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Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña. Habiendo concertado con los obreros en un denario por día, los misionó a su viña. Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Ellos fueron. De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo. Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo: ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Y les dice: ‘Vayan ustedes también a mi viña’. Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más, pero recibieron ellos también cada uno un denario. Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo: ‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’. El, respondiendo a uno de ellos, le dijo: ‘Compañero, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20, 1-16).

Contemplación

Esta es una de esas parábolas particularmente provocativas del Señor. Todas lo son, pero esta se mete con la plata, con el sueldo, con lo que uno puede hacer con su dólares, y por eso hace que salten las alarmas de una mentalidad que comulga modo natural con los criterios que se difunden desde las cátedras sagradas del dios dinero.

La penúltima frase del empresario generoso me parece decisiva. Son palabras que pegan fuerte en lo más solapado de la actitud del servidor que se lamenta por lo que considera una injusticia. El patrón le dice: «¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?» 

Estamos ante un discernimiento: el patrón destapa una falacia del mal espíritu que ataca la bondad de Dios, que busca justificar un sentimiento de envidia contra un compañero y un sentimiento de indignación contra Dios. 

La parábola de Jesús nos ayuda a discernir un criterio cargado de afectos desordenados que se mete muy hondo en nuestro sentido común de las cosas, allí donde medimos y calculamos comparativamente lo que tenemos, lo que se nos debe y lo que ganan los demás. Impresiona la palabra que usa este trabajador para quejarse: los igualaste a nosotros. Convengamos en que estamos hablando de un día de trabajo. El contrato se supone que es para toda la cosecha y es probable que estos, que fueron bien pagados el primer día, al día siguiente trabajaran más. 

Estas no son meras suposiciones, sino que las podemos deducir del modo de trabajar del empresario: es un tipo que sale a todas horas a contratar obreros para su viña. Esta actitud suya de pagar lo mismo a los últimos y a los primeros quiere marcar un estilo. Quiere hacer ver que lo importante es la viña, cuya cosecha da trabajo a todos y les permite vivir. Él es el dueño, pero sale a buscar trabajadores y los contrata personalmente. Se ve que quiere crear un modo nuevo de hacer las cosas. 

Nos detenemos un momento a gustar la imagen linda de este Empresario evangélico que «sale». Así como el buen pastor sale a buscar a la oveja perdida y el sembrador sale a sembrar, este hombre sale a todas horas a buscar gente para trabajar en la cosecha de su viña. Jesús nos cuenta de las salidas de Dios: la salida a buscar al más frágil, al último, al más lastimado, al descartado por la sociedad, al pecador. La salida a sembrar el Evangelio. Y la salida a buscar a los trabajadores, a proponer cosas creativas, a dar trabajo que sirva para igualarnos a todos en la búsqueda del bien común. 

Afinemos ahora un poco más su actitud para con los últimos. Algún mérito tienen! Vemos que el patrón les reprocha que hayan estado todo el día sin trabajar. Ellos responden que fue porque nadie los contrató. Entonces el empresario los envía su viña sin ninguna promesa de salario. Y ellos van! Si hubieran sido calculadores como el que se quejaba, hubieran pensado: para que trabajar una horita si lo que ganemos no nos va a alcanzar ni para comer. Sin embargo se fiaron del patrón y fueron. Seguramente habrán pensado: «hoy nos pagarán muy poco, pero tenemos trabajo para mañana». Quizás esto fue lo que motivó al patrón a pagarles un denario como a los otros. Estamos en un ambiente de lealtad en el trabajo, no de cálculo mezquino. 

Así podemos interpretar bien la frase más disonante, esa en el que el patrón dice: «¿Acaso no puede hacer con mi dinero lo que quiero?» Es una frase provocativa, pero para hacer reaccionar el envidioso. No es una frase que haya estado en el aire al contratar a los últimos. A ellos el patrón no les dice: «Vayan a trabajara a mi viña y les pagaré lo que quiera». No. La frase que remarca que él es el dueño la usa para desenmascarar la actitud de envidia para con un compañero que carcome el corazón del indignado. La frase expresa algo así: «No me uses a mí que soy el patrón para justificar tu desprecio y tu envidia para con uno de tus iguales». 

Creo que la actitud de fondo que quiere suscitar Jesús con esta parábola tiene que ver con las con los valores esenciales: con la misericordia y el derroche de bondad gratuita que nuestro patrón celestial ha derramado en nosotros y con la actitud justa de sentirnos pares en humanidad y en dignidad con todos los hombres nuestros hermanos. Todos hermanos! Éste es el nombre de la Encíclica que el Papa publicará el 3 de octubre y que nos iluminará mucho en esto de la igualdad entre los hombres. 

Un excurso personal. Meditaba sobre la igualdad en estos días en que me ha tocado hacerme análisis por un problema en el húmero derecho que me tendrán que operar (a eso se deben algunas rarezas de estilo que varios han notado en las contemplaciones: dado que no puedo escribir, le dicto a la compu y después corrijo con la izquierda). Pidiendo turno, haciendo fila, compartiendo la sala de espera con tanta gente…, sentía muy fuerte esto de ser uno más, de que todos somos iguales. Qué tienen de especial mis huesos, mis problemas, mis dolores y esperanzas…, meditaba. En las pocas horas que estuve haciendo resonancias magnéticas, centellograma y tac, compartí la sala de espera con ocho pacientes, todos con problemas de huesos. Un hombre de unos 40, que decía que había sentido mucho calor en la máquina; un joven deportista, que entró y salió como si nada; una chica con discapacidad mental, que se había caído, pobrecita!, y a la que su mamá, ya anciana, cuidaba desde hacía 50 años; un hombre que venía en camilla y se ve que había tenido un accidente y llevaba un rosario en el cuello; una mujer de Moldavia, que me pidió ayuda para completar un formulario y me contó que había sido operada de cáncer hacía dos años y que le había parecido de vuelta algo en la columna; un señor que, al levantarse, se veía que le costaba caminar; y otro de más edad al que encontré luego en la puerta y me dijo que le había ido todo bien. Yo pensaba en nuestros huesos ante los ojos atentos de los médicos, cómo se veían todos parecidos en las pantallas. Para los especialistas que hacían turnos de doce horas en esos subsuelos del hospital Cristo Rey, los centenares de imágenes para analizar no tenían mucho que ver con lo que cada uno de nosotros hacía en la vida y era como persona. Ellos estudiaban nuestra materia ósea común.

En la oración me golpeó esto de no tener nada especial. Digo que me golpeó porque surgió con un sentimiento de disgusto, de sospecha y de desprecio al valor de la fe. Para que te sirve creer y pedirle a Dios que te cure si sos igual a todos los demás. Siempre estoy atento a estos razonamientos mezclados en los que hay verdades y en los que se mete alguna cosa retorcida. Enfrente la objeción e hice un recuento gozoso de todas nuestra igualdades: la misma materia, problemas de salud similares, tratamientos en lugares comunes… cada uno es uno más junto con todos. 

Y de esta igualdad tan básica, tan fundamental y democrática, surgió limpita y con mucha fuerza una única verdad: hay una sola cosa en lo que soy -y puedo serlo siempre que quiera- especial y es mi deseo de darme gratuita y amablemente y mi amor por los demás. Es lo único a lo que le puedo poner mi nombre, y esto consciente de que es pura gracia. Todo lo demás es materia común. Todas las demás diferencias las iguala el tiempo con su olvido. 

Confieso que es muy consoladora esta relación entre « todo lo común» y «lo único especial». Te lleva a no buscar nada especial que no sea el poder ser amable y bueno con los demás. En todo lo demás el gozo es ser uno más, es lo común, no lo especial.

(Bueno, todo el excurso del brazo sirva para pedirles a cada uno una oración para que sane pronto y pueda escribir mejor que con un dedo).

Volviendo a la parábola: cómo reprochar a Dios su modo de distribuir las cosas, fijando la mirada en algo particular que nos parece injusto en un momento, cuando la realidad es que todo es don. Como dice Pablo: «Que tiene que no hayas recibido?» Cómo tener envidia de un hermano porque un día recibe algo de más, siendo que somos tan iguales si miramos la vida de cada uno en su conjunto. 

Una anécdota muy simple y muy linda puede ayudar a visualizar la mentalidad que nos quiere compartir Jesús con su parábola. Se resume en una frase de la hermana Juliana, compradora y cocinera del Hogar de San José. En medio de una entrevista, una periodista le preguntó si en tantos años de servicio los pobres había algo de lo que se arrepentía. Y ella, muy fresca, respondió sin pensarlo dos veces: «Sí. De no haber empezado antes». Esa espontaneidad refleja la mentalidad de alguien que goza con el servicio, totalmente contraria a la del indignado envidioso y quejoso.

Es verdad que las injusticias que vemos en el mundo pueden llevar a actitudes de indignación, de envidia y de queja resentida. Pero también es verdad que pueden llevar a la generosidad y al servicio. No creo que haya una explicación del por qué algunos nacemos con tanto y otros con tan poco fuera de la que se centra en un «para que»: para compartir. El Señor, con su generosidad, nos invita a ser generosos nosotros, a imitarlo en esa misericordia creativa que suscita la lealtad en los corazones agradecidos. 

Diego Fares sj

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“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» 

Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» 

“Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.” Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes.” Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.” Pero él no quiso, sino que fue y le metió en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. 

Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. 

Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 21-35).

Contemplación

En las parábolas hay que estar atentos a los detalles especiales. En esta, me llama a la atención el papel que Jesús le da a los «compañeros» o «co-servidores». La palabra que usa -syndoulos- nombra a los que sirven al mismo Rey o Señor y esto los hace pares entre sí. Son co-servidores con los otros dos, con el que fue perdonado tan generosamente y con aquel a quien éste no perdonó su pequeña deuda. 

Simón Pedro pregunta por el perdón a un hermano -adelfos- y al final de la parábola Jesús retoma la expresión y dice que nuestro Padre del cielo hará con nosotros como hizo el rey con el servidor qué no tuvo compasión: si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos nos hará pagar todo lo que debemos. Este es el corazón de la enseñanza, lo esencial. Es lo que Jesús nos enseña en el Padre nuestro. Pero en el medio Jesús crea esta parábola, lo cual significa que quiere decirnos algo más y que ese plus requiere que nos metamos en la narración, como hay que hacer con las parábolas. Es como si Jesús no quisiera responder a la cuestión numérica, al «caso» que le plantea Simon, sino hacernos juzgar las cosas por nosotros mismos. 

Salta a la vista que los co-servidores o compañeros juegan un rol protagónico: son los testigos y los que denuncian. Nos identificamos, pues, con ellos, a ver qué pasa. 

Ellos ven las dos situaciones: asisten al perdón del rey a su co-servidor que debía 10.000 talentos -una suma impagable ya que estamos hablando de 343.000 kg de oro) y asisten luego, inmediatamente, a la falta de compasión de este agraciado-desgraciado para con otro co-servidor que le debe 100 denarios (unos tres meses de sueldo). 

Son estos co-servidores fieles y justos los que van a decirle al Rey lo que ha sucedido. Denuncian al que no tuvo compasión. No dejan pasar esta injusticia. No dicen «es cosa de ellos», «andá a saber cómo será la cosa», «si ya pasado otras veces…». Todas esas cosas que uno se dice cuando pasa de largo ante uno que acogota a otro o lo manda a la cárcel. Cosas que necesitamos decirnos para no meternos. 

Y aquí cobra valor la primera parte de la parábola. Porque estos co-servidores han asistido al perdón que su Rey otorgó tan compasivamente al siervo que le suplicó. Por eso, porque han sido testigos de una compasión tan grande, es que no pueden hacerse los distraídos ante una injusticia, por pequeña que parezca.

Si nos centramos en la figura de estos testigos, tanto de la misericordia como de la injusticia, encontramos nuestro lugar: el lugar justo para discernir y juzgar lo que Pedro le preguntó al Señor. Y qué es lo que le había preguntado? Desde la perspectiva que hemos adoptado las palabras de Pedro adquieren un significado particular. Pedro usa el verbo «afiemi», que significa perdonar y que tiene el matiz de “dejar pasar”. Nosotros usamos a veces esta expresión de “dejar pasar algo” para decir que perdonamos algo. Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debo ” dejar ir a mi hermano sin intervenir, sin cobrarle». 

Esto de aprovechar las palabras que uno usa para decir algo más hondo es muy de Jesús. Es como si Jesús pescara algo que no le gustó en la expresión que Pedro usa para perdonar. Se trata de algo en lo que el Papa insiste mucho, eso que llama la globalización de la indiferencia, el «mirar para otro lado». 

Lo que yo saco es que, por mi parte debo perdonar de corazón, 70 veces siete, las ofensas que me hace mi hermano; pero por otra parte no debo dejar pasar las injusticias que un co-servidor más grande le hace a otro co-servidor más pequeño. 

Así ilumina Jesús las relaciones fundamentales de nuestra vida: nuestra relación con Dios nuestro Padre, que es la de suplicar y recibir su Misericordia infinita; la relación con nuestros hermanos -para nosotros todos los hombres son nuestros hermanos-, con quienes nuestro perdón tiene que ser de corazón; y nuestra relación con todos los co-servidores, palabra fundamental para sentirnos pares en humanidad con todos los hombres de cualquier edad, raza, religión y condición social. Aquí las relación básica es la de la justicia: la de no dejar pasar las injusticias que se cometen a los más pequeños y las de denunciarlas. Denunciarla ante Dios con nuestra intercesión, y denunciarlas a los que pueden poner remedio humanamente mediante la política, la ley y la justicia.

Diego Fares sj

Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’; 

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia. 

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo. 

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

Contemplación

Teología kerigmática

Contaba un amigo que uno de los fieles le preguntó a su párroco  por qué no hablaba más de las cosas que predicaba el Papa y el cura le respondió que él «hablaba de Jesucristo», como dando entender que el Papa habla mucho de sociología o de otras cosas que para él no son “teología”. 

Hay gente que piensa así, que el papa Francisco habla mucho de los pobres y que se mete en cosas que no son de su incumbencia, como cuando habla economía. Cuenta muchas historias  de cosas que pasan en la vida cotidiana pero -dicen- habla poco de «Jesucristo». 

Siendo un poco provocativo me animo a decir que la culpa de esto la tiene Jesús, que hablaba mucho de las cosas de la vida y hacía poca «teología» sobre sí mismo. O mejor: su teología es kerigmática, ordena lo que dice a despertar el ardor de la fe en el corazón del que escucha.

En el evangelio de hoy vemos que el Señor se extiende en contar un hecho de la vida cotidiana, un conflicto entre hermanos o amigos, y en el modo de resolverlo evangélicamente. Recién al final hace una afirmación sobre el Padre y otra sobre su Persona; y las hace en términos prácticos no teóricos. 

Hay que estar atentos para evitar dos peligros al leer lo que dice Jesús. Un peligro es quedarnos con la moraleja; el otro es irnos para el lado abstracto. Un peligro es pensar que Jesús está dando ejemplos edificantes acerca de cómo resolver los conflictos como si estuviera dando clases de autoayuda: primero hablar las cosas en privado, después con dos testigos y recién por  último decírselo a la comunidad. No está mal aprovechar esto, pero la moraleja es solo una consecuencia de un discurso más profundo. El otro peligro es irse para el lado de la teología abstracta y ponerse a elucubrar si Jesús está presente espiritual o físicamente, como sucede en las discusiones sobre la presencia real en la Eucaristía. Jesús asegura que Él está! Discutir el «cómo» ayuda si no tapa lo importante, que es la fe en que Él está «en medio».

Una lectura contemplativa es la que se asombra

Una lectura contemplativa tiene que partir siempre, una y otra vez, del asombro. Es asombroso lo que Jesús dice. El Señor afirma que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos si nos ponemos de acuerdo para pedírselo. 

Pareciera que esto no sucede en la práctica. Y entonces tenemos que asombrarnos más todavía. Porque, una de tres, o Jesús ha dicho solo una frase linda, una expresión de deseos, o ha dicho algo que tiene alguna cláusula oculta,  o lo que sucede es que no hay casi nadie en esta tierra que se ponga verdaderamente de acuerdo para pedir al Padre. 

Eliminemos la primera: Jesús no habla por hablar y no promete cosas que no cumpla. Aceptemos la tercera: es verdad que hay pocos acuerdos sinceros entre los hombres en esta tierra. Pero en la vida de los santos tenemos testimonios innumerables de que el Padre concede las cosas a los que se las piden cumpliendo esta condición de Jesús de ponerse de acuerdo. 

Miles de misas por la conversión de un cardenal 

Un lindo ejemplo lo encontramos en la vida de Ignacio y los primeros compañeros cuando se pusieron de acuerdo para rezar “algunos miles de misas” por el cardenal Guidiccione. Este cardenal se oponía junto con otros a que el Papa Pablo III aprobase formalmente la institución de la Compañía de Jesús, a pesar de que ya la había aprobado “a viva voz” el 3 de septiembre de 1539. ¡Miles de misas! San Francisco Javier escribe el 17 de marzo de 1541 que ya habían celebrado en las Indias 250 misas por esta intención. Y Rivadeneira dice que se tardaron “algunos años” en celebrar todas las misas que Ignacio había prometido. 

El hecho es que el cardenal Guidiccione experimentó un cambio tan grande y notable que es imposible que se haya dado de otra manera que por una intervención explícita de nuestro Padre Dios. Decía este cardenal a quien le quisiera oír: «A mi no me parece bien que se creen nuevas órdenes religiosas, pero esta no puedo dejar de aprobarla: porque me siento interiormente tan afeccionado y experimento en mi corazón movimientos tan extraordinarios y divinos, que allí donde la humana razón no me inclina, veo que me llama la divina voluntad, que me hace abrazar con afecto aquello que por la fuerza de la razón humana aborrecía». De ser el mayor enemigo de la Compañía pasó a ser su más amable y apasionado defensor. Eso sí, la unión de ánimos y el acuerdo entre Ignacio y sus compañeros jesuitas fue un acuerdo de esos que no se ven todos los días: ¡miles de misas celebradas por estos santos amigos en el Señor!

Pero vayamos a la cláusula oculta. Es muy audaz la revelación de Jesús y hay que leer bien todo el pasaje para notar que hay un «porque». Jesús dice que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos poniéndonos de acuerdo porque donde dos están reunidos en su nombre Él está en medio de ellos. Es decir, el Señor se pone como garante de nuestro acuerdo ante el Padre. 

Además, estamos hablando no de dos que se ponen de acuerdo para pedir plata, sino de dos que se reúnen en el Nombre de Jesús, es decir deseando cosas que pueden llevar su marca. Se trata pues de un ponerse de acuerdo sobre las cosas de Jesús, no sobre cualquier cosa. Y estamos en el ámbito de la Iglesia, en el ámbito del evangelio, de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia. 

Amigos que se ponen de acuerdo para pedir en favor de los pobres

Yo puedo dar testimonio de que en el Hogar todas las cosas que pedimos a través de San José para poder hacer mejor el bien a los más pobres, nuestro Padre nos las concedió siempre. Y viene bien hoy, que es aniversario de la muerte de Ricardo Servente y de Ricardo Ferrari, dos amigos del grupo fundador de Manos Abiertas, recordar con alegría cómo se pusieron de acuerdo con sus esposas y otros amigos para proponerle al padre Rossi institucionalizar la ayuda que espontáneamente se estaba brindando a los pobres. Ver hoy a Manos Abiertas ayudando en todo el país nos confirma en la fe que el Padre concede estos deseos evangélicos a los que se animan a soñar juntos en nombre de Jesús.

Los sínodos de Francisco y su ir a lo esencial

Reunirnos el nombre de Jesús y ponernos de acuerdo para pedir algo al padre implica, entre otras cosas, tener  una actitud sinodal en torno a lo esencial del Evangelio: esto es lo que propone, una y otra vez, nuestro Papa Francisco.

Sin embargo muchos discuten precisamente esto y no se ponen de acuerdo en las cosas esenciales que se pueden pedir en nombre de Jesús y hacen que esta  extraordinaria  promesa del Señor quede tapada por discusiones secundarias e inútiles.

Es notable cómo Jesús nos revela cosas del Padre y suyas pero no lo hace para darnos datos sobre su esencia en sí misma, sino  en relación a nosotros: nos revela cómo actúa el Padre y dónde se hace presente Él para que lo aprovechemos de manera concreta. En ese sentido podemos decir que Jesús no habla de Jesús. O mejor: habla de «Jesús con nosotros y para nosotros». No hace un tipo de teología de definiciones abstractas sobre Dios. La suya es más bien una teología de la vida, de las cosas que nos suceden todos los días y del modo que tiene Dios de intervenir y de comportarse en ellas.

Jesús nos revela dónde y cómo Dios se mete en nuestra vida. 

Es muy consolador saber de labios de Jesús que nuestro Padre se mete allí donde nos ponemos de acuerdo los hijos para pedir algo  que tiene que ver con los sentimientos de Jesús, el Hijo amado.

Un último detalle. Advirtamos Jesús nos dice dónde está presente: en medio de los que rezan y obran en su nombre.

Los odres nuevos son los otros

Ese «en medio» me trae al corazón la parábola de los odres, la que dice que el vino nuevo tiene que estar en odres nuevos. Siempre he meditado qué representan esos odres nuevos: si un corazón más puro, o una mente iluminada por la fe… Ayer se me hizo claro que no es ningún «recipiente» interno mío, sino que «el odre nuevo son los otros». Las cosas de Jesús, «el amor con que nos ha amado» se debe «poner» en los otros. Y hoy veo que ese odre nuevo es un “otro” comunitario. La comunidad es el espacio que se vuelve recipiente de la presencia de Jesús cuando nos juntamos en su nombre.

Por tanto, y dado que el señor nos da una clave práctica, en vez de hacer especulaciones es sensato ir directamente a confirmar su palabra en la práctica, poniéndonos de acuerdo con otros para pedir algo en nombre de Jesús.

Emaús

Termino con una reflexión sobre el episodio de los discípulos de Emaús. Diría que cumplen el mínimo de lo requerido por Jesús: están reunidos en nombre de Jesús aunque su reunión de dos sea para irse de la comunidad y aunque el nombre de Jesús sea el de una ilusión que tuvieron y de la cual se han desilusionado. En este mínimo mínimo se hace presente Jesús, él rescata que no se haya ido cada uno por su lado, sino que se vuelvan juntos y rescata también el diálogo que sostienen acerca de su persona, aunque sea desolado.  

Aquí creo que entramos muchos: los desolados por las cosas que Jesús «no hace en  su Iglesia como pensamos que debería hacer».  También en medio de nosotros el Señor está. Reteniéndonos los ojos a su presencia. Para ver si aún en nuestras desolaciones teológicas somos capaces de ponernos de acuerdo en hospedarlo en la persona de tantos refugiados y sin techo que encontramos por el camino. Como a los de Emaús, al poner en medio a los pobres, el Señor se nos hará presente partiéndonos el pan.

Diego Fares sj

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo diciendo: “Dios no lo permita, Señor. Eso no te sucederá a ti”.

Pero El, dándose vuelta dijo a Pedro: “Retírate! Ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí una piedra de escándalo, porque los pensamientos con los que juzgas no son de Dios sino de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿Y qué podrá dar a cambio el hombre para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo a sus obras” (Mt 16, 21-27).

Contemplación

Los discípulos nos ponen en contacto con un Jesús que quiere explicarles las cosas que están por pasar. No le resulta fácil. El Señor los ha ido preparando, especialmente después que le confirmara a Pedro que lo que había sentido en su interior era la voz del Padre. Pero no es fácil «explicar» la cruz. De hecho, la cruz no se explica, más bien el Señor nos enseña a aceptarla y/o a desearla. Esto último nos lo enseña con su ejemplo inolvidable cuando abraza la cruz que le cargan: su cruz. 

Me conmueve este esfuerzo de Jesús por explicar las cosas a sus discípulos. No es una cosa más. Cuando les diga que ellos no son siervos sino amigos, la señal de la amistad será esta: que entre amigos se explican las cosas. El siervo no sabe lo que piensa su señor, el amigo en cambio sí. Este deseo de explicar las cosas más íntimas revela que Jesús los siente de verdad sus amigos. Y amigos en torno a la misión, amigos que comparten no solo sentimientos lindos, ideas, vivencias personales, sino una misión grande en beneficio de toda la humanidad. Se trata de una amistad apostólica, de una amistad que mira el bien del pueblo de Dios. 

El deseo de explicar tiene que ver también con que Jesús quiere testigos de su vida y de su modo de obrar. De hecho después se lo dirá explícitamente: Ustedes son mis testigos. Su plan de salvación es algo que se hace en colaboración con otros. Es un plan de salvación que consiste no en sacarnos de un peligro para que cada uno después vuelva lo suyo, sino en salvarnos integrándonos a una vida de familia, en comunión con Dios – con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-. La salvación no es individualista, va incorporando a la vida trinitaria a todos aquellos que son bautizados y, en esa pertenencia que nos iguala a todos como hijos, nos va enseñando a cada uno a cumplir lo que el Señor nos mandó. 

Dentro del grupo de los discípulos se destaca la enseñanza más detallada de Jesús a Pedro. Vemos cómo Jesús le enseña discernir. 

El primer paso del discernimiento es discernir la voz del Padre que nos dice que Jesús es su Hijo predilecto. Sentir, interpretar y dar testimonio de esta gracia es algo interior cuya dinámica se desarrolla así: Jesús hace una pregunta, el Padre habla en el interior, Pedro se juega y da testimonio, y Jesús lo confirmapúblicamente y lo consagra como Papa.

La confirmación del Señor es inmediata, abundante en consolación y en los dones que le comunica. Pero el momento de jugarse por lo que cree es solo de Pedro. 

Cuando usamos la expresión «la voz del Padre» nos situamos en el espacio de esa voz interior que resuena en cada hombre y que es el fundamento de todas las religiones, en el sentido deque es la voz que nos re-liga con aquel que nos creó. Jesús valora esta actitud religiosa diciendo que es “adorar a Dios en espíritu y en verdad». Toda la pedagogía de Jesús consistirá en despertar esa voz, en explicitarlaenseñar a interpretarlaconfirmarla, cada vez que alguien expresa su fe, y en hacer ver con su testimonio de amorque esa voz habla de Él como «el Hijo predilecto». Debemos advertir y notar que se trata de una voz doble: el Padre le hace sentir a Pedro que Jesús es su Hijo amado, el Mesías; y Jesús le confirma a su amigo que esa voz que siente es la voz del Padre. Está actuando aquí, aún sin hacerse ver, el espíritu Santo. Él es el que nos hace decir Abba – Padre – y Jesús es el Señor.

Tenemos así que el discernimiento espiritual que enseña Jesús no es el de la simple prudencia que discierne las cosas humanas, sino el discernimiento de las cosas de Dios. 

El paso siguiente del discernimiento que Jesús le enseña a Pedro tiene que ver con el misterio de la acción del maligno. Es un paso que se aprende solo por la experiencia de una oposición. Quizá por eso es que Jesús se apura a confirmar a Pedro en la gracia que ha recibido, porque sabe que casi inmediatamente a la gracia surgirá la tentación. 

Es importante ver la dinámica de lo que sucedió. Primero, Pedro tuvo una inspiración y Jesús lo confirmó en que esa era la voz del Padre; inmediatamente Pedro sintió otra inspiración y Jesús, con un fuerte gesto de rechazo lo llamó  Satanás y le enseñó que ese pensamiento no era del Padre, sino de los hombres. La enseñanza del Señor es vivencial: le hace experimentar a Pedro que hay pensamientos que lo ponen en comunión y cercanía con Él y otros en cambio que hacen que el Señor lo aparte de sí para poder ayudarlo a que tome conciencia. Esto se transforma en un criterio definitivo de discernimiento: distinguir, como absolutamente contrarias, las cosas que me acercan a Jesús de las cosas que me alejan de su amor.

La enseñanza de fondo, aprovechando esta inspiración mundana y tentada de Pedro, es que el discernimiento se hace entre mociones contrapuestas, en lucha a muerte entre sí. Como nos recuerda Francisco en Gaudete et exsultate: «La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158 ). 

Y así como es misterioso que uno escuche la voz del Padre en su corazón, también es un misterio que surja esta voz contraria, la del mal espíritu que aprovecha las frágiles voces propias y los criterios mundanos para «hablarnos» con sus falacias y mentiras que hacen mal. En este caso a Pedro lo tienta aprovechándose de su amor a Jesús y del sentimiento espontáneo que le vino  de  que no era bueno que alguien sufriera así, tan injustamente. Aprovechando esto, el maligno  le hizo decir un «no» a ese plan del Padre, que misteriosamente incluye cruz y resurrección. 

Primer paso entonces, inspiración y consolación de la palabra del Padre. Segundo paso, conciencia de que esa palabra buena y veraz suscita lucha espiritual. 

La Palabra de Dios discierne esas palabras contrarias que están anidadas y dormidas en nuestro interior. El Señor dirá a los discípulos que cuando lo ven resucitado junto con la alegría sienten dudas: ¿de donde surgen esos pensamientos cargados de afectividad que les hacen dudar en su corazón? La Palabra de Dios discierne; es como una espada de doble filo que separa los sentimientos buenos de los malos en lo profundo del corazón. Es lo que el anciano Simeón le dijo a Nuestra Señora: que Jesús sería una bandera discutida y que haría que se revelaran los pensamiento que cada uno tiene en su interior.

El tercer paso del discernimiento será resolver esta lucha, entre la inspiración de nuestro Padre y los pensamientos del mal espíritu, con el único criterio que no es ambiguo ni puede ser falsificado que es la Cruz. Como no puede tergiversarla, el demonio trata de hacer que la evitemos. En la cruz siempre está Jesús. Jesús la consagró como instrumento de salvación, la ungió al abrazarla, ungió toda cruz de una vez para siempre. Poe eso todo el que abraza la cruz, la propia y la de alguien que sufre, discierne bien:empieza a pensar con claridad y es librado de todo engaño del mal. Por eso el mal espíritu hace lo imposible para que no abracemos la cruz, para que la dejemos, la cuestionemos o la rechacemos. Porque sabe que cuando un abraza su propia cruz queda inmediatamente en las manos del Padre. Jesús al ponerse Él en las manos del Padre en su cruz, nos puso a todos. Fue testigo el buen ladrón, que obtuvo la promesa de salvación de Jesús sin ningún otro requisito que el de haber estado allí con Él en su cruz, sin lamentarse, sino bendiciendo al que sufría sin culpa su misma suerte y pidiéndole ayuda.

Siempre que abrazamos la cruz nos ponemos en las manos del Padre. Lo cual equivale a «conformar» nuestra vida con la de Jesús, que todo lo recibía del Padre y a Él lo orientaba. La cruz recapitula toda la vida de Cristo. San Ignacio la pone ya en el nacimiento: tanto caminar y trabajar y padecer para después encima morir en cruz. Toda la vida de Jesús está signada por el abrazo a la cruz. Es decir, por abrazar aquello que no se puede resolver «desde afuera», técnicamente, sin involucrarse. El Señor abraza a los enfermos, a los pecadores, abraza los conflictos, los abraza metiéndose en ellos: esto es lo que significa la cruz. Por eso, ante la cruz final, el Señor dirá después que “nadie le quita la vida, sino que Él la da”. 

El discernimiento nos enseña a cargar con nuestra cruz, a abrazar -pidiendo misericordia- nuestros pecados, nuestras fragilidades y los conflictos que vivimos, y así cargados, seguir a Jesús. El discernimiento es perder la vida para recibirla de las manos del señor. Con esto reafirmamos que nuestra vida básicamente es un Don y que recibir vida eterna es recibir un nuevo Don. 

En este tiempo de cruz y de feroces posturas contrapuestas le pedimos al Señor y  a Pedro su amigo que nos den la gracia de discernir la voz del Padre que siempre nos conforta de esas otras voces que nos hacen escandalizarnos de la cruz de Cristo. Les pedimos también la gracia de abrazar la cruz que nos toca -la de todos y cada uno- para quedar así, enteramente, en las manos de nuestro Padre, que es el único lugar seguro en esta situación de pandemia que estamos viviendo.

Diego Fares sj

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Bienaventuranza para ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo. 

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella. 

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. 

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20). 

Contemplación

Siempre me pregunto por qué le pregunta Jesús a sus discípulos que dice la gente sobre Él? La imagen que me viene hoy es la del pescador. Jesús tira el anzuelo en el corazón de los suyos y en el de su amigo Simón Pedro “pesca” la palabra del Padre. Y cuando Pedro muerde el anzuelo, digamos así, Jesús no lo suelta. Pero no lo suelta de una manera especial. No es como cuando uno dice de otro “lo pesqué” en el sentido de “lo agarré”. Más bien es todo lo contrario.  El Señor al pescar a Simón lo bendice, le regala una bienaventuranza. 

Jesús le hace reflexionar a Pedro sobre lo que ha sido dicho en su corazón y él ha sabido testimoniar. Le enseña a su discípulo a discernir (de ahí en más) la voz del Padre. Lo confirma en su intuición. 

Recordemos que la confirmación es parte esencial de un discernimiento evangélico y eclesial. Los pasos del discernimiento son: sentir y escuchar la palabra cargada de consolación que nos “mueve”; interpretarla, especialmente por sus frutos de paz y consolación, como Palabra de Dios, no “nuestra”; acogerla, adhiriéndonos a ella y  eligiéndola; ponerla en práctica (aquí es testimoniarla públicamente); y recibir la confirmación del Señor y de sus representantes (aquí del mismo Jesús).

Discernimiento es el nombre correcto de la “espiritualidad”. La espiritualidad no es un conjunto indefinido de dinámicas , frases y liturgias religiosas, distintas de las “materiales”. Espiritualidad es discernir lo que nos dice el Espíritu. Discernir la voz del Padre distinguiéndola obediente y reverencialmente de las otras voces. Espiritualidad es elegir esa Palabra-llamamiento, ponerla en práctica y recibir la bienaventuranza del Señor y de sus pequeños (“Me darán bienaventuranza todas las generaciones”, dice María). 

La espiritualidad discernidora (es decir “concreta y realista) es un ámbito que “se pierde o se licúa” cada tanto en algunos ámbitos de la vida de la iglesia. Es como si los dones del Espíritu los convirtiéramos en productos, separándolos de su fuente. El proceso es más o menos así. La Iglesia contempla y saborea la Palabra de Dios en la oración personal y litúrgica y la lleva a la práctica dando fruto en las obras de justicia y caridad. Pero, después de un tiempo, esta contemplación se vuelve tratado de teología; y al tratado de teología se lo divide en partes, se le aplican otras ciencias…, y esa Palabra, que era como un pan calentito de Eucaristía para cada día, termina encerrada en libros y alejada de la fuente de la que nació y de las semillas que tiene que regar (la vida de la gente). 

La palabra es semilla y se nos da para ser sembrada en el terreno fértil del corazón que quiere escucharla hoy. 

La palabra fruto y es para ser cosechada, saboreada, compartida: como la eucaristía en la misa de cada día. 

La palabra es palabra viva, palabra eficaz que, cuando la ponemos en práctica, se transforma en obra concreta de misericordia, de justicia y de caridad.

Pero sobre todo esto, la Palabra es una Persona: Jesucristo, el Ungido del Dios viviente, como dice Pedro. Él es la palabra del Padre, la que engendra eternamente y nos envía en la historia con la consigna de que la escuchemos. Él -Jesús- es la Palabra que el Espíritu nos recuerda y nos enseña cómo aplicar en la situación en que nos pone la vida cada día.

Decía que la espiritualidad es saber discernir, en todas las palabras que resuenan en nuestra memoria, en nuestra mente y corazón y en el de los otros, cuáles son palabras del Padre, y  cuáles no (porque son simples palabras nuestras, o porque son del mal espíritu). 

Jesús se lo enseña Pedro y en él, nos enseña a todos, cuando le dice: “Bendición a ti, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Que es como decirle: “Te confirmo y te bendigo porque escuchaste esta palabra y elegiste dar testimonio de mi. Seguramente todos la escucharon en su interior, pero no todos se animaron a decirlo en voz alta”. 

Al Señor le gusta que le digamos quien es Él para nosotros. Porque cuando nos aclaramos quien es Él para nosotros, entonces, Él puede decirnos la palabra que nos confirma en nuestra misión y nos da identidad: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Esto es digno de notar: a Jesús le complace que le digamos quién es Él para nosotros, porque Él “es Dios con nosotros”, Él ha querido “no ser sin nosotros”. Jesús ha elegido edificar su Iglesia sobre Pedro, sobre el discernimiento que sabe hacer Pedro y que concreta su fe en Jesús. La fe de Pedro no es un mero sentimiento de confianza íntima y subjetiva en Jesús, sino que es un sentimiento fruto de una Palabra pronunciada nada menos que por el Creador y Padre de todos, que dice: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”; Palabra que Pedro escucha, discierne y fórmula públicamente, confesando a Jesús como hijo del Dios viviente.

Así, la misión que Jesús le da se basa en la adhesión libre de fe que Pedro hace de corazón. Esta es la virtud que hace que Pedro sea roca: su capacidad de discernir, de escuchar al Padre que le dice “Jesús es mi hijo predilecto”, de tirarse al agua cuando Juan le dice que “es el Señor” y de saber “echar las redes en su Nombre”.

Ahora, lo propio de esta espiritualidad es que no es una sección especial de la Biblioteca de la Iglesia. Es pura, simple y cotidiana vida. El Padre se revela a los pequeños en su vida común y corriente y la espiritualidad consiste en escuchar su palabra -todo el Evangelio de Jesús- e interpretarla con la luz del Espíritu, no como una palabra más, sino como una palabra que está dentro de las otras fecundándolas, como la levadura fecunda la masa.

Por eso la espiritualidad es muy sencilla y a la vez extremadamente compleja. 

La espiritualidad es enteramente personal y a la vez comunitaria y social. Hay una palabra del Padre que solo un papá puede inculcar en el corazón de su hijito. Hay una palabra que solo un amigo puede decirla bien a otro amigo. Hay una palabra que solo el Papa puede decir a toda la iglesia para confirmarla en la fe. 

La palabra va unida a las personas, -en este caso al Padre, que es el que revela esta palabra a Simón Pedro-, a la persona de Pedro, que da testimonio de ella, y a Jesús que la confirma y la convierte en una misión específica con la que inviste a su amigo. 

Muchos confesaban a Jesús como hijo de David, como profeta; incluso algunos demonios le gritaban frases como “si eres el hijo de Dios…”. Sin embargo solo a Pedro Jesús le acepta esta confesión de fe y lo hace basando en ella nada menos que la edificación de la Iglesia, la protección contra las fuerzas del mal y el poder de atar y desatar y de abrir y cerrar. 

Esto nos permite entrar más profundamente en ese ámbito, en esa dimensión que llamamos espiritualidad. Espiritualidad es el ámbito en el que las palabras corresponden a las personas; son Palabras en las que no solo “se dice algo”, sino en las que se “dona a sí misma” una persona entera. Son expresión y don del ser más íntimo y personal. No son palabras abstractas que cualquiera pueda decir con igual autoridad y eficacia. Esto es importante hoy en día en que cualquiera dice cualquier cosa y pareciera que se separa la autoridad de la palabra de la persona que lo dice. En la espiritualidad no es así. La palabra de un maestro dicha en el momento oportuno tiene valor espiritual absoluto para el discípulo. Así, dos o más personas pasan a actuar “en cuerpo”, pasan a “sentir en común”. Esto lo que crea Jesús al elegir no ser sin nosotros. Ser con Pedro, con los discípulos, con toda la iglesia, es para Jesús ser en el tiempo nuestro lo que es desde siempre con el Padre y el Espíritu Santo. Ellos sienten, piensan y actúan en esa misteriosa unidad que llamamos Santísima Trinidad, dialogando el Uno con los Otros en todo momento y esto es lo que Jesús transmite a sus discípulos, uniéndose en todo a ellos.  Es por eso que funda la Iglesia, la  comunidad, precisamente en ese discernimiento de Pedro que lo hace situarse activamente, como co-protagonista, en medio del actuar conjunto del Padre y de Jesús.

Todo esto para decir que nuestra relación con Jesús no es una relación entre dos individuos. Nada más lejos de la intención del Señor. El estilo de nuestra relación con Jesús es comunitario. Nos relacionamos con Jesús que forma un grupo compacto con los discípulos y las discípulas y todo el pueblo fiel de Dios. Entre Jesús y Pedro está el lugar para encontrarnos todos.

¿Quien dice la gente que soy Yo? Junto con Simón Pedro podemos responder hoy a Jesús: Eres el hijo del Dios viviente, que se ha hecho uno con todos nosotros; eres el amigo de Simón Pedro; eres el Hermano mayor y el Compañero de todas y todos los que te siguieron y te seguimos; eres el Dios encarnado en los pequeños de todos los pueblos que vienes a nosotros en la persona de cada pobre y necesitado.

Bendición y bienaventuranza para todos los que disciernen así!

Diego Fares

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela (dale lo que pide) que nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante Él y, adorándolo, le dijo:

– “Señor, ¡socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No es lindo tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Entonces Jesús le dijo:

-“ ¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

La fe. El señor se admira de la fe de esta mujer, de esta mamá. “Qué grande es tu fe. Hágase como deseas”, le dice.

Cómo se da cuenta Jesús de que la mujer tiene una gran fe? Por un lado por su insistencia. Pero más aún por su respuesta ingeniosa. Esto nos hace ver que al hacerla esperar y al decirle esa frase despreciativa, el Señor estaba probando su fe. Probandola no en el sentido de que tuviera dudas, si no estimulándola para que creciera. 

Este detalle de la pedagogía de Jesús puede ayudarnos en nuestra oración. Cuando estamos rezando y pidiendo alguna gracia si se nos cruza alguna frase que nos choca, prestemos atención. Puede ser una frase de Jesús como esta que le dijo a la mujer. Algunos se desaniman enseguida ante un pensamiento negativo. Pero es bueno sacar a relucir nuestro ingenio evangélico y probar a retrucar la frase que nos choca, como hizo esta mujer. 

Eso sí, estamos en el ámbito de la fe, no en el ámbito de cualquier discusión teológica o de otro tipo. Cuando me refiero a frases que chocan estoy hablando de frases que van contra la fe. En el pasaje de hoy esto está claro: la mujer le dice al Señor “ayúdame, socorreme, ten piedad de mí, que mi hija está enferma”. Y Jesús le responde que “no está bien sacar la comida a los hijos y dársela a los cachorros”. Ella le pide misericordia y Jesús le responde con una palabra especial: “Kalon”, “sappir”, qué significa “lindo y bueno”, “precioso”. Simón Pedro la usa en la transfiguración, cuando le dice a Jesús “es precioso estar aquí, que lindo que es estar aquí”. Jesús la usa con la Samaritana cuando ésta le dice “no tengo marido”. Jesús le responde: “está lindo lo que has dicho”, “que precioso lo que dijiste”, en el sentido de: “qué bueno qué has dicho la verdad”; “has hablado bien”. 

Es la manera que tiene Jesús de reafirmarnos cuando decimos algo sincero y que está bien. Aquí la unión de la belleza con el bien se nota más porque se ve que a Jesús le encantó el ejemplo que dio la mujer de los perritos que comen las migas que caen de la mesa de los hijos. Es como si Jesús le dijera a la mujer (y para que sintieran los demás): “Qué genia! Me encanta cuando la gente responde así”. 

Gracias a esta libanesa tenemos entonces una frase certificada por Jesús. Una frase con la cual probar si una palabra contra la fe es de Jesús o es del mal espíritu. Aunque en el fondo no importa tanto la causa, porque, sea una tentación del mal espíritu o una prueba de Jesús, si respondemos con fe a una frase que trata de desalentarnos, el Señor se va a poner contento.

Es decir, cuando una frase va contra la fe en Jesús siempre hay que rebatirla. Como uno pueda. La fe es un don que el Señor nos ha ganado dando testimonio de su amor en la cruz. Así que no hay nada que pueda separarnos de la fe en el amor de Cristo. “Cristo nos ama y habita por la fe en nuestros corazones”. Nuestro discernimiento, por tanto, debe ser firme, y confiemos en que el Espíritu Santo siempre viene en ayuda de nuestra fe. 

Cuando sentimos que nuestra fe es poca y que no alcanza a sostenernos, inmediatamente debemos decir como Pedro al caminar sobre las aguas: “Señor ayúdame!”. Y si el Señor no nos tiende la mano inmediatamente y nos hace esperar como hizo con la Siro-fenicia, debemos insistir sin dudar. Y si escuchamos en nuestro interior una frase tipo “no hay que molestar al Señor”, debemos responderle con ingenio. 

Sepamos que Jesús no bromea con la fe. Si a esta mujer la prueba más es porque está seguro de que tiene una fe grande y quiere ponerla como ejemplo, por eso le hace dar  testimonio público de su fe. A otras personas, quizás más débiles en la fe,  apenas le pedían que las curara, el Señor les concedía la gracia. En esto hay una gran variedad en el evangelio. Pero a lo que voy es a que, si en la oración uno siente alguna de esas “frases  hechas” contra la fe, puede estar seguro de que Jesús quiere entablar un diálogo más profundo con uno. Aquí seguimos el criterio de San Ignacio de que “si hay movimiento de espíritus es señal de que uno está rezando bien”. Podemos decir si el Señor nos pincha un poco y nos prueba (o el mal espíritu nos tienta), es señal de que podemos dar un paso adelante en la fe.

Sintamos algunas “frases hechas”. Una clásica es “Para que voy a molestar al Señor”. Es la que le susurran a Jairo sus “amigos” (el mal espíritu) para que deje de pedirle a Jesús ya que su hija ha muerto. Jesús rebate con fuerza esta frase: “Basta que creas”. Es también la frase de los discípulos cuando espantaban a los niños. Jesús los reta y dice: “dejen que los niños se acerquen a mi”. 

La fe nunca molesta el Señor. Más aún es lo único que le interesa. Su tarea principal es despertar nuestra fe. Porque una vez que tenemos fe en Él, podemos recibir todo lo que Él tiene para dar. 

Otra frase hecha se refiere a las cosas pequeñas. Este tipo de frases las suelo escuchar  cuando le digo alguien que les rece a los ojos de la Virgen para encontrar algo que se le perdió. Mucha gente responde diciendo: “No voy a molestar a la Virgen con esta pequeñez”. Como si la fe fuera solo para cosas grandes. Nada de eso! La fe engrandece las cosas, las grandes y las pequeñas. Y nada es pequeño si se hace con fe. Yo suelo retrucar diciendo que a la Virgen le encanta que le mostremos nuestra fe absoluta en ella en cosas pequeñas. Ella está atenta a los detalles. No solo si falta el vino en Caná! Como buena madre está atenta a todas las pequeñas faltas que percibimos en nuestra vida y de manera especial a nuestra falta de fe. Por eso le encanta que comprobemos la eficacia de la fe en ella y en Jesús tomando pie en alguna cosa pequeña.

En este último tiempo al hermano Rizzo se le pierden algunas cosas. Él dice que la memoria le falla por sus 95 años y pide ayuda. Hace unos días se le perdieron los anteojos por estar cortando juncos en el jardín. Por supuesto, le rezamos a los ojos de la Virgen y estuvimos más de una hora buscando entre los juncos los anteojos, que no aparecieron. Yo ya estoy acostumbrado a que por ahí la Virgen hace que nos acordemos donde está algo en dos etapas así que le dije que dejara dormir al asunto y que seguramente a la tarde los encontraríamos. Lo fui a ver después de la siesta y se ve que la Virgen lo había iluminado porque se acordó que había estado en otro lado y era probable que los hubiera perdido en otra parte del jardín. Así que nos reímos un buen rato al comprobar que habíamos estado buscando en el lugar equivocado. 

La cuestión es que fui al otro lado del jardín y tampoco los encontré. Me volvía ya un poco desilusionado cuando veo a nuestro superior que salía también para el jardín a buscar los anteojos. Le dije que había estado mirando y que no los había encontrado. Me respondió que él le rezaba a San Antonio y que iba a mirar un poco más allá, en otro rincón. Qué tenga más suerte, le dije. Y lo bendije interiormente. La cuestión es que los encontró! El hermano Rizzo estaba contento y me cargaba un poco con que no los había encontrado yo si no el Delegado. Pero yo con mi resto de ingenio le respondí que como la Virgen me había visto cansado, lo había mandado a San Antonio para que le hiciera encontrar los anteojos al Delegado. Con lo cual quedamos todos contentos y reconfortados, cada uno en su fe. Yo siempre he sostenido que San Antonio cuando encontró su rosario fue porque les rezó a los ojos de la Virgen: “Haceme ver donde perdí el rosario”, parece que fue lo que le dijo. Y de allí quedó como patrono de las cosas perdidas. Pero a la Virgen no le molesta si le pedimos directamente que nos encuentre alguna cosa. 

Diego Fares sj

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. 

«Es un fantasma,» dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. 

Pero Jesús les dijo: «Coraje soy Yo; no teman.» 

Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua.» 

«Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame.» 

En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Poca fe, ¿por qué dudaste?» 

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó

Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios» (Mateo 14, 22-33).

Contemplación

La palabra coraje está en el centro del pasaje de hoy. Jesús les dice: Ánimo! Coraje! soy Yo! no tengan miedo! El «soy Yo» lo repite dos veces y podemos imaginar que lo dice tocándose el pecho: soy Yo. 

Si interpretamos la escena por lo que pasó antes vemos a Jesús rezando, solo, en el monte. Pero no pensemos que estuvo rezando sobre cualquier tema, sino más bien que le estuvo pidiendo al Padre la gracia del coraje para los suyos. Me gusta imaginar que Jesús estuvo pensando cómo hacer para darles coraje y se le ocurrió esto de dejarlos remando con viento en contra, para luego ir caminando sobre las aguas en medio de la tormenta y entonces serenarla con su poder. En la oración al señor se le ocurre este modo grandioso de mostrar su divinidad: caminar sobre las aguas, serenar una tempestad. 

Si miramos la escena que sigue a la palabra coraje, vemos algo que no deja de ser extraño. Pedro le pide a Jesús que le mande ir hacia Él caminando sobre las aguas y Jesús se lo concede. Pedro interpretó así la exhortación de Jesús de tener coraje. 

Si lo pensamos bien el pedido de Pedro es valiente. Y al Señor se ve que le gustó este pedido audaz de su amigo. Tengamos en cuenta que Jesús no siempre le seguía la corriente a Pedro. Aquí sí. Quizás porque el coraje se muestra en la cancha y está bien que Pedro lo ejercite. Por eso después, evaluándolo, Jesús le dirá «tuviste poca fe». E inmediatamente lo tomará de la mano y serenará la tormenta, como había planeado. 

Esto nos hace pensar que Jesús no había planeado que Pedro caminara sobre el agua. De ser así, lo habría hecho hacer dos o tres ensayos hasta que le saliera bien. Por la actitud de los discípulos que se postran diciendo «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios» se nota que la lección iba por el lado de calmar el viento.

Siempre me maravilla que así como Jesús nos muestra quién es Pedro, Pedro nos hace ver muchas cosas acerca de cómo es Jesús. Con sus actitudes, con escenas como ésta en que le pide caminar sobre el agua, Simón Pedro nos lo acerca a Jesús, nos hace conocer sus sentimientos de amigo. Digo de amigo porque esta escena es una escena de complicidad. De no ser por Simón Pedro, uno diría que aventuras como esta de probar a caminar sobre el agua, no son cosa seria. Y cuando Jesús le dice «poca fe» se lo debe haber dicho con cierta ironía cariñosa. En este pedido, Pedro, por su parte, revela una gran confianza. Que nosotros sepamos, el evangelio de Juan, al final, sugiere que Pedro «aprendió» a caminar sobre el agua, aunque no usara este poder para sí. 

Repasemos. Tenemos una escena en la que el coraje está en el centro. Jesús, con su pedagogía tan particular, quiere hacerles experimentar en medio de una situación difícil lo que significa tener fe en Él. Tenemos además, a Pedro que sale con este pedido extraño de caminar sobre el agua. Jesús se lo concede e inmediatamente, con señorío, cumple su cometido: pacificar la tormenta. El deseo de Jesús por el que ha estado rezando al Padre es fortalecer la fe de los discípulos en su Persona. Por eso repite dos veces “soy Yo, soy Yo! no tengan miedo”. 

El coraje ante el que estamos, no es un coraje cualquiera, es el coraje de la fe en Jesús. 

Hay muchos tipos de coraje y nadie los tiene todos. Uno puede ser valiente en tierra firme, por ejemplo, y ser miedoso en el mar. El coraje de la fe es un tipo de valentía que hace «actuar» a Jesús.

En medio de toda esta escena solemne que Jesús ha planeado en la oración se mete el deseo intempestivo de Pedro. Y se ve que a Jesús le cae bien, porque lo incorpora en la lección que quería dar. Tan es así que la caminata de Simón Pedro sobre las aguas ha quedado grabada en la memoria de la Iglesia con más fuerza qué el hecho de que Jesús calmara la tormenta. 

Se ve también que a Jesús le basta una palabra para calmar el viento pero para que Pedro camine sobre las aguas no basta su palabra sino que se requiere la fe de Pedro. Y lo que es más importante todavía para nosotros es que para nuestra fe se requiere la interacción entre Jesús y Pedro. Para tener nosotros el coraje de la fe tenemos que centrarnos en esa mano tendida de Jesús que agarra la mano de un Pedro que se hunde. Nuestra fe no es «en Jesús solo», sino en Jesús con Pedro. En esas dos manos que se agarran se anuda el coraje de nuestra fe. Nuestra fe no es sólo en Jesús que camina sobre las aguas, sino que es fe en Jesús y en Pedro agarrados de la mano. 

El coraje tiene la propiedad de ser contagioso si el gesto de alguien se revela tan humano que toca las fibras de nuestro corazón en el punto en que somos uno con todos. Un gesto de coraje excesivamente individualista no contagia, más bien aleja. En el Evangelio de hoy lo que contagia coraje es el coraje de Pedro de pedirle a Jesús algo extraordinario, sabiendo que necesitará ayuda, y el coraje de Jesús de aceptar su pedido, sabiendo que lo tendrá que ayudar. Jesús ha dicho dos veces «soy Yo, soy Yo! y Pedro ha escuchado bien, porque le dice «si eres Tú, mándame ir a Ti». Lo que nos encorazona y nos da coraje es como se conocen y se confían estos dos de corazón. Nada encorazona más que una amistad. 

La caminata de Simón Pedro hacia Jesús sobre las aguas – que según Goethe es símbolo de la vida humana- es propiamente el coraje de tener fe que conjuga en si dos actitudes aparentemente contrarias: el coraje de tomar las decisiones más audaces en nombre de Jesús, como si uno lo pudiera todo, y el coraje de pedirle ayuda humildemente, como si uno no pudiera nada.

Como bien lo expresa el aforismo ignaciano: «Esta es la primera regla que debemos observar a la hora de actuar: ‹así confía en Dios: como si todo el éxito de lo que emprendes dependiera de ti y nada de Dios (tirate al agua); y, sin embargo, dedícate de lleno a lo que haces, como si Dios lo tuviera que hacer todo Él solo y tú nada”. 

Así actuaba San Ignacio. Rivadeneira dice que: “El padre, en las empresas que toma, muchas veces parece que no usa de ninguna prudencia humana, cómo fue cuando hizo el colegio Romano sin tener ninguna renta para él; más bien parece que todo lo hace fundado en la sola confianza en Dios. Pero así como al emprender las obras parece que va por sobre la prudencia humana, así en seguirlas y buscar los medios para llevarlas adelante usa de toda prudencia divina y humana. Parece que cualquier cosa que emprende primero la negocia con Dios y como nosotros no vemos que lo han negociado con él nos espantamos de cómo lo emprende». 

Les pedimos a Pedro y a Ignacio (que le tenía gran devoción), que nos concedan tratar con Jesús con esta familiaridad y coraje (parresía, como la llama Francisco), en la oración y en las obras apostólicas, en las que todo es «caminar sobre el agua».

Diego Fares

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.

Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Al salir de la barca, Jesús vio toda esa gente y se le enterneció con ellos el corazón y se puso a curar a sus enfermos. 

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: ‘Este es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la gente para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos’. 

Pero Jesús les dijo: ‘No necesitan ir, denles ustedes de comer’. 

Ellos le respondieron: ‘Aquí no tenemos nada más que cinco panes y dos pescados’. 

‘Tráiganmelos aquí’, les dijo. 

Y después de ordenar a la gente que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos y ellos los distribuyeron entre la multitud. 

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 13-21).

Contemplación

La gente siguió a Jesús a pie. En aquel contexto “a pie”, quería decir “por tierra”, es decir “no por mar”, no en barca. A pie también quería decir “no a caballo, ni en burro, ni en carro”. En la actualidad, decir “a pie” supone renunciar a más medios de transporte: al  auto, al subte, al micro, al tren, al avión y a los monopatines a motor que se han puesto de moda en Roma con esto del distanciamiento social en los transportes. 

Me quedé con esta frase quizás porque ayer fue la fiesta de San Ignacio y siempre me viene el título del libro de Tellechea Idígoras: Ignacio solo y a pie. O “Nunca solo”, como dice Rodríguez Olaizola. Ignacio -solo o con compañeros- casi siempre a pie. Es que el 2021-2022 será un “año ignaciano”. Recordaremos los 500 años de su conversión, en la que jugó un papel importante el hecho de no poder caminar por haber sido herido en una pierna. De ahí salió convertido en un incansable peregrino que, con su renguera a cuestas, recorrió toda Europa y llegó a Tierra Santa. 

Qué nos inspira esto de “seguir a Jesús a pie”, como la gente sencilla, como Ignacio, con sus Ejercicios Espirituales, que son bien “de a pie”? Lo primero es que mirando a la gente sencilla que no tenía otros medios de transporte, caemos en la cuenta de que Jesús mismo fue uno que siempre anduvo a pie. Tan es así que la única vez que se nos cuenta que anduvo en burra el hecho quedó marcado para siempre como algo excepcional en su misma sencillez. En la escena de hoy lo vemos caminando entre la gente, sanando a sus enfermos. Y luego lo veremos en medio de la tormenta y avanzando sobre las aguas, tambien a pie! 

Por eso la reflexión de hoy es muy simple. Y puede parecer hasta banal. El seguimiento de Jesús, que a lo largo de la historia va tomando distintos modelos, siempre tiene esta característica de fondo: es a pie. Y el motivo es porque Él vino a nosotros a pie!

Quiso nacer “de camino”, padeció el tener que irse caminando al destierro, en brazos de sus padres, peregrinaba desde niño, todos los años de Nazaret a Jeursalen, recorrió toda su patria de punta a punta, caminando junto con sus discípulos, hizo su “via crucis” a pie, cargando con su Cruz y, resucitado, se nos dice que acompañó por el camino a los discípulos de Emaús. 

Pensaba en los lugares a los que voy y vuelvo a pie. De niño eran las catorce cuadras entre mi casa y el colegio. Durante muchos años, en San Miguel, a los barrios ibamos en colectivo, pero dentro del barrio nos movíamos a pie. Caminábamos bastante yendo a buscar a los chicos para el catecismo, llevando la comunión a los enfermos, yendo de una capilla a la otra. En los veinte años en El Hogar de San José hacía generalmente cuatro veces al día las siete cuadras de ida o de vuelta entre Regina y el Hogar. Aquí en Roma, son los dos km de La Civiltà al Gesù… 

Los recorridos que uno hace a pie, de ida y vuelta, tienen algo que está en la base de todos los otros viajes: al trabajo en auto o en colectivo y tren, y a otras regiones, en avión. En los trayectos que hacemos a pie experimentamos una alianza entre el espacio y el tiempo y nuestra humanidad. Se podría decir que ese espacio pisado y contemplado al ritmo de nuestros pasos se vuelve nuestro. El espacio que transitamos a mayor velocidad en auto (y ni hablar del que sobrevolamos en avión) es menos nuestro. Incorporamos solo fragmentos vistos al pasar. Sin embargo, no se trata de una cuestión de tipo “gimnástico”, porque podemos incluir entre los caminos hechos a pie el camino cotidiano al trabajo o a la escuela aunque los hagamos en otros medios. La frecuencia y el recorrido siempre igual hacen que ese territorio se nos incorpore como si lo recorriéramos a pie. 

Que Jesús venga  a nosotros “a pie” indica que el Señor quiere hacer alianza con nosotros no en abstracto, sino situados en nuestra historia y en nuestra geografía terrena. Y esto es para poder incluirnos de verdad enla historia y la geografía de su Reino. 

Esta es una indicación preciosa a la hora de “buscar” al Señor, de “querer conocer cuál es su voluntad”, a dónde quiere llevarnos. Para encontrarlo, más que salir a buscarlo por caminos desconocidos, tenemos que “volver sobre nuestros pasos”. Antes de que nos envíe a los confines del mundo (y de la libertad de los otros, que pueden estar viviendo al lado), el Señor que nos invita a seguirlo es el mismo que, cuando llamó a Mateo, fue primero a su casa. El Señor que nos llama a seguirlo es el que citó a los discípulos en Galilea, y luego sí, los envió a bautizar a todos los pueblos y a enseñarles a cumplir todo lo que Él les había revelado.

Lo que quiero decir es que el seguimiento de Jesús no nos llevará por un camino en el que lo único que importa es el punto final. El seguimiento del Señor nos habla más bien de ese ritmo que tenemos cuando vamos a pie, ese ritmo de ida y vuelta cotidiano, que no es el del turista ni el del que huye, sino el ritmo del que permanece. 

En medio de ese ritmo cotidiano, hecho de pequeños pasos, se muestra lo que somos, lo que podemos caminar sin ayudas externas, lo que verdaderamente amamos, porque vamos y volvemos allí, la relación real que tenemos con nuestro prójimo, el que sabemos que volveremos a encontrar mañana. 

El Señor está allí: en el camino de regreso de todos los día, en la orilla a la que volvemos después del trabajo, en la Galilea de nuestra infancia, donde está la cuadra que caminábamos jugando, en la barca a la que vamos al trabajo cada día.

Al Señor lo encontramos viniendo a nosotros a pie por los mismos caminos que nosotros recorremos cada día a pie. 

El es capaz de alcanzarnos incluso cuando nos hemos alejado y estamos en medio de una tormenta, pero viene a pie”, no volando. 

El ha ido al Padre, cubriendo la distancia más inconmensurable que existe, la que se da entre el misterio de Dios y nuestra carne, pero incluso en esta imagen “de ascensión” que nos dejaron los evangelistas, lo último que alcanzaron a ver del Señor fueron sus pies llagados. E inmediatamente los ángeles los exhortaron a no quedarse mirando al cielo, sino a partir en misión, hacia los confines del mundo, caminando. 

Por estas cosas es que el seguimiento de Jesús tiene el ritmo del que lo sigue a pie. Aunque nos lleve muy lejos y en avión el quiere que donde vayamos “creemos recorridos a pie”. Caminitos alegres, como los de Teresita. Rutinas sanadoras, como las de los que rezan en los monasterios y las de los que practican las obras de misericordia en las casas para los más pobres. 

Así como las obras de misericordia se practican “a mano”, no al bulto ni en serie, el seguimiento de Jesús se hace “a pie” . A pie quiere decir que todo el proceso es importante y que no se trata de andar saltando por el aire, cubriendo grandes distancias. “A pie” quiere decir “personalmente”: al propio ritmo, siguiendo paso a paso el camino, sin saltear etapas. 

Seguirlo a pie quiere decir: “sintiendo y gustando las cosas internamente”.

Seguirlo a pie quiere decir: “no tener la posibilidad de cambiar de caballo a mitad del río” (porque uno no tiene ni caballo).

Seguirlo a pie quiere decir paso a paso, como quien sigue los pasos de la oración ignaciana: antes de hablar con Dios, discierne lo que le pide; antes de discernir, contempla a Jesús, escucha lo que dice, mira lo que hace; antes de contemplar, medita; antes de meditar, lee atentamente el Evangelio; antes de leer, pide la gracia de rezar de corazón; antes de pedir, imagina el lugar -se sitúa-, y un paso o dos antes de entrar en la oración, se deja mirar por Dios nuestro Señor, lo adora y le hace una reverencia.

Seguirlo a pie quiere decir paso a paso, como el buen Samaritano que practica la obra de misericordia: antes de pasar a ayudar al siguiente herido, regresa a ver si hace falta pagar algo más en la hospedería donde dejó al primero; antes de completar el pago, lo promete y asegura; antes de prometer, se queda una noche cuidando personalmente al herido; antes de cuidarlo, busca ayuda; antes de buscar ayuda, lo carga sobre la propia montura; antes de cargarlo, le brinda los primeros auxilios; antes de brindárselos, se le acerca bien; antes de acercársele, se compadece; antes de compadecerse, lo ve de lejos; antes de verlo de lejos, andaría rezando -abierto el corazón a los intereses de Dios y del prójimo- y no distraído ni metido solo en sus cosas.

Diego Fares sj 

Jesús dijo a la multitud:

– Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. 

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

Contemplación

Jesús nos habla hoy de los misterios de Su reino y lo hace en clave de alegría. Que es la que el oído fino del papa Francisco ha sabido percibir en medio del ruido de nuestra época, como ese “hilo de silencio sonoro” en el que Elías reconoció la voz de Dios. 

La alegría de la que habla Jesús tiene sus características particulares. 

Es la alegría que habrá en el cielo por un pecador que se arrepiente (Lc 15, 7).

Es el gozo y la perfecta alegría que se apodera de nuestra alma cuando permanecemos en su amor y guardamos los mandamientos -especialmente los más pequeñitos- del Padre (Jn 15, 10-11). Jesús prometió -y Él cumple!- que cuando nos vea otra vez, nuestro corazón se alegrará y “nadie nos podrá quitar nuestro gozo” (Jn 16, 22). Es el “gozo del Espíritu Santo” que nos da la Palabra de Jesús en medio de mucha tribulación ( 1 Tes 1, 6). Un gozo que se puede apoderar de toda una ciudad, como sucedió en Samaría, por la prédica y los hechos de Felipe (Hec 8, 5-7).

Es una alegría para la cual Jesús inventa sus parábolas. Una alegría como la del mercader en perlas finas que encuentra una de gran valor. Aunque uno no sea un mercader de perlas, puede comprender lo que alguien así sentirá. No es facil, porque para sentir algo similar hay que ser un buscador de cosas únicas, y no mucha gente lo es. 

Por eso el Señor la compara con otra alegría, la del que se encuentra un tesoro en un campo. Aunque no sea un buscador de tesoros, puede ser alguien que los aprecie si es que se los encuentra. Eso sí, si uno no es audaz como para vender todo y comprarse el campo donde está el tesoro (que no se puede sacar de allí con facilidad) puede ser que el hallazgo le cause más temores que alegría. 

Por eso el Señor inventa la tercera parábola, la de la red que pesca todo tipo de peces y la alegría de los pescadores consiste en elegir los buenos y desechar los malos. Esta última es una alegría más a nuestro alcance, ya que quien no la ha experimentado cada vez que le toca elegir ropa en una feria, por ejemplo. 

El asunto es “comprender” que el Reino de Jesús un tesoro y que para buscarlo, para ser capaces de vender todo para comprarlo y para saber discernirlo, como se disciernen los peces buenos de los malos, el “criterio” es la perfecta alegría.

Hay un problema, sin embargo. Esa alegría que “nos permite reconocer” el tesoro no es una alegría “standard”, por decirlo así. Es la “perfecta alegría”. La que solo experimentan los personajes de las parábolas de Jesús: los mercaderes especializados en perlas finas, que son los únicos que pueden reconocer una de valor infinito cuando está mezclada con otras (todas las perlas se asemejan); los audaces que están dispuestos a vender todo para comprarse un campo con un tesoro; los pescadores que saben distinguir al tacto los peces buenos de los que no lo son tanto. Es decir: aunque la alegría perfecta está “graduada” y la puede experimentar tanto un sofisticado buscador de perlas como un sencillo pescador de pueblo e incluso uno que se encuentra el reino “por casualidad”, hay algo que tienen en común estos personajes tan distintos y que los hace especiales también a ellos. La capacidad de alegrarse es algo personalísimo e incomunicable. El Señor quiere y puede darnos todos sus tesoros, pero la capacidad de alegrarnos con ellos es algo que debe “cultivar” cada uno. No se improvisa. Hay que seleccionar cientos de pescados, luego de muchas noches de pesca, para que las manos se acostumbren a reconocerlos. Hay que haber hecho muchos negocios para animarse a “vender todo lo que uno tiene” en un solo día para comprar un campo… El brillo del tesoro y el de la sonrisa, se contagian, crecen juntos, se suplen cuando al otro le falta algo. Hay sonrisas que encienden tesoros, no solo tesoros que despiertan la sonrisa. Hay perlas finas que atraen las miradas, pero solo las miradas que buscan perlas finas. 

Les comparto una canción y un librito que tienen ese encanto de la perla del evangelio, del tesoro escondido en el campo y de la red que pesca en grande y luego los pescadores seleccionan los pescados que valen la pena y devuelven los otros al lago.

La canción es de Angelo Branduardi y de su esposa Luisa  Zappa, y refleja hermosamente el famoso “tratadito” de la perfecta alegría, de San Francisco de Asís 

www.youtube.com/watch?v=gd7WI_yKK-8).

“Era el tiempo del invierno ya 

y Francisco Perugina dejó. 

Con León caminaba 

y un viento frío los helaba. 

Francisco en el silencio, 

a espaldas de León, le habló: 

‘Puede ser santa tu vida, 

pero sabe que no es esa la alegría. 

Puedes sanar a los ciegos y expulsar demonios, 

dar vida a los muertos y palabra a los mudos; 

puedes conocer el curso de las estrellas, 

pero sabe que no es esa la leticia. 

Si a Santa María llegamos 

y la puerta no se nos abre, 

atormentados por el hambre, 

bajo la lluvia mojados estaremos: 

afrontar el mal sin murmurar

con paciencia y alegría saber soportar; 

haberse vencido a sí mismo: 

sabe que esa es la perfecta leticia”.

El librito es de Christian Bobin. Me lo hizo mandar por encomienda desde Barcelona una amiga misionera en el Congo, entre los pigmeos, y se llama “El Bajísimo” (Le tres-petit) en alusión al Dios de Francisco, que siendo el Altísimo quiso hacerse pequeñito. Es el libro más lindo que he leido desde El regreso del Hijo Pródigo, de H. Nouwen. Con eso digo todo.

Diego Fares sj

“Jesús propuso a la gente esta parábola: El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron: ‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña?’ El les respondió: ‘Un enemigo hizo esto’. Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ No –les dijo- porque al arrancar la cizaña corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.» El les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!» (Mt 13, 24 ss.).

Contemplación

«Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre», es lo que profetiza el Señor y lo ilustra con las parábolas del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. O mejor: con la parábola del padre que apuesta al fruto y no a la apariencia del campo, arruinada por la cizaña que sembró el enemigo; con la parábola del hombre que apuesta al tiempo y confía en que esa pequeña semilla de mostaza se convertirá en un gran arbusto que dará fruto, sombra y cobijo; con la parábola de la mujer que amasa, confiada en la fuerza de la levadura que transforma su trabajo con la harina en un pan. Son todas personas que están en lo esencial, no en lo aparente. Y a su tiempo, asegura el Señor, brillarán. Pero con luz propia, como brilla el sol.

Me gustó esta última frase que cierra el evangelio de hoy, y creo que la clave no es que los justos «brillarán», sino que “brillarán con luz propia”, como el sol. Porque se puede brillar con luz prestada.

En realidad, todo es luz prestada, menos el amor. El amor se nos da a todos, pero solo sigue siendo amor si los que lo recibimos lo sembramos y cultivamos, como el granito de mostaza; si lo mezclamos con la harina y amasamos la masa, como la mujer de la parábola; si resistimos -porque el amor es resistencia- las tentaciones de “arrancar la cizaña” que cuando no se soporta y se la arranca antes de tiempo, se lleva gavillas enteras de amor. El amor es lo único que «brilla con luz propia», lo que «no pasará». Nuestros ojos ven con luz prestada, nuestra inteligencia piensa con luz prestada, solo nuestro corazón ama con amor propio, derramado por el Espíritu, sí, pero sembrado y amasado con nuestras propias manos.

El que tiene ojos para ver el «brillo del amor» ve un mundo totalmente distinto al que muestran los medios. Porque el amor brilla -con luz mansa, eso sí- en las personas menos notorias. Brilla en los ojos de los niños y por eso las madres y los papás no les pueden sacar los ojos de encima a sus pequeñitos y viven todo el tiempo que pueden sumergidos en ese resplandor que es el de un solcito, solo visible para los papás y las abuelas… El amor brilla con luz propia en los ojos de los ancianos satisfechos con su vida, agradecidos por haberse dado enteros, con amor. El amor brilla con luz propia en los ojos de los enamorados. El amor resplandece con luz propia en los ojos de los pobres, cuando alguien los trata con respeto y dignidad. El amor brilla en los ojos de los que cumplen con su tarea siempre dando un poquito de más cuando nadie los ve, por puro amor a su trabajo. El amor brilla con luz propia en los que hacen de su trabajo un oficio, una labor artesanal, y ponen un detalle de belleza a lo que producen.

Los justos, los que han vivido las bienaventuranzas y practicado las obras de misericordia, brillarán con luz propia en el reino de su Padre. Ese Padre que «ve en lo secreto» y que «recompensa en lo secreto». No con un salario externo, sino con el pago de amor con amor, como dice el dicho.

El Reino del Padre, no es un lugar al que se entra para ser espectador de su Gloria. Esta es la versión «espectáculo» del Cielo, que no ayuda a nuestra imaginación. La Gloria del Padre es su «Peso». El peso de su Amor que hace gravitar todos los corazones en torno a sí.

Brillar en el Reino del Padre es actuar -girar/danzar- movidos por su Amor, atraídos desde adentro por la fuerza de gravedad de su Amor Misericordioso, como la tierra -con todos sus granos de polvo, sus plantas, animales y personas- nos movemos atraídos al sol. Es un movimiento que no se ve si uno no se imagina saliendo de la órbita terrestre y contemplando nuestro sistema solar como desde afuera. Es un movimiento que no se siente, pero que afecta cada partícula del planeta, cada ola, cada viento. El amor, como la fuerza de gravedad, es real y está activo.

En estos días releo a Martín Descalzo, que es uno de esa multitud incontable de gente que vivió con la luz propia de su granito de mostaza y de sus cucharaditas de levadura, que creció hasta alcanzar toda su estatura, sin preocuparse de cizañas, y hoy resplandece como un justo en el Reino de nuestro Padre. El tiene un artículo brevísimo que ilumina con luz propia lo que Jesús quiere decir hoy. Se titula:

Teoría del cascabel

Toda buena metáfora es como un relámpago que enciende, de repente, la noche. Así me iluminó a mí -hace ya tantos años que apenas lo recuerdo- un viejo texto de Ortega y Gasset que hoy quisiera comentar aquí para mis jóvenes amigos.

«Todos -decía- somos (o más bien deberíamos ser, porque algunos se empeñan en no serlo) como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Y es el caso que, como en el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para liberarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión.»

¿Quién, que esté vivo, no ha experimentado alguna vez ese desdoblamiento desgarrador de su vida? ¿Quién no conoce ese algo que quiere volarle dentro y ese encadenamiento en el que vivimos? Las palabras nos atan, el tiempo nos encadena, el hombre cree ser libre, pero es su propia condición quien le maniata. A mi nunca me han preocupado demasiado los condicionamientos exteriores. Desde fuera nadie puede quitamos la libertad. Nos la quita la simple realidad de existir, esa coraza externa que parece rodear nuestros sueños, nuestras aspiraciones. ¿No habéis sentido millares de veces que todo se os queda corto, que cuando amamos, escribimos, construirnos, el amor, los libros o cuánto hacemos no son ni sombra de los sueños con que los proyectamos? Ser hombre es saber que nunca se llegará a serlo del todo, reconocer que en todos los caminos nos quedamos a medias. El cascabel de nuestras esperanzas se encuentra permanentemente encorsetado en la coraza de la realidad.

¿Qué hacer entonces? ¿Aburguesarnos? ¿Amargamos? Un burgués y un resentido es alguien a quien el cascabel se le ha convertido todo él en coraza. Se les ha endurecido lo que tenían de niños, de ilusión; se ha vuelto todo piedra, incluso lo que debía ser ese núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Son los que cambian ese núcleo por su ambición, por el dinero o por el poder. Ya no podrán sonar nunca, se han vuelto sólidos y estériles.

Los que siguen «sonando» (viviendo, produciendo) son quienes no se resignan a estar muertos y hacen que su alma de niños siga, terca, golpeándose con la realidad, chocando con las paredes inexorables del tiempo, de nuestra prisión. Esa es nuestra verdadera música, la vida despierta.

Un verdadero creador (de su obra o de su vida personal) es alguien permanentemente insatisfecho, alguien que todos los días lanza su alma a la aventura, que no teme a los choques, que- se mantiene terca e insobornablemente adolescente, que nunca se considera maduro o concluido, que vive en un perpetuo redescubrimiento de su propia alma.

Los cínicos, los pasotas, los amargados, se mueren en plena juventud. Los instalados, los que sólo producen dinero, los que no tienen más sueño que el de poseer (lo que sea) están secos. Su campana no suena. Ya no son un cascabel. Cuando más un cencerro.

Diego Fares sj

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