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“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos  y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo: «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.» 

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío. » Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.» 

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Mirando las cosas desde nuestra perspectiva (como testigos de Jesús resucitado, enviados a proclamar la buena noticia a todos los pueblos) nos animamos a aclararles algunas cosas que les pueden ayudar. Cuando decimos “nuestra perspectiva” tenemos en cuenta fundamentalmente dos cosas: una, ese carácter especial que tiene nuestra perspectiva, dado que quedó signada por el acontecimiento único del que fuimos testigos. Está claro que no fue por mérito nuestro: fuimos testigos del Resucitado por la misericordia del Altísimo, por la amistad con que nuestro Maestro y Señor se dignó honrarnos y por la fuerza que nos comunicó el que es Señor y Dador de vida, el Espíritu Paráclito. Sin ellos no seríamos más que una nada en la historia de la humanidad.

La otra cosa para tener en cuenta es que nuestra perspectiva tiene al mismo tiempo un carácter común con todas las demás perspectivas humanas, como es provenir de una cultura y mentalidad que en nuestro caso era la de hombres de hace dos mil años. 

Dos mil años pueden parecer muchos. Lo son para la parte común de una perspectiva. Pero no tienen mucha importancia si uno atiende a lo especial: los hechos únicos dan al que los ve y experimenta una perspectiva que tiene algo de absoluto y que lo cambia para siempre. 

Pienso en la conciencia del que por primera vez dio la vuelta al mundo o del que puso los pies sobre la luna. ¡Imagínense lo que es haber visto a Jesús resucitado!

Vemos que está de moda entre ustedes un libro que juega con la historia del universo y de la humanidad abarcando grandes períodos de tiempo y marcando cambios significativos, de manera tal que al que lee se le cambia la perspectiva de una manera alucinante. Habla, por ejemplo, de tres grandes revoluciones: la primera fue la revolución cognitiva (hace 70.000 años) en que apareció el lenguaje (que él llama “ficticio”) que comenzó la historia. Luego vino la revolución agrícola (12.000 años). Y por fin, la actual revolución científica, en que la humanidad “admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder” sin precedentes. 

La revolución científica, para Y. N. Harari (De animales a dioses), se basa en tres puntos fundamentales: 

A) La disposición a admitir ignorancia (ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho). 

B) La centralidad de la observación y de las matemáticas para ir adquiriendo siempre nuevos conocimientos (que pueden poner en entredicho todo lo sabido hasta ahora, religiones incluidas). 

C) La adquisición de nuevos poderes (no solo de nuevas teorías). 

Harari pone el ejemplo de un hombre del año 1.000 dC que se duerme y despierta en 1.492 viendo cómo se preparan las carabelas de Colón. Todo lo que ve le parecerá bastante familiar, dice. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone, se sentiría, sin lugar a duda, en un mundo extraño más allá de toda comprensión. 

Pues bien, en este diálogo que hemos abierto con ustedes, nosotros nos hemos descalzado de nuestras sandalias y nos hemos puesto unas de esas Nike -muy cómodas, por cierto- que fascinan a la generación de ustedes tanto como los iPhone, y constatamos algunas cosas que nos gustaría compartir.

Es verdad que los aparatos que ustedes utilizan parecen cosa de fábula a nuestros ojos y mentalidad de hombres de hace 2.000 años. Sin embargo, les confesamos que a los muy antiguos nos pasa como a los niños: aprendemos rápidamente. La prueba es que estamos charlando con ustedes usando Word y subiremos estas reflexiones a un blog que nos han prestado para que nos podamos hacer oír.

Pero lo que nos llamó enseguida la atención, gracias a nuestra perspectiva especial, esa que les decíamos que se nos abrió gracias a haber sido testigos de un hecho único como fueron nuestros encuentros con el Señor resucitado, es una especie de desviación (no culpable por supuesto) que se ha producido en la relación de la fe de ustedes con su cultura. Les señalaremos lo que para nosotros es un error de perspectiva que vemos en su fe, no en sí misma, en cuanto fe, sino en la capacidad o incapacidad que tiene la fe de “explicar” el sentido del universo y de la historia. Capacidad o incapacidad que esta fe revela cuando entra en contacto con una cultura.

En nuestro tiempo, nos entusiasmamos mucho al ver que nuestra fe en el Señor resucitado respondía a todas las promesas hechas por Dios a nuestro pueblo. Vimos luego, más entusiasmados aún, que respondía a las expectativas de la cultura griega y romana, imperantes en aquel tiempo. Fue esto lo que nos llevó a escribir tantos libros y a hacer una síntesis universal entre la sabiduría de Israel, la filosofía griega y el derecho romano. Pues bien, todo esto duró 2.000 años y, desde hace un tiempo, se ve que ha comenzado a desmoronarse debido a esa “revolución científica” de la que hablan ustedes. Cada vez más gente ni siquiera siente la necesidad de plantearse si cree en Dios o es atea dado que “están convencidos” de que “todas sus creencias” son “ficticias” (fruto de esa revolución cognitiva que creó el lenguaje ficticio) y “serán superadas por otros conocimientos más comprobables” (revolución científica actual que es consciente de su ignorancia y de su poder) (Harari). 

Nosotros vivíamos una época en la que nuestra fe “respondía” a las preguntas que se hacía la gente. Ustedes, en cambio, viven en una época que pone entre paréntesis todas las respuestas (y también todas las preguntas).

Vamos entonces a nuestro punto. Lo que queremos decirles es que el testimonio que nos mandó a anunciar el Señor Jesús resucitado no tiene que ver (sino en segundo o tercer lugar) con las expectativas que conforman la mentalidad de una cultura o generación. Y tampoco tiene que ver con la falta de expectativas de otra. Por dos mil años nuestra teología (nuestra reflexión sobre la fe) respondió a todo y ahora parece que no responde a casi nada. Ver esto, gracias a que ustedes están en medio de un cambio de paradigmas muy grande (sabiendo que habrá siempre otros mayores todavía), a nosotros que venimos de lejos, nos permite relativizar “todas las ideas y paradigmas”, no solo las anteriores. Y reafirmar que nuestro anuncio es mucho más que una idea y que un paradigma, tanto si sintoniza con otras ideas y paradigmas o se opone a ellos (sean judíos, griegos o postmodernos).

Como durante dos mil años nuestra teología parecía responder a todo, ahora parece no responder a nada. Pero nuestro anuncio no se dirige en primer lugar a responder, sino a proponer algo enteramente y siempre nuevo.

Aquella tarde del primer día después del sábado (que se convertiría en el día del Señor o domingo, y cambiaría para siempre nuestro día religioso -el sábado-, no en el sentido de sustituirlo, sino estableciendo que las cosas del reino de Dios se darían en otro tipo de “día”, en el tiempo especial de la Gracia),  estando las puertas cerradas del lugar donde nos encontrábamos los discípulos, por miedo a los que lo habían crucificado, vino Jesús y se presentó en medio de nosotros y nos dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, nos mostró las manos y el costado. 

Aquí está lo que queremos decirles! Aquello de lo que damos testimonio no es una idea, sino una paz. La paz que nos dio Él al mostrarnos sus manos y su costado. Uno de sus “asistentes inteligentes” -Siri-, define así la paz: “Ausencia de inquietud, violencia o guerra”; y también: “estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad”. La paz que Jesús nos dio y que transmitimos al que desea recibirla (si no nos vamos a otro pueblo) nos quitó los miedos y nos equilibró entre nosotros con un mismo estado de ánimo, que se convirtió en criterio de discernimiento de todo lo que iríamos pensando y sintiendo de ahí en más. 

Esto es clave para todas las personas, épocas, culturas y mentalidades. Si lo que reciben cuando nos escuchan es esta paz, luego podrán asimilar todo lo demás. Si no reciben (si  no pueden captar, ni hacerse conscientes, ni aceptar) esta paz, las ideas que vengan después no les servirán de mucho. 

Nos alegramos entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús nos dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre nosotros y nos dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» 

Esta segunda paz que nos dio el Señor es también lo segundo que comunicamos nosotros como testigos y apóstoles cuando anunciamos el Evangelio. Damos primero la paz que quita el miedo y la reforzamos luego con la paz que da impulso espiritual. 

Esta paz que dinamiza e impulsa a ir para adelante es una paz que Jesús quiso no solo dar Él, sino que la consolidó con el envío del Espíritu Santo. Y aquí viene el punto importante para ustedes: la paz que da Jesús la consolida el Espíritu con el perdón o la retención de los pecados. Esta es nuestra acción, el discernimiento que tenemos que hacer con respecto a la vida de aquellos que se incorporan a nuestra fe. Nosotros perdonamos pecados en su Nombre: bautizamos, confesamos, ungimos. Y otros pecados, los retenemos. Retenerlos no significa juzgar y condenar al otro, sino dejar los pecados en suspenso para que juzgue el Señor. Nosotros seguimos adelante, ocupándonos de hacer el bien y no de cortar cizaña, junto con aquellos que se quieren dejar perdonar los pecados.

Esto es lo absoluto de nuestro anuncio, no otras cosas. Lo absoluto es que el Señor sigue dando la paz, sigue quitando los miedos, sigue dando su Espíritu y sigue, a través nuestro, perdonando los pecados de los que se suman y dejando en suspenso los de los que no.

Se trata de experiencias, no de ideas. De experimentar su paz, como la experimentamos y transmitimos nosotros, y de experimentar su misericordia (o su paciencia, con los que no la experimentan todavía). 

Que las ideas que brotaron de 2.000 años de reflexiones en diálogo con la fe estén hoy en crisis no le quita ni le agrega nada a esta fe de fondo. Lo único que dice es que la humanidad evoluciona, que el conocimiento siempre progresa y que cada generación tiene el desafío de hacer dialogar la fe con las nuevas realidades culturales y científicas.  

Nuestro querido Tomás, que ahora se suma a nuestra voz común (Jesús nos enseñó a hacerlo todo como un gran nosotros, inclusivo y siempre mayor) es un buen ejemplo de esto que decimos. Su duda se expresaba en términos de “ver la señal de los clavos y meter su dedo en las llagas”. Hoy a ustedes eso no les bastaría. Necesitarían una prueba de ADN y de otros instrumentos y maneras más “científicas” de ver y de tocar. Por eso el Señor le dijo (y dijo para todos): Felices los que creen sin haber visto. Felices los que creen y experimentan la paz y la misericordia del Espíritu y se ponen en camino para anunciar y misericordiar a los demás. En este diálogo entre la fe y los paradigmas humanos, la fe tiene un aspecto especial que no cambia: es pura fe en Jesús resucitado que se anuncia y comunica de corazón a corazón.

Diego Fares sj

“Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María, la adre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ir a ungirle . 

Y muy de madrugada, el primer día de la semana, vienen al sepulcro, salido ya el sol. Y se decían entre ellas: 

¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Y mirando atentamente, observan que la piedra había sido corrida a un lado; era una piedra muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, cubierto con una túnica blanca y quedaron estupefactas.

El les dice:  

No teman. 

Buscan a Jesús, el Nazareno Crucificado. 

Ha resucitado, no está aquí. 

Miren el lugar donde lo pusieron. 

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro: 

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo.

Y saliendo huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo” (Mc 16, 1-8). 

Contemplación

Años después, las tres piensan que ha estado bien la escena que ha elegido Marcos para terminar su evangelio. Aunque a algunos les haya parecido insuficiente y otros de la comunidad hayan agregado finales más “finales”, a ellas les parece que él, en la escena que ellas les contaron a los discípulos una vez que se les pasó el miedo, captó la fuerza del Anuncio que les hizo el ángel y lo enmarcó perfectamente en los sentimientos que ellas experimentaron, tanto al ir al sepulcro -decididas-, como al huir del sepulcro -temblando y estupefactas-, y no contar nada a nadie por un tiempo. Las tres concuerdan que es un final vivo, que abre los ojos a fe y a la sorpresa que viene de la vida, y no un final literario, que atrae las miradas y sentimientos a la perfección de la propia forma.

Las tres están esperando a que caiga el sol y termine el descanso ritual del sábado. Saben que está permitido ocuparse de los muertos aún en sábado, pero quieren esperar. No sienten apuro porque su corazón “está allí, donde sepultaron a Jesús”. Apenas se pone el sol, salen hacia la casa donde comprarán los perfumes. La ciudad está desierta. Hay un extraño silencio. Como si fuera un tiempo de peste y la gente temiera salir de casa. Ellas son las únicas que se mueven por las callejuelas vacías. José les ha dado el dinero para comprar los perfumes. Es mucho dinero. La señora que las atiende sabe para qué van y las deja elegir lo mejor. Y ellas le dejan todo el dinero, sin contarlo. Cuando salen, ya es de noche. Regresan a casa. La ciudad sigue vacía, desierta. Calientan algo de sopa y se acuestan en silencio. No hace falta que hablen porque todas piensan lo mismo y por eso se entienden sin hablar, haciendo cada una lo que le toca. 

Ella se mira las manos y acerca la mano derecha a su rostro para verla bien en la penumbra de la habitación. No se ha lavado desde el viernes, desde que aferró sus pies cuando lo bajaban y ella sintió que se deshacía en un llanto atroz que le desgarró la garganta, aunque no emitió sonido alguno. Le quedan aún pequeños rastros de sangre en la mano. Los besa y se le abren los ojos muy grandes abarcando la oscuridad de la habitación donde se escucha la respiración inquieta de María y de Salomé que duermen agotadas. No tiene sueño ni siente el cansancio que tiene. También sus oídos hacen fuerza por abrirse lo más posible -atenta- en medio del silencio oscuro de la noche. Piensa en la Madre. Se ha quedado en casa de Juan. Ella seguramente tampoco duerme. A los soldados les dijo que ella era “de la familia” y la dejaron pasar. ¡De la familia! Repite las palabras para sí. Se abraza a ellas como se abrazó a la cruz, antes de que lo bajaran. 

De golpe las otras dos se despiertan al mismo tiempo y todas se levantan sin decir palabra. Es muy de madrugada, pero ya cantan los pájaros. Pronto aclarará. Juntan todas las cosas que han dejado bien ordenadas sobre la mesa y salen sin tomar agua siquiera. La ciudad sigue desierta, pero el silencio ahora es de sueño y no de congoja como ayer. Es el silencio que ha pasado página y dejará lugar a los ruidos habituales de la vida que continúa. No es como el del viernes a la noche, ni como el del sábado, que era un silencio lleno de vergüenza y vacío (“vacío”, esa es la palabra que describe todo). Caminan decididas, sin apuro. En lo alto de las casas y de los árboles pegan los primeros rayos de sol, que van bajando mientras ellas suben por el camino empedrado. Se dicen entre sí: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? 

Los exegetas, al encontrar esa frase se preguntan cómo es que ellas no se lo plantearon antes, cuando tan cuidadosamente preparaban todo para ungirlo. Se preguntan estas cosas como si esas palabras que ellas recordaron cuando contaban lo que había sucedido, y que Marcos rescató, fueran expresión de una preocupación práctica. No se dan cuenta de que ellas habían pensado miles de cosas en ese viernes y sábado eternos. Miles. Todo lo habían pensado y repasado. Cada detalle de lo vivido, mientras intentaban estar cerca de lo que le hacían a Jesús, y cada cosa que harían con su cuerpo ahora que había muerto. Si solo quedó esa frase no fue para dar un dato sobre la piedra de la entrada del sepulcro, sino para hacer sentir la diferencia entre el impulso que traían y el que luego las hizo huir, de manera tal que el Anuncio del Ángel quedara grabado abriéndose un lugar en medio de las dos direcciones que toman nuestros pies humanos, la de ir decididamente a una meta y la de huir corriendo de un abismo.

Ellas iban y se movían -aunque no lo sabían aún- atraídas por un vacío irresistible: el que generaba ese sepulcro que, como un vórtice, tiraba de ellas hacia sí. Iban llenas de ungüentos, vendas y perfumes, como para ungir a un rey. Habían comprado tanto porque sentían la necesidad imperiosa de cubrir algo que se había abierto con su muerte y que sabían que nada sería capaz de llenar. El pensamiento de la piedra que se les cruzó por la cabeza mientras iban y que no habían pensado antes ni se detuvieron a considerar después que se lo dijeron entre sí, da cuenta del embale que traían, de la fuerza de atracción que venía de ese vacío, que ya había atravesado la piedra y llegado hasta ellas, como un perfume que se percibe antes de que uno lo huela realmente. 

Lo que los exegetas no ven es que la frase que ellas se decían entre sí sin hacer que se detuvieran está en relación con el hecho de que luego salieran corriendo. 

Lo que pasó luego, lo que les dijo el ángel mientras les hacía ver el lugar donde habían puesto al Señor y que no estaba allí porque había resucitado, se enmarca entre estos dos impulsos contrarios: el que llevaban cuando iban decididas a ungirlo y ni se preocuparon de quién les movería la piedra, y el impulso que las llevó a huir, a salir corriendo del sepulcro, llenas de temblor y estupor y a no decir nada a nadie por que tenían miedo. 

Marcos pescó que ellas, al contar su entrada y su salida del sepulcro, querían poner en el centro el Anuncio del Ángel de la resurrección.

Lo que les dijo el Ángel lo entendieron todo, pero recién tomaron conciencia después, porque en ese momento, “saliendo, huyeron del sepulcro, pues se había apoderado de ellas un temblor y un estupor, y no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo”.

El Anuncio quedó bien enmarcado así, piensan ellas, por estos dos sentimientos suyos tan contrapuestos: el de mujeres que saben perfectamente qué hacer con un muerto y nada las detiene cuando se ponen en marcha a realizar esta tarea ancestral de ungirlo y vendarlo para la sepultura en paz, y el de mujeres que quedan estupefactas y no saben qué hacer ante la ausencia del cuerpo del Señor resucitado. 

Después de repasar con qué impulso iban y cómo salieron huyendo, se abrirán paso en su corazón y en su mente las palabras del Ángel, que recordarán y transmitirán con toda precisión: 

“No teman.

Buscan a Jesús, el Nazareno, el Crucificado.

Ha resucitado, no está aquí.

Miren el lugar donde lo pusieron.

Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro:

El va antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”.

Las tres concuerdan que el vacío lleno del cuerpo muerto del Señor en el sepulcro, que las atraía humanamente, y el vacío vacío del cuerpo del Señor resucitado, que las espantó y las hizo huir, son dos vacíos diametralmente opuestos. 

El vacío del cuerpo muerto es un vacío con el que ellas como mujeres sabían qué hacer. Era un vacío que llenarían de vendas y perfumes, un vacío de sepultura donde poder ir a llorar y a rezar. Era un vacío exterior de esos que hacen que la presencia de los que han muerto esté en el interior de cada persona, pero de manera incomunicable. Cada uno lleva adentro a sus muertos -piensan- y no lo puede compartir, sino con pocos en contadas ocasiones. Pero los lleva en sí mucho más de lo que se puede ver por afuera.

El vacío del cuerpo del Señor resucitado, en cambio, es un vacío distinto. Las tres lo sienten con mucha claridad. Es un vacío más notable que el que dejan los muertos, porque una no se puede apoderar del recuerdo “terminado” del que ya no está, piensan. Es un vacío que las impulsó a querer comunicarlo, luego que se les fue el miedo. Es un vacío que impulsó a todo el grupo a ir a Galilea, que los llevó a todos a estar abiertos a que Él se apareciera cuando quisiera y del modo que quisiera. Es un vacío más grande que el otro porque no lo puede llenar nada ni nadie, sino solo Él, cuando así lo dispone. 

El mundo confunde este vacío con el otro, con el de lo que “ya fue”. Interpreta que el vacío que dejó Jesús significa que “ya no está”, como los muertos. Pero de alguna manera todos percibimos que el vacío del Sepulcro vacío de Jesús es distinto: es un vacío del que no nos podemos apoderar para embalsamarlo, aunque muchos lo intenten. 

Cada vez que la iglesia “embalsama” a Jesús en algún tipo de culto, de templo o de legislación, el Señor “deja vacía” esa estructura y resucita en otro lado, en la vida cotidiana de la gente, apareciéndose a los más humildes.  

Por eso las tres sienten que el final de Marcos quedó bien así: trunco. Porque deja la puerta abierta para salir de la literatura que embalsama, y nos impulsa a desear dejarnos encontrar por el Señor resucitado, que tiene esas maneras suyas de salirnos al encuentro, tan llenas de humanidad y de ternura, que nos provocan estupor y temblor y también nos dan una paz muy linda, que no es como la que da el mundo. 

Diego Fares sj

Cuando se aproximaban a Jerusalén,

estando ya al pie del monte de los Olivos,

cerca de Betfagé y de Betania,

Jesús envió dos de sus discípulos diciéndoles:

-“Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, 

encontrarán un burrito atado,

sobre el cual ningún hombre se ha sentado hasta ahora.

Desátenlo y tráiganmelo.

Y si alguien les pregunta ‘¿por qué hacen eso?’

respóndanle: ‘El Señor tiene necesidad de él. Enseguida se los devolverá’”.

Ellos fueron y encontraron un burrito atado cerca de una puerta en la calle y lo desataron.

Y algunos de los que estaban allí les preguntaron:

– “¿Qué hacen desatando el burrito?”.

Y ellos respondieron como Jesús les había dicho y los dejaron hacer.

Entonces le llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos y Jesús se sentó en él. 

Mucha gente extendía sus mantos en el camino, y otros, ramas que cortaban en el campo.

Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús gritaban:

– “Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor! 

Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! 

Hosanna en las alturas!” (Mc 11, 1-10).

Contemplación

Mientras la multitud canta y expresa su entusiasmo, cada uno a su manera, Jesús y el burrito parecen estar a la escucha en medio de la algarabía general. El Señor tiene alta la mirada, los ojos fijos en algún punto del cielo; el burrito, mira sin ver con su mirada mansa, atento a abrirse camino, tranco sobre tranco por el empedrado de la entrada a Jerusalén. Siente el peso del Señor y las indicaciones suaves de la soga que le sirve de rienda, atada a su cuello. Va sin bozal. 

El Señor se siente a sus anchas en medio de la gente; ha querido entrar en la Ciudad Santa como un Rey. Él, que se había escapado siempre de ese tipo de manifestaciones, como cuando lo querían hacer rey después de haber dado de comer a la multitud con los panes y peces multiplicados, acepta ahora la euforia y la exaltación del pueblo y se deja conducir en medio de la gente que lo aclama como enviado del Señor y glorifica al Altísimo. El pueblo siente que ha llegado -¡por fin!-  su Rey, Jesús, el profeta de Nazaret, y todos desde los más ancianos a los más pequeños, se sienten parte de su Reino: “Hosanna!

Bendito el que viene en el nombre del Señor!

¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David!

¡Hosanna en las alturas!”

“Nosotros sabemos quién es Jesús”, piensa uno y piensan todos. Por eso la   exaltación. Saben de su bondad, de sus milagros, han escuchado sus enseñanzas. Algunas de sus parábolas más conmovedoras, como la del hijo pródigo, corren de boca en boca. Saben también que Él les ha escapado a todos los intentos de proclamarlo Rey. Y ahora que ven que acepta complacido las alabanzas y las consignas, el entusiasmo crece y se desborda. Se ve que había estado contenido y bastó una chispa para encenderlo todo. ¡Jesús acepta ser su Rey! Lo hace a su manera, humilde, montado sobre un burrito…, pero se ve que acepta. Y por si quedara alguna duda, cuando uno de las autoridades intenta poner cordura y le dice que haga callar a sus discípulos, Jesús responde que “si ellos se callan gritarán hasta las piedras”. 

Juan hizo notar después que “al principio los discípulos no entendieron estas cosas” (que Jesús aceptara y en cierto sentido provocara esta proclamación popular de su realeza). Dice que lo entendieron después, cuando fue “glorificado”: “Se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él y vieron que así había sucedido”. Juan reflexiona partiendo de la gente. Los otros evangelistas parten de Jesús, hacen ver que  mandó a buscar el burrito y dio inicio, por decirlo así, a la procesión que se fue volviendo triunfal. Juan, en cambio, dice que: “Cuando la gran multitud que había llegado para la fiesta se enteró de que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo gritando ‘¡Hosanna!’”. Y ahí fue que, “al encontrar un burro, Jesús se montó en él, según está escrito: ‘Hija de Sión, no temas; mira que viene tu rey, montado sobre un burrito’”. 

Por la perspectiva de Juan, pienso que no fue él uno de los “dos discípulos” a los que Jesús había enviado a buscar el burrito. La escena que cuentan los otros evangelistas es tan detallada que se ve que a estos discípulos les quedaron grabadas las palabras de Jesús con respecto a lo que tenían que decir si alguno les preguntaba qué estaban haciendo al ver que desataban el burro. Se ve que cada uno de los discípulos vivió estas cosas desde su perspectiva, en medio de la euforia general, y luego fue rearmando lo que pasó. De todas maneras, sea que Jesús planeó todo para entrar en el burrito y suscitar la adhesión de la gente o que la gente fue a su encuentro y él “encontró” un burrito y se montó, lo que vemos es un acontecimiento único, masivo, incontenible, que se fue gestando al unísono en los corazones de muchos y que Jesús condujo con una mansedumbre y un señorío dignos de un verdadero Rey. 

Nosotros, dos mil años después, sentimos y experimentamos aún los ecos de aquel acontecimiento en que se unieron el deseo del pueblo de tener un rey y el de Jesús de serlo. Persiste y renace el eco de aquella alianza, al buscar cada uno nuestros ramitos de olivos los Domingo de palmas, al agitarlos para que sean bendecidos y al llevarlos a nuestras casas en señal de paz. 

Jesús dice claramente que él es “un rey de paz”. Lo dice llorando al acercarse a la ciudad, como cuenta Lucas: “Si conocieras hoy lo que te trae la paz -le dice a Jerusalén- pero está oculto a tu mirada”. 

El deseo de los pueblos de tener un rey de paz es un deseo antiguo y profundo, que nos lo guardamos a la espera de que aparezca el elegido. A veces, los pueblos se entusiasman con alguno o son manipulados para que ese deseo aflore. Jesús nunca lo manipuló, sino que lo condujo prudentemente para hacerlo aflorar en un momento en todo su esplendor y luego sellarlo, no con una gloria externa, sino dando su vida en la Cruz. 

La lección tardaría en ser comprendida, pero a los que la comprenden, como les pasó después a los discípulos, a los que unen en su comprensión la entrada triunfal, la muerte en cruz y la resurrección humilde del Señor, esto les cambia para siempre el corazón. Jesús es rey: rey de paz, rey crucificado, que da la vida por su pueblo, rey glorioso que instala su reino humildemente en la vida cotidiana de quien lo acepta en la fe y lo honra con su servicio y seguimiento fiel.

En esos días todo en Jesús fue un actuar como rey. Rey de la familia que le presta el asna con su burrito, rey que desea higos y maldice a la higuera que no tenía fruto (aunque no era el tiempo), rey que acepta los cantos y homenajes que le brinda la gente y recibe en sí todas las proyecciones de los sueños del pueblo, que se adhieren a su persona y que serán luego transformados -desfigurados en la pasión y transfigurados en la resurrección-, rey que expulsa a los vendedores del templo y limpia el terreno para un renio que es solo de adoración al Padre, a quien Jesús da y nos enseña a dar toda lo que sea Gloria, sin reservarse nada para sí.

Esta exteriorización grande del poder de su realeza es parte de la misión precisa que Jesús tiene y lleva a cabo, que consiste en interiorizar su Reinado. El Señor hace sentir que él es un Rey todopoderoso, capaz de hacer bajar doce legiones de ángeles para que lo defiendan del poder de Roma, capaz de secar de raíz una higuera solo con su maldición, capaz de hacer que dos discípulos cualesquiera suyos desaten una burra y su pollino en casa ajena y baste que mencionen su nombre para que la gente mansamente los deje hacer… Y cuando este sentimiento se convierte en exaltación en la multitud que lo aclama, el Señor es capaz de despojarse de todo su poder y padecer todos los poderes, hasta los más abyectos, de los poderosos de turno, que se ceban con su persona y le infligen todo tipo de humillaciones hasta hacer intolerable la impotencia que sufre. Esto hace que se grabe en el corazón de la gente su mensaje de fondo: que él es un rey de amor. Solamente de amor. Y que nada ni nadie nos puede separar del amor de un rey así, como reconoce Pablo, admirado de todo lo que le toca padecer por Jesús y que esto no haga mella en su ánimo: “¡¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?!”, dirá admirado y como para sí. 

Todos sabemos que el amor tiene dos caras: que es omnipotente entre los que se aman y que es impotente allí donde uno no quiere amar. Jesús une en sí las dos experiencias, mostrándose rey en la escena del burrito, de la higuera y de los cantos de su gente; y luego mostrándose rey impotente bajo el poder de sus enemigos. Y pasando por ambas situaciones, de exaltación máxima y de máxima humillación, como quien pasa por un cernidor, al final lo que queda es el oro de su solo amor, sencillo y fecundo,  único valor que reina sobre todo lo demás. 

Jesús es rey: rey de amor que reina en paz y conduce a su pueblo con paciencia y mansedumbre, como al burrito de su entrada triunfal en Jerusalén. Dejémonos conducir así por Él, nuestro Rey.

Diego Fares sj

Felipe (ícono ruso)

                                                                                    

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. 

El les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, 

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. 

¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora! 

¡Padre, glorifica tu Nombre!» 

Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» 

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.» 

Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

Felipe busca un lugar donde estar un rato a solas para reflexionar. Ha tenido que despachar a los griegos con la excusa de que el Maestro está ocupado y ahora se ha quedado un poco aparte para repasar lo sucedido. Lo primero que piensa es que él es uno de los discípulos que “hacen hablar” a Jesús. Le gusta que Juan lo reconozca en su evangelio por esa cualidad suya de establecer buenas relaciones con todos. Es un rasgo de su modo de ser que el Padre podó y encauzó para que estuviera al servicio exclusivo de hacer conocer a Jesús y a su Evangelio.

Luego de la escena que acaba de vivir, como sucederá luego en la última Cena, cuando tendrá el coraje de decirle al Señor “muéstranos al Padre y eso nos basta”, Felipe siente que una palabra suya suscita una revelación completa y detallada del Señor. Y se siente feliz de ser uno “que le da pie” a Jesús para que se revele al mundo. El Maestro no daba lecciones abstractas, sino que le gustaba ir enseñando su Doctrina en medio de la vida cotidiana, aprovechando las reacciones de la gente. Y Felipe, como Pedro, con sus reacciones, lo hacía hablar a Jesús.

A mi, Felipe me cae particularmente bien porque es el único que menciona a san José. Cuando lo fue a buscar a Natanael, luego de que el Maestro lo llamara, y le dijo que habían encontrado “a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”, lo presentó como “Jesús, hijo de José de Nazareth”. Y cuando Natanael se burló un poco de ese dato genealógico,  que más bien le jugaba en contra a un Mesías, diciendo: “Acaso puede salir algo bueno de Nazareth?”, él, Felipe lo defendió diciéndole: “Ven y verás”. 

Felipe reflexiona y se siente un hombre realista, uno que va a los hechos. Recuerda ahora con simpatía ese día en que Jesús le preguntó a él “cuántos panes pensaba que harían falta para alimentar a la multitud” , y él, que ya había hecho mentalmente el cálculo, le proporcionó los datos inmediatamente, como un buen secretario. A Felipe le complace saborear de nuevo el hecho de que Jesús lo conocía , que sabía que él hacía este tipo de cálculos y le adivinaba los pensamientos sin necesidad ni de mirarlo. Esto es algo muy propio de los amigos que, ante un hecho especial, piensan en lo que estará pensando su amigo. Y aciertan.

Felipe asiente al siguiente pensamiento que le viene mientras reflexiona y es que él está contento de no ser de los que se cortan solos; él siempre busca a sus amigos, trabaja en equipo. Apenas Jesús lo llamó, recuerda, lo primero que pensó fue en ir a llamar a su amigo Natanael. Y hoy, lo primero que hizo cuando lo abordaron los griegos fue ir a hablar con Andrés. No fue directamente a Jesús. Es que él es una de esas personas que no buscan sobresalir en el grupo, pero a las que sí le gusta crear buenas relaciones entre todos. Es un hecho que los griegos se informaron y lo fueran a buscar a él para ver a Jesús. Sin embargo, a él no le pareció tan importante esto, sino el hecho en sí de que quisieran encontrarse con el Señor. Esto fue para él el signo importante. Si lo tuviera que poner en palabras Felipe diría algo así: “Si Jesús ha despertado el interés de los griegos, es el momento de que se de a conocer a más gente y yo puedo ayudar a ello”. 

Jesús ve que se le acerca Andrés y que un poco atrás viene Felipe y adivina lo que le van a decir. Entonces, con su picardía habitual, el Señor aprovecha el momento y les revela (nos revela a todos) algo que no parece que tenga mucho que ver con lo que ellos le vinieron a preguntar. 

Felipe, ahora que reflexiona a solas, se lo formula a sí mismo más o menos con estas palabras: “El Señor nos quiso hacer ver cual es la “notoriedad” -verdadera- que Él busca. Es esa notoriedad que no tiene nada que ver con la notoriedad mundana. Es la de la gloria de Dios -concluye-, la gloria que Jesús ardía en deseos de darle al Padre, entregando su vida como un granito de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (esa fue la imagen que usó el Maestro). Es la notoriedad de la gloria que el Padre le da a Jesús, su Hijo amado. Por eso hizo sentir el Padre su Voz por última vez: “Lo ha glorificado y lo volveré a glorificar”, dijo”. 

Felipe cae en la cuenta de que Juan hizo notar cómo la gente escuchó, pero no entendió las palabras del Padre; pensaron que había sido un trueno. Pero, aunque Juan no lo diga, él, Felipe, sí escuchó y entendió perfectamente. Por eso, después, en la Cena, se animará a pedirle a Jesús que les haga “ver” al que había hablado así, al Padre. Él, como hombre de relaciones públicas, captó que, en ese momento, Jesús y el Padre habían mostrado en público la relación que tienen.

Ahora Felipe se deja llevar un poco por el hilo de sus pensamientos y piensa que los griegos lo consideraron como uno que podía hacer bien de puente para llegar a Jesús, que debieron verlo como una especie de asesor o secretario del Maestro, uno que está atento a lo que pasa y sabe ayudar a que la gente se vincule bien con él. Felipe piensa que en nuestra época él habría sido un buen nuncio apostólico (de hecho, la tradición narra que predicó en Turquía y allí murió mártir). Pero se confirma a sí mismo en que lo que lo hace sentir a bien con su rol de hombre de relaciones públicas es que su actuación sirve para que Jesús revele cómo se relacionan el Padre y Él, cómo tejen sus vínculos, a qué nivel se conectan, cómo se apoyan Uno al Otro y se dan a conocer. Por eso no se siente mal porque Jesús no haya tenido en cuenta su gestión y haya aprovechado para hablar de otra cosa, o de la misma cosa, pero a otro nivel. 

Felipe ve claro que Jesús desestimó su intención de que tuviera una entrevista con los griegos, pero no su intención de fondo, de que había llegado el momento de que se diera a conocer plenamente y a todos. Lo que hicieron, Jesús y el Padre, que intervino aquí de manera especial, fue dejar en claro cuál era la notoriedad que deseaban y cómo se obtiene. No con entrevistas, ciertamente.

La honra, piensa para sí Felipe, esa que tanto buscamos y apreciamos los seres humanos, nos la dará el Padre en Persona si servimos a Jesús. Es la única honra que importa, la que el Padre brinda a los que sirven a Jesús. 

Y Jesús, que lo observa de lejos mientras Felipe reflexiona así, siente que su amigo ha recibido el mensaje, que la buena semilla de su Palabra ha caído en tierra buena. Y se siente contento porque sabe que su enseñanza dará fruto a su tiempo. 

Diego Fares sj

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,  también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. 

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplar

Siempre me impresiona pensar que Jesús tenía 30-33 años y que yo ya lo doblo en edad. Nicodemo me hace pensar en esta cuestión generacional. Me lo imagino como un fariseo experimentado, que ha pasado los 50 y que va a encontrarse con un rabí de 30. 

Nicodemo era respetado dentro del grupo de los fariseos, lo cual significaba  en aquel entonces un respeto a triple nivel: a nivel de escuela de pensamiento, a nivel de práctica religiosa y también a nivel político. En la actualidad, estos ámbitos suelen estar separados, pero en aquel entonces estaban unidos. Los fariseos influían en la vida de Israel, tanto por sus posiciones políticas, distintas de la posición de los saduceos que trenzaban con el imperio, y distintas también de la de los zelotes, que  combatían violentamente. Además, influían en la vida cotidiana de la gente con sus interpretaciones autorizadas acerca de la ley y con normas y leyes concretas. 

En el hecho de que haya ido a ver a Jesús se nota que Nicodemo es un hombre abierto, con pensamiento propio, que juzga por sí mismo los signos que ve realizar al joven rabí. Su planteo me da la impresión de que es sincero, … pero va para largo (de hecho, se convertirá públicamente recién después de la muerte del Señor). Nicodemo comienza haciéndole ver a Jesús que ha seguido atentamente su irrupción en la vida pública de Israel, que ha reflexionado acerca los signos que Jesús está realizando,  y ha discernido que viene de Dios como maestro, que Dios está con él y por tanto que tiene algo que enseñar a su pueblo,

Jesús lo pesca al vuelo y lo apura: le sale con que, para acercarse a Él y entrar en el Reino que Él predica, hay que nacer de lo alto, del Espíritu. 

Nicodemo patalea haciendo notar que las cosas requieren tiempo y que no se puede cambiar de mentalidad así nomás. Usa la imagen de volver a entrar en el seno de su madre y nacer por segunda vez, para luego rehacer todo el camino de su vida de nuevo. Pero Jesús insiste en la dimensión de lo alto, en el nacimiento nuevo que da el Espíritu y que no sigue los procesos de la carne. Se trata de un nacimiento que pone en marcha nuevos procesos, que uno no sabe a donde llevan ni cuanto durarán. Jesús usa la imagen del viento, que sopla donde quiere: uno escucha su sonido, pero no sabe de dónde viene ni a donde va. Lo que propone el Maestro es un seguimiento de su persona en completa disponibilidad y apertura total a “lo Alto”. 

Nicodemo retruca con pragmatismo: cómo puede ser posible un seguimiento así, a ciegas, sin proyecto… 

Y Jesús redobla la apuesta. No le explica nada, sino que lo remite a su propia experiencia: ¿tu eres maestro en Israel y no sabes esto? 

El Señor, como vemos, se sitúa a nivel existencial, no de discusiones de palabras. Si uno es maestro de vida sabe que la vida enseña si uno se juega entero cuando se dan los desafíos verdaderos. Lo hemos experimentado en esta pandemia, cuando se cayeron todos los libretos y los que estaban en primera fila se tuvieron que jugar sin saber nada, aprendiendo sobre la marcha y exponiendo su vida. 

Luego de este estacazo final con el que el Jesús desarma a Nicodemo, quitándole esa seguridad comparativa que todo maestro experimentado tiene midiéndose con los demás, una vez que lo deja como un niño de escuela que tiene que aprender todo de nuevo, el Maestro, ahora sí, le da los argumentos teológicos que Nicodemo había venido a buscar. Primero le dice que Él es el único que ha venido de lo Alto; luego le recuerda la Escritura, el pasaje en que Moisés usó como remedio para su pueblo la misma serpiente que los mordía, levantándola en alto; y por fin le revela la doctrina de fondo por la que Él viene a dar la vida en testimonio: que el Padre ama tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo amado, y que este Hijo viene para salvar, no para condenar. 

Jesús centra todo en su persona: el que cree en Él se salva, el que viene a Él y se deja iluminar, se salva. La cualidad de las personas se define por cómo nos acercamos a Jesús, y el ejemplo que pone es el del que practica la verdad y por tanto se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas en Dios. 

He contado de nuevo el relato evangélico tratando de hacerlo a mi manera, buscando puntos de contacto con Nicodemo, para poder recibir mejor la Palabra del Señor. Cada uno tiene que hacer este trabajo y reeditar este encuentro y diálogo de Jesús partiendo de las “Nicodemadas” que cada uno tiene y profesa. Es decir, discerniendo en Nicodemo algo con lo que uno se identifica y, diciéndoselo a Jesús cada uno a su manera, permitir al Señor que lo ilumine. 

Dos cosas me vienen con mayor fuerza en mi oración. Una es la de “ir a encontrarme con Jesús como hizo Nicodemo”. El fue de noche, con sus miedos y sus discursos, pero fue. Se animó a charlar personalmente con el Rabí, mientras que sus pares lo miraban de lejos y lo estudiaban sin confrontarse con él. 

Madeleine Delbrêl cuandocuenta su conversión, dice algo que podemos identificar con la postura de Nicodemo. Ella a los 17 años se había declarado atea. Pero, en cierto momento, viendo cómo vivían otros jóvenes como ella que sí creían, hace una reflexión similar a la de Nicodemo: concluye que “no es rigurosamente imposible que Dios exista” y, por tanto, ella, si quiere tener de Él alguna respuesta, tiene que tratarlo como una persona viva. Y esto significa “rezar”. 

Rezar es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama, como dice Teresa. Es un razonamiento muy iluminador. Con la razón, no va más allá de lo que esta puede dar. Pero, así como no puede “probar” que Dios existe, tampoco es racional pretender probar que no existe. El salto que da luego es como el de Nicodemo. Si puede ser que exista Alguien así como un Dios (Alguien que es mi Padre y mi Salvador) no puedo acercarme como un estudioso que pone a ese Dios bajo el microscopio de su razón y lo va probando, sino que tengo que tratarlo yo como hijo. Esto es nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer “eligiendo” ser libremente el hijo que soy naturalmente. 

El otro punto que me toca en el evangelio de hoy tiene que ver con el reclamo que hace Jesús. Es un reclamo de amor. ¡Se trasluce en ese “tanto” amó Dios al mundo! Digo que el tono es el de un reclamo amoroso y no el de alguien que quiere probar algo objetivamente. Esto es propio de un verdadero padre y amigo, de alguien que nos quiere y no nos dice simplemente que nos quiere, sino que nos dice que nos quiere tantísimo, como diciendo que no podemos no darnos cuenta de un amor así. Y a esta Luz poderosa del “tanto amor” del Padre se suma la otra Luz, la de que el Hijo vino para salvar y no para condenar a nadie. Salvar sí o sí, cueste lo que cueste (y le costó la vida) es la prueba de tanto amor. Con menos que eso, no sería tanto. Quizás un amor justo, pero no “tanto amor”. 

La fe, entonces, no tiene mucho que ver con un creer en la idea de un Dios que debe existir de alguna manera misteriosa, sino que la fe es fe en tanto amor, fe en un Jesús que hace todo por salvar a todos. Eso es “lo Alto”. La altura del tanto, de lo exagerado, de lo sin condiciones del Amor del Padre y la altura del cueste lo que cueste de la salvación que se propone Jesús y que lo lleva a ser alzado en lo alto de una cruz. Hay que nacer de lo alto, dice Jesús. La fe no es creer al menos un mínimo, sino que creer es solamente creer lo máximo. Y actuar en consecuencia, es decir: rezar. Hablarle a ese Dios como un hijo a su padre o un amigo a otro amigo. ¡Hablarle! Tratarlo como una persona, que nos quiere no “lo justo”, sino “¡tanto!”, que viene para salvarnos y que tengamos vida y no para que cumplamos y zafemos.

Siempre recuerdo a ese pobre hombre que me llamaron para que saliera a ver porque estaba sentado en la vereda del Hogar, flaquito y derrumbado, que no respondía a lo que le preguntaban, todo sucio y desaliñado. Los que hacen la fila para entrar a desayunar no están en las mejores condiciones de higiene y vestido y que este les hubiera impresionado tanto habla por sí solo de la condición triste y desesperada en la que se encontraba este pobre ser humano. No me respondía tampoco a mí ni me miraba así que con la ayuda de otros lo alzamos en vilo y lo hicimos entrar en el hogar. Uno de los encargados fue a buscar ropa limpia mientras otro lo ayudó a bañarse. Yo seguí con otras cosas y como a la media hora me llamaron de nuevo para que fuera a verlo al comedor. El hombre estaba sentado tomando su te con leche y facturas. Hablaba con todo el mundo y sonreía. Era obvio que primero no hablaba porque estaba sucio y hambriento. No hablaba, pero se hizo entender como si gritara. Y cuando se sintió tratado con dignidad, empezó a hablar normalmente. Yo no se por qué, pero le apliqué el ejemplo a Dios y ahora me vino de nuevo la escena. Pensé -pienso- si no será que el silencio de Dios que muchos experimentan se debe a que está como este hombre, esperando a que lo tratemos como una persona. Solo que, en el caso de Dios, tratarlo como persona no significa bañarlo a Él, sino bautizarnos nosotros (ayudando a que se pongan en condiciones dignas también nuestros hermanos). Ahí sí que nuestro Dios comienza a hablar con todos y se vuelve luminoso su amor y vemos posible su salvación.

Diego Fares sj

Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: 

“Los celos por tu Casa me han devorado” (Sal 69, 9). 

Entonces los judíos le preguntaron: 

«¿Qué signo nos das para obrar así?» 

Jesús les respondió: 

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.» 

Los judíos le dijeron: 

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 

Pero él se refería al templo de su cuerpo.  Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Y los discípulos recordamos todos lo mismo: ‘Los celos por tu casa me han devorado’, como dice nuestro salmo 69. Veníamos de la fiesta apacible de las bodas de Caná, con el sabor del vino bueno aún en la boca, y después de pasar por Cafarnaún, con María y con los parientes de Jesús, a todos nosotros, sus discípulos, la subida a Jerusalén nos había llenado de alegría el corazón. ¡Íbamos con el Maestro a orar al templo! 

Pero de golpe, lo vimos enrojecer (qin-ah, rojo, es la palabra que usamos para calificar el enrojecimiento del rostro que nos provocan los celos) y comenzar a actuar como alguien que está fuera de sí. Nosotros estábamos apreciando las cosas que se vendían en la escalinata del templo, eligiendo cada uno algún regalito para comprar, y no va que Él se enfurece, agarra un látigo y comienza a voltear las mesas de los cambistas y a sacar a latigazos a todos, hombres y animales. Con los únicos que tuvo un gesto de amabilidad fue con los que vendían palomitas. Lo curioso fue que lo que nos vino a la mente no fue la palabra “bronca”, sino celos. Y en ella nos quisiéramos detener, porque cuando, después, se lo comentamos al Señor, Él no nos dijo que no, y, de alguna manera, aceptó nuestra interpretación. 

Al igual que las autoridades del templo tampoco nosotros entendimos qué quería decir cuando habló de reconstruir en tres días el templo. Recién comprendimos esto cuando el Señor resucitó. Pero lo de los celos, lo captamos enseguida. Es que los celos son algo que todos conocemos por experiencia. Quién no sintió celos por la llegada de un nuevo hermanito o al ver algún regalo especial que nuestros papás le hacían a alguno de nuestros hermanos el día de su cumple; quién no tuvo celos en su adolescencia, al ver que la persona de la que estábamos secretamente enamorados comenzaba a salir con otro amigo; o, de grandes, al ver que en el trabajo o en el círculo de nuestras amistades, otro recibía mayor atención que nosotros. Todos reconocemos cuando hay celos. 

Ahora bien, cuando al ver la reacción del Maestro pensamos en celos, la imagen no fue la de los celos normales, sino que la imagen fue la de celos devoradores. Son esos celos que surgen cuando vemos que el amor que alguien querido nos tenía otro lo acapara para sí con engaños. Y es alguien que no merece ni le importa ese amor y que lo usará para mal. Todo esto hace que los celos se dupliquen y se conviertan en indignación, de modo tal que muchas veces uno pasa a la acción violenta en su intento de evitar un daño seguro. Estos celos no surgen de un día para otro, sino que se cultivan por años. Y así como es destructivo cultivar celos devoradores si están enfermos de egoísmo, cultivar el celo por las cosas santas es constructivo, ya que se rebela contra lo malo sin hesitar. Estos celos no son para oponerse a cualquier mal, porque hay males con los que hay que tener paciencia, como nos enseña el mismo Señor en la parábola del trigo y la cizaña. Son para atacar ese mal absoluto que consiste en robarle con engaño a un hijo el amor incondicional por su padre bueno. Ese mal no tolera componendas. 

Algo así fue lo que sentimos que le pasó a Jesús: al verlo reaccionar tan mal y de una manera para nada habitual en Él -siempre tan manso y pacífico-, inmediatamente nos vino a la mente que estaba celoso, pero que no se trataba de una cuestión meramente ética o de simple justicia, en el sentido de que cada cosa tiene que tener su lugar -hay un lugar para adorar a Dios y un lugar para comerciar-, sino que lo que le indignó al Señor fue comprobar que le habían ocupado la Casa de su Padre, que es el lugar santo donde el pueblo va a rezar, y se lo habían convertido en un mercado. Es decir, que había gente que aprovechaba un lugar tan santo sin tener en cuenta que distraía a la gente de algo tan vital y único como es tener un espacio sagrado en el que adorar al Padre. 

Más que “celo por  casa” (referido al Padre) es “celo por nuestra casa”, por la casa de todos nosotros (también de los comerciantes, ya que incluso ellos deben tener un lugar para rezar), rebajada de lugar de adoración a lugar de comercio. 

Los celos del Señor le venían porque sentía que le estaban robando a su pueblo esa casa paterna a la cual como hijos pródigos siempre podemos regresar para recuperar nuestra condición de hijos amados. Esto es lo que causó y causa indignación en el Corazón del Señor”.

El celo de Jesús al ver profanado el espacio sagrado de la Casa del Padre es algo que se fue gestando a lo largo de mucho tiempo, en cada subida con sus padres a Jerusalén. La consideración que Jesús mostró con los vendedores de palomas nos hizo pensar en sus padres, que habían ofrecido por él un par de tórtolas, y ese detalle nos llevó a concluir que lo de Jesús no fue una reacción, sino una acción largamente preparada y medida. Una escena de celos, sí, pero no fruto de una pasión descontrolada, sino de una pasión rezada y discernida, que con los gestos que realizó deseaba imprimir, como de hecho hizo, en el recuerdo de los que lo vimos actuar así, un signo claro y profético de algo que desagrada a Dios de manera intolerable: que le roben a sus hijos el espacio sagrado de su Casa -el Templo-, donde podemos adorar y obtener Misericordia. El amor extremo de Jesús se muestra en estas dos actitudes complementarias: la de su mansedumbre de Cordero que recibe en sus espaldas los azotes que mereceríamos nosotros por nuestros pecados y la de la furia del Pastor que echa a latigazos a los lobos que, disfrazados de ovejas, ocupan el lugar sagrado del Templo.

La “medida” de los celos, que medimos con nuestro “celómetro” interior – que es muy sensible-, debe ser bien pesada, calibrada y dialogada, para que sea justa, ya que a veces nuestra percepción puede verse empañada o exagerada por nuestro egoísmo o por nuestros prejuicios. Pero el “sentido de celosía”, como el sentido de justicia o el sentido de sinceridad, es algo propio de nuestro ser humano y, por lo que vemos en el evangelio de hoy, es algo también propio de Dios. Nuestro Dios es un Dios celoso de sus hijos y de su pueblo. Reacciona cuando siente que le quitan el amor de sus hijos. No porque tenga Él una carencia y la proyecte en otros, como a veces nos pasa a nosotros, sino porque no tolera que el demonio, el padre de la envidia -que es un tipo de celos radicalmente viciado y dañino- nos robe con engaños a nosotros sus hijos nuestro amor de predilección por nuestro Padre, que es la fuente de nuestra autoestima y de nuestra fraternidad humana. 

Dejando la perspectiva de lo que pensarían los discípulos (sugerida por Juan al contar la escena diciendo lo que “sus discípulos pensaron”) pasamos a nuestra realidad actual. 

El estereotipo es reducir la fuerza de esta escena imaginando que Jesús desarmaría los puestos de venta de estampitas que se sitúan en la entrada de los santuarios. Creo que la reprensión del Señor frente a estas actitudes sería como la que les hizo a los vendedores de palomitas. En todo caso, los comerciantes a los que el Señor empujó fueron objeto de un maltrato directo y momentáneo y quizás ellos mismos hayan estado entre esos “muchos” que Juan dice que “creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba”. El gesto del Señor, que sirvió y sirve para corrección de la gente humilde, no sirvió para cambiar a las autoridades del templo que, astutamente, aprovecharon para cuestionar al Señor. Habrán pensado que Jesús había metido la pata, que se había calentado, y que eso lo llevaría al desprestigio… El Señor los enfrenta en otro terreno que no es el de un simple empujón o rebencazo. Ellos son los verdaderos comerciantes del templo, los que no dejan que la gente se acerque a adorar a Dios con sus leyes formales (que ellos mismos no cumplen, aunque aparenten lo contrario). La actitud diferente que el Señor adopta frente a estos fariseos, que terminarán por matarlo en nombre de la ley, contrastada con la actitud directa que muestra ante los vendedores, nos hace pensar en el misterio del mal. Tendría que bastarnos un reto para darnos cuenta de lo tontos que somos al dejarnos robar el Amor de nuestro Padre por las ventajas de comerciar chucherías al servicio de algún ídolo. Y sin embargo no basta. El Señor más que dar dos latigazos tendrá que recibirlos Él, para que, al verlo tan herido en la Cruz, creamos que no vino a condenar sino a salvar. Tendrá que perder todo, incluso la vida, para que -comerciantes como somos- no creamos que Dios es también un comerciante, interesado en servirse de nosotros o de sacarnos algo. 

Los celos tienen una virtud: la de hacer patente un valor que estaba oculto. Son señal de amor. Los celos enfermizos y exagerados son señal de un amor enfermo. El que es celado mal siente que el enojo del que lo cela se debe a que quiere poseerlo él y no a que desea que no lo engañe otro. Pero los celos buenos de quien solo busca nuestro bien y, aunque se exceda en alguna medida, tiene la lucidez de elegir el mejor momento posible para hacernos sentir su indignación por el engaño del que estamos siendo víctimas, es señal de un amor especial. Estos celos buenos son una de las características más lindas de Jesús y nos revelan cómo es el Corazón del Padre. Un Dios al que le importamos. Tanto como para estar celoso de nuestro amor. Cuando uno entiende estas cosas, que son básicas entre enamorados, se libera de muchas imágenes falsas de Dios: del Dios del deber y del formalismo y del Dios indiferente y lejano. 

Diego Fares sj

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento), 

porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo predilecto, escúchenlo a Él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí, y se preguntaban qué significaría 

«resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

 Contemplación

Algunos detalles para ayudar a contemplar del mosaico de Rupnik sobre la Transfiguración del Señor, que abarca toda la pared central del altar de la iglesia de San Giacomo y san Giovanni, en Milán. 

La figura de Jesús transfigurado, con sus vestidos henchidos por el Espíritu Santo que los pone en movimiento, de un blanco lleno de matices, conformado por cientos de pequeños mosaicos que transparentan la divinidad del Maestro, ocupa un lugar que no es central, sino que está ligeramente desplazada a nuestra derecha, de manera tal que en el centro se vuelva visible en colores la relación entre la Mano extendida y generosa del Padre y el Amor del Espíritu Santo, que brota como un río rojo y va a parar al extremo del suelo, donde se ven las vendas, señaladas por el ángel, también blancas, de la resurrección. Es la relación de la santísima Trinidad lo que está en el centro de la transfiguración. Todo el mosaico está concebido como tres tiendas que se abren, una sobre la persona de Jesús, y otras dos, sobre los apóstoles. 

Jesús sostiene en su mano izquierda, contra su corazón, el rollo con la Palabra de Dios, concentrando en sus manos la predilección del Padre que se derrama en el río rojo del Espíritu sobre su Hijo amado y sobre toda la creación.

Otro detalle lindo lo vemos en la figura de Pedro, sentado, a la izquierda de Jesús, descalzo en señal de que se siente a gusto -de que está en casa-, pidiéndole a Jesús que le permita levantar tres tiendas, porque es lindísimo estar ahí. 

En Marcos, la escena pasa como en un abrir y cerrar de ojos. Dice que: “súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos”. Sin embargo, todo quedó perfectamente registrado en las pupilas y en los oídos de los testigos: el blanco de los vestidos de Jesús, la sombra del Espíritu, la voz del Padre señalándoles a su Hijo predilecto y diciéndole que lo escuchen. 

A Pedro se le grabaron para siempre en el corazón las palabras del Padre sobre Jesús. Así nos lo comparte en su segunda Carta, como un padre que no se cansa de recordar a sus hijos aquel momento que le cambió la vida: “Por eso yo les recordaré siempre estas cosas, aunque ustedes ya las saben y están bien convencidos de la verdad que ahora poseen. Me parece justo que los mantenga despiertos, recordándoles esto mientras yo viva en esta tienda de campaña, porque sé que muy pronto tendré que dejarla, como me lo ha hecho saber nuestro Señor Jesucristo. Y haré todo lo posible para que, después de mi partida, ustedes se acuerden siempre de estas cosas. Porque no les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. En efecto, él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección». Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa” (2 Pe 1, 13-16).

“Es lindísimo estar aquí! Esas palabras que le salieron a Pedro del corazón, no de la mente, que estaba desconcertada por los sentimientos de terror que les suscitaba lo que estaban viendo, han quedado grabadas en la memoria de la Iglesia. La consolación de la transfiguración del Señor continúa consolándonos de generación en generación. Es como la consolación de nuestra Señora en el Magníficat, otro acontecimiento de gracia que sigue consolándonos a través del tiempo. Son gracias para todos y siguen siendo fuente de consuelo en medio de las pruebas de la vida. 

Nuestra fe se fundamenta, como dice Pedro, no en “fábulas ingeniosamente inventadas”, sino en el testimonio ocular de estos testigos, que vieron con sus ojos la belleza de Jesús transfigurado: la belleza que salva al mundo, que sana los males, que alegra la vida. 

En nuestro mundo muchas cosas se nos presentan para que las creamos. Y en muchos casos resulta difícil distinguir las fabulas de realidad, ya que las “fake-news” suelen estar ingeniosamente elaboradas. 

Pero recordemos que cada uno elige en qué creer. Y que esta elección tiene que ver con los trabajos que cada uno esté dispuesto a hacer para verificar y discernir la verdad de aquello en lo que cree y a lo que es movido por otros a creer. 

Pedro contrapone en su carta fábulas a testigos. Se ve que de la experiencia de la transfiguración sacó este criterio de fe y es lo que resalta a la hora de transmitir su evangelio. 

Sabe que lo que dice puede ser considerado como parte de las “fábulas ingeniosas” y lo distingue de ellas con claridad, diciendo que el suyo es un testimonio ocular. Las fábulas son inventadas (ingeniosamente, eso sí; pero inventadas); el testimonio de los testigos, en cambio, es “ocular”. 

En ambos casos, nuestra fe depende de otros. Pero hay diferencias.

¿Cómo distinguir testigos de fabuladores? Ese es el punto.  

Se me ocurren algunos criterios.

El primer criterio, que no por obvio hay que dar por descontado, tiene que ver con la sed de verdad. Todos la tenemos, pero no todos la cultivamos con la misma tozudez y pasión. Si te gusta que te endulcen el oído, los fabuladores “se te transfigurarán” más a menudo que los testigos. Es notable cómo cuando uno sólo quiere escuchar lo que coincide con su manera de pensar, con lo que le gusta y le conviene, lo encuentra. Y así como los amantes de fábulas y los fabuladores se atraen entre sí, también se atraen los testigos oculares y los amantes de la realidad (aunque quizás a estos últimos les lleve mas tiempo). 

Otro criterio para distinguir a los fabuladores de los testigos tiene que ver con el punto de vista. El que hace literatura busca ser fiel a su punto de vista, el testigo, busca ser fiel al punto de vista del otro. 

En lo inventado, el que relata pone su ingenio y, por tanto, su pasión, cosas estas que son fruto de su personalidad. En lo testimoniado, en cambio, el testigo se concentra en transmitir lo que vio con sus ojos. Y cuanto más grande, increíble y deslumbrante es la realidad de lo que vio, menos le interesa influenciarnos a nosotros y más que sea esa misma realidad la que hable a través de su testimonio. 

No estamos diciendo que la literatura sea mala o engañosa o puramente fantasiosa. Para nada. Una buena obra literaria, una fábula ingeniosa y bella, siempre nos pone en contacto con el misterio de la realidad. Pero lo logra al final de un proceso y nos deja ante un camino que otro recorre y que podemos gozar como espectadores, sin recorrerlo  nosotros mismos. El testimonio, en cambio, nos interpela inmediatamente, nos hace sentir que la verdad que el otro nos anuncia requiere nuestra respuesta y compromiso. La fábula te invita a ser espectador, el testimonio te interpela a ser protagonista.

Decía Madeleine Delbrêl hablando acerca de su incansable trabajo de corrección de sus escritos, que ella no corregía para perfeccionar su trabajo y poder dejar algo sistemático y de conjunto, sino que su aspiración era que al final de su vida se fuera constituyendo como un dossier con diferentes aspectos de los temas que trataba y que le parecían esenciales, de manera tal que quien lo necesitase pudiera encontrar en ellos alguna nota que le hiciera bien y le ayudase. “Me parece, decía, el mejor medio de evitar caer cualquier día en la ‘literatura’, que considero el peor de los males” (15 de marzo, 1956). 

            El evangelio era para ella un libro del Señor vivo y para ser vivido, no solo leído. Un libro que le había “estallado” en el corazón y cuyas palabras eran para ser acogidas y no solo estudiadas. El evangelio era para ella un libro para ser testimoniado con el lenguaje silencioso de su propia vida, metida en medio de las barriadas obreras y marxistas de Ivry, un libro para ser profundizado allí, en medio de la vida diaria, gracias a su oración y su fe.

            El Evangelio que Jesús tiene en su mano en el mosaico de Rupnik representa que Él es esa Palabra que se recibe y se transmite como testimonio y no como mera literatura.

Diego Fares sj

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(Inmediatamente al salir del agua, vio que los cielos se abrían, y que el Espíritu como paloma descendía sobre El y vino una voz de los cielos, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido).

inmediatamente, el Espíritu expulsó a Jesús al desierto.

Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue entregado, 

vino Jesús a Galilea y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

Contemplación

El evangelio de hoy comienza con la palabra inmediatamente (euthus). En pocas frases llenas de riqueza y colorido evangélico, Marcos nos hace ver a Jesús lleno del Espíritu y movido por Él a la acción y a la lucha espiritual antes de comenzar, serenamente, a predicar. 

En realidad, se trata de dos “inmediatamente”: el del Espíritu que desciende en forma de Paloma y el del mismo Espíritu que empuja a Jesús al desierto. Podemos afirmar que no se trata de acciones excepcionales, sino que toda acción del Espíritu Santo tiene este sello de la prontitud, del hacer que el que sigue su impulso actúe inmediatamente.

“Enseguida que fue bautizado el Espíritu expulsó a Jesús hacia el desierto”. Marcos no dice que el Espíritu lo llevo o lo condujo o lo acompañó, sino que lo expulsó. Es una palabra fuerte. Los evangelistas la usan para hacer ver el poder con que Jesús expulsa al mal espíritu de una persona.  

La escena del bautismo y la de las tentaciones están dominadas por la acción del Espíritu quien, por una parte, sumerge a Jesús en la predilección del Padre y, por otra parte, lo mete de lleno en su batalla espiritual interior contra el maligno, antes de salir a predicar a la gente el Evangelio del Reino. 

El Espíritu desciende y se posa como una Paloma sobre Jesús recién bautizado, en medio de la gente de su pueblo; luego lo rapta y lo compele a ir al desierto donde es tentado. El Jesús que vemos es un Jesús sumergido en la historia de su pueblo por el bautismo de Juan y sumergido en el cosmos total: vivía entre las fieras y los ángeles le servían.

Cargado con toda esta energía, que se remansa en su interior y que el Señor deja traslucir en contadas ocasiones excepcionales (los milagros), sale a predicar. Toda esta energía se concentra en sus palabras. En ellas destella el Amor y la Misericordia del Padre y todo el poder de Jesús para expulsar al maligno de su vida y de la nuestra venciendo toda tentación. 

Marcos no relata prolijamente las tentaciones, él pone más bien el acento en las personas: el Espíritu, el Padre, Juan Bautista, Jesús, el maligno, las fieras y los ángeles. 

En la escena siguiente, vemos solo a Jesús que, simplemente “viene” a Galilea y comienza a predicar el Evangelio del Reino. 

Escuchemos de nuevo la predicación de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios. Conviértanse y crean en la Buena Nueva». 

Las coordenadas de tiempo y espacio son enteramente nuevas y especiales. 

El tiempo que gira en torno a Jesús, que brota de su Persona cargada del Amor de predilección del Padre, es un “kairos”, un tiempo pleno, lleno de gracia, lleno de oportunidades. 

No es mas el tiempo que nos devora, el tiempo lineal que nos arrastra  rutinariamente, a veces, como un río en crecida, otras. 

El espacio que genera Jesús con su venir a nosotros y su paso por nuestra vida es un espacio de cercanía de Dios, un espacio habitable y caminable. 

No es el espacio indefinido, vacío y brutal de las galaxias ni el espacio cercado por alambres de púas de los que construyen muros y se apropian de la tierra. 

También son nuevas las coordenadas interiores que el Señor propone: conversión y fe. 

La actitud para vivir nuestros días en una temporalidad y espacialidad evangélicas, como tiempo y espacio de oportunidades y de gracias, es la conversión, que nos hace salir de nuestros propios criterios para abrirnos a los que nos comunican las palabras del Señor y la de adherir de corazón a su Persona, creyendo en Él, esperándolo, dejándolo acercarse -vivo- a nuestra vida, para que la influencie con su benignidad y la madure con su coherencia fiel.

Conviértanse y crean. Estas son las coordenadas interiores. 

Solemos considerarlas en su aspecto subjetivo y voluntarista: “yo me tengo que” convertir y “yo tengo que” creer. Pero tienen antes una característica objetiva que es puro don y gracia. 

Convertirse es tomar conciencia de haber sido sanados, como el leproso, y volver a Jesús antes de ir a cumplir con lo que nos manda. 

Convertirse es salir de los propios deberes y volver a la Persona de Jesús, volver glorificando al Padre para caer en adoración a los pies de Aquel a quien le debemos nuestra salud y el sentirnos misericordiados. 

Creer es dar la primacía al corazón antes que a la mente y a los sentidos y pasiones. 

Creer es adherirnos a Jesús como se adhiere uno a un amigo fiel: primero a su Persona misma, luego a lo que dice y hace. Nuestra fe subjetiva es la toma de conciencia del poder de irradiación irresistible que tiene la Persona de Jesús. ¡No se puede no confiar en Alguien como Él!

¡Otro tiempo, otro espacio, otro sentido de la dirección de la vida, otra jerarquía de valores! Todo nuevo. Esa es la invitación para vivir estos cuarenta días en los que aquello que cuenta es que el Padre y el Espíritu se nos han vuelto accesibles en Jesús. Un Jesús tan maduro que apenas uno comulga con Él, con alguna de sus palabras, como quien come uvas maduras y pan recién horneado, se llena de su Vida. 

Disponernos a recibir tanta novedad no es sencillo, pero es entusiasmante.

No es sencillo creer que el tiempo puede ser como un lago lleno peces listos para ser pescados si tiramos le red en el Nombre de Jesús. Lo que nos cabe esperar de nuestro tiempo humano es que se actualicen nuestros softwares y permanezcan viejas las acciones de nuestros políticos. En medio de los tiempos cíclicos de la inflación y de las ondas de calamidades, creer en un Dios que es totalmente nuevo no es fácil. Y sin embargo deberíamos abrirnos a pensar que “si no es nuevo -algo totalmente novedoso- no es Dios”. El Dios de Jesús es un Dios siempre nuevo, por exceso de misericordia, por amplitud de miras, por riqueza de oportunidades, por creatividad de medios. 

No es fácil creer en un Dios cercano, que puede tomarnos de la mano como un papá o una mamá y llevarnos alegre y seguramente por la calle. Lo que nos cabe esperar del espacio humano es un espacio lleno de muros, puertas cerradas, prohibiciones de entrar si uno no tiene mucha plata. Los lugares mejores del reino, sin embargo, son abiertos y gratuitos. Suelen estar llenos de pobres, pero para el que concibe su vida como un servicio agradecido, son lugares atractivos.

No es fácil creer en que uno mismo se pueda convertir. Cuantos más años tenemos, más difícil. Humanamente constatamos que la gente “no cambia”, que nosotros “no cambiamos”. Pero esto es verdad si miramos los hábitos, las pasiones, el carácter… ¡Sin embargo, los corazones sí que cambian! 

Sí que puede cambiar la imagen que uno tiene de su propio corazón y volverse más humilde, realista y deseosa del bien.

No es fácil creer en Jesús. Creer que está vivo, que sigue acompañándonos, que se puede hacer presente de muchas maneras, no aferrables pero no por eso menos reales. No es fácil creer que nos está escuchando, que se interesa por nosotros, que influye en la vida. Humanamente experimentamos el límite de las personas, incluso de las más buenas y que más nos quieren. Muchos son los que sienten que cada uno está solo en el fondo. El covid 19, que ha llevado a 2 millones y medio de personas a morir “solos”, sin poder tener a sus seres queridos al lado, sin poder ser tomados de la mano, conectados a máquinas y aparatos (los más “afortunados”), ha hecho patente esta dimensión de profunda soledad propia de nuestro ser humano. Eso mismo, sin embargo, ha hecho que se profundice más el deseo de establecer contacto profundo con los que amamos, ha hecho crecer infinitamente la fe en que los que queremos saben que los queremos y nosotros nos sabemos queridos más allá de lo que se puede demostrar con la cercanía física. La confesión sincera del propio amor, cuanto más despojada se ve la capacidad de expresión (a veces se reduce a un mensajito por celular que dice “te quiero”) más hondamente arraiga en la fe del otro. Esto no se puede ver desde afuera, pero cada uno sabe cuánto cree y cuánto recibe de los que, en su impotencia de acercarse, se hacen presentes a nuestro dolor, confiando ellos – y mendigando- que nuestra capacidad de creer en su amor supla lo que falta a sus medios para expresarse. 

Puede ayudarnos una reflexión de Mamerto Menapace:

“Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que, en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican. Tal vez lo que sucede, es que, al compartir, lo que se dilata es el corazón. Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro”. 

El distanciamiento social hace que las relaciones dependan hoy más de la profundidad y de la calidad interior con que cada uno comparte su vida. 

Saber “pescar” y cultivar la novedad real del amor y de la amistad del otro en un simple mensajito -en el mar de mensajes en que vivimos- es una cuestión en la que lo decisivo depende de la fe que uno tiene y desea que crezca. La fe dilata el corazón. Y un corazón dilatado sirve mejor de “red” para pescar el espíritu del amigo y de la persona amada en el mar rutinario y convencional de las comunicaciones actuales. 

La relación de fe es una relación especial, la más profundamente humana. Es una relación en la que la realidad viviente de lo que se comparte -el propio corazón que le ofrece al otro confiar en él fielmente- genera en el otro el deseo de responder con la misma fe. La profundidad de lo que se comparte depende en una misteriosa medida tanto del que expresa su amor como del que adhiere confiadamente a él. Por eso Jesús se maravillaba del poder que tenía la gran fe de alguna gente que, literalmente, le hacía salir -a veces antes de que se diera cuenta- una gracia eficaz de su interior: la fe de la gente le cosechaba gracias con sus propias manos, tocando la punta de su manto. Una gracia capaz de curar, de expulsar demonios y de cambiar la vida del que se relacionaba con él desde esta fe. Mientras que otras personas, por más que El transmitiera la misma bondad en sus gestos y la misma verdad en sus palabras, no recibían nada de él, su gracia no “arraigaba” en ellos, no producía efecto. 

Conviértete, mientras el tiempo es propicio y el reino se te ha acercado, a la dimensión interior de tu fe, esa fe que te dilata el corazón y te hace establecer relaciones profundas y ricas con todos los demás. 

En el distanciamiento social o te juegas por los otros en profundidad, partiendo de la pura fe, o te arriesgas a sucumbir solitariamente en relaciones a las que, dado que  les falta la cercanía bendecida de la “carne”, fácilmente derivan hacia la superficialidad y la inconsistencia, y no dejan huella en la propia vida. 

Diego Fares sj

Y viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

  • “Si quisieras puedes limpiarme”.

Y profundamente compadecido, extendiendo su mano lo tocó y le dice:

  • “Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Y adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

  • “Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

Contemplación

¿El Señor se podía contagiar? ¿O era inmune a las enfermedades físicas? 

La pregunta me surge porque en la imagen se ve cómo el leproso le toca el pie al Señor con su mano vendada y cómo Jesús, llenándose de compasión, lo toma de la otra mano y lo pone en pie, y tocar al leproso sería como acercarse estrechamente y darle la mano a una persona con Covid 19. En el mosaico, el Señor no solo toca al leproso, sino que se deja tocar: ambos están ligados con pies y manos. El movimiento con el que el pobre hombre se arrodilla y toca el pie del Señor se transforma en el movimiento con que Jesús lo toma de la mano y lo atrae hacia sí, mientras lo mira a los ojos lleno de compasión. El cuadro está en la Cripta de la Iglesia inferior de San Pio de Pietrelcina, en San Giovanni Rotondo – Italia. Allí también está otro mosaico en el que San Francisco de Asís besa al leproso. 

Hacerme la pregunta de si Jesús era inmune me escandaliza un poco. No la quiero formular, porque me parece que hay algo del mal espíritu, que mete con insidia un pensamiento que dice: “Claro, como no se podía contagiar, él tocaba a todos”. Sin embargo, enfrentando la pregunta y mirando al Señor, se me revela claramente todo lo contrario: lo que nos hace sentir el Evangelio no es que Jesús no se contagiaba virus, sino que Él “contagiaba y contagia salud y vida” con su propio cuerpo. Más que ser inmune a las enfermedades como individuo, Jesús inmuniza a los que se le acercan y entran en contacto con Él. La gente del pueblo sencillo lo intuía perfectamente y por eso querían tocarlo, le llevaban cerca los enfermos, hacían cualquier cosa por entrar en contacto con Él. El Señor es la salud y la vida y la resurrección. 

Que no era “inmune” físicamente de manera absoluta lo vemos en la pasión, en los golpes y heridas mortales que recibió y que acabaron con su vida joven. San Ignacio expresa este misterio haciéndonos contemplar cómo en la pasión “se esconde la divinidad”. El Señor se despoja de su vitalidad sanadora y queda expuesto al daño que le hacen los golpes. Se vuelve vulnerable voluntariamente. 

Además, este misterio del Señor que es fuente de salud y vida y en vez de contagiarse, sana, se profundiza más aún al ver que Jesús no era inmune al mal espiritual, a las incomprensiones, al rechazo, a las acusaciones y calumnias, al desprecio y al odio de sus enemigos. En el evangelio de hoy vemos que no lo aísla la lepra física, sino la espiritual. El que ha sido sanado lo desobedece y cuenta a todos que Jesús lo ha curado y a partir de ese momento el Señor no puede entrar en las ciudades, sino que tiene que permanecer en lugares solitarios. Queda en distanciamiento social, aislado y como en cuarentena.

Por una parte, es verdad que el Señor queda con los efectos de la lepra, queda aislado. Pero, por otra parte, llama la atención que el leproso que “viene a Él” hace que, de todas partes la gente, “venga a Él”. El Señor comienza a trabajar “por atracción”, que es lo propio suyo: “Atraeré a todos hacia mi”. 

            Venir a Él, tocarlo, dejarnos tocar por su mano llena de compasión, dejarnos mirar por sus ojos misericordiosos, dejar que nos limpie nuestras lepras y virus, y que nos ponga en pie. San Francisco de Asís intuyó que la manera de “tocar a Jesús” era “besar al leproso”. ¡No solo tocarlo, sino besarlo! El Señor es que inaugura e instala este “movimiento de atracción” como el modo de acercarse a su Persona, de ser limpiado y sanado, revitalizar, por Él. 

            Jesús no se salva, ni se preocupa por salvarse, de la discusión de palabras e interpretaciones que su Persona suscita. Pero obra de tal manera que, mientras los que no quieren creer, discuten y provocan dudas, los que quieren vida se le acercan. Y nosotros podemos acercarnos a los que se le acercan: a los pobres y leprosos, a los excluidos y marginados de hoy. Acercarnos no solo para compadecerlos y ayudarlos (esto también, pero nosotros no somos Jesús y tenemos poco para dar). Acercarnos porque en los pobres y enfermos, en los vulnerables, late más fuerte la vida y se deja sentir mejor la presencia de Jesús vivo, no de Jesús “idea” teológica. Los enfermos, los pobres, los vulnerables, son fuente de vida porque su deseo de vida es más consciente y humilde que en los sanos, los ricos y los invulnerables. En los fuertes, ricos y famosos, la vida brilla y atrae con fuerza pero, al mismo tiempo que nos atrae como espectáculo, nos aleja existencialmente. Es como si los que tienen todo se lo atesoraran para sí y no dejaran que se les caigan ni las migajas. En cambio, los que nada poseen y tienen que mendigarlo todo -ayuda, cuidado, protección- de alguna manera ponen al que se les acerca en contacto con la fuente de la vida que ellos anhelan. Generando compasión despiertan el deseo de ser nosotros compadecidos al mismo tiempo que nos compadecemos de ellos. 

Si quieres puedes limpiarme (ayudarme, darme una mano, una caricia, una limosna…) nos dice el leproso. Y ese “llenarse de compasión” que experimenta Jesús es el sentimiento vivo que nos comunica con su propio ejemplo. También nosotros nos “llenamos de compasión” y recibimos la gracia de compadecer a los demás cuando estos nos imploran. Gracias a los pobres experimentamos lo que puede “llenar” nuestro corazón como solo la compasión puede llenarlo. Todo lo contrario de los que hacen que nos llenemos de envidia o de resentimiento, con su mal uso de las riquezas y el poder. 

Como dice Francisco: “Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas”. 

“Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia». Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia». Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza». 

Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii Gaudium 198).

Esto que salió hoy en la contemplación del Evangelio es algo que venimos compartiendo a lo largo de muchos años en las Contemplaciones y que acaba de convertirse en un librito que ha editado Agape: 

CONTEMPLAR EL ROSTRO DE CRISTO EN LOS POBRES

Diego Fares

https://www.agape-libros.com.ar/web/detalle-libro/Z/contemplar-el-rostro-de-cristo-en-los-pobres-fares-diego-AGAPE-LIBROS.lib/codigo/28123/#

Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. 

La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos. 

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. 

Al amanecer, muy oscuro todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; Y allí rezaba. 

Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: 

– «Todos te andan buscando.» 

El les respondió:

– «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar (kerygma), porque para eso he salido.»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Mc 1, 29-39).

Contemplación

Siempre me conmueve la imagen de nuestro Señor Jesús rezando. “Se levantó temprano y se fue a un lugar solitario. Y allí rezaba”, dice el Evangelio de Marcos. Jesús le daba tiempo a la oración (y no era un tiempo que se lo sacara a los demás).  

Imaginar al Señor rezando al Padre y envuelto como con un poncho calentito por el Espíritu me lleva a reflexionar acerca del misterio de la oración. Qué es esta actividad que hasta Dios se ejercita en ella?

Proseúxomai” viene de “prós”, que indica dirigirse a otro, realizar un intercambio, y de “euxomai”, que significa “desear, orar”. Propiamente, orar es “intercambiar deseos”; es interactuar con el Señor, intercambiando nuestros deseos humanos (ideas- sentimientos…) por Sus deseos, mientras Él nos comunica el don de la fe, en el sentido de que este intercambio benéfico con nuestro Padre hace que aumente nuestra confianza en Él: acrecienta nuestra fe. 

Imaginar qué tipo de intercambio se daría -y se da- entre Jesús, como Hijo amado, y su Padre y Padre nuestro, hace que nos vengan ganas de rezar. 

El evangelio de Marcos nos cuenta cómo era un día en la vida de Jesús: su presencia benéfica en medio del pueblo, curando a la suegra de Simón, recibiendo con cariño y sanando a todos los enfermos que le traen a la puerta, compartiendo la cena con sus amigos, servida por la suegra de Pedro… En la oración el Señor presenta el Padre, me imagino, a toda la gente que ha visto y con la que ha pasado el día; comparte con el Padre las necesidades de sus hermanos y se llena de la misericordia infinita del Padre que se transforma luego en presencia benéfica para todos. Jesús pasó por la vida haciendo el bien y esta acción benéfica suya brota de la oración. 

Podemos pensar que el intercambio de deseos entre Jesús y el Padre es un intercambio de bien con bien infinitos, de misericordia infinita con misericordia infinita, de ternura de Hijo infinita con ternura de Padre infinita, de alegría de Hijo infinita con alegría de Padre infinita… 

 En nosotros este intercambio se da, como dice San Ignacio, entre nuestra medida virtud y la infinita de Dios. Pero no importa la cantidad, sino la calidad del intercambio. Cada uno da de lo que tiene y puede, y recibe del otro en la medida en que el otro puede dar y uno recibir. Pero lo lindo es esta imagen de la oración como intercambio, como ida y vuelta. Nos hace pensar en un Dios que le interesan nuestras pequeñas cosas, como a los papás les interesan las pequeñas cosas que les comparten sus hijos más chiquitos o las confesiones a veces un poco a cuentagotas que hacen los hijos adolescentes…

Si tenemos en cuenta este sentido de intercambio, la oración es comunión y la comunión es oración. Si uno comulga poco o siente pocos deseos de ir a misa puede que le sea de ayuda reflexionar acerca del intercambio y del paradigma desde el cual comprende. 

En un paradigma individualista orientado al consumo de bienes, la Eucaristía no parece un gran bien. Hay que participar en una ceremonia protagonizada en gran medida por el sacerdote en la que uno no siente que intercambie mucho, salvo el momentito de comulgar y de hablar en intimidad con Jesús. Pero si el paradigma no es individualista sino comunitario social familiar y no está orientado al consumo de un bien sino a compartirlo, o mejor compartirse uno mismo comiendo con otros como se hace en la mesa familiar, entonces la cosa cambia. No se intercambian cosas, sino que se intercambia la propia vida. Esto hace que el tiempo que se dedica a preparar la comida, por ejemplo, y luego comer, se alargue. Uno no invita a los amigos a comer y después le sirve todo apurado para que terminen rápido. Cada momento de la cena tiene sus ritos y sus tiempos que se disfrutan prolongándolos sabiamente. 

La liturgia nace de esta dinámica. El problema se da cuando los gestos y los tiempos nos vienen de generaciones anteriores y no los recreamos a nuestra sensibilidad y gusto actual. Digámoslo claramente: si uno reza apurado o se aburre en misa es que los medios que usa para el intercambio son de otros, no son los propios. En una cena entre amigos es importante intercambiar cosas buenas como un vino especial o un postre exquisito, pero tan importante como lo que se comparte es la preparación de la mesa, la presentación de la comida, los tiempos que lleva cada paso de la cena y la conversación fluida y participativa de todos. Hablo de lo contrario de esas cenas en las que uno acapara toda la conversación o en la que un tema lleva a discutir mal, o en la que todo se basa en lo exterior. Pero no hace falta explicar lo que significa un intercambio rico y lleno de vida tan distinto de” un intercambio formal o interesado. 

Compartir lo provisorio

Quizá una de las claves del deseo de intercambiar y compartir la propia vida radica en lo que Mamerto Menapace cuenta en el relato “Compartir lo provisorio”.

      “Allá en las chacras se vivía prácticamente a la intemperie. No nos defendíamos demasiado de las realidades ni del clima. Más bien compartíamos el ritmo de las cosas; y por supuesto de las personas. 

La noche nos encerraba a todos en los pequeños charcos de luz que creaban nuestras lámparas. Los mismo que las aves acuáticas se reúnen en sus charcos cuando las atropella la sequía. La lluvia también era compartida por todos; para todos era un tiempo de recogimiento bajo techo dejando suceder lo que era imposible conjurar. También se vivía compartiendo los mismos gestos de la primavera, y las mismas humillaciones del verano o del invierno. 

Porque cuando se vive a la intemperie uno no puede hacer provisión de clima. Se vive el clima del momento con intensidad y compartiéndolo, sin reservarse de él nada para el día siguiente. Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros. 

Y lo que sucedía con los acontecimientos, sucedía también con los alimentos. Sobre todo con aquellos más primitivos, que provenían de la caza y de la pesca. Porque en las chacras abundaban las palomas, sobre todo cuando el lino era chiquito, o luego de la desgranada del maíz, o para cuando el girasol empezaba a madurar. Casi siempre cuando se escopeteaba la bandada, solían caer más palomas de las que nosotros podíamos aprovechar. Y como no teníamos la posibilidad de conservarlas, y además era un orgullo el haber tenido buen puntería el resto se mandaba a los vecinos. Y allá íbamos los chicos, hacia distintos rumbos, llevando cada uno un par de palomas gordas, con la esperanza de recibir propina. Y volvíamos luego a nuestro territorio con el orgullo de todo embajador. 

Los lunes la embajada venía del arroyo. Sábado y domingo, Don Pablo los pasaba en la isla o en el monte. Su razón de compartir era mucho más urgente, porque el pescado de los arroyos del norte hay que comerlo fresco. A veces, en lugar del par de pescados chicos sacados a línea y anzuelo, solía venir con n trozo de pescado de los grandes, de esos que traen acollarado el relato de la hazaña. Y si la embajada no venía, todos compartíamos en silencio el fracaso vivido ese fin de semana por Don Pablo. 

Lo mismo sucedía cuando para el invierno se carneaba el chancho. En eso del dar y el recibir, todos los vecinos comíamos presas frescas de las sucesivas carneadas. Y todos participábamos del esfuerzo o de la habilidad de todos. Sentíamos como una especie de alegría de familia grande que nos hacía compartir penas, alegrías, trabajos y fracasos. 

Ahora todo aquello ha cambiado. Casi todos han comprado una heladera. En cada chacra se dispone de una pequeña geografía polar que permite conservar los alimentos perecederos. Lo que antes se compartía, ahora se conserva. Y así Don Pablo se condenó en los últimos años de vida a comer siempre pescado: fresco los lunes, semifresco los martes, y partir del miércoles, pescado conservado. (Lo que no dejaba de encerrar un peligro.) Y ya nadie supo nada de sus éxitos y de sus fracasos. Lo que hizo que para él mismo la pesca perdiera mucho de su encanto. Y también para nosotros en eso de cazar palomas. 

Desde que hemos optado por la heladera, nuestra alimentación y nuestra vida en las chacras ha perdido mucho de su variedad, de su capacidad de sorpresa, de ese sentimiento de totalidad que creaba el compartir. Nos defendemos mejor contra el clima y la intemperie, sí.  Pero nos estamos volviendo menos hombres”.

Mamerto Menapace


(Publicado en el libro La sal de la tierra, Editorial Patria Grande). 

“Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros”. En esta apreciación se esconde el deseo profundo de Jesús al instituir la Eucaristía: su pedido de que la hagamos “en memoria suya”, tiene que ver con este deseo que más que el de intercambiar una cosa o un rito es el de intercambiar la propia vida. En la oración eucarística se intercambia todo: los dones gratuitamente dados por el Padre se intercambian con la Acción de gracias que hacemos en Nombre de Jesús (para que, en su persona, el agradecimiento esté a la altura del Don), nuestros pecados los intercambiamos con la Misericordia, el pan y vino de nuestros trabajos, con el cuerpo y la sangre de Cristo… Pero para que el deseo de compartir la vida sea más fuerte que el de comerciar con cosas, es necesario que se comparta en la provisoriedad, como bien dice Menapace. Al fin y al cabo, por eso el Señor quiso quedarse en lo provisorio de cada Eucaristía “hecha de nuevo cada día”, aunque a veces lo encerremos en la heladera del sagrario y no nos urja tener que salir a compartir el pan antes que se endurezca (dicho con todo respeto y sin espíritu de desacralizar nada, pero para hacer sentir que no hay que sacralizar la Eucaristía “cosa” sino la Eucaristía “pan partido, repartido y compartido”. Entonces sí, si esta es la Eucaristía que nos quema en las manos, la oración se convierte en oración viva, en intercambio de deseos entre una humanidad hambrienta y un Dios que se hace pan, entre una humanidad sin alegría ni mucha esperanza y un Dios que se hace vino que alegra el corazón.

Diego Fares sj

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