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En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo: No hagan frente al malo. Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrecele la otra; al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa; y si uno te quiere forzar a caminar una milla, andá con él dos; a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes.

Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48).

Contemplación

El texto del éxodo que dice “ojo por ojo, diente por diente” continúa “mano por mano”… Las manos están presentes en este pasaje: la mano que te abofetea la mejilla y la mano que no devuelve mal por mal, la mano que tironea de la túnica, la mano que cede y la que ofrece también la capa, la mano del que te quiere forzar a acompañarlo una milla, la mano que pide, la mano que da, la mano que saluda, incluso a los enemigos… La mano de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos.

En los mosaicos del padre Rupnik, Dios Padre suele estar representado sólo por su mano. Es una mano que irrumpe desde lo invisible y entra en la historia que representa el cuadro. La imagen que elegí hoy es la mano del Padre que está en la nueva Capilla del escolasticado del Gesù, en Roma. 

La mano del Padre!

Cuando Jesús nos exhorta a “ser perfectos como nuestro Padre del Cielo es perfecto” la perfección de la que habla no es una perfección sin manos. Todo lo contrario. 

Qué sería una perfección sin manos? 

Una perfección sin manos es una perfección que esconde sus manos para no tener que dar, para no ensuciarlas, para no gastarlas.

La perfección del Padre, en cambio, es la perfección de sus manos. De hecho “nadie ha visto al Padre” pero se lo puede reconocer por las obras de sus manos, en particular por las manos de Jesús, que bendecían, que curaban tocando lepras y parálisis, tocando ojos muertos , abriendo oídos y agarrando fuerte lenguas balbuceantes. Las manos del Padre son, en definitiva, las manos en las que Jesús se confía cuando entrega el Espíritu. 

A Dios no se lo ve, decimos como si fuera una constatación empírica que probaría no sé que cosa, que la fe no tiene sentido, quizás. Y con esa afirmación científica no nos damos cuenta de que solo corroboramos lo que el mismo Dios nos dice: que a Él no se lo puede ver. Jesús nos dice que precisamente por eso es por lo que Él vino: Porque a Dios no se lo puede ver pero el que lo ve a Él ve al Padre. 

Pero el asunto es caer en la cuenta de que a Dios se le pueden sentir las manos.

Como cuando uno llega a casa y encuentra la comida preparada y caliente y agradece las manos que la prepararon. 

Hay obras que dicen todo de las manos que las realizaron. Y esas manos no son simplemente “instrumentos” como una mano robótica o “la mano invisible del mercado” o la mano del azar. No hay manos sin corazón, no hay manos sin inteligencia. Y viceversa: no hay corazón sin manos misericordiosas, no hay inteligencia sin manos que lleven a cabo las ideas y los sueños.

Pues bien: nuestro Padre es perfecto en el uso de sus manos. 

Las manos del Padre son las que abrazan y acarician el rostro del hijo que volvió. Son las mismas que contaron la plata de la herencia y se la dieron, en un gesto sin mezquindad, como quien pone en manos de otro un fajo de dinero y rubrica el gesto haciendo sentir el peso de su mano y luego lo suelta y lo deja ir. El gesto del que da bien dadas las cosas. Así da el Padre, generosamente, con desprendimiento, mirando a los ojos del hijo, que no lo mira, sino que mira la plata…

Las manos del Padre son las que se mueven encareciendo las palabras con que quiere convencer al hijo mayor de que acepte a su hermano. Son manos que le tocan el hombro, que lo sacuden un poco para sacarlo del ensueño de su propio enojo, que vela la mirada. Manos que se posan en su espalda con suavidad, como para hacerlo entrar junto consigo. 

Las manos del Padre son manos trabajadoras. Mi Padre siempre trabaja, revela Jesús. No es un universo automático el universo en el que vivimos. Es verdad que las imágenes “antropológicas” del Dios creador, ese anciano con barba larga volando sobre las estrellas en una masa de ángeles, es de Miguel Ángel. Algunos prefieren una imagen más destilada, de una energía estelar sin rostro, que hace chocar átomos entre sí durante miles de millones de años luz y al final “hete aquí que aparecemos nosotros” con nuestros celulares, nuestros drones y nuestros parlamentos. Confieso que no hay ninguna cara de Dios Padre pintada por artistas que me guste. Y tampoco me gusta ninguna que pueda proyectar o imaginarme yo. Pero lo que no acepto es un Dios sin manos. No acepto ninguna lógica que le corte las manos al Dios que espero. Porque son las manos que me formaron en el vientre de mi madre y son las manos en las que espero caer cuando me muera. Así como me recibieron las manos de la partera al nacer y me pusieron en las manos de mi madre, así espero me reciban las manos de mis seres queridos, de mis santos amigos y de los pobres que recibí en El Hogar de San José, de María y de Jesús cuando me escurra hacia adentro y me apague, y me pongan en las manos de mi Padre, que me dio la vida. 

Si en algo espero es en las manos de Dios. Y trato de sentir cómo se “mete” en el cuadro de mi existencia, en medio de los acontecimientos de mi vida y cómo ajusta alguna cosa, cómo da una palmada de ánimo, cómo me sostiene y me tira para arriba, cómo me señala el sendero o que me fije en aquel…, cómo me hace señas de que vaya, de que me anime y me tire nomás, cómo me saluda de lejos y me aplaude cuando doy un pasito adelante en su reino.

Las manos de nuestro Padre para mí son como las de papá, cuando jugábamos a hacer luchitas en la cama grande y me lanzaba altísimo por el aire y me campujaba con seguridad mientras yo reía y reía a carcajadas felices. Son como sus manos cuando me llevaba al colegio caminando en la mañana fría de Mendoza, como lo llevaba a él su padre. Son como las manos que me dejaron ir cuando le dije que me iba a San Miguel para ver si en la Compañía estaba el lugar al que Dios me llamaba y me quise recostar en su pecho y el me empujó suavemente a que partiera. Son manos como ojos, que solo se quedan quietas para que el abrazo sea solo con la mirada y permita partir, marcando la distancia, marcando que cada uno debe seguir su sueño y hacer su camino.

Las manos se pueden sentir con todo el cuerpo pero donde mejor se sienten es en las propias manos. Las manos perfectas del Padre se sienten perfectas en nuestras manos, cuando “hacemos su voluntad”, que es como decir cuando “hacemos lo que hacen sus manos”.

Cuando practicamos la misericordia con nuestras manos es cuando la Mano del Padre se mete en la historia. No tenemos la capacidad mental ni cordial de ver y de amar a Dios como lo que Él es. Nos desborda por todos lados. Pero sí tenemos la capacidad de sostener como Él sostiene a un hijo, de abrazar como Él abraza a uno que se había distanciado, de hacer cosas buenas -de prepararlas, de realizarlas y de ofrecerlas- como Él hace cosas buenas, de acariciar y bendecir como Él acaricia y bendice, de padecer y no soltar, como Él -en Jesús- nos enseña que padece y no nos suelta de su mano.

Iba un día caminando al Hogar por Moreno, por la vereda del shopping, una semana después de que se me habían muerto dos amigos y colaboradores muy queridos, que eran mi mano derecha, y le decía al Señor con lágrimas, que eso no tenía nada de bueno, que no me dijeran que era su providencia, que estaba todo mal y no había allí nada de bueno. Lo desafié a que me explicara qué podía haber de bueno en lo que estaba pasando y lo que sentí, como si Él derramara con su mano un bálsamo en mi interior que me dilató el corazón que tenía angustiado, fue: “que tenés ahora tu corazón más parecido al mío”. Sentí lo que siente Él cada vez que pierde a uno de los suyos, cada vez que cae un pajarito, como dice Jesús, cada vez que un pequeño es escandalizado, cada vez que un Jesusito tiene que nacer -o no nacer- en un refugio, cada vez que su Jesús está de nuevo crucificado y se lo matan o lo dejan que muera nomás, sin ayuda.

Así como con el corazón, pasa también con las manos: que se vuelven más parecidas a las suyas. Cuando toco al mendigo al que le doy la monedita (que aquí es un euro y allá como 90 pesos), cuando bendigo a todos los que saludo  cada vez que me voy o se van, cuando trabajo bien escribiendo y no pierdo tiempo: mis manos y mis dedos son más parecidos a los Suyos, a los de nuestro Padre. Y sale natural fijarme en otras manos, buscar otras manos, querer estrechar las manos de todos. Porque las manos están hechas para eso, para relacionarse, para unirse. 

Una última imagen (o anti-imagen) para discernir una tentación de las manos que nos las aleja de las de nuestro Padre. Esta tentación no va por el lado de las manos que agreden, ni de las manos que con mezquindad se cierran, ni de las manos que con avidez buscan todo para sí. Tampoco de las manos que se quedan caídas, sin hacer nada. Hay otra tentación que no nos deja sentir las Manos del Padre en nuestras propias manos y es la que describe el Principito en su visita al segundo planeta: 

“El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso: 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! —Gritó el vanidoso al divisar a lo lejos al principito. 

Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores. 

—¡Buenos días! —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tiene! 

—Es para saludar a los que me aclaman —respondió el vanidoso. Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí. 

—¿Ah, sí? —preguntó sin comprender el principito. 

Golpea tus manos una contra otra —le aconsejó el vanidoso. 

El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero (con su mano). 

“Esto parece más divertido que la visita al rey”, se dijo para sí el principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el sombrero.

A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego. 

—¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? —preguntó el principito. 

Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas. 

—¿Tú me admiras mucho, verdad? —preguntó el vanidoso al principito. 

—¿Qué significa admirar? 

—Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta. 

—¡Si tú estás solo en tu planeta!
—¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
—¡Bueno! Te admiro —dijo el principito encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué te sirve? Y el principito se marchó. 

“Decididamente, las personas mayores son muy extrañas”, se decía para sí el principito durante su viaje”.

Nuestras manos se vuelven parecidas a las Manos del Padre cuando lo aplaudimos solo a Él y solo a los que Él aplaude: a los que hacen las obras buenas que Él planeó desde el comienzo de la creación para que las practicáramos; las obras que Jesús nos enseñó a hacer y que el Espíritu nos indica que hagamos con su sabiduría y su discernimiento y nos da la fuerza para llevarlas adelante. 

No aplaudir vanidosos es un buen ejercicio (comenzando por suprimir los auto-aplausos, que ya es mucho). Pero aplaudir calurosamente a los que Dios aplaude, es mejor. Y le hace mucho bien a nuestras manos.

Diego Fares sj

No crean que he venido a disolver (katalusai) la Ley o los Profetas. No he venido para disolver (katalusai), sino para plenificar (pleromai).

En verdad les digo: mientras duren (mientras no pasen, mientras no se destruyan), el cielo y la tierra, no prescribirá (no pasará ni se destruirá) ni una letra o una coma de la Ley, hasta que todo (lo que dice la ley) se realice (se cumpla, acontezca). 

Por tanto, el que disuelva (anule) el más pequeño de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será llamado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio el que los lleve a la práctica y los enseñe, será llamado grande en el Reino de los Cielos. Yo se lo digo: si su rectitud (dikaiosyne)  no se desborda con mayor plenitud (pleion) que la de los fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. 

Ustedes han escuchado lo que se dijo a sus antepasados:

 «No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse a un juicio.» Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda. Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias, que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. 

Ustedes han oído que se dijo: 

«No cometerás adulterio.» Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 

También se dijo:  «El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.» Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, fuera del caso de unión ilegítima, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio. 

Ustedes han oído lo que se dijo a sus antepasados: 

«No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.» Pero yo les digo: ¡No juren! No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, que es la tarima de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu propia cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio” (Mt 5, 17-37).

Contemplación

El pasaje es difícil. Porque en principio todos entendemos el fondo del asunto, pero luego hay demasiados ejemplos de leyes y costumbres que culturalmente nos resultan ajenas, como lo de no jurar por Jerusalen, o que parecen perimidas, aunque luego polarizan de nuevo la sociedad, como la discusión sobre el divorcio…

Digo que es difícil porque la cuestión de fondo se ha estereotipado: Jesús contra los fariseos. La palabra misma “fariseo” se ha estereotipado. Como dice A. Ivereigh en The wounded Shepherd -El pastor herido- su nuevo libro sobre cómo Francisco lucha por cambiar la Iglesia, sería más justo decir “los malos fariseos”, porque había fariseos buenos, como Nicodemo, por ejemplo. Es difícil este pasaje porque tampoco podemos simplificar la posición de Jesús y dar por descontado que la entendemos su forma de “plenificar la ley”.  Los mismos discípulos, que no tenían nada de fariseos (por lo menos mientras se dejaban corregir por Jesús), no entendían muchas cosas y les resultaban “imposibles” de poder cumplir, como les pasaba con la cuestión del dinero o del divorcio. Quién podrá salvarse – decían!- previendo ya que tendrían que predicar cosas que no los harían muy populares con la gente. Porque al principio parece lindo hablar de amor y misericordia en vez de hablar de ley, pero cuando la misericordia y el amor se convierten en la única ley, muchos prefieren volver a tener leyes cuya aplicación no requiera  de un discernimiento regulado por el “más”, porque, aunque resulten exigentes, son leyes “de mínima”, que se pueden saltar de vez en cuando, y en cambio las del amor y la misericordia no se pueden saltar nunca y llevan directo a la cruz.

El drama era el de siempre: se ve que algunos acusaban a Jesús de que, con las excepciones que hacía curando en Sábado, por ejemplo, estaba de hecho disolviendo la Ley. Juzgaban que esto terminaría por confundir a la gente y destruiría las costumbres que daban cohesión social al pueblo.

Sin embargo, Jesús no contemporiza para entrar en diálogo, sino que aquí sale con los tapones de punta. 

Despejemos primero los ejemplos que usa. El Señor toma cuatro temas candentes en su tiempo: el homicidio, el adulterio, el divorcio y el juramento. Las variaciones culturales con nuestra mentalidad son significativas. El juramento, por ejemplo, pesaba personal y socialmente. Hoy en cambio se jura por Dios o por la patria y nadie duda que cada uno está diciendo “por mi Dios” y “por mi idea de patria”. Nadie pretende que sean juramentos que no reconocen valores absolutos y por eso nadie se escandaliza cuando los que juraron no reconocen que juraron en falso, sino que si los atacan se defienden diciendo que los otros son iguales o peores. 

También es bueno notar aquí que en la cuestión del divorcio, los fariseos eran menos rigurosos que Jesús. Digo esto para disolver imágenes estereotipadas.

Estas diferencias entre las mentalidades de cada época, las costumbres culturales y las leyes, nos permite ir directamente al corazón del evangelio que el Señor predica.

Una rectitud más plena

Las palabras claves que usa Jesús son “rectitud” y “plenitud”. 

Dice que nuestra rectitud debe desbordarse con mayor plenitud que la rectitud de los fariseos.

La rectitud es la medida con la que uno se ajusta a si mismo en conciencia, con sinceridad de corazón. A esto apela el Señor: a la honradez y sinceridad de cada uno, allí donde uno no busca defenderse ni justificarse comparándose con los demás, sino donde uno está interesado realmente en mejorar, en crecer, en ser más pleno. 

Esta rectitud última, dice el Señor, no se puede ajustar desde afuera de la persona. 

Esta es la conciencia! No principalmente en cuanto ya formada con los valores de la ley sino en cuanto deseo de ajustarse siempre mejor a lo que a Dios más le agrada y a lo que necesitan mis hermanos. La conciencia que se rectifica con mayor plenitud que la que viene de la ley, para ser más buenos, más objetivos, más justos.

Esto no se ajusta desde afuera. Y desde adentro, lo que uno experimenta es que tampoco se puede ajustar solo. 

Aquí es donde necesitamos “salvación”, aquí es donde necesitamos a Alguien como Jesús. El único “recto” que puede “rectificar” a todos los demás. 

Pero esta necesidad de Alguien recto no se experimenta así nomás. De niño uno tiene este don naturalmente: se deja rectificar dócilmente por los papás. Pero luego uno piensa que se puede rectificar solo y debe hacer un largo camino.  Primero uno tiene que renunciar a ajustarse solo por las leyes externas. Son útiles para tener límites, pero no bastan. Luego, después de haber tratado de ajustarse a si mismo, siendo lo más sincero y honesto posible, después, digo de ver que uno mismo falla, que está condicionado por su sicología, su formación y su entorno y que no es buen juez de sí mismo (este es un juicio último que nos da soberanía), entonces sí, puede uno abrirse humildemente a Jesús y buscar en la oración con el evangelio que sea el Espíritu Santo el que lo vaya “rectificando”.

Es bueno saber que no existe una “rectificación” absoluta. El trabajo de discernir  se debe retomar cada día, en cada situación, tendiendo en cuenta tiempos, lugares y personas, como dice Ignacio. Es un trabajo de apertura constante al Espíritu. 

Esto no relativiza ninguna ley sino que nos concentra a cada uno en buscar ser uno mismo rectificado y nos libera de andar queriendo rectificar a los demás.

Dicho esto, quiero introducir aquí, a manera de presentación práctica de la Exhortación Querida Amazonia, un hermoso pasaje del Papa Francisco en el que habla de “Ampliar horizontes más allá de los conflictos”. 

Los conflictos son los de siempre, pero en cada época se focalizan en puntos concretos. En este caso son los que se plantean en torno a la ordenación o no de hombres casados y al diaconado femenino. Dos temas que quedan abiertos y que algunos ponen en el candelero para oscurecer el gran tema que es “el Amazonia” como símbolo de lo que ocurrió u ocurrirá en el planeta. 

Son conflictos en los que unos buscan absolutizar y otros relativizar las leyes y el Papa apunta a “plenificar”, a ir madurando las cosas caminando juntos, superando los conflictos sin quedar atrapados en ellos: 

“Esto de ninguna manera significa relativizar los problemas, escapar de ellos o dejar las cosas como están. Las verdaderas soluciones nunca se alcanzan licuando la audacia, escondiéndose de las exigencias concretas o buscando culpas afuera. Al contrario, la salida se encuentra por “desborde”, trascendiendo la dialéctica que limita la visión para poder reconocer así un don mayor que Dios está ofreciendo. De ese nuevo don acogido con valentía y generosidad, de ese don inesperado que despierta una nueva y mayor creatividad, manarán como de una fuente generosa las respuestas que la dialéctica no nos dejaba ver. En sus inicios, la fe cristiana se difundió admirablemente siguiendo esta lógica que le permitió, a partir de una matriz hebrea, encarnarse en las culturas grecorromanas y adquirir a su paso distintas modalidades. De modo análogo, en este momento histórico, la Amazonia nos desafía a superar perspectivas limitadas, soluciones pragmáticas que se quedan clausuradas en aspectos parciales de los grandes desafíos, para buscar caminos más amplios y audaces de inculturación” (QA 105).

Si nuestra rectitud no se desborda -en amor y en misericordia- más plenamente que la rectitud de los buscan mantener o cambiar solo las leyes externas y no el modo mismo de ser rectificados por el Espíritu, no cambiarán las cosas que no están bien ni madurarán las que sí lo están.

Diego Fares sj 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Ustedes son la sal de la tierra. 

Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? 

Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. 

Ustedes son la luz del mundo. 

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. 

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, 

sino que se la pone sobre el candelero 

para que ilumine a todos los que están en la casa. 

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes,

 a fin de que ellos vean sus buenas obras 

y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt 5, 13-16).

Contemplación

Ustedes son la sal, la luz en el candelero de casa y la de la ciudad en la cima de la montaña… Ustedes… Quiénes? Los que me siguen, ustedes: mis discípulos.

Jesús nos define por el seguimiento: somos Sus seguidores.

Y define el seguimiento por la sal que no pierde su sabor, por la luz de la lámpara en el techo, que ilumina a todos los de la casa, por la luz de la ciudad en lo alto del monte que ilumina el mundo, como la Virgen alada sobre el Panecillo de Quito

A sus discípulos el Señor nos define por estas dos cualidades: una que actúa en lo interior, la de la sal cuya misión consiste en realzar el sabor propio de cada alimento; la otra, que irradia hacia afuera, la de la luz que resplandece. 

Estas son las dos acciones propias del que se pone en camino cada día y sale en seguimiento de Jesús. Una de sus tareas es salar, la otra, iluminar. Ambas son relativas. Para salar bien hay que saborear los alimentos mientras se preparan hasta encontrar el punto justo para cada uno. Conviene dejar la opción -y esto es clave!- de que cada uno de los comensales pueda agregar una pizca de sal a gusto. La justeza en la sal de base que tiene en cuenta lo que el alimento absorbe es el arte del que cocina. Hay que tener cuidado: si se sala un poquito de menos, algo se puede mejorar (y ahí entra lo de la pizca de sal que se deja a gusto del otro), pero si el alimento absorbió sal de más, ya no se puede quitar. 

La parábola del Cocinero y la sal que perdió el sabor

La parábola de la sal es de las más cortas del evangelio. Yo la llamo “la parábola del Cocinero y la sal que perdió el sabor”. No sé si técnicamente se la considera parábola pero a mí me parece que en dos frases el Señor logra expresar todo un drama. Si la sal pierde su sabor, pregunta Jesús: “¿con qué se la volverá a salar? Y ahí nomás responde sin concesiones, como dando por supuesto que todos captamos lo dramático de la cosa: “Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres”. Es que no tiene sentido “salar la sal”, mezclar granitos salados con otros que han perdido el sabor. No hay granitos infinitesimales capaces de entrar en los granitos comunes y salarlos! La sal viene en granitos mínimos para poder realizar esa tarea de ser absorbida en medidas proporciones por los otros alimentos. Por eso, los granitos que no sirven (o un salero entero), se tiran directamente y, sin perder tiempo, se buscan otros que “sean” granitos de sal.

No se trata, por tanto, de una parábola simpática en un sentido algo banal. Como si Jesús dijera “tienen que ponerle un poco de sabor a la vida de la gente”. No es así. No nos dice que nosotros somos los cocineros que deben tener el arte del discernimiento para saber salar. El Cocinero es Él! Y con el Espíritu, son Dos que saben salar muy bien. A nosotros nos dice que somos la sal, simples e importantes granitos de sal que Él quiere usar a gusto. 

La comparación nos hace experimentar dramáticamente que en nuestro sabor intrínseco nos lo jugamos todo. Si perdemos nuestro sabor, no serviremos para nada: nos tendrá que reemplazar. Directamente. Nada dice Jesús acerca de si esto le causa pena o no. Un cocinero que está cocinando la comida no tiene tiempo de lamentarse por unos granitos de sal que se volvieron insípidos. Busca otros buenos ahí nomás y los malos los tira.

A mí esta parábola me hace gustar dos cosas. Una, el gusto de la sal básica, ese grado de salamiento con que el Señor cocinó mi ser cristiano. Me hace bien saborear el gusto intacto de ser hijo de Dios que me imprimió el Bautismo. Es un sabor inmodificable que quedó para siempre. Antes se significaba poniendo unos granitos de sal en la lengua del bautizado. Me hace bien saborear el gusto intacto de ser testigo de Cristo que el Espíritu me imprimió en la Confirmación. Me hace bien gustar el sabor intacto del ministerio sacerdotal, cada vez que pronuncio las palabras de la Consagración y de la Absolución.

La sal es en imagen lo que conceptualmente se llama “carácter”. “El carácter es propiamente hablando un sello por el que una cosa es determinada al cumplimiento de un fin”. El discípulo está salado para salar e iluminado para iluminar. Para ser hay que actuar, eso quiere decir.

La otra cosa que me hace gustar, aquí con temor y temblor, es la sal que no viene ya preservada con el carácter sino que la gracia la debemos custodiar y mejorar “junto con los demás”. Así pasa en el matrimonio: la sal tiene sabor “familiar”. La pregunta no es “si me gusta a mí” sino si “nos gusta (y nos hace bien) como familia”.

Así pasa en la vida consagrada: la sal tiene sabor “comunitario”. La pregunta no es por “mi carisma” sino por “nuestro carisma”.

Así pasa en la evangelización de las culturas. La sal tiene sabor a la cultura de cada pueblo. La cuestión no es lo que le gusta a mi cultura sino el gusto nuevo a Cristo que surge de la mutua inculturación.

La tercera cosa que me hace gustar la parábola es que gracias a Dios, en este ámbito de sal compartida y libre, cada nuevo día se puede cocinar de nuevo y se puede usar sal nueva. Eso no quita que haya días que quedaron mal cocidos porque la sal estaba insípida y hubo que tirarla. Las acciones que quedan así son materia de confesión y solo así servirán para algo, ya que Jesús es maestro en salar con su cruz nuestras carnes desabridas y devolverle sabor a nuestra vida insípida. Incluso hay instituciones enteras -con sus libros, reglamentos, edificios y horarios- que pierden su sal: fueron creadas para evangelizar y para ejercitar las obras de misericordia y se convirtieron en otra cosa, como esos hospitales que fueron creados para pobres y terminaron siendo clínicas de lujo- y solo sirven para ser demolidas. El Papa en Evangelii gaudium 27 sueña con una sal que pueda renovarlo todo: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”. 

La parábola del que es Luz y las lamparitas que lo hacen resplandecer

La parábola de la luz el Señor la expande: no solo no hay que esconder la luz sino que hay que hacerla resplandecer! Si la de la sal nos habla de medida, la de la luz nos habla de desborde: el evangelio debe brillar de manera tal que se desborde, para que la Gloria de la misericordia de Dios resplandezca en todo su esplendor y llegue a todos las casas y a todos los pueblos.

La luz es relativa a la forma y color de las cosas que ilumina y a la sensibilidad del ojo que se adapta a ella para ver. Aquí remito al sitio de Pastoral Jesuita https://pastoralsj.org/ser/2524-matices, donde Facundo Fernández Buils diagnostica con una metáfora genial lo que nos está sucediendo: “Mirar en blanco y negro”, se titula su escrito y dice: “Quizás me equivoque pero tengo la impresión que de un tiempo a esta parte, hemos perdido significativamente la capacidad de reconocer los matices de la realidad”. Ayer me lo contaba y nos apasionamos en una charla sobre fotografía. Yo le decía que era bueno que explicara qué es el “rango dinámico” en una cámara fotográfica, porque era el corazón de la metáfora. Él me decía que era una cuestión un poco técnica, pero concordábamos en que no hacía falta convertirse en especialistas, sino en captar “la cosa”. Y “la cosa” es que el “rango dinámico” o gama dinámica: es la capacidad de captar el detalle -los grises, los matices intermedios- en las luces y en las sombras dentro una misma imagen. 

Nuestro ojo, me decía, tiene una gran capacidad y velocidad para adaptarse en rapidísimos movimientos a todos los cambios y matices que la luz produce en las cosas que vemos. Las cámaras fotográficas antiguas no lo captaban, en cambio las nuevas máquinas digitales si. Pero el asunto es que hay “modos de pensar”  que tienen poco rango dinámico: ven todo en blanco y/o negro. Es la polarización. Y es aquí donde hace falta el discernimiento. Facundo me decía que es verdad que Dios habita en la ciudad. Pero que el asunto es ver  “dónde”. Y que él creía que estaba más en los grises que en el blanco o negro. Como cuando se les aparece en el claroscuro de la madrugada, a orillas del lago, a los apóstoles que venían de no pescar nada. Jesús vive en los grises de la vida de tanta gente que cotidianamente hace el bien y vive las bienaventuranzas y que no es “registrada” por el lente periodístico, afiebrado en fabricar noticias en blanco y negro para vender. 

Hablamos también de que para “ver a Jesús” hay que ampliar el rango dinámico de nuestra mirada y ser capaces de ver procesos, no solo flashes. El Señor está presente y trabaja entre nosotros lentamente, y hay que registrarlo en sus largos plazos que “brillan” a veces en un momento, con luz mansa, en esos pequeños matices que hacen la diferencia.

Que el Señor nos de “ser sal en sus manos”, sal fiel al sabor que no cambia, el de ser hijos, testigos y sacerdotes, sal humilde que tiene el coraje de recuperar, una y otra vez, el sabor del carisma y de la misión si los perdimos, con la gustación del Evangelio, de la Eucaristía y del Perdón.

Que el Señor no de ser “lamparita para su luz”, esa luz mansa que respeta las cosas como son y los ojos de cada uno, y hace que su Presencia amiga se vuelva resplandeciente en medio de los grises de la vida cotidiana.

Diego Fares sj 

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación (paraklesis) de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él; le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre:

«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo a quien se contradice, -y a ti misma una espada te traspasará el alma- para que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones.» 

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

Elegí esta imagen del Evangelio de la Presentación: “Simeón tomó al Niño en sus brazos y bendijo a Dios”. Me trajo al corazón lo que decía ayer el Papa Francisco al finalizar el Congreso internacional de la pastoral de los ancianos, cuyo lema fue “La riqueza de los años”: 

“La profecía de los ancianos se realiza cuando la luz del Evangelio entra plenamente en su vida; cuando, como Simeón y Ana, toman entre sus brazos a Jesús y anuncian la revolución de la ternura, la Buena noticia de Aquel que ha venido al mundo a traer la luz del Padre”.

“La vejez, dijo Francisco, no es una enfermedad, es un privilegio!”

“En la Biblia la longevidad es una bendición. Nos confronta con nuestra fragilidad, con la dependencia recíproca, con nuestras relaciones familiares y comunitarias y, sobre todo, con nuestra relación filial con Dios. 

Concediendo la vejez, Dios Padre da tiempo para profundizar en el   conocimiento sobre Él, en la intimidad con Él, para entrar siempre más en su corazón y abandonarse en Él. 

Es el tiempo para prepararse a entregar en sus manos nuestro espíritu, definitivamente, con confianza de hijos. 

Y es también el tiempo para una renovada fecundidad. “En la vejez seguirán dando frutos” dice el salmista (Sal 92, 15)”.

En la vejez seguirán dando frutos

El Niño Jesús en los brazos de Simeón y de Ana, que exultan de alegría,  bendicen a Dios y hablan a todos acerca de quién es ese Niño -la consolación de Israel, la consolación de todos los pequeños y humildes del mundo-, es un Jesús “fruto”.

De hecho, sus padres se maravillan al ver que su Niño, el que ellos traían en brazos, es alabado por estos dos ancianos fieles que exultan de gozo: Simeón, que esperaba la consolación de Israel y Ana, con sus 84 años, que servía a Dios día y noche en el templo. La alegría de estos viejos los hace mirar a su Jesús con otros ojos, como les había pasado con los pastores y con los reyes…

Es la manera de contemplar la vida que tienen estos ancianos lo que convierte, por así decirlo, a Jesús en un fruto maduro antes de comenzar siquiera a hablar. 

Es un Jesús-fruto gozado por los ancianos en esperanza. una esperanza cierta, como solo puede serlo la esperanza cristiana, que posee las arras de lo que espera y por eso profetiza. 

También sucede que a veces, un fruto natural es más sabroso en esperanza que mientras uno lo consume. Cristianamente, con Jesús en brazos, esto es así siempre, puede ser así cada día: que uno lo goce en esperanza. Nuestro espíritu, templado por años de esperanzas realizadas, por años de bendiciones y de gracias recibidas, adquiere esta capacidad de jugar con el tiempo. Eso es lo que llamamos oración contemplativa: jugar con el tiempo, adelantarlo en la fe y expandirlo en la esperanza, hacer presente lo pasado en una memoria cordial y agradecida; traer el futuro al hoy mediante la fuerza de la esperanza. 

Son estas dos gracias poderosas que se potencian en la vejez, si la vivimos soltando otras cosas para poder tener mejor a Jesús entre nuestros brazos. Como un abuelo o una abuela que larga todo para tener en sus brazos al nieto. 

El Señor hace que las promesas se vean cumplidas: tanto las promesas que nos hizo un día para nuestra vida personal como las que nos vuelve a hacer en la persona de hijos y nietos. 

Estas gracias de oración que se expande por el tiempo, que se mueve a sus anchas del pasado al futuro con alegría y libertad de espíritu, se dan cuando la vejez nos invita a cambiar el paso del presente, a adoptar otro ritmo de vida y de trabajo. 

La disminución de las fuerzas físicas puede ayudar, lo mismo que la menor presión de las expectativas ajenas… Y si se hace el cambio de ritmo con inteligencia, se pueden seguir dando frutos. 

Frutos que son menores en cuanto a producción -la producción siempre es de cosas que se pueden traducir en dinero-, pero mayores en lo que podemos llamar “calidad de vínculos interpersonales”. 

Si uno dedica tiempo a esta oración, que es un poco como “navegar a vela”  por esa dimensión oceánica de la vida que llamamos tiempo (pienso en un amigo que se ha embarcado en este tipo de aventuras y anda ahora por el Beagle en su barco), en la vejez puede seguir dando frutos. Como dice el salmista: “El justo florecerá como una palmera, crecerá como un cedro del Líbano. Plantados en la Casa del Señor, florecen en los atrios de nuestro Dios. En la vejez siguen dando fruto, llenos de frescura y lozanía”.

Son frutos-Jesús. Frutos zarandeados en la oración. Frutos rumiados en el tiempo dedicado a la contemplación, al modo como María y José rumiaban las cosas de Jesús en su corazón. 

Si uno “discierne” -zarandea- su propia vida en la oración (presente, pasado y futuro), se pierde todo lo que es polvo y quedan solo los racimos de uva de los gestos de misericordia y los granos de trigo de las bienaventuranzas. 

Son frutos-semilla. Valen por sí mismos y por aquello en lo que se pueden transformar. Son frutos que se pueden compartir y transmitir, no se avinagran ni se amufan. Pasan frescos de corazón a corazón, se comunican por el simple hecho de testimoniar la alegría con que se disfrutan. El gozo que da darse tiempo para vivirlos es como el gozo de los abuelos que se dan tiempo para estar con sus nietos, poniendo un montonazo de amor en las cosas más pequeñas de cada día. Estos frutos-Jesús son “la verdadera riqueza de los años”.

Diego Fares sj 

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en las oscuras regiones de la muerte, les amaneció una luz (Is 9, 2). A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar (kerygma): «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Yendo más allá, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

Contemplación

Hay dos imágenes que me gustan de Jesús: una, la de Jesús sentado, charlando amigablemente con Simón, con la Samaritana, enseñando a la gente las bienaventuranzas…; la otra, la de Jesús caminando, como la del evangelio de hoy, que lo muestra caminando por la orilla del lago, yendo más allá, a llamar a Santiago y a Juan, luego de haber llamado a Andrés y a Simón, y recorriendo después a pie toda la Galilea…

            La imagen de Jesús que se sienta es la imagen de un acercamiento que se prolonga y se convierte en quedarse a habitar, como dice hoy Mateo: “se quedó a habitar en Cafarnaún”. Alguien me enseñó en la Casa de la Bondad que con los enfermos un gesto claro de cariño es sentarse junto a la cama. Es una manera de decir con el cuerpo que uno se quiere quedar un rato, que hace una pausa y se pone a la altura del que está en la cama. Venir a habitar, sentarse, quedarse: son los gestos que rodean a la Eucaristía.

            La imagen de Jesús caminando también es una imagen de projimidad: Jesús es “El que viene” a nosotros, El que vino y vendrá. Pero viene para llamarnos, viene a ponernos en camino, para ir con Él a todos los pueblos, para salir con Él a anunciar la Palabra. 

            Los cuatro momentos del caminar de Jesús Mateo los describe así:  dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaún, junto al lago; mientras caminaba a la orilla del lago vio y llamó a dos hermanos; yendo más allá, vio y llamó a otros dos; recorría toda la Galilea enseñando, proclamando el Evangelio y curando. Nos dejamos llevar por este ritmo que tiene el paso del Señor: dejar un pueblo y quedarse a habitar en otro; caminar, ver y llamar; ir más allá, ver a otros y llamarlos en su seguimiento; recorrer toda la región, enseñar, evangelizar y sanar.

El Señor no puso una oficina

            Lo primero que me viene al corazón, contemplando la “itinerancia” que Jesús imprime a su vida apostólica, es que no puso una oficina. Su quedarse a habitar en la casa de Simón, así como lo hará en la casa de sus amigos, Marta, María y Lázaro y también en la de Zaqueo, será para compartir la mesa y descansar en familia, pero el Señor no tendrá casa propia durante su vida apostólica. Jesús no deja su casa de Nazaret, que siempre será su única casa, para ponerse una oficina. Tampoco para su trabajo se armará un “sitio donde reclinar la cabeza” (todo esto lo digo y le medito movilizando interiormente mi “pieza-oficina”, la más linda de Roma, donde me enviaron a habitar y trabajar,  comparándola con mi oficinita de 1,60 x 2 del Hogar…)

El desborde de la itinerancia        

En el Sínodo de la Amazonia, una participante usó una frase que le gustó al Papa: el desborde de la itinerancia. Francisco siempre habla del desborde, de los conflictos que se solucionan por desborde interior de amor y misericordia y no por disciplinamiento, y aprovechó esta imagen de Arizete Miranda para decir que “solo se desborda el que está en camino”, el que sale de sí y va más allá, al encuentro del otro. Así es Jesús, el que se desborda al caminar, el que va dando todo de sí mientras camina a nuestro lado, cuando nos viene a buscar para llevarnos al Padre, para enviarnos a llamar a todos los demás.

            Así como decimos que Jesús no se instala en una oficina para la evangelización, su itinerancia no es la de un turista, su desborde no es agua que se pierde y se dispersa saliendo de su cauce. La Casa y la Oficina -el lugar donde habita y desde donde ejerce su oficio- los tiene el Señor interiorizados. 

Jesús reveló una vez a sus amigos que Él nunca estaba solo, que el Padre siempre estaba con Él. Si se puede hablar de “casa” en el misterio de Dios, el Padre es la Casa donde Jesús habita: Casa móvil y eterna a la vez, Casa del Cielo y de la tierra, Casa que puede ser pesebre y cielo abierto cuando Jesús se inclina a rezar. 

Jesús dijo también: “mi Padre siempre trabaja” y en ese sentido, el universo entero es la “oficina” del Padre, que crea estrellas, viste a los lirios del campo más hermosamente de lo que se vestía el Rey Salomón y está presente cada vez que un pajarito cae en tierra. Como decía San Francisco, mientras recorría los campos, el haber dejado la casa de su padre hacía que fueran casa suya todos los campos de la tierra, caminándolos, por supuesto, no poniéndoles cercos. 

            Por eso el Papa habla de “desborde interior”. Es el desborde del que sale de sí y deja su casa y oficina y descubre que en vez de perder una casa y oficina ganó otras cien, porque todo es Casa y Oficina del Padre. Es el desborde del que se da como quien siembra y lo que da se transforma y le vuelve centuplicado en la cosecha. Infaliblemente. Y aunque a veces no lo vea, en esperanza siempre la siembra de amor es ya cosecha.

            La imagen de Jesús que camina es la imagen de una poderosa recapitulación: el Señor camina sembrando y cosechando, llamando y enviando, sanando e incorporando, misericordiando y enseñando a amar. En Jesús que camina a la orilla del lago (esa orilla entre la tierra, el mar, el cielo y el horizonte)  podemos contemplar todo lo que existe en su centro y en su itinerancia, en cuanto viene de Dios y a Dios vuelve. 

Cuando decimos esa frase tan linda de Ignacio de “ver a Dios en todas las cosas” y de ser “contemplativos en la acción”, se trata no de un ver como quien ve una foto, en la que se trasluce algo interior en la superficie, sino que es más bien un “ver a Jesús que camina todas las cosas”. El Señor camina la realidad, viene a nosotros, pasa a nuestro lado, nos llama, nos atrae a seguirlo más allá, va a todos, nos conduce al Padre. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que se camina todo: que acompaña todos los procesos y alienta todos los pasos adelante que da cada uno en su vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que nos espera, como a la Samaritana, junto al brocal de los pozos donde buscamos agua que nos de vida. 

Ver a Dios es ver a Jesús que pasa en medio de una multitud, como lo vio Zaqueo subido al sicómoro, es ver cómo se detiene y nos dice que vendrá a quedarse en nuestra casa. 

Ver a Dios es sentir que se va de nuestra ciudad, como Bartimeo, y gritarle para que se detenga y nos llame y una vez rota nuestra ceguera, verlo cómo va a Jerusalén y seguirlo por el camino. 

Ver a Dios en todo es ver a Jesús que viene hacia nuestra barca -oficina navegante de los primeros discípulos- y nos llama a seguirlo, subidos siempre en esa barca interiorizada desde la que un discípulo misionero, aunque no se vea, siempre está “echando las redes” porque es un pescador de hombres. 

            Y dejo acá porque me tengo que ir a la misa del año nuevo chino, que se celebra en Roma.

Diego Fares sj

Bautismo

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice: 

“He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. 

Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. 

Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. 

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 

“Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

“Yo no lo conocía, pero…” Dos veces repite Juan el Bautista que no conocía a Jesús. No lo conocía y lo conocía. 

No lo conocía pero lo conoció desde el seno de su madre, cuando saltó de gozo al escuchar la voz de María. 

No lo conocía pero había predicho que, aunque vendría después, era Alguien que lo precedía, que existía antes que él! 

No lo conocía pero se había pasado la vida llevando adelante una misión ordenada enteramente a Jesús. 

No lo conocía pero supo reconocerlo por el signo que le había sido revelado: que el Espíritu Santo descendería y permanecería sobre Él. 

No lo conocía pero siempre supo que la misión de Jesús sería más importante que la suya, que él bautizaba con agua y Jesús bautizaría en el Espíritu Santo.

No lo conocía pero dio testimonio de Él toda su vida: primero con la palabra, luego pasándole sus discípulos más queridos, después desapareciendo, haciendo disminuir su rol en medio de la gente y, por fin, dando su vida en la cárcel, sufriendo el martirio ignominioso por el capricho de la mujer de Herodes y de su hija. 

No lo conocía y sin embargo era Jesús Aquel a quien más conocía.

Juan vivió su vida en orden a Jesús, lo tuvo como referente siempre en todo. Supo y aceptó gozoso que su vocación y su misión era la de precederlo para que “fuera manifestado a Israel”, para que la gente lo recibiera bien y lo entendiera. Y Jesús dirá de él que fue el más grande de los profetas. En cambio él dirá de sí mismo y se lo repetirá a todos que él no era el Mesías, que era solo “el amigo del Esposo”, y que debía disminuir para que Jesús creciera.

El “no lo conocía”, entonces, tienen un sentido más profundo.

El sentido de que no se sentaron a planear las cosas juntos, por ejemplo. 

A Juan Dios le fue mostrando cuál era su misión en la soledad de su oración personal. Y cumpliendo bien lo suyo, bautizando a la gente para que se convierta a Dios, se fue disponiendo, junto con todos, a recibir a Jesús. Un Jesús que entró humildemente en su vida y se hizo bautizar por él, como uno más del pueblo, confirmándole la misión que había recibido de Dios y que luego siguió de largo dejándolo atrás. No lo convocó entre sus discípulos, quiero decir. Esto es quizás lo más notable en la relación entre Jesús y Juan el Bautista. Podría haberlo hecho el primero de los doce. Quién mejor que el maestro de Juan, de Santiago, de Andrés y de Pedro.

“No lo conocía y no lo conocerá”, como vemos que sucedió cuando, estando en la cárcel, le mandó a preguntar a Jesús si era Él el que debían esperar, el mesías. Jesús le respondió indirectamente, haciéndole ver la obra del Espíritu en la gente: los pobres son evangelizados. Pero Juan no pasó a ser de los suyos, de los que lo conocieron íntimamente, compartiendo la vida con Jesús, siendo testigos de su muerte y resurrección.

La figura de Juan sería la del que completa la Antigua Alianza de Dios con su pueblo y queda ahí. No entra en el Reino con su propio paso, como protagonista. Por eso el Señor dirá que “el más pequeño en el Reino es mayor que Juan”. Mayor, no por sí mismo, que en eso Juan nos gana a todos “los nacidos de mujer”, sino mayor en lo que recibe. El niño recién bautizado y el que aprende el catecismo y recibe la comunión y la confirmación, recibe más conocimiento de Jesús que el que Juan recibió en su vida. 

Pero es gracias a que Juan se queda en la otra orilla que podemos vislumbrar en alguna medida la magnitud del don y de las gracias que en Jesús hemos recibido. El hombre más grande de la historia de Israel se queda a las puertas del Reino! Esto en función de nuestra fe, para que veamos que la Nueva Alianza que ahora establece Jesús es radicalmente nueva, pura gracia, don absolutamente inmerecido. 

Se trata de una ruptura, si se puede decir así, con la historia anterior para que pueda comenzar una historia nueva, que incluirá la historia de los demás pueblos. La antigua alianza de Dios con Israel entra en la Nueva Alianza, pero no de manera tal que la condicione o que sus leyes y costumbres tengan privilegio absoluto y excluyente frente a las historias de los otros pueblos. 

Juan se queda atrás, disminuyendo, para que sus discípulos puedan entrar al Reino y abrirle la puerta a los demás, a los otros pueblos, que no tienen la tradición de Israel. Esto es lo que comprenderá Pedro, admirado, al ver cómo el Espíritu Santo bautiza a la familia de Cornelio antes de que él los bautice con agua. 

El Espíritu va adelante. Se invierte el ritmo de la historia! 

Esto es lo que marca Juan con su sacrificio, con su quedarse en el umbral a las puertas del Reino. Todo lo suyo será asumido por Jesús, ciertamente. Pero por pura gracia también. Será Jesús el que lo reivindique, al igual que reivindicará la fe de los hijos de otros pueblos y culturas, como la siro-fenicia, los samaritanos, el centurión…

“No lo conocía, pero…” La frase de Juan es nuestra frase ante la novedad del Espíritu que nos bautiza cada día y en cada nueva etapa de la vida de la Iglesia de manera sorprendente. 

“No lo conocía” a este Jesús que me desafía a abrirme más y más a lo que el Espíritu obra en el mundo y en la Iglesia.

Es la actitud radicalmente opuesta a la tentación de encerrar a Jesús en “nuestra” historia. 

Un síntoma se puede discernir cuando la frase motiva de los que se oponen a alguna novedad del Espíritu es: “siempre se hizo así”. Apenas uno examina un poco el asunto, ese “siempre” no es tan “siempre”, sino que tiene algún punto preciso en la historia de la Iglesia en que se cambió una costumbre y se instauró otra. Igual hay que estar atentos porque la dinámica del “siempre se hizo así” también se puede esconder en el “hay que hacer todo de nuevo”. Sea que usemos una piedra de mármol antigua o un ladrillo hueco nuevo, el punto es si dejamos que el Espíritu lo use para edificar o lo usamos nosotros para arrojárselo en la cara a los demás.

“No lo conocía, pero…”. La actitud de Juan, el buen espíritu de Juan el Bautista nos ayuda a discernir que la historia entera del pueblo elegido, los dos mil años de historia de la Iglesia y la historia de los pueblos no cristianos, valen lo mismo ante la Alianza que invita a establecer -siempre de nuevo- Jesús. “Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Y este bautismo en Cristo lo hace el Espíritu Santo, en el momento del Bautismo sacramental, ciertamente. Pero también “antes”, como en el caso de Cornelio, y muchas veces “después”, renovando la “llenura del Espíritu” en nuestra vida, cada vez que damos un paso de conversión.

Para el que se dispone a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y practica la misericordia cada día, su historia y cultura -sea la de Israel, sea la de la Iglesia, sea la de cualquier pueblo- entra con su propio peso y con todas sus virtudes como riqueza para el Reino. Pero si no es en este espíritu y con esta práctica, todo pasa a jugar en contra. Y cuanto más “cristiana” es la costumbre o la ley o el rito que se utiliza, si no se hace en este espíritu y practicando la misericordia, es peor.

El Papa lo dice así en Amoris laetitia: “En las difíciles situaciones que viven las personas más necesitadas, la Iglesia debe tener un especial cuidado para comprender, consolar, integrar, evitando imponerles una serie de normas como si fueran una roca, con lo cual se consigue el efecto de hacer que se sientan juzgadas y abandonadas precisamente por esa Madre que está llamada a acercarles la misericordia de Dios. De ese modo, en lugar de ofrecer la fuerza sanadora de la gracia y la luz del Evangelio, algunos quieren « adoctrinarlo », convertirlo en « piedras muertas para lanzarlas contra los demás »” (AL 49).

“No lo conocía…” En la misa del funeral de nuestra madre, el año pasado, que celebramos en familia, rodeados de amigos de mamá y nuestros, la prédica y los agradecimientos y peticiones de todos giraron en torno a la familia que mamá gestó y acompañó con una fe sencilla y bien plantada en la Palabra. Me contaba mi hermana que un amigo suyo, conmovido positivamente, le dijo que durante la celebración se había preguntado algo así como “si era la misma religión que la que él conocía”. Yo pensé que era el mejor elogio que nos podía hacer alguien sobre el modo de comunicar nuestra fe. Y me viene este recuerdo hoy porque pienso que es la gracia “base”, la gracia “ambiental” podríamos decir, que tiene que acompañar todo lo cristiano: la misa, los sacramentos, la oración personal y la práctica de las obras de anuncio y de misericordia. En algún momento debe surgir la “admiración” que nos lleva a decir: esto “no lo conocía, pero…” siempre lo esperé, lo presentí, recuerdo que alguien me lo profetizó…

“No lo conocía a este Jesús” es la frase “Juan Bautista”, por ponerle un sello y convertirla en una marca, en una piedra de toque. E implica un detener la marcha ante el umbral del Reino, un frenar nuestro protagonismo, el de nuestras ideas y costumbres y los “siempre se hizo así”, para que se note que, en nuestro límite, somos uno más, junto con todos, cristianos y no cristianos, ante la novedad absoluta y siempre nueva como en la mañana misma de la Resurrección de un Jesús que es el protagonista de todas las historias, las de cada persona y las de todos los pueblos, culturas y civilizaciones.

“No lo conocías!” es la frase que nos susurra el Espíritu haciendo saltar de alegría al Juan Bautista que llevamos dentro, cada vez que nos visita con esa gracia con que llena el alma de alguno de sus pequeñitos, como llenaba el alma de nuestra Señora aquel día en que, por primera vez, el que solo se llamaba Juan en la mudez de su padre Zacarías, conoció a Jesús de manera tal, que todo lo demás fue siempre un “no conocerlo” para “conocerlo siempre mejor, siempre de manera nueva”.

Diego Fares sj

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán 

y se presentó a Juan para ser bautizado por él. 

Juan se resistía, diciéndole: 

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti,

¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» 

Pero Jesús le respondió: 

«Ahora déjame hacer esto, 

porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». 

Y Juan se lo permitió. 

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. 

En ese momento se abrieron los cielos, 

y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. 

Y se oyó una voz del cielo que decía: 

«Este es mi Hijo muy querido, 

en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3, 13-17).

Contemplación

La liturgia une maravillosamente estos dos acontecimientos, el del bautismo del Señor según una costumbre instaurada en el pueblo de manera novedosa y profética por Juan Bautista, y el del bautismo en el Espíritu de la familia de Cornelio, hecho ante el cual Pedro exclama admirado: “La verdad es que me estoy dando cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que acoge al que lo teme y practica la justicia, cualquiera sea la nación de la que venga (Hc 10, 35).

Escuché decir en una conferencia (y no logro recordar quién era el que la daba, pero creo que todos los que pudieron ser estarán de acuerdo) que este pasaje es central en la historia de la evangelización de los pueblos. El libro de los Hechos le dedica dos capítulos y bien puede llamarse “el pentecostés de los paganos”, pero lo que a mí me impacta es la admiración de Pedro ante lo que hace el Espíritu. Me impacta la frase: “la verdad es que me estoy dando cuenta…”. El Pedro que va siendo “El primer sorprendido” por lo que hace el Espíritu es el Pedro que más me gusta como conductor y como Papa. Es que el Espíritu literalmente “lo sacó de los pelos” de sus esquemas mentales con esa triple visión de una mesa servida con todos los alimentos “impuros” para la cultura judía , ordenándole que comiera! Y luego, terminó de sorprenderlo con su modo de “caer” sobre la familia de Cornelio, mientras él les anunciaba el kerigma. Esa experiencia de la distancia desproporcionada entre lo que uno está predicando -por más que lo predique bien- y el efecto de consolación que el Espíritu desencadena en las personas que escuchan! 

El pasaje es conmovedor: “Estaba aún hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los creyentes de origen judío, que habían venido con Pedro, quedaron atónitos: «¡Cómo! ¡Dios regala y derrama el Espíritu Santo también sobre los que no son judíos!» Y así era, pues les oían hablar en lenguas y alabar a Dios. Entonces Pedro dijo: «¿Podemos acaso negarles el agua y no bautizar a quienes han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo” (Hc 10, 44-48).

Cómo no ver acá el paradigma de todo encuentro intercultural, el modelo de toda salida de la Iglesia a predicar el evangelio a aquellos pueblos en los que el Espíritu ya está actuando en el interior de sus corazones? Cómo no ver que Dios quita todo obstáculo cultural -nada más culturalmente propio de cada pueblo que sus comidas-, y se adelanta a bautizar Él mismo en Persona -el Espíritu “cayó” sobre ellos- de manera tal que el bautismo sacramental viene después, a confirmar la acción del Espíritu que es el que lleva en todo la delantera!

Una clave está en la palabra “justicia” -dikaiosine-, que usan tanto Jesús como Pedro. Pienso que fue lo que llevó a la liturgia a elegir estos dos pasajes y ponerlos juntos en esta fiesta que corona el tiempo de la Epifanía, es decir el tiempo de la revelación de Dios a todas las naciones. 

Cornelio era un hombre que rezaba y daba limosnas, dice el libro de los Hechos. Y dar limosnas va unido a la justicia bíblica, es como una consecuencia natural de la buena relación con Dios. Pues bien: a esos hombres justos que viven en todos los pueblos es a quienes tenemos que ir al encuentro! Y no a querer bautizarlos a ellos de entrada, sino primero a bautizarnos nosotros en sus costumbres, como hizo Jesús en la suya: en todo lo que en sus costumbres y cultura es “justicia”, en todo lo que es modo de adorar a Dios y practicar la justicia con los demás hombres. 

El término justicia indica, positivamente, lo que a Dios le agrada, lo que le complace y alegra su corazón. Es natural que lo que nos gusta y hace bien lo transformemos en costumbre, en cultura, en ley. Es una dinámica propia de todo proceso educativo que un comportamiento que se demuestra bueno en la práctica se convierta en ley para asegurar su transmisión. Pero si la generación que sigue pierde contacto con la experiencia de los buenos frutos que siguen a una determinada práctica, poco a poco va perdiendo el gusto por esa ley y esto puede llegar a un punto tal en que la misma ley se convierte obstáculo para transmitir la experiencia buena que buscaba asegurar con su formulación. Pasó con la Ley del Antiguo testamento, que se fue volviendo rígida y formal y perdió el sabor. Es lo que pasa también en la Iglesia, cuando una generación no logra comunicar a otra el gusto por ir a misa los domingos, por ejemplo. Cómo puede ser que logremos que la Eucaristía no sea un momento lindísimo! Hay aquí algo perverso. Lo difícil de la vida cristiana está en otros lados, en la vida misma, en la hostilidad del mundo. No puede ser que hayamos transformado en aburrido y obligatorio algo tan simple, tan gratuito y tal lleno de gracia como es la Eucaristía!

El término justicia, negativamente, es lo opuesto al “pecado”, a todo lo que es falta, transgresión, error etc. Cuando Jesús le dice a su primo que es necesario cumplir con toda justicia le está diciendo que no se preocupe, que el hecho de que Èl se bautice “no es pecado”. Es decir, Jesús saca la cuestión del ámbito de los ritos y la pone en un nivel más hondo e interior.

Y esto hay que decirlo claro: Jesús no viene a sustituir los ritos de su pueblo con nuevos ritos. Por eso, más bien cumple todos los ritos y los plenifica. Esto hará, por supuesto, que surjan en la Iglesia “nuevos ritos”, según esa dinámica propiamente humana de la que hablábamos. Pero nos tiene que quedar claro que los ritos cristianos deben ser (y parecer) siempre “ritos verdaderamente nuevos”. Es decir, ritos que contengan en su dinámica misma un paso de “desacralización de lo meramente formal”, por decirlo de manera fuerte.

En la instauración y celebración de cada rito cristiano se tiene que poder vivir esta dinámica misteriosa de la Encarnación: entre un signo concreto y la Presencia salvífica de nuestro Dios trino y uno. Esta dinámica nos lleva tanto a “cuidar” el signo, con la veneración con que uno trata el pan consagrado en la Eucaristía, por ejemplo, como a “relativizarlo”. Qué quiero decir? Que no le hace justicia a la Eucaristía el que algunos se pongan guantes para tocarla! O que pretenden purificar tanto que, con el pretexto de que no quede ninguna partícula perdida, hacen un nuevo rito de la purificación que dura más que la comunión misma. El Señor eligió pan porque quiere que la comunión con Él se de en el ámbito familiar de una cena, no para transformar el altar en un laboratorio con gente vestida como para un experimento. La misma dinámica tiene que estar presente en el encuentro con otras culturas. 

Las palabras, los signos y los ritos que se usen deben ser ritos en los que se note que el Espíritu está antes, durante y después, encarnado y a la vez desbordando por todos lados el signo con la Gracia. 

Cuando Jesús le dice a Juan que “no es pecado” bautizarse, le soluciona un problema de escrúpulo ritual: del tipo de si se puede comulgar si todavía faltan unos minutos para que se cumpla la hora de ayuno, por ejemplo. Me acuerdo cómo nos quitó este tipo de escrúpulos un gran especialista en Derecho canónico, monseñor Gógala, una vez que discutíamos si podíamos o no, según el derecho, participar en una misa de ordenación. Éramos varios curas que ese domingo habíamos celebrado ya tres misas y esa iba a ser la cuarta. Le preguntamos si el derecho canónico lo permitía. Gógala sonrió y dijo simplemente: “pecado, no es”. Y se fue. A mí, que era cura recién ordenado, se me grabó en el alma este criterio “negativo absoluto”, como le llamo, que se formula cuando uno juzga que algo “pecado, no es”. Podrá ser algo “imperfecto” y hasta “ilícito”, pero “no pecado” y, por tanto, entrará en el reino de la libertad de los hijos de Dios para hacer el bien y no el mal, aunque sea “en sábado”.

Es un pasito nomás, pero allí se juega el Evangelio. Porque algunos invierten el orden de las cosas y hacen de cada precepto en vez de un puente un foso con alambre de púas y convierten los modos de “organizar el reparto y la práctica del bien” -que tienen necesariamente sus normas- en fines.

Si el Espíritu hubiera esperado que se pusieran de acuerdo los judíos y los paganos en cuestiones de alimentos, el Evangelio hubiera quedado atascado en la puerta de la carnicería. 

Pasó en China, con la cuestión de ritos como el del culto a los antepasados, por ejemplo. Definirlos como idolátricos llevó a los papas a prohibirlos y eso llevó a las autoridades chinas a considerar el cristianismo como ignorante y enemigo de su cultura y a prohibirlo a su vez y perseguirlo. 

Imagino que el Señor y Pedro, su discípulo, de haber ido a China en el siglo XVII, no habrían tenido ningún problema con el culto a los antepasados. Al contrario, inculturándose en las costumbres de ese pueblo, hubieran permitido al Espíritu ir adelante haciendo su obra. En el fondo, lo esencial de todo rito y de toda acción evangelizadora, es abrir la puerta al Espíritu, para que entre o salga a gusto y sea Él el protagonista de la santificación de los hombres. El discernimiento básico, primero y último, ante cada gesto que desea ser evangelizador, es el discernimiento preciso del punto en que ese gesto -sea una simple palabra, un rito sacramental o una entera estructura eclesial- se convierte en una puerta que se abre o, por el contrario, en una puerta que se cierra al Espíritu. 

Esto hará que a veces, el discernimiento nos lleve a arriesgarnos y a dar un paso más allá de lo formal, como cuando Jesús se saltaba la ley del sábado para curar a alguno. Otras veces, el discernimiento nos llevará a detenernos, a no decir una palabra de más, a no exigir en ese momento para no maltratar un límite y a esperar el tiempo propicio, como cuando el Padre misericordioso le dio al hijo pródigo su parte de la herencia y entró en el largo tiempo de la paciencia, hasta que su hijo regresó por sí mismo, arrepentido.

Si no puede sucedernos lo que cuenta José Luis Martín Descalzo en “El color de la sobrepelliz”.

     “Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas. Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo. (…) Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo. Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías.”  

Diego Fares sj

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