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            El primer día de la semana, temprano de madrugada [las mujeres] fueron al sepulcro, llevando consigo las sustancias aromáticas que habían preparado. Encontraron que la piedra había sido corrida a un lado del sepulcro y, habiendo entrado, no encontraro el Cuerpo del Señor Jesús. Mientras se preguntaban que sentido tenía todo eso, de pronto se presentaron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Las mujeres, aterrorizadas, tenían el rostro vuelto hacia el suelo, pero ellos les dijeron: « ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.”» 

           Y ellas recordaron sus palabras y, regresando del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago. También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles. 

            Estas palabras le parecieron a ellos algo sin sentido y no creyeron en lo que decían. Pedro, sin embargo, se levantó, corrió al sepulcro y, agachándose, vio sólo las sábanas de lino fino. Y volvió a casa, lleno de estupor por lo acontecido” (Lc 24, 1-12).

Contemplación

            Si se pudieran filmar los sentimientos, veríamos que en el corazón de las mujeres en la mañana de Pascua, el peso decisivo lo tenía su Señor Jesús. Su Cuerpo, lo que quedaba de Él, pensaban, era lo que las movía, antes que ninguna otra cosa. Por eso casi no habían dormido, preparando perfumes, y apenas se los permitió la costumbre, corrieron al sepulcro llevando los aromas para embalsamar el Cuerpo del Señor martirizado. 

            Saben que el cuerpo se corrompe, saben que está todo herido y lastimado, y quieren honrarlo limpiándolo, envolviéndolo en las sábanas, perfumándolo para que tenga digna sepultura. 

            Jesús está en el centro de sus pensamientos, es lo único que las mueve en medio de esa inimaginable desolación y pena que viven. Que Jesús, su Amigo y Señor, está en el centro, es algo que se puede ver por cómo actúan. Las discípulas se mueven con cosas concretas: las sustancias aromáticas, los lienzos, las vendas… Cosas que preparan con sus manos para no dejar que la tristeza y el dolor las paralicen. 

            Sienten miedo, seguramente, al ver la piedra corrida y el Cuerpo que no está… Pero no piensan en los soldados ni en lo que habrá pasado. Ellas entran directamente a buscar el Cuerpo del Señor. “No sabemos dónde lo han puesto”, le dirá María Magdalena al Señor en persona, confundiéndolo con el  jardinero. No lo ve, pero por el exceso de la intensidad de su deseo de verlo. “No sabemos dónde lo han puesto”. A las amigas seguidoras no les importa quién ni cómo se lo llevó, sino dónde, porque lo que les interesa es el Señor, no las circunstancias. Es más, experimentan terror ante el resplandor de los vestidos de los ángeles, que es tan fuerte que las obliga a bajar la vista al suelo; sin embargo, ni siquiera su terror les impide escuchar lo que les interesa. 

            Y aquí nos detenemos a contemplar, en el corazón de las mujeres, al Jesús que Ellas quieren, al que “vieron” desde el primer instante en que lo conocieron, cuando experimentaron su manera de tratarlas. 

            Les interesa ese Jesús, su Amigo. Solo y todo lo que se refiere a Él, a su Persona. Por eso siguen la indicación de los ángeles cuando las instan a recordar: “Recuerden cómo les hablaba cuando aún estaba en Galilea, las palabras que les dijo”. Me admira que sean capaces de obedecer una orden tan concreta. Decirles que recuerden es como decirles que no busquen allí, delante de sus ojos, sino que busquen adentro. Es una indicación que las saca del momento apremiante que están viviendo y, al obedecer sin más, porque Lucas hace notar que “recordaron”, nos regalan el primer acto de fe en Cristo Resucitado de la historia. Acto de fe simultáneo con el de otra mujer (si seguimos la intuición de Ignacio de que el Señor se apareció primero a su Madre) con el de María, Nuestra Señora, que de estos actos de fe que hacen vivir lo de afuera desde adentro, es el prototipo y el modelo que los precede e incluye a todos. 

            La obediencia -el oir bien al Otro- de la fe, las hace hacer memoria, las lleva a ir a buscar las claves de lo que les está pasando en algo que el Señor ya les había anunciado. Esta operación de la memoria es lo propio de la fe. El primer paso. Ante la palabra de los ángeles, ellas son capaces de dejar de mirar el vacío físico que ha dejado el cuerpo del Señor Jesús, que ya no está allí entre los muertos, y recordar las palabras del Señor que sí están impresas en su memoria.

            Si comparamos esto que ellas hacen inmediatamente -se acercan, escuchan, obedecen, creen y van a anunciar-, vemos que es lo mismo que a los discípulos y a Simón Pedro les llevará más tiempo. Ellos en un primer momento no creen a las palabras de las mujeres (que son las de los ángeles, que son las de Jesús!). Les parecen palabras sin sentido, porque son palabras que indican algo que uno tiene adentro y ellos en cambio tratan de vislumbrar algo afuera. No son capaces todavía de meterse adentro de sí mismos, no son capaces de recordar para entender, de hacer memoria de lo que Jesús mismo les había dicho.

            Este proceso de “recordar” las palabras del Señor, de “recordar” en realidad toda la Escritura, será lo que el Peregrino  Resucitado les ayudará a hacer a los discípulos de Emaús. 

            Las palabras de las mujeres! Son palabras que suenan sin sentido a los oídos de los discípulos. Porque ellos las escuchan como viniendo de “apariciones imaginarias” (es muy común cuando uno escucha a otro esta operación de identificar lo que dice como algo no suyo sino que ha tomado de otro). Y está bien, pero si uno da dos pasos más: constatar que esas palabras ya están dentro de uno, y recordar cuándo fue que a uno lo conmovieron porque fueron palabras que sintió de Jesús, de alguien que predicaba el Evangelio. La fe es recordar, es escuchar como uno escuchó en su primer amor, es escuchar como cuando uno se dejó conmover, como cuando uno creyó por primera vez.

            Todo este proceso, en el que las mismas palabras a unas las lleva a la fe, porque las conectan con lo que sintieron cuando Jesús en persona se las dijo, y a otros les parecen un sinsentido, porque tratan de analizar la situación y no entran en sí mismos, nos tiene que llevar a cuestionar nuestra fe. A cuestionar bien la fe que ya tenemos, en la medida -grande o pequeña- que la tengamos: agradeciéndola como un don. Constatando que esta fe está unida a alguna Palabra de Jesús que nos tocó, como sólo Él sabe hacer, en lo hondo del corazón. En torno a esta fe-semilla, que fue sembrada por alguien en nuestro corazón en algún momento de la vida, se confirman todas las demás. El Señor siempre suma y la fe se construye de fe en fe.

Ante lo que nos sucede hoy, ante las tumbas vacías y ante las palabras de los que nos dicen que Jesús está vivo, tenemos que “recordar” cuándo nos fue dicho que las cosas iban a ser así, para que el vacío que experimentamos hoy en vez de ser un hueco, sea una promesa nueva, algo que nos mueve a ir para adelante. Todo este proceso de las mujeres de interiorizar las palabras, nos debe llevar también a cuestionar la otra fe, la que nos falta, a cuestionarnos el por qué de nuestra poca fe. No será que a las palabras que tenemos que usar para ir adentro las usamos para parlotear de las cosas de afuera?

            No busques entre los muertos al que está vivo.Esta palabra es para instarnos a dejar de buscar a Jesús en las charlas de los muertos. Cómo sé si lo que estoy leyendo en el diario o en los twetts del celular son charlas de muertos? Esto no te lo puede enseñar enteramente nadie. El grado de vida de una palabra es algo interactivo: las mismas palabras, como vemos, dichas por los ángeles y comparadas con las que las mujeres habían conservado en su corazón cuando las escucharon de labios de Jesús, les bastan para creer que es verdad que Cristo vive; y dichas por las mujeres, a los discípulos, que las desprecian un poco y que a las palabras de Jesús las habían recibido poniéndolas un poco entre paréntesis, les parecen “sin sentido”.

            Cada uno tiene que empezar desde donde está, como cuando se estudia un idioma nuevo. Hay que ir leyendo las Palabras de Jesús con humildad y con amor -pidiendo como limosna que nos de alguna palabra viva para sentir y gustar- y luego estar atentos durante el día, cuando esa misma palabra resuena en boca de alguien “vivo”, de gente como estas discípulas amigas del Señor, que vienen cultivando en su interior las palabras de Jesús desde hace más tiempo y con ellas iluminan lo que sucede en la actualidad. 

Si uno en cambio se la pasa escuchando discursos de muertos, si se llena los oidos y la mente y los afectos con las palabras de los que no cultivaron nunca palabras vivas, estas palabras no solo no despertarán las que sembró y siembra siempre Jesús en nuestro corazón, sino que las ahogarán como las espinas y yuyos de la parábola de la semilla.

            Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día.Esta palabra es para sacarnos del “no puede ser” y acompañarnos en el “era necesario”. El “era necesario” es la palabra interior que nos lleva a aceptar todo como primer paso para que se convierta en arcilla en manos del Alfarero, que puede rehacer las cosas como mejor le parece. Pero para ello hay que aceptar todo: lo bueno y lo malo, la gracia y el pecado, lo justo y lo injusto… y el tiempo que pasé sin aceptar muchas cosas… todo. El modo como Jesús acepta todo lo que le pasó a Él es el recipiente en el que puede meter “todo lo que me pasó a mí”, para que se fusione con lo suyo y comencemos de nuevo o demos un paso más, juntos. 

            También las otras mujeres que las acompañaban decían esta mismas cosas a los Apóstoles.Tomo esta última palabra como confirmación de este “camino y modo para tratar las palabras” que nos enseñan las mujeres. No solo las que son llamadas por nombre, María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago, sino también “las otras mujeres que las acompañaban”. Esas que son parte del ejercito incontable de mujeres de fe, compañeras entre ellas, compañeras de Jesús, las primeras en adoptar el método de interiorizar la Palabra, de “recordarla”, que despierta la fe y da frutos de caridad. Teólogas sin título (para los que miran las cosas desde afuera). Predicadoras de las cosas de Dios, para los que escuchan conectando las cosas desde adentro.

Diego Fares sj 


Javier Cámara: El otro día una persona conocida me decía que estaba triste porque su hijo y la familia de su hijo usaba el triduo pascual para irse de vacaciones… Así que lo primero antes que todo, que me parece que sería bueno es “recordar qué conmemoramos la Pasión, muerte y resurrección de Jesús». Porque a veces, nos puede pasar, que sea sólo rutina, como una fiesta más que uno “no puede evitar” y lo festeja así como así. O el otro extremo: que, con el argumento de acompañar al Señor en la conmemoración de su pasión y de su muerte, nos metemos en un velorio nosotros y arrastramos a los demás, sin el menor atisbo de esperanza, como si el Señor no fuera a resucitar.

Diego Fares: En estas charlas nuestras, vos trabajás tus preguntas y yo mis respuestas, tratando de meternos los dos, más allá de las palabras, en la lógica del corazón. Por eso por ahí te cambio un poco -no mucho- el orden, poniendo primero alguna expresión tuya que me tocó más. Hoy, Viernes Santo, fue l de ese conocido tuyo, la tristeza de un padre cuando ve que su hijo no hereda lo mejor de la fe -que es el tesoro de familia, el tesoro de la cultura de nuestro pueblo- y se queda con su partecita de la herencia, se toma la semana santa sólo para irse de vacaciones. 

                   Empezamos por aquí: por las vacaciones, por el descanso… y la Cruz. Ese sería el título.

Es una cuestión cultural, social, diríamos, esta de que un hecho significativo se convierta en una Fiesta -religiosa o patria- y que luego la gente lo aproveche para irse unos días de vacaciones. 

Sale afuera la cuestión del deber, que dice: no hay que vaciar de sentido las fiestas importantes. También habla la culpa: si te vas de vacaciones, aunque sea andá a alguna ceremonia o meditá un rato, no te la pases en el casino!

Pero dejando de lado estos pensamientos, nosotros agarremos fuerte este deseo de vacación. Responde a la necesidad que todos tenemos de cortar, de hacer un clic, de resetear el alma sobrecargada con tantas obligaciones y problemas… El deseo de un espacio verde. Pues bien: la semana santa es uno de esos «espacios verdes del alma» como los llamaba Martín Descalzo. Es un regalo que nos hizo Jesús y a un regalo, cada uno lo usa como quiere.

La cruz del Señor es el único espacio verde no contaminado del planeta; la Cruz es lo único que “descontamina” todo.

La dinámica cultural es así: un hecho irreversible, esencial, se convierte en Fiesta. Y la fiesta consiste en poner en el centro un acto, una ceremonia, un rito, al que se lo rodea de un tiempo amplio, sin obligaciones. La gente, por ahí, se salta el rito, la estatua y el himno y se queda con el tiempo libre. Pues bien, no sé si será políticamente correcto, pero esto es lo más auténtico de todo el asunto: el descanso, el tiempo libre para estar con la familia.

Y en la Cruz está el único tiempo libre, donde nadie me va a ir a molestar para querer robármela, sacármela.  

El descanso es una de las dimensiones más profundas de la vida: de la creación y también de la redención. Dios creó el mundo y al séptimo día descansó. Se dedicó a ver cómo todas las cosas eran hermosas y buenas. Y la redención sigue la misma lógica: es un regalo. 

Los grandes hombres -los héroes, los santos, los artistas y creadores- con sus gestos y obras nos hacen un regalo. Y para festejarlos nos tomamos un tiempo de vacación. Más allá de «lo que hicieron» y «lo que conmemoramos», todos les agradecemos este regalo de un tiempo libre para nosotros, para que cada uno lo pase descansando como quiera. La vida está bien hecha y el que descansa bien luego está de humor positivo y trabaja mejor. Así que gracias al Señor por permitir que todos nos conectemos gratuitamente con esto que es humano básico, sin necesidad de añadirle deberes ni culpas. Amigos oyentes, descansen bien en estos días. El Señor no chicanea sus dones, no dice “si van a separar Iglesia y Estado, nos quedamos con los feriados”. El Señor sabe que estamos fatigados y se alegra porque sabe que en el descanso el Espíritu nos hará sentir su brisa y su Palabra, sin duda.

                   Ahora bien. El descanso que nos regala Jesús es un descanso más profundo que los demás. Su muerte y resurrección no fueron un hecho puntual que luego tuvo un eco, como una batalla o un descubrimiento, pero ya han quedado en el pasado. Lo que conmemoramos -lo que el Señor mismo nos mandó que hiciéramos en memoria suya- es que Él, que era el único que se podría haber librado de la cruz en este universo, no lo hizo. 

                   Él había salvado a tantos y no quiso salvarse a sí mismo. Recordamos que Él, que se podría haber borrado o podría haber derrotado a sus enemigos con un simple gesto de su mano, como cuando hizo caer en tierra a los soldados que lo arrestaban, no lo hizo sino que abrazó su cruz con amor y dio su vida por nosotros. Lo recordamos y lo festejamos, comiendo su pan y bebiendo el vino de su Sangre bendita derramada por nosotros, para el perdón de nuestros pecados. Este «por nosotros» es importante, pero lo meditaremos luego. Lo que quiero resaltar es que conmemoramos que exista Alguien así, como Jesús, Alguien que pudiendo salvarse Él solo, no lo hizo, sino que abrazó libremente su cruz y entregó su vida hasta el final. Él es así, es uno que elige ser así y, para nosotros, esto es un descanso, porque nos abre otro espacio verde, el espacio verde de una esperanza: la vida no es «escaparle a la cruz», la vida no es ir contra reloj tratando de zafar, desesperados por parar de sufrir, atentos a que no te caiga la mala fortuna, rogando que no te toque a vos la enfermedad, la muerte, el dolor. Vivir así, escapandole al miedo, es lo más común. Pero hubo uno que no lo hizo, que pudiendo, no se escapó. Gracias a Él tenemos estos tres días de vacaciones largas. 

Pero entendámonos bien, Jesús no fue que abrazó la cruz por que sí o porque la quisiera. La suya es una historia especial, es el espacio verde de una historia de amor, dramática, con un final injusto y una muerte cruenta e indigna, de Alguien que la aceptó por ser fiel a lo que era: Él era especial y le decían que no, que era uno más, que no podía ser ese Hijo amado del Padre que decía ser. Y aceptó pasar por lo que fuera con tal de dar testimonio de quién era en verdad Él. 

Festejamos y conmemoramos que exista Alguien así, incontaminado, puro, fiel hasta la muerte. Es un descanso saber que existe Alguien así, como Jesús, que abrazó la cruz por amor. Por amor a sí mismo, en primer lugar. Por amor a sí mismo. Esto es lo que quiero resaltar. Porque Jesús es un don entero, toda su vida es el Regalo que el Padre nos hizo a la humanidad. Y por amor a ese «ser un regalo», por fidelidad a ser quien era, el Señor se mantuvo firme, fue auténtico hasta el extremo, no solo se animó a pasar por la cruz, sino que la abrazó con todo su corazón. Fue lo que le impusieron -le imponemos- como condición para ser creíble. Y él agarró. Eso festejamos. A Él. Más allá de lo que hizo por nosotros. Festejamos que sea así. Que no sea como nosotros que vivimos de la comparación: yo no soy como ese, yo no soy como esa, que son peores que yo, como esos, que son peores que nosotros. Festejamos que Jesús abrazó la cruz porque con Él también nosotros podemos ser gente así. Gente que sabe que es un regalo para los demás y se mantiene fiel a este «ser don». Tomarse unas vacaciones es conectarse con esta dimensión. Entonces: la Cruz y el descanso: Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, que yo les daré descanso.

Florencia Barzola: Y en este descanso, que es algo básico ¿cómo podemos darnos cuenta-discernir- si estamos conmemorando bien la pasión, muerte y resurrección del Señor? Con qué sentimientos tenemos que entrar en la semana santa? 

DF: San Pablo nos anima a pedir al Espíritu: «dame la gracia -una limosna de gracia- de poder tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. De mi Amigo Jesús, agrego yo. Porque tener los mismos sentimientos de otro, si es amigo, se puede. Aunque sea alguien tan grande como el Señor. 

                   En muchas cosas esta gracia implica «incrementar» sentimientos naturales, digamos, como es la compasión con los pobres, con alguien que sufre. Todos sentimos la compasión en alguna medida y Jesús siente lo mismo sólo que más hondamente, más entrañablemente, como un hermano, como una madre. Ante la Cruz, en cambio, los sentimientos del Señor son algo que nos es enteramente desconocido y sentir como Él es puro don que Él sabe a quién se lo da, cuando y cuanto. Recuerdo que a los veinte años el padre jesuita que me acompañaba en el discernimiento de mi vocación sacó el tema de la cruz y yo, espontáneamente, le dije que no sentía que el Señor me cargara con «el peso de la cruz». El hizo una pausa y luego, con mucha delicadeza, me dijo una frase que cuarenta y cinco años después todavía me descoloca: “Capaz que es porque no tenés espaldas para llevarla, todavía”. Esa frase signó mi vida. Sobre todo cuando veo a tantos que cargan una cruz más pesada… Hace poco, Francisco sin saber de aquella frase, en medio de una conversación, hizo que la recordara. No recuerdo qué le había dicho yo y él, como de pasada, metió una frase: “pedile la cruz al Señor. Por ahí te la regala”. Lo sugirió y pasó a otro tema, como suele hacer cuando dice algo importante que no es suyo sino algo que lo tiene que confirmar el Señor interiormente.

                  Aquí es donde, para discernir bien, no hay que mirar ni la propia cruz ni la de los otros, sino la de Jesús. Sólo Él es el que carga La Cruz, el que convierte las cruces de todos en Su Cruz y el que nos enseña a cada uno a llevarla. Tenemos que pedir la gracia, cada uno en la medida en que le de el cuero y reciba la gracia, de dejarlo al Señor resumir y fusionar toda cruz en su Cruz. 

Él lo hace a lo largo de nuestra vida. Sin palabras, como seres humanos vamos dejándolo meter mano en nuestra cruz, dejándolo que haga suyos nuestros sufrimientos. Nadie es del todo consciente de este proceso constante, pero sí podemos darle una mano concreta de vez en cuando, como el Cireneo, que se debe haber sorprendido enormemente cuando, obligado a ayudarle al Señor a cargar su Cruz, se encontró luego paradójicamente más liviano y ligero para llevar la suya. 

Una señal de que estamos «en otra onda», de que no sentimos y pensamos con la lógica de la cruz, se puede ver en algo muy concreto. En nuestro estado de ánimo, por ejemplo: si siento a menudo un descontento difuso sobre mi mismo, sobre mi familia y los otros, si alimento un pesimismo generalizado sobre la existencia y tengo una irritabilidad fácil, son signos de que estoy sintonizando otra radio. No es la radio que me habla de la lógica de la cruz. Capaz que sintonicé a Longobardi que me hace reír burlándose del Calvario, pero luego me queda este mal sabor en la boca y en el corazón. Cuando siento estas cosas el discernimiento tiene que ser inmediato: “Me está faltando la Cruz. En este ambiente, en esta charla, están dejando de lado la Cruz o, lo que es peor, se están burlando de ella.  

Si en cambio advierto en mi los signos totalmente opuestos a estos, como ser la paz honda en medio de las dificultades y la lucha de cada día, la alegría incluso en la soledad, sin necesidad de evadirme, la prontitud para mortificarme en pequeñas cosas, la alegría en hacer alguna renuncia que alegra a otro sin miedo a «perderme la vida», es señal de que estoy caminando con el Señor en la vía de la cruz, cargando con Él su yugo que es liviano y llevadero con su ayuda.

Entonces: darnos cuenta, discernir cuando nos olvidamos la cruz. Tendría que ser como cuando uno salió y se da cuenta de que se olvidó el celular. Sin la cruz estamos desnudos, desconectados de la vida verdadera. En ella el Señor nos da “acceso al Padre en un mismo Espíritu”. 

JC: Ayer me llamó la atención una aparente “contradicción” entre lo que dice Jesús en el texto de la Pasión, y algo que dijo el Papa en la homilía del Domingo de Ramos. En el texto de la Pasión, el Señor les dice a sus apóstoles, en un momento, algo así como que “es el tiempo del demonio”, o del maligno, pero el Papa, en su homilía, dijo que “es la hora de Dios». Qué me podés decir de esto? 

DF: Vos citás primero el pasaje en que el Señor les dice a los que lo arrestan: esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Pero el Señor siempre habla de esa hora como de «su hora» y le dice: Padre la hora ha llegado, glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17, 1). Es el misterio de que el Señor, externamente, queda a merced del poder de los hombres y del demonio, que hacen con él lo que quieren, pero, interiormente, Él está siempre en manos del Padre, que es el que conduce todos los acontecimientos de la historia. 

         Pero me quedó la palabra «contradicción». Es importante estar atentos a estas contradicciones aparentes que uno experimenta al leer la Pasión del Señor. Porque si no se siente ninguna contradicción es que estamos leyendo solo con la cabeza, es señal de que hemos intelectualizado la cruz. La cruz la experimentamos realmente sólo allí donde se contradicen las cosas, donde no las podemos «solucionar». Por eso, allí donde no sabemos si la hora es de Dios o del demonio, allí Jesús nos enseña a abrazar esa contradicción, a abrazar la cruz. Y como dijo hace poco el Papa: la Cruz no se pueden negociar, o la abrazás o la rechazás.

Eso que vos expresás de “sentir contradicción” es lo que experimentó Pedro cuando vio que Jesús afirmaba que era la hora del poder de las tinieblas pero no se defendía ni dejaba que lo defendieran. Como que todo lo dejaba en las manos del Padre. Allí Pedro siente que ya no entiende más nada. Y eso fue quizás lo que lo llevó a alejarse del Señor, a quedarse dormido en el Huerto, para no verlo sufrir angustia, y luego a negar que lo conocía: es que no sabía «cómo defenderlo». Cuando Jesús lo mira, y cante el gallo, Pedro llorará amargamente. Comprenderá que no era él el que tenía que hacer algo por Jesús, sino que su Amigo estaba dando la vida por él. La Cruz es de Jesús, es donde Él nos salva. Si aceptamos esto, luego sí, como Pedro, podemos ayudar a otros, confirmar a otros en la fe, consolarlos en sus desolaciones.

FB:El Papa hizo referencia a esto el Domingo de Ramos, cuando habló del «encarnizamiento» contra Jesús y del impresionante silencio del Señor en su Pasión. Dijo que el Señor vence la tentación de responder a la furia del demonio, de ser «mediático». Cómo es eso de que no bastan los argumentos y medios humanos?

DF: Cuando hay encarnizamiento, cuando es la hora de las tinieblas, no bastan los medios humanos, hacen falta también los medios espirituales, los que permiten obrar «solo a Dios». En el viaje de regreso de Marruecos, Francisco habló de esto y recomendó leer Las Cartas de la Tribulación: Para este problema «existen dos publicaciones que recomiendo: un artículo de Gianni Valente, creo que en “Vatican Insider”, donde habla de los donatistas. El peligro de la Iglesia es hoy de convertirse en donatista haciendo prescripciones humanas, que se tienen que hacer, pero limitándose a estas y olvidando las demás dimensiones espirituales, la oración, la penitencia, la acusación a uno mismo, que no estamos acostumbrados a hacer. Se requieren ambas. Porque para vencer al espíritu del mal es necesario no “lavarse las manos” diciendo: “es obra del diablo”. No. Nosotros debemos luchar también contra el diablo, como debemos luchar también contra las cosas humanas. La otra publicación es de la “Civiltà Cattolica”. Yo había escrito un libro, en el 87, las Cartas de la tribulación, que eran las cartas del Padre General de los Jesuitas cuando estaba por ser disuelta la Compañía. Hice un prólogo, e hicieron un estudio sobre las cartas que había escrito al episcopado chileno y al pueblo de Chile, acerca de cómo actuar sobre este problema; los dos aspectos, el humano, científico y también legal, para combatir el fenómeno; y también el aspecto espiritual. Lo mismo hice con los Obispos de Estados Unidos porque las propuestas eran demasiado centradas en la organización, la metodología, y sin quererlo se descuidaba la segunda dimensión espiritual. Con los laicos, con todos… quisiera deciros: la Iglesia no es una iglesia “congregacionista”, es una Iglesia católica, donde el obispo debe hacerse cargo de las cosas como pastor. El Papa debe hacerse cargo como pastor. ¿Cómo? Con las medidas disciplinares, con la oración, la penitencia, acusándose a sí mismos. Y en esa carta que escribí antes que ellos [los presidentes de las Conferencias episcopales] comenzaran los Ejercicios espirituales, también esta dimensión está bien explicada. Os agradecería que estudiaseis las dos cosas: el aspecto humano y también el de la lucha espiritual (Francisco, Conferencia de prensa en el viaje de regreso de Marruecos 31 de marzo de 2019).

         La lucha espiritual es así: «En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Creerá que es “su momento”, el de su victoria, y en cambio será “el momento de Dios”, el momento de gracia. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección» (Francisco, Homilía del Domingo de Ramos 2019).

Entonces: discernir el momento. Allí donde parece ser el peor momento, allí es cuando hay que confiar todo a Dios.

JC: La cruz del Señor está en el centro de la contemplación de hoy, viernes. Pero siempre es -o debe ser- la cruz con Jesús. Está bueno preguntarnos porqué el Señor eligió la Cruz, o porqué Dios eligió el dolor de su hijo para redimirnos? ¿Es el dolor de Jesús el “valor de cambio”, la “moneda con la que compra nuestra salvación”, o es su “Amor”? ¿Es el dolor, el afrontar el dolor, la forma más contundente de demostrar amor? ¿Jesús sigue hoy “sintiendo” el dolor por nuestros pecados? ¿Nos ayudaría para nuestra vida de fe, diferenciar estos dos elementos que están presentes en la Pasión del Señor?

DF: Como bien decís, la Cruz está en el centro. Y ahí tiene que estar. Tenemos que fijar los ojos en ella – en Jesús que está en la cruz-, y dejarnos atraer interiormente a ella, a Él. Es nuestro Amigo que está en la Cruz. Así lo sienten Juan y María Magdalena. Por eso estaban allí. Y también sus amigas, las mujeres que lo habían seguido y «contemplaban» todas estas cosas a distancia. 

Vos hacés las preguntas por la cruz, por el dolor. Cada persona tiene sus preguntas personales frente a la cruz. Y no le sirven las respuestas de los hombres. Hay muchas teologías y filosofías detrás de estas preguntas. Pero hay que saber que ninguna la resuelve. Todas pueden ayudar, pero ninguna “soluciona” la Cruz. Y a veces no hacen sino bloquear la mirada. Ante la cruz y el dolor nosotros solemos preguntamos en primer lugar «por qué» o «para qué» o «cómo fue» o «quién tiene la culpa» … Pero en el momento en que uno hace una de estas preguntas hay que discernir:  esta pregunta me centra la mirada en Jesús crucificado y me abre el corazón como se abrió el Suyo o me hacen apartar la mirada del Señor y me endurece el corazón? 

Cada época formula sus preguntas y las tiene que reformular discirniendo la gracia de la tentación. A mí me ayudan las preguntas que el Papa plantea en clave de amistad

Decíamos que Jesús va a la cruz por amor a sí mismo, por fidelidad a lo que Él de verdad es. Y lo que de verdad es Amigo. 

El Papa toma toma de las preguntas de Jesús resucitado a Simón Pedro y nos dice: «Lo fundamental es discernir y descubrir que lo que quiere Jesús de cada persona (él está hablando a los jóvenes particularmente) es ante todo su amistad. 

Ese es el discernimiento fundamental. En el diálogo del Señor resucitado con su amigo Simón Pedro la gran pregunta era: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16). Es decir: ¿Me quieres como amigo? La misión que recibe Pedro de cuidar a sus ovejas y corderos estará siempre en conexión con este amor gratuito, con este amor de amistad» (CV 250).

Por eso, al mirar la Cruz, el Papa nos hace mirar allí a nuestro Amigo crucificado en el centro y nos dice: «Mira su Cruz, aférrate a Él, déjate salvar, porque «quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento». Y si pecas y te alejas, Él vuelve a levantarte con el poder de su Cruz. Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidadque nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (CV 119).

Y ante el Señor Amigo nos hace formular la pregunta por nuestra vocación, nuestra misión. 

«Para quién soy yo? Es la pregunta. No tanto quién soy yo o para hacer qué estoy en esta vida, sino «para quien soy yo?» (CV 286) 

Cuando uno mira a Jesús en la Cruz, esta pregunta encuentra su respuesta: soy para él, mi Amigo. A los amigos si se les regala algo, se les regala lo mejor, nota Francisco (CV 287). Que no es lo más caro o difícil sino lo que uno sabe que le agradará al amigo. Y presenta a Jesús como el que, «por amor, se entregó hasta el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). San Pablo decía que él vivía confiado en ese amor que lo entregó todo: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20) (CV 118).

Ante la cruz, no respondemos en teoría sino que respondemos existencialmente: «yo estoy junto a la Cruz de Jesús porque Él está allí y es mi Amigo». Punto. Para él fue importante no rechazar la cruz que le imponían, dar testimonio de su amor hasta el fin por coherencia hacia lo que Él era y es: un regalo para nosotros. Murió en la cruz por fidelidad a sí mismo, por fidelidad a ser «todo para nosotros». Por tanto, yo no quiero saber otra cosa sino a Jesús crucificado, como sentía Pablo.

El Misterio de la cruz es que hay algo en el crucificado nos atrae irresistiblemente. Algo nos dice que tiene que ver con nosotros, conmigo en primera persona. Está allí por mí. Pero no funcionalmente por mí, sino porque Él es así, Él era todo para los demás y dio testimonio de ese ser para los demás hasta el final. Tampoco es un por mí metafísico, necesario: para salvarme, porque había que pagar el precio del pecado, porque es necesario atravesar el dolor… Estas causas son explicaciones abstractas de algo vivo mucho más radiante y luminoso. Jesús «abrazó siempre la cruz de los demás» porque Él era así. Y dio testimonio de este modo suyo de sentir y de actuar hasta el final. Por eso, aceptar su cruz, es aceptarlo a Él. Aceptar que allí donde se pierde, el Padre lo salva. Y de su mano, nuestra historia goza de las mismas gracias. La cruz es previa a todo funcionalismo. En la cruz está mi Amigo y por eso yo estoy allí. Para él fue lo más importante de su vida y yo quiero estar allí. Estando al pie, voy comprendiendo su enseñanza, recibiendo los efectos benéficos más que especulando teologías.

Entonces: la Cruz está en el centro porque Jesús es así. Y yo voy a ella porque mi Amigo está allí.

FB: Cada vez que meditamos la Pasión, el Vía Crucis, la cruz, se me viene a la cabeza la escena de la película La Pasión, en la que Jesús, con la cruz a cuesta, ensangrentado, cae nuevamente y en el piso se encuentra con su madre, la Virgen, y le dice las palabras del Apocalipsis: “¿Ves, Madre, que yo hago nuevas todas las cosas?” Yo siento que en esa escena está contenida toda la historia de salvación y, sin embargo, no puedo explicarlo… ¿Me ayudás?

DF: La novedad de Cristo, la novedad de la cruz! Abrazándola el Señor hace nuevas todas las cosas. Yo creo que lo que el Señor le dice a su Madre, lo que nos hace ver con su ejemplo al abrazar la Cruz, es que en ese gesto está “el punto de inflexión”. Allí gira la historia, allí vence al mal y lo convierte en bien. 

Se me ocurren algunas “novedades” que suceden cuando Jesús abraza la Cruz (y cada uno de nosotros la suya!).

Una novedad es que las historias cambian a fuerza de abrazos. Dice el Papa: “Nosotros somos salvados por Jesús, porque nos ama y no puede con su genio. Podemos hacerle las mil y una, pero nos ama, y nos salva. Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Solamente lo que se abraza puede ser transformado. El amor del Señor es más grandeque todas nuestras contradicciones, que todas nuestras fragilidades y que todas nuestras pequeñeces. Pero es precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. (Una historia de amor siempre es novedosa).El Señor abrazó al hijo pródigo, abrazó a Pedro después de las negaciones y nos abraza siempre, siempre, siempre después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y ponernos de pie. Porque la verdadera caída –atención a esto– la verdadera caída, la que es capaz de arruinarnos la vida es la de permanecer en el piso y no dejarse ayudar» (CV 120).

Otra novedad, que solo revela el perdón incondicional del Señor en la Cruz, es que “no tenemos precio”, que cada uno de nosotros es precioso a los ojos de Dios.

Dice el Papa: Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis.(Esta gratuidad es siempre novedosa!!!)Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) (CV 121).

“Jóvenes amados por el Señor, ¡cuánto valen ustedes si han sido redimidos por la sangre preciosa de Cristo! Jóvenes queridos, ustedes«¡no tienen precio! (Que no tenemos precio es novedoso en este mundo en el que todo tiene su precio) ¡No son piezas de subasta! Por favor, no se dejen comprar, no se dejen seducir, no se dejen esclavizar por las colonizaciones ideológicas que nos meten ideas en la cabeza y al final nos volvemos esclavos, dependientes, fracasados en la vida. Ustedes no tienen precio: deben repetirlo siempre: no estoy en una subasta, no tengo precio. ¡Soy libre, soy libre! Enamórense de esta libertad, que es la que ofrece Jesús» (CV 122).

Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez.(El perdón que se renueva es novedoso, en un mundo que no olvida ni perdona)Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez” (CV 123).

Y la novedad más grande y que renueva todo es que Cristo vive, lo que anuncia el Papa al anunciar la resurrección del Señor.

«Hay una tercera verdad, que es inseparable de la anterior (que Jesús nos salva): ¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuelaes alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1 Co 15,17) (CV 124).

“Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, (de manera novedosa) para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo” (CV 125).

“Contempla a Jesús feliz, desbordante de gozo. Alégrate con tu Amigo que triunfó. Mataron al santo, al justo, al inocente, pero Él venció. El mal no tiene la última palabra. (La novedad es que:) En tu vida el mal tampoco tendrá la última palabra, porque tu Amigo que te ama quiere triunfar en ti. Tu salvador vive” (CV 126).

Diego Fares sj

El Señor iba adelante(de sus discípulos) subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciendo: « Vayan al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontrarán un pollino atado, sobre el que no ha  montado todavía ningún hombre; desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, dirán esto: “Porque el Señor lo necesita.” » Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: « ¿Por qué desatan el pollino? » Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita. » Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús. Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron  a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: « Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas. » Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: « Maestro, reprende a tus discípulos. » Respondió: « Les digo que si éstos callan gritarán las piedras» (Lucas 19, 28-40).

Contemplación

Tres puntos, tres frases del evangelio de Lucas para entrar a nuestra Semana Santa -una entre las 54 semanas del año, acompañando al Señor, el humilde rey que va a la cruz para salvarnos de la autosuficiencia en la que el egoismo nos encierra

El Señor iba adelante. El Señor lo necesita. Si estos callan gritarán las piedras.

Las cosas que el Señor necesita… y que su pueblo le sabe dar.

            Betfagé y Betania eran pueblitos amigos. Jesús tenía a Lázaro, Marta y María en Betania y se ve que en el vecindario se sabía cuando iba y se habían creado lindas relaciones de amistad. Seguro que cuando iba a casa de Marta se cruzaba a más de uno por el camino, y luego la gente encontraba algún motivo para acercarse a verlo… El dueño del burrito o de la burra con su pollino, vivía a la entrada del pueblo y era pasaje obligado. El hecho es que Jesús actúa como un rey -rey humilde y buen amigo, pero Rey al fin- mandando a sus discípulos (que no eran tan conocidos) a que desataran el burro en la casa de esta familia. Como si hoy tomaran de tu garage las llaves de la camioneta! La relación que tenían con el Señor se puede ver en que basta que los discípulos digan la frase “Porque el Señor lo necesita” para que los dejen hacer. 

El Señor lo necesita! Hay cosas que Jesús “desea” – que seamos uno, que tengamos paz, que creamos y confiemos en Él…-, y otras que “necesita”. Junto con el burrito, que necesita para entrar humildemente como Rey de Paz en la Ciudad Santa de Jerusalén, se me ocurren otras cosas, muy comunes. El Señor necesitaba un jarrito para tomar agua, porque no tenía, como le hizo notar la Samaritana; necesitó la barca de Simón y de su hermano para poder predicar, apartándose un poco de la orilla, ya que la gente lo apretujaba; necesitó que le llenaran las tinajas de agua para el milagro del vino en Caná; y que el pibe que vendía sangüiches le diera sus cinco pancitos para multiplicarlos…

Cosas que el Señor necesita… Y que la gente sencilla le sabe acercar. 

Contemplando el tipo de relación de Jesús con esta gente de la entrada del pueblo de Betfagé, se me ocurre que Jesús es rey de la gente sencilla. Que la gente lo reconoce y lo trata como a un verdadero rey es algo que se nota en el trato que le brinda a sus discípulos. Quizás en esto se pueda percibir la diferencia entre un rey y una autoridad de otra jerarquía: en cómo trata uno a sus enviados. Podemos decirnos a nosotros mismos: en cómo trato a los empleados, a la gente que trabaja y que sirve, se nota quién es mi rey. Esta sería la máxima. Viendo cómo tratas al colectivero, al que te lustra los zapatos, al mozo, al del kiosko, al del banco, a la maestra de tu hijo, al portero del trabajo…, se puede deducir quién es tu rey. En síntesis, están los que ni siquiera “ven” a los que cotidianamente nos sirven, y los que los tratan como a inferiores o directamente ‘tratan mal’, y esto es señal de que se tienen por reyes a sí mismos (o lo que es peor: al dinero); y están los que tratan bien, como a iguales e incluso como a superiores a los sirvientes, y esto quiere decir que tienen por rey a alguien más grande, a Alguien como Jesús. 

También se puede expresar con la imagen del reino: en qué reino vives? En el reino que baila al son de la flauta del dólar o en el reino donde cotizan los valores del evangelio? Tener por rey a Jesús es algo que se juega en el mundo concreto de las cosas que el Señor necesita y que van unidas, por su voluntad expresa, a las cosas que necesitan sus discípulos, sus amigos, los pobres, los pequeños. Tuve hambre y me diste de comer. Necesitaba un abrigo y me lo regalaste. Necesitaba consejo y me pusiste la oreja. Necesitaba compañía y me viniste a ver y te quedaste a mi lado. 

La gente de Jesús tiene esta natural predisposición a servir donde se la necesita. Es gente de su reino, desinteresada, servicial, trabajadora. Es la mayoría silenciosa que habita el planeta. Quizás no todos conozcan directamente al Señor o, si son cristianos, quizás no “vayan a misa” todos los domingos, pero “son practicantes”, en el sentido que “practican las obras de misericordia” comunes, en su vida y trabajo de todos los días. Son gente atenta a lo que “el Señor necesita”. Dependen, sí, como todos, del dinero. Pero no lo sirven. No es su rey. Esto se ve fácilmente, se nota, en cómo tratan a los empleados, en cómo tratan a los clientes.

Si estos callan, gritarán las piedras

            El reino de Dios se juega en el servicio y también en el anuncio. Por eso a lo anterior se le suma la cuestión de la publicidad, de las noticias que “se gritan” públicamente.

Podemos decir así: por las noticias que consumes y más aún, por las noticias que compartes y que difundes, se puede ver quién es tu rey. 

Hoy pesa mucho la cantidad, lo que se vuelve “viral”. Es un fenómeno nuevo. Antes, la realidad era más maciza: se distinguía fácilmente entre un “hecho” y una “opinión”. Hoy se juntan unos cuantos miles de opiniones y adquieren la consistencia de un “hecho”. Hay gente que cuantifica el “humor de la gente” (el malhumor, más bien) y como sabe que es decisivo a la hora de “votar”, por ejemplo, o de quitar apoyo a alguien, transforma esto tan volatil en un hecho, más real e inmediato que el voto en papeleta que se hace una vez cada cuatro años. 

Pues bien, Jesús fue el primero que “consagró” esta volatil expresión de las multitudes e hizo notar que también se puede tomar como un “hecho” -y profético- este entusiasmo de los niños de Israel que lo alababan y le cantaban llenos de alegría: “Santo, Santo, Osanah el Rey de Israel, bendito el que viene en nombre del Señor!” 

El Espíritu Santo crea también estas ondas de alegría y de entusiasmo comunitario capaces de unificar en una gran consolación a todo el pueblo fiel de Dios y hacerlo cantar las alabanzas al Señor su único Dios. 

Los medios que sirven al dios dinero, cuando se encuentran con una expresión popular así, que peregrina a Lujan o que se junta para defender un valor como la vida, por ejemplo, tienden a minimizarlo. Tratan de acallar estas voces como los fariseos trataban de que Jesús hiciera callar a sus fans. 

También hay personas de buena voluntad que no aprecian estas consolaciones y, acostumbrados a interpretar las cosas con mentalidad mundana, no ven sino expresiones superficiales de  un entusiasmo pasajero de la gente. 

Exteriormente pueden ser iguales una peregrinación a Luján y una maratón, e incluso puede pasar que la segunda convoque más cantidad de gente. Pero espiritualmente no pesan igual. Las consolaciones del Espíritu, los actos de fe, las oraciones de alabanza y adoración, los deseos alegres de pertenecer enteramente a Dios, los actos de servicialidad, pesan en el alma y cotizan en el reino con el peso del amor, que no solo inclina el corazón y lo hace adherirse al Bien -al Bueno, a Jesús nuestro Rey eterno-, sino que lo recrean, lo hacen un corazón nuevo. 

Jesús, que discierne perfectamente una alabanza interesada de una suscitada por el Espíritu y por el Padre que “atrae a todos hacia Él”, defiende este publicidad y este voto popular masivo contra toda hipocresía e interés propio de los escribas y fariseos, y dice que si los pequeños callan el Espíritu hará gritar de júbilo a las piedras.

La lección que saco como provecho de la contemplación de este pasaje, en el que Jesús defiende una alegría que se volvió viral por un momento y la consagra como algo santo, de peso, como algo del Espíritu que renace en cada generación ante la presencia de Jesús que entra humildemente en Jerusalen para dar la vida por los hombres, es una lección de marketing: hay noticias que hay que gritarlas, cantarlas, compartirlas y viralizarlas. Y otras a las que no hay que darles bola, como se dice vulgarmente. Esta difusión es un acto no solo religioso sino también ciudadano, que cada uno debe cumplir todos los días en la intimidad de su celular, en los whatsapp y los tweets que lee y que comparte. Es un ejercicio de discernimiento mediático en el que hay que dar el like a lo que es del buen espíritu y el buhh a lo que es del malo.

El Señor iba adelante

            Uno esto con la imagen del Papa besando los pies de los políticos sudaneses. Hace unos días en una charla en Milán, un periodista me preguntaba acerca de “cuando darán fruto estos gestos que el Papa siembra” porque – notaba –  “hay muchas cosas suyas que crean malhumor en mucha gente”. Yo le decía que el Papa es uno que va adelante, que los malos humores recaen sobre el que los tiene, y no sobre él, que es uno que está concentrado ciento por ciento en cumplir con su misión y, cada día como si fuera el primero, “le mete para adelante”. 

Por eso, quizás, me tocó el pasaje de Lucas en este evangelio del Domingo de Ramos donde  que dice que Jesús se adelantaba, iba decididamente a Jerusalén a cumplir con su misión. 

A la cuestión de los frutos, le decía yo al periodista, se les puede aplicar lo de la parábola de la semilla. En los pobres y en la gente de buena voluntad, la semilla da el ciento por uno. Una misionera comboniana que trabaja en Sud Sudán decía que los sudaneses estaban conmovidos por el gesto del Papa besando los pies de sus políticos. E invirtiendo la pregunta, más que preguntarse por el valor de la semilla, lo que se puede juzgar por los frutos es la calidad del terreno. Hay gente en la que la semilla da un fruto pobre y otros a los que se las roban las aves del cielo apenas cae en ellos, y esto es porque unos tienen corazón superficial y otros porque tienen el corazón duro como una ruta asfaltada. 

Una cosa me llamó la atención. El papa besó los pies a cuatro dirigentes, pero no encontré el nombre del cuarto por ningún lado. Quizás como son sudaneses, no interesa. Sí se mencionan los nombres del presidente de la República de Sudán del Sur, Salva Kiir, y del jefe rebelde de la oposición Riek Machar, ex-enemigo, y de la vicepresidente electa Rebecca Nyandeng De Mabio, que se ve emocionada hasta las lágrimas. A uno ni lo mencionan, pero el Papa le besó los pies igual. Lo más importante fueron las palabras que Francisco selló luego con un gesto de tal magnitud, que algún diario tituló: “primera vez que un papa besa los pies a dirigentes políticos”: les dijo que si se dan la mano “serán padres de pueblos”. 

Los pueblos necesitan, desean, líderes así: reyes que sean verdaderos padres de pueblos, que los sirvan y los ayuden a vivir en paz y con dignidad.

Nosotros pedimos tres gracias: una, la de saber reconocer y seguir al Rey en los “que van para adelante”; la segunda, la de ser como los de Betfagé y Betania, gente que está pendiente de lo que el Rey necesita, en la persona de sus enviados y pequeños; la tercera, la de saber discernir y difundir las noticias de los que saben cantar y alabar al Rey verdadero.

Diego Fares sj


Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?

Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo.

Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. 

Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:

– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.

 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada.

Levantando la cabeza Jesús le dijo:

– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Ella dijo:

– Ninguno, Señor.

 Dijo entonces Jesús:

– Yo tampoco te condeno. 

Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación 

“A partir de ahora” (apo to nun) es una de las frases más hermosas pronunciadas por los labios de Jesús. De ahora en adelante, de ahora en más… Es lo que les dice a Simón Pedro y a sus compañeros luego de la pesca milagrosa, cuando Pedro le había dicho, cayendo de rodillas, “alejate de mí Señor, que soy un pecador”. No temas, le dijo Jesús, “a partir de ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es una de esas frases que cuando solo las pronunciamos nosotros muchas veces es solo una expresión de deseos, como cuando uno dice “a partir de ahora no fumo más” o hace alguna promesa. En la vida de algunas personas, de gran convicción y con la fuerza de voluntad que da una causa grande, es posible visualizar el momento a partir del cual cambió su vida”, el momento de su conversión. Todos sentimos agitarse dentro nuestro este deseo de un tiempo nuevo, esta esperanza de que todo sea distinto a partir de un hecho significativo en nuestra vida. Pero la realidad suele mostrarnos que las cosas no son tan así, que en nuestro camino damos pasos adelante pero también hay retrocesos. Y si bien miramos siempre para adelante, al mismo tiempo miramos también las circunstancias presentes y, a medida que pasan los años, tiene más peso la mirada atrás, a lo que en realidad fuimos.

No hace falta abundar en ejemplos. Cada uno puede hacer sus propias cuentas y ver cuántas veces dijo “a partir de ahora” haré, seré, dejaré, comenzaré… y qué frutos dio ese deseo de cambio.

Pero hay algo más en torno a esta frase, lo interesante es escucharla en labios de Jesús y dejar que adquiera su verdadera dimensión. El Señor no es un iluso, conoce nuestras idas y venidas, nuestros entusiasmos y nuestras traiciones. Y sin embargo, pronuncia esa frase con mucha seguridad. Se la dice a la mujer sorprendida en adulterio, se la dice a los pescadores… 

  En Cristo Vive, el Papa Francisco toca este tema hablando a los que acompañan a otros en un camino espiritual cuando se trata de discernir y elegir la propia vocación. Él hace notar que para acompañar a otro se requiere una sensibilidad especial. O más bien “tres tipos de atención”. Y una de ellas es la sensibilidad para captar “los impulsos que el otro experimenta “hacia adelante”. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro” (CV 294). Y agrega Francisco: “es la atención a la intención última, que es la que en definitiva decide la vida, porque existe Alguien como Jesús que entiende y valora esta intención última del corazón” (Ibíd.).

Me “pega” (en italiano se dice “mi colpisce” que el Papa diga: “porque existe Alguien como Jesús”. Es decir: los deseos “hacia adelante”, los deseos “a partir de ahora” arraigan y adquieren consistencia no en nosotros sino en otra tierra: en la tierra del Corazón del Señor. Si no existe Alguien como Él, estos deseos son para poner entre paréntesis. Pero si “Cristo Vive”, si existe -y gracias a Dios que nos lo envió y nos lo resucitó y junto con Él nos envió el Espíritu que da testimonio de que Jesús es el Señor de nuestra vida práctica, la real, la de hoy y “a partir de hoy”- este deseo es lo más valioso y concreto que cada uno de nosotros tiene en sus manos cada día. El punto es “enraizarlo” en Otro: es un deseo para ofrecérselo a Jesús y pedirle que Él lo cuide. Es decir: en el momento en que uno siente esta novedad dentro suyo, en el momento en que surge el pensamiento “y si a partir de ahora cambio… (tal cosa)”, antes de que venga el “desilusionador”, el mal espíritu, y diga “ni lo pienses, que ya sabés cómo terminan estas fantasías tuyas”, antes de eso, digo, hay que presentárselo inmediatamente a Jesús. El es el custodio de nuestros “a partir de ahora”, de nuestros “a partir de mañana” como cantaba el querido Alberto Cortez que falleció en estos días, en esa canción tan linda, tan de buen espíritu. 

Jesús “está siempre dispuesto a ayudar a cada uno para que reconozca (la real posibilidad de este anhelo último del corazón) y para ello le basta que alguien le diga: “¡Señor, sálvame! ¡Ten misericordia de mí!” (Ibíd.).

 Paradójicamente, los que mejor perciben y aferran como algo real esta posibilidad de ser distintos “a partir de un momento” son los que más han “fracasado” -digamos así- en su pasado, no los que van llevando la vida con sus más y sus menos. En términos absolutos es lo que quiere decir el Señor cuando dice que no traga a los tibios, que prefiere a los fríos o a los calientes. La capacidad de jugarse todo en un momento tiene que ver con el habérselo jugado, con el no tener nada que perder y con el tener todo por ganar.

Nadie mejor que la mujer, del evangelio, que ha sido salvada de una condena a muerte (y de la condena de su propia conciencia, porque el adulterio es pecado de traición a la propia promesa, no solo al otro), puede comprender mejor lo que significa la oportunidad de poder “mirar para adelante”. 

Atrás todo es degradación, culpa, tristeza… Pero gracias a que existe Alguien como Jesús, es posible dejar atrás el pasado y correr hacia adelante, vivir de otra manera. Este es el regalo más grande del perdón: no lo que obra “hacia atrás” sino que permite vivir de nuevo “hacia adelante”. Y el Papa dice que para poder vivir bien el momento presente, lo pequeño de hoy, para poder caminar dando pasos adelante, es necesario estar reconciliados con nuestro pasado. 

San Ignacio nos proporciona un instrumento precioso para poder vivir de manera real y cotidiana nuestra conexión con este “a partir de ahora confiado a Jesús”: el examen de conciencia, le llama él. Es algo que recomienda mucho Francisco, tanto en Gaudete et exsultate como en la última exhortación a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios –Cristo Vive-. Se pueden encontrar fácilmente los textos y lo que destaco es que se trata de un examen “para adelante” no “para atrás”. Lo que hay que contemplar y discernir cada día (o cada medio día, como recomendaba Ignacio, alzando la mente por unos minutos para mirar cómo está mi corazón) es este “impulso hacia adelante”. Qué gracias, qué deseos me dio el Espíritu para descubrir y seguir la novedad que Dios tiene para mí en este día? Por ahí va la pregunta que uno se puede hacer en esta reflexión sobre su día. Es una reflexión sobre la novedad que Jesús me propone: de ahora en adelante… serás pescador de hombres, de ahora en adelante no busques más tus intereses sino los de los demás, los de Cristo…

Diego Fares sj

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Contemplación

“El ternero alimentado a grano”. Tres veces es mencionado en la parábola: por el padre, que da la orden a los servidores de matarlo y asarlo, por uno de los servidores, cuando le cuenta todo al hijo mayor y por éste cuando le reprocha a su padre que a él no le haya dado ni un cabrito y para ese ‘hijo suyo’ que ha malgastado la herencia, manda a que se haga un asado con el ternero alimentado a grano, el que tenían para una ocasión especialísima.

Nosotros tenemos nuestros ritos para las ocasiones especiales. Quizás no un ternero cebado pero sí un vino de calidad superior…, por ejemplo. El ternero engordado a grano era todo un signo, señal de una predilección fuera de lo común. Por eso enciende la rabia del hijo mayor, que se ve que era alguien resentido pero quizás ni él mismo se daba cuenta hasta qué punto.

La parábola nos revela cómo es el Corazón del Padre. Tampoco esto era visible y fue necesaria esta ocasión tan especial -el regreso del hijo pródigo- para que se pusiera de manifiesto la misericordia infinita de este corazón y la alegría desbordante del amor a sus hijos, que era su motor secreto. Se ve que todos, hasta los sirvientes, estaban maravillados. No sabían que el patrón era alguien así! No solo es el abrazo – corrió y se le echó al cuello, lo abrazó y lo besó, dice Lucas-, no son solo el anillo, el vestido y las sandalias y el ternero cebado, sino también el banquete y la fiesta. El padre quiere que su alegría sea compartida por todos, no tiene miedo a exagerar ni de que alguno se escandalice. Seguramente sabe que sus servidores y la gente del pueblo comentarán la cosa y que su hijo mayor se sentirá ofendido, pero él hace la fiesta y acepta las consecuencias: tendrá que salir a enfrentar los reproches de su hijo mayor y a explicarle pacientemente por qué “era necesario” hacer fiesta. También se tuvo que hacer cargo del discurso del menor. Antes lo había dejado manejar el asunto de “su parte de la herencia” y le había dado lo que le había pedido. Pero ahora, aunque lo escucha, no le hace caso y lo trata como hijo predilecto, no como a sirviente.

Lo que queda claro es que el Padre no se deja manipular en lo que respecta a su Misericordia. En otras cosas cede. En esto no. No deja que el menor ponga límites a su Misericordia, haciendo que lo trate como a un empleado, ni que el mayor meta su Misericordia en el molde comparativo de “por qué a él sí y a mí no”, por qué a él el ternero cebado y a mí ni un cabrito. La respuesta es “todo lo mío es tuyo” e incluye “todo lo nuestro es suyo (del pródigo)”.

Podríamos decir que la lección es: todas las cosas son relativas y es bueno ajustarlas comparativamente. Todas menos la misericordia que es absoluta y enteramente personal. El Padre la da entera, sin condiciones, y a cada uno en una medida que no tiene que ver con el recipiente sino con el Donante. El da su Misericordia íntegra, con abrazo, beso, anillo, sandalias, vestido, ternero engordado a grano, banquete de fiesta, música y defensa contra las críticas. Todo esto.

Esto equivale a decir que cuando se trata de la Misericordia, tenemos que alzar la mirada: no hay que mirar ni al propio pecado ni a los méritos propios sino sólo al Padre. La Misericordia ensancha nuestro corazón y nos hace compararnos sólo con nuestro Padre que nos creo y a cuya imagen somos. De ahí el mandato de Jesús: sean misericordiosos como el Padre es misericordioso.

La Misericordia es una virtud en la que siempre debemos y podemos crecer. No es para ser aplicada según el modelo de ayer sino con el modelo nuevo de un hoy que mira para adelante.

La Misericordia que tenemos que aplicar a las situaciones que vivimos en el mundo de hoy no es la que ya conocemos sino una mayor, que le tenemos que pedir al Padre que nos haga verla y ponerla en práctica. Esta es la actitud. La de la esperanza de que el Señor use una misericordia mayor de la que hemos visto hasta ahora y de la que podemos imaginar.

Si no nos sorprende, si no nos sentimos “desubicaos como el hijo pródigo vestido de fiesta”, si no nos da un poco de indignación, como al hijo mayor, es que no es “el ternero engordado a grano” lo que está puesto en el asador y lo que se sirve a la mesa para festejar.

Cada cultura y cada época tiene “sus terneros engordados a grano”. Cuál es el nuestro?

Quizás hay aquí un problema. Quizás nuestra época, que todo lo renueva y lo descarta, carezca de “terneros cebados a grano”, carezca de signos de un amor absoluto.

Porque si el Padre le hubiera regalado, por ejemplo, el celular de última generación, en el momento mismo, ya sería antiguo en vista al próximo modelo. Quizás hoy no tenemos “símbolos de un amor incondicional” sino que todos los signos son provisorios como el amor mismo.

Quizás, no sabría asegurarlo, las expresiones de una misericordia absoluta hoy solo sean comprensibles si van por el lado de una renuncia. De la renuncia a un derecho -el de la propia tierra, por ejemplo-, para compartirla con los inmigrantes-; el de las propias ventajas que da la tecnología para “abajarnos” a la condición de vida de los que nada tienen…

Todo lo que demos será siempre poco por la dinámica misma de los productos que compartimos y que a los mismos que los reciben les parecerán siempre relativos.

Los Signos de una misericordia y de una alegría incondicional quizás deban ir por el lado de algo que “perdemos”.

Lo que sí es que, más allá aún de alguna cosa a la que renunciemos, la fiesta sigue siendo un signo claro de la Misericordia grande del Padre. Hacer fiesta con los pecadores, hacer fiesta con los pobres, hacer fiesta con los excluidos y discriminados, ese siempre ha sido y será el signo. Invitarlos a entrar en la casa, en la Iglesia, en la vida. Cosa que implica “perder” nuestro ámbito de “pureza”, esos ámbitos exclusivos que pensamos que las cosas de Dios necesitan para “no mancharse” y que en el fondo son lugares hechos a medida nuestra, para que nos miremos en el espejo de nuestra autosatisfacción. Entrar en una fiesta -en una Iglesia, en una misa- donde pueden entrar todos, justos y pecadores, como se dice, quizás sea al signo que hoy se necesita para “dar de nuevo” las cartas y comenzar otra partida, la de la Misericordia en la que todos tengamos de nuevo la oportunidad de experimentar lo que es el Corazón del Padre.

Diego Fares sj

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En aquel momento llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les dijo: ¿Ustedes creen que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? Les digo que no; más aún, si no se convierten y cambian de mentalidad, también ustedes perecerán de manera similar. Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creen que eran más deudores que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si no se convierten y cambian de mentalidad, todos perecerán de manera similar.

Jesús les propuso esta parábola: Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró. Entonces dijo al viñador: «Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?» El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono, a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás» (Lc 13, 1-9).

Contemplación

San Ignacio termina el libro de los Ejercicios Espirituales con las reglas para sentir con la Iglesia. No son un apéndice de lo esencial sino un verdadero “cierre eclesial” de la experiencia de hacer los ejercicios que consiste en buscar y hallar lo que más le agrada a Dios nuestro Señor para nuestra vida. El último párrafo Ignacio lo dedica al temor de Dios y distingue el temor servil y el temor filial. Vale la pena releerlo:

“Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad; porque no solamente el temor filial es cosa piadosa y santísima, sino también (es cosa piados y santísima) el temor servil, donde otra cosa mejor o más útil el hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal; y salido fácilmente viene al temor filial, que es todo acepto y grato a Dios nuestro Señor, por estar en uno con el amor divino” (EE 370).

La parte “contemplativa” de los Ejercicios termina con la Contemplación para crecer en el amor a la que se suele ensalzar como la corona de los Ejercicios. Es lindo que los Ejercicios terminen hablando del amor! Pero no hay que olvidar que los Ejercicios están estructurados en torno a tres grandes centros:

uno es el “contemplativo”, que incluye todas las oraciones, meditaciones y contemplaciones;

el otro centro es el “práctico”, que incluye las instrucciones, adiciones y recomendaciones de Ignacio para la oración, los modos de examinarse y la elección y reforma de vida a las que apuntan los Ejercicios;

el tercer pilar o centro es el “normativo”, que incluye todas las “reglas” -para elegir, para ordenarse en el comer, para discernir los movimientos de espíritu, para dar limosna, para combatir los escrúpulos y, finalmente, las “Reglas para el verdadero sentido que debemos tener en la Iglesia militante”.

El final “normativo” de los Ejercicios -equivalente a la tan alabada “contemplación para alcanzar amor”- son estas reglas para saber “sentir” bien en la Iglesia. Son particularmente necesarias hoy en que la Iglesia está cacheteada públicamente y se nos mezclan los sentimientos -la vergüenza con el cariño, la rebelión con el deseo de ser buenos hijos, la indignación y el querer defenderla…-.

La última regla nos da una clave preciosa para afrontar este tiempo: nos habla de la dinámica del santo temor de Dios, que tiene dos alas: el temor filial y el temor servil, el temor de hijos -de hijitos pequeños y de hijos simplemente- que está envuelto en el amor filial, y el temor de empleado que teme a su jefe y quiere cuidar su trabajo o simplemente el temor del que debe sobrevivir en un ámbito hostil de policías y jueces y no quiere caer en la cárcel.

Esta dinámica es la que está en juego en el evangelio de hoy. Por eso esta larga introducción.

El evangelio comienza con una noticia de último momento: la de los paisanos de Jesús y sus discípulos, esos galileos  a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Era una noticia que en aquel tiempo causó la mayor indignación por la abominación de un asesinato hecho con profanación de lo sagrado. Es un tipo de crimen que sigue la misma lógica que tiene el que se aprovecha de lo sagrado para abusar. Algo abominable.

Jesús responde saliéndose de la lógica del “chivo expiatorio” -siempre actual- y hace ver que lo que les pasó a esos galileos, y a las 18 personas que habían muerto en esos días por el desplome de una torre, no era porque fueran “peores” que sus contemporáneos. El Señor insiste con fuerza en que “todos necesitamos conversión”, porque nos pueden suceder o podemos hacer “cosas peores”. La guerra, el abuso, la corrupción, no son virus que vengan de afuera sino que cada uno los puede reconocer como “activos” en su propio corazón y en sus pensamientos. Temer que uno pueda caer en estas cosas -sea que le caigan encima o que uno las cometa- es un temor sano. Hay que tener miedo al pecado. Aborrecerlo, dice Ignacio, no solo torearlo.

A nivel social, el lema que grafica bien esto es: “la corrupción mata”. El pecado, personal y social, es asesino. Termina siéndolo, aunque mantenido dentro de ciertos límites parezca aceptable e inofensivo.

Este temor visceral al mal, al pecado y a la corrupción se puede educar de dos maneras: una, suscitando el temor servil, la otra, suscitando el amor filial.

El temor servil es el miedo puro y simple a lo que uno pierde. Es cumplir el horario para que no me castigue el jefe, no robar para no ir a la cárcel, no drogarse para no convertirse en adicto, no agredir al otro para que no me devuelva una agresión peor, en definitiva: no pecar para no irme al infierno.

En cada época el imaginario para reavivar este temor servil varía. Puede ser que la Iglesia haya exagerado tanto al hablar del fuego del infierno que la gente le haya perdido el miedo. El punto es que una cosa es reírse de las imágenes antiguas de una propaganda y otra es perderle el miedo al peligro real. Hoy, por ejemplo, los paquetes de cigarrillos no te muestran paisajes bucólicos con cowboys y praderas, sino fotos de un cáncer de pulmón o miembros gangrenados. Eso es un buen ejemplo del “temor servil” que ayuda a “no caer en una adicción mortal”. Y, como dice Ignacio, sirve allí donde “el amor filial” – las indicaciones de lo lindo que es hacer una vida sana, libre de humo-, no alcanza.

La dinámica que propone esta última regla para sentir con la Iglesia es la de “acentuar el temor servil” hasta que uno logre una imagen eficaz que haga odiar el pecado mortal y aborrecer todo pecado. Entonces sí, surge solo el temor filial, que es temor no tanto de ser castigado yo sino de causar una tristeza a los que amo y me aman. Entonces este amor toma el control de la vida y hace correr por el camino de la salvación sin que nadie nos apure ni nos empuje o condicione.

A este amor filial apunta la segunda imagen que Jesús utiliza, al contar la parábola de la higuera a la que, por el amor del viñador, el dueño le concede una cuarta oportunidad (ya le habían dado tres y cada año había sido un nuevo fracaso).

El tener alguien que ruega por uno, que le mejora el ambiente y le proporciona medios para que salga adelante, es algo que despierta el temor filial, el temor no a fracasar uno sino a defraudar la confianza que nos brindó otro, que se jugó por nosotros y que puso su trabajo a nuestro servicio.

En la época actual, lo que ya no funciona más, al menos a nivel religioso, es el temor servil. Tampoco funciona mucho a nivel del sentido común. No es que no le tengamos miedo a los sufrimientos que trae como resultado el mal, pero como hemos inventado tantas anestesias para evitar los dolores extremos y tantos modos de prolongar el placer momentáneo, el miedo está como “acorralado”. La droga es el ejemplo más patético de un recurso a la mano de pobres y ricos que logra que uno se escape subjetivamente de los males -externos o interiores- que lo amenazan. Aunque se destruya, puede llegar a “no sentirlo” e incluso a destruirse placenteramente.

Siempre hay que estar atentos a estos “cambios de paradigma” en el imaginario colectivo a la hora de predicar el evangelio. Lo que sí creo que es importante es que no se puede hablar de un temor sin hablar del otro. Es la dinámica de la relación entre ambos lo que “regula” Ignacio. Si en una época la Iglesia exageró quizás en predicar el temor servil, esto no se repara hablando solo de amor o de temor filial. Siempre van juntos los dos temores y el amor.

Puede ayudar al temor filial el hacer ver, como hace el Señor en la parábola, cuánto hemos recibido gratuitamente de su parte y cómo se juega una y otra vez por nosotros y nos brinda no solo cuatro sino innumerables oportunidades de comenzar de nuevo. El Señor siempre está intercediendo, siempre está tratando de mejorar el terreno, siempre está poniendo abono. Aunque le diga al dueño que si la cosa no da resultado este año el que viene puede cortar la higuera, podemos imaginar que al año siguiente repetirá la súplica. Es un modo de razonar el que está en juego: el de la dinámica de la misericordia incondicional. Y si la higuera pudiera escuchar lo que dice este viñador amigo, seguramente sentiría pulsar en su interior la savia que lleva vida a sus ramas y que puja por dar frutos. No frutos extraños sino higos, los higos que una higuera tiene para dar, que tiene inscriptos en su ADN. Se trata de dar frutos acordes con la propia dignidad. Ni menos ni más. Frutos concretos, posibles, sabrosos y simples como un higo maduro en la estación que corresponde.

Pero si esto mismo pareciera muy difícil y mirando nuestra sociedad, nuestra naturaleza enferma, nuestro planeta contaminado y nuestras costumbres en decadencia, sintiéramos que “de adentro” es poco probable que nos salgan frutos buenos, podemos mirar directamente al Señor. Dar fruto evangélicamente es dar fruto con los talentos que nos han sido regalados. Hay todo un mundo que se puede construir sobre esta “base” que es la gracia sanadora y santificante. Los frutos del Espíritu -Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad (Gal 5)-, los puede dar cualquier sarmiento que se deje injertar en la Vid que es Cristo.

El único temor -mezcla de servil y filial- a predicar puede ser este: el de un temor a quedarnos solos, a no ser injertados en Cristo, el único capaz de vivificar todo lo que sin Él se convierte en rama seca, en higuera estéril, en viña devastada.

Hay una posibilidad que nos propone Cristo: que nos injertemos directamente en Él, que nos adhiramos a Él con fe y participemos de sus dones, del bautismo, del perdón de los pecados, de la Eucaristía…, que recemos con el evangelio, nos comprometamos en alguna obra de misericordia. La propuest es ir experimentando lo que sucede entonces y va contra el  permanecer aislados, como ramas secas o como parte de higueras estériles y de viñas enfermas que dan frutos agrios.

Se trata de una propuesta concreta que no se basa en un futuro imaginario como ese que las generaciones anteriores construyeron con una mezcla de materiales que incluyó mucho fuego de infierno (que ya no causa miedo) y mucho color rosa celestial (que ya no despierta deseos).

La propuesta del Señor sigue utilizando el temor servil y el temor filial en su dinámica para despertar proteger y alimentar el amor.

El temor servil puede ir hoy por otro lado, por el lado del temor a no encontrar trabajo, por ejemplo, que es un temor muy actual. El temor a perdernos un puesto de trabajo diseñado a nuestra medida, justo para nosotros, que nos puede llevar a desarrollar nuestras mejores cualidades y a ser útiles para la humanidad, para los que amamos en primer lugar.

No hablamos de premios o castigos futuros sino de algo de hoy, de la posibilidad de un presente provechoso, fructífero, fecundo. Ese trabajo en las cosas del reino, en las obras de misericordia, no es un trabajo con sueldo, jubilación, horario y vacaciones fijas. Es un trabajo que comienza siendo ocasional y se va convirtiendo en institucional con el tiempo, como pasa en nuestras obras de misericordia. No se choca con el trabajo que hacemos para ganarnos la vida. Pero en este nos contratan siempre, podemos trabajar todo lo que queramos, no nos echan ni nos jubilan, la capacitación es gratis y los frutos -de un tipo especial porque no cotizan en el mercado pero se “comen” y se “disfrutan” y se “comparten” a diario y abundantemente- están siempre a la mano.

Perderse este trabajo por el reino es una pena. No es como las penas del infierno, un futurible, sino una pena puntual, instantánea, de perderme algo único para siempre. La alegría es que, si por un instante lo pierdo, al instante siguiente puedo “ganarlo” de nuevo. Siempre hay otra posibilidad de este trabajo en la misericordia que renueva todo, sana todo y revitaliza todo lo que se perdió en el pasado.

Dejamos para la parábola del hijo pródigo el modo que tiene el Padre de revivir y hacer crecer el temor filial, revistiendo a su hijo como lo hizo, de manera tal que el hijo, al mirarse en el espejo de la dignidad que el Padre le otorga externamente, recupere su dignidad interior.

Diego Fares sj

 

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Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que la figura de su rostro era otra y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. He aquí que dos hombres hablaban con Él. Eran Moisés y Elías que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros, estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él.

Y aconteció que al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: –Maestro, ¡qué hermoso que es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías. Pedro no sabía lo que decía. Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube. Y se dejó oír una voz de la nube que decía: –Este es mi Hijo elegido; escúchenlo. Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto (Lc 9, 28b-36).

Contemplación

El Señor se lleva a sus tres discípulos y amigos al monte Tabor porque quiere que vean su gloria, que tengan acceso a la vida que Él vive en ese ámbito misterioso de su intimidad. Le llamo así “ámbito misterioso de su intimidad” para señalar algo que, por una parte nos excede totalmente, pero por otra, es enteramente accesible desde el momento en que el Señor decide manifestarlo. La vida interior de Jesús es rica de relaciones: dialoga con Moisés y Elías, el Padre hace sentir también su voz, el Espíritu cubre toda la zona con su Nube. La belleza de su rostro que brilla como el sol y de sus vestidos, que resplandecen de blancura como la nieve, hacen sentir a Pedro que “es hermoso estar allí”. Pero más allá de lo puntual de cada uno de estos signos, lo que traspasa los siglos y toca el corazón de todo el que cree en Jesús, es la maravilla de que Él haya vivido con esta riqueza y esta luz interior en medio de la vida cotidiana sin que se trasluciera en todo su esplendor como sucedió solo en lo que llamamos “la transfiguración”.

La transfiguración, al revelar la riqueza interior de Cristo, es piedra de toque para leer todo lo demás: la vida oculta, la vida pública, la pasión y la resurrección. Pablo expresa como deseo para todos los cristianos lo que el Señor les dio a sus amigos en la transfiguración:

“Que (el Padre) les dé, conforme a las riquezas de su gloria,

el ser corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu.

Que habite Cristo por la fe en sus corazones;

para que, arraigados y fundados en amor,

puedan comprender bien, junto con todos los santos,

cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura

y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento,

para que queden llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 16 ss).

            Me llama la atención la frase de “ser corroborados con potencia en el hombre interior”. Esta es la gracia mayor que se nos participa en la transfiguración: contemplar al “hombre interior” que es Jesús, fortalece nuestro “hombre interior”. Es una gracia de Persona a persona, una gracia que fortalece lo personal en cuanto tal, no esta u otra facultad del espíritu, no solo nuestra voluntad o nuestra inteligencia…, sino nuestro ser cada uno la persona que es.

            Dentro de cada uno de nosotros hay lo que Pedro llama un “hombre escondido en el corazón” (1 Pd 3, 4). Es el hombre espiritual que somos, el que vamos siendo con la gracia de Dios, muchas veces sin siquiera darnos cuenta. El hecho de que Pedro diga que está “escondido en el corazón” indica que se trata de una realidad amable, cordial. No se trata de un yo superpoderoso o más perfecto o sin defectos, sino de un yo más cordial, más entrañable, más auténtico y sincero: de corazón.

Podemos decir que eso fue lo que se transfiguró en Jesús y no nos tienen que distraer lo del brillo del rostro y la blancura de los vestidos sino que, por el contrario, esa belleza nos tiene que hablar al corazón. Jesús se transfiguró así porque su Corazón es así: en él todo es cálido y luminoso como el sol y puro como la blancura de la nieve. Su Corazón hace hablar al Padre de su predilección porque eso es lo que el Padre siente por Jesús y de lo que abunda el corazón habla la boca. Y Moisés y Elías hablan con Jesús del éxodo, de la Cruz y la Resurrección y la Ascensión, porque ese era “el tema” de aquellos días en todos los diarios del Cielo. Ese era el sentido de todo lo que ellos habían vivido y profetizado en su vida prefigurando lo que iba a realizar Jesús: la redención. Pero más importante que todo esto es que en lo que hace y habla y en la predilección del Padre que experimenta, Jesús les revela su Corazón y en ese espejo podemos ver lo que le interesa del nuestro. Qué no es otra cosa que nuestro corazón mismo, tal como es. No le interesa tanto nuestra blancura ni nuestra calidez sino que le acerquemos nuestro corazón como es para que Él lo blanquee y le devuelva fervor y calidez. Y a nuestro rostro le contagie su sonrisa y a nuestros diálogos el interés por los temas esenciales.

La transfiguración transfigura a nivel del corazón. No las apariencias, sino el corazón. Este es el hombre escondido en el corazón que tenemos que aprender a descubrir en nosotros contemplando al Señor transfigurado.

En qué se traduce esto? Qué gracia tenemos que pedir contemplando la Transfiguración del Señor? Yo diría que la gracia de vivir, de rezar y obrar más de corazón, dejando que salga a flote, que se vea, que se transparente el corazón.

Vivir de corazón implica seguir más las corazonadas que los cálculos. Hoy el algoritmo ya nos sacó mil años de ventaja y todo lo que podamos “calcular” ya está recalculado. Nos lo dice el GPS y nos lo confirman los anuncios que nos aparecen en nuestro internet (sabían que a cada uno cuando busca una palabra no le sale en primer lugar la misma que a otro sino que le viene primero algo que tiene relación con todo lo que buscó antes?). Así que transfigurarse conlleva seguir más las corazonadas, donde aletea el Espíritu libremente y no puede entrar ningún cálculo frío y meramente estadístico.

Rezar de corazón implica discernir. Rezar reforzando las elecciones sólidas, las alianzas fieles que hemos hecho en la vida. Las alianzas de corazón con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestra patria, con nuestra Iglesia. Rezar discirniendo lo que nos une y lo que nos divide de los que amamos, de los que nos ayudan y los que ayudamos. Discernir por el corazón, no por lo que se dice en los medios, que nos hacen pisar el palito manejándonos los afectos, sobre todo las broncas! (Dice uno que lo conoce que la gran virtud de Trump es la de ser una persona particularmente sensible para captar “la furia de los demás”. Es uno que hace enojar a sus adversarios y aglutina la furia de otros contra ellos transformándose en su conductor). Así que, atención a mimetizarme con cualquiera que coincidiendo conmigo en alguna furia legítima me contagia un montón de otras que no eran mías.

Obrar de corazón implica gestos. Gestos pequeños, concretos, en los que se note que le estamos poniendo corazón a las cosas y no meramente eficiencia o interés propio. Corazón. Los gestos y las acciones que se hacen de corazón son fecundas, dan fruto, duran, la gente se las acuerda.

Y así con todo: creer de corazón, esperar con el corazón en la boca, amar de corazón, sonreír de corazón, llorar de corazón, acercarnos de corazón, descansar el corazón… Por aquí va la gracia de la Transfiguración. Al fin y al cabo, lo que hizo el Padre al decirnos que Jesús es su Hijo elegido y que, por favor, lo escuchemos, más que comunicarnos una idea o darnos un mandamiento fue mostrarnos su Corazón.

Diego Fares sj

 

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