe en las personas, porque los discursos están todos mezclados. Uno debe mirarles la cara a los protagonistas, ver cómo actúan y jugarse. Esa es la polarización básica, existencial. La única que impide caer en todas las falsas polarizaciones. Uno es un hombre o una mujer de fe o no. Uno que se mueve en último término por la fe en Cristo y en las personas o uno que se mueve por ideas o voluntarismos. 

Dicho más sencillamente: el que se mueve por fe es uno que actúa por “reconocimiento”. Actúa impulsado por la gratitud ante los que le demuestran su amor y devuelve amor con amor. Fundar nuestra acción en el reconocimiento y la gratitud, como dice Michel Rondet sj, sustrae nuestra acción al arbitrio de la voluntad de poder y de dominio, a las insidias del activismo y de la propaganda ideológica.

Actuar por “deber” no excluye la voluntad obsesiva de lograr las metas fijadas, sin tener en cuenta el contexto humano y espiritual de las acciones que uno emprende.

Actuar por “convicción” no nos garantiza siempre contra el fanatismo y sus aberraciones (la historia de la Iglesia nos proporciona ejemplos).

Actuar por reconocimiento sitúa de una vez nuestra acción en la gratuidad y liberalidad del amor. El que actúa por reconocimiento de tanto bien recibido escapa de las “pasiones tristes” como son la envidia, el resentimiento, la búsqueda de la propia fama.

Es curioso, pero Jesús, en el evangelio, liga la imagen del reconocimiento a otro Samaritano, el de los diez leprosos, que regresa a darle gracias. Si los “aproximamos” evangélicamente, podemos imaginar que es este mismo que fue curado el que se compadece del herido que está tirado al borde del camino y se acerca a ayudarlo. 

Hoy como ayer para “leer” bien la parábola, hay que “proceder” como el buen samaritano pero no solo para ayudar al herido sino para llegar a tener un corazón como el del samaritano. Un corazón en el que el actuar -lo que nos mueve e impulsa a hacer las cosas de determinada manera- sea por reconocimiento. 

Reconocimiento de los que son pares en humanidad: hermanos. Si uno reconoce en el otro a un hermano, brota espontáneamente el ayudarlo, sí o sí. La ley prohibía acercarse a un muerto salvo en el caso de que fuera pariente, hermano. El samaritano no tenía problemas, porque era extranjero, pero los otros habrían podido acercarse si lo hubieran considerado como hermano.

Reconocimiento para con Jesús, que se hizo “extranjero” para poder acercarse a ayudarnos. Cuando Jesús se identifica con los más pequeños, confiándonos el protocolo con el que serán juzgadas nuestras acciones en el juicio final, no lo hace “metafóricamente”. En sus encuentros con los discípulos, después de haber resucitado, el Señor les hace experimentar que ya no es “objeto de posesión” sino que se hace ver cuando quiere y en la forma que quiere. Se hace presente, está junto a Magdalena, camina al lado de los discípulos de Emaús, espera en la orilla del lago a los que han ido a pescar… Esta libertad del Señor con respecto a lo que nosotros podemos “poseer”, “objetivar” y “conceptualizar”, debe abrirnos la mente para aprender a “reconocer al Señor” en cualquier situación. Y Él nos revela que “es Él” cada vez que la situación es la de alguien que necesita un vaso de agua o que le venden las heridas, como el hombre de la parábola. 

El reconocimiento, en sentido de la gratitud, permite el reconocimiento, en el sentido de ver a Jesús en el prójimo.

El camino que va de Jerusalén a Jericó es el camino que va del sentirnos “propietarios” -de nuestro país, de nuestra cultura, de nuestro mundo- a sentirnos peregrinos, extranjeros de este sistema que a unos da carta de ciudadanía al precio de tener que excluir ellos mismos a otros.

Diego Fares sj

            El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. 

            Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”  Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

            Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.» 

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.» Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

            Dos cosas antes de empezar la contemplación de hoy sobre el gozo de salir a evangelizar”. Una es que, como estoy haciendo mis ejercicios, me entró una duda de si hacer la contemplación para compartir como todos los sábados o no hacerla para no distraerme (y de paso dejar que los que la reciben hagan la suya por su cuenta, que a eso quieren ayudar estas que son “media-contemplación” nomás). 

            Un pequeño discernimiento ayudó. Lo hice no por razones sino por consolaciones, sintiendo que me alegraba poder compartir este evangelio, que como es del gozo de evangelizar y yo estoy contemplando los misterios de la resurrección viene muy a cuento. Así que me levanté un rato antes, para no robarle tiempo a la evangelización que el Señor tiene que hacer conmigo en las oraciones de hoy. 

            La otra cosa es la foto. Buscaba fotos de discípulos misioneros alegres y las hay por miles. Así que elegí una linda de Manos Abiertas y cada uno puede buscar una suya personal, en la que se lo vea en una misión, en grupo y contento. Desde aquella primera misión famosa de los “Setenta y dos” los cristianos no hemos dejado de salir a evangelizar, siempre, por todas partes del mundo y de distintas maneras, y la alegría del evangelio brota siempre desbordante, como la primera vez.

            Compartiré algunos puntos sobre esta experiencia comunitaria de “volver llenos de gozo” de una misión.

            Se trata de una alegría especial con la que el Señor comienza a ejercer lo que San Ignacio se animó a definir como un oficio: “el oficio de consolar, que Cristo Nuestro Señor trae”. Y precisa que Jesús consuela “cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

            De esta experiencia de gozo, si uno tira como de un hilo, sale todo el evangelio. Siguiendo los pasos del evangelio, vemos que el Señor comienza a enseñar a los discípulos  “el discernimiento”. Es ese discernimiento en el que Francisco tanto insiste. A algunos les ha parecido una “particularidad jesuita” pero resulta que, como vemos aquí, más que de una particularidad se trata de una “universalidad evangélica”: es lo primero en lo que el Señor ejercita su oficio propio. Jesús les enseña a sus discípulos a discernir esa alegría verdadera de otra que se le quiere pegar y que no es tan pura. La enseñanza la da en caliente, en el fervor de la experiencia misma que acaban de vivir. Pareciera que Jesús pesca una tentación al vuelo en uno que, muy seguro de su experiencia, cuenta con sinceridad lo que más le admiró: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. No sé qué percibió el Señor. Una pizquita de autosatisfacción en el ejercicio del poder? Sea lo que sea, el hecho es que Jesús, por un lado, lo confirma, diciendo que es verdad que les ha dado ese poder, pero inmediatamente libera la alegría de su resultado frente al mal espíritu y la coloca en su sitio verdadero. 

            Digo que es un discernimiento porque se dan dos pasos: hay un “no” y un “más bien”: “No se alegren por eso, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”. Y luego, el otro paso del discernimiento, la confirmación. Como confirmación de su discernimiento el Señor mismo “exultó de gozo en el Espíritu Santo”.

            Qué sacamos de provecho nosotros? Una cosa es cierta: nuestra alegría evangélica “no es contra nadie”. Como dice el “Martín Fierro” en sus versos finales: Y si canto de este modo,/ Por encontrarlo oportuno,/ No es para mal de ninguno /Sino para bien de todos. 

            Este punto es importante. Me hacía ver el compañero jesuita que me da los Ejercicios que el Señor resucitado “no se aparece a sus enemigos. Nos hubiera gustado -me dice-, quizás para sacarnos las ganas y decirles ‘vieron?’. Pero Él solo se aparece a sus amigos”. Y aún estos tienen que profundizar en la fe y en la amistad, que si no ni ellos mismos lo ven aunque camine a su lado. 

            Podemos ver aquí un ingrediente de la evangelización: salir a evangelizar produce como fruto una alegría especial, la Evangelii gaudium, como dice Francisco. Pues bien, sobre ese fruto comienza a trabajar Jesús en nuestro corazón. El Señor necesita que experimentemos esta alegría, que la vivamos, y por eso es por lo que nos empuja a “salir a evangelizar”. Una vez que el discípulo se juega y, con la fe que tiene y lo que sabe sale a evangelizar (no es que los setenta y dos discípulos hubieran hecho un curso de teología!)-, el Señor le enseña a discernir esa alegría y a distinguirla de todas las demás. 

            Por qué es tan importante esta alegría? Porque cuando Él resucite, esa alegría será el signo! Por eso hay que tenerla discernida, separada, clasificada con el sello único de su calidad especial. Ella es la que nos permitirá reconocer a Jesús cada vez que nos “anuncie” algún evangelio, cada vez que haga destellar una palabra suya en medio de una situación o nos haga sentir y gustar algo de manera especial.

            Ignacio nos invita a colaborar con el oficio de Jesús de consolarnos pidiendo por nuestra parte su gracia: “Demandar lo que quiero, que será aquí pedir gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor (resucitado)” (EE 221).

            Damos un paso más en esto de la alegría y los amigos. El Señor les fue haciendo experimentar a los suyos, de muchas maneras, con sus enseñanzas, con su trato, con sus milagros, la alegría que da la buena noticia. Es una alegría distinta, pura, sin mezcla. Como la que uno siente cuando a un amigo le va bien. Es una alegría sin sombra de celos ni de envidia. Alegría pura por el otro, por el bien del otro que es al mismo tiempo bien mío, sin confusión ni división. 

            Dice Alberto Moravia que es verdad que los amigos se ven en las malas, pero que más se ven en las buenas. Podés decir que alguien es de verdad tu amigo cuando sentís que te podés alegrar de su triunfo sin sombra de envidia. Esta alegría tiene una doble raíz: enraíza en el bien del otro y enraíza en tu propio corazón, que se dilata al mismo tiempo que se dilata el del otro que experimenta el bien. Es la señal de que hay un solo corazón, es decir que hay verdadera amistad. Y cuando uno experimenta esta simultaneidad en alegrarse por el bien, sea de uno sea del otro, uno experimenta que la amistad es un don. Y se alegra por ello, más que por los bienes externos. 

            Pues bien, Jesús necesita este material -la luz de alegría de la amistad verdadera- para poder ejercer su oficio de consolar con su presencia. El está. Pero si uno no tiene ojos habituados a esta luz de la amistad, no lo ve. Sin esta luz de la fe -fe incondicional como la fe que uno tiene en un amigo-, los ojos están como los de los discípulos de Emaús: cubiertos por el velo del “ídolo invisible”, el ídolo del discurso propio y de las propias expectativas. Ese ídolo invisible hace que uno vea solo lo que el ídolo quiere ver.

            El Señor resucitado ha dejado de ser “objeto de posesión”. Es libre. Se hace presente cuando quiere y lo ven solo los que tienen fe. Una fe ejercitada en “ver objetos que no se pueden poseer”, como la amistad. Sería tonto querer “poseer una amistad”. 

Al no ser “objeto de posesión” Jesús no es objeto de visión ni de discurso. No pueden razonar sobre él los que no son sus amigos primero! 

            Así, la fe es el primer paso. No una fe “ilustrada”, sino

una fe simple, como la que uno tiene en sus amigos. 

            Partiendo de esta fe, poca o mucha, pero de uno, hay que animarse a “hacer algo en nombre de Jesús”. Y ver luego el resultado: la alegría que da jugarse así. 

            Jugarse en algo pequeñito, digo: basta dar un vasito de agua a uno, como dice el Señor. 

            Sobre esa alegría el Señor comenzará a ejercer su oficio de consolar, como los amigos consuelan a sus amigos.

            San Ignacio, con sus Ejercicios, nos da su ayuda para experimentar esta “consolación” verdadera, ayuda para discernirla bien y ayuda caminar en ella: de consolación en consolación en seguimiento del Señor, que ejerce con nosotros su oficio mientras vamos de camino a la gente.

Diego Fares sj

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