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En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…
Sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se
levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto
automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y
cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.
Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el
reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que
cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas
las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.
Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de
entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo
cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Sucede con el Reino de Dios como sucede con un hombre que siembra y que, cuando llega el momento, cosecha. El Reino, como la semilla, crece por sí solo. Pero se necesita uno que siembre y que coseche.

Es decir: se nos ha regalado algo valioso, una semilla que da fruto. Nos toca discernir cuándo y en qué terreno sembrarla y estar atentos al tiempo de la cosecha.

A qué se opone esta imagen del labrador que interactúa con la semilla y hace alianza con la tierra? Diría que este labrador es lo contrario de un mero consumidor. Es una persona que trabaja y que hace su parte. Sus expectativas son humildes y reales: conoce qué semilla ha sembrado y cuál será el fruto que cosechará. Si lo que ha sembrado es un granito de mostaza, se sorprenderá al ver cómo crece tanto la planta y cómo los pajaritos hacen en ella nido, pero sabe que cosechará mostaza.

Para nosotros, el fruto del trabajo, es el dinero. El dinero que nos permite comprar cualquier otro “fruto” que deseemos. Pero esta relación no sirve para comprender cómo funciona el Reino. En el Reino el Señor multiplica los frutos de la semilla concreta que sembramos, no hay ninguna “moneda” abstracta que se meta en medio. Es importante comprender bien este mecanismo, esta dinámica que Jesús pone como analogía de lo que sucede con su Reino. Sembramos misericordia, cosechamos misericordia (centuplicada). Pero se trata siempre y solo de misericordia. No es que cosechemos alguna “moneda” que se pueda intercambiar con cualquier cosa. No es que si sembrás misericordia cosecharás riquezas, como quieren las teologías de la prosperidad. O tendrás un seguro contra las desgracias y las enfermedades. El que es misericordioso obtendrá misericordia. Al que perdona los pecados y repara lo que otros dañan, se le perdonarán sus pecados y el Señor reparará lo que él no logre hacer del todo bien.

Si sembrás oración, cosecharás oración. Una oración más sólida y perseverante, más inclusiva y sincera, pero siempre oración. No es que si rezás Dios te dará otros “productos”. La oración no es una moneda. Es en primer lugar gratuita adoración y generosa intercesión por los demás, que te pone necesariamente en la fila de los que necesitan, como uno más. No te da privilegios, salvo el de ir rezando más de corazón cada día y de ir haciendo más íntima y comprometida tu relación con el Señor, que te permite colaborar más conscientemente con Él en su plan de salvación.

Si sembrás la Palabra de Dios, enseñando el catecismo, predicando el evangelio y dando testimonio de los frutos de esa Palabra cuando la encarnás en tu vida, cosecharás que Jesús mismo te “explique todo” personalmente y te haga crecer en tu capacidad de interpretar la vida a la luz de las parábolas y no a la luz de las ideologías de moda.

Si sembrás tu semilla -la del carisma que el Espíritu te da de manera especial a vos- cosecharás el poder apreciar las semillas-carismas que el Espíritu le da a los demás y te convertirás cada día más en una persona colaborativa con los demás, todo lo contrario del individualista multitasking que cree poder ser autosuficiente.

Bueno, el fruto de las parábolas de hoy, ha ido por este lado: el de caer en la cuenta de cómo el paradigma individualista, consumista y monetarizado en el que pensamos y nos movemos no nos ayuda a comprender la dinámica de la comparación que hace Jesús. Quizás es esto lo que no nos permite “ver” las semillas del Reino que el Espíritu nos regala abundantemente para que sembremos y a no gustar los frutos de esa cosecha abundante que nos rodea en la Iglesia gracias a lo que sembraron y siembran tantos hermanos y hermanas nuestras que tienen una imagen más sencilla de sí mismos, como los que vemos en las imágenes que compartimos en esta contemplación.

Si nos miramos como simples sembradores y cosechadores de las semillas y frutos concretos del Reino se nos aclararán muchas cosas de Jesús que ahora no vemos ni gustamos al vivir y actuar como consumidores dispersos de todos esos bienes, muchos tan insustanciales, con que nos distrae el mundo de hoy.

Diego Fares sj

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles: – Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huesped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?. El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad,encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: -Tomen y coman, esto es mi Cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: -Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

Para contemplar el misterio de la Eucaristía, nos detenemos hoy en el lugar donde el Señor quiso celebrar la Ultima Cena. El piso alto de aquella hospedería nos indica algo muy especial acerca de cómo quiere quedarse el Señor entre nosotros: como un huésped!

El diálogo de Jesús y los discípulos comienza con la pregunta de estos por el lugar: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. Y el Señor les indica entonces un camino un tanto complicado para llegar al lugar de la Cena… que ya estaba preparado!

Esto llama la atención. Uno piensa: “Si Jesús ya lo tenía todo planeado, ¿por qué no los mandó directamente a la casa? ¿Por qué los hizo caminar siguiendo pistas, como si fuera una búsqueda del tesoro?”.

Creo que quería hacerlos experimentar el camino que Él había recorrido antes, siguiendo al hombre del cántaro hasta encontrar la hospedería en la que trabajaba. Una manera de hacerlos sentir huéspedes también a ellos. Lo cual tiene su importancia a la hora de celebrar a Jesús en la Eucaristía, en ese pan y ese vino en los que el Señor “se hospeda” para que lo podamos comer.

Me gusta pensar que Jesús había rezado y preparado largamente la última cena. Iba a ser su gesto definitivo: la manera de darse y de quedarse con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

El lugar era, pues, importante. Notamos que no eligió la casa de ninguno de los apóstoles ni la de algún amigo o conocido, sino un lugar distinto, al que los hizo llegar como si fueran forasteros que entran a un pueblo y siguen a uno que lleva un cántaro de agua, suponiendo que los conducirá a algún albergue.

Nos quedamos mirando y contemplando el lugar que el Señor eligió.

Dos palabras que suelen pasar desapercibidas, pueden ayudarnos a contemplar: “katalyma” – “aposento”- y “anagaion” – “piso alto”.

Jesús les encarga que le digan al dueño de casa: “donde está mi aposento”. La palabra que usa es “katalyma” que significa estancia o aposento y que propiamente es una “habitación para huéspedes”. Lucas es el otro que usa esta palabra cuando narra la peregrinación de José y María y dice que “no había lugar para ellos en el aposento u hospedería” (Lc 2, 17). También la usa cuando le critican a Jesús que haya ido a “hospedarse” en la casa de un pecador (en referencia al publicano Mateo) (Lc 19, 17).

Dejamos que resuene en nuestro corazón esta palabra tan querida para nosotros: “hospedería”, “habitación de húespedes”, “hogar de tránsito”.

Jesús no tenía casa propia, no tenía “donde reclinar la cabeza”. Para sus reuniones debía pedir prestada una casa. Por supuesto que tenía amigos, como Lázaro y sus hermanas, que lo hospedaban gustosos. También es cierto que en esta ocasión Jesús hace notar su Señorío: el mensaje que les da a los discípulos es el de un Señor. Habla de “” aposento. Pero el lugar que elige y el modo como los hace llegar a él, hablan de un lugar ajeno.

La otra palabra es “gran sala en el piso superior” (ana-gaion), que literalmente sería “sobre piso”.

Jesús celebra la Eucaristía en una sala grande, en el piso alto de una hospedería! Como si dijéramos en El Hogar de San José o en la Hospedería Padre Hurtado: esos lugares son El Hogar de Cristo!

Podemos imaginar que el Señor nos manda decir: “¿Donde está dentro tuyo ese lugar grande donde quiero que me hospedes para que comamos juntos, para que te pueda dar mi Cuerpo y mi Sangre?”.

Ese es nuestro lugar íntimo y secreto donde se complace en habitar la Trinidad Santa: el Padre, Jesús y el Dulce Huésped del alma, el Espíritu Santo.

Imaginamos ahora nuestro interior con una habitación grande para huéspedes.

Así como para nacer el Señor se hubiera conformado con esa hospedería humilde de Belén y ni siquiera en ella encontró lugar, para celebrar la fiesta de la Alianza con los hombres elige y prepara él mismo un lugar de paso. Quiere ser “huesped”.

La imagen del huesped habla de libertad. Tanto el que hospeda como el huésped comparten un espacio íntimo sin que sea definitivo.

Y los permisos que uno pide para disponer de algo o para ir al baño…, los gestos de cortesía que se usan, suponen una valoración muy linda de lo que significa compartir la intimidad sin adueñarse de ella.

Hospedar y hospedarse implica un ritual de ofrecimiento y de agradecimiento. Uno, como huésped, tiene que pedir permiso y es lindo tener que pedirlo y que el otro refuerce explícitamente la gratuidad y la amplitud de su ofrecimiento: “Sentite como en tu casa” decimos. Por eso esta es una imagen llena de profundidad y de misterio para gustar la manera en que Jesús elige estar presente en nuestro interior.

Él, aunque es dueño, quiere ser huésped. En Emaús, el “forastero” (huésped, en latín, es forastero) hace ademán de seguir de largo y espera a que lo inviten: “quédate con nosotros, porque anochece…”

Esta imagen de huésped se aplica también al Espíritu: “Dulce huésped de nuestra alma”.

Al darnos su Cuerpo y su Sangre, el Señor se nos da de manera íntima y total y un don tan grande para darse y para ser recibido requiere esta distancia-cercana tan propia de la relación de hospitalidad.

El Señor no viene ni como dueño de casa que se instala ni como desconocido que alquila o viene a negociar algo. Viene como huésped. Y no es esta una imagen menor para la caridad. Como si dijéramos que sería mejor que viniera como Esposo o como hijo… Por el contrario: al huesped uno lo trata mejor incluso que a los de casa.

En la hospitalidad reina la libertad, condimentando cada gesto de dar y recibir como algo que se hace gratuitamente, sin que nunca se pierda este gusto por la gratuidad.

Es bueno en este punto que cada uno rememore sus experiencias de hospitalidad y las aplique a la Eucaristía y a la Palabra, de modo que cuando comulgamos y cuando leemos la Palabra “hospedemos” al Señor en nuestro interior. Cada vez de modo nuevo, hasta que sea Él a hospedarnos definitivamente en el hogar de la intimidad de Dios, en lo que llamamos Cielo.

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16-20).

Contemplación

En Pentecostés subrayamos la palabra “recibir” –porque el Espíritu es Don- y, luego de contemplar cómo se lo recibe “en comunidad”, volvimos a reflexionar para sacar provecho, pidiendo la gracia de “amar” nuestra comunidad concreta, la única en que el Espíritu viene a nosotros: nuestra familia, nuestra Iglesia, nuestro Pueblo.

Con la Trinidad parece difícil reflexionar sin caer en la abstracción. Nada más abstracto que un número. Y sin embargo, cuando hay mucha familiaridad, un número puede expresarlo todo, como cuando decimos “qué duo!”, refiriéndonos a dos que van de acuerdo.

“Trinidad” no es una palabra que se encuentre en el Evangelio. Es fruto de una meditación que ha hecho la Iglesia. Luego de mucho contemplar a las Personas divinas la Iglesia ha sacado provecho de esa contemplación y ha guardado el fruto en una palabra: Trinidad. Cifra que señala el misterio de Dios como Trino y uno y lo protege contra toda imagen falsa.

Solo que a veces la protección se vuelve hermetismo y cuando decimos “Trinidad” no se nos mueve ningún afecto. Por eso hay que hacer el camino de ida y vuelta y llenar nuestras reflexiones de contemplación gustosa y sentida. Le pedimos al Espíritu: “Enciende con tu luz nuestros sentidos!”

Una cosa es cierta: Predicar sobre el Dios Trino y Uno se vuelve sencillo cuando nos ponemos en actitud de pequeñez. Somos pequeñitos cuando nos arrodillamos ante la Palabra más grande que se nos ha regalado; somos pequeñitos cuando nos dejamos “bautizar” –sumergir- en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Decimos “Padre”, dejando que esta palabra tan querida resuene en nuestro interior. “Porque somos hijos, Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6).

Decimos “Padre de Jesús y Padre nuestro”, y dejamos que los afectos del Hijo corrijan y mejoren nuestra imagen paterna. Sólo Jesús puede amar al Padre incondicionalmente y el Padre sólo puede estar contento con su Hijo predilecto… y con nosotros, sus hijos pródigos-predilectos que de la mano con Jesús nos animamos a sentirnos hijos. “Gracias a Jesús tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino […] familiares De Dios” (Ef 2, 18-19).

Y ahora invocamos: “Espíritu del Padre y de Jesús”, y sentimos que ese amor que ellos se tienen es un Don espiritual, es amor gratuito. Y el amor ¡se puede comunicar! Lo puede sentir el hijo con menos capacidades igual que el hijo más dotado: “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

De esta manera sencilla el misterio de la Trinidad nos guía en la oración: nos va llevando en un movimiento que es tan simple como el movimiento de nuestra mano cuando hacemos la señal de la Cruz y nos dejamos abrazar (bautizar) por el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Miramos a nuestra Señora

Otra manera evangélica de contemplar la Trinidad es fijarnos en qué pasajes del evangelio se mencionan las tres Personas juntas y detenernos a considerar a quién se le revelan.

El primer pasaje trinitario, en Lucas, por ejemplo, es la Anunciación. María es la primera que escucha hablar en lenguaje Trinitario. Se le anuncia que Dios mira con amor su pequeñez y que ha hallado gracia a los ojos del Padre. Se le anuncia que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Se le aclara que esto es obra del Espíritu Santo, que descenderá sobre ella y del Padre Altísimo, cuyo poder la cubrirá con su Sombra. Nuestra Señora es así “incorporada” (bautizada) a la vida trinitaria. Y en ella, todos nosotros, como Iglesia, como familia.

Junto con María nos animamos a sentir familiaridad con nuestro Dios Trino y Uno. Las gracias que brotan de aquí son todas gracias de familia.

Entrar en la vida trinitaria es como entrar en una familia que se ama y en la que todos se entienden y se conocen.

Una familia en la que nos podemos sentir Hijos predilectos, como Jesús, sobre quien: “Bajó el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy»” (Lc 3, 22).

Una familia en la que podemos expresar nuestros dolores más hondos y confiarnos en las manos de los otros: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi Espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46).

Una familia en la que estamos unidos con todos los hombres en espíritu y en verdad, más allá de las distancias y trabajos de cada uno: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 23).

Una familia en la que conocemos todo lo de los otros: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26).

Una familia donde no hay temores ni desconfianzas: “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos” (Rm 8, 15).

Así queda claro, entonces, que cuando escuchamos “Trinidad” y no logramos imaginar nada, esto no debe descorazonarnos ni aburrirnos. Todo lo contrario: cuando uno escucha “Trinidad”, la ausencia de imagen concreta, propia de todo número, es una invitación a buscarla en la vida. La Iglesia nos regala un molde seguro en el que volcar todo nuestro cariño por cada una de las Personas divinas sabiendo que le llega a las otras por igual, y recibir las gracias de cada una sabiendo que proceden de las tres.

Miramos a Ignacio

En este año dedicado a la Conversión de Ignacio, nuestro padre nos enseña otra manera de contemplar a la Trinidad en la acción. Ignacio es moderno, en el sentido de que no busca “crecer” mentalmente para llegar a concebir lo que es la Trinidad, sino que le interesa “descubrirla en todas las cosas”, en su modo de estar, de trabajar y de donarse en cada situación y persona concreta.

Como Ignacio en la visión de la Storta, podemos contemplar al Padre que “nos pone con su Hijo Jesús” y a Jesús que “cargando con la Cruz, nos asegura que nos será propicio en Roma” (en nuestro lugar de misión). A ambos podemos pedirles que nos llenen con su Espíritu para consolar a nuestros hermanos y predicar la verdad del Evangelio.

Ahora bien, la gracia que el Espíritu le regala a Ignacio es la del discernimiento. Es un hecho que nuestro Padre “siempre” nos está “poniendo con Jesús”, siempre nos atrae hacia su Hijo. Es un hecho también que Jesús “nos es propicio” siempre. Su actitud básica es interceder por nosotros, estarnos cerca, acompañarnos, bendecir la misión a la que nos envía. El punto es que necesitamos al Espíritu para discernir en cada situación “dónde es que el Padre nos pone con su Hijo” y “cómo nos es propicio Jesús”.

Porque muchas veces, por falta de discernimiento, nos equivocamos de parábola, por decirlo así. El Padre nos está queriendo poner misericordiosamente con su hijo pródigo, como al hermano mayor, y nosotros no queremos entrar en la fiesta, atrincherados en una parábola de juicio final. O sucede que Jesús nos es propicio dejándose ayudar a cargar con la Cruz, como hizo el Cireneo, y nosotros le estamos pidiendo como los fariseos que se baje de la Cruz y se salve a sí mismo y a nosotros con él.

Discernimiento: que el Espíritu nos enseñe dónde se concreta nuestro estar con Jesús (en su compañía) y cómo se vuelve fecunda su bendición en cada momento de nuestra vida. Esto es concretar trinitariamente nuestra oración.

Al hacer nuestra contemplación sobre el misterio del Dios Trino y Uno debemos hacernos muy pequeñitos, como María. El esfuerzo no tenemos que ponerlo en “pensar a ese Dios siempre más grande que todo lo que podamos concebir, sino en empequeñecernos para recibirlo.

En la elección del Papa Francisco se dio un discernimiento comunitario (cosa que raramente sucede): él discernió que Jesús llamaba a nuestra puerta, pero no para entrar sino para salir! Y los cardenales lo eligieron para que condujera una Iglesia en salida. (Algunos se arrepintieron como el Pueblo de Dios en el desierto, que añoraba las cebollas de Egipto).

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado.

Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes. Al decir esto sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan (Jn 20, 19-23).

Contemplación

¿Qué valor está en juego en el texto?

Subrayamos el “recibir”. El Espíritu Santo es Don y la actitud ante El es de receptividad. Una receptividad comunitaria, no individualista.

Miramos a los discípulos: un grupo en crisis.

Los discípulos están encerrados. Tienen miedo a los judíos. Sin embargo, reciben a Jesús y se llenan de alegría.

Podemos decir que su “no-receptividad” tiene un carácter especial: la dura realidad de la pasión y de la muerte del Señor los ha llevado a encerrarse en su dolor y en su miedo. Necesitan estar solos (no cada uno aislado, sino entre amigos, en familia). No quieren recibir visitas desagradables. Los anuncios de la resurrección son débiles. No terminan de cambiarles el ánimo. Están en una situación tal que sólo pueden y quieren recibir algo de Jesús, no de nadie más.

Es importante tener en cuenta esta situación porque El Señor elige precisamente ese momento para darles el Espíritu. A otros les ha salido al encuentro, individualmente, por el camino: a María Magdalena, a los de Emaús… Pero el Espíritu lo derrama sólo en la comunidad reunida: la comunidad que brota de haber vivido juntos y de haber padecido juntos.

No es un dato menor darnos cuenta que no se separaron. Bien podrían haberse formado dos o tres grupos: el de los “fidelísimos” -María, Juan, la Magdalena y algunas de las santas mujeres, que permanecieron al pie de la Cruz-; el de Pedro y los que lucharon por defender al Señor y trataron de acercarse, a pesar de sus miedos; el de los otros, que huyeron de entrada y no se jugaron…

De hecho, ya en esta reunión faltaba Tomás. Es decir: vemos a una comunidad en crisis, a punto de comenzar a disgregarse. Y sin embargo, todavía unidos: esperando que pase algo.

Algo que sólo puede hacer Jesús, en quien confiaron. Es este momento preciso el que Jesús elige para venir a ellos, para pacificarlos y darles el Espíritu.

¿Por qué -nos podemos preguntar-, esta espera que les hace sufrir el Señor?. Resucitó de madrugada, pero no los fue a ver. Esperó que María Magdalena fuera al sepulcro, que luego fueran Pedro y Juan…

¿Por qué se le apareció primero a la Magdalena y la envió con el anuncio “He visto al Señor y me ha dicho esto”? (En los otros evangelios la espera es más larga, porque los hace ir a Galilea!)

¿Por qué si ha resucitado no sale corriendo a buscarlos y reunirlos a todos sino que espera a que se haga tarde y recién va a su encuentro de nochecita?

Es verdad que en Juan la espera no es muy larga y Pentecostés acontece ese mismo domingo! Así como ya en la Cruz Juan ve la Gloria del Resucitado en los signos del agua y la sangre que brotan de su corazón traspasado.

Pero no deja de ser una espera.

Se me ocurren varias cosas, todas en torno a la actitud de “recibir”. Lo expresaría así: el Señor resucitado espera a ver quién lo va buscar al sepulcro. También está atento y busca a los que se alejan desilusionados y a Tomás que es bastante escéptico. Pero el Espíritu lo da a los que se juntan y se mantienen unidos –a pesar de haber tenido actitudes de distinta fidelidad- para esperarlo.

Quizás hay aquí una distinción que hace a la persona del Espíritu Santo.

Jesús entabla relaciones personales con cada uno, es más, pareciera que siempre su accionar está marcado por lo personal, por llamar a cada uno, por perdonar a este pecador y curar a este enfermo. Todo en el evangelio desemboca en situaciones personales: el diálogo con la samaritana, con Nicodemo… Las predicas y los milagros masivos encuentran luego su explicación en la pequeña comunidad. Jesús huye de las multitudes, desaparece apenas ha hecho un signo grande.

En cambio el Espíritu entabla relaciones con personas en comunidad. La unidad lo atrae; lo atrae irresistiblemente una Iglesa Sinodal. Es recibido comunitariamente, cuando dos o tres se reúnen en el Nombre de Jesús. Y produce inmediatamente frutos comunitarios: las conversiones de grandes grupos o de familias enteras, la misión que dispersa a los apóstoles y los dirige a todas partes del mundo.

Es como que para recibir al Espíritu hay que ser capaz de comunidad, de sinodalidad.

Es que el Espíritu es “Espíritu del Padre y del Hijo” y no se recibe si no hay por lo menos “dos o tres”, no se recibe si no hay comunidad que esté tratando de formarse o comunidad que desee misionar e incorporar a otros.

Así pues, la comunidad, la Iglesia, es algo decisivo a la hora de recibir el Espíritu.

El Espíritu es el que “termina”, el que completa la obra de Jesús:

Es el que redondea toda la verdad del Evangelio: “Todavía tengo muchas cosas que decirles pero ustedes no pueden comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, el los introducirá en toda la verdad”.

Es el que hace la unidad y expande la Iglesia.

Es el que en y a través de la Iglesia hace la Eucaristía y perdona los pecados, incorpora a los nuevos bautizados, une los matrimonios y hace perdurar el sacerdocio.

Nos quedamos reflexionando un rato sobre nuestras ganas de recibir este Espíritu común (del Padre y del Hijo y que nos hace ser Iglesia común, uno más en medio del pueblo de Dios, uno con todos –santos y pecadores-).

¿Estamos dispuestos a cuidar  (y a “aguantar”) la comunidad –como Iglesia universal, con toda su historia y estructura, con sus gracias y pecados y como Iglesia particular, con la gente concreta de la parroquia, del grupo, de la familia- para poder recibir así al Espíritu?

Pedimos la gracia a la Virgen, madre de la primera comunidad, que se mantuvo unida en torno a ella en Pentecostés, y madre de la Iglesia de todos los tiempos, que la siente como la “aguantadora cariñosa y esperanzada” de la unidad sinodal de todos sus hijos.

Jesús dijo a sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20)

Contemplación

Miramos a Jesús que “se sentó a la diestra del Padre”.

La imagen no nos dice tanto como a los antiguos, para los que las ceremonias de coronación en las que finalmente el Rey se sentaba en su trono, eran el espectáculo mayor que se podía contemplar. Me imagino que el trono era un lugar preciso de sociedades estructuradas de modo jerárquico muy centralizado. Actualmente “el sillón” del poder no es visualizado de la misma manera. Cuentan más las personas en movimiento. Al Papa lo vemos “sentado” en silloncitos comunes en las visitas que hace a todos los pueblos.

Imaginarlo a Jesús “sentado a la diestra del Padre” es una imagen que tenemos que recuperar en todo su significado, porque es una imagen que nos puede hacer mucho bien.

Miramos primero al Padre

El Padre ha dejado de ser el “misterioso” ser a quien nadie puede ver. Ha dejado de ser ese Ser que intuímos que tiene que existir y sobre el cual proyectamos nuestros deseos y frustraciones. Ese Dios desconocido que los hombres adoran o detestan haciéndolo a imagen de sus miedos o de sus anhelos.

En Jesús, que nos lo ha revelado, el Padre es “el Padre mío y el Padre de ustedes”.

Es el Padre Agricultor, que sembró la vida y que trabaja podándola para que de fruto.

Es el Padre Misericordioso que reparte su herencia y aguarda pacientemente a que sus hijos maduren.

Es el Padre que nos envió a Jesús, su Hijo predilecto, porque confía que lo respetaremos y lo escucharemos.

Su diestra, como lugar de predilección, importa más que el trono o la acción de sentarse. Como dice el Salmo: Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre (Slm 16, 11).

La diestra del Padre es lugar donde la intimidad sagrada del Dios santo es toda cercanía, comunicación amorosa, alegría de estar juntos.

Dios es el Padre que nos regaló la vida y que nos regaló a Jesús. Y ahora lo recupera y le hace fiesta. La parábola del hijo pródigo expresa el sentimiento del Padre al ver subir al Cielo a Jesús: “Este hijo mío estaba muerto y revivió”.

Miramos a Jesús

Con esto pasamos a “fijar nuestros ojos” en Jesús, como dice la carta a los Hebreos. ¿Quién es este que se sienta a la derecha del Padre?Recordamos el evangelio del domingo de Ramos: es el mismo que se sentó sobre un burrito, para entrar en Jerusalem como rey humilde. Este Jesús que asciende y se sienta en el trono es el que “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo al descrédito y a la mala fama y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2).

Pero más importante es mirar bien quién es “para nosotros”. Porque, como decía Jesús, cuando rezaba al Padre para hacer algún milagro, lo hacía por nosotros. El y el Padre no tienen necesidad de “gestos” para expresarse su amor.

Todos estos gestos son para nosotros, para revelarnos y que nos demos cuenta a qué estamos invitados a participar.

Para que sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb). Para que confiemos plenamente, porque: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 33-35). Para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo” (Ef 1, 17-23). Para que “si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1).

Este Jesús que se sentó, también se pone de pie. Es la imagen que fortalece a Esteban, el primer mártir, quien: “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios»” (Hc 7, 55).

Miramos pues a Jesús, al lado del Padre, que está intercediendo por nosotros. Es un Jesús unido a los suyos, que salen a predicar por todas partes. Un Jesús que está cooperando con ellos y confirmando con signos la Palabra que anuncian. Un Jesús que ha derramado el Espíritu Santo y ha establecido una Alianza permanente –que hace que su amor vaya y venga- con nosotros. “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hc 2, 32-33). Nos quedamos un rato imaginando a Jesús y al Padre avocados a darnos su Espíritu, conectados enteramente con lo que nos pasa, deseando nuestro bien, incorporándonos a su vida y a su plan de salvación todo lo que pueden (todo lo que le dejamos).

Reflexión para sacar provecho

Cómo podemos sacar provecho de esta imagen de ”Jesús, sentado a la diestra del Padre, intercediendo y cooperando con nosotros”. Lo primero, como vemos, es buscar el sentido profundo de la imagen: llenar de evangelio las palabras que se nos quedan vacías, despejar falsas imágenes que se pegan a la verdadera…

Pero la segunda tarea, es “encontrar nuestro lugar”.

Si Jesús ha encontrado su lugar definitivo, su puesto desde donde ama más plenamente y a todos, ¿dónde me ubico yo para estar bajo la influencia de su amor?

Como siempre, nuestros hermanos los santos nos ayudan. En este caso me viene al corazón “el banquito de San Ignacio”. Rivadeneyra lo describía así: “Subíase a un terrado o azotea, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie quitado su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo, luego hincadas las rodillas hacía una humillación a Dios; después se asentaba en un banquito bajo, porque la flaqueza del cuerpo no le permitía hacer otra cosa: allí se estaba (con) la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.

Para sentir la cooperación y la intercesión de Jesús en nuestra vida cada uno tiene que “asentarse en su banquito bajo” y estarse allí un buen rato, rezando.

Nuestro lugar es el banquito de nuestra oración y el banquito de la Iglesia en el que participamos de la Eucaristía.

Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 

Les he dicho esto para que el gozo que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. 

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

Contemplación

Estamos en el momento más íntimo de lo que se da en llamar “El libro de la hora de Jesús”, que comienza así: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).

Juan organiza su Evangelio en dos grandes secciones: la de los signos  que realizó Jesús (cap. 1-12) y la de la hora (cap. 13- 20). La hora se refiere al momento de pasar de este mundo al Padre. Es la hora de la Cruz. Pero también es la hora de decir las cosas importantes, la hora de “hablar claramente del Padre” (Jn 16, 25), como les dice el Señor a sus amigos. Es la hora de sintetizarlo todo en un único mandamiento: el mandamiento del amor: “Como el Padre me ha amado, también Yo los he amado a ustedes”. 

Nos detenemos en este “como” del amor del Padre a Jesús. ¿Cómo ama el Padre a Jesús? Esta es la contemplación básica, la fuente de toda otra contemplación que queramos hacer, porque el Señor nos manda amar del mismo modo. 

Jesús “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose igual a él” (Jn 5, 18). De este amor lo acusaban a Jesús, de sentirse así amado, al punto de igualarse con Aquel que lo amaba tan incondicionalmente, con toda su predilección. Jesús será acusado de sentirse “demasiado amado”. Y dará la vida para testimoniar que este amor es real. 

Como un hijo pequeño que imita a su papá, caminando como él o poniéndose a trabajar con alguna herramienta, Jesús decía claramente que su amor se traducía en imitación. “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el hijo, de igual manera” (Jn 5, 19). Tenemos aquí un dato precioso acerca de “cómo ama el Padre”: Jesús nos dice que todo lo que él hace lo hace “al modo del Padre”. Toda la vida de Jesús es simplemente una revelación de cómo lo ama y nos ama el Padre. 

El Maestro lo dice claramente: “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Él es el camino para ir al Padre, la verdad de lo que el Padre piensa y la vida que el Padre participa. Ver a Jesús es ver al Padre, como le dice a Felipe. Porque Jesús “está en el Padre y el Padre está en él” (Cfr. Jn 14, 9-10).

En algunos pasos, esto es claro, como cuando Jesús cuenta la parábola del Padre Misericordioso y la del buen Pastor que busca la oveja perdida. Es el mismo amor el que mueve al Padre y a Jesús Pastor. 

En otros pasajes hay que meditar y contemplar hasta recibir la gracia de ver en la Persona de Jesús, la del Padre, actuando al unísono, como una sola. El Padre ama irrumpiendo, buscando tocar nuestro corazón, entrando en comunión de vida.

Irrumpiendo

Cuando Jesús le dice al fariseo que a la mujer que lo ha ungido “se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho” usa la misma expresión. Amar como ama el Padre es amar como esta pecadora que irrumpió en la casa del fariseo para ungir los pies de Jesús con sus lágrimas! El modo del Padre tiene esta característica, de irrumpir rompiendo todas las reglas de cortesía para expresar su amor de predilección por Jesús. El Señor equipara el amor de esta mujer, con su gesto algo extravagante para el ambiente social, con el amor de su Padre por él. Y se goza de esta predilección de ambos!

Buscando tocar el corazón

También en el encuentro con el joven rico se nos dice que Jesús “lo miró y lo amo”, buscando tocar su corazón. Pero este joven no se dejó tocar el corazón por la mirada creadora de Dios y bajó los ojos, entristecido. Podemos pensar que Jesús siempre miraba con este amor a las personas. Y que es el “modo” como nos mira el Padre: amándonos. Las otras miradas que sentimos sobre nosotros pueden ser proyección de miradas humanas, que juzgan, exigen, desprecian, menosprecian o idealizan. La mirada de nuestro Padre es simplemente una mirada de amor, de ese amor que se tiene por los hijos pródigos-predilectos. 

Entrando en comunión de vida

El amor del Padre por Jesús es un amor que lo hace “vivir el uno en el otro”: “Yo vivo por el Padre y el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57). Es una forma de sentir la Eucaristía: no solo comulgamos con Jesús, sino que al entrar en comunión con él participamos de su comunión con el Padre. Jesús nos manda hacer la Eucaristía en memoria suya porque en ella entramos en la vida en común que Él tiene con el Padre.

Cuando amamos como Jesús nos ama, del mismo modo que el Padre lo ama a Él, entonces el Señor ruega al Padre y Él nos da otro Consolador-Intercesor, el Espíritu santo, para que esté con nosotros siempre (Jn 14, 16). Que se pueda hacer efectivo este ruego de Jesús y este envío del Padre, solo es posible en el amor. Es de esas cosas que solo se pueden hacer reales donde hay un mismo amor. Sentirnos amados como Jesús se siente amado es la condición para poder recibir el Espíritu Santo, que no tiene otro “poder” que el de explicitar y consolidar este amor de manera definitiva. Fuera del ámbito del amor no actúa el Espíritu, no puede suscitar en nosotros la moción a decir “Abba” al Padre y “Señor” a Jesús; no puede hacernos “sentir y gustar” el evangelio; no puede aconsejarnos para discernir y elegir el bien que el Padre desea de nosotros en cada situación particular. El Espíritu sólo actúa allí donde nos sentimos amados como Jesús se siente amado. Y para hacérnoslo sentir, el Señor dio su vida. Dio testimonio de sentirse amado por el Padre aún en el abandono total de la Cruz! De la misma manera que se sintió amado en el Bautismo y en la Transfiguración y en cada momento de su vida en medio de sus amigos-discípulos y del cariño del pueblo fiel de Dios. 

En el día de la Virgen de Luján, haciendo memoria agradecida de todo lo que la Virgencita ha hecho por nuestro pueblo en estos casi 400 años, la contemplamos a Ella como el mejor signo concreto de cómo ama a Jesús el Padre y de cómo quiere ser amado Jesús. A la sombra del amor de José y envuelto en el cariño cotidiano de su madre, “el niño crecía, y se fortalecía, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2, 39).

Si queremos saber el “como” del amor del Padre, vayamos a María, contemplemos a nuestra Madre. Y hagámoslo con la fe con que se acerca a Ella el santo pueblo fiel de Dios, que es “infalible en su modo de creer (y de querer)”, como siempre nos recuerda Francisco siguiendo al Concilio.

Diego Fares sj

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que trabaja la viña.

Todo sarmiento que en mí no porta fruto, lo corta, y a todo el que da fruto, lo limpia, para que porte frutos más copiosos.

Ustedes ya están limpios gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. 

El que permanece en mí y yo en él, ése porta mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

Contemplación

Con la metáfora de la Vid, Jesús nos pone a todos consigo en las manos del Padre trabajador. El Señor nos abraza, usando esa imagen de comunión tan estrecha y fecunda como es la unión de los sarmientos a la vid. Y así, estrechamente unido con nosotros, nos pone en las manos del Padre Viñador. 

Nuestro Padre es el Creador del universo. Nadie lo ha visto y en su “ser siempre más grande que todo lo que podamos pensar” se escapa a lo que logran aferrar nuestros conceptos. Pero eso no significa que no podamos entrar en contacto con Él. Las metáforas que usa Jesús son especiales para “sentir y gustar” la acción de nuestro Creador. El Señor nos revela algo clave: Dios no es un Creador distante, sino un Creador que crea trabajando con sus manos, como hace el que cultiva su viña: elige las cepas, las planta, las riega, las poda y cosecha los racimos. 

Nuestro Dios, nos revela Jesús, es el Dueño de la viña, es verdad, pero no de esos dueños que poseen sus propiedades en los papeles y compran y venden por internet, sino que es un Dueño que sale a contratar cosechadores a toda hora; uno que paga bien a sus colaboradores y que sabe también arrendar su viña y confiarla en manos de otros (aunque algunos le fallen). 

Ignacio, en la contemplación para alcanzar amor, hace una reflexión original acerca de Dios. Nos invita a “Considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas creadas sobre la faz de la tierra, es decir: se comporta como uno que trabaja (habet se ad modum laborantis)”. Dios trabaja en todas las creaturas – en los cielos, elementos, plantas, frutos, ganados, etc.,- dando ser, conservando, vegetando y sensando, etc.” (EE 236). Labora, dice, usando la expresión latina para designar a un “Dios laburante”.

Esta imagen de Dios se apoya en las palabras de Jesús: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). Es una imagen que viene del AT, donde Isaías alaba a Dios diciendo: «Todas nuestras obras nos las realizas tú» (Is 26,12); y el salmista canta: «Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos» (Sal 92,5).

En el día del trabajador la imagen de San José, patrono del trabajo, nos ayuda a mirar bajo una luz particular a nuestro Padre trabajador. Consideramos, como dice Ignacio, que Dios “se comporta” como uno que trabaja. ¿Y cómo se comporta el que trabaja? La característica, diría yo, es el silencio. Se trabaja en silencio. Un silencio atento a lo que se está realizando. Un silencio que hace las señas o dice al otro las palabras necesarias para actuar coordinadamente.

De esta manera, el silencio de San José se nos revela bajo un nuevo aspecto. No es simplemente el silencio de un hombre de “carácter callado”, sino el silencio de un padre de familia que siempre está trabajando. 

Este “siempre” no nos habla de ese tipo de gente que es adicta al trabajo (a un tipo de trabajo). El trabajo de san José no se reduce al que le requiere su oficio de carpintero, sino que es el trabajo propio de un padre de familia, atento a todo. Es el silencio de uno que no se distrae en charlas vanas porque está atento a lo que necesitan su esposa y su hijo, a lo que hace falta hacer en la casa y también a los peligros que pueden sobrevenir de afuera. 

El silencio de un padre que trabaja es el silencio del que está a cargo, atento a todo, con sus cinco sentidos puestos en los demás, para servirlos en el momento oportuno.

Con ese silencio laborioso, San José es la imagen más fuerte que tenemos de un Dios que, también en silencio, trabaja siempre porque es Padre. ¡Están en silencio porque están trabajando! Y trabajando para nosotros, sus hijos, sus creaturas. Esto como una línea de reflexión para los que hablan (lamentándose) del “silencio de Dios”. Con su silencio san José nos introduce en el Silencio de Dios, que consiste en “hablar con obras más que con palabras”. Esto es lo propio del amor y, por eso mismo, es lo propio del Padre Amoroso. 

No hay nada más lindo para un hijo que contemplar el silencio amoroso de sus padres cuando trabajan en casa para la familia, para él. El silencio cantarín de la mamá, cuando cocina limpia y ordena. El silencio del papá, arreglando alguna cosa o haciendo el asado. El silencio de los padres que dejan hacer y jugar y que intervienen solo si algo se desordena, dejando que la vida fluya en la familia, con libertad…

Estar atentos a este silencio laborioso del Padre, sintiendo sus manos buenas, que podan y cosechan, que anudan bien nuestra relación con Jesús, es la primera gracia de una oración atenta a colaborar con el Creador. Hacer la voluntad del Padre no es “seguir las indicaciones de uno que dirige de lejos”, sino que, mirando con atención y en silencio al que “ya está trabajando desde siempre”, buscamos diligentemente encontrar nuestro lugar, allí donde podemos colaborar con Él sin disturbar su tarea ni ponerle impedimentos. 

El silencio de la oración cristiana no es el silencio del que hace “ohm” y se abstrae del mundo, sino que es como el silencio del que entra en un lugar donde lo primero que se ve es un cartel que dice: “Silencio, personas trabajando”. Uno mira a la gente concentrada en su trabajo y naturalmente dirige su atención a la tarea que están realizando.  El mejor modo de colaborar con el que trabaja en silencio es entrar en sintonía con él, haciendo silencio uno para ver dónde y en qué están concentrados los ojos y las manos del otro, de modo tal que la ayuda que le demos sea eficaz. 

Así debe hacer nuestra oración: escrutar en silencio hasta encontrar el punto en el que Dios está trabajando en cada cosa por nosotros, para darnos cuenta de lo que está haciendo: si está eligiendo, si está sembrando, si está podando o cosechando… 

San José, como hombre de trabajo que era, se sumó y se ajustó tan calladamente y con tanta precisión al trabajo del Padre que este pudo continuar a través suyo en Nazaret lo que desde toda la eternidad hace con su Hijo amado. El Padre que está desde la Eternidad engendrando a su Hijo y enseñándole todas sus cosas pudo continuar sin sobresaltos ni traumas su tarea en la tierra, haciendo crecer en sabiduría estatura y gracia a Jesús bajo la mirada paternal y siempre atenta de san José. 

Le pedimos a nuestro patrono la gracia de saber contemplar y gustar, en su silencio laborioso, el silencio de nuestro Padre que trabaja siempre para unirnos a Jesús su Hijo amado y hacernos crecer a todos como hermanos en su amor.

Diego Fares sj

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no son suyas las ovejas, cuando ve venir al lobo, las abandona y se escapa -y el lobo a zarpazos las dispersa- porque es mercenario y no está involucrado con las ovejas. 

Yo soy el Pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, 

como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. 

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que pastorear y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. 

Por eso me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 11-18).

Contemplación

Me resuenan algunas palabras: zarpazos, pastorear, ovejas de otro redil y rebaño. Les doy vueltas en la boca como “carozos de aceituna” (el último libro traducido al español de Erri de Luca, que usa esta metáfora para hablar de “sentir y gustar” la Palabra antes de escupirla/sembrarla en tierra buena para que de fruto).  

Ovejas de otro redil

“También tengo otras ovejas, 

que no son de este redil; 

también a ésas las tengo que pastorear 

y escucharán mi voz; 

y habrá un solo rebaño, un solo pastor”.

Esta afirmación del Señor siempre me da consuelo. Me hace sentir que la humanidad entera es suya y que Él en persona pastorea a la gente y hace escuchar su voz en el interior de cada corazón (el Espíritu está orando en todos, con gemidos inefables muchas veces). Haciendo nuestra en la fe la mirada de largo alcance de Jesús podemos vislumbrar ese “único rebaño” que llegará a haber bajo un solo Pastor. Mientras tanto, somos “rediles”. No somos aún el único rebaño. Hay otros rediles y nosotros somos un redil. 

Si en algo somos privilegiados es en esta conciencia de que los otros rediles también son de Jesús. Esto es lo que predica el Papa cuando habla de “Fratelli tutti”. No hay nada más “cristológico” que esta visión que reconoce a los “otros rediles” y se pone en camino siguiendo la voz del buen pastor, de modo que Él nos vaya pastoreando, apacentando y reuniendo a todos en ese único rebaño. Este es “el dogma”. A algunos les parece un cristianismo diluido, porque no pone al acento en definir verdades y dar leyes. Sin embargo, cultivar en la oración de cada mañana esta pertenencia de todos – cada uno ahora, como es – al único Rebaño por el que Jesús da la vida y es amado del Padre, es la Fuente viva “de todos los dogmas” que hay que ir aprendiendo a creer y “de todas las leyes” que tenemos que ir aprendiendo a practicar. 

Nuestra misión – desde este humilde redil, que es nuestra querida Iglesia católica- es entrar en diálogo con todos los rediles -los de todas las iglesias cristianas, los de otras religiones y no religiones- , entrar en diálogo y comunión de vida, haciéndonos “todo a todos”, servidores de todos, para que, cuando madure la ocasión, cuando alguno sienta  esa voz del Señor en su corazón, le podamos acercarle – ahí sí – el Nombre de Jesús, proponiendo, por ejemplo, un pasaje del Evangelio que aclare de Quién es esa voz, como hizo Felipe al catequizar al ministro eunuco de la reina Candaces. 

Esta tarea requiere esa larga preparación que hoy llamamos inculturación: despojados de casi todo lo nuestro (especialmente de los anteojos de nuestros esquemas mentales, de las sandalias que siguen los pasos de nuestras costumbres y de los bastones de nuestras leyes), nos metemos poco a poco en la cultura del otro, en la manera de pensar y sentir del otro distinto, en las situaciones que vive la gente que tiene otra, estando a mano para poder pronunciar el Nombre de Jesús en el momento justo. Esto es todo lo contrario de una prédica ya completa con todas las verdades que hay que creer y todas las leyes que hay que cumplir para ser parte de un rebaño concebido como si fuera un club exclusivo. 

El rebaño único es una realidad en esperanza, es decir futura y presente ya en estas prácticas benditas del Señor que tratan a todos como iguales en dignidad. Sostenidos por esa esperanza (hermanita menor de la fe y la caridad, que las lleva de la mano), nos movemos en el aquí y ahora de estar entre “otras ovejas” de “otros rediles” que el Señor dice que también le pertenecen. Anunciar el evangelio, entonces, significa ir como servidores en pie de igualdad ovejuna, esa igualdad tan común y propia de estos animales que hace ridículo pensarlas como ejemplo de protagonismos o bellezas individualmente espectaculares. 

Zarpazos vs pastoreo

Jesús define su misión en términos de pastoreo. El pastor, como dice tan bien Francisco, suele ir delante de su rebañito, pero, a veces, se mete en medio, y otras veces -cuando ya por sí solas ellas ventean el agua fresca-, camina detrás. 

Su tarea va por el lado de conocer a sus ovejas y de hacerse reconocer por ellas. Y esto, no a los zarpazos y bastonazos, sino por su voz y por su olor. 

Es lo diametralmente opuesto al modo de actuar del Lobo, que dispersa pegando zarpazos; y del mercenario, que se borra ya que no se siente involucrado con las ovejas de su patrón. 

El pegar zarpazos, es propio del Demonio. Hay zarpazos que causan heridas mortales de un solo desgarrón. Y no hablo solo de los zarpazos físicos, sino también de los zarpazos espirituales. Hay verdades que son muy verdades pero que se formulan como un zarpazo causando heridas mortales en muchas mentes sencillas y escándalo que dispersa al rebaño. 

Hay también actitudes que esconden durante mucho tiempo un zarpazo, un zarpazo que se sueña con dar y que, aunque no se dé del todo, envenena la vida y contamina un ambiente familiar, laboral o político. No vivimos acaso en un clima de país hecho de zarpazos?

Es todo lo contrario del cultivo interior y paciente de la misericordia y de la bondad, que se desgranan a veces a cuentagotas, pero que son bálsamo para la vida familiar y hacen respirable el ambiente social. 

Pedimos a nuestro Buen Pastor -Jesús, el Pastor hermoso- que nos enseñe a discernir quién nos pastorea y quién nos pega zarpazos, quién nos conoce y quién se borra, y de cultivar en nuestro interior la esperanza del único rebaño, haciéndola real en gestos concretos -interiores y externos-: esos pequeños gestos con los que nos igualamos -hermanándonos- con los demás.

Diego Fares sj

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan. Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»  Aterrados y llenos de miedo, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están perturbados? qué es ese vaivén de pensamientos que se agita en sus corazones y sube a sus mentes? Miren mis manos y mis pies; soy Yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.»  Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto»  (Lc 24, 35-48).

Contemplación

En el relato de Lucas (como en todos los relatos de la Resurrección), se notan ciertos énfasis tanto en las palabras como en las actitudes del Señor que nos ayudan no solo a recibir el testimonio de la Resurrección, sino a entrar en su dinámica, que es la del Espíritu Santo. 

El Señor, así como no vivió ni murió “para sí mismo”, sino “para nosotros”, tampoco resucitó para sí mismo, sino para bien y salvación de todos los hombres. Así como no se “salvó a sí mismo” bajando de la Cruz, tampoco se “salvó a sí mismo” subiendo al Cielo y yéndose. Entender a Jesús, conocer Quién es, es adentrarse en el misterio del que “da su vida por nosotros”. No solo nos creó, sino que nos redimió dando su vida y nos propone una misión que da sentido a la vida de cada uno y de toda la humanidad. Pero para que no nos quede lejano algo de tal magnitud, es necesario dejar que sea el Maestro mismo el que no enseñe quién es Él y qué hace por nosotros. En este sentido, los énfasis que pone para hacer comprender a sus discípulos quién es Él, ahora resucitado, nos ayudan a entrar en el asunto.

No podemos conocer a Jesús sino en medio de la Comunidad de los que lo aman

El primer énfasis del Señor resucitado se puede ver en sus acciones: podemos decir que Él se concentra en mostrarse a los que habían estado con Él desde el comienzo. Jesús resucitado no es alguien a quien se pueda comprender sino relacionándonos con esta comunidad de testigos que Él eligió y formó durante su vida pública. Esto es lo primero. No podemos entender quién es Jesús resucitado sin “entrar” en esta dinámica que el evangelio pone en acto al contarnos sus apariciones a sus discípulos. Por qué hablamos de “énfasis”? Porque se nota que el Señor se esfuerza en hacerse reconocer por los suyos y lo hace de determinada manera. En esta escena vemos que primero se apareció a los de Emaús, y cuando estos vuelven y están anunciando la buena noticia a los otros, allí se aparece a todos, como haciendo notar que la suya es una estrategia para que su Resurrección sea algo experimentado por una comunidad y no por gente aislada o por una masa de desconocidos. Captar este “énfasis” comunitario es ya mucho. Si nos interesa saber de Jesús y de su resurrección, tenemos que entrar en la Iglesia, en esta comunidad de los que lo aman, de los testigos que se han ido comunicando la fe unos a otros, a lo largo del tiempo. Jesús resucitado “se presenta en medio” de una comunidad integrada por los de Emaús, que vuelven, y los del Cenáculo, que se habían quedado con las puertas cerradas por miedo. En el evangelio de Juan, la figura de Tomás, con su no estar en la primera aparición y sí en la segunda, es el mejor ejemplo de este “énfasis comunitario” que imprime el Señor a la fe en la resurrección. No será una fe absoluta e ilustrada de un individuo que se pone a meditar y a estudiar la posibilidad de la resurrección en libros y documentos, sino la fe de gente que se busca y se reúne en Nombre de Jesús, que acepta a los otros, distintos, cada uno con su relación particular con Jesús. Jesús resucitado se hizo y se hace presente en medio de su comunidad, que es la de los que compartieron su vida con Él y quieren seguir compartiéndola, incorporando a otros.

No podemos conocer a Jesús sin dejarnos pacificar, personal y comunitariamente, por el Espíritu

Un segundo énfasis lo podemos ver en la paz. El Señor se esfuerza de muchas maneras en hacer sentir su paz a los suyos, en quitarles el miedo, en despejarles las dudas, en quitarles las sospechas. La paz va unida a la comunidad. Se trata de una paz común, no solo individual. Así como pone en orden las “zonas” que se inquietan en cada persona -la mente, el corazón, los sentimientos…- , así también pone en paz a todos y a cada uno. Es parte de la estrategia del Señor el ir de los más alborotados a los más serenos, así como de las partes más sensibles a las más libres. Por eso se aparece primero a los de Emaús, que estaban desolados y desconcertados. Por eso muestra las llagas y pide algo de comer. El Señor va pacificando todo y a todos. El hecho de que repita tantas veces: “La paz con ustedes”, basta para confirmar este énfasis. 

No podemos conocer a Jesús sin entrar en contacto con el Pueblo elegido a través de todas las Escrituras

El tercer énfasis lo pone el Señor en las Escrituras: en relacionar todo lo que vivió con las Escrituras y en abrir la mente de los discípulos para que “lo lean a Él con las claves de interpretación que vienen de las Escrituras” (y no de otras ciencias y saberes). Para creer en Jesús y tener vida en Él, es necesario leer, meditar y contemplar lo que dicen los Patriarcas, los Profetas y los Salmos. La Resurrección se sitúa así en un ámbito comunitario más amplio que el de la pequeña comunidad: se sitúa en el ámbito comunitario del pueblo de Israel. Para entender a Jesús resucitado y creer en él hace falta dejarse abrir la mente a esta misteriosa relación suya con todo lo que el Pueblo de Israel fue aprendiendo de Dios a lo largo de su historia.

No podemos conocer a Jesús hasta predicarlo a todos los pueblos y que cada cultura nos ilumine más cosas acerca del Señor

El cuarto énfasis el Señor lo pone en el Espíritu Santo. Había hecho hincapié muchas veces en la necesidad de recibir al Espíritu Santo para poder comprender sus palabras y sus acciones. Resucitado, de varias maneras deja claro que todo ha estado orientado a abrirle camino al Espíritu para que conduzca la Iglesia de ahora en adelante. Y aquí el ámbito en el que se hará presente Jesús resucitado son “todos los pueblos”. Es al ámbito comunitario más grande. No solo la comunidad de los testigos, no solo el pueblo elegido, sino todas las naciones, todos los pueblos de la historia. No comprenderemos quién es Jesús resucitado hasta que no lo prediquemos a todos los hombres y vivamos juntos practicando sus enseñanzas. 

Lo que quiero decir es que Jesús resucitado no es ni puede ser un “objeto de estudio” como lo son los personajes del pasado de los que tomamos conocimiento por textos que están guardados en bibliotecas. Jesús resucitado no puede ser “objeto” como no puede serlo nadie vivo, por la sencilla razón de que es “sujeto”, que sigue actuando desde su libertad y se sigue relacionando. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer si uno forma parte de la comunidad de los que creen en Él y se juntan a rezar al Padre en su Nombre. 

A Jesús resucitado se lo puede conocer y querer si uno se junta con las comunidades que tratan de vivir sus bienaventuranzas y de practicar las obras de misericordia que Él practicó y enseñó y hacen esto yendo a todos los pueblos. 

En medio de los que viven en esta Dinámica comunitaria, popular y humanitaria, está y se hace presente, Jesús Resucitado. 

Diego Fares sj

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos  y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo: «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.» 

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío. » Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.» 

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Mirando las cosas desde nuestra perspectiva (como testigos de Jesús resucitado, enviados a proclamar la buena noticia a todos los pueblos) nos animamos a aclararles algunas cosas que les pueden ayudar. Cuando decimos “nuestra perspectiva” tenemos en cuenta fundamentalmente dos cosas: una, ese carácter especial que tiene nuestra perspectiva, dado que quedó signada por el acontecimiento único del que fuimos testigos. Está claro que no fue por mérito nuestro: fuimos testigos del Resucitado por la misericordia del Altísimo, por la amistad con que nuestro Maestro y Señor se dignó honrarnos y por la fuerza que nos comunicó el que es Señor y Dador de vida, el Espíritu Paráclito. Sin ellos no seríamos más que una nada en la historia de la humanidad.

La otra cosa para tener en cuenta es que nuestra perspectiva tiene al mismo tiempo un carácter común con todas las demás perspectivas humanas, como es provenir de una cultura y mentalidad que en nuestro caso era la de hombres de hace dos mil años. 

Dos mil años pueden parecer muchos. Lo son para la parte común de una perspectiva. Pero no tienen mucha importancia si uno atiende a lo especial: los hechos únicos dan al que los ve y experimenta una perspectiva que tiene algo de absoluto y que lo cambia para siempre. 

Pienso en la conciencia del que por primera vez dio la vuelta al mundo o del que puso los pies sobre la luna. ¡Imagínense lo que es haber visto a Jesús resucitado!

Vemos que está de moda entre ustedes un libro que juega con la historia del universo y de la humanidad abarcando grandes períodos de tiempo y marcando cambios significativos, de manera tal que al que lee se le cambia la perspectiva de una manera alucinante. Habla, por ejemplo, de tres grandes revoluciones: la primera fue la revolución cognitiva (hace 70.000 años) en que apareció el lenguaje (que él llama “ficticio”) que comenzó la historia. Luego vino la revolución agrícola (12.000 años). Y por fin, la actual revolución científica, en que la humanidad “admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder” sin precedentes. 

La revolución científica, para Y. N. Harari (De animales a dioses), se basa en tres puntos fundamentales: 

A) La disposición a admitir ignorancia (ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho). 

B) La centralidad de la observación y de las matemáticas para ir adquiriendo siempre nuevos conocimientos (que pueden poner en entredicho todo lo sabido hasta ahora, religiones incluidas). 

C) La adquisición de nuevos poderes (no solo de nuevas teorías). 

Harari pone el ejemplo de un hombre del año 1.000 dC que se duerme y despierta en 1.492 viendo cómo se preparan las carabelas de Colón. Todo lo que ve le parecerá bastante familiar, dice. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone, se sentiría, sin lugar a duda, en un mundo extraño más allá de toda comprensión. 

Pues bien, en este diálogo que hemos abierto con ustedes, nosotros nos hemos descalzado de nuestras sandalias y nos hemos puesto unas de esas Nike -muy cómodas, por cierto- que fascinan a la generación de ustedes tanto como los iPhone, y constatamos algunas cosas que nos gustaría compartir.

Es verdad que los aparatos que ustedes utilizan parecen cosa de fábula a nuestros ojos y mentalidad de hombres de hace 2.000 años. Sin embargo, les confesamos que a los muy antiguos nos pasa como a los niños: aprendemos rápidamente. La prueba es que estamos charlando con ustedes usando Word y subiremos estas reflexiones a un blog que nos han prestado para que nos podamos hacer oír.

Pero lo que nos llamó enseguida la atención, gracias a nuestra perspectiva especial, esa que les decíamos que se nos abrió gracias a haber sido testigos de un hecho único como fueron nuestros encuentros con el Señor resucitado, es una especie de desviación (no culpable por supuesto) que se ha producido en la relación de la fe de ustedes con su cultura. Les señalaremos lo que para nosotros es un error de perspectiva que vemos en su fe, no en sí misma, en cuanto fe, sino en la capacidad o incapacidad que tiene la fe de “explicar” el sentido del universo y de la historia. Capacidad o incapacidad que esta fe revela cuando entra en contacto con una cultura.

En nuestro tiempo, nos entusiasmamos mucho al ver que nuestra fe en el Señor resucitado respondía a todas las promesas hechas por Dios a nuestro pueblo. Vimos luego, más entusiasmados aún, que respondía a las expectativas de la cultura griega y romana, imperantes en aquel tiempo. Fue esto lo que nos llevó a escribir tantos libros y a hacer una síntesis universal entre la sabiduría de Israel, la filosofía griega y el derecho romano. Pues bien, todo esto duró 2.000 años y, desde hace un tiempo, se ve que ha comenzado a desmoronarse debido a esa “revolución científica” de la que hablan ustedes. Cada vez más gente ni siquiera siente la necesidad de plantearse si cree en Dios o es atea dado que “están convencidos” de que “todas sus creencias” son “ficticias” (fruto de esa revolución cognitiva que creó el lenguaje ficticio) y “serán superadas por otros conocimientos más comprobables” (revolución científica actual que es consciente de su ignorancia y de su poder) (Harari). 

Nosotros vivíamos una época en la que nuestra fe “respondía” a las preguntas que se hacía la gente. Ustedes, en cambio, viven en una época que pone entre paréntesis todas las respuestas (y también todas las preguntas).

Vamos entonces a nuestro punto. Lo que queremos decirles es que el testimonio que nos mandó a anunciar el Señor Jesús resucitado no tiene que ver (sino en segundo o tercer lugar) con las expectativas que conforman la mentalidad de una cultura o generación. Y tampoco tiene que ver con la falta de expectativas de otra. Por dos mil años nuestra teología (nuestra reflexión sobre la fe) respondió a todo y ahora parece que no responde a casi nada. Ver esto, gracias a que ustedes están en medio de un cambio de paradigmas muy grande (sabiendo que habrá siempre otros mayores todavía), a nosotros que venimos de lejos, nos permite relativizar “todas las ideas y paradigmas”, no solo las anteriores. Y reafirmar que nuestro anuncio es mucho más que una idea y que un paradigma, tanto si sintoniza con otras ideas y paradigmas o se opone a ellos (sean judíos, griegos o postmodernos).

Como durante dos mil años nuestra teología parecía responder a todo, ahora parece no responder a nada. Pero nuestro anuncio no se dirige en primer lugar a responder, sino a proponer algo enteramente y siempre nuevo.

Aquella tarde del primer día después del sábado (que se convertiría en el día del Señor o domingo, y cambiaría para siempre nuestro día religioso -el sábado-, no en el sentido de sustituirlo, sino estableciendo que las cosas del reino de Dios se darían en otro tipo de “día”, en el tiempo especial de la Gracia),  estando las puertas cerradas del lugar donde nos encontrábamos los discípulos, por miedo a los que lo habían crucificado, vino Jesús y se presentó en medio de nosotros y nos dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, nos mostró las manos y el costado. 

Aquí está lo que queremos decirles! Aquello de lo que damos testimonio no es una idea, sino una paz. La paz que nos dio Él al mostrarnos sus manos y su costado. Uno de sus “asistentes inteligentes” -Siri-, define así la paz: “Ausencia de inquietud, violencia o guerra”; y también: “estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad”. La paz que Jesús nos dio y que transmitimos al que desea recibirla (si no nos vamos a otro pueblo) nos quitó los miedos y nos equilibró entre nosotros con un mismo estado de ánimo, que se convirtió en criterio de discernimiento de todo lo que iríamos pensando y sintiendo de ahí en más. 

Esto es clave para todas las personas, épocas, culturas y mentalidades. Si lo que reciben cuando nos escuchan es esta paz, luego podrán asimilar todo lo demás. Si no reciben (si  no pueden captar, ni hacerse conscientes, ni aceptar) esta paz, las ideas que vengan después no les servirán de mucho. 

Nos alegramos entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús nos dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre nosotros y nos dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» 

Esta segunda paz que nos dio el Señor es también lo segundo que comunicamos nosotros como testigos y apóstoles cuando anunciamos el Evangelio. Damos primero la paz que quita el miedo y la reforzamos luego con la paz que da impulso espiritual. 

Esta paz que dinamiza e impulsa a ir para adelante es una paz que Jesús quiso no solo dar Él, sino que la consolidó con el envío del Espíritu Santo. Y aquí viene el punto importante para ustedes: la paz que da Jesús la consolida el Espíritu con el perdón o la retención de los pecados. Esta es nuestra acción, el discernimiento que tenemos que hacer con respecto a la vida de aquellos que se incorporan a nuestra fe. Nosotros perdonamos pecados en su Nombre: bautizamos, confesamos, ungimos. Y otros pecados, los retenemos. Retenerlos no significa juzgar y condenar al otro, sino dejar los pecados en suspenso para que juzgue el Señor. Nosotros seguimos adelante, ocupándonos de hacer el bien y no de cortar cizaña, junto con aquellos que se quieren dejar perdonar los pecados.

Esto es lo absoluto de nuestro anuncio, no otras cosas. Lo absoluto es que el Señor sigue dando la paz, sigue quitando los miedos, sigue dando su Espíritu y sigue, a través nuestro, perdonando los pecados de los que se suman y dejando en suspenso los de los que no.

Se trata de experiencias, no de ideas. De experimentar su paz, como la experimentamos y transmitimos nosotros, y de experimentar su misericordia (o su paciencia, con los que no la experimentan todavía). 

Que las ideas que brotaron de 2.000 años de reflexiones en diálogo con la fe estén hoy en crisis no le quita ni le agrega nada a esta fe de fondo. Lo único que dice es que la humanidad evoluciona, que el conocimiento siempre progresa y que cada generación tiene el desafío de hacer dialogar la fe con las nuevas realidades culturales y científicas.  

Nuestro querido Tomás, que ahora se suma a nuestra voz común (Jesús nos enseñó a hacerlo todo como un gran nosotros, inclusivo y siempre mayor) es un buen ejemplo de esto que decimos. Su duda se expresaba en términos de “ver la señal de los clavos y meter su dedo en las llagas”. Hoy a ustedes eso no les bastaría. Necesitarían una prueba de ADN y de otros instrumentos y maneras más “científicas” de ver y de tocar. Por eso el Señor le dijo (y dijo para todos): Felices los que creen sin haber visto. Felices los que creen y experimentan la paz y la misericordia del Espíritu y se ponen en camino para anunciar y misericordiar a los demás. En este diálogo entre la fe y los paradigmas humanos, la fe tiene un aspecto especial que no cambia: es pura fe en Jesús resucitado que se anuncia y comunica de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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