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Al atardecer del Domingo

encontrándose los discípulos con las puertas cerradas

por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes.

Como el Padre me envió a mí,

Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen

y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

…………….

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

que llenó toda la casa en la que se encontraban.

Se les aparecieron unas lenguas como de fuego

que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;

quedaron todos llenos del Espíritu Santo

y se pusieron a hablar en otras lenguas,

según el Espíritu les concedía expresarse” (Hc 2, 1 ss.).

 

Contemplación

Las llagas del Señor que los pacifican, la misión del Padre con que son enviados, el Espíritu Santo que reciben y que los llena con su Soplo y con su Llama, el perdón de los pecados -para sí y para darlo-, y las lenguas en que el Espíritu les concede hablar y que hace que todos entiendan, son como puertas abiertas por las que entra y sale la Gracia que cuaja -confirma- a la Iglesia como una, santa, católica y apostólica.

Puertas abiertas

La imagen de la Iglesia -de cada apóstol y de todos reunidos con nuestra Señora- como Casa de puertas abiertas por las que entra y sale el Espíritu, se contrapone a la situación anterior en la que los discípulos se encontraban “con las puertas cerradas”.

Las llagas del Señor son puertas abiertas al Espíritu: Él entra y sale por la puerta escondida de nuestras llagas, no por la puerta principal de nuestras cualidades.

La misión del Padre es puerta abierta: por ella entró Jesús en nuestra historia y por ella sale el Espíritu en la persona de los discípulos misioneros a evangelizar y bautizar a todos los pueblos.

Más aún, el Espíritu Santo en Persona es Puerta abierta: Él crea su propia apertura y su hospedería en el alma de los creyentes; Él es Puerta abierta y giratoria que nos impulso a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.

El perdón de los pecados y las nuevas lenguas son una sola y la misma Puerta abierta: es la misma cosa salir del encierro y de la esclavitud del pecado y que se nos suelte la lengua para predicar el Evangelio.

Toda lengua es una puerta abierta al corazón de las personas y a cada cultura. Y la lengua del Espíritu, la de los pecadores perdonados y enviados a Evangelizar, es una lengua abierta y familiar que llega al corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Nos detenemos en la conexión entre la puerta abierta al perdón y la puerta abierta a la predicación del Evangelio.

Los pecados que no dejan hablar al Espíritu

Cuando el Papa Francisco abrió y mandó abrir tantas puertas de la Misericordia, comenzando por la de Banghi, en la República Centroafricana, lo hizo en cumplimiento de este mandato del Señor, que da su Espíritu a la Iglesia para que abra las puertas del perdón de los pecados.

De cuáles pecados? De todos, por supuesto, pero a cada persona y a cada pueblo para el perdón del pecado particular que le cierra la puerta al Espíritu.

Cerrarle la puerta al Espíritu es no dejarlo hablar. Porque su misión es hablar: decirnos toda la verdad, recordarnos las palabras de Jesús, cada Palabra en el momento justo ante cada situación. Hablar no simplemente hablando sino consolando, fortaleciendo, haciendo dar fruto. El Hablar del Espíritu es el de una lengua que entienden todos.

A veces, cuando alguien nos está hablando y ve que no lo escuchamos, nos dice: “Atendé lo que te digo, mirame! Te estoy hablando”. Lo primero de una lengua es el asentimiento personal al otro. Más allá de lo que dice y de cómo intenta explicarse, lo que reclama el que habla es que se lo reconozca y respete como persona, es decir: como alguien que tiene algo propio para decir. Su punto de vista no es algo accesorio, va junto con el contenido. En lo que uno dice pone su vida, su experiencia, su corazón. De allí que cada uno necesite su tiempo para expresarse.

Por eso, que a uno lo entiendan, que se entienda lo que dice, significa que se lo aceptó como persona, que en sus palabras uno acepta que recibe más de lo que cada palabra dice tomada en general. Si alguien se siente comprendido es que recibimos su experiencia de vida que enriquece la nuestra. Cuando esto sucede, es porque ha comenzado el diálogo.

El pecado, todo pecado, tiene una dinámica opuesta a esta del diálogo. Para pecar hay que cerrar los oídos a la palabra que nos dice un Bien común y mayor, que necesita tiempo para expresarse plenamente, y hacerle caso a la palabra que nos dice un bien particular, un bien menor, que nos apura con su urgencia y nos ofrece una salida rápida o de compromiso.

La pequeña Marta en medio del grupo de oración         

Hace unos días, compartiendo el Evangelio con un grupo de matrimonios, un papá hizo alusión al lenguaje nuevo del Evangelio y expresó que a veces sentía la angustia profunda de estar hablando una lengua vieja. Ante situaciones nuevas se encontraba diciendo palabras viejas, ya gastadas. Y tenía sed de esta lengua nueva, de poder decir palabras que iluminaran de un modo nuevo las situaciones de conflictos repetidos que sus palabras viejas no lograban destrabar.

Mientras hablaba, su esposa que tenía en brazos a su hijita pequeña, como la nena estaba inquieta, la puso a jugar en la alfombra, en medio del círculo que formaba el grupo. Y yo me entretuve mirando a la pequeña Marta, que tomaba un juguete en sus manos, se lo llevaba a la boca, se lo mostraba a su mamá, que la aprobaba con una sonrisa, y seguía jugando y canturreando en su lenguaje de sonidos sin palabras.

Y se me fueron haciendo claras dos cosas acerca de la lengua que hablamos y la que el Espíritu nos hace escuchar y hablar.

La pequeña no necesitaba hablar porque su madre le adivinaba todo e iba guiando sus gestos con sus aprobaciones, sus sonrisas, sus gestos de “eso no” y sus abrazos.

Los dos lenguajes del Espíritu

Este es el lenguaje de “los gemidos inefables” del Espíritu, que gime y reza en nuestro interior sin que haya necesidad de poner palabras a lo que es puro deseo: expresión de asentimiento a su Persona y de reclamo de su Atención.

Esta es la oración de abandono, en la que le decimos al Señor: “adiviname Vos. Yo me expreso, Padre, como un niño que juega, canturrea y se lleva a la boca los juguetes, los da vuelta y los tira… y te dejo que me adivines y me apruebes en lo que siento y en cómo estoy”.            Es una oración sin palabras, oración de abandono, oración de niño pequeño en brazos de su Madre.

Luego, cuando uno crece y sus deseos se van volviendo más precisos, nace la necesidad de hablar, que nuestra madre estimula dándonos palabras a elegir, nombrando las cosas que nos gustan y las que no debemos tocar. Aprendemos así las palabras esenciales, siendo las primeras mamá y papá, que son de invocación: el llamarle la atención a la persona que nos explica todo lo demás.

En este nivel de lenguaje tenemos que aprender a hablar y a precisar bien qué es lo que deseamos para poder ser, dialogalmente, ayudados, comprendidos y guiados. Se aprende este lenguaje rezando (a rezar aprendemos rezando): leyendo el evangelio, eligiendo alguna palabra en la que sentimos más gusto, explayando en ella nuestros deseos y sentimientos y dejando que esa Palabra de Jesús nos diga lo suyo.

Este es el lenguaje de la “caridad discreta” del Espíritu, es decir: el lenguaje del deseo reconocido, interpretado, elegido y bien expresado, al que el Espíritu puede responder con claridad, dándonos a gustar esa palabra del Evangelio que ilumina lo que queremos y lo encauza misionalmente, para bien de los demás.

Dos lenguajes, por tanto, que habla el Espíritu -el del gemido y el del discernimiento- y que tienen que ver con el perdón de los pecados.

Hay un perdón del Espíritu que obra sobre el gemido egoísta, el del niño caprichoso que llora y patalea reclamando mal lo que sus padres le darán gustosamente en orden y a su tiempo.

Este perdón es sin palabras, como el perdón del Padre misericordioso al hijo pródigo al que abraza y besa sin decirle nada. Es el perdón de la Misericordia incondicional, setenta veces siete repetida, si fuera necesario, como dijo uno de los Obispos chilenos: pedimos perdón a las víctimas y lo pediremos setenta veces siete si hace falta.

Sin este perdón profundo y total, no es posible el lenguaje evangélico, nadie puede salir a predicar si no cuenta con este perdón bautismal.

La frase que el hijo pródigo había ido elaborando: Padre, perdóname, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores… , es una frase dicha a borbotones . Y el Padre la acalla para dejar que se exprese el sollozo.

Se trata de un perdón y un lenguaje sin palabras, hecho con lágrimas y abrazos, en el que todo se adivina y por eso no hace falta hablar. Cuando la comunicación es tan íntima, hacer callar al otro con un gesto es la palabra más expresiva: la que no hace falta decir, la que basta insinuar y que el otro acalle. No es mudez, sino diálogo de gestos, en el que uno mira y solloza y el otro dice shh! y abraza.

Esto que a nivel personal es tan claro, debe traducirse a nivel cultural, social, político y eclesial.

Los lenguajes del Papa a los Obispos de Chile

A nivel eclesial, este lenguaje resuena en lo que el Papa Francisco le dijo a los Obispos de Chile, como invitación a tener un día de reflexión personal (luego hablaron y luego resolvieron poner a disposición del Santo Padre sus cargos pastorales):

Dejarse perdonar profundamente, permitirá recuperar la palabra, volver a profetizar:

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado.(…) Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Discernir, no discutir, llevará a tomar medidas a largo, mediano y corto plazo y no quedarse solo en tomar dos o tres medidas prácticas:

Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia.

El lenguaje que falta en el debate por el aborto

Esto quizás puede ser ejemplo para el debate sobre el aborto, en el que más que discernir la situación se discuten ideas -unas que parten de la “esencia” (de la vida, de la persona, del derecho) y otras que parten del “funcionamiento” (de la vida, de la persona, de la ley). Para que una confrontación así no sea un diálogo de sordos que produce leyes emparchadas (como la que actualmente rige la cuestión del aborto), es necesario profundizar sobre todo en el primer nivel del lenguaje: ese que hace sollozar en silencio escuchando al Espíritu que gime como la creación, con dolores de parto. Antes de hablar diez minutos, cada orador y los que los escuchamos, deberíamos llorar en silencio otros diez.

1.300 abortos por día (según los medios) productos de embarazos no deseados, en este siglo XXI, nos tienen que hacer sentir que estamos ante una tragedia humanitaria. Una tragedia que se da escondida y esparcida por todo lo largo y ancho de nuestro territorio. Una tragedia que recae, entera cada vez, como una montaña que se derrumba, sobre la cabeza y el pecho de cada mujer que aborta y se hace cargo sola de una responsabilidad que no puede no ser común.

Antes, durante y después ya sea de una penalización como de una legalización, este nivel de lenguaje en el que no hay palabras sino gemido, sollozo y abrazo, pidiendo perdón -todos- a las mujeres, a los no nacidos, a la humanidad que nos dio la vida y a la que le es negada, y si creemos, a Dios.

Sin este llanto que es el lenguaje del perdón, todo otro lenguaje resulta ofensivo por el sólo hecho de estar usando el aire y las palabras.

Pedimos al Espíritu que amplíe en nuestro corazón, en el de cada familia, en el de cada sociedad y cultura, en cada ámbito donde se habla y se decide, esta puerta abierta al llanto y al perdón, a recibirlo y a darlo, para poder luego discernir con caridad e implementar medidas que cuiden  y promuevan la vida y no prácticas de la muerte que pasan de protocolo hospitalario provincial a ley nacional.

Diego Fares sj

 

  

Jesús dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a todas las creaturas. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;  podrán tomar a las serpientes con sus manos,  y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, colaborando el Señor y confirmando la Palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

Contemplación

La contemplación de hoy tratará de llevarnos por un camino poco transitado hasta ahora. El punto de partida son dos imágenes y una frase que no son frecuentes: una la de Jesús “colaborando” con los que salen a evangelizar; la otra, la del Padre que está rodilla en tierra, podando las vides.

Lo que nos empuja a fijar los ojos en estas dos imágenes -la del Padre y la de Jesús “en la tierra” es la orden de los ángeles de la Ascensión: “Hombres de Galilea, por qué están ahí parados y miran al Cielo”.

Esta advertencia de los ángeles de la Ascensión creo que no la hemos entendido bien. Al menos yo, porque al repetirla interiormente mientras leo la frase siento que ese “qué hacen ahí” tiene sabor a reproche.

Claramente no es el “alégrate” de la Anunciación a María.

Tiene un tono similar al de los reproches en el Sepulcro vacío cuando los ángeles les dice a las mujeres: “Ustedes buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado. No está aquí. Ha resucitado”.

Pero en esa ocasión la reconvención a no quedarse con los ojos fijados en la tumba, iba acompañada con un envío y una promesa: “vayan a anunciar a sus discípulos que lo verán en Galilea”.

Ahora, en la Ascensión, el sacudón para que no se queden ahí parados mirando al cielo tiene también una promesa -Jesús volverá-, pero es una promesa a larguísimo plazo (dicen los científicos que nuestro sol, que cumple ya sus 4.500 millones de años, tiene todavía 1.000 millones de años antes de que sus rayos se nos vuelvan tóxicos).

Jesús volverá por el mismo lado por donde lo vieron subir. Pero no será pronto, parece.

San Ignacio, cuando se escapó de los guardias para regresar al monte de la Ascensión, fue porque quería asegurarse de recordar bien hacia qué dirección apuntaban los pies del Señor cuando ascendió. Quería fijar en la memoria “hacia donde tenía que mirar” cada vez que se sentara a rezar, como haría después en el balconcito del Gesù desde el que miraba al cielo, a cabeza descubierta y derramando lágrimas mansas de consuelo.

Traigo aquí esta imagen porque describe la fuerza con que la Subida del Señor se imprimió en la memoria de los creyentes. Y digo que lo que nos ha quedado es algo así como que “no hay que quedarse mirando al cielo”, pero no porque sea algo bueno sino algo a lo que hay que resignarse: Jesús se fue!.

“Está bien mirar al cielo, pero conscientes de que el Señor no vendrá por ahora”.

Y así, hemos impostado un  cristianismo que mira al cielo de reojo.

Nuestras liturgias fueron adquiriendo con los siglos un tono de “cielo anticipado”. Una liturgia celestial que, con la ayuda de grandes artistas, se fue convirtiendo en “un rato de cielo”. Lo cual está bien si no se exagera. La dimensión de Cielo, de Gloria y de transfiguración, de descanso y Eucaristía fraterna, es importante en la vida cristiana. Por eso tiene su rol central en cada Domingo y en los tiempos de Fiesta, principalmente la Pascua, en la Navidad y en los sacramentos que acompañan la vida. Pero toda esta dimensión de Cielo cae bajo la advertencia de los ángeles de la Ascensión: “Por qué están ahí parados y miran al cielo?”.

Tengamos muy en cuenta que la frase siguiente, acerca de que el mismo Jesús volverá, no cierra para nada “la vida terrena de Jesús”. Todo lo contrario! Es verdad que el Señor “en cuerpo y alma”, volverá cuando el Padre considere que se ha cumplido el tiempo regalado a la humanidad. Pero esta “Ascensión” del Señor, que dilata el tiempo convirtiendo nuestra historia en Historia de la Salvación, no es el único punto donde hay que fijar la mirada. Antes de la promesa de los Ángeles sobre la venida definitiva del Señor, está la promesa del mismo Jesús sobre la venida del Espíritu Santo. Y esta se realizó pocos días después! Es decir: “bajó Alguien del Cielo”, que no era Jesús, pero sí el Espíritu! Lo cual quiere decir que bajaron ahora no solo Jesús, sino Jesús y el Padre!

El Señor lo dice en los discursos de la última Cena, cuando explica que Él ha salido del Padre y vuelve al Padre y que nos conviene que se vaya porque así nos enviará al Espíritu Consolador. Y ahí agrega algo muy significativo: dice que no intercederá Él para que el Padre nos conceda lo que le pedimos sino que “el mismo Padre nos ama porque lo hemos amado a Él y hemos creído en Él” (Jn 16, 27).

Esta nueva relación directa con el Padre y con Jesús es la Obra del Espíritu Santo.

Y de lo que se trata en esta relación es de algo tan concreto como “pedir algo”. Es decir: no habla aquí de una relación “mirando al cielo” sino de una relación “mirando a la tierra”. Eso es el Padrenuestro:

Padre nuestro que estás en el Cielo… baja a la tierra:

que sea santificado tu Nombre,

que venga tu Reino,

que se haga tu voluntad… así en la tierra como en el cielo.

Y entonces? Yo no digo que habría que suprimir los techos pintados de las Iglesias romanas, que hacen que la gente se quede parada mirando a ese cielo abierto pintado con luz blanca en el que se ve al Padre celestial en su trono y a Jesús sentado a su diestra, y a todos los ángeles y santos mirando para arriba, como en el glorioso techo de nuestra Iglesia madre del Gesù. Lo que digo es que sería una experiencia muy evangélica hacer oír una música que dijera: “Qué hacen ahí parados, hombres de todas las naciones, mirando al cielo…”.

También podría ser que se pintara el suelo, con caminos abiertos, como en la Basílica de nuestra Señora Aparecida, en Brasil, en la que los mosaicos de los pisos dan la sensación de caminar sobre las aguas que brotan de la fuente del altar central y van hacia las doce puertas de salida.

Al salir a anunciar nos encontraremos al Padre viñador y al Jesús colaborador. No son imagenes para contemplar parados sino en camino: contempl-acciones, como titulamos ahora este sitio.

El no quedarse mirando al cielo es llamamiento a mirar la tierra. Con el Cielo asegurado, porque está en las manos llagadas del Señor, podemos hacer la “Contemplación para crecer en el amor”, el tercer punto en el que Ignacio dice: “Considerar cómo Dios trabaja y co-labora por mí en todas cosas creadas sobre la faz de la tierra. Es decir: está presente como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis). Trabaja en los cielos, en los elementos, en las plantas, en los frutos, en el ganados, etc., dando ser, conservando, vegetando y sintiendo. Y reflexionar luego sobre mí mismo”.

Y también podemos contemplar la imagen del Llamamiento de Jesús como Rey eternal, que llama a todos diciendo: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo (en el día y vigilar en la noche, etcétera), porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.

Estas dos imágenes -la del Padre con las manos metidas en toda la creación y la de Jesús trabajando de día y velando de noche- son imagenes que no es necesario “pintar” porque cada uno las ve en vivo y en directo cada vez que sale al trabajo o hace las cosas de la casa. Ver el rostro del Padre y de Jesús en cada trabajador, ver las manos del Padre – una masculina y otra femenina como en el cuadro de Rembrandt- colaborando con las manos de todos los padres y de todas las mamás, no necesita artistas del renacimiento o del barroco sino artesanos. Al Padre Trabajador y a Jesús Colaborador no se los ve sino colaborando. El que tenga ojos para ver, que vea!

 Diego Fares sj 

 

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Estatua de Matteo Ricci y Xu Guangqi (laico chino convertido).

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:  «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense mutuamente, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando. Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer. No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

“Yo los he llamado amigos” dice Jesús en la última Cena.

Nos quedamos con esa frase y le dedicamos este rato de contemplación a dejar que se asiente en nuestra  alma este nombre de amigos con que nos llama el Señor.

Sabemos que esto de “dar un nombre” a alguien, es para Jesús algo especial. El hecho de que remarque que “nos ha llamado amigos” y que lo fundamente -“les he dado a conocer todas las cosas que oí junto al Padre”- es una invitación a apreciar este gesto suyo como algo decisivo para nuestra vida.

Estas contemplaciones hace un tiempo ya que una amiga -Shu Qin Xiao-, religiosa de la Compañía de María, las traduce en chino. Como los chinos aunque no lo parezca, tienen menos paciencia que los argentinos (al menos para leer estas contemplaciones en sus celulares), la primera sugerencia que me hicieron, luego de una encuesta que mandamos, fue acortarlas bastante. Sus educadas respuestas fueron mayoritariamente: “Muy lindo. Pero mejor más cortito y más ejemplos de la vida cotidiana”. Así que comencé a hacer una síntesis de media paginita. Pero después, como para que se publicara en una página abierta del whatsapp chino tenía que estar antes, terminé por escribirla durante la semana, de modo que en general salen contemplaciones muy distintas.

Hoy comienzo con la china, ya que para escribirles a ellos me inspiró el libro Sobre la amistad del padre Ricci. Aunque en vez de sintetizar más la otra, aquí me extiendo, dejándome llevar por el gusto de hacer “coloquio”, como un amigo hace con sus amigos.

….

El misionero jesuita Mateo Ricci, cuando se estableció en Nanchang en el año 1595, se hizo amigo de dos funcionarios que tenían título de “rey”, aunque no tenían reino (como nos pasa a los curas que estamos en Roma y no tenemos parroquia). A uno de ellos, el rey de Jian’an, que se llamaba Zhu Duojie, Ricci le regaló dos libros: uno era un mapamundi con muchas descripciones en chino hechas por él mismo. El otro libro fue su tratado Sobre la amistad. Consta de 100 sentencias y está escrito como respuesta a una inquietud que tenía el rey acerca de “qué sentíamos de la amistad en occidente”. El libro se hizo muy famoso, tanto que  Ricci o Xitai (“Maestro del gran Occidente”, como le dieron en llamar sus amigos chinos) afirmaba que con ese libro habían logrado más que con todos los otros trabajos apostólicos juntos. Es que a los hombres nos interesan muchas cosas -como los mapamundi-, pero la amistad nos interesa más.

En la meditación para mis amigos chinos me centré en un punto: que en Jesús podemos ser amigos de todos los hombres.

Tomé pie en la importancia que tiene para la sabiduría popular china la “amistad social” (de la que siempre nos habla el Papa Francisco y creo yo que es una gracia contra la cual el Maligno, enemigo de la naturaleza humana que es amigable, lucha con ensañamiento sembrando odio, mentira y guerra).

En china se considera la amista como la quinta relación social. Lo expresan así: “Entre soberano y súbdito no puede faltar la justicia, entre padre e hijo, no puede faltar el afecto, entre marido y mujer, no puede faltar la diferencia; entre hermano mayor y hermanos menores, no puede faltar la jerarquía: cómo podrá faltar la amistad?”

También tomé un proverbio chino que habla de los amigos lejanos: “Los amigos estarán cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los confines más remotos“. Me encanta este modo de decirlo. Nosotros lo expresamos temporalmente, diciendo que “es como si nos hubiéramos visto ayer“. Ellos lo expresan diciendo que es como encontrarse con el vecino de al lado.

La verdad es que da gusto cómo cada pueblo -y cada grupo o par de amigos- nos complacemos en encontrar imágenes antiguas y nuevas para expresar algo inefable de mil maneras distintas y que todos entendemos.

El punto es, por supuesto, la evangelización. Se trata de meditar y contemplar cómo Jesús, que multiplica y mejora todas las cosas humanas -los cinco panes y los peces y el agua convertida en vino en Caná-, multiplica y mejora la amistad humana, que ya en sí misma es de lo mejor que tenemos los hombres.          Pongo especial atención en lo de que la multiplica, porque por ahí es un lugar común decir que los amigos son pocos y que es dificil encontrar un amigo o una amiga de confianza.

La reflexión que hice teniendo en cuenta todas estas cosas, es que no existe “la amistad”, así en general, como si fuera un valor absoluto en lo alto del reino de las ideas al que todos tendríamos que mirar. No existe “la amistad” en abstracto. Existen los amigos. Y cada relación entre amigos es única y aporta algo especial a la amistad de los demás.

Si esto es así, entonces cuando Aristóteles dice que a uno no le da la vida para tener muchos amigos, está haciendo una reflexión cuantitativa que le viene de la razón, es cierto, pero de una razón limitada a su experiencia cultural particular. Es razonable porque es veredad que los amigos – especialmente los “amigos incómodos”, que vienen a cualquier hora y se quedan hasta tarde-, a veces demandan mucho tiempo. Pero Aristóteles no contaba con un Amigo como Jesús, que si es capaz de multiplicar peces y panes, con mayor razón es capaz de multiplicar amigos (y hacer que se multiplique el tiempo que uno le dedica a los amigos.

En el Reino, el tiempo para los amigos, en vez de perderse se duplica y quintuplica. Lo vemos en el Papa, por ejemplo, que la gente dice “no sé de dónde saca tiempo para escribir personalmente sus saludos y para llamar a tantos”. Es que eso de que “lo saca” contiene una gran verdad, porque no lo saca de su cítizen, sino del reloj pulsera que usaría Jesús, para quien, como afirma Pedro, que estaba atento al modo de vivir el tiempo que tenía el Señor: “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Otra frase común es que la amistad es una “rara avis” -un “cisne negro” decía Kant-. Pero esta reflexión, al igual que todas las que hacemos sobre la amistad, tiene un “sí, es verdad” y un “pero también”. Es verdad que la amistad es especial. Pero si es verdad que no existe la amistad sino los amigos, la imagen del “cisne negro” nos habla de cómo era Kant, que era un tipo bastante particular, y por tanto, sus amigos deberían ser también “particulares”. Pero también hay otra gente que por ahí es muy simple y tiene muchos “mejores amigos”, como mi amigo Iñaki, por ejemplo, que no tiene ningún empacho en llamar “mi mejor amigo” a varios de nosotros.

Jesús es así, se hacía y se hace amigos entre gente muy distinta. Amigos que lo seguían (y lo siguen) en su tarea misionera, como los apóstoles, amigos que lo recibían (y lo reciben) en su casa, como Lázaro, Marta y María, amigas como la Samaritana o Zaqueo, a los que se encontró (y se sigue encontrando) en el campo y por la calle, amigos de otras culturas y religiones, como el Centurión, la Sirofenicia y el leproso Samaritano que volvió a darle gracias. Y era (y es) también amigo de pueblos enteros, como los de Caná, Cafarnaún y el pueblo de la Samaritana… El Señor pensaba en “todos los pueblos”, en las ovejas de esos “otros rebaños” que sus apóstoles-amigos saldrían a buscar.

Íntima y comunicable, especial y común, son rasgos que aporta a los amigos Alguien como Jesús y que todos podemos incorporar y aprovechar a nuestro modo. Digo a nuestro modo porque con las cosas entre amigos pasa algo curioso: si uno quiere copiar lo de otros, no tiene sentido. No solo no se puede sino que se logra el efecto contrario. Pero si uno pesca algún dinamismo de los otros y lo sintoniza con el propio, su amistad crece y se potencia. No siempre sirve contar los chistes de un grupo de amigos a otro, por ejemplo, pero sí contagiarse del espíritu del buen humor.

Termino con esta reflexión: el hecho de que el Señor los llamara amigos significa que entre ellos reinaba mucho el buen humor, esa alegría y esos comentarios que condimentan las charlas y reuniones entre amigos. En Alégrense y regocíjense, el Papa habla del buen humor como una de las “cinco notas” de la santidad que espera que “resuenen de manera especial” en nuestra vida.

La alegría y el buen humor es una de esas características “indispensables para comprender el estilo de vida al cual el Señor nos llama” (GE 110).

La santidad -como la amistad- no puede ser ni “triste, ni ácida, ni melancólica, ni tener un perfil bajo y sin energía” (GE 122).

Un proverbio chino dice que “La fuerza con que los amigos se hacen el bien es menor de aquella con que los enemigos se odian“. Es terrible esto. A mí me lleva a examinarme seriamente acerca de cuánta energía positiva y cuánta creatividad le pongo a cultivar mi relación con mis amigos. No para ponerme triste o melancólico por lo que he pecado de omisión en esto, sino para ponerme con renovada energía a imaginar gestos que puedan acercarles alegría y buen humor. Mis amigos son gasoleros y con poco andan un trecho largo.

La última nota de buen humor del Papa va por el lado de “no complicarla”: “El Señor nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados” (GE 127), dice el Papa. Y cita al Cohelet: “En tiempo de prosperidad, disfruta (…) Dios ha creado a los seres humanos rectos, pero ellos van a la búsqueda de infinitas complicaciones” (Qo 7, 14-15).

Es propio entre amigos de gozar con el bien del otro sin envidias ni mezquindades. Por eso es que caminan, codo a codo, la amistad y la santidad, o mejor, los amigos y los santos.

Diego Fares sj

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta,

y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

         La imagen de Jesús como “la vid verdadera” es una imagen que me suena tan familiar como la de “el buen pastor”, aunque está menos desarrollada. Al poner atención hoy en la imagen del agricultor (ge-orgós, “el que trabaja la tierra” – Jorge –), caí en la cuenta de lo poco “trabajada” que tengo esta imagen. Es paradójico, porque se trata precisamente de la imagen del Padre como un trabajador al que el tipo de tierra que cultiva -la viña- le da el nombre: Viñador.

La imagen es grande y humilde a la vez. Yo diría que lo que pasa es que me he quedado con la imagen de “el Padre del cielo”. Y esta otra “del Padre que trabaja la tierra” ha quedado más oculta. En este caso, Jesús se compara a sí mismo con la Vid, pero en otra parábola se comparará con el viñador que intercede ante el dueño de la viña para que no corte una higuera que no está dando fruto (Lc 13, 7). Es decir, podemos ver la unión entre el Padre y el Hijo bajo estas imágenes relacionadas con los que trabajan las plantas, uno que Poda y el otro que Intercede.

Me preguntaba por qué no resuena más profundamente en mis contemplaciones del Evangelio esta imagen de nuestro Padre como “el que trabaja la tierra”. Lo que Juan nos dice es que “el Padre es el que custodia y cultiva la unidad entre Jesús y los hombres “. Eso quiere decir que poda los sarmientos de la vid. Creo que no quiere decir, como se suele entender, que “corta personas” y las mande al fuego del infierno como sarmientos secos y estériles y cosecha para el cielo racimos de santos. Aquí la alegorización se va para el lado de la escatología que es verdadera pero no nos toca a nosotros. Si tenemos en cuenta que el Padre no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos y que Jesús va a buscar la oveja perdida, comparar las ramas secas con personas no me parece que deba acaparar todo el sentido de la parábola. Como pasa también con la del trigo y la cizaña. Es verdad que en la explicación el Señor dice que “la cizaña son los hijos del maligno”. Pero me parece que identificar muy rápido esta tarea final que solo hará Dios y dividir desde ya la historia en buenos y malos no es a lo que apunta el Señor con sus parábolas.

El Padre que trabaja la tierra, este Padre agricultor y viñador, apasionado por su viña, que despedrega el terreno, planta cada cepa, edifica una torre y un lagar, este viñador enamorado de su viña que invita a sus hijos a trabajar en ella y en tiempos de cosecha sale a buscar cosecheros a todas horas y les paga bien, este Paisano que poda las cepas con sus manos, no está preocupado por mandar ramas secas al fuego sino por que crezcan abundantes y bien ordenados todos sus racimos. La Vid es un solo  organismo, y todo lo que fructifica en Ella forma una unidad viviente, un solo cuerpo, en el que lo que se poda es, justamente, las partes que se han secado. Pero son aspectos, partes, no personas. Imagínense! Si estamos hablando de un Padre que se conmueve cuando se muere un pajarito! Como vamos a andar sacudiendo a otros con que el Padre los mandará al infierno. Si Jesús usa estas imágenes es para que cada uno se las aplique a sí mismo y esté atento y no para que haga sociología y vaya eligiendo desde ahora a los que irán para allá abajo.

Este problema de “alegorizar todo” (en este caso los sarmientos secos) ha sido detectado como algo que afecta a las parábolas y les quita su jugo y su vitalidad esencial. Pero así como la tendencia a alegorizar cada palabra puede terminar por desplazar el acento al destino final de las ramas secas, también está la tendencia a quitar todo valor a la alegoría y pensar que el Señor compara demasiado rápido al Padre con el Viñador y a sí mismo con la Vid. Por eso es que a la de la Vid no se le suele llamar parábola sino alegoría cosa que en mi mentalidad de uno que no es biblista suena a algo menor.

Sin embargo, insisto en que la imagen del Padre Agricultor es una imagen potente si uno mira su accionar. El Señor que en otros pasajes nos ha revelado que su Padre trabaja, que siempre está trabajando, no se anda con vueltas a la hora de compararlo con un simple campesino para que la parábola vaya directamente a revelar “cuál es su trabajo específico”.

En qué trabaja el Padre? Solo “creando”, como solemos pensar? Aquí nos hace ver que también trabaja “podando”. Lo decimos de nuevo: el Padre, que es el Terrateniente, el que plantó la viña y el que la alquila (y le va mal con unos que no le quieren pagar los frutos), el que contrata e invita a todos a trabajar en ella, es aquí el Podador. Es el que con su poda, ordena la planta para que de mas fruto y lo dé de modo armónico.

Se trata de una tarea muy precisa y que se hace a mano. Hace unos días me decía un amigo que tiene unas hectáreas de viña en Bríndisi, que las máquinas cosechadoras son hoy en día increíbles. Sin dañarlos logran cosechar todos los racimos de manera rápida y eficaz. Pero la poda, hay que hacerla a mano. Hay que saber elegir dónde están las yemas mejores, las más cercanas al tronco de la cepa, para que reciban la savia con más fuerza; hay que cuidar los sarmientos que se van para arriba o que se mezclan con los de la parra vecina y ordenar cada una de las dos ramas que se dejan para que carguen igual cantidad de racimos. Estas y muchas otras cosas más son las que realiza el viñador.

Es decir, aquí, el Señor nos regala una imagen poco desarrollada de un Padre trabajador, que con sus manos expertas y sus tijeras va podando… aspectos de su mismo Hijo y de los que estamos adheridos a Él. El trabajo es cuidar la unidad de su Hijo con los hombres. Von Balthasar dice que esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de la historia. Si estamos adheridos a Cristo, si “permanecemos en Él, por la fe y por nuestras obras de misericordia concretas que nos tienen unidos a los más pobres, colaboramos a la historia de la salvación. Si no, desparramamos, como dice Jesús en otra parte.

El Padre mismo se ocupa de cuidarnos en esta misión, de hacer que la Vida que proviene de su Hijo, brote con fuerza y crezca ordenada en la vid de modo que los otros puedan cosechar los frutos.

Esto es como decir que el Padre mismo se ocupa de que al salir a la misión a la que nos manda Jesús, nuestra relación con Él sea solida, limpia, bien ordenada.

Esto nos da un punto concreto donde focalizar la mirada cuando rezamos el Padre nuestro. Un punto que no es en lo indefinido del Cielo, a donde solemos apuntar cuando rezamos y que hace que nos quedemos en babia como los discípulos cuando se quedaron mirando al Cielo después que la nube tapó al Señor en la Ascensión. Nada de eso, a nuestro Padre agricultor hay que verlo con las manos en la maraña de hojas y ramas entremezcladas de nuestra vida, podando y limpiando, en orden a la misión. Misión que consiste en dar frutos pero no de cualquier manera o como si uno llevara productos a supermercados extranjeros. El Padre cuida que demos frutos unidos a Jesús.

Una imagen panorámica de la tierra lo primero que nos dice es que la viña está “desordenada”. Que hay lugares donde hay exceso de racimos (y una maraña de ramas secas que tuvieron vida en un tiempo y que hoy son esas basílicas-museos que abundan en Europa, por ejemplo) y en otros la vid no se ha extendido lo suficiente.

Cuando el Papa nos habla de una Iglesia en salida, está hablando de una Iglesia que se deja guiar, ordenar y podar por las Manos del Padre, que la orienta a dar fruto en toda la tierra de manera bien distribuida y cosechable. Es la Iglesia misionera en todos sus miembros y no solo en algunos.

Lo que quiero decir es que no se trata de una simple alegoría sino de una parábola dramática. Sólo que no se trata aquí de una imagen tomada de la vida cotidiana para ilustrar las cosas del cielo, sino de una rápida subida al cielo, conectando la imagen del Viñador con el Padre, para bajar ahí nomás a las cosas de la tierra – a la poda – y mostrarnos en qué consisten esas “cosas del Padre” en las que Jesús trabaja codo a codo con Él.

Jesús nos unió consigo para siempre. Unió su destino al nuestro, al pasar por la pasión y la muerte en Cruz; se quedó con la marca de las llagas como signo de que su unión con nosotros es bien carnal, sin alegoría alguna. Nos alimenta con su mismo Cuerpo y Sangre y nos restaura con el sacramento de la reconciliación cada vez que nos apartamos de él. Nos dio su Espíritu que nos hace “alegrarnos y exultar de gozo” en esta unión con Jesús resucitado. Pero el Padre se reserva para trabajar con sus propias manos el que toda esta gracia “se ordene” para bien de todos sus hijos.

En concreto, esto se discierne ahí donde hay que meter tijera, en la poda, en el corazón de los conflictos, donde hay que podar sin asco (no arrancar cizaña de un trigal sino podar una rama seca en una vid) y elegir el mejor lugar para que crezca el racimo y de buen fruto. Ahí, en las decisiones que hacen a la “circulación” de la vida de la Iglesia de modo que alcance a todos, especialmente a los más alejados y necesitados, ahí está el Padre, el Antiburócrata!, el que le corta la carrera a todos los trepadores, que usan sus “zarcillos” para trepar ellos solos y no para adherirse a la Vid de modo que se extienda.

Y el discernimiento es entre un modo de obrar “paternal” y un modo de obrar “no paternal”. Hay un solo modo de ser padre y mil modos de no serlo. Y esto no se puede explicar con palabras. Todo hijo “sabe” (aunque a veces patalee y tarde en darse cuenta) lo que es una  decisión amorosa por parte de su padre. Las actitudes no paternales para podar conflictos las conocemos. Van desde las excusas técnicas de los que hacen recortes en los sueldos y subas de tarifas hasta aquellos para los que despenalización significa desresponsabilización, porque solo conciben la actitud legislativa de un Padre bajo la forma de “si no te castigo, hacé lo que quieras y arreglate”.

La paternidad – que es también maternidad – es el criterio de discernimiento para saber “de qué lado está Dios”. En el Concilio un obispo africano decía que para ellos no era importante “definir” a Dios sino saber “de qué lado está”. Pues bien, en las podas de la historia, el Padre está del lado de lo que une vitalmente a sus hijos con su Hijo. Si poda algo es porque está seco, no poda nada vivo porque le moleste: su Gloria es que el hombre viva. Todos los hombres, todo el hombre, sin mirar su condición, situación o grado de desarrollo.

Si nos conmueve mirar a Jesús apasionado (envuelto por los golpes de la pasión), más puede conmovernos imaginar a nuestro Padre con la rodilla en tierra, metido entre sus cepas, podando sarmientos y eligiendo racimos.

Pedimos al Santo Espíritu que nos haga sentir en nuestras manos, cuando nos arremangamos y las metemos en la masa y nos embarramos, las manos paternales de nuestro Padre, que trabaja en la tierra como en el cielo. Trabaja para que venga su reino y nos poda para que el reino llegue a todos y no lo enterremos en nuestros territorios privados y en nuestros salones de invierno, esta es su voluntad. Trabaja para que tengamos pan y nos poda  no tanto los pecados (esos los perdona) sino nuestras “tendencias”, especialmente las que impiden que el fruto llegue a los otros y no tanto los que nos molestan a nuestro perfeccionismo vanidoso. Trabaja para que no caigamos en la tentación, no solo de la carne sino en la tentación del espíritu Maligno, que nos divide entre nosotros y quiere dividirnos (por algo es “diablo”) del Amor de Jesús.

El Señor nos dice que si dejamos que el Padre meta mano así en nuestras fibras más hondas, si nos dejamos “expropiar” para “pertenecerle a Él” podemos pedir lo que queramos que nos los concederá. No es poca cosa esta promesa para un corazón misionero que siente cuánto hay que pedir para los demás!

Diego Fares sj.

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona las abandona y se escapa -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

No sé si será tan así como lo voy a decir, pero para mí que a la imagen del mercenario no hay que oponerle la de un buen pastor individual sino la de una cooperativa de pastores. Porque, como decía un cura amigo, Jesús eligió pescadores, no pastores. En los pescadores se ve mejor esta imagen de cooperativa, ya que ni siquiera es posible imaginar un pescador que se lance al mar a pescar solo. Los pescadores solos pescan con caña y lo hacen más bien por hobby. El Señor eligió pescadores que sabían trabajar en cooperativa: compartir barcas, redes, costos y ganancias. Con los pastores imagino que sería también algo así. Por algo guardaban varios rebaños juntos y cada uno llamaba a las suyas por su nombre. Más se confirma esta idea cuando sentimos que Jesús nos habla de que habrá un solo rebaño. Cooperativa de ovejas, digamos, requiere cooperativa de pastores. El único Pastor patrón, si aún queremos usar esta imagen, es Él: el Pastor bueno y hermoso. Y aunque era el dueño se cooperativizó con los apóstoles y el modelo va por ahí. El asunto es que al mercenario no se le opone el dueño como patrón sino la cooperativa.

La imagen de la cooperativa es de Don Tonino Bello, obispo de Molfetta, donde fue ayer el Papa ya que se cumplían 25 años de la muerte de este siervo de Dios. Le preguntaban sobre la oración, la suya y la de su diócesis, y que le aconsejaría a uno (de sus curas) que dijera que le costaba encontrar tiempo para rezar. Don Tonino decía que las exhortaciones verbales no servían mucho, ya que en el seminario estas cosas se dicen hasta el cansancio, pero que quizás sirviera hablar desde la experiencia. Y testimoniaba que: “quizás un poco tarde, me dí cuenta que habría podido invertir mejor mis recursos asociándome en cooperativa con el Señor. Cosa que hice apenas me di cuenta. Es verdad que esta nueva forma de empresa me obliga a perder un tiempo considerable con mi  Socio para la planificación consensuada del trabajo, para la elaboración bilateral de los proyectos, para la verificación de las actividades y la revisión contable: sin embargo, a parte del placer de gozar de la amistad y de la confianza de este Socio de verdad excepcional, tengo que decir que el peso del trabajo y el cansancio se reparten y que las cuentas dan. Palabra de hombre”.

Me gustó mucho esta imagen de la cooperativa: cooperativa con el Señor en la oración y en el trabajo… cooperativa entre pastores, cooperativa entre pastores y ovejas… Un solo rebaño es una imagen conclusiva. Nuestro único dueño se cooperativizó libremente. Esto como para terminarla de una vez con el papa rey, los obispos príncipes, los curas patrones de estancia y los laicos que se las tiran de ovejas para no asumir sus responsabilidades (como no soy príncipe ni patrón que se arreglen los curas, no vaya a ser que me pidan responsabilidades). Este mutuo negocio se llama “clericalismo” y está mal consentido por muchos pastores y muchas ovejas. Es un negocio de peluquería, como decía Bergoglio en sus años jóvenes, en el que los pastores son peinadores de ovejas y a las ovejas les gusta juntarse en rebañitos selectos y no mezclarse con los otros rebaños.

La imagen de la cooperativa de Don Tonino me pegó fuerte por todos los años que dedicamos a la cooperativa padre Hurtado en el Hogar, que anda caída ahora pero yo confío que resucitará, ya que si hay un proyecto válido y profético para todos, va por ese lado. La cooperativa nació de una idea un poco loca, siguiendo lo que decía Juan Pablo II sobre el trabajo. Que todo el mundo tenía que trabajar y tener trabajo y que si para los más pobres o con alguna discapacidad no había estructuras adecuadas había que “crearlas”. Así de simple: crearlas. A como diera lugar. Y eso hicimos.

Con todos los errores humanos y todas las fragilidades del mundo y todo el desgaste, en primer lugar del laico que la presidió por muchos años y de todos los socios que, como iluminadamente dijo uno un día (y me hizo caer la ficha), compartían los gastos. Porque compartir ganancias puede resultar fácil, especialmente si son abundantes. Cuando son pocas, vienen los problemas. Pero animarse a compartir los gastos de otros, eso sí que es asociarse. Digo que me cayó la ficha porque comprendí dos cosas: una que eso era lo que había hecho Jesús: venir a compartir los gastos nuestros, hacerse cargo de las deudas de la humanidad. La otra, que los pobres que se habían hecho socios de la cooperativa, habían crecido en conciencia no solo más que los otros huéspedes y comensales del Hogar sino también más que yo como director y más que los otros colaboradores -voluntarios y pagos- que muchas veces seguíamos con nuestras pequeñeces de hacer cada uno la suya actuando cada uno como principito o princesita de su metro cuadrado de ciencia y de poder.

Cooperativizarte te humaniza. Ser socio -compañero de Jesús, como decimos nosotros los jesuitas- te hace crecer. Por supuesto que los modelos cooperativistas, dirá alguno, no siempre funcionan en el mundo salvaje de hoy y tienen sus contras. Un taxista que se quejaba de que ese día había trabajado ya ocho horas y todavía no había juntado la parte que era para el dueño, me decía que prefería esa esclavitud a juntarse en cooperativa con otros taxistas, porque eran tan individualistas que, además de los problemas del trabajo, tenían que lidiar con las discusiones infinitas entre ellos. Me pareció una imagen muy gráfica del mundo actual, en que preferimos ser esclavos de un patrón que nos asegura un sueldo, aunque sea poco, a juntarnos creativamente entre pares. Los movimientos populares, sin embargo, muestran otra tendencia, y con todos sus defectos, tienen esta virtud de fondo que es la de hacer de la cooperación el centro de toda empresa y actividad humana.

Pero el asunto no era tanto reflexionar sobre la coopertiva padre Hurtado o los  movimientos populares, que ya tienen quiénes los bendigan, sino sobre cómo hacer para no ser un mercenario.

Ser mercenario es una de las “mundanidades espirituales” de las que habla el Papa. Ser mercenario es separar el tiempo personal del tiempo de la misión, lo que a larga lleva a tener dividido el corazón, porque el amor se alimenta de tiempo, fundamentalmente. Y sobre todo de tiempos libres, que es lo que en una cooperativa se usa para las reuniones de planificación, de verificación y de balance, o sea, en nuestro caso, para la oración entre socios, diríamos. Aquí, dado que siempre estoy en rojo en mi balance, me ayuda otra imagen de Don Tonino, que dice que la oración es como los vasos comunicantes y la de algunos que rezan mucho llena la de todos y tapa muchos huecos. Es así que en esta cooperativa de la oración, a la que estas contemplaciones desean estimular a que muchos participen pensando en el bien propio, la oración de algunos de ustedes llena los baches que tenemos otros. En el fondo, mandar estas contemplaciones cada sábado, para mí, siempre ha tenido (aunque yo no lo supiera desde el comienzo) la intención de cooperativizar mi oración para recibir la ayuda de la de muchos otros que al rezar ellos también rezan por mí. Como decía Camargo, en una expresión cooperativa: cuando uno reza por todos, todos rezan por él. Así que rezamos todos por todos y -concluía, con una expresión de esas que se imprimen en la memoria, al estilo Brochero- “el que no reza es un chancho”.

Y para terminar, ya que las cooperativas mezclan bien el trabajo y la contemplación, un cambio de nombre para estas contemplaciones inspirado en la genialidad de Don Tonino que ayer destacó el Papa y que nos viene al dedillo a los jesuitas. Don Tonino decía que todos tenemos que ser “contempl-activos”. Síntesis verbal luminosa de la expresión ignaciana de ser “contemplativos en la acción”. Así que a partir de ahora estas serán -desean ser- “Contemplacciones del Evangelio”.

Pd. Les dejo una película casera sobre el Taller de Artesanías San Roque González que hizo Guillermina Lenz y en el que incluyó al final el único “corto” que filmé en mi vida, al quedar encantado una mañana contemplando cómo trabajaban en silencio con sus manos nuestros artesanos y al que le puse la música de Mercedes Sosa y se convirtió para mí en una maravilla

https://www.youtube.com/watch?v=o2Fa71_WRDE

 

La imagen del Señor resucitado nos muestra una resurrección que se le sale por los dorados del mosaico: brilla en las llagas, en el vestido y el manto, en los cabellos y la barba, y más que nada, en el espacio que lo circunda y en la herida de su Costado abierto, en la llaga de su Corazón.

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraronentonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

  • «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

  • «Si no veo en sus manos la señal de los clavosy no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

  • «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:
  • «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

  • «Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

  • «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»
  • Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

 

El Anuncio de la Resurrección requiere discernimiento. Hemos visto cómo las discípulas tuvieron que discernir que ese miedo que se apoderaba de ellas y las hacía callar el Anuncio, era del mal espíritu. Hoy los discípulos tienen que discernir la Paz que el Señor les da repetidas veces y la alegría que sienten al ver al Señor resucitado..

En qué sentido digo discernir? En el sentido de que no toda paz y toda alegría son lo mismo. La Paz de Jesús es algo totalmente especial. El Señor ya les había dicho que su paz no era como la que da del mundo. Y lo mismo podemos decir de la alegría: el Señor les había prometido una alegría que nadie les podría quitar. Hay que discernir, por tanto, entre paz mundana y Paz de Jesús, entre alegría que nos pueden quitar y Alegría que nadie nos puede robar.

Este fue el primer discernimiento que hizo Ignacio, el que “hizo que se le abrieran los ojos” cuando discirnió que la Alegría que experimentaba al leer el Evangelio y la vida de Cristo “duraba” después que había cerrado el libro. En cambio la alegría que le daban los libros de aventuras se esfumaba al terminar de leer. Más aún, la Alegría del Evangelio le daba deseos de ir a Anunciar el Evangelio a todos. Era una alegría misionera. La otra en cambio era una experiencia sólo suya (aunque uno cuente que le gustó una serie o una película no es que ande empujando a todos a que la vean. Cada uno tiene sus gustos).

 

Discernir la Alegría, discernir la Paz.

Con la Alegría de ver al Señor Resucitado a los discípulos les pasará una cosa que parece extraña y sin embargo es muy común. Uno de los evangelistas dirá después que “de la alegría que sentían no podían creer”. A mucha gente le pasa en Ejercicios que cuando tienen una consolación grande y sienten algo que nunca habían sentido, primero gozan de esa experiencia única que los hace sentir amados por Dios y creer en Jesús, pero luego les vienen dudas. Será verdad algo tan especial? Y surgen los miedos: qué me irá a pedir Dios ahora?

Qué y cómo hay que discernir? Hay que discernir la Paz y la Alegría y hay que hacerlo volviendo a leer estos Evangelios de la Resurrección en los que se contienen todos los criterios de discernimiento que el Espíritu nos va revelando en la medida en que lo necesitamos cada vez.

Una clave que encontramos en este evangelio está en el hecho -significativo- de que Jesús les de la Paz tres veces. Es como si cada vez que se presenta y también durante su Visita, el Señor tuviera que darles de nuevo el don de su Paz.

Qué quiere decir esto? Entre otras cosas, significa que no tenemos que “dejarnos llevar” por el fluir de los sentimientos.

Nuestros sentimientos tienen su secuencia natural, distinta en cada uno, de acuerdo a su historia y a sus experiencias de vida. Recuerdo un comensal del Hogar al que la alegría que sintió cuando le dimos a soplar la velita en el festejo de los cumpleaños le trajo el recuerdo de que nunca le habían festejado uno. No tenía memoria de festejos de cumpleaños. Y la alegría presente se le mezclaba con la pena honda del pasado. Por eso digo que hay que discernir bien la Alegría del Señor Resucitado y separarla de las nuestras.

En los Ejercicios Ignacio hace pedir: “gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor” (EE 241). Es decir: pedimos la gracia de alegrarnos y gozar “por Otro“.

Humanamente todos tenemos experiencia de estas alegrías gratuitas, enteramente centradas en la alegría del otro. Es la alegría de los padres que ven que se recibe o se casa su hijo, es la alegría del amigo que ve premiado a su amigo. Cuando uno se alegra por la alegría de alguien amado, si surge algún sentimiento de autorreferencia, de comparación, de celos o de tristeza, rápidamente se disciernen como del mal espíritu y uno vuelve a concentrarse en gozar con el gozo del otro y alimentar ese sentimiento nos confirma en el bien.

Cuando uno se concentra en la alegría del otro, esa alegría es pura. Por que? Por que  uno se alegra de que el corazón del otro se dilate por el bien que recibe y eso nos hace comprender dos cosas: una, que el bien es difusivo de sí, el amor se irradia como irradia su luz y su calor el sol; la otra, que la medida para gozar y recibir un bien es única en cada uno. No puedo gozar como goza el otro. Si quiero alegrarme me debo dejar inundar por el mismo bien que dilata el corazón del otro y dejar que dilate el mío y me de su medida teniendo en cuenta la mía.

Este es el discernimiento base con respecto a la alegría. Podríamos decir así: es tentación (mala y mentirosa) entristecerse por la alegría de otro. Es tentación ese pensamiento que puede surgir y que dice: por qué yo no puedo alegrarme como el otro, como se alegraba Ignacio o como se alegró María Magdalena o los discípulos al ver a Jesús? La tentación quiere hacerme “sacar la mirada” de la gloria y gozo del Señor resucitado, de la alegría que sienten los discípulos y los santos, para que, en vez de dejar que me contagien y me incluyan, me mire a mi mismo, mire mis límites y siga el curso acostumbrado de mis sentimientos.

La Alegría del Evangelio es contagiosa, se irradia, es esencialmente misionera, se transmite íntegra de corazón a corazón por el kerigma, por la fuerza con la que un santo expresa que Jesús ha resucitado y le ha cambiado la vida. Por eso el punto es “no sacar la mirada” de la Alegría del Otro.

Y aquí viene de nuevo lo de la Paz. El Señor, cuando ve que su presencia produce estos movimientos de autorreferencia, vuelve a darles la Paz.

Esta segunda Paz viene a decir: estate en paz con tu alegría.

La primera paz ahuyenta el miedo. La segunda paz nos reconcilia con la alegría.

Tan importante como vencer el miedo es, en un segundo momento, dejar que se establezca -que reine- la alegría. La alegría hay que dejarla que dure, que se expanda todo lo posible, inundando de luz todos los rincones del alma, sanando las heridas que produjeron las alegrías a medias, esas que la vida “nos dio y nos quitó” y que dejaron marcas de desilusión.

El Señor establece el Reino de su alegría asegurando que “nada ni nadie nos la pueda quitar”. Pero fijémonos que esta “inrobabilidad” de la alegría no es algo nuestro. Lo que no nos pueden robar es el hecho de que el Señor nos la vuelva a dar una y otra vez, incansablemente. El Señor no se cansa de darnos la paz.

Es decir: no se trata de una alegría que se nos de “en posesión”, como si fuera cosa nuestra. Esto no tiene sentido, porque se trata de Su Alegría, de la Alegría que Jesús experimenta en su Carne resucitada, amando al Padre no solo como Espíritu sino como Dios-hombre, como Palabra encarnada. Nadie nos puede robar esto que sentimos cuando Jesús se nos acerca lleno de Alegría, cuando se hace presente en medio nuestro, cuando nos parte el Pan o nos explica las Escrituras, cuando nos perdona los pecados y cuando nos sopla su Espíritu para que vayamos a dar la paz y el perdón a todos los pueblos y naciones. Esta es la alegría misionera que nadie nos puede quitar. Y tenemos que discernirla de las alegrías “nuestras”, esas que van y vienen de acuerdo a cómo es cada uno.

Ponernos en paz con su Alegría, ese es el oficio de Jesús resucitado. Ignacio lo llama “consolar como un amigo consuela a otro amigo”. Consolar es quitar el miedo y establecer la alegría, haciendo que reine, que juzgue sobre cada cosa, que legisle y que imprima el tono con que deben hacerse las cosas.

En este sentido podemos decir que todo el magisterio del Papa Francisco consiste en compartirnos los criterios de discernimiento que brotan de la Alegría.

En Evangelii gaudium, Francisco nos enseña que la alegría del Evangelio es una alegría misionera, que si no la dejamos salir, se nos convierte en algo extraño: la Iglesia que no sale a anunciar la alegría del evangelio y se dedica a querer custodiarla dentro de sí, se vuelve rígida, intemperante, se endurece en su verdad y se le agría el corazón. No tiene sentido querer “custodiar” y defender una alegría que el Señor nos dio y nos tiene que dar de nuevo, como la Eucaristía, cada día!

En Amoris Laetitia, Francisco nos enseña que la alegría del amor familiar es la de un amor que abraza toda la vida de las personas, un amor cuya lógica es la de “reintegrar” y no la de “marginar” (AL 294). En esta exhortación a las familias el Papa Francisco y los dos Sínodos hicieron entrar el discernimiento como trabajo del que ningún cristiano puede excusarse. Nadie puede sustituir mi conciencia y mi responsabilidad personal. Ese discernimiento toma a cada familia concreta -“no existen familias perfectas”- como está, y la acompaña en su camino hacia adelante: hacia el logro de un mayor abrazo de todos sus miembros, especialmente de los niños y ancianos. La iglesia saca la mirada de la lógica abstracta del “esto se puede, esto no se puede” e invita a las familias a poner la mirada en la lógica del amor: un amor que usa los criterios de la misericordia para con los pecados, los criterios de la esperanza para apuntar siempre a una mayor perfección y los criterios de la concretez, para el paso adelante que cada uno puede dar hoy para crecer en ese amor.

En la Encíclica Laudato sii, Francisco nos invita a hacer un discernimiento ampliado: nos hace ver que la alegría es personal, social y ecológica a la vez. No hay alegrías privatizadas: la alegría verdadera, hoy más que nunca, debe abrirse a abarcar todas las dimensiones del ser humano y del planeta.

Y ahora, como anunció hace dos días, Francisco nos compartirá una nueva exhortación apostólica sobre la santidad en el mundo actual. Se llama “Alégrense y exulten” y del título mismo se ve cómo se afianza este discernimiento de y por la alegría en el que Francisco insiste en este momento histórico de gracia que nos toca vivir.

 

Diego Fares sj

 

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