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  Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». El le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.» «Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida.» Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.» ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera» (Lucas 10, 25-37).

Contemplación

   Comenzamos notando una frase particular de Jesús: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? (anaginoskeis)». La primera parte es objetiva “qué está escrito”; la segunda es postmoderna: cómo lo lees tú. Cómo lo interpretas. Lucas usa “anaginoskein” que significa “leer” de manera personal, reconociendo, interpretando, entendiendo porque uno discierne el fondo de lo que está escrito, el espíritu de la letra. 

A esto vamos, al discernimiento de espíritus. No basta con lo que está escrito, con el mandamiento, con la ley o la definición dogmática. Hay que ver con qué espíritu se leen y se proponen las cosas. Con la fórmula perfecta del amor a Dios y al prójimo se puede terminar pasando de largo frente a los dos, como les pasó a los personajes que no se compadecieron del herido y en vez de hacerse prójimos se hicieron lejanos.

Digamos que Jesús no le tiene miedo al discernimiento. No le tiene miedo a la lectura personal de la Biblia. En esto es muy “protestante”, podríamos decir. No dice: ojo! cuando lees anda y asegúrate que no se te ocurra una herejía! Sino que dice todo lo contrario: qué lees? Cómo lees tú? Cómo entiendes lo que dice ahí?

Es la pregunta que le hace Felipe al gobernador etíope de la reina Candaces que venía leyendo Isaías: “Entiendes lo que lees?”. Y el otro “entendió” que se podía bautizar ahí nomás! No fue cuestión de definiciones. Fue cuestión de vida. Recibió el Espíritu Santo en ese mismo momento y Felipe lo dejó seguir su camino, que fuera aprendiendo de a poco todo lo que el Espíritu tenía para enseñarle sobre el cristianismo al que ya pertenecía.

La misión que el Señor da a los que envía a trabajar en la mies -que es mucha- es la de anunciar el evangelio que despierta la fe y atrae al Espíritu Santo. Una vez que la persona recibe el Espíritu, es cristiana. Luego vendrá el camino de catequizar esa fe, de enseñarle a rezar y a cumplir todos los mandamientos. Pero esto segundo no es lo primero. Primero se derrama el Espíritu sin medida; luego se va enseñando la letra -de lo que hay que creer y de lo que hay que practicar- con medida, discretamente. 

De ahí la importancia de comprender quién es mi prójimo a la manera de Jesús, no con definiciones preconcebidas. Para poder aproximarnos bien a todos, de manera tal que sintamos que podemos comunicar el Espíritu del Padre y de Jesús, o, dado que el Espíritu ya habita en los corazones y en las culturas de cada pueblo, hacer que cada uno comience a interactuar personalmente con Él, mediante la fe que despierta el Evangelio, y se deje enseñar y conducir por Él.

Cuando el doctor de la ley le preguntó a Jesús “quién es mi prójimo”, Lucas dice que repreguntó para justificarse. Notemos que Jesús, que primero le había respondido con la letra de la ley y lo había invitado a interpretarla por sí mismo, ahora le responde no con una definición de prójimo sino con una narración: la parábola del buen samaritano. Y al final, le hace juzgar por sí mismo nuevamente: ¿Quién de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».

Una cosa es el ámbito de la letra, otro el del Espíritu. Los dos requieren interpretación, pero de distinto modo. Digámoslo con dos imágenes: a nivel de definiciones, Jesús suele felicitar a los doctores de la ley. Los tipos saben. Y hablan bien. El Señor no tiene problemas con la doctrina. Es más, la cumple personalmente hasta la última coma o tilde. Y si por misericordia hace que alguno se salte un precepto para poder curarlo o para que empiece de nuevo después de haber pecado y pueda ir para adelante, el Señor lo paga de su bolsillo. Lo pagó con cada gota de su sangre en la pasión y pagará lo que falte a su vuelta.

Ahora, cuando se trata del Espíritu, los fariseos y letrados reciben muchos aplazos. Sin embargo, este respondió bien a la parábola. Se convirtió en prójimo el que tuvo compasión del herido. El que tuvo compasión! En otras parábolas, como la de los viñadores homicidas, este tipo de gente se retiraba enojada. Se daban cuenta de que el palo iba para ellos y no “leían” bien la parábola. Pero esta sobre la fraternidad la puede leer bien cualquiera que tenga buena voluntad. 

Hoy sin embargo, incluso esta parábola se ha vuelto contracultural. Al menos aquí en Europa los oídos se han endurecido. Los heridos al borde del camino, se dice, hay que distinguirlos bien. Si son verdaderos “refugiados” porque su país está en guerra, o si son “emigrantes económicos”. Y los que se les acercan con sus naves hay que ver bien quién los financia y si no son cómplices de los traficantes de personas. También están en discusión las hospederías, los puertos a los que se pueden llevar estas personas. Y si alguien predica que lo primero es salvar al herido, se le aplica, aquí sí, la parte de la parábola que dice que pagó de su bolsillo y prometió pagar a su regreso lo que se hubiera gastado de más. Al menos esta parte de la parábola la escuchan hasta los más reacios a mensajes “buonistas”. Buen samaritano suena ahora a “buonista”. A una bondad que no respeta la ley y que no es viable ni política ni económicamente.

Otra frase es “ayudémoslos ‘en su casa’”. Se ha logrado crear un clima en el que las personas sienten que si se ayuda a un emigrante se le está quitando ayuda a ella.

Lo que se percibe en conjunto es un endurecimiento de los corazones. Si no fuera así, no entrarían tan fácilmente los slogans “anti-prójimo”. Si nos situamos en el espacio de la parábola podemos decir que -socialmente- la discusión se ha desplazado. Hoy no solo no se discute a los que pasan de largo sino que estos tienen voceros que atacan duramente a los que se acercan a los heridos. Son criticados los extranjeros que hacen caridad fuera de su país y que pretenden utilizar hospederías nacionales para heridos extranjeros que no se sabe sin son heridos reales o terroristas enmascarados. Como se ve, se ha contaminado el espacio mismo de la parábola.

Lo que yo “leo” en esta situación es que no solo no hay remedio si se discute en el primer nivel, en el de las definiciones, sino que parece que tampoco basta con bajar sin más al nivel narrativo de la parábola para que toque el corazón de cada uno, porque los personajes mismos de la parábola están “ideologizados”. 

El caso de la capitana alemana de la “Sea-watch 3” -Carola Rackete- es el ejemplo más reciente. Es una “buena samaritana moderna” o es una niña bien, rica y privilegiada, que hace política con la piel de los migrantes y rompe las leyes de otros países que no son el suyo con el pretexto de hacer caridad?

Aquí surge una cuestión decisiva, y es la fe. La fe es a lo que apela siempre Jesús. Como le dice a Tomás: “no quieras ser incrédulo sino creyente, fiel”. Ese no quieras alude a que la fe es la fe que uno tiene. No importa si poca o mucha. No importa si ilustrada o menos. Jesús apela a la fe, a la gente que se juega por fe y no por cálculos, por fe en las personas y no por el propio interés. 

Hoy, hasta para leer la parte “simpática” de las parábolas, se nos exige una opción radical: de fe o no fe. Fe en las personas, porque los discursos están todos mezclados. Uno debe mirarles la cara a los protagonistas, ver cómo actúan y jugarse. Esa es la polarización básica, existencial. La única que impide caer en todas las falsas polarizaciones. Uno es un hombre o una mujer de fe o no. Uno que se mueve en último término por la fe en Cristo y en las personas o uno que se mueve por ideas o voluntarismos. 

Dicho más sencillamente: el que se mueve por fe es uno que actúa por “reconocimiento”. Actúa impulsado por la gratitud ante los que le demuestran su amor y devuelve amor con amor. Fundar nuestra acción en el reconocimiento y la gratitud, como dice Michel Rondet sj, sustrae nuestra acción al arbitrio de la voluntad de poder y de dominio, a las insidias del activismo y de la propaganda ideológica.

Actuar por “deber” no excluye la voluntad obsesiva de lograr las metas fijadas, sin tener en cuenta el contexto humano y espiritual de las acciones que uno emprende.

Actuar por “convicción” no nos garantiza siempre contra el fanatismo y sus aberraciones (la historia de la Iglesia nos proporciona ejemplos).

Actuar por reconocimiento sitúa de una vez nuestra acción en la gratuidad y liberalidad del amor. El que actúa por reconocimiento de tanto bien recibido escapa de las “pasiones tristes” como son la envidia, el resentimiento, la búsqueda de la propia fama.

Es curioso, pero Jesús, en el evangelio, liga la imagen del reconocimiento a otro Samaritano, el de los diez leprosos, que regresa a darle gracias. Si los “aproximamos” evangélicamente, podemos imaginar que es este mismo que fue curado el que se compadece del herido que está tirado al borde del camino y se acerca a ayudarlo. 

Hoy como ayer para “leer” bien la parábola, hay que “proceder” como el buen samaritano pero no solo para ayudar al herido sino para llegar a tener un corazón como el del samaritano. Un corazón en el que el actuar -lo que nos mueve e impulsa a hacer las cosas de determinada manera- sea por reconocimiento. 

Reconocimiento de los que son pares en humanidad: hermanos. Si uno reconoce en el otro a un hermano, brota espontáneamente el ayudarlo, sí o sí. La ley prohibía acercarse a un muerto salvo en el caso de que fuera pariente, hermano. El samaritano no tenía problemas, porque era extranjero, pero los otros habrían podido acercarse si lo hubieran considerado como hermano.

Reconocimiento para con Jesús, que se hizo “extranjero” para poder acercarse a ayudarnos. Cuando Jesús se identifica con los más pequeños, confiándonos el protocolo con el que serán juzgadas nuestras acciones en el juicio final, no lo hace “metafóricamente”. En sus encuentros con los discípulos, después de haber resucitado, el Señor les hace experimentar que ya no es “objeto de posesión” sino que se hace ver cuando quiere y en la forma que quiere. Se hace presente, está junto a Magdalena, camina al lado de los discípulos de Emaús, espera en la orilla del lago a los que han ido a pescar… Esta libertad del Señor con respecto a lo que nosotros podemos “poseer”, “objetivar” y “conceptualizar”, debe abrirnos la mente para aprender a “reconocer al Señor” en cualquier situación. Y Él nos revela que “es Él” cada vez que la situación es la de alguien que necesita un vaso de agua o que le venden las heridas, como el hombre de la parábola. 

El reconocimiento, en sentido de la gratitud, permite el reconocimiento, en el sentido de ver a Jesús en el prójimo.

El camino que va de Jerusalén a Jericó es el camino que va del sentirnos “propietarios” -de nuestro país, de nuestra cultura, de nuestro mundo- a sentirnos peregrinos, extranjeros de este sistema que a unos da carta de ciudadanía al precio de tener que excluir ellos mismos a otros.

Diego Fares sj

            El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. 

            Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.”  Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.” Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

            Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.» 

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.» Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

            Dos cosas antes de empezar la contemplación de hoy sobre el gozo de salir a evangelizar”. Una es que, como estoy haciendo mis ejercicios, me entró una duda de si hacer la contemplación para compartir como todos los sábados o no hacerla para no distraerme (y de paso dejar que los que la reciben hagan la suya por su cuenta, que a eso quieren ayudar estas que son “media-contemplación” nomás). 

            Un pequeño discernimiento ayudó. Lo hice no por razones sino por consolaciones, sintiendo que me alegraba poder compartir este evangelio, que como es del gozo de evangelizar y yo estoy contemplando los misterios de la resurrección viene muy a cuento. Así que me levanté un rato antes, para no robarle tiempo a la evangelización que el Señor tiene que hacer conmigo en las oraciones de hoy. 

            La otra cosa es la foto. Buscaba fotos de discípulos misioneros alegres y las hay por miles. Así que elegí una linda de Manos Abiertas y cada uno puede buscar una suya personal, en la que se lo vea en una misión, en grupo y contento. Desde aquella primera misión famosa de los “Setenta y dos” los cristianos no hemos dejado de salir a evangelizar, siempre, por todas partes del mundo y de distintas maneras, y la alegría del evangelio brota siempre desbordante, como la primera vez.

            Compartiré algunos puntos sobre esta experiencia comunitaria de “volver llenos de gozo” de una misión.

            Se trata de una alegría especial con la que el Señor comienza a ejercer lo que San Ignacio se animó a definir como un oficio: “el oficio de consolar, que Cristo Nuestro Señor trae”. Y precisa que Jesús consuela “cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

            De esta experiencia de gozo, si uno tira como de un hilo, sale todo el evangelio. Siguiendo los pasos del evangelio, vemos que el Señor comienza a enseñar a los discípulos  “el discernimiento”. Es ese discernimiento en el que Francisco tanto insiste. A algunos les ha parecido una “particularidad jesuita” pero resulta que, como vemos aquí, más que de una particularidad se trata de una “universalidad evangélica”: es lo primero en lo que el Señor ejercita su oficio propio. Jesús les enseña a sus discípulos a discernir esa alegría verdadera de otra que se le quiere pegar y que no es tan pura. La enseñanza la da en caliente, en el fervor de la experiencia misma que acaban de vivir. Pareciera que Jesús pesca una tentación al vuelo en uno que, muy seguro de su experiencia, cuenta con sinceridad lo que más le admiró: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. No sé qué percibió el Señor. Una pizquita de autosatisfacción en el ejercicio del poder? Sea lo que sea, el hecho es que Jesús, por un lado, lo confirma, diciendo que es verdad que les ha dado ese poder, pero inmediatamente libera la alegría de su resultado frente al mal espíritu y la coloca en su sitio verdadero. 

            Digo que es un discernimiento porque se dan dos pasos: hay un “no” y un “más bien”: “No se alegren por eso, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”. Y luego, el otro paso del discernimiento, la confirmación. Como confirmación de su discernimiento el Señor mismo “exultó de gozo en el Espíritu Santo”.

            Qué sacamos de provecho nosotros? Una cosa es cierta: nuestra alegría evangélica “no es contra nadie”. Como dice el “Martín Fierro” en sus versos finales: Y si canto de este modo,/ Por encontrarlo oportuno,/ No es para mal de ninguno /Sino para bien de todos. 

            Este punto es importante. Me hacía ver el compañero jesuita que me da los Ejercicios que el Señor resucitado “no se aparece a sus enemigos. Nos hubiera gustado -me dice-, quizás para sacarnos las ganas y decirles ‘vieron?’. Pero Él solo se aparece a sus amigos”. Y aún estos tienen que profundizar en la fe y en la amistad, que si no ni ellos mismos lo ven aunque camine a su lado. 

            Podemos ver aquí un ingrediente de la evangelización: salir a evangelizar produce como fruto una alegría especial, la Evangelii gaudium, como dice Francisco. Pues bien, sobre ese fruto comienza a trabajar Jesús en nuestro corazón. El Señor necesita que experimentemos esta alegría, que la vivamos, y por eso es por lo que nos empuja a “salir a evangelizar”. Una vez que el discípulo se juega y, con la fe que tiene y lo que sabe sale a evangelizar (no es que los setenta y dos discípulos hubieran hecho un curso de teología!)-, el Señor le enseña a discernir esa alegría y a distinguirla de todas las demás. 

            Por qué es tan importante esta alegría? Porque cuando Él resucite, esa alegría será el signo! Por eso hay que tenerla discernida, separada, clasificada con el sello único de su calidad especial. Ella es la que nos permitirá reconocer a Jesús cada vez que nos “anuncie” algún evangelio, cada vez que haga destellar una palabra suya en medio de una situación o nos haga sentir y gustar algo de manera especial.

            Ignacio nos invita a colaborar con el oficio de Jesús de consolarnos pidiendo por nuestra parte su gracia: “Demandar lo que quiero, que será aquí pedir gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor (resucitado)” (EE 221).

            Damos un paso más en esto de la alegría y los amigos. El Señor les fue haciendo experimentar a los suyos, de muchas maneras, con sus enseñanzas, con su trato, con sus milagros, la alegría que da la buena noticia. Es una alegría distinta, pura, sin mezcla. Como la que uno siente cuando a un amigo le va bien. Es una alegría sin sombra de celos ni de envidia. Alegría pura por el otro, por el bien del otro que es al mismo tiempo bien mío, sin confusión ni división. 

            Dice Alberto Moravia que es verdad que los amigos se ven en las malas, pero que más se ven en las buenas. Podés decir que alguien es de verdad tu amigo cuando sentís que te podés alegrar de su triunfo sin sombra de envidia. Esta alegría tiene una doble raíz: enraíza en el bien del otro y enraíza en tu propio corazón, que se dilata al mismo tiempo que se dilata el del otro que experimenta el bien. Es la señal de que hay un solo corazón, es decir que hay verdadera amistad. Y cuando uno experimenta esta simultaneidad en alegrarse por el bien, sea de uno sea del otro, uno experimenta que la amistad es un don. Y se alegra por ello, más que por los bienes externos. 

            Pues bien, Jesús necesita este material -la luz de alegría de la amistad verdadera- para poder ejercer su oficio de consolar con su presencia. El está. Pero si uno no tiene ojos habituados a esta luz de la amistad, no lo ve. Sin esta luz de la fe -fe incondicional como la fe que uno tiene en un amigo-, los ojos están como los de los discípulos de Emaús: cubiertos por el velo del “ídolo invisible”, el ídolo del discurso propio y de las propias expectativas. Ese ídolo invisible hace que uno vea solo lo que el ídolo quiere ver.

            El Señor resucitado ha dejado de ser “objeto de posesión”. Es libre. Se hace presente cuando quiere y lo ven solo los que tienen fe. Una fe ejercitada en “ver objetos que no se pueden poseer”, como la amistad. Sería tonto querer “poseer una amistad”. 

Al no ser “objeto de posesión” Jesús no es objeto de visión ni de discurso. No pueden razonar sobre él los que no son sus amigos primero! 

            Así, la fe es el primer paso. No una fe “ilustrada”, sino

una fe simple, como la que uno tiene en sus amigos. 

            Partiendo de esta fe, poca o mucha, pero de uno, hay que animarse a “hacer algo en nombre de Jesús”. Y ver luego el resultado: la alegría que da jugarse así. 

            Jugarse en algo pequeñito, digo: basta dar un vasito de agua a uno, como dice el Señor. 

            Sobre esa alegría el Señor comenzará a ejercer su oficio de consolar, como los amigos consuelan a sus amigos.

            San Ignacio, con sus Ejercicios, nos da su ayuda para experimentar esta “consolación” verdadera, ayuda para discernirla bien y ayuda caminar en ella: de consolación en consolación en seguimiento del Señor, que ejerce con nosotros su oficio mientras vamos de camino a la gente.

Diego Fares sj

            Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su Ascensión al cielo, Jesús se encaminó decididamente (puso rostro firme) hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo. Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!» Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» Y dijo a otro: «Sígueme.» El respondió: «Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.» Jesús le respondió: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

Contemplación

            Retomamos el tiempo ordinario y el dibujo de Fano representa bien el año como un camino en subida y en espiral (no solo lineal o en círculo, como se suele representar el tiempo). 

            Me llamó la atención que retomáramos el tiempo ordinario con este evangelio de la última subida del Señor a Jerusalén. Es que el evangelio de Lucas que seguimos en el ciclo C, organiza todo lo que vive el Señor, desde el llamamiento a los Doce – a los que inmediatamente hace el primer anuncio de la pasión (Lc 9,22) – hasta la entrada en la ciudad Santa (Lc 19, 28), desde la perspectiva de la ida del Señor a la Pasión o “La subida a Jerusalén” (Lc 9 -19, 28). El Señor le “puso rostro” a la pasión, como se dice. 

            Entre las apps que ayudan a organizar el trabajo, hay una que recomienda dar “prioridad 1” a la tarea más importante, y para ello nos invita a ponerle un título que resulta entre simpático y repulsivo: “tragarse el sapo”. Poner primero la tarea más difícil y empeñativa y concentrarse en ella, ayuda a que el resto se ordene por su propio peso. 

            Pues bien, Lucas muestra este modo que tiene Jesús de priorizar la Cruz en su misión. Tenía que “tragarse el sapo” y se encaminó decididamente a realizarlo.

            A mí esta actitud decidida del Señor me ayuda a discernir que la Cruz no es lo importante en sí, sino que es lo que hay que “pasar” para que lo importante vaya adelante. 

            No hay que confundirse en esto. Hay cosas, situaciones, problemas, trabajos, defectos…, pecados incluso, que son un nudo, un cuello de botella, una decisión ineludible a tomar. Hay problemas de los que alguien se tiene que hacer cargo para que todo lo demás pueda proceder para bien. Son esas “cruces” que no se pueden “resolver”, sino que hay que abrazar, cargar y atravesar; y cuanto antes lo hagamos, mejor para todo lo demás. 

            Esta actitud es todo lo contrario del masoquismo que tiñe de tristeza la manera sana de enfrentar el problema principal y termina logrando que esa cruz no abrazada entristezca toda la vida. El masoquismo de la cruz mal entendida es lo que, como no se soporta que esté en todo, hace que se intente eliminar la cruz de la vida, ya sea pasando de largo ante las cruces, que quedan tiradas allí, al borde del camino, ya sea anestesiándose para no sentirla cuando no se la puede evitar. Estas actitudes evitativas son todo lo contrario del cargar la cruz principal, de abrazarla, llevarla y morir en ella, con la esperanza puesta sólo en Dios que resucita a los muertos. Esta actitud es tanto para la cruz de cada día como para la definitiva.

            Contemplamos en el evangelio de hoy el efecto positivo que tiene la actitud decidida y generosa del Señor. Es un efecto sobre su juicio, sobre su discernimiento acerca de varias cosas distractivas que le plantean los que lo siguen. 

            Haberse decidido a ir a Jerusalén, donde sabe que lo espera la pasión a la que tiene que atravesar, sí o sí, hace, en primer lugar, que el Señor no pierda tiempo peleando contra los samaritanos que no lo quieren recibir. Los discípulos le preguntan si quiere fulminarlos haciendo bajar fuego del cielo. El Señor los reta y sigue su camino, se va a otro pueblo, se va donde lo reciban bien. Esta es la primera lección de la Cruz bien asumida, el signo de que uno se “ha tragado el sapo” principal y no les hace asco a los sapitos. La lección es no perderse en contradicciones secundarias; no andar hurgando para buscar problemas -que siempre se encuentran-; no perder tiempo discutiendo y peleando con cualquiera que se nos cruza por el camino… Estos son los frutos buenos de haberse decidido a cargar la propia cruz. 

            Las otras tres situaciones que discierne el Señor tienen que ver con los distintos modos que tienen estos hombres de esquivar la cruz, retardando la decisión de enfrentarla o poniéndole condiciones. 

            El primero, es uno que parece muy determinado y desprendido con su frase: “te seguiré adonde vayas”. Pero en ese “adonde” se esconde un reclamo: decime bien a dónde vas. Hoy podríamos calificar esta tentación como la que se esconde en el “paradigma tecnocrático”, del que habla el Papa. Es un modo de pensar que viene de la técnica y que contagia nuestra manera de pensar, de sentir y de aplicar el plan de Dios. Para seguir a alguien le exigimos que planifique y explique todo, pero con el plan de Dios las cosas no funcionan así. El Espíritu sopla donde quiere y no sabemos de donde viene ni a dónde va. El Señor lo único que sí tiene claro es la Cruz, y que, si pasa por ella, el Padre lo resucitará. Todo lo demás no es “planificable” ni “previsible”. No hay “proyecto” donde descansar la cabeza.

            El segundo, es uno a quien el Señor llama en persona. No sucedo así con los otros dos, que son ellos los que piden seguirlo y lo hacen desde su idea de Jesús y poniendo condiciones. A este, al que se le había muerto el padre, o lo estaba cuidando en su última etapa, el Señor lo llama a que lo siga al instante. Se nota entonces que los tiempos no coinciden. El tiempo del Señor ya tiene fecha de vencimiento. No volverá a pasar de nuevo por ese pueblo. El tiempo del otro está en un momento importante para su familia. Él está está haciendo una obra buena al cumplir con el mandamiento de honrar a su padre. Por eso, su pedido de esperar un poco es comprensible y razonable. Sin embargo, el Señor se muestra intransigente:  “Deja que los muertos entierren a sus muertos, le dice. En el diálogo se nota un juego de palabras: déjame, dice el hombre; deja tú, replica el Señor. Con los otros dos, las respuestas del Señor son respuestas de principio, los hace corregir sus ideas y expectativas proponiéndoles parábolas que los hagan reflexionar la de la zorra que tiene su madriguera y la del que está arando y mira para atrás. Con éste, en cambio, la interpelación es personal. 

            Debemos estar atentos a discernir bien entre cosas que son ideas nuestras, buenas en sí, pero nuestras, y los llamados directos del Señor. En esto no hay regla general y cuando el Señor llama directamente cada uno debe responder también directamente, no con excusas generales, ni siquiera de “mandamientos” y misiones dadas anteriormente. 

Un ejemplo de estos llamados directos es el que el Señor hizo a santa Margarita María de Alacoque y a san Claudio de La Colombiere para que anunciaran la “buena noticia” de la devoción al Corazón de Jesús. Buena noticia que no excluyen ninunga otra sino que las incluye a todas. 

Se trató de un llamado que el Señor preparó y llevó adelante insistiendo y haciendo superar mil dificultades a sus dos amigos. En el modo de dirigirse a Santa Margarita María, que solía expresarle esas dificultades que provienen de mirar las propias fuerzas, se percibe  el mismo tono que usa el Señor para con esta persona que nos presenta el evangelio.  Cuenta la santa: «No quería la Bondad Divina que yo recibiese consolación alguna sin costarme muchas humillaciones. La comunicación (que tenía con el padre La Colombiere) me las atrajo en gran número, y aun el mismo padre tuvo mucho que sufrir por mi causa, porque se hablaba de que yo quería engañarle con mis ilusiones e inducirle a error como había pasado con otros confesores. Ninguna pena le causaba esto al padre y no dejó de prestarme continuos socorros en el poco tiempo que permaneció en este pueblo, y siempre. Mil veces me he admirado de que no me abandonase también como los demás… Un día que vino a decir Misa en nuestra iglesia, le hizo Nuestro Señor, y a mí también, grandísimos favores. Al aproximarme a recibir la Sagrada Comunión, Jesús me mostró Su Sagrado Corazón como un Horno ardiente, y otros dos corazones que iban a unirse y abismarse en él, diciéndome: «Así es como une para siempre Mi Puro Amor estos tres corazones.» Y después me dio a conocer que esta unión era exclusivamente para la gloria de Su Sagrado Corazón, cuyos tesoros quería descubriese yo al Padre, para que él los diera a conocer y publicara todo su precio y utilidad. Con este objeto quería que fuésemos, como hermano y hermana, igualmente participantes en los bienes espirituales; y representándole yo acerca de esta misión mi pobreza y la desigualdad que había entre un hombre de tan elevada virtud y mérito y una pobre miserable pecadora como yo me dijo: «Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán e igualarán todo: háblale sin temor.» (Autobiografía, 43).

La santa le presenta al Señor la dificultad que siente al mirar su pobreza y la desigualdad que se nota si se compara con La Colombiere, pero el Señor le responde insistiendo que “le hable sin temor”, que le cuente todo como a un padre espiritual y que confíe en que el Corazón del Señor “suple e iguala todo” con sus riquezas. 

Ponemos el acento en lo personal del diálogo. Está bien que la santa (y el del evangelio) digan todo lo que sienten y que, luego, escuchen lo que el Señor personalmente les responde. Cuando hay una apelación personal no hay que hacerse el tonto y responder como si fueran cosas generales!

            El tercer ejemplo es el del que dice que sí pero posterga la cosa. No mucho, porque solo será despedirse de los suyos, pero posterga. Procrastinar se le llama a esto y es una tentación muy actual, dada la cantidad de posibilidades que nos ofrece la técnica para hacerlo. Dice el diccionario que significa “posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes pero que son irrelevantes. Procrastinar es una forma de evadir, usando otras actividades como refugio para no enfrentar una responsabilidad, una acción o una decisión que debemos tomar”.

El Señor le responde con un ejemplo de su vida y de su actividad misma: «Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios». El reino siempre es “para adelante”. El pasado queda en manos del Señor y no puede servir de excusa para no ir para adelante. 

            Si miramos bien, estas actitudes evangélicas tienen su analogía en las cosas de la vida, en el trabajo y en la gestión -no perder tiempo, mirar para adelante, centrarse en la tarea principal-, pero son, ante todo, actitudes que suponen poner todo el corazón. Cuando uno pone todo el corazón, sale solo ir a abrazar la dificultad principal, acudir a curar la herida más grande, ir cuanto antes a la misión, no posponer ni un segundo las cosas buenas que hay que dar y realizar.

El Señor, al mostrarnos su corazón, no solo como imagen pintada, sino haciéndonos sentir por qué late y se apasiona, actúa así con nosotros: no descansa hasta encontrarnos si nos hemos perdido; no antepone otras cosas si se trata de pasar un momento con nosotros, no mira nuestro pasado sino lo que podemos hacer junto a Él de ahora en adelante.

Diego Fares sj

            Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»  El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17). 

Contemplación

            “Denles de comer ustedes mismos”. Del corazón le nació al Señor esta frase como respuesta a la sugerencia de los discípulos de que “despidiera a la gente” para que cada uno encontrara por sí mismo algo para comer. Dar, no que cada uno se las arregle como pueda. Dar. 

            De aquí le nace al Señor la idea no solo de dar pan sino de darse. Es decir, de no solo multiplicar los cinco pancitos, sino de convertirse Él mismo en pan, de modo tal de conferir al pan “la multiplicabilidad propia de su corazón”. 

            Es algo muy humano esto de que el corazón es multiplicable. No se divide al amar a muchos distintos.

            En la Eucaristía el Señor toma la forma de pan y le da al pan la forma de su Corazón, en el sentido de que al darle esa propiedad que tiene nuestro corazón de “darse entero en cada gesto” -lo cual es propio del amor- convierte el pan en multiplicable. Multiplicable en cuanto “partible”. Como dice el himno Lauda Sion -uno de los cinco que compuso Santo Tomás en honor de la Eucaristía-: “Si lo parten, no vaciles/ sólo parten lo exterior/ en el mínimo fragmento/ late entero el Señor”.

            Hablando ayer en Radio María sobre el Corazón de Jesús me preguntaba Javier Cámara “por qué esta devoción particular”. Precisamente porque en el corazón en lo particular está el todo”. La pregunta “por qué” surge también frente al mandato del Señor de “comer su carne”, que la Iglesia convierte en el precepto de ir a misa y de comulgar al menos una vez al año. Si no entendemos la lógica del corazón, estos mandamientos y preceptos se devalúan y terminan por lograr el efecto contrario! Nada con más sentido que juntarse en familia los domingos. Pero si se convierte en algo sin corazón, meramente formal, nada con menos sentido.

            Por qué comulgar? Por qué la Eucaristía? 

            Preguntamos “por qué” y solemos limitarnos a respuestas abstractas, olvidando que hay “por qué” que no son abstractos sino que son históricos. 

            Por qué nuestra bandera es celeste y blanca? La elección está unida a una predilección de Belgrano, un hombre que dio su vida por la patria y que nos legó esa insignia amada. 

            La pregunta “por qué” nos hace entrar en este aspecto de nuestra fe cristiana que es el histórico: nosotros amamos y seguimos a una Persona y amamos las cosas que nos dejó, sus «signos» -los sacramentos- porque nos los dejó Él.  Amamos la Eucaristía porque nos la dejó Jesús. Y como lo amamos a Él, su palabra “hagan esto en memoria mía”, tiene un valor entrañable: es herencia de familia. 

            Me atrevo a decir que amamos la Eucaristía como amamos la bandera. 

            La amamos muchos más, por supuesto, pero en la misma dirección de cordialidad. 

            Mucho más, porque a la Eucaristía no solo la podemos besar, honrándola, sino que nos sentamos a la mesa como hermanos y la comulgamos. El Señor tiene ese poder de estar presente en los signos que deja no sólo simbólicamente, sino con una presencia real. Pero real en la línea de la realidad que tienen los corazones, que es mayor que la realidad de las cosas. 

            Un corazón no alcanza toda su realidad sino en el medio de otros corazones. Diría más, un corazón no es real sino amando y siendo amado por todos los corazones.

            La realidad de un corazón que ama se manifiesta, por ejemplo, en que «alimenta» al corazón del que lo ama con sólo hacerle saber que late al unísono.

            En esa línea, y más aún, el Corazón del Señor alimenta el nuestro cuando comulgamos con la Eucaristía. En el acto de consumirlo nos deja la huella viva de su latido que se mezcla, sin confusión ni división, con el nuestro.

            A mí me da devoción, al consagrar, meditar cómo el pan y el vino que comulgaré se convierten en la carne y la sangre del Corazón de Jesús. No son carne y sangre “en general” -esto es lo que maravilla -, sino carne que se entregó a la muerte y sangre que se derramó cuando el soldado atravesó con la lanza el costado del Señor. Y son también la carne y la sangre que volvieron a latir en el Corazón del Señor, cuando el Padre lo resucitó, en el glorioso instante en que su Corazón «arrancó» de nuevo. 

            Comulgamos con la carne y la sangre del Señor en los momentos concretos en que muere y en que resucita. Esto significa comulgar con la muerte y resurrección del Señor. Es que muerte y resurrección son algo que acontece (no solo “pasa” o “sucede”, sino que “acontece”) en primer lugar, en el ámbito del corazón. 

Como también acontece con la fe: que nace o muere en el corazón de las personas. Como el amor y la amistad…

            Entonces, por qué la Eucaristía, por qué este Pan del Corazón de Jesús? Porque allí arrancó todo históricamente, y por eso allí -comulgando con el Corpus Christi – se puede abrazar todo, toda la realidad, tal como es: a todos los hombres, todo lo que sucede.

            Así, la Eucaristía imprime su materialidad y espiritualidad cordial a todo lo que hacemos en la Iglesia. Comer la Carne y beber la Sangre del Corazón del Señor nos pone en comunión con todo el universo, con todos los pueblos, con todas las personas. En cada fragmento de la vida encontramos al Señor entero, podemos estar en cualquier misión particular con un sólo y entero corazón común, eclesial.

            Por eso es tan urgente comulgar, por eso es tan imprescindible. No comulgar equivale a dispersarnos, a diluirnos, como una familia que no se junta más en torno a la mesa común. Es bueno que cada uno haga su vida, pero reunirse cada domingo en torno a la mesa familiar es lo que da la identidad y la pertenencia que son el alimento del alma.

            En la fiesta del Corpus Christi renovamos nuestra comunión con el Señor haciendo el ejercicio espiritual de “someter el corazón por completo” al comulgar. 

            En el otro de sus himnos a la Eucaristía -el “Adoro Te, devote”-, dice santo Tomás: “Te adoro con devoción, Dios escondido,/ oculto verdaderamente bajo estas apariencias./ A Ti se somete mi corazón por completo,/ y se rinde totalmente al contemplarte.// Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; / pero basta el oído para creer con firmeza; / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:/ nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.

            El hecho de que el Señor no cambie las “especies” de pan y de vino al convertirlos en su Carne y en su Sangre, nos tiene que remitir intuitivamente a su Corazón. Él trata de alimentarnos material y espiritualmente, haciéndonos sentir su corazón sin agregar otro gusto al pan y al vino. Por eso es que el Señor quiere que permanezcan el gusto y la textura del pan y del vino: para no distraernos agregando “otro” gusto material. La eucaristía tiene gusto a pan y así alimenta un amor al que le “basta el oído para creer con firmeza todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues nada es más verdadero que esta Palabra de verdad”.                                                                                       

                                                                                                                                                                                                                        Diego Fares sj

            Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden cargar ahora. Cuando venga, el Espíritu de la verdad, El los encaminará a la Verdad total: porque no hablará desde sí mismo, sino que lo que oiga, eso hablará, y les anunciará lo por venir. El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 12-15).

Contemplación

            La reflexión de hoy, sobre la Trinidad, nace del diálogo interior con un hermano musulmán. Para hablar de la Trinidad siento que para mí es mejor partir del diálogo con alguien fiel que cree en Dios y, por adorarlo como el Dios Único, tiene dificultad para aceptar nuestras fórmulas trinitarias, y no partir del diálogo de sordos con un mundo que ni siquiera se plantea que pueda existir una Trinidad, o del diálogo con gente que cree que con sus reflexiones teológicas ya lo sabe todo acerca de Ella.

            Charlamos con Sheer, un pakistaní musulmán que vive en San Saba, nuestro centro de acogida para “personas en situación de haber tenido que emigrar de su país” (cómo expresar la situación del que tiene su casa -en su país y en el de inmigración-, pero no tiene “papeles”?). A poco de escucharlo nombrar regiones y ciudades como Kashmir, Islamabad…, me doy cuenta de lo poco que sé de Pakistán. Son más de 200 millones de personas; su monte K2, el segundo más alto del mundo, domina el imaginario geográfico de mi amigo como el Aconcagua el mío… Sheer tiene hoy ganas de hablar y yo, que voy a San Saba para eso, lo sigo. Me pregunta mi edad. Cuando le digo 63 ahí nomás me pregunta cuántos hijos tengo. Yo me quedo medio cortado al ver lo raro que suena en su cultura que alguien no tenga hijos. 

            Este fue el encuentro más “fuerte” de esta semana. Y suelo partir de esas cosas significativas para confrontarme con el Evangelio del domingo. 

            En Europa, en cambio, no suena raro lo de no tener hijos. Pero por otros motivos, más raros todavía. Actualmente aquí la gente no tiene hijos o tiene uno, a lo sumo dos. Acá ni siquiera es raro no casarse. Solamente es raro no tener parej@. 

            En la siesta de este rinconcito romano multicultural que es San Saba, nuestra Basílica situada sobre el Aventino, en un barrio cuya historia se remonta al siglo VI (aquí vivió San Gregorio Magno y su madre Silvia), se da un fenómeno raro en la conversación: la inmediatez de la charla hace sentir la distancia cultural. 

            Basta ver qué está cocinando alguno de los huéspedes para caer en la cuenta de que no es fácil explicar vivencialmente lo que es un mate o comprender el tipo de fideos que come un nigeriano. Y lo mismo sucede al hablar de la familia entre un encargado del centro que es italiano y tiene una sola hermana y un senegalés que tiene más de veinte hermanos y medio hermanos de las cuatro esposas de su padre. 

            A lo que voy es a que “entrar en una cultura” no solo requiere tiempo, sino también “vivir en un lugar”. Por eso es que el hecho de estar todos “acercados” físicamente por el mundo mediático común y por la posibilidad de viajar, paradójicamente dificulta la inculturación. La dificulta porque uno cree que todos pensamos parecido, pero a poco de hablar surgen diferencias grandes, muchas veces milenarias. Manejamos los mismos aparatos, pero los afectos van por otros caminos. El celular es el mismo modelo, pero cada uno escucha la música de su tierra y habla con familiares que habitan mundos tan distintos como un campo de refugiados sirios en Turquía, un pequeño pueblo con plantaciones de plátanos en Gambia o una ciudad a cientos de kilómetros del K2, desde la que se lo ve en los días claros (la montaña sobresale más de medio km entre las de su entorno).

            Al experimentar lo difícil que es explicar por qué no tengo hijos me viene a la mente lo que supondría empezar a hablar de la Trinidad! 

            Después, en casa, investigo un poco y leo lo que dice el Corán en el Cap. 4 v 171: “Oh Gente de la Escritura, no se excedan en su religión y no digan sobre Allah otra cosa que la verdad. El Mesías Jesús, hijo de María no es otra cosa sino un mensajero de Allah, una Palabra suya que Él puso en María, un Espíritu proveniente de Él. Crean pues en Allah y en sus Mensajeros. No digan “Tres”, dejen (de decirlo). Será mejor para ustedes. La verdad es que Allah es un dios único. Tendría un hijo? Gloria a Él. A Él le pertenece todo lo que hay en los cielos y todo aquello que hay sobre la tierra. Allah es suficiente como protector“.

            Me impresionan las expresiones que usa el Corán: “no digan ‘Tres’; “dejen de decirlo”; “No se excedan en su religión”; “Allah basta como protector”. 

            Hay allí una manera de pensar, una lógica que entra en diálogo con la persona y le da indicaciones precisas sobre cómo actuar. No dice: “no existe la trinidad”, dice: “no digan “Tres”, “dejen de decirlo”, “no se excedan”, “basta Allah como protector…”. 

            Es un lenguaje que no discute usando definiciones abstractas, sino que matiza prescripciones y sugerencias de modo persuasivo. Se siente la fuerza del mandato concreto, la apelación a la fe que tiene la gente en un texto sagrado. Y esto va “moderado” por una argumentación basada en el “no se excedan” y “será mejor para ustedes”. Es un lenguaje difícil de resistir; tiene algo de fascinación quizás porque actúa directamente sobre los deseos más que sobre el intelecto.

            De lo poco que conozco del islam, una de las cosas que más me impresionan es cómo con pocas prescripciones, muy precisas, hacen sentir la misma pertenencia a todos por igual -ricos y pobres, de pueblos y culturas muy distintas-.

            Y entonces? Con respecto a la Trinidad, veo que si vamos por el camino de los conceptos metafísicos, la discusión podría ser infinita, lo cual lleva a ni siquiera querer comenzarla. Si ya partimos de que para nosotros el misterio de Dios es que es Uno y Trino y los musulmanes y hebreos piensan que sólo puede ser Uno y único, mejor ni hablar. 

            Sin embargo, nuestra fe en “Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un sólo Dios verdadero” no es cuestión de disquisiciones metafísicas sino de riqueza de Vida. Una riqueza de vida que nos permite relacionarnos con Jesús como hermanos, siguiéndolo de manera tal que Él se convierte en nuestro Señor, en nuestro Maestro de vida, en nuestro Salvador: el que nos perdona los pecados y nos alimenta con la Eucaristía. Nuestra fe en Jesús nos abre un camino a tratar con Dios como Padre, nuestro y de todos los hombres, nos sitúa en una cercanía familiar y a la vez llena de respeto y deseo de adoración. Nuestra fe en el Espíritu Santo nos hace escucharlo y gustarlo en nuestra vida cotidiana, sintiendo que es el mismo Dios el que nos mueve, el que nos enseña todas las cosas, nos fortalece y santifica. 

            Esta fe rica y compleja no es para “discutir” ni para elaborar teorías que no nos convencen ni a nosotros mismos, sino que es una fe para ser vivida plenamente y explicada “sin excedernos” en nuestras teologías, como bien recomienda el Corán.

            La fe en el Dios Trino y Uno nos permite acercarnos a todos los hombres y comenzar a caminar con ellos sin necesidad de poner por delante una Doctrina en sí misma ya terminada y completa, como condición para comenzar a hacer algo.

            Decía el Cardenal Martini: “El Espíritu nos enseña a “observar” la Palabra, siendo Maestro de nuestra vida práctica. Lo que importa es que la “observemos” -la vivamos- y con nuestro modo de vivir enseñemos qué quiere decir observar. Aquí no se pone el acento sobre una recta doctrina en sí misma, sino sobre la capacidad de hacer vivir evangélicamente a la gente; por tanto, antes que nada se trata de empeñarnos nosotros en vivir una vida evangélica”.

            Nuestra fe en el Dios Trino y Uno, antes que algo para “razonar y explicar” es un espacio infinito para relacionarnos con los demás “entrando por cualquier puerta que tengan ellos abierta con su fe”. 

            Podemos dialogar con el que cree en que Allah es el único Dios y no ofendernos de que no acepte la formulación ya acabada de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, de su misma naturaleza. A Jesús no le molestó presentarse como uno más, como un simple hijo del hombre, y por eso mismo es capaz de acompañar a uno que cree en el Dios Único sin exigirle que crea en Él, como hizo durante su vida terrena. Incluso a aquellos a quienes se reveló en toda su gloria y esplendor, les dijo que tenía muchas cosas para decirles pero que todavía no podían “cargar con ellas”. Jesús no se hizo problemas teológicos, por decirlo así. Confió y sigue confiando en que el Espíritu Santo que envía irá enseñando todas “sus cosas”, toda la verdad, sorbo a sorbo, no de un trago. En este sentido, un cristiano es uno que cree en que Jesús es el Hijo de Dios “en la medida en que el Espíritu se lo va enseñando y le va dando las fuerzas para cargar con esta verdad, haciéndola real en su vida”. Me animo a decir que en este sentido tenemos tanto para aprender de la Trinidad como un musulmán o un judío. Puede ser que gracias a muchos santos y padres y doctores de la Iglesia tengamos una elaboración teológica refinada y muy consistente de las verdades de la fe. Pero luego, a nivel personal, es bueno que cada uno se sienta como analfabeto, como mendigo de fe y de revelación,  como niño de escuela al que el Espíritu le tiene que enseñar todo sobre el Padre y el Hijo. En este punto, creerse que porque uno sabe un poco de teología, “tiene” la verdad revelada, es muy poco cristiano (y poco realista). 

            Por eso es bueno para la fe dialogar con los que tienen otra fe. No para discutir, sino para aprovecharnos de su modo distinto de creer y de las preguntas que nos hacen y las dificultades culturales que tienen para profundizar en lo nuestro, para ser “evangelizados” nuevamente por el Espíritu y tener esto como una actitud permanente: la de ser siempre discípulos.

            El Espíritu es nuestro maestro de vida y no solo nos “recuerda” y nos “enseña” la verdad de Jesús, sino que nos ayuda a “cargar” con la Palabra como el Señor cargó con la cruz (Jn 19, 17). 

            La Palabra es algo que se abraza y se carga como la Cruz, no es una espada o un dedo en alto que usamos para discutir. 

            La Palabra es algo que se recibe con la fe, que se contempla y se gusta en la oración,  y que se pone en práctica con la caridad y la misericordia. Haciendo todo esto, al mismo tiempo, se sale a anunciarla a los demás, a todos los pueblos y culturas. La Palabra no es algo que se usa solo para escribir libros ni -mucho menos- para proyectar esquemas de pensamiento de la propia cultura. 

            La palabra de Jesús -que “es La Palabra”- no es una palabra que Él pretenda decir entera! El se encarga de vivirla y deja que sea el Espíritu el que “cuando venga, el Espíritu de la verdad, Él los encaminará a la Verdad total”

            La Palabra con que nos “encamina” el Espíritu no son “ideas suyas”, no es una palabra autorreferencial: “Porque Él Espíritu no habla desde sí mismo, sino que lo que oye (de lo que se dicen el Padre y Jesús), de eso habla”

            La Palabra que dice el Espíritu no es tanto una explicación como un anuncio: “Les anunciará lo por venir”.

            Y mucho menos es una Palabra de autoelogio, es toda de elogio de Jesús: “El me glorificará a Mí porque tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”. 

            Y este elogio que le hace el Espíritu, Jesús siente que no es algo suyo sino del Padre: Es que “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes”.

            Como vemos, Jesús no da definiciones dogmáticas combinando números uno dos y tres, sino que nos revela un modo de actuar en comunión profunda entre el Padre el Espíritu y Él que la definición “Uno y Trino” no hace sino resguardar. Pero no es ni mucho menos el final sino el comienzo del amor que Dios nos quiere revelar.

Diego Fares sj

          “El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba

—«El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva».

Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Contemplación

Sed del Espíritu, sed de Agua viva. Jesús es la fuente, el que dice: “el que tenga sed que venga a mí”. Lo dice a todos, y a nosotros nos toca anunciarlo. El que tenga sed, dice. No dice el católico, sino el que tenga sed. No dice la persona que esté en regla, dice el que tenga sed. No dice el que no esté en pecado ni, mucho menos el que no esté en “situación objetiva de pecado”, como se deleitan en precisar algunos, sino el que tenga sed…

Para san Francisco de Asís era el agua “la hermana agua”, la que es siempre humilde, pura, casta.

Nuestra hermana el agua es el signo más simple del Espíritu Santo. Decimos que es humilde porque el agua siempre baja, no asciende, busca el bajo para fecundar, para dar vida, para nutrir, para regar. 

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Uno de los problemas más acuciantes del planeta en la época actual es la desertificación. Será uno de los temas del sínodo de la Amazonia.  

Este fenómeno no se limita a la superficie de la tierra sino que se extiende también a nuestra vida, que corre el riesgo de desertificarse. La desertificación de la vida humana tiene una peculiaridad: no se da por vacío de espacios verdes sino por acumulación de espacios tecnologizados. La desertificación de la tecnología es la de las pantallas, que se iluminan y se beben con los ojos pero no calman la sed!

El Espíritu, en cambio, es como una pileta de agua limpian en la que uno se zambulle, es como el agua de un mate que se bebe a sorbos y calma la sed, sacia y alimenta.

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Se trata por tanto, ahora, en este Pentecostés, de suplicar al Padre, una vez más, que nos envíe su Espíritu, de pedirle al Señor que interceda, para que el Padre nos lo envíe en su Nombre.

Jesús es la Fuente Viva del Espíritu. El Padre nos lo manda desde el Corazón de su Hijo, no desde otro “cielo” como si fuera un lugar “físico”. Pedimos al Espíritu que baje a regar lo árido, a saciar nuestra sed, la sed de vida.

Se trata, por tanto, de abrir valles y canales al Espíritu. Los áridos valles de nuestras ciudades, los canales que llevan al corazón. Hay que construir fuentes, como en Roma (es lo más hermoso de Roma: sus fuentes y chorros de agua potable por doquier). Se trata de abrir surcos a la acequia, para que el agua irrigue toda la viña; y de hacer también riego por goteo, para que el agua de la Palabra llegue a cada uno en su medida, y sumerja la ciudad entera como un aguacero, que limpia el smog y deja el aire con olor a lluvia fresca; para que la Palabra moje los labios y refresque la lengua y el paladar de cada boca.

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Tenemos sed, y es necesario ponerle nombre porque son muchos los tipos de sed: sed de agua, sed de justicia, sed de Dios…

Todas estas imágenes apuntan a beber a tragos una sola: la de la humildad del agua que siempre busca el bajo, que va a la raíz. Como dice Menapace: “Achicate, hermano/ no busqués la altura/ andá por lo bajo/ buscá el trebolar…”

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La sed que despierta el Espíritu es la sed de Cristo, la sed del amor y la amistad con el Señor Jesús, nuestro buen Amigo, el que se sienta en el brocal de nuestro pozo y -como hizo con la Samaritana- nos pide de beber. 

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Es verdad que el Espíritu es el Agua viva que dinamiza todo lo vital y sacia toda sed, pero para la sed que fue enviado es para la que desea a Cristo, esa sed tan especial. 

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Se fijaron que sed no tiene plural? Es uno de esos sustantivos llamados “de singular inherente”, sea porque “sedes” suena mal, porque es también el plural de sede, o porque “cada sed es única y solo se sacia de modo singular”. Esto último me gusta más.

Hoy en día corre una tendencia vitalista, que insiste en que el Espíritu debe revitalizar todo lo humano. Y está bien, porque el Espíritu es así: Vivificante. Es Espíritu Creador, dio vida a todo y es capaz de renovar la faz de la tierra, de insuflar vida a nuestras comunidades y reanimar nuestras liturgias. Todas las dinámicas que sirven a dar vida sean bienvenidas!

Pero en cierto punto es necesario discernir dos detalles: uno, si al saciar toda sed no pasa que nos “equilibramos” tanto que se nos aplaca la sed ardiente de salir en busca de Cristo crucificado y resucitado; la otra, si el embeleso de los dinamismos bien bailados y organizados no nos encierra en nuestros mundos a medida y se disminuye el volumen del clamor de los que están afuera. Me vienen a la mente los ojos de Zacarías, un chico del Mali, cuya selección nos ganó por penales los octavos del sub-veinte. Vino a Italia hace seis años (tiene 19 ahora) y apenas le dan algunas changas en nuestros centros de acogida. El quiere trabajar y en los ojos se ve la desesperación del joven que no ve futuro, del que siente que no le dicen nada, pero que las puertas del trabajo están muy pero muy limitadas para los extranjeros pobres. Para los extranjeros ricos el hotel De la Ville, que tengo enfrente, ofrece suites que pueden llegar a costar 13.000 euros (más IVA) por noche.

A lo que voy es que puede suceder que la sed de justicia, si uno se ocupa mucho de cultivar dinámicas, se calme; deje de quemar. No por una cuestión de calidad, sino de cantidad. 

Es necesario, sin dudas, mejorar la calidad de nuestra vida comunitaria, de nuestras relaciones interpersonales, de nuestras liturgias y celebraciones, de nuestros estudios y publicaciones…, pero hay un desequilibrio cuantitativo con el que nos tenemos que confrontar más crudamente, pienso yo. No me extiendo aquí en que hay gente que se muere de sed o que tiene que caminar kilómetros para encontrar una canilla de agua no contaminada y gente que toma agua de Evián, que cuesta 32 euros (y un agua japonesa, el agua kona nigari, que sacan del fondo del océano y venden a 380 euros la botella). De lo que quiero hablar es de la Palabra, del Agua viva del Evangelio. 

Hay un mundo al que no le llega la Palabra! Y hay tanta gente a la que le haría tanto bien escuchar las palabras de Jesús. No podemos tratar la Palabra como si fuera el agua de Evián o de kona nigari. El Papa usó la imagen para hablar de la unción del Espíritu: no somos repartidores de aceite en botella!, dijo. El agua del Espíritu es para todos o no es el Agua del Espíritu.

Comencemos por aquellas palabras del Evangelio que se pueden beber como agua fresca. Propongo tres que indican tres modos de beber. 

La primera, principal e imprescindible, es “misericordia”. Misericordia es la palabra que se bebe a canilla libre: todos podemos beber todo lo que queramos y necesitemos, a boca de jarro o por gotas, según sea la sed, la enfermedad o la cantidad de gente de la que seamos responsables y hagan que debamos estar nosotros misericordiados para poder servirlos con misericordia. 

La segunda es “fraternidad”. Fraternidad es la palabra que se puede beber con todos: con los hermanos de sangre y de cultura, con los hermanos de otras razas y religiones y, también, con los que piensan y sienten y actúan tan distinto, que lo único común es nuestro origen y en todo lo demás disentimos. 

 La tercera que propongo es “justicia”. Es la palabra que se tiene que beber por turnos y emparejando desde abajo, para que cada uno tenga lo suyo. 

La sed tiene este aspecto cuantitativo, que le quita límite y la hace ser compartible de manera igualitaria y justa. Por expresarlo con una imagen: si uno ha saciado su sed, no se enoja si ve que otro toma más agua.

Del Espíritu tenemos sed como de Agua. Necesitamos que sea ilimitado y simple: necesitamos ser bautizados en el Espíritu, que nos sumerja en sí -río de agua viva- y, a la vez, que nos de a beber, sorbo a sorbo, el evangelio entero de Jesús. Necesitamos la sencillez cristalina de una Palabra que se nos de sin discusiones ni complicaciones. Como decía Teresita: “Para almas pequeñitas, nada de métodos muy, muy complicados. Les dejo un caminito de confianza y amor”.

Por eso, la señal de que algo es del Espíritu -y no del maligno que se disfraza de ángel de luz- se puede discernir tomando el agua como clave. Si algo es del Espíritu la pueden recibir, compartir, beber y asimilar todos, como el agua. 

Si tiene que ver con la misericordia, que es la sed básica e imprescindible para la vida, toda persona la puede beber en la cantidad que necesite y desee, todos los días, sin límites, sin condiciones. Por eso, como insiste el Papa, el bautismo no se le niega a nadie. 

Si es algo que tiene que ver con la fraternidad, que es la sed compartible, uno se puede sentar a la mesa a beber con todos: toda persona es hermana. 

Si es algo que tiene que ver con la justicia, que es la sed diversa, como el Espíritu le da a cada uno lo suyo en el momento oportuno, todos debemos estar atentos a no suprimir esta diversidad, a respetarla, a respetar los tiempos y modos de cada uno. 

…..

Están los que invierten la lógica del agua, la lógica bautismal y alimenticia o sediticia: ponen tantas condiciones, que hacen que la persona al ver lo que tendrá que cumplir apenas “salga del agua bautismal”, no se anime a tirarse a la pileta. Los que exigen así es porque no confían en que el gusto del agua fresca y pura, la limpieza que brinda y la plenitud de recibir la Gracia y la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, irán haciendo que la persona misma vaya “convirtiendo” su futuro y sus aspectos más egoístas, por decirlo así. Pero para ello tiene que poder experimentar primero la dicha sobreabundante del perdón y de la gracia santificante! 

Algunos siguen la lógica de no regalar nada que el otro no pueda luego pagar, la lógica de limpiar solo a los limpios, la de alimentar solo a los puros, la lógica de “te perdono el pasado si me asegurás que no pecarás más en el futuro”. Convierten en condición previa lo que el Señor da como consejo para adelante: el “de ahora en adelante no peques más” lo convierten en condición previa. Dan vuelta todo. En definitiva: te niegan el agua! Convierten el Agua del Espíritu en agua de Evián o de kona nigari.

Una formulación que usan es decir, por ejemplo, que la Iglesia no tiene que hablar de política sino de teología. Entienden que hablar de agua común es política y cuando dicen teología están pensando en el agua de kona nigari, como si el Espíritu fuera embotellable y estuviera al alcance solo de los ricos de espíritu.

No es así: el Espíritu es Agua común, agua viva para todos los que tienen sed de Jesús y de su Evangelio. 

Diego Fares sj

Francisco Camilo – Museo de Cataluña (1651)

                                                                                                                               

Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarsea todos los pueblos la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.» Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

            Lo que debemos predicar los cristianos es el perdón de los pecados. Predicamos como testigos, porque hemos sido perdonados. Predicamos no en nombre propio, porque no somos quién, sino en Nombre de Jesús, el Único que puede hacer algo así. Y predicamos con la fuerza que da el Espíritu Santo, porque si no, uno se cansa, tanto de perdonar como de ser perdonado. Es así.

            Sabemos qué significa el perdón de los pecados. Es perdonar las malas acciones que uno realiza libre y conscientemente. Sabemos también que hay “condiciones”. Para ser perdonados tenemos que reconocer el pecado, confesarlo, pedir el perdón, reparar el mal objetivamente hecho, en la medida en que se pueda y, lo más importante, perdonar a los demás aquellos pecados que tengan que ver con nosotros, como decimos en el Padre nuestro.

            Hay que recordar que estas condiciones no son externas, no es que nadie nos obligue a confesar o a reparar, sino que forman parte del perdón mismo. Si no reconozco algo como un error, como algo que omití o algo con lo que herí a otro, no puedo ser perdonado. El poder del Señor trabaja sobre mi libertad, no tanto sobre las consecuencias del pecado (por eso luego se deben reparar sus malos efectos objetivos). Perdonar es aceptar que, así como libremente me fui en una dirección, libremente ahora la cambio. Ser perdonado significa que “puedo empezar de nuevo”. 

            Reconocer el pecado es volver a empezar, este es el punto. Volver a empezar de manera radicalmente distinta un camino que emprendí para un lado, con un estilo, y dirigirme hacia otro lado, con otro modo. 

            Perdonar los pecados de los demás, sus errores, sus faltas, sus vulneraciones, es darles también la oportunidad, el derecho, la gracia, de empezar de nuevo. Como digo, no significa olvidar ni aceptar el mal que me hicieron en cuanto resultado objetivo -esto se debe reparar en la medida de lo posible y con la ayuda de todos y principalmente de Dios-, pero sí puedo aceptar que empiece de nuevo, como se me concede a mí, con todo lo que eso implica.            

            Que se pueda comenzar de nuevo es una gracia que actúa benéficamente sobre tres ámbitos de nuestra vida: 

sobre el presente (es actual, puedo empezar hoy, ahora), 

sobre el futuro (es posible empezar de nuevo) 

y sobre la comunidad (es legal, está permitido, vale).

            El Papa es uno que insiste en todos los modos posibles que se le ocurren y que el Espíritu le inspira, en esto de “empezar de nuevo”. Es casi un punto único de su predicación, que repite siempre. Y lo repite, precisamente porque los que se molestan porque siempre dice lo mismo es que no lo entienden, aún no pueden abrir el corazón a esta verdad que es la llave de todas las demás. Si no dejás que la predicación del Papa te toque el corazón y te “absuelva” esa dureza que no te permite perdonar, no puedes ser perdonado. 

            Evangelii Gaudium dio el primer grito: “Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! (EG 3).

            En Amoris Laetitia recordó con fuerza algo que, luego, Benedicto le agradeció en el aniversario de la propia ordenación: “El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración […] El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero […] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita” (AL 296). 

            La imagen que usó para ablandar a los que “prefieren una moral más rígida, que no de lugar a confusión”, fue la de la Iglesia Madre: “Una Madre que al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (AL 308).

            Luego, enGaudete et exsultate definió a los cristianos como “un ejército de perdonados” (GE 82) y habló de”No negar ni disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso».Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza” (GE 89). 

            En “Vive Cristo, esperanza nuestra” -reafirmó con convicción: “Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar” (CV 1 y 2). Ante todo quiero decirle a cada uno la primera verdad: “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado (CV 12). Nunca olvides que «Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (CV 119). Hay que perseverar en el camino de los sueños. No hay que tener miedo de apostar y de cometer errores. Sí hay que tener miedo a vivir paralizados. Aún si te equivocas siempre podrás levantar la cabeza y volver a empezar, porque nadie tiene derecho a robarte la esperanza” (CV 142). (Hay que crear “hogares”, ambientes adecuados y) Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias” (CV 217).

            Volver a empezar es la esencia de la vida natural, que se renueva cíclicamente de manera ya determinada. Es también la esencia de la técnica, que construye aparatos que se resetean y reinician sus procesos, limpiando lo que atasca y contamina. No puede no ser la ley de la vida espiritual! No puede ser que, precisamente la vida espiritual, se vea frenada, impedida, complicada, por la maraña de leyes que impiden volver a empezar, que impiden y condicionan el perdón. 

            El Señor nos manda “predicar la conversión para el perdón de los pecados”. Y ni Él mismo pudo hacerlo sin suscitar “escándalo”. No le aceptaban que perdonase en sábado, que comiera con los pecadores, que no se lavaran las manos para comer los granos de trigo mientras iban de camino en suma pobreza. Empezar de nuevo es como resucitar, con llagas, sí, pero volver a vivir. Nadie nos puede quitar esa gracia. El Señor pagó un duro precio por ella y no lo hizo para que venga alguno a querer ponerle condiciones a su perdón y a su ofrecimiento de un amor incondicional. Que haya siempre alguno que lo aprovecha mal, no significa que nosotros debamos cerrar la puerta, poner vallas y comenzar a pedir papeles. A nosotros nos toca predicar que Dios perdona los pecados. 

            Las condiciones las debe ir preguntando cada uno, a medida que sienta lo que este perdón implica. No debemos adelantar el formulario con todas las condiciones, porque espanta a los pecadores y esto es todo lo contrario de lo que Jesús hacía, que no solo no rechazaba a ningúan pecador, sino que los iba a buscar!

            Lo que termina abriendo o cerrando la Misericordia es muchas veces algo casi imperceptible, es una cuestión de tiempo: una dinámica es dar el perdón primero y ponerse un paso (o varios) atrás del otro, esperando que vaya preguntando “qué debemos hacer”. Siempre un paso atrás y “rebajando” la exigencia, como los apóstoles en el primer concilio de Jerusalén, que no querían “imponer cargas” a los nuevos convertidos, sino solo las indispensables, teniendo en cuenta la cultura de la época y las costumbres. 

            La otra dinámica es la de pegar en la puerta de la Iglesia el folleto con las exigencias, los horarios y el precio de lo sacramentos, antes de verle la cara a nadie. Y mientras tanto, estar todo el día discutiendo qué dijo y qué no dijo tal acerca de quién puede o no puede comulgar, para que quede escrito en un libro, cuando vivimos en un mundo en el que hay cinco mil millones de hijos de Dios que ni siquiera saben que hay un Dios con el que se puede comulgar y que, de saberlo, preguntarían primero dónde está ese dios de pan y, como hacen los pobres, después de recibirlo y de saciarse, de dar las gracias y sonreír, al ver que es gratis y abundante y que renueva las fuerzas y da vida, solitos preguntarían qué pueden hacer para ayudar a darlo a los demás y, a medida que pase el tiempo, ocupados en esta tarea, surgirá sola la pregunta de si uno puede ser más digno para recibir mejor un don tan grande. En la familia, el pedir perdón de los propios egoísmos, no se impone, sino que nace de la sobreabundancia de amor gratuito y desinteresado que uno recibe durante toda la vida. Muchas veces pasa tiempo, hasta que uno se da cuenta de que el bien que recibió, brotó de la entrega libre de sus padres, de tanta paciencia y de tantos perdones. Entonces, sin que nadie lo exija, uno se siente en el deber de pedir perdón, de reparar, de mejorar, de aceptar los límites de los otros y de perdonarlos también.

El Señor garantiza todo esto Ascendiendo al cielo y sentándose junto al Padre, que es como decir: no digo nada más. Lo cual es decir: vuelvan a escuchar bien lo que he dicho, que es lo esencial.

Diego Fares sj

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