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(En aquel tiempo decía Jesús a la gente… Si alguno tiene oídos para oír, que oiga!)    Así es el reino de Dios: como con un hombre que echa semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí sola: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y cuando se da el fruto, con prontitud mete la hoz porque ha llegado la cosecha.

Decía también: ¿A qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el reino sucede como con un grano de mostaza que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que cualquier semilla, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de entender  y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo cuando estaban entre ellos  (Mc 4, 26-33).

Contemplación

El reino de los cielos es un misterio. El misterio de cómo está presente Dios -el Padre, Jesús, el Espíritu Santo- en medio de nosotros, cómo es que actúa en la vida de la gente, cómo inicia, como se desarrolla, en qué estructuras, cuáles son sus frutos que podemos aprovechar, cómo tenemos que comunicarlo a las próximas generaciones…

Cuando nos preguntamos dónde está Dios, cómo es que actúa, qué quiere que hagamos como ciudadanos de su reino, en medio de una situación como la que estamos viviendo en torno a la despenalización del aborto, la respuesta hay que rezarla contemplando las parábolas del reino.

Más que tomar “frases sueltas” del evangelio o de la doctrina de la Iglesia, puede ayudar un rato de oración. Una oración de pobres, de gente común del pueblo de Dios que necesitamos que Jesús mismo nos hable y nos predique alguna palabra nueva, entre tanta cosa que hemos escuchado y dicho. Necesitamos una oración de pobres discípulos que no entienden y desean una explicación como esas que Jesús les daba “cuando estaban entre ellos”. Es decir: necesitamos escuchar a Jesús no “por la calle”, sino dándonos un tiempo especial.

Y las parábolas contienen dentro de sí -en su dinámica- un tiempo especial. Abren la mente con sus juegos de imágenes. Como esta sobre el hombre que siembra y cosecha, que no sabe cómo se da el proceso de crecimiento de la semilla, pero sí puede discernir claramente cuándo sembrar y cuándo cosechar porque “se ha dado” el fruto (se ofrece el fruto, dice el griego). Y la otra, que tiene sentido en sí misma pero también juega dialécticamente con su hermana gemela, esta parábola en la que el reino se compara no con la acción de un labrador sino con un tipo de semilla -el granito de mostaza, que condimenta las comidas-, un granito pequeño que llega a ser un arbusto grande y no solo sirve por sus frutos sino que trasciende: sirve para que los pajaritos hagan nido a la sombra de sus ramas. Hermosa imagen del reino que es algo más que “frutos” y no solo sirve al reino humano sino también al reino animal.

Jesús está hablando en un discurso más amplio y nos advierte que paremos la oreja, que el que tenga oídos para oír, que oiga. Es una invitación de esas que son perennes, para toda época que no se haya vuelto tan autorreferencial que no quiera ya usar sus oídos para oír (al otro) porque sólo se escucha a sí misma (para eso no hacen falta oídos!).

Las parábolas son como una vasija que contiene un tiempo especial. Como toda obra de arte, crean su propio tiempo. Una obra de arte -un cuadro, una música, una Iglesia…- sin que nos demos cuenta, por atracción, nos hacen entrar en su propio tiempo, deteniéndonos en un detalle, impulsándonos a ir a ver o a escuchar otro y luego haciéndonos sentir la necesidad de volver atrás… Las parábolas, en cuanto obras de arte narrativas de Jesús, le regalan este tiempo de contemplación al que quiere entrar en su lectura, meditación y contemplación. Nos regalan este tiempo como el fruto que “se ofrece” en la primera parábola. Nos regalan este tiempo de gracia como las ramas del arbusto de mostaza, para que hagamos nido y pongamos huevo en vez de andar solo revoloteando por la historia.

Cómo actúa Dios en nuestra historia? Jesús usa una imagen de su época aprovechando que entonces no se sabía mucho acerca del proceso de crecimiento de las plantas pero sí se sabía muy bien cuándo sembrar y cuándo cosechar. Hoy en día esto ha cambiado. Y yo diría que está cambiando radicalmente. No sólo se trata de que ahora sabemos mucho (nunca todo, en esto la ciencia actual es más humilde que el saber común) acerca de cómo crece una planta. No sabemos todo pero sabemos mucho, tanto que podemos modificar genéticamente los cultivos. Sabemos! aunque algunos se hagan los tontos y digan que no se pueden usar estos conocimientos a la hora de hacer una ley que afecta a una vida en gestación. Esto es “religioso” -dicen- y hay que ponerlo entre paréntesis a la hora de legislar “para todos”. El problema es que, entre paréntesis, se pueden poner las palabras, no la realidad. Las creencias absolutas permean las prácticas más cotidianas. Además, hay que reconocer el menos que el concepto de “derecho absoluto de una persona a decidir libremente” es una conquista del pensamiento cristiano. No lo tenían los griegos ni los romanos, ni se respeta de igual modo en la actualidad en países de otras religiones o sistemas políticos.

Decía que la imagen que usa el Señor ha cambiado no en el sentido de algo que evoluciona sino que ha mutado: ahora conocemos todo de los procesos biológicos y hemos perdido el conocimiento de nuestro modo de interactuar positivamente con la vida en el planeta: ya no sabemos cuándo sembrar y cuándo cosechar. Sembramos mal, llenando el país de soja, por ejemplo, sin rotar los sembrados; quemamos bosques… Estamos viviendo en una anti-parábola: en una mentalidad que privilegia el funcionamiento y se desentiende de los fines.

Y creo que la parábola tiene más actualidad aún. Podríamos cambiarla, con todo respeto, en la parte que habla de que la semilla crece sola y decir que ahora el hombre sabe cómo crece y la tierra no da fruto “automáticamente” (esa era la palabra griega) sino que el hombre la hace dar el fruto transgénico que quiere. El punto del Señor sigue siendo el mismo: lo que interesa para conocer su reino es compararlo no con el saber tecnológico que puede tener o no tener el hombre, sino con su saber “humano”: cuando sembrar y cuándo cosechar. Esto es lo que el Papa llama “discernimiento” y afirma que “se disciernen las situaciones”: cuando sembrar y cuándo cosechar (y esto conlleva el “cuándo hay que interrumpir un proceso y cuándo no se puede).

El fruto que saco yo de esta parábola es que “hay que sembrar de nuevo”.

La parábola, aunque no lo dice, supone que el reino es algo que se siembra y se cosecha y esto es algo que hay que hacer cada año o cada ciclo de cultivo. No solo hay que sembrar de nuevo cada ciclo sino que hay que rotar los cultivos. Y el evangelio no solo tiene potencia de crecimiento inusitada que se renueva en cada siembra sino también multitud de semillas, muchas de las cuales no se han sembrado en la misma cantidad que otras.

Cada cultura y cada época es como una tierra nueva y apta para distintos tipos de semilla. Lo bueno de las semillas evangélicas es que, en cada una, diferente a las demás, está Cristo entero, así como en cada espiritualidad y en cada carisma está el Espíritu entero, Único en las diferencias.

Creo que ahora, en nuestra patria, pero no solo, hay que sembrar de nuevo. Porque los frutos que dieron otras siembras, cuando los ofrecemos a las nuevas generaciones, les saben a frisados y enlatados. Y esto no es culpa del evangelio sino nuestra, por no sembrar cada año con la misma pasión y dedicación que sembraron nuestros mayores y ofrecer a los jóvenes frutos en conserva.

Ha cambiado el terreno, ha cambiado la mentalidad y la cultura y hay que sembrar de nuevo, para que los frutos de la nueva cosecha tengan el gusto de la nueva tierra. Si no, no serán aceptados.

Y esto de sembrar de nuevo no es ninguna amenaza a la doctrina ni significa ningún fracaso. En todo caso es un fracaso haber perdido tiempo y seguir atrasando la nueva siembra con la excusa de que los frutos conservados son comestibles. Lo cual es tan cierto como que celebrar una misa en latín vale tanto como celebrarla en lengua vernácula. El punto es que la misa es para que la generación de las hijas (y de los hijos), que recién han salido del catecismo, le sigan tomando el gusto a Jesús y se encienda en sus corazones puros el deseo de recibir al Espíritu, que es el único que les dará alegría duradera y astucia para interactuar con este mundo que los seduce y luego los descarta con suma facilidad.

En Amoris Laetitia, el Papa dice a los padres: “Las preguntas que hago a los padres son: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente (existencialmente) en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo? Los padres -dice- siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Ya que esta función educativa de las familias es tan importante y se ha vuelto muy compleja, quiero detenerme especialmente en este punto: la familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos” (Cfr AL 259-262).

Cuáles son las semillas que el Papa nos pide que sembremos en esta época. El insiste una y otra vez en sembrar las semillas de las bienaventuranzas y, entre ellas, de modo particular todas las semillas de la misericordia, que se concreta en una semilla para cada obra de las que enseña Mt 25 -las obras de misericordia que hacen a nuestra carne con hambre, sed, enferma, presa, sin hogar, sin vestido.

También insiste en las obras de misericordia espirituales, entre las que se destaca la semilla del discernimiento. Esta semilla se siembra de manera especial con las parábolas, cuya estructura nos hace pensar por nosotros mismos, nos invita juzgar entre situaciones contrapuestas.

Esto es urgente en nuestra época en la que las ideas abstractas son una especie de “ídolos transparentes”. El ídolo transparente es un ídolo que no te hace adorarlo a él como objeto, sino que te permite ver la realidad pero con un “filtro” que la distorsiona imperceptiblemente para una parcialidad. Es difícil darse cuenta porque es muy transparente y se aloja en el nacimiento mismo de la visión.

Un ejemplo (de mi predicador de Ejercicios que me ayudó a descubrir un ídolo transparente mío) Cuándo Dios le dice al profeta Samuel que tiene que dejar de llorar por Saúl y elegir otro Rey para Israel, Samuel mira a los hijos de Isaí y se fija en el más fuerte. Ese era su “ídolo transparente” para “ver a un Rey elegido por Dios”. Pero Dios no se fija en las apariencias sino en el corazón y le señala a David.

Así cada uno debe revisar su “ídolo transparente” -pidiendo ayuda al Espíritu para que se le caigan las escamas de los ojos, como a los discípulos de Emaús) y las parábolas ayudan a salir de una visión “autorreferncial” al hacernos entrar en una dinámica distinta. Una dinámica que nos obliga a salir de nosotros mismos, a enfrentarnos a un misterio a la vez claro (porque en la parábola están todos los elementos sobre la mesa) e inagotable (la interacción de las parábolas entre sí y con la realidad de cada persona las hacen inagotables).

Una fe que se purifica los ojos de estos ídolos transparentes es como un granito de mostaza que, en su pequeñez, contiene todo el evangelio, y puede extender ramas para que hagan nido los pajaritos del cielo a su sombra.

Diego Fares sj

 

 

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Pero nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3, 20-35).

Contemplación

Este evangelio de Marcos aparece pocas veces en la liturgia dominical ya que el tiempo ordinario suele comenzar por el domingo 11, 12 o 13. De hecho, nunca me ha tocado hacer esta contemplación (desde el 2001 en que comencé a enviar las contemplacciones a algunos amigos que participaban en el Taller de Ejercicios de Regina).

Es un evangelio importante para retomar el ciclo litúrgico ordinario, luego de la Pascua y las fiestas grandes -Pentecostés, Trinidad, Corpus y Sagrado Corazón-. Importante porque comienza directamente, como hace San Ignacio, planteando la lucha entre Jesús y Satanás.

Acerca de esta lucha, decía nuestro Maestro, el Padre Miguel Ángel Fiorito, allá por el año 1956, en un artículo que tituló “La opción personal de San Ignacio: Cristo o Satanás” y que marcó el comienzo de su misión de formar a los jesuitas argentinos (dos años después, en 1958, entraría Bergoglio al Noviciado):  “Yo por mi parte confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos, desde que hice mis primeros Ejercicios espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizandoen dos términos de una opción personal” entre el Buen espíritu y el mal espíritu, entre Jesús y el Maligno, del cual pedimos al Padre que nos libre, cada vez que rezamos el Padrenuestro.

Marcos presenta a Jesús en tres lugares:

* primero en torno al lagode Galilea. El lago es el lugar de la predicación y de la misericordia. En torno al lago el Señor ha curado a tantos enfermos (el primer milagro fue curar a un endemoniado, ya que para Marcos es esencial la lucha del Señor contra el Maligno y contra todo tipo de mal);

* luego la Montaña, donde llama e instituye a los doce para que “estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. La montaña es lugar de contemplación y de trato íntimo con el Señor en la oración-;

* y por fin la casa, el lugar de las elecciones y los problemas de la vida cotidiana.

Curiosamente, la lucha contra el Maligno se infiltra en la vida familiar. No se da sólo “en la calle”. Los “teólogos” del tiempo -los escribas- hacen campaña contra Jesús haciendo correr la voz -de modo que le llegue a sus parientes- de que Jesús está “sacado”. “Tranquilícenlo porque está fuera de sí”, “háganlo entrar en razón ustedes que son sus familiares”… Ese es el mensaje…

Al mismo tiempo, lanzan públicamente -en medio del pueblo de Dios- la acusación terrible de que está endemoniado. “Expulsa a los demonios con el poder del Jefe de los demonios!”

Esta acusación, violenta en una sociedad teocrática, revela de entrada lo que ya han concebido en su corazón: demonizar a Jesús es instalar la idea de que hay que matarlo, exterminarlo, no queda otra.

Reconocen su autoridad para expulsar demonios porque no pueden negar los hechos, pero tergiversan totalmente su significado. Tres años después, cuando muevan la cabeza frente al Señor crucificado, recordarán que ya lo habían dicho: uno que no puede salvarse a sí mismo es uno que todo lo que hacía lo hacía con el poder de Belzebú. Esa es su “teología”: la de un Dios que si no se salva a sí mismo, no es Dios”.

Cuando hablamos del Maligno, de Satanás, del Demonio o Diablo, tenemos que esta atentos a una “operación mediática” que el Padre de la Mentira, como también lo llama Jesús, realiza en cada época. La operación consiste en promover una imagen desactualizada de sí mismo, de modo que uno le pierda el miedo y eso lo lleve “a bajar la guardia, a descuidarnos y quedar expuestos” a sus engaños (EG 161), como bien nos advierte el Papa Francisco.

El mal es algo muy real en nuestra vida: la inseguridad, el que te puedan robar y matar, los bombardeos y los atentados terroristas que se cobran vidas inocentes, los millones de personas -tantos niños- que sufren hambre, que tiene que huir de su tierra. Y también el mal que se mete entre los que nos queremos: las peleas en familia, la infidelidad entre los que se prometieron amor…

Tanto mal no es algo “natural”. La naturaleza no odia ni miente. El mal que más nos destruye es el que tiene detrás una intención personal de hacer daño.  Esa intención sufre dos tentaciones: una la de que nadie se haga cargo. La otra, la de hacernos cargo nosotros o hacer cargo a otra persona de la totalidad del mal. Es verdad que somos “cómplices”. Pero no hay persona humana individual que sea culpable de todo el mal.

Aquí es donde podemos dejar la cuestión “entre paréntesis” o escuchar a Jesús que nos dice que hay un Maligno, uno que instiga y cosecha todo mal.

Al escuchar esto, tenemos que estar atentos a que no nos juegue en contra “la imagen desactualizada” de la que hablaba. Porque si pensamos a este autor del odio y la mentira con cuernos y fuego y describimos su accionar con posesiones diabólicas y gente que se retuerce y habla idiomas extraños, entonces nuestra mente lo pondrá “entre paréntesis”, se negará a creer que detrás de los males concretos esté alguien así.

El Papa interviene en este punto y expone las cosas de esta manera: “El Maligno no tiene necesidad de poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras reducimos las defensas (y nos negamos a ponerle nombre personal y a enfrentarlo como la persona que es y lo dejamos en el “anonimato”) él aprovecha para destruir nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestras comunidades, porque “como león rugiente ronda buscando a quien devorar” ” (1 Pe 5, 8)”.

En el capítulo V de su Exhortación apostólica Alégrense y exultenFrancisco nos da una clave muy útil y concreta para desenmascarar al Demonio y hacernos ver su rostro real, actualizado! Dice el Papa: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 159).

Nos detenemos en la conexión entre “tentaciones del diablo” y “anuncio del Evangelio”.

Las tentaciones del Maligno van directamente contra la Alegría del Evangelio, contra el anuncio de las Bienaventuranzas, que son el corazón latiente del Evangelio y contra Mateo 25, que nos da el criterio para discernir si somos o no dignos del cielo y lo pone en las obras de misericordia -tuve hambre y me diste de comer…-.

Otras “tentaciones” y “acciones del Maligno”, no son hoy algo que él se tome el trabajo de realizar personalmente. Decía un periodista que en la Italia actual, alguno podía estar tentado a pensar que la mafia ya no existe dado que han disminuido tanto los asesinatos personales. Aunque esto sea un dato estadístico no significa que haya desaparecido la mafia. Lo que sucede es que hoy la droga le da tanto dinero que no necesitan matar gente. La pueden comprar! Esta imagen puede ayudarnos a no ser ingenuos pensando que el Demonio no “actúa personalmente” tentándonos. Lo que sucede es que su campo de acción contra Jesucristo (no olvidemos que el Demonio se muestra “como persona” en relación a la Persona de Jesús. Nosotros no le interesamos realmente sino en cuanto “somos de Jesús”) no es hoy el terreno de los vicios tradicionales, por decirlo de alguna manera. En ese terreno ya nos ha “comprado” y nos tentamos solos. En cambio sí se concentra en atacar “el anuncio del Evangelio” y a los que lo anuncian con alegría y dando testimonio con su vida.

En el pasaje de hoy vemos cómo la táctica de los secuaces del Maligno consiste en desacreditar a Jesús, publica y familiarmente, de modo tal que su Evangelio salvador, el que nos pone en contacto filial con el Padre de las Misericordias, pierda poder salvador al entrar en conflicto con estas dudas que siembran en la gente.

La mejor imagen del Maligno para nuestra actualidad es una aparentemente inofensiva: la que el Señor pone al comienzo de la parábola del Sembrador, cuando habla de una parte de la semilla que “cayó a lo largo del camino (y) vinieron las aves y se la comieron”. El Señor explica así la parábola: “Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 4-15). No por nada la parábola del Sembrador viene inmediatamente después de la parábola de Satanás que leemos en el evangelio de hoy.

La imagen parece inofensiva, porque pinta a Satanás como esas “aves del cielo” que se comen las semillitas que caen de la bolsa del Sembrador mientras va de camino. Sin embargo, este “robo” de las semillas antes de que tengan tiempo de ser ni siquiera sembradas, es la acción personal más destructiva y decidida del Demonio en el mundo actual. Nos roba la Palabra antes de que nos demos cuenta de que era una Palabra del Señor para nosotros. Este es el nombre y el rostro que le tenemos que poner a Satanás, al Maligno, al Mentiroso, en la actualidad: es el rostro de uno que está detrás de todo aquel o aquello que nos roba la Palabra de Jesús. La roba o la ensucia o la tergiversa o la reduce o desacredita al que nos la predica… Si algo se tira contra la humildad, la lindura, la transparencia y la ternura de toda Palabra de Jesús, es Alguien que tiene nombre propio: el Maligno.

Me impresiona que en la explicación el Señor habla de “la Palabra sembrada en ellos”. Es decir: la Palabra tiene fuerza como para crecer en cualquier terreno, también en el camino. Si en otros terrenos hay que protegerla contra las piedras y los yuyos, aquí hay que protegerla directamente del Maligno.

Puede ser una imagen de estar atentos a una acción personal que el Maligno desempeña en la vida pública, en los medios, allí donde hoy se juega casi la totalidad de nuestra vida que casi no tiene “terrenos protegidos” donde pueda crecer en paz una semilla, sino que todo es hoy “camino”.

Qué nos dicen estas dos parábolas de Jesús, que anteceden a la del Sembrador y vienen a ser “las primeras parábolas del evangelio de Marcos” (esto lo digo sin ninguna autoridad “exegética”, tomando pie solamente a que Marcos dice que Jesús: “llamándolos junto a sí (a estos escribas o “comentadores”) les decía en parábolas…”).

Son dos parábolas muy difíciles de comprender si no les pescamos el punto justo. A mí me ayuda pensarlas al modo de San Ignacio que, cuando habla del mal espíritu, lo hace humildemente, sin pontificar ni hacer definiciones dogmáticas sino describiendo un modo de actuar que “comúnmente” tiene el enemigo de nuestra naturaleza humana.

Si pensamos así estas parábolas, lo que Jesús les responde a los escribas es que sería muy raro que el demonio actuara así, haciendo un bien para lograr un mal. No es lo que acostumbra: el demonio si te da un placer para que hagas el mal también te escupe el placer y te lo arruina, tarde o temprano. No es bueno ni siquiera con los otros demonios! mucho menos con sus cómplices humanos.    El demonio es autodestructivo y malo hasta consigo mismo, cuánto más con los demás!

Jesús les dice que si el demonio sigue la lógica que ellos proponen, entonces está perdido. Si usa su poder contra sí mismo y el Jefe se la agarra contras los demonios menores, entonces es que ha llegado su fin.

La lógica de los escribas es aparentemente sutil y entradora: ellos tratan de hacer pensar a la gente que Jesús sigue el camino de los estafadores, que te regalan algo para robarte o la lógica del enemigo que te salva de un peligro menor para hacerte un mal mayor. Es la táctica más usada por el demonio que, cuando nos propone un placer agranda el beneficio y desestima el peligro que conlleva. Esta lógica no funciona para los casos de las personas concretas que el Señor ayuda. Para aquel que es liberado de un demonio o curado de una enfermedad concreta que lo atormenta, el bien que le hace Jesús es tan real y concreto que es blasfemo decirle que el Señor lo cura con la intención de hacerle luego un mal mayor! Este discurso de los escribas no va destinado a la persona curada (que como el ciego del evangelio de Juan, defenderá a Jesús contra todos los que opinan diciendo “lo que yo se es que era ciego y ahora veo”). Es un discurso que va “al público en general”, tratando de dañar a otros y usando, ellos sí, al que Jesús sanó, para hacer un mal y sembrar la duda en los demás.

El Señor propone otra lógica más simple: si hay personas que realmente son libradas del mal y curadas, es señal de que “vino uno más fuerte” que el demonio.

Así de claro y simple.

Y luego contra ataca con la condena más fuerte de todo el Evangelio: decir que el bien concreto es “un medio para hacer un mal” es un pecado contra el Espíritu Santo, un pecado que no tiene perdón porque es como un ataque terrorista que destruye y se autodestruye. Si alguien me ataca en mi capacidad de reconocer el bien y el mal, ese es mi peor enemigo. Y a ese padre de la Mentira, a ese que ha destruido en sí mismo su capacidad de reconocer el bien y por eso se ha convertido en El Maligno, le digo: En Nombre de Jesucristo, aléjate de mí -de nosotros-. Y al Padre le ruego -le rogamos- líbranos del Maligno, que nos quiere robar la Palabra y pretende hacernos sentir separados  del Amor de Cristo

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

“El primer día de la fiesta de los panes Acimos,

cuando se inmolaba la víctima pascual,

los discípulos dijeron a Jesús:

-¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

– Vayan a la ciudad;

allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo

y díganle al dueño de la casa donde entre:

‘El Maestro dice:

¿dónde está mi habitación de huéspedes,

en la que voy a comer el cordero pascual

con mis discípulos?.

El les mostrará una gran sala en el piso alto,

arreglada con almohadones y ya dispuesta;

prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,

encontraron todo como Jesús les había dicho

y prepararon la Pascua.

Mientras comían,

Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

-Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.

Y les dijo:

-Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.

Les aseguro que no beberé más del fruto de la vida hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Siempre me impresiona que el Señor ya tenía “contratada” la sala en el piso alto de la hospedería  (“mi” habitación de huéspedes”- dice-) en la que celebraría su última cena de Pascua -la primera Eucaristía-.

Al decir esto, lo primero que me imagino es que ya se había hecho una costumbre entre el Señor y sus discípulos esto de celebrar las pascua juntos. Y no lo invitan a su casa o a la de algún conocido, porque saben que al Señor le gustaba hacerlo en un lugar especial. Por eso le preguntan.

También imagino que se habían ido acostumbrando a su especial manera de partirles el pan. La multiplicación de los panes debía estar presente en la memoria de los discípulos y se activaría cada vez que Jesús realizaba el gesto de compartir su pan con ellos.

La pregunta “donde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual” da la sensación de pregunta habitual. Es de esas preguntas que se hacen las familias: donde nos juntamos para Pascua? Y el Señor ya tenía visto el lugar, el restaurante digamos.

Preparar. Esta es la palabra de hoy. El Señor preparó la Eucaristía.

Los discípulos piensan en prepararla y el Señor acepta su ayuda: “Prepárennos allí todo lo necesario”. Pero les hace jugar esa especie de búsqueda del tesoro de seguir al hombre con el cántaro de agua en vez de darles directamente la dirección. Después que digo “búsqueda del tesoro” pienso que no es la expresión adecuada. No me parece que el Señor juegue a las escondidas ni haga perder tiempo a la gente y menos en aquellos momentos dramáticos que estaban viviendo.

Si pienso en una intención -y no es desacertado ya que el Señor tenía todo pensado- la que se me ocurre es que les hace recorrer el mismo camino que siguió él la primera vez, cuando encontró esa hospedería. Imagino uno que entra en la ciudad que no es la suya, se detiene en el pozo de agua, mira a la gente que hay y sigue a uno que va con un cántaro de agua, pensando que seguramente lo conducirá a un albergue. Así habrá hecho Jesús la primera vez y quiere que los suyos hagan el mismo recorrido, para que se vayan preparando interiormente a la Eucaristía que instituirá.

Si hay una cosa que es única en Roma (imagino lo que será caminar por Jesusalén) es esta de caminar por caminos que recorrieron otros. A mí me gusta seguir algunos recorridos que hacía Ignacio: imaginarlo entrando por la puerta de Piazza del Popolo o subiendo por la escalinata de San Sebastianello que es la escalera lateral a la de Piazza Spagna (donde está una antigua fuente romana, reservorio del “agua virgen” -el acueducto que pasa por debajo de nuestra casa y termina en la Fontana di Trevi). Ignacio subía por allí hasta Trinitá dei Monti para ir luego por Vía Sistina hacia Santa María Maggiore, su Basílica más querida (como lo es para el Papa Francisco) donde celebró su primera Misa, en el altarcito con la reliquia del Pesebre.

Esto de “preparar la Eucaristía” es muy propio de Ignacio. Fue ordenado junto con sus primeros compañeros un 24 de junio de 1537 (hace casi 500 años!) y se preparó durante todo un año entero para celebrar su primera misa, ya que deseaba celebrarla en tierra Santa, presumiblemente en Belén.

No pudieron embarcarse aquel año ni el siguiente y entonces se pusieron a las órdenes del Papa e Ignacio se quedó para siempre en Roma, en ese lugarcito tan especial de nuestra Iglesia del Gesù, donde tenía su pieza y el oratorio en el que celebraba la misa cada día (a donde me voy dentro de un rato para hacer esta semana mis ejercicios espirituales anuales).

Detenernos contemplativamente en el detalle de que el Señor los hiciera recorrer el mismo camino de preparación que recorrió primero Él, tiene su importancia a la hora de profundizar nuestra conciencia de lo que sucede en la Eucaristía.

Nosotros, en general, seguimos un camino lineal que parte de atrás y va para adelante. Preparamos una fiesta, luego la realizamos y por fin la recordamos. Ni la preparación ni el recuerdo tienen la misma intensidad de vivir el hecho. Pero la fiesta misma, si bien tiene más intensidad que la preparación y el recuerdo, “se pasa rápido”. Por eso, para vivir bien una fiesta, necesitamos de todos los momentos: el gozo y la ansiedad de la preparación, la fiesta misma y luego juntarnos a recordar lo vivido, alegrándonos de nuevo al tomar conciencia de lo linda que estuvo.

En el Señor, estos tres momentos, tienen igual densidad vital y realismo. La Eucaristía no es un “recuerdo” simbólico de la entrega que hizo “realmente” en la Pasión. Fue tan real la entrega de su Cuerpo y Sangre en la última cena como fue real la entrega que hizo luego en la Cruz.

Pensar que se entregó realmente “antes” de la Pasión nos ayuda a recibirlo realmente “después”.

Y detenernos en su modo de “preparar la preparación” es el detalle que nos ayuda a romper con nuestro modo de pensar las cosas linealmente y entrar en el modo de vivir las cosas de Jesús.

Es un modo en el que todo lo que se hace en Él y con Él tiene el mismo valor. La comunión con Él es tan real cuando me preparo para ir a misa, cuando comulgo y cuando salgo a mi vida cotidiana -esa misa prolongada, como la llamaba Hurtado-.

Desear recibir la comunión es tan comunión como recibirla en la boca y como agradecerla después.

Preparar la misa es tan misa como participar en ella y como prolongarla luego durante “las comuniones” del día -con las penas y alegrías de mis hermanos-.

Rezar por alguien “en Nombre de Jesús” es tan real como darle un vaso de agua “en Nombre de Jesús”.

Al misterio de esta densidad de vida que tiene todo “en Jesús” entramos por el pequeño detalle de que se le haya ocurrido hacerlos recorrer el mismo camino que él recorrió para encontrar el lugar donde preprarar la Eucaristía. Recordar agradecidos el camino que otro recorrió, preparando el nuestro con amor, nos ayuda a caminar nuestro propio camino para adelante con mayor esperanza.

Preparar, realizar, agradecer… todo es uno en la comunión con Jesús.

Diego Fares sj

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes

bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días

hasta la consumación de los siglos’” (Mt 28, 16-20).

Contemplación

  1. La contemplación de la Trinidad la comencé por el lado de la alabanza y de la bendición. Mi manera práctica de dirigirme a la Santísima Trinidad es glorificarla y pedirle bendición.

…………..

Es en la Iglesia donde resuena el ¡Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu santo!, que aprendimos de “aquel momento en que se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10 21).

Ese momento, del que habla Lucas, fue el del regreso de los 72 discípulos misioneros. El Señor los había enviado de dos en dos a anunciar el evangelio, la buena noticia: “el Reino de Dios está cerca de ustedes”. Ellos “regresaron alegres” y al verlos retornar contentos de la misión, el Señor se llenó de gozo en el Espíritu Santo y bendijo al Padre, Señor del Cielo que comenzaba a reinar también en esta Tierra.

Nosotros, en la fiesta de la Santísima Trinidad, le pedimos al Espíritu con intenso deseo (y si no sentimos intenso deseo le pedimos también que nos de deseo de desear más, con más fuerza y alegría), que nos llene de gozo para Alegrarnos y exultar como Jesús y poder bendecir con Él al Padre que se revela a los pequeños.

Agradecemos a la Iglesia, nuestra Madre y nuestro Pueblo, porque es en Ella -en su espacio comunitario en torno a la Eucaristía y a todas las celebraciones-, donde podemos entonar juntos esta alabanza a nuestro Dios verdadero.

 

2. Luego me inquietó pensar en un mundo sin Alabanza ni bendición y eso me llevó a pedir al Espíritu que tocara y abriera mi corazón.

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Imaginemos, dice un autor, un mundo de fábricas, clubs, shoppings, reuniones políticas, universidades utilitarias, artes y recreaciones utilitarias, en el que no pudiéramos oír ni una sola voz aclamando: “Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo“; ninguna voz bendiciéndonos: “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“. Un mundo que transcurre al sol y sus relaciones se dan en el plano del utilitarismo, del industrialismo, de la tecnología…,un mundo en el que todo es biología, sicología y sociología, sin puerta alguna ni ventana al Reino de Dios. Un mundo sin Espíritu Santo que es Quien nos hace entrar en contacto con la Trinidad

Al Espíritu Santo se le llama “Dedo de la Diestra del Padre”. Al pensar en su forma de relacionarse con nosotros podemos pensar en ese leve contacto espiritual que hoy ejercitamos para encender nuestros celulares y tabletas y que a veces contrasta tanto con el modo brusco de relacionarnos con otros seres humanos.

Cuando Jeremías profetizaba que Dios escribiría su ley en nuestros corazones (Jr. 31, 33) me gusta imaginar al Señor escribiendo suavemente en el teclado digital de nuestro corazón, que se enciende y se ilumina con sus palabras. Así también en la lucha, cuando el Señor dice que expulsa los demonios “con el dedo de Dios”, me gusta pensar que los mueve con un dedo, los expulsa como quien pasa página y mira más allá. Si con un dedo le basta al Señor para hacer callar al Acusador, para comunicar su Espíritu Santo lo hace imponiendo sus manos con todo su corazón.

La imagen trinitaria del “dedo de la mano derecha (Jesús) del Padre” es una imagen táctil que puede ayudarnos en una relación con la Trinidad en la que la imágenes de tres personas iguales y distintas -como los tres ángeles de Rublev- y las expresiones numéricas del “Uno y Trino”- se nos mezclan con tantas imágenes y números que tenemos en la cabeza.

En el leve toque del Dedo de la Mano del Padre podemos sentir la potencia operativa del Espíritu que nos pone en contacto con la Carne del Señor y le permite al Padre abrazarnos como cuando corrió a abrazar a su hijo pródigo que volvía y se le echó al cuello y lo besó y lo hizo entrar en la casa.

Basta un toque suave -como a una tecla- del Espíritu para desencadenar esta fuerza arrolladora del Padre que se sale de sí para darnos todo, como a hijos muy queridos.

Basta un toque del Espíritu para que nos demos cuenta solos, sin necesidad de que nadie nos explique, de toda la Verdad Personal de Quién es Jesús para nosotros: el Señor de la vida de cada uno, el único capaz de hacer de todos los pueblos un solo pueblo de Dios que camina hacia la salvación.

Basta un toque del Espíritu para hacernos discernir -con clara lucidez y determinación- lo que tenemos que hacer en este momento preciso para agradar a Dios y hacerle contra -por no darle el gusto- al mal espíritu.

 

3. Por fin, encontré la imagen de la Mano de Jesús crucificado y sentí que allí hay una imagen de la Trinidad que no confunde y que quita el miedo

………..

Está todo allí: en la imagen de la Mano de Jesús crucificado; en la punta del Dedo de esa Mano totalmente abierta, entregada, de un Jesús que se ha abandonado en las Manos de su Padre y nos invita a dejarnos tocar por su Gracia que mana de la Cruz y nos comunica la Fortaleza del Espíritu que nos hace adorar diciendo “Abba” -Padrenuestro-, y confesar que “Jesús es nuestro Señor”, a quien seguimos sirviendo a nuestros hermanos.

Dice Francisco:

“Hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida (GE 175).

El Espíritu viene en Persona a nuestra vida. Y nos hace entrar en la esfera de acción y de presencia de la Persona del Padre y de la Persona de Jesús.

Una vez que le perdemos el miedo, como uno le pierde el miedo a un buen médico o a un buen maestro, el Espíritu supera cualquier tipo de distancia que tengamos con el Padre, sea la distancia de la avidez que nos hizo alejarnos de la Casa paterna con nuestra parte de la herencia, sea la distancia de la culpa que no nos deja regresar a pedir perdón.

El Espíritu facilita y vuelve agradable el hecho de vivir y caminar en la presencia del Padre y convierte en algo deseable que el Padre (que ve en lo secreto) examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto.

El Espíritu hace que conozcamos la voluntad del Padre, lo que le agrada, la misericordia perfecta y hace que nos confiemos a sus manos que nos podan como las manos del Viñador y nos moldean como las manos del Alfarero (cfr. GE 51).

            El Espíritu hace que confesemos que Jesús es nuestro Señor, nuestro guía y conductor, nuestro consejero y jefe en la vida cotidiana. Un Jefe cuyos mandamientos no son “órdenes militares ni funcionales” sino más bien exhortaciones apostólicas, que nos instan a desinstalarnos de la comodidad y nos permiten distinguir rostros que nos alientan y nos solicitan.

Como dice el Papa: “Jesús abre una brecha en medio de la selva de mandamientos y preceptos de la vida actual: una brecha que permite distinguir dos rostros: el del Padre y el del hermano. Jesús no nos da dos fórmulas o dos preceptos más. Nos entrega dos rostros, o mejor uno solo: el de Dios que se refleja en muchos hermanos” (GE 61).

El Espíritu Santo nos da “la libertad de Jesucristo y nos llama a examinar

lo que hay dentro de nosotros ―deseos, angustias, temores, búsquedas―

y lo que sucede fuera de nosotros  —los «signos de los tiempos»—

para reconocer los caminos de la libertad plena: «Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1 Ts 5,21). (GE 168)

 

En la fiesta de la Santísima Trinidad pedimos la gracia de perder el miedo a dejanos tocar por el Dedo de la Mano del Padre.

 

Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

 

  

Jesús dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a todas las creaturas. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;  podrán tomar a las serpientes con sus manos,  y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, colaborando el Señor y confirmando la Palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

Contemplación

La contemplación de hoy tratará de llevarnos por un camino poco transitado hasta ahora. El punto de partida son dos imágenes y una frase que no son frecuentes: una la de Jesús “colaborando” con los que salen a evangelizar; la otra, la del Padre que está rodilla en tierra, podando las vides.

Lo que nos empuja a fijar los ojos en estas dos imágenes -la del Padre y la de Jesús “en la tierra” es la orden de los ángeles de la Ascensión: “Hombres de Galilea, por qué están ahí parados y miran al Cielo”.

Esta advertencia de los ángeles de la Ascensión creo que no la hemos entendido bien. Al menos yo, porque al repetirla interiormente mientras leo la frase siento que ese “qué hacen ahí” tiene sabor a reproche.

Claramente no es el “alégrate” de la Anunciación a María.

Tiene un tono similar al de los reproches en el Sepulcro vacío cuando los ángeles les dice a las mujeres: “Ustedes buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado. No está aquí. Ha resucitado”.

Pero en esa ocasión la reconvención a no quedarse con los ojos fijados en la tumba, iba acompañada con un envío y una promesa: “vayan a anunciar a sus discípulos que lo verán en Galilea”.

Ahora, en la Ascensión, el sacudón para que no se queden ahí parados mirando al cielo tiene también una promesa -Jesús volverá-, pero es una promesa a larguísimo plazo (dicen los científicos que nuestro sol, que cumple ya sus 4.500 millones de años, tiene todavía 1.000 millones de años antes de que sus rayos se nos vuelvan tóxicos).

Jesús volverá por el mismo lado por donde lo vieron subir. Pero no será pronto, parece.

San Ignacio, cuando se escapó de los guardias para regresar al monte de la Ascensión, fue porque quería asegurarse de recordar bien hacia qué dirección apuntaban los pies del Señor cuando ascendió. Quería fijar en la memoria “hacia donde tenía que mirar” cada vez que se sentara a rezar, como haría después en el balconcito del Gesù desde el que miraba al cielo, a cabeza descubierta y derramando lágrimas mansas de consuelo.

Traigo aquí esta imagen porque describe la fuerza con que la Subida del Señor se imprimió en la memoria de los creyentes. Y digo que lo que nos ha quedado es algo así como que “no hay que quedarse mirando al cielo”, pero no porque sea algo bueno sino algo a lo que hay que resignarse: Jesús se fue!.

“Está bien mirar al cielo, pero conscientes de que el Señor no vendrá por ahora”.

Y así, hemos impostado un  cristianismo que mira al cielo de reojo.

Nuestras liturgias fueron adquiriendo con los siglos un tono de “cielo anticipado”. Una liturgia celestial que, con la ayuda de grandes artistas, se fue convirtiendo en “un rato de cielo”. Lo cual está bien si no se exagera. La dimensión de Cielo, de Gloria y de transfiguración, de descanso y Eucaristía fraterna, es importante en la vida cristiana. Por eso tiene su rol central en cada Domingo y en los tiempos de Fiesta, principalmente la Pascua, en la Navidad y en los sacramentos que acompañan la vida. Pero toda esta dimensión de Cielo cae bajo la advertencia de los ángeles de la Ascensión: “Por qué están ahí parados y miran al cielo?”.

Tengamos muy en cuenta que la frase siguiente, acerca de que el mismo Jesús volverá, no cierra para nada “la vida terrena de Jesús”. Todo lo contrario! Es verdad que el Señor “en cuerpo y alma”, volverá cuando el Padre considere que se ha cumplido el tiempo regalado a la humanidad. Pero esta “Ascensión” del Señor, que dilata el tiempo convirtiendo nuestra historia en Historia de la Salvación, no es el único punto donde hay que fijar la mirada. Antes de la promesa de los Ángeles sobre la venida definitiva del Señor, está la promesa del mismo Jesús sobre la venida del Espíritu Santo. Y esta se realizó pocos días después! Es decir: “bajó Alguien del Cielo”, que no era Jesús, pero sí el Espíritu! Lo cual quiere decir que bajaron ahora no solo Jesús, sino Jesús y el Padre!

El Señor lo dice en los discursos de la última Cena, cuando explica que Él ha salido del Padre y vuelve al Padre y que nos conviene que se vaya porque así nos enviará al Espíritu Consolador. Y ahí agrega algo muy significativo: dice que no intercederá Él para que el Padre nos conceda lo que le pedimos sino que “el mismo Padre nos ama porque lo hemos amado a Él y hemos creído en Él” (Jn 16, 27).

Esta nueva relación directa con el Padre y con Jesús es la Obra del Espíritu Santo.

Y de lo que se trata en esta relación es de algo tan concreto como “pedir algo”. Es decir: no habla aquí de una relación “mirando al cielo” sino de una relación “mirando a la tierra”. Eso es el Padrenuestro:

Padre nuestro que estás en el Cielo… baja a la tierra:

que sea santificado tu Nombre,

que venga tu Reino,

que se haga tu voluntad… así en la tierra como en el cielo.

Y entonces? Yo no digo que habría que suprimir los techos pintados de las Iglesias romanas, que hacen que la gente se quede parada mirando a ese cielo abierto pintado con luz blanca en el que se ve al Padre celestial en su trono y a Jesús sentado a su diestra, y a todos los ángeles y santos mirando para arriba, como en el glorioso techo de nuestra Iglesia madre del Gesù. Lo que digo es que sería una experiencia muy evangélica hacer oír una música que dijera: “Qué hacen ahí parados, hombres de todas las naciones, mirando al cielo…”.

También podría ser que se pintara el suelo, con caminos abiertos, como en la Basílica de nuestra Señora Aparecida, en Brasil, en la que los mosaicos de los pisos dan la sensación de caminar sobre las aguas que brotan de la fuente del altar central y van hacia las doce puertas de salida.

Al salir a anunciar nos encontraremos al Padre viñador y al Jesús colaborador. No son imagenes para contemplar parados sino en camino: contempl-acciones, como titulamos ahora este sitio.

El no quedarse mirando al cielo es llamamiento a mirar la tierra. Con el Cielo asegurado, porque está en las manos llagadas del Señor, podemos hacer la “Contemplación para crecer en el amor”, el tercer punto en el que Ignacio dice: “Considerar cómo Dios trabaja y co-labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra. Es decir: está presente como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis). Trabaja en los cielos, en los elementos, en las plantas, en los frutos, en el ganados, etc., dando ser, conservando, vegetando y sintiendo. Y reflexionar luego sobre mí mismo”.

Y también podemos contemplar la imagen del Llamamiento de Jesús como Rey eternal, que llama a todos diciendo: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo (en el día y vigilar en la noche, etcétera), porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.

Estas dos imágenes -la del Padre con las manos metidas en toda la creación y la de Jesús trabajando de día y velando de noche- son imagenes que no es necesario “pintar” porque cada uno las ve en vivo y en directo cada vez que sale al trabajo o hace las cosas de la casa. Ver el rostro del Padre y de Jesús en cada trabajador, ver las manos del Padre – una masculina y otra femenina como en el cuadro de Rembrandt- colaborando con las manos de todos los padres y de todas las mamás, no necesita artistas del renacimiento o del barroco sino artesanos. Al Padre Trabajador y a Jesús Colaborador no se los ve sino colaborando. El que tenga ojos para ver, que vea!

 Diego Fares sj 

 

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Estatua de Matteo Ricci y Xu Guangqi (laico chino convertido).

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:  «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense mutuamente, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando. Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

“Yo los he llamado amigos” dice Jesús en la última Cena.

Nos quedamos con esa frase y le dedicamos este rato de contemplación a dejar que se asiente en nuestra  alma este nombre de amigos con que nos llama el Señor.

Sabemos que esto de “dar un nombre” a alguien, es para Jesús algo especial. El hecho de que remarque que “nos ha llamado amigos” y que lo fundamente -“les he dado a conocer todas las cosas que oí junto al Padre”- es una invitación a apreciar este gesto suyo como algo decisivo para nuestra vida.

Estas contemplaciones hace un tiempo ya que una amiga -Shu Qin Xiao-, religiosa de la Compañía de María, las traduce en chino. Como los chinos aunque no lo parezca, tienen menos paciencia que los argentinos (al menos para leer estas contemplaciones en sus celulares), la primera sugerencia que me hicieron, luego de una encuesta que mandamos, fue acortarlas bastante. Sus educadas respuestas fueron mayoritariamente: “Muy lindo. Pero mejor más cortito y más ejemplos de la vida cotidiana”. Así que comencé a hacer una síntesis de media paginita. Pero después, como para que se publicara en una página abierta del whatsapp chino tenía que estar antes, terminé por escribirla durante la semana, de modo que en general salen contemplaciones muy distintas.

Hoy comienzo con la china, ya que para escribirles a ellos me inspiró el libro Sobre la amistad del padre Ricci. Aunque en vez de sintetizar más la otra, aquí me extiendo, dejándome llevar por el gusto de hacer “coloquio”, como un amigo hace con sus amigos.

….

El misionero jesuita Mateo Ricci, cuando se estableció en Nanchang en el año 1595, se hizo amigo de dos funcionarios que tenían título de “rey”, aunque no tenían reino (como nos pasa a los curas que estamos en Roma y no tenemos parroquia). A uno de ellos, el rey de Jian’an, que se llamaba Zhu Duojie, Ricci le regaló dos libros: uno era un mapamundi con muchas descripciones en chino hechas por él mismo. El otro libro fue su tratado Sobre la amistad. Consta de 100 sentencias y está escrito como respuesta a una inquietud que tenía el rey acerca de “qué sentíamos de la amistad en occidente”. El libro se hizo muy famoso, tanto que  Ricci o Xitai (“Maestro del gran Occidente”, como le dieron en llamar sus amigos chinos) afirmaba que con ese libro habían logrado más que con todos los otros trabajos apostólicos juntos. Es que a los hombres nos interesan muchas cosas -como los mapamundi-, pero la amistad nos interesa más.

En la meditación para mis amigos chinos me centré en un punto: que en Jesús podemos ser amigos de todos los hombres.

Tomé pie en la importancia que tiene para la sabiduría popular china la “amistad social” (de la que siempre nos habla el Papa Francisco y creo yo que es una gracia contra la cual el Maligno, enemigo de la naturaleza humana que es amigable, lucha con ensañamiento sembrando odio, mentira y guerra).

En china se considera la amista como la quinta relación social. Lo expresan así: “Entre soberano y súbdito no puede faltar la justicia, entre padre e hijo, no puede faltar el afecto, entre marido y mujer, no puede faltar la diferencia; entre hermano mayor y hermanos menores, no puede faltar la jerarquía: cómo podrá faltar la amistad?”

También tomé un proverbio chino que habla de los amigos lejanos: “Los amigos estarán cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los confines más remotos“. Me encanta este modo de decirlo. Nosotros lo expresamos temporalmente, diciendo que “es como si nos hubiéramos visto ayer“. Ellos lo expresan diciendo que es como encontrarse con el vecino de al lado.

La verdad es que da gusto cómo cada pueblo -y cada grupo o par de amigos- nos complacemos en encontrar imágenes antiguas y nuevas para expresar algo inefable de mil maneras distintas y que todos entendemos.

El punto es, por supuesto, la evangelización. Se trata de meditar y contemplar cómo Jesús, que multiplica y mejora todas las cosas humanas -los cinco panes y los peces y el agua convertida en vino en Caná-, multiplica y mejora la amistad humana, que ya en sí misma es de lo mejor que tenemos los hombres.          Pongo especial atención en lo de que la multiplica, porque por ahí es un lugar común decir que los amigos son pocos y que es dificil encontrar un amigo o una amiga de confianza.

La reflexión que hice teniendo en cuenta todas estas cosas, es que no existe “la amistad”, así en general, como si fuera un valor absoluto en lo alto del reino de las ideas al que todos tendríamos que mirar. No existe “la amistad” en abstracto. Existen los amigos. Y cada relación entre amigos es única y aporta algo especial a la amistad de los demás.

Si esto es así, entonces cuando Aristóteles dice que a uno no le da la vida para tener muchos amigos, está haciendo una reflexión cuantitativa que le viene de la razón, es cierto, pero de una razón limitada a su experiencia cultural particular. Es razonable porque es veredad que los amigos – especialmente los “amigos incómodos”, que vienen a cualquier hora y se quedan hasta tarde-, a veces demandan mucho tiempo. Pero Aristóteles no contaba con un Amigo como Jesús, que si es capaz de multiplicar peces y panes, con mayor razón es capaz de multiplicar amigos (y hacer que se multiplique el tiempo que uno le dedica a los amigos.

En el Reino, el tiempo para los amigos, en vez de perderse se duplica y quintuplica. Lo vemos en el Papa, por ejemplo, que la gente dice “no sé de dónde saca tiempo para escribir personalmente sus saludos y para llamar a tantos”. Es que eso de que “lo saca” contiene una gran verdad, porque no lo saca de su cítizen, sino del reloj pulsera que usaría Jesús, para quien, como afirma Pedro, que estaba atento al modo de vivir el tiempo que tenía el Señor: “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Otra frase común es que la amistad es una “rara avis” -un “cisne negro” decía Kant-. Pero esta reflexión, al igual que todas las que hacemos sobre la amistad, tiene un “sí, es verdad” y un “pero también”. Es verdad que la amistad es especial. Pero si es verdad que no existe la amistad sino los amigos, la imagen del “cisne negro” nos habla de cómo era Kant, que era un tipo bastante particular, y por tanto, sus amigos deberían ser también “particulares”. Pero también hay otra gente que por ahí es muy simple y tiene muchos “mejores amigos”, como mi amigo Iñaki, por ejemplo, que no tiene ningún empacho en llamar “mi mejor amigo” a varios de nosotros.

Jesús es así, se hacía y se hace amigos entre gente muy distinta. Amigos que lo seguían (y lo siguen) en su tarea misionera, como los apóstoles, amigos que lo recibían (y lo reciben) en su casa, como Lázaro, Marta y María, amigas como la Samaritana o Zaqueo, a los que se encontró (y se sigue encontrando) en el campo y por la calle, amigos de otras culturas y religiones, como el Centurión, la Sirofenicia y el leproso Samaritano que volvió a darle gracias. Y era (y es) también amigo de pueblos enteros, como los de Caná, Cafarnaún y el pueblo de la Samaritana… El Señor pensaba en “todos los pueblos”, en las ovejas de esos “otros rebaños” que sus apóstoles-amigos saldrían a buscar.

Íntima y comunicable, especial y común, son rasgos que aporta a los amigos Alguien como Jesús y que todos podemos incorporar y aprovechar a nuestro modo. Digo a nuestro modo porque con las cosas entre amigos pasa algo curioso: si uno quiere copiar lo de otros, no tiene sentido. No solo no se puede sino que se logra el efecto contrario. Pero si uno pesca algún dinamismo de los otros y lo sintoniza con el propio, su amistad crece y se potencia. No siempre sirve contar los chistes de un grupo de amigos a otro, por ejemplo, pero sí contagiarse del espíritu del buen humor.

Termino con esta reflexión: el hecho de que el Señor los llamara amigos significa que entre ellos reinaba mucho el buen humor, esa alegría y esos comentarios que condimentan las charlas y reuniones entre amigos. En Alégrense y regocíjense, el Papa habla del buen humor como una de las “cinco notas” de la santidad que espera que “resuenen de manera especial” en nuestra vida.

La alegría y el buen humor es una de esas características “indispensables para comprender el estilo de vida al cual el Señor nos llama” (GE 110).

La santidad -como la amistad- no puede ser ni “triste, ni ácida, ni melancólica, ni tener un perfil bajo y sin energía” (GE 122).

Un proverbio chino dice que “La fuerza con que los amigos se hacen el bien es menor de aquella con que los enemigos se odian“. Es terrible esto. A mí me lleva a examinarme seriamente acerca de cuánta energía positiva y cuánta creatividad le pongo a cultivar mi relación con mis amigos. No para ponerme triste o melancólico por lo que he pecado de omisión en esto, sino para ponerme con renovada energía a imaginar gestos que puedan acercarles alegría y buen humor. Mis amigos son gasoleros y con poco andan un trecho largo.

La última nota de buen humor del Papa va por el lado de “no complicarla”: “El Señor nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados” (GE 127), dice el Papa. Y cita al Cohelet: “En tiempo de prosperidad, disfruta (…) Dios ha creado a los seres humanos rectos, pero ellos van a la búsqueda de infinitas complicaciones” (Qo 7, 14-15).

Es propio entre amigos de gozar con el bien del otro sin envidias ni mezquindades. Por eso es que caminan, codo a codo, la amistad y la santidad, o mejor, los amigos y los santos.

Diego Fares sj

 

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