Feeds:
Entradas
Comentarios

            Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la Madre de Jesús estaba allí. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y faltando vino, la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» Su madre le dice a los servidores: «Lo que les diga, ustedes háganlo.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían entre 80 y 120 litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y llévenle al organizador de la fiesta.» Así lo hicieron. El organizador probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el mejor vino para este momento.» Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

            Los milagros indirectos. Esa fue la palabra que me vino al contemplar la escena en el momento en el que el weeding planner lo llama al esposo y, al mismo tiempo que alaba ese vino tan especial, al decirle que habitualmente las cosas se hacen al revés, le da a entender elegantemente que le hubiera gustado que le avisara. Pero el otro estaba menos enterado que él de este milagro que había ocurrido en su propia cocina. Juan no nos cuenta cómo siguió el diálogo y lo que queda de toda la escena es que los verdaderos protagonistas, los que saben que ese vino es fruto de un milagro hecho con agua -la Madre, Jesús, los servidores y los discípulos- permanecen anónimos.

            Por supuesto que la voz habrá corrido como corrió el vino y seguramente los esposos y su familia le habrán agradecido a María y a su Hijo este milagro con que fueron bendecidos. El sabor de ese vino, aunque no lo hayamos probado físicamente, se imprimió y quedó grabado en la escena evangélica que recordamos como las Bodas de Caná. Algo similar al perfume de nardo puro con que la hermana de Lázaro, María, ungió a Jesús, que llenó con su fragancia toda la casa (Jn 12, 3). Como pasa en las fiestas, hay cosas que se gozan después. Y hace bien agradecerlas y saborearlas recordando detalles, porque en el momento son cosas que se viven intensamente pero sin tiempo para detenerse en cada una. Las registramos, nuestros ojos fijan miradas y sonrisas, y nuestro corazón, al ir recorriendo las mesas y saludando a la gente, siente presencias, se dilata y atesora todo, pero sin poder hacer sacar provecho de todo. Y es un deber de justicia dar luego a cada detalle su justo valor. Por eso, 2000 años después, seguimos recordando gozosamente Caná. Seguimos gustando ese vino mejor en cada fiesta, en cada Eucaristía. 

            Jesús tiene esas cosas: sus gestos se nos quedan para siempre. Tienen, cada uno, la consistencia de un sacramento, signo visible de su amor, presencia suya que se toca con las manos. 

            Un amigo suele contarme cada tanto de nuevo, que en los casamientos de sus hijos y de los hijos de sus amigos, reza haciendo memoria del suyo, pidiendo para los nuevos esposos las gracias que agradece de su matrimonio. Aunque no se lo digo a él, porque ya lo sabe, como los sirvientes que sabían de dónde venía ese vino, la reflexión que hago yo para sacar provecho, como dice Ignacio, es que esa es propiamente la gracia de Caná. Es el modo de contemplar las escenas evangélicas que -todas- transforman nuestra agua en vino y hacen que nuestras experiencias humanas den frutos de fe.

            Vuelvo a los milagros indirectos, que hay que descubrir después. Recordar los detalles es parte de lo que llamamos técnicamente “oración contemplativa”. Yo digo que todos somos contemplativos, lo que sucede es que a veces no nos damos cuenta, como  el joven esposo que no tenía idea de lo que había pasado con el vino. Pero cuando uno como el wedding planner nos aviva (tampoco él se había dado cuenta de todo, pero registró algo que se ve que le picó, porque afectaba su trabajo), tenemos que aprovechar y saber sacar partido de los milagros indirectos. 

            Recordar los detalles de nuestra vida, de nuestro día, es desenterrar el tesoro escondido en el campo. 

            Recordar los detalles de los milagros que el Señor y nuestra Señora han estado realizando para nosotros, en la cocina, junto con los que nos sirven, es una de las gracias más lindas que forman parte de la oración. Es una gracia linda porque brota espontaneamente y se convierte en agradecimiento y en fe, y estimula a seguir rezando. 

            El Evangelio está sembrado de detalles así, de pequeños signos que despiertan nuestros sentidos e iluminan nuestra mente para que sepa reconocer en cada uno la acción benéfica del Señor, que llena de milagros “indirectos” nuestra vida. Se trata de gestos del Señor que nos hacen sentir “predilectos”, como esos jóvenes esposos a los que Jesús les regaló una fiesta inolvidable, no solo para ellos y su familia, sino memorable para todas las generaciones. 

            Recordar los detalles es aprender a saborear la predilección del Señor. Esa es la alegría que “falta” en el mundo actual, la alegría de sentirnos especiales, bendecidos a los ojos de quien mucho nos ama. 

            La alegría se confiar en que María anda por nuestras cocinas, notando lo que falta y supliendo todo con ese modo de interceder que tiene Ella y que pone en marcha el corazón de Jesús, siempre deseoso de sernos útil en todo lo que pueda.

            Recordar detalles es como llenar las tinajas de los recuerdos hasta el borde, sumergirse en el lago de nuestra memoria y mirar de nuevo lo que pasó, constatando que cada sorbo de imaginación sabe distinto contemplado con los ojos de la fe y pidiendo al Espíritu que nos “encienda de luz los sentidos” y que “infunda amor en nuestros corazones”. 

            Eso es Caná: transformación del agua en vino, de las ideas abstractas en fe, que convierte lo que toca en realidad; transformación de los deseos cambiantes en sólida caridad y amor de amistad que dura para siempre; transformación de los sueños fugaces en esperanza cierta y a toda vela. Agua en vino, y vino del bueno. 

Tres detalles de Caná

            Uno lo encontramos cuando María advierte a los mozos -que serían chicos y chicas jóvenes-: hagan lo que Él diga. Cualquier cosa que les diga, ustedes háganla. Les dice porque sabe que Jesús va a salir con algo inesperado, como fue lo de llenar las tinajas de agua. El detalle es que nuestra Señora no se pone a discutir con su Hijo, que con la respuesta daba pie a alguna réplica, sino que lo deja en su discurso interior, el que seguramente Jesús tenía con su Padre acerca de la hora para comenzar su misión, y se dirige directamente a los chicos que están queriendo ayudar, que son los que van y vienen sirviendo las mesas. 

            Es un detalle que hace al “modo Mariano” de hacer las cosas. El Evangelio nos dice que “María guardaba las cosas en su corazón, meditándolas”. Esta oración suya, contemplativa, que recuerda los detalles pequeños y los “engrandece” hasta que toman la altura de “las maravillas que el Señor hizo en su vida”, tiene como contrapartida su saber  “adelantarse”. 

            Es un adelantarse a lo que va a pasar, observando también los detalles. Si nos fijamos bien, recordar los detalles y prever en los detalles son partes de una única oración. Esto es algo propio del Espíritu Santo. Lo expresa la oración del Ven Creador,   cuando nos invita a expresarle nuestro deseo: “Que repelas lejos al enemigo y nos dones tu paz con prontitud, de modo tal que así, conduciendo Tú previamente, evitemos todo lo nocivo”. Ese “previamente” nos hace pensar de cuántos peligros nos habrá salvado sin que lo sepamos. La imagen linda de nuestra niñez es la del Ángel de la guarda que se adelanta a quitar un peligro de la vida del niño a cuyo cuidado ha sido consagrado por el Padre. 

            Otro detalle es que los servidores “llenaron las tinajas hasta el borde”. El “hagan lo que Él les diga” no lo usaron para medir “hasta donde debo” y “a qué no estoy obligado”. Lo de llenar hasta el borde es un detalle de esos en los que se ve a una persona: la persona que hace solo lo justo y la que se da entera. 

            Se ve que estos no eran mozos contratados, sino verdaderos diáconos -servidores de alma-, de esos que le ponen toda la honda para que la cena salga linda. Está el mozo que trabaja eficazmente y el que sabe poner -con discreción- un gesto atento en el momento justo y, sin hacerse notar de más, contribuye a que la fiesta salga perfecta. 

            Un tercer detalle es que Jesús también parece que se entusiasmó, porque el vino que produjo fue de alta calidad (en la multiplicación de los panes no dice que el pan fuera “especial” ni que los peces fueran caviar…). Sin saber mucho de milagros creo que podemos decir este tuvo dos tiempos: convertir el agua en vino y añejarlo. Los servidores pusieron su entusiasmo como podemos hacerlo los seres humanos: cuantitativamente. El Señor puso en acto el suyo como sólo puede hacerlo Dios: cualitativamente. No solo convirtió el agua en vino sino que maduró el vino y lo añejó en pocos segundos. Es una gracia linda para pedirle al Señor: que nos madure alguna gracia que ya nos ha dado. Que la termine de añejar, para que sepa mejor. Que nos madure el matrimonio y la consagración, que nos madure la paternidad y la maternidad, que nos madure la amistad… Que nos madure la oración, en especial esta, de recordar y prever los detalles en los que Él gesta sus milagros indirectos.

Diego Fares sj


      Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-, él respondió diciendo a todos: «Yo los bautizo en agua; pero viene el que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar, habiendo sido bautizado también Jesús, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: «Tú eres el Hijo mío, el Predilecto, en Ti me he complacido»   (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

     La Palabra que me afecta hoy es ese “estando Jesús en oración”. Luego de la experiencia de ser bautizado, Jesús se pone en oración. Es oración de súplica. Jesús pide, suplica, con actitud de reverencia, de adoración (todo esto significa “proseuchomai” en griego). Y en esa oración acontece lo nuevo: se abre el cielo -que la tradición dice que había estado cerrado desde que Adán y Eva fueron echados del paraíso, al que Dios bajaba todos los días desde un cielo abierto. Se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Jesús, como bajan y se posan las palomas, con cierta paz y mansedumbre de movimientos, y vino también del cielo la voz del Padre (aunque no lo dice, aunque dice “una voz” no puede ser otra que la del Padre porque habla de su Hijo amado): Tú eres el Hijo mío, el Predilecto -agapethos-. En ti me he complacido”.

Tomadas estas palabras en ese preciso momento, lo que le ha complacido al Padre es que Jesús esté rezando luego de haberse hecho bautizar, junto con toda la gente del pueblo, como uno más, insertándose en la historia al sumarse a lo que le había sido mandado a Juan el Bautista. 

Mateo dice que Juan se resistió al comienzo, pero Jesús lo frenó y le dijo que “en ese momento” lo dejara hacer las cosas así. Es que no se trataba de una cuestión personal, de quién era más digno de bautizar, sino que Jesús lo que estaba haciendo era “vivir” un momento de ruptura y de cambio total en la historia. 

Allí, en medio de la gente, siguiendo los ritos y las costumbres comunes, lo que aconteció fue que el cielo se abrió de nuevo y se restableció una corriente de comunicación y de gracia entre ese hombre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre. 

Esto es lo nuevo y acontece en el espacio de la Oración de Jesús. Es una oración de súplica, el Señor suplica: es “una limosna de oración”. 

Limosnear es una actitud en la que lo que se pide coincide con lo que el otro quiere dar. Uno no se enoja (aunque a veces pasa, si damos muy poco) al ver lo que el otro nos da. Porque precisamente pedíamos eso, una limosnita. Los mendigos eligen a veces pedir la moneda más chiquita, diez centavos, -dicen-, y achican más: cinco centavitos… Como diciendo, denme lo mínimo, lo que ni siquiera usarán, eso es valioso para nosotros, los mendigos. 

Esa es la actitud de Jesús, la de ponerse a suplicar. Luego de haber hecho la fila como todos y de haberse hecho bautizar por Juan como uno más, encima inclina la cabeza y con actitud de reverencia y de adoración, se pone a suplicar. 

Y allí se desencadena todo: en un instante sucede todo lo nuevo, que el Espíritu desciende sobre Jesús, lo unge y lo inviste con la misión, que será la de anunciar el Evangelio a los pobres y de liberar a su pueblo, y el Padre lo acaricia con su mirada de Amor como la de un Padre por su Hijo predilecto, un Padre que se siente orgulloso de su Hijo y le complace todo lo que hace, cómo comienza a actuar en medio de su pueblo, en medio de la historia que se vuelve, ahora sí, plenamente, historia de salvación para todo el que se adhiera con la fe a este Jesús que todo lo hace nuevo.

El Bautismo del Señor en el humilde río Jordán, limosneado también a Juan, que no se lo quería dar porque le parecía poco, es espejo de su Bautismo en el río del cielo, en el torrente de Agua viva del Espíritu que desciende sobre Él. 

En esta actitud del Señor tenemos que fijar la mirada y el corazón, para que se nos adhiera con todo su afecto. Contemplá la humildad de Jesús que reza y te abre una manera nueva para que puedas aprender a rezar. Suplicale a Dios que te de una limosna de oración. Suplicale una limosna de tarea. La tarea que Él desea que hagas, pero no se la pidas como si fuera “La misión entera” sino solo “diez centavitos de tu misión”. Para que luego de un tiempo -de unos días, unos años o un ratito nomás- le puedas pedir de nuevo “otros diez centavos” y así irás viviendo del pan de la misión de cada día. Pedile una limosna de alegría, de la alegría perpetua, esa que nadie te va a poder quitar ni arruinar, pero recibida en gotas homeopáticas, recibida en una jarra de agua fresca, recibida, la alegría, como el momento de festejo en medio de la partida, porque, como dice el Papa, es parte del protocolo del buen combate espiritual, que te pares un momento a festejar cada punto de victoria, cada vez que el Evangelio dio un paso adelante en tu vida. Rogale que te de una limosna de sacrificio también, por qué no. Cuando le pedís la gracia de ser más fuertes, solés arruinarla pidiendo un espíritu de sacrificio que te queda como un vestido cuatro talles más grandes, en vez de pedir cinco centavos de espíritu de mortificación que te alcance para renunciar solo en este momento a un pequeño bien para compartirlo con otro que necesita más. Suplicale una limosna de fidelidad, la que te alcance para ser fiel aquí y ahora, y te quede un vuelto para volver a pedir otra limosna de la misma fidelidad.

Esta oración de Jesús recién bautizado es “la gracia”. Fue un momento nomás, porque la respuesta tan inmediata y exuberante de las otras dos Personas de la Trinidad fue tal, que dejó atrás el gesto del Señor. Pero Lucas lo notó y lo anotó: “estando en oración”, dice, y en ese gesto cabe todo. 

Lafrance tiene una “fórmula” para hacer esta oración de súplica. Es importante pedir bien. Yo a veces, cuando escucho pedir a algunos pobres, especialmente a las mujeres con un bebé en brazos que gimen y alzan la voz lastimeramente en el subte, con un tono de voz y unos argumentos que violentan mi decisión porque me remueven todos los sentimientos más básicos, siento que desearía “enseñarles a pedir de otra manera”. Pero veo que eso que en la mayoría que ya las sintió causa rechazo, en otros turistas que recién llegan, los lleva a dar. Se ve que los mendigos tienen estudiada la cosa y hacen el promedio y este sistema les resulta. 

Bueno, lo mismo, pero al revés. Si a Jesús le resulta “ponerse en oración de súplica” al Espíritu y al Padre, no hay por qué pensar que no sea eso lo mejor y aquello en lo primero que lo tenemos que imitar. En vez de querer imitarlo en su Pasión, o en su capacidad de conmoverse con los pobres y enfermos, o en su dominio de sí y en su radicalidad para vivir las cosas sin mirar atrás ni dejarse desviar de su misión, todas cosas que nos resultan imposibles no solo de vivir, sino que hasta nos da miedo pedir, podemos comenzar por imitar al Señor en esta actitud suya de súplica y aprender de Él cómo pedir.

 Lafrance, decía, toma del evangelio esta súplica, esta “limosna de oración”:

 Padre, en nombre de Jesús, tu Hijo predilecto, danos tu Espíritu Santo. Una limosna de tu Espíritu, agrego yo, humildemente, como si se pudiera pedirlo así. Creo que el mismo Espíritu nos da señales de que podemos pedirlo de esta manera, como en cuotas, de a moneditas. Digo que nos da señales al dársenos repartido en siete dones y muchos tipos de “frutos”: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gal.5:22,23).

El Espíritu se comunica a cada uno dándole un carisma particular, para el bien común. Dar a cada uno un carisma es como decir que se da “por partecitas”, de a gotitas, haciéndose a la medida de nuestra mano, a lo que cabe en nuestros cortos deseos y en nuestras pequeñas expectativas humanas. 

Les comparto mi traducción de la oración al Paráclito -que vendría a ser “El que siempre pasa por el lugar existencial donde le estamos mendigando algo a la vida”- , hecha con este espíritu de mendigo, de uno que desde los 17 años siempre que ve a un mendigo se acerca y mientras le da una monedita e intercambia algunas palabras de respetuoso cariño, intenta aprender algo de ese que es uno de los predilectos del Padre.

Ven, Creador Espíritu Santo, visita el alma de los tuyos y llena con las gracias de lo alto el pecho de los que Tú creaste. Tú, llamado el Paráclito (el que siempre está al lado, para darnos una mano). Tú, Don del Dios Altísimo, Fuente viva, Fuego, Caridad, Unción espiritual. Tú, que te nos das de siete maneras, Dedo Índice de la Mano del Paterna, a Ti, solemnemente prometido por el Padre…, que conviertes en Palabra nuestros gemidos: enciende de Luz los sentidos, infunde Amor en los corazones y fortalece nuestra debilidad corporal con una Virtud perpetua. Lo que más deseamos es: que repelas lejos al enemigo, de modo tal que, con tu paz y tus dones, siendo Tu nuestro Conductor en adelante, podamos evitar previamente todo lo nocivo. Que por Ti sintamos al Padre y también conozcamos al Hijo y En Ti, que de uno y otro eres el Espíritu, creamos con fe en todo momento.

Pd. El cuadro del Greco capta justo el momento: el Espíritu desciende como un rayo desde el Padre y se vierte en las gotas de Agua que Juan derrama sobre la cabeza de un Jesús que reza con las manos juntas.

Diego Fares sj


            Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: 

« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle. » 

Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: 

« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» 

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: 

« Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» 

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación

            Al leer que los Reyes le regalaron oro al Niño pensé que ese oro, en un primer momento, lo habrá turbado a San José, ya que seguramente no era alguien que manejara oro con sus manos. Pero luego lo habrá visto como un regalo providencial ya que debe haber sido lo que los salvó durante un buen tiempo al tener que irse intempestivamente al destierro. 

Tengo grabada en la memoria la imagen de un hombre, muy delgado y pálido, que golpeó mi puerta una mañana en mi oficinita del piso alto del Hogar. Entró con la respiración entrecortada luego de haber subido los dos pisos por escalera y sin mucha presentación (no le dio importancia a su nombre ni a quién era) mientras desenvolvía un lingote de oro de 250 gramos que traía envuelto en papel de diario, me lo entregó diciendo: “padre, ya no necesito esto. Lo guardaba para una necesidad, pero estoy en la etapa terminal de mi enfermedad y quiero donarlo al Hogar”. Le di la bendición y me di cuenta de que no era alguien practicante, pero la recibió con aceptación; nos dimos la mano y se fue, respirando con dificultad. Nunca más lo vi. 

Hoy me vino a la mente al contemplar a los magos, gente en cuyas manos el oro es un regalo y que saben encontrar a los pequeños, al Niño en el pesebre o en el hogar de tránsito en el que se habrán hospedado José y María durante su estancia en Belén. 

Digo que hay gente en cuyas manos el oro es un regalo. Es una reserva, en el sentido de un regalo que guardan para sí, para usar en alguna necesidad, pero fundamentalmente es un regalo, porque saben que no se lo llevarán consigo. Mi amigo trajo el lingotito envuelto en papeles de diario. Mientras lo desenvolvía no mostró ninguno de los efectos que produce el oro en las manos y en los ojos de los que lo tocan. Digo esto porque una vez vendí objetos de oro que me habían donado en oficinas del microcentro, llevado por un amigo orfebre que conoce, e inmediatamente me llamó la atención el modo totalmente profesional de tratar la mercancía que tienen los comerciantes, cómo les basta una ojeada para separar lo que sirve de lo que no y luego con pinzas, lupa y algunas gotas de no se que solución reactiva, determinan en pocos minutos lo que vale en dólares el oro que le traen (la compu está encendida en una página de Londres que cotiza el oro todo el tiempo confirmando el proverbio inglés). 

Mi donante enfermo utilizó otros instrumentos de precisión: las palabras necesidad, reserva, don. Tenía muy claro el tiempo -su tiempo- e hizo su discernimiento en el momento justo, mientras podía salir por sus propios medios de su casa para venir al Hogar (creo que no calculó la escalera y fue un esfuerzo extra que tuvo que realizar para hacer su donación). Un lingote de oro no se puede confiar a otro para que lo done. Yo creo que se dio cuenta que si dejaba pasar más tiempo se lo agarraría el primero que entrara a su casa cuando él no estuviera, ya que vivía solo. Un discernimiento sin afectos desordenados, eso fue lo que hizo. Porque los afectos a lo que se agarran es al tiempo y por eso guardamos cosas de reserva. Pero como él ya no tenía tiempo, ni necesidades, el oro se le convirtió -solito, como por arte de magia- en don!

En sus reglas para distribuir limosnas San Ignacio hace imaginar a un hombre “que nunca he visto ni conocido” (EE 339) y pensar qué sería lo más perfecto que yo desearía para este hombre en cuanto a dar limosnas, y luego aplicarme la regla que pienso para él a mí mismo. También hace Ignacio que uno se imagine a sí mismo en la hora de su muerte y piense cómo querría haber repartido sus limosnas y usado sus dones y nos dice que obremos ahora siguiendo estos criterios que nos vienen de nuestro yo futuro (en el único futuro cierto) (EE 340). 

Pues bien, aquel día a mí se me juntaron las dos realidades en este hombre a quien no había visto antes ni conocido y que, encontrándose en la hora de su muerte, vino a donar su posesión más preciada al Hogar. 

En aquel momento me impactó el contraste entre su precariedad -venía vestido pobremente y su desaliño hacía patente que tenía pocas fuerzas para arreglarse- y la magnitud de su donación (fue la donación individual más grande que me hizo alguien en 20 años en el Hogar). 

Hoy, al hacer oración contemplando aquel momento, lo que me impacta es la simplicidad de su discernimiento. Cómo se desprendió del oro sin que se le quedara pegada la piel. Cómo supo tan claramente lo que tenía que hacer. Cómo vino al Hogar, al que nunca había entrado – no parecía una persona de iglesia, como dije- pero delante del cual habría pasado muchas veces. Cómo sin conocerme personalmente preguntó por el que estaba a cargo de esa obra y le confió lo suyo sin dudas ni investigaciones. 

Que la gente -simplemente la gente, más allá de sus ideas y creencias religiosas, filosóficas y políticas- en los momentos importantes de su vida sepa y discierna qué tiene que hacer con lo suyo y lo haga, es algo que me confirma en la fe en el ser humano. Contra toda la tempestad exterior de superficialidad y desconfianzas, de dudas de todos acerca de todo, de acusaciones y desilusiones, la gente, cada uno de nosotros, va destilando en su corazón lo que quiere dar y a quién y cuando encuentra el momento, cada uno rompe su frasco de perfume, como la mujer así llamada pecadora y como Zaqueo que donó la mitad de su bienes, como los reyes, que estudiaban el movimiento de las estrellas y supieron encontrar el camino a Belén para hacer ofrenda de los dones que habían preparado para darle al Niño durante toda su vida. 

Mateo dice varias veces -para contrastar- que Herodes “se informaba”. Era un tipo atento a todo lo que se decía, uno que se hacía asesorar por los informados de su tiempo, uno que hábilmente sabía manejar la información y que intentó manipular también a los magos. Pero la magia de estos sabios de oriente era más poderosa y se le escaparon regresando a su tierra por otro camino. Era una magia con estrellas, con Niños, con regalos, con años de investigación paciente, largos viajes caminando, corazones que se llenan de alegría al ver detenerse la estrella y rodillas que saben doblarse y adorar al ver al Niño con María su madre. 

Corazones que adoran, que investigan poniéndose en camino, con todo su oro listo para regalar. Corazones que se informan, que usan la información como excusa para no dar. 

La verdad se juega en torno al dar. 

Disciernen perfectamente tanto los corazones que se quieren dar como los corazones que no se quiere dar. Los primeros, encuentran en todo oportunidades, momentos justos, personas especiales… Los segundos encuentran siempre excusas, razones para dilatar, personas que no lo merecen. 

Pero lo que quiero resaltar es que no es verdad que el mundo actual sea confuso y que no se pueda saber quién dice la verdad. La Epifanía es la fiesta linda de la Verdad que se manifiesta -clara y límpida- como un Niño, como una estrella y como un lingotito de oro- a todos los hombres y mujeres que saben discernir porque se quieren dar. 

Diego Fares sj

Repaso del año con las bienaventuranzas (Santa María Madre de Dios C 2018-2019)

            En aquel tiempo, los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban maravillados. Pero María atesoraba todas estas cosas reflexionando y sacando provecho en su corazón.

            Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios, porque todo cuanto habían visto y oído era tal como les habían dicho. A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción (Lc 2, 15-19).

Contemplación 

            María no solo se maravilla con las cosas que cuentan los pastores acerca del Niño, sino que las “atesora”. Guarda como un tesoro en el corazón todo lo que dicen estos hombres sencillos que anuncian la buena noticia que les revelaron los ángeles, este primer evangelio predicado por los pobres de Belén. 

            María atesoraba estas cosas “meditándolas”. Pero con una forma de meditar que es especial. La frase que mejor expresa lo que quiere decir “synballousa” es quizás la que usa San Ignacio en los Ejercicios: reflexionar para sacar provecho. Se trata de guardar las cosas ponderándolas, confiriéndolas unas con otras, hasta que uno concreta algo y saca provecho para su vida. Nuestra Señora es Maestra en esta contemplación para la acción. Para nosotros, los Ejercicios espirituales son un modo muy cercano a este modo de rezar que practica la Virgen por connaturalidad: Se trata de atesorar (en la memoria), de meditar (con la inteligencia) y de aprovechar para sentir y gustar afectivamente (con la voluntad).

            Una palabra más sobre “atesorar” o “conservar cuidadosamente”. Lucas usa el verbo “sintereo“, que implica “guardar las cosas poniéndoles un rótulo que dice “tesoro”, “cosas muy buenas para amar”, “maravillas de Dios”. Lo que filosóficamente llamamos “sindéresis” es un juicio básico y originario que configura nuestra razón práctica. Es habitual y no meramente puntual porque nuestra mente “se enciende o activa” en este programa que ilumina todo lo que se nos presenta para decidir diciendo: “hay que amar el bien y rechazar el mal”. Siempre está encendida la llamita de esta “sindéresis”, siempre esa voz -que llamamos conciencia- nos está diciendo:  sea lo que sea que hagas y elijas tenés que elegir el bien y rechazar el mal. Gracias a esta certeza nos podemos corregir cuando nos damos cuenta de que hemos elegido algo menos bueno o malo, podemos juzgar por nosotros mismos, rectificar el rumbo y orientarnos nuevamente al bien, que es el sentido de nuestro obrar. 

            Todo esto que decimos apunta a sintonizar con el modo de pensar y sentir de María, que en su simplicidad, es la Sabiduría misma. Sabiduría práctica que discierne siempre lo que le agrada al Padre y lo que está tratando de hacer Jesús. De aquí brota su consejo práctico: “hagan todo lo que Él te diga”. Esto, si lo que deseas es beber el Vino bueno del Espíritu y que tu vida tenga otro sabor, otra pasión y otra alegría, más plenas  que las del mundo, que son pasajeras y se acaban (“No tienen vino”). 

            Teniendo en cuenta la riqueza que estas palabras adquieren en María, repasamos el 2018 poniendo la atención en el 2019, es decir: mirando para adelante. 

            Atesoraremos algunas cosas, sí!, pero no para guardarlas en el archivo de fotos (las lindas para mirar de vez en cuando y las feas y tristes para borrar), sino para discernir con más claridad y determinación qué ánimo nos dan estas perlas preciosas para vivir más fecundamente el año que se nos ofrece. 

            Una imagen es mirarnos a nosotros mismos cada vez que nos toca armar la mochila para salir de viaje. Al meter o dejar de lado cosas, uno hace memoria, discierne los pesos inútiles que cargó la vez anterior y busca poner esta vez lo esencial, solo lo que más le ayudará a caminar ligero y bien provisto, el viaje que emprende. Como ese papá que carga el sueño de su hijito como peso principal.

………

            Rezando esta mañana pedía como cada día, “esa limosna de oración” al Espíritu que me permite arrancar la mañana (y el año) con algo Suyo y no mío, algo pequeño pero nuevo.

            Suelen caer en mi jarro gracias muy pequeñitas, que apenas tintinean, y que estoy aprendiendo a no dejar pasar por quedarme esperando billetes grandes que no siempre llegan. 

            Hoy sentí que caían las moneditas de las bienaventuranzas. Y se me ocurrió hacer el repaso del año desde esa perspectiva: un examen y un plan en clave de bienaventuranzas. 

            Esto para  mí quiere decir que no tomo las afirmaciones de Jesús desde el “deber ser” (algo así como “si querés ser feliz, tenés que ser pobre, llorar, ser manso… etc.), sino como algo que puedo constatar de manera muy real y práctica: la felicidad que el Señor desgrana en sus bienaventuranzas son “lo que quedó”, cuando tamizo la arena del año que pasó y que malgasté en gran parte. Las bienaventuranzas me quedan en el cernidor  como algunas pepitas de oro y se nota enseguida que son puro don. 

            Tomo solo dos: Felices los pobre y felices los que lloran.

            Los índices nos dicen -con la crudeza de los números- que terminamos el año más pobres. El salario real -las cosas que podemos comprar para vivir con el dinero que conseguimos- cayó más del 10%. Hay más de 7 millones y medio de personas que caminan al lado nuestro que no tienen recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas. Es decir que no comen bien, no se pueden vestir dignamente, no tienen remedios si se enferman, no pueden mandar a sus chicos a la escuela con todos los útiles que necesitan para aprender… 

            La constatación de la pobreza material, en un mundo que tiene todos los recursos naturales y sociales para erradicarla, nos lleva a una conclusión: ha aumentado la miserabilidad política: la inequidad de pensar cada uno solo en lo suyo y no en el bien común, el no ser creativos en la solidaridad. Esta miseria política es la causa de la miseria material. No es un problema natural! Ni heredado como una fatalidad. Ni culpa de la situación mundial. Si en una familia o en un pueblo los padres de uno de cada tres niños no tienen para cubrir sus necesidades básicas, es un problema político, en el que entramos primero como padres de los otros dos chicos y, luego, cada uno con su profesión y posibilidades. Quiero decir que a esta pobreza hay que entrarle primero con el corazón, donde se encarna el sentido político del pobre.

            Aprender políticamente, crecer como ciudadanos que construyen un pueblo y dejar de ser meros individuos que van de la queja a la avivada, lleva tiempo. Mucho tiempo y muchos aprendizajes (digo aprendizaje y no fracasos porque “en la vida no se fracasa: o se gana o se aprende“, como dice Vecchione, un cantautor italiano). Sin embargo, la bienaventuranza de Jesús que dice: “Felices ustedes pobres, porque de ustedes es el Reino de los Cielos”, nos puede abrir una perspectiva más honda, más inmediata y posible de practicar. 

            Es la visión de la vida que surge cuando uno termina de aceptar que “es” pobre. Que sea cual fuere el punto del índice comparativo en el que me encuentro socialmente en este momento, soy radicalmente pobre. En cosas, en cualidades, en tiempo, en méritos y hasta en mis pecados: soy pobre. 

            Pero no en sentido despreciativo de ser “un pobre tipo”. No!

            La clave de la pobreza feliz del Reino está en la paternidad. Solo un padre, solo una madre, son verdaderamente pobres. Porque uno si no tiene hijos a quienes cuidar y alimentar y hacer crecer como personas, no experimenta lo que es la pobreza. Experimentará solo carencias o necesidades individuales. 

            La pobreza verdadera es no tener nada para dar a los que uno ama y que dependen de uno. Cuando experimento esta pobreza, de tener muy poco o nada para dar a mis hijos, a mi comunidad, a mi pueblo, entonces la bienaventuranza de Jesús se abre como una revelación y una promesa. Porque el Reino que nos ofrece Jesús es siempre un tesoro que puedo dar. Yo, aquí y ahora. Lo puedo dar, no importa cuán pobre sea! Y cuando experimento que no tengo otras cosas para dar, este tesoro, esta perla de Jesús, comienza a irradiar con todo su esplendor. 

Es un tesoro que no se devalúa ni se corrompe. 

Se nos regala gratuitamente y lo podemos regalar. 

La alegría que nos produce, nadie nos la puede quitar. 

No nos lo pueden robar. 

Todo lo que hacemos con sus monedas -la de la misericordia y la de la caridad- se capitaliza, da fruto para otros, produce el 30, el 60 y el 100 por uno. 

Y los que amamos lo pueden heredar.

No son “monedas para acumular” (apropiables, que yo utilizo como y cuando quiero), son monedas que se capitalizan como “monedas para dar”. 

No son monedas que se puedan atesorar en lugar alguno -material o espiritual- de esta tierra. Por eso se llaman “tesoro del cielo”. 

No son parte de un sueldo mensual, son limosna diaria para vivir y para dar hoy. 

No dan renta, producen frutos.

Las distribuye -con exclusividad- el Espíritu. 

Yo puedo administrar estos talentos y negociarlos para que se multipliquen, pero nunca soy dueño. De nada. Aunque, paradójicamente, se me de todo y posea la administración total del capital ilimitado de misericordia y caridad que se me confía. 

Feliz entonces si la vida me ha llevado al punto de ser consciente que no tengo nada mío para dar a los que amo. Feliz porque recién entonces puedo valorar lo real del tesoro que Jesús me ofrece para dar. 

Examino, pues, el año, desde la perspectiva de lo que he “perdido” (aprendido), desde aquello en lo que me he empobrecido y lo agradezco, ya que esta moneda de mi pobreza es la que me permite adquirir derecho al Reino, derecho a poseer todas las gracias que Jesús nos comparte y nos regala para distribuir a los demás. 

….

Felices los que tienen la moneda del llanto, porque recibirán la de la consolación

            Me propongo encontrarme con el Señor allí donde tengo la fuente de mi llanto. Es un lugar especial. Como hacen los niños que se han golpeado, que primero pispean si los ha visto su madre y recién allí sueltan el llanto, así también yo muchas veces no me atrevo a llorar por no sentirme bajo el abrazo de Dios. 

Llorar es signo de pobreza y de amor. 

Pido perdón por haber llorado poco, pido la gracia de acercarme más a Dios, para poder llorar bien, como lloran los padres.

Con estas dos monedas, de la pobreza y el llanto, adquieren mansedumbre paterna las demás bienaventuranzas, especialmente las del hambre y la sed de justicia y la de la  persecución. De la pobreza y el llanto de padres se origina la gracia de no perder nunca la paz. Esta gracia que el Espíritu le ha dado a Francisco y de la que participamos los que lo queremos y seguimos como Papa.

En este espíritu de bienventuranzas y en esta clave de paternidad-maternidad, cada uno puede atesorar y reflexionar para sacar provecho la bienaventuranza que el Espíritu le de a elegir y desde allí examinar el año que pasó, dando gracias por las gracias, pidiendo perdón y proponiéndose un plan de vida dichoso para el año que viene.

Diego Fares sj

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que se dieran cuenta sus padres. Pero creyendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando». El les dijo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc  2, 40-52). 

Contemplación

Un año termina y otro comienza y la liturgia nos pone en clima de familia. Con la palabra “clima de familia” quiero señalarte algo muy preciso. Nuestra familia es el ámbito de los que somos nacidos y criados juntos y que nos elegimos -de nuevo, cada vez- para seguir juntos. Cada año, nuestra vida se concentra en las cenas y los almuerzos de las fiestas. Allí, en nuestra familia, resuena la vida del mundo entero de modo particular: con un tono distinto. Todo lo que estamos viviendo en el país – en el trabajo, en la sociedad, en la economía y la política, en lo religioso…- todo resuena, pero con los filtros que elegimos poner. Cuando nos juntamos hacemos de modo tal que los acontecimientos externos no invadan lo esencial: el amor que nos queremos expresar celebrando la vida con nuestros ritos familiares. Nunca faltan los ritos del recuerdo de los que no están, los ritos de los regalos, que gozan de modo especial los más chicos, y nosotros con ellos; los ritos de mirarnos a los ojos y expresar nuestros mejores deseos al brindar…

La liturgia nos regala algunas escenas -pocas, pero sumamente significativas, a través de la cuales podemos entrar de lleno en el clima de familia que vivieron José, María y Jesús. 

Los hemos visto en la noche de navidad, contemplando al Niño que han apenas recostado en el pesebre. 

Los veremos el primer día del año, entrando con el Niño en brazos para presentarlo en el Templo y ponerle el Nombre: Jesús. 

Hoy, en la Fiesta de la Sagrada Familia, los vemos en el momento en que abren la puerta del aula y se encuentran con la imagen de su Hijo, en medio de los maestros y doctores de la ley: les está haciendo una pregunta y ellos lo miran estupefactos.

Doce años les pasaron por su mente en un segundo y nosotros podemos adivinar lo que sintieron. Fueron doce años vertiginosos y los pocos datos que tenemos bastan para desestabilizar cualquier imagen de una vida familiar de estampita navideña.

Todo comenzó con una anunciación sorprendente, que los hizo entrar en el centro mismo de la Historia. De allí en más, acontecimientos que les caen encima y decisiones con las que cambian su vida de manera radical. El nacimiento en Belén -en un pesebre!-, por culpa de un censo nacional decretado desde alguna oficina pública. Las visitas de gente de todo tipo, incluso reyes extranjeros, que acuden a su casa y les hacen saber que se habla de ellos en Jerusalén. La profecía de Simeón. El poder del Rey Herodes que desata su furia militarizada sobre la fragilidad del Niño, que ellos cuidan con su misma vida. José con todos sus sentidos de padre despiertos y activos. María, haciendo simple y tierna la vida cotidiana. La decisión providencial de irse en el momento justo, de emigrar. Los años de destierro, viviendo de prestado -podemos imaginar la precariedad, el idioma, los trabajos más humildes y duros-. El regreso -precavido- a empezar de nuevo, sin hacerse notar… 

Y ya estamos doce años después. Cuando la vida parecía encaminada y el gozo de peregrinar un nuevo año al Templo con Jesús de la mano los hacía disfrutar de la normalidad, resulta que su Hijo se les pierde. Comienzan los problemas de la preadolescencia, pensaríamos nosotros.

Jesús a los doce sorprende! Y los lanza de lleno a lo que será el futuro. El Señor hace su entrada en sociedad dejando a todos estupefactos y atónitos. A los maestros, por su inteligencia y sus respuestas. A sus padres por haber actuado autónomamente, siendo que siempre había sido un chico “sujeto a ellos”, como volverá a serlo al regresar a Nazaret, hasta que llegue su hora. Así como en un instante se les hizo presente todo lo vivido, así también, al abrir esa puerta, vieron de golpe lo que les haría vivir su Jesús. Y a partir de allí, el estar “sujeto a ellos” de su Hijo se volvió distinto: su presente se llenó de futuro, se volvió consciente en ellos el Reino. La Casa del Padre -en la que Jesús siempre “está”- se aposentó sobre su casa de Nazaret -o se abrió desde adentro, como se abre una flor- y el hogar de san José se volvió condivisible para todas las familias y comunidades que quieran recibir e incorporar sus lecciones de vida doméstica: la lección del silencio, la lección del trabajo, la lección del amor.

Se ve que esta ida al Templo provocó o despertó algo nuevo y poderoso en Jesús, algo que lo llevó a olvidar todo lo demás y quedarse allí sin decir nada a sus padres. 

Me imagino que la cosa habrá empezado al acercarse él -curioso- a un grupo de maestros de la ley que discutían un punto o estaban dando la lección a los chicos… Alguno habrá hecho una pregunta y Jesús habrá respondido espontáneamente en voz alta, de modo tal que el doctor de la ley habrá levantado la mirada y, viéndolo allí parado, seguro de sí como solo los niños están, lo habrá hecho pasar al frente…

Lucas nos narra cómo terminó el asunto… tres días después! 

Sus padres entran en un aula de catecismo (alguno les habrá dicho que podía estar allí el chico que buscaban, o habrán sentido su voz al pasar…) lo cierto es que se quedan atónitos viéndolo “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.” 

El Evangelio dice que lo encontraron al cabo de tres días. Es decir que Jesús fue hospedado en el Templo dos noches. Quizás la primera tarde se quedó rezando y al darse cuenta de la hora pidió hospedaje, esperando que vinieran sus padres. Al otro día lo hicieron ir a clase junto con los demás, y terminó con todos en la sala donde lo encontraron por fin José y María. El punto es que no fue cosa de un momento, sino todo un acontecimiento: hasta que quedó “sentado en medio de los doctores”, dando clase, una de esas en las que la gente se olvida del tiempo y se queda, escuchando y preguntando.

Preguntando… Esta es la palabra que nos hace entrar en la novedad absoluta de la escena. Suele pasar que haya niños prodigios que responden a todas las preguntas con agudeza y que dan una lección que han fijado en su memoria de manera sorprendente. Pero Lucas dice que el Niño no solo escuchaba, comprendía todo y respondía bien, sino que pasó a “hacerles preguntas”. 

Inaugura así este Jesús preadolescente lo que será su estilo de enseñanza basado en el diálogo, con esas preguntas suyas constantes que hacen replantearse las cosas a su interlocutor. 

“Por qué piensan mal en su corazón? Qué es más fácil decir al paralítico, tus pecados te son perdonados o levántate y camina?” Esta será la primera pregunta de Jesús a los fariseos en Lucas 5, 22. 

Pero antes esta la pregunta a sus propios padres: “Por qué me buscaban (angustiados)? Acaso no sabían que yo debía estar en la Casa de mi Padre?” Casa que se llevó consigo a Nazaret, como decíamos. 

Serán constante pedagógica las preguntas a sus amigos: “Qué buscan?” -a los dos primeros discípulos que lo siguen; “Por qué dudaste?” a Simón, cuando se hunde en el mar luego de haberle pedido que lo hiciera ir a Él caminando sobre las aguas; “De que discutían por el camino?” (ellos se avergonzaron porque habían estado discutiendo acerca de quién era el que mandaba); “Me amas como amigo?” a Simón, luego de la resurrección y junto con el encargo de apacentar a sus ovejas…

Toda la pedagogía de Jesús consistirá en un diálogo que enseña a la gente a discernir por sí misma, a repensar las cosas asumiéndolas, a plantearse de nuevo cuál es su punto de vista y confrontarlo con el de la Escritura. “Qué les parece? Un hombre tenía cien ovejas…”: las preguntas que son toda una parábola y no preguntas puntuales… “Quién de ellos se hizo prójimo del hombre herido al borde del camino?”

El que no entra en esta dinámica, que hace que apenas uno lee por curiosidad se encuentre con una pregunta que lo interpela, se queda afuera del Evangelio. 

Jesús es el Maestro que nos educa a la pregunta. Y no a la pregunta que consiste en opinar cosas abstractas sobre temas de actualidad, sino a la pregunta por la situación presente de tu corazón: 

Sos feliz ahora? 

Estás viviendo un presente pleno, amando con todo tu corazón?

O tenés el corazón en pausa, a media máquina, dudando a quién darte entero?  

La pregunta evangélica sería: “¿Sos el servidor fiel y discreto (como José) a quien puedo encontrar sirviendo su ración (de cariño, de tiempo, de escucha, de aliento…) a tu familia a su tiempo?”

Te sentís agradecido esta noche?

Te has puesto a agradecer tu vida, aceptando todo lo que pasó, tal como pasó, de modo tal de poder interpretar que “fue necesario” todo lo que pasaste y padeciste para que Dios hiciera todo lo bueno que ha hecho con vos?

O estas quizás como un disco rayado, repitiendo algo que te pasó y que no podés digerir? 

La pregunta evangélica sería: “¿De dónde a mí que me venga a visitar La que sabe cantar las maravillas que Dios ha hecho en la historia de su pueblo y me incluya en su magníficat de acción de gracias?

No has dejado de soñar con una entrega más bella para este año que viene? 

Estás buscando centrarte sin que te distraigan cosas secundarias en el punto decisivo en el que soñás con mejorar?

O estás desilusionado por un futuro que ya desde el vamos te has planteado de manera tal que sabés que será imposible de alcanzar?

La pregunta evangélica sería: “¿Comprenden lo que he hecho (al lavarles los pies Yo, que soy el Maestro)?” Si sabiendo esto lo practican serán felices” (Jn 13, 12 y 17).

Así, la última pregunta se toca con la primera y nos pone a caminar, alegres, sabiendo que el tiempo del amor es el presente. 

Diego Fares sj

Oración por la familia que rezó el Papa Francisco en Irlanda

Dios, Padre nuestro,
Somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo,
Una familia, en el Espíritu de tu amor.
Bendícenos con la alegría del amor.
Haznos pacientes y bondadosos,
Amables y generosos,
Acogedores de aquellos que tienen necesidad.
Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz.
Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso,
Especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos:
(“Pensemos especialmente en las familias que nos son más queridas”, pidió el Papa)
Incrementa nuestra fe,
Fortalece nuestra esperanza,
Protégenos con tu amor,
Haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos.
Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor,
Amén.
María, madre y guía, ruega por nosotros.
San José, padre y protector, ruega por nosotros.
San Joaquín y Santa Ana, rueguen por nosotros.
San Luis y Santa Celia Martin (papás de Santa Teresita del Niño Jesús), rueguen por nosotros.


            La imagen me pareció justa. Son los protagonistas los que hacen que la vida tenga sentido, que tenga sentido este año 2018, que para algunos es un “annus orribilis” (así lo dicen, en latín). Yo lo contemplo como quien repasa un año de gracia. Pero de gracia evangélica, es decir en batalla. Como dice Francisco: “La vida cristiana es un combate permanente (…). Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (Gaudete et exsultate, Combate, vigilancia y discernimiento, 158). Contemplemos qué podemos celebrar de este año combatido.

El niño de la foto en su manito derecha tiene atrapado un sueño y en la izquierda, apenas más suelta, lo hace jugar entre su pulgar y su índice, acariciándolo. Sus manitos se parecen ya a las de su papá, que camina resuelto cargandolo en su valija (José tomó al niño y a su madre y huyó a Egipto…). La valija está un poco desvencijada, por todo el peso de su drama, porque se han tenido que ir de Beit Sawa, un 15 de marzo de este 2018 y vaya a saber ahora dónde estarán. 

La gracia de este año es inmensa porque hay infinidad de imágenes como esta, en las que los protagonistas son niños que duermen en una valija, acariciando sueños, mientras los lleva consigo una mano fuerte como la de tantos papás y mamás. 

“Quiero convertirme en superhéroe para no volver a tener miedo nunca más”, contó Ayham al equipo de Diarios de Sueños (Dream Diaries https://www.youtube.com/watch?v=3hcNv310dww). “Yo pararía la guerra en Siria y luego volvería y besaría todo, realmente todo, incluso los plátanos y las sandías”.

Hay un videito circulando por las redes en el que a un oficinista que sueña con un año lindo al comienzo de este 2018, lo llama su yo del futuro -que es hoy- y le hace ver que será el peor año de su vida. Uno no sabe si reir o llorar cuando mira como si fueran profecías cosas que ya fueron realidad: que el dólar que estaba a 18 subiría a 40, que River y Boca tendrían que jugar la final en Madrid, que el gas se pagaría en cuotas, que le volvimos a pedir plata al FMI…

Yo diría que más que reir o llorar hay que reflexionar, y por eso comparto mi reflexión acerca de “los protagonistas”. 

Si los protagonistas son el dólar, el fútbol y el FMI, entonces mejor emigrar. El único lugar seguro para nuestros sueños estará en una valija como esa en la que el papá lleva a su hijito al exilio. 

Qué sueñan ese niño y ese padre? No lo se, pero lo puedo imaginar. Adivino que no serán sueños de dólares ni de fútbol ni de FMI. O quizás sí, pero en otro formato, más esencial. Serán sueños de poder usar bien los ahorros que llevan, para comer, para alquilar una casa o una piecita quizás. Serán sueños de juegos. Imagino los piecitos del niño en la valija pisando algún caballito, algún peluche y un autito que su padre metió allí, como las cosas esenciales que uno mete en la valija cuando huye de la guerra y del hambre. Serán sueños de alguna institución internacional que los ampare, que les brinde status de refugiados, que les permita empezar de nuevo en otro país…  

La imagen me ayudó a mirar la Navidad y el año de otra manera. Ha sido un año de mucha lucha, es verdad. Y yo diría que si los protagonistas son los niños, es un año que quedará en la historia. Pero hay que agarrarlo desde muy abajo. Porque si uno mira a ese niño en la valija, corre el riesgo de pensar en una derrota de la humanidad. Como si uno mira las leyes del aborto desde lo que dicen los números, el número de los abortos y los números de los votos a favor y en contra de su legalización. No basta. Hay que ir más abajo y constatar un hecho: han cobrado más protagonismo los vulnerables, los pequeños, las víctimas, los desfavorecidos. 

En un mundo donde los protagonistas poderosos, por así decirlo, se revelan muy mediocres a nivel político y muy míseros a nivel humano, los menos poderosos han cobrado visibilidad y voz: hablan por sí mismos en las redes. Dicen de más, opinarán algunos. Puede ser. Pero hablan por sí mismos. No hay otro que se arrogue ser voz de los que no tienen voz. 

Estamos escuchando voces nuevas, que no se dejan domesticar. Y por ahí escuchamos sonidos que pueden parecer exagerados: gemidos de dolor, desahogos incontenibles, cantos de victoria como los de la cancha, denuncias e insultos a los gritos. Desde un punto de vista, aunque tengan otro contenido, estas nuevas voces que se alzan, nos reviven los sonidos de la niñez, cuando llorábamos a moco tendido, gritábamos con rabia, acusábamos sin piedad y gritábamos caprichosamente hasta ser escuchados. Hay algo real ahí. También reíamos con toda la panza, pedíamos ayuda a cada rato, contábamos todos nuestros secretos y confesábamos nuestro amor y nuesto gozo sin falsos pudores. 

En medio de la mediocridad institucional, del endurecimiento de muchas posturas, de la fragmentación de intereses y de las polarizaciones ideológicas, algo nuevo está naciendo porque se escuchan sonidos de infantes (infante significa el que no sabe hablar). 

Hay que aprender a escuchar estos sonidos! 

Son sonidos nuevos, distintos, en palabras gastadas. 

Hay que escuchar el sollozo de alivio, por haber vencido el miedo, en las denuncias de las personas abusadas. 

Hay que saber escuchar la fuerza de la convicción en los argumentos apasionados de las personas que defienden una causa. 

Hay que saber escuchar el grito de la libertad en las personas que se liberaron de un secreto que los oprimía y no las dejaba amar (porque el miedo no te deja amar!). 

Hay que saber escuchar la alegría de la victoria en las personas que festejan un logro político o una victoria deportiva

Allí nos tenemos que situar, en ese nivel infantil -que no sabe articular las palabras- y comenzar a construir desde la escucha.

La primera Piedra en Común para poner en la base de una nueva convivencia social está en escucharnos mirando a nuestros hijos (sintiendo el dulce peso de estar cargándolos en la valija): Mirá a los más pequeños, escuchá a los demás, medí tus palabras y graduá el sonido de tu voz. 

Debemos aprender unos de otros a llorar y a reir, a denunciar y a cantar, de modo tal que lo podamos compartir con la nueva generación, articulándolo para los que vienen. 

Tenemos que actuar como hacemos cuando los niños lloran o acusan, que los calmamos para que nos digan qué les pasa; como hacemos cuando los niños ríen y cantan, que reímos y cantamos con ellos y luego les decimos que nos cuenten con sus palabras lo que sienten de modo tal que todo adquiera una dimensión mayor al volverse familiar.

Es quizás el primer “mensaje” de Jesús en Navidad, cuya Palabra más que palabra es gemido, suspiro, llantos y risa de Niño. Al fin y al cabo, el Espíritu gime en cada creatura porque la creación entera está con dolores de parto, y gime en nuestro interior porque no sabemos rezar como conviene y Él intercede por nosotros ante el Padre (que nos lleva en la valija).

Escuchar estos sonidos nos llevará, seguramente a la oración. Esa oración en la que el Espíritu nos va enseñando a articular, palabra por palabra, lo que recibimos de Jesús como gracia y podemos usar para edificar nuestra vida en común.

Mientras estamos “en estos pensamientos” nos dirá en nuestros sueños de padre como le dijo a José: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mateo 1,18-25 – Misa Vespertina-).

Y nos hará bautizar todo lo que nos pasa con el Nombre de “Dios está con nosotros”.

La señal siempre será la misma: se nos quitará el miedo al encontrar a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en algún pesebre de los tantos que hay hoy en día por todos lados” (Lucas 2, 1-14 – Misa de Gallo-).

Como María el Espíritu nos hará conservar estas cosas meditándolas en el corazón” (Lucas 2, 15-20 –Misa de la Aurora-).

Meditando cómo la Palabra, que al principio estaba junto a Dios y que es la que creó todas las cosas, la Palabra, digo, se hizo carne y vino a habitar entre nosotros”. Esa Palabra es la luz verdadera y a los que la reciben, a los que la cargan como a un hijo en su valija, les da la gracia de llegar a ser y sentirse hijos amados de Dios. Y contemplar en su vida -y en este año que pasó y en el que viene- la gloria que este Jesús -que está todos los días con nosotros y nos acompaña, nos ayuda e ilumina-, recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 1-5. 9-14 – Misa del día-).

Diego Fares sj

            Hay un himno muy lindo de la liturgia siro-antioquena, que se canta en esta fiesta de la visitación y que inspira el mosaico de Rupnik: 

“María, nube llena de vida, se levantó y fue a apagar la sed de la tierra sedienta [Isabel] y a hacerla fructificar. (…) La joven susurró al oído de la anciana, su palabra se deslizó por él y despertó al predicador de la Verdad. Un salto se apoderó de él, preso de alegría, como David, el hijo de Jesé, que danzó ante el arca.En el sexto mes, cuando las almas de los niños callan todavía, Juan danzó con gran júbilo en el seno de su madre”. 

María se levantó y fue con premura a la montaña, a un pueblo de Judá,entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantó la voz con gran clamor y dijo:

– ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí (esta gracia): que la madre de mi Señor me venga a visitar? Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, exultó de alegría el niño en mi seno. Dichosa tú que has creído que se te cumplirían plenamente las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

            En breves palabras, Lucas nos narra el encuentro de Isabel con María en clave de escucha. María e Isabel son las mujeres de la escucha. 

En el mosaico de Rupnik, que está en el monasterio de las ursulinas de Verona, contemplamos cómo en el encuentro entre las dos mujeres, María aprieta contra su pecho la Palabra de Dios, que es «lámpara para sus pasos, luz en su sendero» -palabra por la que ha caminado-, e Isabel, en señal de acogida, abre el manto. Ambas tienen la otra mano sobre sus panzas, sintiendo cómo sus niños se reconocen: Juan salta de alegría ante Jesús y su madre lo expresa. El sonido de tu voz…, dice Isabel. Ella nos hace comprender que se trata de una doble escucha: la del saludo de María desde la puerta y la de su hijo que salta de alegría en su interior. Isabel conecta todo e interpreta el sentido de lo que sucede: Dichoso mi niño que salta de alegría, dichosa yo que soy así visitada, dichosa Tú, María, porque se te cumplirán las palabras que te fueron dichas de parte del Señor. Dichosos todos, dichosos nosotros, dichosa Tú…

Makaria! Esta es la Palabra que “escucha” Isabel de varias maneras. Makaria significa bienaventurada, dichosa, bendita. Es una palabra que expresa cómo se “engrandece” (“mak“) la persona sobre la cual se extienden los beneficios de Dios. Indica una experiencia de predilección que es extensiva e inclusiva, propia de la Palabra cuando se derrama sobre una persona, sobre su vida, haciendo que -al caminar en Ella practicándola- se transforme en fuente de gracias para todos los demás a los que visita. Lo que vivimos en un santuario mariano, ese ámbito de paz que sentimos allí, que nos atrae y nos hace sentir ganas de ir a visitar a la Virgen, de ponernos en camino y peregrinar, es lo que vivió Isabel como primicia con la visita de su joven pariente. 

Esta experiencia se convertirá en María en algo habitual, una vez que dice Sí a la propuesta de Dios y la Palabra se hace carne en su seno. Irradiará esta gracia en las bodas de Caná, mantendrá sólidamente unidos a sí a Juan y a las otras María -aguantando- al pie de la cruz, y en el cenáculo, todos recibirán la visita del Espíritu en compañía de María.

Donde vaya, donde esté, María llevará consigo a Jesús y las creaturas lo percibirán, lo sentirán y se le acercarán. María crea cercanía, como dice el Papa. 

Ella fue consciente de esto desde el comienzo: Me llamarán “makaria”, bienventurada, profetizó en el Magnificat. Y esta gracia interior es la que la impulsa a levantarse con prontitud y salir a visitar a Isabel. 

Esto es lo que la hace “caminar y cantar”, como predicó tan lindo el Papa Francisco en la misa de Guadalupe. Hacía ver el Papa cómo María es nuestra Maestra en esta tarea tan linda de hospedar a Jesús y de ir con él a visitar a los que él quiere visitar. Ella “entra en las casas, en las celdas de las cárceles, en las salas de hospital, en los asilos de ancianos, en las escuelas o en las clínicas de rehabilitación. En todas partes transmite el mismo mensaje: “¿No estoy aquí yo, que soy tu madre?”. 

¡Ella más que nadie sabe de cercanías! Es mujer que camina con delicadeza y ternura de Madre, se hace hospedar en la vida familiar, desata uno que otro nudo de los tantos entuertos que logramos generar, y nos enseña a permanecer de pie en medio de las tormentas”. 

“En la escuela de María aprendemos a estar en camino para llegar allí donde tenemos que estar: al pie y de pie ante tantas vidas que han perdido o le han robado la esperanza. En la escuela de María aprendemos a caminar nuestro barrio y la ciudad no con zapatillas de soluciones mágicas, respuestas instantáneas y efectos inmediatos” sino llevando a todos el canto de las maravillas que Dios hace con los humildes.

La oración es ponerse a la Escucha de La que nos trae la Palabra encarnada, para que nos consuele con su alegría el corazón y al sentirnos predilectos por sus Visitas, también nosotros nos pongamos en pie con premura, para salir a servir y a anunciar el evangelio a los demás. 

Diego Fares sj

A %d blogueros les gusta esto: